Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Orlando Fals Borda

El hombre y su obra

Alejandro Sánchez Lopera

Itinerario Vital

Nació en la ciudad costera de Barranquilla (Colombia) el 11 de julio de 1925. Fals Borda es uno de los académicos latinoamericanos más importantes del siglo XX, y quizás el exponente más destacado de la Investigación Acción Participativa (IAP) en el mundo, así como un representante singular de la renovación de las ciencias sociales críticas en América Latina durante el siglo pasado. Pastor protestante, Fals viajó en 1944 a Estados Unidos a estudiar pregrado en Literatura Inglesa en la Universidad (presbiteriana) de Dubuque. A su regreso a Colombia hacia 1948, fue director de un Centro Juvenil Presbiteriano cuyo pastor era Richard Schaull, quien posteriormente fue uno de los iniciadores del a Teología de la Liberación. En este Centro Presbiteriano desarrolló distintas actividades culturales y artísticas, con ayuda del pintor Alejandro Obregón y el escritor Álvaro Cepeda Zamudio, compañeros cercanos a su vez de Gabriel García Márquez. Al volver al país se vinculó igualmente a través del Ministerio de Educación a un proyecto auspiciado por las Naciones Unidas en el municipio de Vianí, en el Departamento de Cundinamarca, que da inicio a su vínculo con las comunidades campesinas periféricas.

Regresó a los Estados Unidos hacia 1951, donde cursó maestría en Sociología Rural en la Universidad de Minnesota, y obtuvo un doctorado en Sociología de la Universidad de Florida en 1955. Regresa de nuevo a Colombia a mediados de 1958, donde se vincula con el Ministerio de Agricultura. Fue así mismo becario de la Fundación Guggenheim (1953-1954), y Director de Investigaciones en el Instituto de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social en Ginebra.

Hizo parte, junto con otros destacados intelectuales latinoamericanos como Gino Germani, Florestán Fernández, Enzo Faletto, Aldo Ferrer, Octavio Ianni, Aníbal Quijano, Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen, de una renovación crítica del pensamiento social latinoamericano a partir de mediados del siglo XX. En abierta crítica al positivismo y a la dominación imperial, tanto Orlando como este grupo de intelectuales esgrimieron una crítica frontal al desarrollismo, al tiempo que, en contra del positivismo argumentaban que la objetividad en la ciencia se crea no en la mente del científico, sino a partir de las relaciones de fuerza de la sociedad misma.

El concepto de desarrollo hizo crisis, y el centro de gravedad de la reflexión y la acción política se desplazó, de una incapacidad innata (física o mental por ser latinoamericanos), al entramado de la dominación capitalista del mapa imperial (la “dependencia”): el progreso de unos pueblos, era pues la ruina económica de otros. A partir de allí, sin embargo, no bastaba la denuncia de la dominación: de acuerdo con Orlando, era necesario aumentar los grados de libertad, la creación de una “ciencia propia” y la afirmatividad del sujeto subordinado. En suma, más allá de una transformación intelectual, era indispensable la invención de una subjetividad insumisa, capaz de apostar por nuevas maneras de relación con el mundo. Este tipo de crítica, abrió el surco para el terreno donde posteriormente se instalarán las corrientes de teoría pos-colonial y la crítica al eurocentrismo en América Latina.

Esta perspectiva tuvo por supuesto consistencia organizativa. En 1961, durante la Conferencia Interamericana sobre Investigación y Educación en Sociología realizada en Palo Alto (California), hizo parte de la creación del Grupo Latinoamericano para el Desarrollo de la Sociología, promovido por el Social Science Research Council junto con Guillermo Briones, Luiz A. Costa Pinto y Gino Germani. Junto con algunos de esos intelectuales latinoamericanos, fue promotor de iniciativas como la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO).

Así mismo, en 1967, hizo parte de los miembros fundadores del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), entre los que se contaban Jorge Arias, Julio Barbosa, Felipe Herrera, Enrique Iglesias, Alvaro Jara, Helio Jaguaribe, Isaac Kerstenetzky, Luis Lander, Carlos Massad, José Matos Mar, Francisco Ortega, Enrique Oteiza, Raúl Prebisch, Luis Ratinoff, Rodolfo Stavenhagen, Víctor Urquidi, y Aldo Ferrer (primer Secretario Ejecutivo). En ese sentido, Orlando Fals Borda es un hombre común, múltiple, parte de un colectivo más amplio que conmovió el rostro de las ciencias sociales en América Latina a partir de mediados de siglo.

