Arturo Andrés Roig
  

 

"AGRADECIMIENTO"

Nuestro querido amigo Arturo Ardao ha hablado de la deuda que él siente contraída con los filósofos argentinos; por mi parte tendría que hablar, como argentino, de la deuda que, a su vez, tenemos tantos con él. Es indudablemente un acto de generosidad eso de sentirse deudor y no estará nunca demás ejercerlo: reconocer lo que otros nos han dado como impulso, como aliento o como ejemplo tanto intelectual como moral, nos enriquece. Quisiéramos, sin embargo, dar otro sentido a nuestras deudas, reduciendo un poco las distancias entre deudores y acreedores, porque tal vez no haya propiamente un quehacer filosófico puramente uruguayo o puramente argentino y sería mejor, a nuestro juicio, hablar de un ejercicio rioplatense de la filosofía, así como de la historiografía filosófica nuestras y de modo particular, de la historia de las ideas.

Hace ya algunos años, más concretamente en setiembre de 1974, en el antiguo local del Colegio de México, en la calle Guanajuato, en una reunión convocada por la UNESCO y presidida por nuestro querido amigo común el Dr. Leopoldo Zea, estuvimos ambos, Ardao y quien les habla, a más de otros estimadísimos colegas. Se trataba de discutir la realización y posterior publicación de un libro que recién apareció más de diez años después, en 1986, América Latina en sus ideas, que fue editado por la UNESCO y Siglo XXI a la par y en el que colaboró además, otro no menos entrañable amigo, aquí presente en este día y que acaba de cumplir sus floridos ochenta años, el Dr. Gregorio Weinberg.

En esa reunión, a la que por su espíritu se la ha comparado con una especie de congreso anfictiónico y en la que nos movía, según el mismo comentario, “un recogimiento fervoroso” y “estábamos todos animados por la misma creencia del devenir común de América Latina”, discutimos precisamente el estrecho margen que los entornos nacionales tienen en nuestro Continente, en particular en lo que respecta a la historia de las ideas, y concluimos que había que exceder aquellos márgenes como insuficientemente explicativos, y avanzar hacia historias regionales tales como la Cuenca del Plata, o el Mundo Andino, o el Caribe, por señalar algunas. Aquella propuesta no quedo en el vacío. ¿Podrían, en efecto, haberse entendido con todos sus matices el espiritualismo ecléctico, el krausismo o el positivismo en la parte argentina del Río de la Plata sin el esfuerzo sistematizador y creador de los estudios uruguayos de Arturo Ardao? Seguramente que no. Viene a darnos la razón en esta ya antigua propuesta la reciente creación del Corredor de las Ideas del Cono Sur, que tiene como tesoro acumulado todo lo que se ha trabajado en nuestras tierras, no ya solamente en el Uruguay y en la Argentina. Y viene, además, a darle un nuevo sesgo al criterio regional tal como lo propusimos con aquel grupo de amigos, así como a alertarnos sobre el factor de voluntad que hay en todo proyecto de regionalización. Siempre habrá un Río de la Plata y un Mundo Andino y siempre ese mar dulce que separa y une Montevideo y Buenos Aires como ciudades hermanas, será un referente regional, del mismo modo que lo es la Gran Cordillera Nevada, espinazo andino del Continente, para otras ciudades, estén al oriente o al occidente de sus faldas. No debemos olvidar, sin embargo, que, más allá de esos majestuosos referentes, la regionalización es, como decíamos, obra humana. Es una humanidad rioplatense la que construyó al Río de la Plata como universo de relaciones y es una humanidad conosureña la que ha propuesto ahora crear esa otra región cultural a la que se ha dado en llamarle Corredor de las Ideas y que comienza en la costa atlántica del sur del Brasil y concluye en las costas pacíficas, que une ciudades hermanas, como Saô Leopoldo, paraíso subtropical, con sus pasionarias rojas, sus orquídeas y sus campos de hortensias y Valparaíso, con su torturada y caprichosa hermosura, asomada a las vastas inmensidades del Pacífico, pasando, ciertamente por Mendoza que no tiene menos pretensiones de belleza. Y esto es posible porque una región es un sistema de interrelaciones y ellas pueden ser creadas, modificadas, profundizadas, así como descuidadas y hasta deshechas. Y por cierto un sistema que responde a algo común, compartido, que las justifica.

