Juan Carlos Torchia Estrada
  

 

"AUTOREFERENTES"

Los nombres de quienes reciben este homenaje hablan por sí solos, y por sí mismos señalan la justicia del emprendimiento. La voz de cada uno de estos intelectuales se escuchó primero en un rincón americano de resonancia limitada; pero por su calidad y vigor extendió luego su eco a toda nuestra región. Con la justicia que se hace hoy no se benefician tanto los homenajeados -cada uno de los cuales ha sabido afrontar su momento de sombra, exilio incluido, sin por eso arrojar las armas-, como los que reconocen su valor y lo ponen de manifiesto.

Estamos ante dos historiadores que son a la vez dos descubridores, dos arqueólogos de las ideas. Ardao desempolvó los viejos documentos que hablaban de reñidas polémicas sobre temas filosóficos en el trasiego de la vida política, educacional y religiosa de su país, y casi como una creación ex nihilo surgió la historia de las ideas en el Uruguay. No la amplió, no la mejoró, la creó. La ampliación y el mejoramiento, ineludibles en la marcha nunca clausurada del conocimiento, vendrán, pero después de él. En Ecuador, hasta la presencia de Roig, se pensaba que la filosofía no había pisado ese suelo. Cuando Roig lo dejó para regresar, se había exhumado un cuerpo de doctrinas y quedaban obreros preparados para continuar la tarea. Y quizás en su caso no hace falta salir del ámbito argentino, porque no podría decirse que su análisis del krausismo fue recorrer una senda trillada. Y no se quedaron en las historias de sus respectivos países: todo el campo latinoamericano fue terreno de su curiosidad, su interpretación y su sentimiento.

Las semejanzas se extienden más allá de la labor como historiadores: los dos han trascendido el trabajo propiamente historiográfico. Ardao incursionó filosóficamente en los problemas de espacio e inteligencia. Roig, desde la plataforma de sus estudios históricos, ascendió a la cuestión, ya propiamente filosófica, del pensamiento latinoamericano, lo que implicaba dilucidar el tema de la filosofía en general, el de la historia de las ideas y el de América Latina como entidad histórica.

No son, sin embargo, vidas paralelas. La misma pasión, por razones de época y de temperamento intelectual, fraguó en formas distintas. La obra de Ardao comienza en esa década clave de los años 40, en la cual la historiografía filosófica latinoamericana da un gigantesco paso adelante, continuado hasta hoy. Ardao pertenece a la serie de los iniciadores de ese gran empuje, junto con Leopoldo Zea, de quien es compañero generacional y amigo entrañable. Movimiento que alimentaron en sus comienzos Francisco Romero, con su promoción incansable del estudio de nuestro pensamiento, y José Gaos, con una conceptuación de ese pensamiento que alentaba a considerarlo por sí mismo y no en relación de inferioridad con la filosofía europea.

La obra de Roig, en cambio, se inicia en el umbral de los 60s. La intensificación historiográfica comenzada veinte años antes continuaba entonces, y él se agregó a ella, pero esos años abren una nueva época, dominada por una intensa preocupación por la posición de América Latina en el mundo y por una concepción de la filosofía latinoamericana como compromiso. El influjo de la teoría de la dependencia y el desarrollo de un movimiento luego muy diversificado como la llamada filosofía de la liberación, son sólo ejemplos del nuevo clima. Diríamos que al incremento de la filosofía latinoamericana y su historiografía se agregó una posición que, a falta de mejor nombre, podría llamarse latinoamericanismo filosófico. Donde lo filosófico califica al latinoamericanismo, pero no compite con su carácter protagónico. En este clima se sitúa, con una originalidad e independencia que finalmente la pondrán más allá del clima, la rica obra de Roig, que ha dado origen a un vasto discipulado. Ardao vive también ese clima, y lo refleja en su concepción del pensamiento latinoamericano, pero su rumbo estaba trazado, y desde él continuó con su construcción personal. Además, estableció la distinción entre el pensamiento de tema latinoamericano y el pensamiento latinoamericano propiamente dicho.

Mucho ocurrió en ese lapso de más de medio siglo (incluida la formación de una verdadera dicotomía de la indiferencia entre la filosofía de inspiración latinoamericanista y la llamada filosofía académica ), cuya riqueza puede enfocarse desde varias perspectivas de evaluación. Pero más allá del eterno fluir de los puntos de vista, es obvio de toda obviedad que para los que tenemos algo que ver con el pensamiento latinoamericano, las respectivas obras de Arturo Ardao y Arturo A. Roig, con sus puntos de contacto y su naturales diferencias, son de enorme magnitud. No se podrá avanzar sin contar con ellos, sin estudiarlos, sin aprovechar el fruto de su labor. Para decirlo simple pero rotundamente: tienen la característica, muy excepcional, de ser imprescindibles. ¿Qué nota más alta puede darse en la apreciación de dos representantes de esa terca estirpe de buscadores de la verdad -la arisca y elusiva verdad- que además, nosotros lo sabemos, están a la vez transidos por el sentimiento de lograr dignidad para la comunidad a que pertenecen? Yo no sé que haya otra, cuando de filósofos se trata.

Interprétense estas rápidas palabras no tanto en su falible contenido como en lo que representan como adhesión sincera y plena a estas dos grandes figuras del pensamiento latinoamericano.

Juan Carlos Torchia Estrada
Potomac, Maryland, USA

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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