A través de sus gestiones ante entidades extranjeras (Fundación Ford, Rockefeller, Unesco y Fulbright) logró conseguir recursos para la institucionalización de la sociología como disciplina en la Universidad Nacional de Colombia, la creación y promoción del PLEDES (Programa Latinoamericano de Estudios Superiores del Desarrollo), y la circulación de innumerables y destacados académicos desde y hacia Colombia a través de becas de estudio y estancias de docencia. Este tipo de iniciativas rompió con una práctica enraizada en el medio intelectual colombiano: la arrogancia extrema de creer que se es el centro del mundo (o la “Atenas de Suramérica”), que evita justamente salir a ese mundo para abrigarse en autocomplacencias y lamentos que no rebasan el cerco nacional. La potencia de Orlando radicó pues, en gran medida, en las conexiones que habilitó, en la proliferación de redes que atentaron contra la insularidad de una sociedad como la colombiana, en la que aún hoy se esgrime como bandera una supuesta excepcionalidad de nuestro país con respecto al continente. Dicho aislamiento, tal como lo muestra el recorrido vital de Fals Borda, no es otra cosa entonces que un narcisismo grotesco, tal como también lo vio, desde otra orilla y en otros términos, el intelectual colombiano Rafael Gutiérrez-Girardot.

A lo largo de toda su vida fue partícipe e impulsor de innumerables colectivos e iniciativas organizativas que ligaban el conocimiento y la praxis, como medio para subvertir la dominación de las sociedades periféricas. Organizaciones como FUNDARCO, la Fundación Rosca o CEPA, fueron algunas de las experiencias organizativas en las cuales se involucró Orlando, en las cuales se trastocaron los modos de relación entre el conocimiento y la sociedad. Allí también se promovió una práctica política afirmativa donde tuvieron amplio despliegue y resonancia términos y experiencias como “inmersión”, “compromiso”, “crítica” y “valoración”, por oposición a la ciencia liberal neutra y objetiva, que encarnaba además los vestigios del colonialismo, y la jerarquización económica y social provenientes de la época señorial.

El esfuerzo de Orlando fue decisivo en la configuración del primer programa de sociología en América Latina en 1959, así como en la institucionalización de las ciencias sociales y humanas en Colombia y en el Continente. Al morir en combate su amigo cercano el sacerdote revolucionario Camilo Torres, en febrero de 1966, Orlando pasa una estancia en los Estados Unidos donde publicó su fundamental libro La subversión en Colombia, en el marco del apoyo del Departamento de Sociología Rural de la Universidad de Wisconsin y del Instituto de Estudios Latinoamericanos y al Departamento de Sociología de la Universidad de Columbia en Estados Unidos. Regresa a Colombia y a finales de la década de 1960 fue expulsado de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, acusado de ser agente encubierto de la CIA y agente del imperialismo. En 1973 fundó la sobresaliente revista de izquierda Alternativa, junto con otros destacados escritores y periodistas colombianos como Enrique Santos Calderón, Gabriel García Márquez, Arturo Alape y Antonio Caballero.

Compartió su vida con María Cristina Salazar Camacho, otra destacada socióloga colombiana biznieta de Salvador Camacho Roldán, considerado por muchos uno de los iniciadores del pensamiento social moderno en Colombia. Con María Cristiana se vinculó tanto por el rito católico como por el protestante, pues no hay que olvidar que Orlando fue Superintendente Dominical de la Iglesia Presbiteriana, representante ante el Consejo Mundial de Iglesias (CMI); asistió así mismo a la Escuela de Cadetes de Bogotá. En su labor de funcionario público, Orlando participó en la Dirección General del Ministerio de Agricultura (hoy Viceministerio) en 1959, durante el gobierno de Alberto Lleras Camargo del Frente Nacional (pacto de gobierno bipartidista de las élites y el Partido Liberal y Conservador que se extendió entre 1958 y 1974).

Fue así mismo miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de Colombia en 1991, que instauró un nuevo pacto entre élites y sociedad de cara a la transformación neoliberal y posmoderna de fin de siglo, donde lideró la cuestión del ordenamiento territorial. Parte de su última producción académica se centró justamente en la problemática del espacio, el ordenamiento regional y la reflexión sobre el territorio, promulgando un movimiento de autonomía regional en contra del centralismo administrativo, cultural y político imperante en Colombia desde la época colonial.