Pues bien, dentro de las diversas formas y matices del saber filosófico que se vienen cultivando en los encuentros hasta ahora realizados, llevados adelante todos por las universidades que cubre el Corredor, se destaca la problemática de las ideas. Por algún motivo se llama específicamente “Corredor de las Ideas”. Mas, ¿cuál es el alcance del término? Si tenemos en cuenta el Manifiesto fundacional, lanzado el año pasado en Saô Leopoldo, ellas giran sobre “tres principios insoslayables: democracia, identidad y derechos humanos”. Se trata de ideas apegadas indisolublemente con una praxis social y política, con un fuerte sentido de performatividad. ¿Podría ser ajena a este activo y comprometido corredor de ideas la Historia de las ideas que venimos cultivando tantos en nuestra América desde hace ya décadas? Indudablemente que no y, sobre todo, si pensamos en el modo como ha concluido por adquirir un status más allá de todas las dudas, objeciones y hasta rechazos y desprecios, y como es y ha sido para nosotros los americanos del sur, una fuente constante de reencuentro de individuos y de instituciones y sobre todo de culturas. En efecto, es y ha sido una forma de abrirnos al universo de las conciencias y de poner los límites o los hitos de una autoconciencia que pueda reposar en un cierto grado de legitimidad; ha sido la vía para el descubrimiento de la identidad, más allá de esencialismos y fundamentalismos, como un constructo que vamos haciendo desde la argamasa inagotable de pasados compartidos; ha sido la base de una lectura crítica a partir del momento en el que bajamos de la idea a la praxis de la idea, que es lo que pretende poner en marcha esta feliz iniciativa del Corredor por el que estamos andando; ha sido un preguntar por el ser y el deber nacional y continental y, por eso mismo, una apertura a todo discurso de futuro, construido desde un complejo concierto y desconcierto de voces. En efecto, la utopía nos acompaña, junto con esa pretensión de dar con esos universales integrativos, que no ocultan la diversidad sino que se apoyan en ella; ha sido por eso mismo un saber de denuncia de universales ideológicos o tal vez mejor, de todo ese margen oscuro tantas veces impensado, culpable o no culpablemente, en el que encuentra justificación el ejercicio ilegítimo de la fuerza; y ha sido, en fin, un constante señalar la juventud de viejos y jóvenes, en una decidida apertura auroral -sin desconocer el sabor amargo de la injusticia y de la explotación-, un abrirnos al cada mañana preñada de tardes maduras y sobre todo no cerradas a la mañana siguiente.