Fals Borda murió a los 83 años en Bogotá, el 12 de agosto de 2008, al poco de tiempo de haber reeditado su libro La subversión en Colombia. Recibió al final de su vida el premio Malinowski, otorgado por la Asociación Norteamericana de Antropología, y el premio Diskin concedido por el LASA (Latin American Studies Association). Orlando, como veremos a continuación, más que un “brillante” intelectual, configuró con su esfuerzo una potente trayectoria para lo común, el común, y los comunes.

 

Aporías de un pensamiento sin desilusión

Lejos de un homenaje, pero también de la nostalgia, esta reseña rastrea sólo un fragmento de aquello que es capaz de provocar la pasión por un oficio, y la persistencia de una experiencia política. Describir la fuerza de un nombre propio que, como el de Orlando Fals, procede no por enseñanza o prédica sino por contagio, nos lleva a su desvanecimiento, a la desfiguración de los prestigios del intelectual y el ocaso de la figura del “maestro”, para entrever cómo una sociedad se configura a sí misma a través de las formas en que conoce. No se trata entonces del reclamo de una herencia o un legado, pues “no son los signos de poder lo que importa, ni las vidas ejemplares, sino aquello de lo que es capaz una convicción, aquí, ahora, y para siempre” (Badiou, 1999: 31).

Barranquillero, nacido en 1925, a través suyo fluye la sombra del Caribe hacia Bogotá, el centro, cuyo ridículo sobrenombre de “Atenas Suramericana” simulaba todo lo que profesaba de segregación y de desprecio hacia las regiones, y hacia vastos sectores de la población ubicados por fuera del mecanismo ilustrado. Relator de la insurgencia de la provincia, de la multitud que no habita los centros del poder, la apuesta movilizada por Orlando logró generar lo que muy pocas en nuestro país: polémica. Discutible, para muchos, por su “falta” de rigor teórico; para otros, por su cercanía a la prédica, lo cual generó prácticas políticas y de conocimiento colindantes con el sacerdocio; y para algunos, por su ambivalencia frente a la violencia como práctica posible de transformación de lo real. Quizás sea más fecundo intentar rastrear los efectos sociales de su travesía de pensamiento, entendiendo éste no como el saber del filósofo, sino como aquel conocimiento capaz de transformar la experiencia.

Esa travesía lo llevó a lo que él denominó “dilema ontológico”, a saber, la localización social como práctica posible de la subversión en Colombia. En su reseña del libro dedicado al sacerdote revolucionario Camilo Torres Restrepo, a quien Fals entendió como un “subversor moral” y no como un “apóstol desolado” o “profeta desoído”, afirma que “lejos de admitirla como algo inmoral y destructivo de la sociedad, se veía la subversión como algo positivo, moral y reconstructor de la sociedad, como una condición necesaria para el desarrollo de ésta” (Fals, 1967: 183). Esta revaloración de lo insumiso, insertó continuamente su experiencia en una serie de relaciones y distancias con proyectos políticos (Frente Unido, Movimiento Popular, Alianza Democrática M-19, Polo Democrático), colectivos eclesiales revolucionarios (Golconda) proyectos editoriales (la Revista Alternativa), e innumerables iniciativas académicas (entre ellas, la fundación del programa de Sociología en Colombia, el primero de América Latina).

Junto con el sacerdote revolucionario Camilo Torres Restrepo, propició y potenció relaciones imprevistas, insertándose en tendencias de corte global, y empujando a Colombia fuera de su tradicional encierro, que nos es más que un arrogante narcicismo: ciencia y fe, conocimiento positivista y revolución, mística y empirismo, ámbitos que hasta entonces, por lo menos en Colombia, estaban desconectados. Ese tipo de conexiones, impensables y socialmente prohibidas en un país como Colombia, continuaron abriendo además un espacio para la praxis contestataria y disidente de corte no comunista, pues en efecto, al igual que en otros países latinoamericanos, la izquierda en Colombia alejada de la directriz del Partido Comunista había sido marginada y expatriada. El caso del Frente Unido, movimiento plural dirigido por Camilo Torres, es quizás el mejor ejemplo de esa izquierda no comunista. En ese sentido, con aciertos y derrotas, y alcances desiguales, la propuesta de Fals Borda se enfrenta a los dos universalismos del siglo XX: el capitalismo y el comunismo (“importado” y de Partido).

A lo largo de ese recorrido “personal”, la obscena concentración económica, el despojo material interminable de los colectivos y la infamia como normalidad en nuestro país, lastimaron nuestra vida, nos inundaron de un dolor inconfesable. Pero Orlando no se plegó, ni se sumió en la melancolía, o en la comodidad del buen juicio del pensador. “Nadie que no haya vivido antes de la revolución, conoce la dulzura de vivir”, parecen ser las palabras que avivan el recorrido de los pocos que, como él, no devinieron funcionarios de la burocracia, o profetas del liberalismo parlamentario. El camino de Orlando –que no es otro que un extravío sin destino prefijado– se erige, entonces, como rival fundamental de las prédicas comunes a nuestra historia, repetidas aún hoy hasta el hastío: el mundo no será más que liberal, la religión es una superstición del desdichado, y el conocimiento tiene dueños (¡que piensen los filósofos!).

De esta manera, la persistencia de Fals Borda lo llevó a enfrentarse con las prácticas de diferentes personajes que pueblan nuestra historia: el censor de las ideas (su salida de la Universidad Nacional acusado de ser agente del imperialismo, y promotor de una orientación técnica y no científica de la sociología), la brutalidad del centinela (torturado junto con su compañera María Cristina Salazar bajo el Estatuto de Seguridad implementado en Colombia entre 1978 y 1982 como técnica represiva ejercida contra las disidencias), finalmente, el dogmatismo del pastor, y la negativa de la jerarquía eclesiástica a dar el permiso a los sacerdotes católicos Germán Guzmán, Gustavo Pérez y Camilo Torres para acompañar la “Comisión de diálogo” con los pobladores de Marquetalia en 1964. La Comisión, de la cual hacía parte Orlando, desistió de su intento luego de negado ese permiso –a pesar del visto bueno de las Fuerzas Armadas–. Días después, se desplegó la Operación Marquetalia, a partir de la cual se produjo el estallido de las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Colombia, ya lo dijeron, es una cosa impenetrable.

En ese sentido, está por hacer la reconstrucción de la producción social del libro La violencia en Colombia (publicado en 1962), no tanto como hito nacional de las ciencias sociales o de la denominada “Violentología”, sino como síntoma que provocó una conmoción desmesurada en la sociedad, cuya trama está por escribirse por fuera de la “historia de la ciencia”, de la “profesionalización” del saber. ¿Qué verdad social se hizo presente en ese libro? ¿Qué sujeto lo pobló? Preguntas inquietantes, al analizar la escasa producción investigativa de esa envergadura y de ese efecto social en los años que vinieron, y que son hoy los nuestros. El interrogante permanece, además porque ese fue el primer libro de corte académico que daba cuenta de la brutal y sangrienta arremetida de las élites contra los sectores populares en Colombia, por un lado, y por el otro, describía la responsabilidad primera y directa de dicha élite en el desastre conocido como “La Violencia”. Durante ese período, de acuerdo con Fals, el sacerdote Germán Guzmán Campos y el jurista Eduardo Umaña Luna (coautores del libro), “algunas clases dirigentes y las ‘oligarquías’ de ambos partidos tradicionales, coaligadas por la seria amenaza a sus intereses, tomaron las riendas del Estado para efectuar la contrarrevolución” (Fals Borda y otros, 1962: 14).

Creemos que a través de los escritos de Fals es posible entrever la formación de un pueblo, donde la voz del autor se disuelve para que emerja el murmullo y el anonimato. La crítica ilustrada, por su parte, detectó allí una “contaminación del material primario precioso para los historiadores, al hacer imposible el distinguir lo que pertenece a Fals de lo que pertenece a sus informantes” (Bergquist, 1990: 168). Eric Wolf por su parte, en su reseña del libro Campesinos de los Andes de 1956, lo presentaba como “uno de los raros estudios de un grupo no-indígena en las tierras altas de Latinoamérica [los Andes Latinoamericanos]” (1956: 930). Elegimos, sin embargo, otro camino. En ese sentido, la investigación Campesinos de los Andes, realizada en la vereda de Saucío (Cundinamarca) en1955, dejará de ser el emblema de los inicios de la sociología “moderna” en Colombia, o la expresión de la orientación funcionalista de la sociología en nuestro país. Desplegada en la encrucijada del positivismo y el desarrollismo que conformó la época, Fals afirma en el prólogo de 1961 que con el estudio de Saucío “quería constatar si lo que se decía del hombre rural colombiano era cierto, si merecía su suerte como despreciable siervo de la gleba, si su estupidez aparente o ‘melancolía indígena’ era atávica, si su destino como ente sub-humano era inevitable” (1978: IX).