¿Cuáles han sido los riesgos de este quehacer? No pocos, sin duda. Y uno de ellos, su extracción social. Tenemos una marca que no podemos borrarla ni disimularla. Somos universitarios. Nuestro ámbito es la universidad y es en su seno donde comenzamos todos nuestro ejercicio de ansiedades y luchas. Pero, felizmente, no lo hicimos predicando un vacío histórico, como tantos han hecho. Porque el ser humano nació con historia. No ha habido un paraíso previo a la historia, ella se gestó en su mismo seno. Cuando Lilith, la primera mujer, saltó las tapias del viejo Paraíso terrenal para refugiarse en la soledad de los desiertos, lo hizo ya como ser plenamente histórico. Y siempre habrá que saltar tapias y nosotros los americanos del sur lo hicimos, hablando de aquella universidad de cuyo seno hemos salido, gloriosamente en aquel año de 1918, cuando un grupo de jóvenes hizo estremecer la vieja casona de Trejo y cuando la voz de ese gran Deodoro Roca -don de un Dios de libertad, de libertad y de compromiso moral- pergeñó su manifiesto. Aquella Historia de las ideas que hemos esbozado surgió por eso en el seno de una universidad defendida como encuentro dialógico, como construcción participativa, como apertura a lo social, como reducto crítico y, en fin, como integración. Y esa universidad, en la que reconocemos nuestras raíces, fue por obra del impulso juvenil del 18 una sola en toda Sudamérica y el Caribe, sin que tal vez esté demás recordar que la sudamericanidad, así como lo caribeño, son categorías culturales y no geográficas. Esa universidad única para todos los sudamericanos y caribeños, como lo había soñado en París Francisco Bilbao en 1856, y la había vuelto a proponer Julio Barcos en 1930 en Montevideo, tuvo su primera realización continental espontánea gracias al fuego juvenil y contagioso del 18. Por algún motivo todos los gobiernos de nuestra América que tuvieron alguna simpatía por los fascismos o fueron abiertamente fascistas, intentaron apagar aquella antorcha.

¿Cómo hacer para esa vieja tea, sea hachón renovado? Muchos son los caminos que podemos seguir y uno de ellos es el que nos ofrece este Corredor que cruza medio continente y que habrá de completarse, por qué no, con una red de corredores que acaben por consolidar nuestra unión, la “Unión latinoamericana”, como la llamaba Bilbao o como se quiera llamársela. ¿Integración para alcanzar formas identitarias de superioridad y de agresión? No, no es eso: para podernos integrar sin que pierdan color nuestras internas diferencias, superadas las injusticias, con el resto de la humanidad, desde un nosotros mismos, que tal es el destino que han de cumplir los seres humanos.

Nos toca ahora expresar nuestro reconocimiento más profundo por la alta distinción con la que se nos ha honrado al Dr. Ardao y a mi, al declararnos visitantes ilustres de la Ciudad de Buenos Aires, entregada personalmente por el Señor Jefe de Gobierno de la misma, Dr. Enrique Olivera, así como a las autoridades de la Casa de la Cultura porteña. De ahora en más, como lo dijo alguna vez un cuyano ilustre, tendré que decir, por mi parte, “provinciano en Buenos Aires, porteño en las provincias y argentino en todas partes”, pero, claro, un argentino instalado en todos esos corredores que apuntan a la ansiada unidad continental.

Los amigos queridos que nos han precedido en este acto son una expresión de este continentalismo y a ellos debo agradecer ahora, del modo más cordial y afectuoso, sus palabras con las que han manifestado su adhesión, no sólo a nuestras personas, sino a una tarea que son muchos que la comenzaron y muchos los que la siguen a lo largo de nuestros países y aun más allá de ellos: los doctores Osvaldo Alvarez Guerrero, Jorge Gracia, Alejandro Serrano Caldera, Antonio Sidekum, Gregorio Weinberg y María Angélica Petit. Y por cierto agradecemos con no menor emoción las palabras escritas de los queridos amigos que no han podido acompañarnos y que han enviado su adhesión: Fernando Ainsa, Hugo Cancino Troncoso, Horacio Cerutti Guldberg, Eduardo Demenchónok, Eduardo Devés Valdés, Raúl Fornet-Betancourt, Pablo Guadarrama, Gunther Mahr, Miguel Rojas Mix, Alvaro Márquez Fernández, Gregor Sauerwald, Juan Carlos Torchia Estrada, José Luis Gómez Martínez, Leopoldo Zea y María Elena Rodríguez de Zea.

Por último, nuestro muy particular agradecimiento al tan querido amigo, el Dr. Hugo Biagini, promotor entusiasta y corredor infatigable de este corredor que sin duda ya somos muchos los que lo transitamos.

Arturo Andrés Roig

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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