Antes que “un trabajo de campo encaminado generalmente a poner a prueba algunas hipótesis preconcebidas”, de acuerdo con Fals Borda “Saucío fue estudiado sin ánimo de poner a prueba teorías concretas”, intentando “construir puentes afectivos y sociales entre el investigador y la comunidad” (1979: XX, 307). A través de cierta relación del conocimiento con la experiencia, se apuntaba a un desequilibrio en las relaciones de fuerza y jerarquía, forzando al sujeto a que dejara de ser lo que fue: experto, investigador, comunidad “aislada” o “atávica”.

Sin embargo, el conservadurismo reiterado de la Universidad en Colombia, que asemeja la academia a una sacristía, juzgó dicha apuesta –y muchas otras– como exterior a la “ciencia”. Al igual que sobre muchas otras personas en nuestro país, sobre Orlando recayó la triste tradición de la academia colombiana que, independientemente de la vertiente ideológica, obliga a la crítica a instalarse en el exilio. En ese sentido, puede entenderse la carta escrita desde Ginebra (Suiza), firmada por Orlando y su compañera María Cristina Salazar, en julio de 1969, que reposa en el archivo personal que ambos donaron a la Universidad Nacional de Colombia:

Habiendo decidido regresar a Colombia durante el primer semestre de 1970, queremos hacerlo en la forma más útil posible para una causa que todos compartamos… se trata de saber si es realista o no constituir un Centro Colombiano de Estudios Aplicados, en el que podamos actuar según nuestras convicciones, divulgar el resultado de nuestras investigaciones e irradiar nuestras ideas y justificadas preocupaciones…. En primer lugar, está la Universidad Nacional y el Departamento de Sociología. ¿Hallaremos allí las oportunidades de creación y avance intelectual que buscamos, y tendremos allí todo a la mano para realizar una labora fecunda? O en vista del marco inflexible de la entidad, que sigue lerda en cambiar, ¿no nos veríamos abocados a otras frustraciones, como aquellas de 1967? ¿No habremos ya ensayado suficientemente la fórmula desarrollista en la Universidad para saber que ella no funciona en las circunstancias actuales? ¿No sería más adecuado actuar sobre ella desde fuera creando nuevos y respetables grupos de referencia para los estudiantes y profesores del Alma Máter? (1969:s/p)

La necesidad de un uso social del conocimiento útil para la transformación radical de lo dado, generó su abandono de la institución universitaria, lejos de un conocimiento que propicia servidumbres. De esta propuesta inicialmente planteada en Ginebra (Suiza), a la que se sumaron los académicos Augusto Libreros, Víctor Daniel Bonilla, Jorge Ucrós y el teólogo Gonzalo Castillo, surgió entonces en 1970 una de las primeras Organizaciones No Gubernamentales (Ong) que existieron en Colombia, la Fundación Rosca de Investigación y Acción Social. Después de fundar el primer programa de Sociología en América Latina, de ser director general del Ministerio de Agricultura, promotor de la Acción Comunal y de la Reforma Agraria, la Fundación Rosca cristaliza para Fals Borda la distancia con el Estado, con las convenciones del conocimiento universitario, y la ruptura definitiva con la subordinación existente. De acuerdo con La Rosca, el método y la orientación del conocimiento,

ya no serían objeto de simple curiosidad erudita –lo cual implica una actitud ingenua de parte del científico social–; ni serían más trompetas apocalípticas para despertar a las clases dirigentes e inducirlas a ser más responsables –una actitud moralista–; ni permitirían su utilización para que las clases dirigentes se perpetuaran en el poder mediante cambios dosificados y virajes calculados ‘científicamente’… ahora estas ciencias se pondrían al servicio de la causa popular (Fals y otros, 1972: 20-21)

Cabe anotar, como parte de las mencionadas relaciones entre ciencia y religión, que tres de los fundadores de La Rosca –entre ellos Fals Borda– eran provenientes de la Iglesia Presbiteriana, institución que a su vez suministró el primer fondo colectivo para el funcionamiento de la misma, según lo cuenta el científico social Ernesto Parra (1983:16). La orientación religiosa de Orlando (además de su cercanía con el Consejo Mundial de Iglesias –CMI–), ya había suscitado tensiones anteriormente, a partir de su solidaridad con el movimiento estudiantil en su enfrentamiento con las directivas universitarias y gubernamentales, especialmente en la huelga de 1962 en la Universidad Nacional de Bogotá. En ese momento, se vio expuesto a una posible primera expulsión por parte del Consejo Académico de la Universidad Nacional, y a una serie de “ataques de índole personal que se referían a mi religión y a mi preparación científica. No es delito no ser católico en este país, y en el presente año ecuménico, todos los cristianos empiezan a coordinarse y unirse sobre una base de mutua tolerancia” (1962: s/p).

A partir de este empeño de La Rosca se publicó por primera vez al líder indígena Manuel Quintín Lame (“En defensa de mi raza” en 1972), y el texto “La cuestión indígena en Colombia” del destacado líder obrero Ignacio Torres Giraldo, además de una serie de estudios y experiencias pedagógicas en el litoral pacífico, la Costa Atlántica, Cauca, Antioquia, y Valle del Cauca, todas regiones colombianas. Por un lado La Rosca movilizaba una crítica al positivismo como modo de vida, como intento de gobierno de lo real; por el otro, expresaba la tensión entre “trabajo manual y trabajo intelectual”, oscilando entre el lema de “las masas nunca se equivocan”, y la creación de “grupos de referencia” populares para que “los obreros, campesinos e indígenas no siguieran subyugados espiritualmente a los intelectuales” (Fals, 1979: 41).

Posteriormente, viene el Congreso Mundial sobre “Investigación Activa” en Cartagena en 1977, espacio de convergencia de los procesos de descolonización y de las luchas de liberación periféricas, entre otras, y de resonancia de modos divergentes de saber acerca de nosotros mismos, perfilando, entre otros acercamientos, la Investigación Acción Participativa (IAP). Lo académico y lo político se presentan, entonces, inmersos en una relación infinita e irresoluble de encuentros entre el “saber académico” y el “saber popular”, trazando múltiples convergencias con la Educación Popular (el caso de la organización Dimensión Educativa, que incluyó a Mario Perezón y Lola Cendales entre otros) y con apuestas innovadoras de construcción colectiva de conocimiento de escritores como Alfredo Molano o David Sánchez Juliao, que impiden hablar de Orlando Fals Borda como un “ejemplo” solitario. Estas experiencias, en su relación con la IAP, hablan más bien de un proceso plural, de composición colectiva, inatrapable bajo la figura de Orlando como “maestro”, o predicador. Prácticas como la “inserción”, la “restitución” o la “devolución sistemática” del conocimiento, adquieren relevancia en un momento en el que se retó no sólo la verdad del científico, sino la verdad construida socialmente. “La verdad muere, y grito que la verdad miente”, parece ser la apuesta de Orlando, confrontando siempre el cinismo de quienes creen nombrar nuestra supuesta “verdad colectiva”.

Ya en 1959, se interroga acerca de las implicaciones de que “nuestra búsqueda de la verdad y el estudio de nuestras realidades hayan tenido como punto de partida las filosofías y los conceptos de pensadores y científicos extranjeros”, apuntando hacia un conocimiento propio que tome distancia de la costumbre latinoamericana de “sumar aparentes verdades encontradas en diferentes escuelas, presumiendo que en esta forma perfecciona la explicación de los fenómenos observados” (Fals, 1959: 1, 6). En suma, se pretendía “formar una verdadera sociología nacional, una sociología colombiana, basada en nuestros propios hechos, nutrida de nuestra propia tierra, enfocada hacia nuestras sencillas ‘veredas’ y ciudades, dirigida hacia nuestros problemas y dilemas”(1959: 6).

Este tipo de apuesta, según sus críticos, produjo un modo de conocimiento particular, no universalizable. Incluso a finales de la década del ochenta, el pensamiento ilustrado criticó por un lado su “dimensión romántica” y “altruismo”, e “indiferencia a la teoría”; por el otro, historiadores como Charles Bergquist señalaron cómo en la escritura de los cuatro volúmenes de la Historia doble de la Costa, “como muchos científicos sociales que se embarcan en la tarea de escribir acerca del pasado, Fals ignora o viola cada uno de los principios del método histórico” e “involuntariamente subvierte el intento democrático de su historia” (1990: 161, 173).

Este tipo de críticas son expresión de un juicio acerca de discursos incómodos para la academia, que evalúa la experiencia a partir de aquello de lo cual carece. Algo más fructífero sería analizar ese discurso en términos de su propia potencia, antes que un agravio al historiador, al canon, debido a que no se trata de un juicio a la cosa en sí (Fals y su escritura), sino un análisis de las relaciones en las que se insertó y las posibilidades que provocó. Es decir, no se trata del grado de sistematicidad de su “obra”, sino sus efectos sociales y las relaciones que hizo posibles con el mundo.

Porque de lo que se trata en la apuesta de Orlando Fals es de instaurar otra relación con el mundo. Las críticas esgrimidas desde el conocimiento ilustrado, obsesionado por lo universal, olvidan que lo universal es una coordenada, o como ha sido dicho por tantos otros, un proceso singular de unificación y totalización. “El eurocentrismo umbilical [comenta Fals] es inexplicable, porque la sociedad y la ciencia europea son en sí mismas el fruto histórico del encuentro de culturas diferentes incluyendo las del actual mundo subdesarrollado” (2007: 106). En ese sentido, en el intento de algunos grupos que “han tratado de corregir aquella tendencia narcisista y parroquial”, lo que se devela como parroquial quizás sea el anhelo del universo.

El anclaje promulgado por la IAP, parejo a su diseminación global, se puede leer no tanto como un regreso al origen, sino como un intento de confrontar aquello a lo que nos ha llevado el enunciado de la Conquista: a separarnos de nuestra experiencia. En efecto, si el mecanismo social que históricamente nos ha ligado es la guerra, ante el sistemático desarraigo que viene desde la Colonia no se propone un romanticismo del arraigo, sino la confrontación entre la creación de un mundo y la obsesión universal por lo totalizante. Enfrentando un mundo al universo, no asistimos ya al universo de la razón, sino al mundo del margen, que emerge a partir de una peculiar relación entre la ciencia y lo popular. Campesinos, indígenas y obreros conformando lo “común”, a través de experiencias no exentas de reveses, en las que la apuesta de Fals Borda tuvo papel decisivo (como la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos ANUC y la Acción Comunal). Lo común, en definitiva, como una forma ascendente de conformación colectiva, es decir, de devenir Estado.

Esto implicaba por supuesto, una alteración de las relaciones de fuerza entre los sectores sociales, una recomposición del enfrentamiento entre sectores populares y élites; en últimas, un corrimiento del desprecio sobre el cual, desde la época de la Colonia, se ha sustentado la dominación de las masas anónimas en Colombia. En efecto, en un trabajo monográfico Orlando, Nina Chávez e Ismael Márquez con respecto a la Acción Comunal, política estatal que se desplegó también a nivel de América Latina, comentaban lo siguiente:

El principio de la autonomía, que es básico en el desarrollo comunal, implica el reconocimiento de talentos y fuerzas en el conjunto del pueblo que por regla general han sido ignorados por las clases dominantes. Para la élite, el pueblo no ha sido sino un grupo heterogéneo de personas ignorantes y miserables, merecedoras de su suerte como siervos de la gleba, a quienes hay que señalar la vía y conducirlos con acémilas en recua. Muchas personas en potestad conservan para la clase campesina la misma idea y colonial actitud, en el sentido de que ella se compone de indios, infantes en la fe y la civilización […] Por fortuna ya se ha acumulado suficiente evidencia que señala que tales ideas sobre la ignorancia y la estulticia de los campesinos son infundadas y que en realidad constituyen prejuicios. (Fals Borda y otros, 1960: III).

Lo anterior permite demarcar entonces parte de la actualidad de su pensamiento. Por una parte, están las conexiones no siempre reconocidas, con apuestas intelectuales críticas (como los estudios poscoloniales), en el marco de una apuesta “colectiva” que llevó a Rodolfo Stavenhagen en 1971 a escribir un artículo titulado, justamente, “Cómo descolonizar las ciencias sociales”. Por el otro, poder seguir el rastro de los múltiples caminos en que diversas apuestas periféricas (no sólo la IAP), produjeron un “contraefecto” en los saberes y la academia del norte global. Independientemente de las críticas, el poder de contaminación y diseminación de su apuesta es difícilmente alcanzable. Largos son los caminos abiertos por la IAP en el trazado de puntos de encuentro con otras geografías, esfuerzo presente desde tiempo atrás en la labor de Orlando como co-fundador en 1967 de CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales) y del PLEDES (Programa Latinoamericano de Estudios Superiores del Desarrollo), siempre buscando construir “un discurso alterno entendible en nuestros propios términos, que son los que deben contar en última instancia” (Fals, 1998:11). Fals, de esta manera, participó en la instauración del rostro de las ciencias sociales en América Latina, en especial de la Sociología.

Simultáneo a la diseminación de la IAP en y desde distintas regiones periféricas del mundo (Africa, Asia y América Latina), y a su entronque con enfoques críticos (teoría de la dependencia, educación popular), encontramos un modo concreto de poblamiento de la vida, un posicionamiento, unas coordenadas específicas; ya en 1959 Fals Borda abogaba por un conocimiento que nos permitiera “conocernos mejor, saber dónde estamos, a dónde vamos y qué está sucediendo realmente en nuestro derredor” (Fals, 1959). De allí, quizá, la reiterada inquietud por el lugar de la tierra en su recorrido vital.

En esa misma dirección, en el marco de su retorno en 1987 a través del IEPRI (Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales) a la academia institucional y a la Universidad Nacional –de la cual había sido expulsado años atrás–, Fals sigue reclamando “la construcción de contrapoderes populares, la proclamación de regiones autónomas y el ensayo abierto de un federalismo libertario” (2007:112). Por eso el rescate de la historia de personajes como Juana Julia Guzmán y Vicente Adamo, efectuado en Retorno a la tierra, el cuarto volumen de la Historia doble, no constituye solamente una afrenta a la historia universitaria, sino el relato de una ética libertaria que “requiere menos de Maquiavelo y Locke y más de Kropotkin y Althusius, con remozado interés en venerables premisas anarquistas (en sentido filosófico) para equilibrar o combatir los poderes autocráticos de gobiernos y organismos centrales, y de hombres de Estado y dirigentes despóticos” (Fals, 1986: 222).

Orlando, entonces, mantendrá su convicción en la persistencia, mientras la mayoría de quienes hicieron parte de ese modo ético de praxis y conocimiento, sucumbían a la insinuación del Estado, o recurrían a la práctica del arrepentimiento para habitar el abismo creciente entre el conocimiento y la política, el discurso y la experiencia, en estos tiempos de sequía de la voluntad. Mientras tanto, en el Manifiesto por la autoestima en la ciencia colombiana para “la superación del eurocentrismo”, publicado en principio en 2001 con el biólogo Luis Eduardo Mora-Osejo, Fals seguía abogando por “sustituir las definiciones discriminatorias entre lo académico y lo popular y entre lo científico y lo político, sobre todo en la medida en que se haga énfasis en las relaciones complementarias” (Fals y Mora-Osejo, 2003:107).

Para terminar, algunos riesgos a la vista. Por un lado, habría que preguntarse acerca de la reciente acogida de la IAP en la Universidad, y el posible debilitamiento de su potencia crítica: su conversión en cátedra, en el marco del pluralismo de asimilación y captura que profesa la Universidad. Por el otro, el cansancio. Muchos años después, en el cambio de siglo, Fals Borda señalaría cómo de manera paradójica de “la obtención de conocimientos útiles para adelantar causas justas… provino la dolorosa confirmación de nuestra propia incapacidad para adelantar estas tareas” (1999:75).

Pero la persistencia siempre sonríe ante la vigencia de lo por venir. Recientemente, en la Universidad de Antioquia, insistió en su conferencia “Entre los paisas”, en seguir “buscando una paz que no sea la del cementerio, ni la paz de los pudientes ni la Pax Americana”. Así mismo, en el prólogo a la reedición de La subversión en Colombia, realizada el 2008, señalaba la actualidad del pluralismo presente en la experiencia del Frente Unido y de Camilo Torres, vislumbrando la posibilidad de un “socialismo raizal o radical” capaz de descomponer las jerarquías políticas y económicas vigentes de tiempo atrás, y su espesa moral. Orlando repitió en dicho prólogo lo que había afirmado toda su vida: “Por ahí es la cosa, a pesar de transitorias derrotas”.

 

Bibliografía de obras citadas

  • BADIOU Alain. San Pablo y la fundación del Universalismo. Barcelona: Anthropos, 1999.

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Alejandro Sánchez Lopera
Actualizado, junio 2010

 

© José Luis Gómez-Martínez
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