Leopoldo Zea

 

América como conciencia. México: UNAM, 1972. 133 pp.
(Primera edición: México: Cuadernos Americanos, 1953)

IX
Las dos Américas

41. Norteamérica como signo positivo

Hispanoamérica al realizar su emancipación política y mental sufrió esa serie de desgarramientos de que ya hemos hablado al planteársele una serie de problemas que no se plantearían a la América del Norte. Pronto se dará cuenta el hispanoamericano de este hecho. En la América sajona no se dan los desgarramientos que en la hispana, allí todo parece natural. La libertad es alcanzada como fruto maduro sin que la misma implique los problemas que implicó para el hispanoamericano. La constitución de la América del Norte tiene que ser necesariamente diversa a la de la América del Sur. Algo hay en esa América que le da la seguridad que falta a la hispana. Qué cosa sea este algo va a ser una de las principales preocupaciones del hombre de esta parte de América.

Por esta razón quizá no se encuentre en la historia un ejemplo de la forma como un pueblo puede estar en la conciencia de otro como los Estados Unidos en la conciencia de los pueblos hispanoamericanos. Se encuentra en ellos antes de su emancipación y a través de toda su historia independiente; Norteamérica se ha encontrado en forma semejante en su conciencia. Unas veces simbolizando el máximo modelo de sus ideales, otras como la negación suprema de ellos, como su decepción. Entre otras cosas, Norteamérica ha sido también para Hispanoamérica la fuente de su sentimiento de inferioridad. Norteamérica ha sido ese ideal nunca realizado por la América hispana.

En ese conflicto que se plantea al hispanoamericano entre lo que es y lo que quiere ser, Norteamérica simboliza lo segundo, como España simbolizaba lo primero. Norteamérica es el futuro a realizar, como España el pasado realizado y que ha de ser negado. El gran país del norte marcaba a Hispanoamérica su deber ser. Era la pauta con la cual se medían los resultados de nuestra emancipación. Estos resultados, desgraciadamente aparecían siempre negativos. "Nuestra revolución —decía el argentino Echeverría—, a causa del encadenamiento fatal de los sucesos de la época, empezó por donde debía acabar, y ha marchado en sentido inverso de las revoluciones de otros países. Ved si no a los Estados Unidos: al desplomarse el poder colonial, la democracia aparece organizada y bella, radiante de inteligencia y juventud brota de la cabeza del pueblo, como Minerva de la frente de Júpiter". El chileno Francisco Bilbao comparaba las dos Américas sacando de esta comparación conclusiones negativas. "La libertad de pensar, como derecho ingénito, como derecho de los derechos —dice Bilbao—, caracteriza el origen y desarrollo de la sociedad de los Estados Unidos. La libertad de pensar sometida, a la investigación libre limitada a las cosas exteriores, a la política, administración, etcétera fue la mutilada libertad proclamada por los revolucionarios del sur". ¿Por qué? se pregunta. Porque el Norte era protestante y el Sur católico. Porque el uno practicaba el libre examen y el otro recibía dogmas. "El que es libre en la aceptación del dogma, tiene que ser libre en la formación de la ley". Por esta razón "en el Norte —dice José Victorino Lastarria—, el pueblo era soberano de hecho y de derecho, y daba la ley y administraba todos sus intereses por medio de sus representantes. En la América española no existía el pueblo, la sociedad estaba anulada y no vivía más que para la gloria y provecho de su soberano, de un señor absoluto y natural".

El argentino Juan Bautista Alberdi exclamaba: "Los americanos del Norte no cantan la libertad pero la practican en silencio. La libertad para ellos no es una deidad, es una herramienta ordinaria, como la barreta o el martillo. Washington y sus contemporáneos lucharon más por sus derechos individuales, por sus libertades, que por la simple independencia de su país. Así, al obtener los unos obtuvieron la otra. A diferencia de los países de la América del Sur, que obtuvieron la independencia política, pero no la libertad individual". Otro argentino, Domingo Faustino Sarmiento, gritaba con su acostumbrada fiereza: "Reconozcamos el árbol por sus frutos: son malos, amargos a veces, escasos siempre". "La América del Sur se quedará atrás y perderá su misión providencial, de sucursal de la civilización moderna. No detengamos a los Estados Unidos en su marcha, que es lo que en definitiva proponen algunos. Alcancemos a los Estados Unidos, seamos la América como el mar es el océano. Seamos los Estados Unidos". "¡Llamaos los Estados Unidos de la América del Sur, y el sentimiento de la dignidad humana y una noble emulación conspirarán en no hacer un baldón del nombre a que se asocian ideas grandes!"

A la admiración se sumaba también el temor. En un país como México, que había sufrido el impacto del poderío norteamericano en la forma más dolorosa: la pérdida de más de la mitad de su territorio en la guerra de 1847, la admiración era acompañada del temor a ser nuevamente agredido. "Necesitamos colonización —decía Justo Sierra—, brazos que exploten nuestra riqueza. Es menester pasar de la era militar a la era industrial. Y es menester pasar aceleradamente, porque el gigante que crece a nuestro lado y que cada vez se aproxima más a nosotros... tenderá a absorbernos y a disolvernos si nos encontramos débiles". Y en otro lugar agregaba: "México se va destruyendo a sí mismo, mientras junto a nosotros vive un maravilloso animal colectivo, para cuyo enorme intestino no hay alimentación suficiente, armado para devorar, mientras nosotros ganamos cada día en aptitud para ser devorados". "Frente a ese coloso estamos expuestos a ser una prueba de la teoría de Darwin, y en la lucha por la existencia, tenemos contra nosotros todas las probabilidades."

La admiración y el temor, conjugados, que sentía Hispanoamérica frente a los Estados Unidos, sumados a ese afán de emancipación mental frente a los hábitos y costumbres heredados de la Colonia, provocan en la totalidad de estos países la adopción de una nueva filosofía: el positivismo. Una mala educación había hecho de los hispanoamericanos lo que eran. Ahora bien, si se quería cambiar el modo de ser de éstos era menester transformar su educación. ¿De acuerdo con qué modelo? De acuerdo con el mejor de los modelos de la época: el modelo sajón. El siglo XIX era el siglo de los pueblos sajones. El imperio inglés estaba en su apogeo en el Continente europeo. Y en la América eran también los sajones los que marcaban la pauta del progreso. La América sajona era el pueblo más poderoso de este Continente. ¿Cómo ser semejantes a estos dos grandes pueblos? ¿Cómo ponerse a la altura del progreso hasta entonces alcanzado y expresado por estos pueblos? Mediante una educación que hiciese de los pueblos latinos como los hispanoamericanos, pueblos con las mismas cualidades que los sajones.

Los latinos, decían los reformadores hispanoamericanos, tenemos un espíritu soñador, eminentemente místico, de donde resulta el absurdo de que en vez de disciplinar el entendimiento con métodos científicos severos se halaguen la fantasía y los sueños. Para cambiar necesitamos ser eminentemente prácticos, experimentalistas e investigadores. Es menester ser positivistas. Esto es lo que son los grandes pueblos que ahora marcan la pauta del progreso: Inglaterra y los Estados Unidos.

En esta forma el positivismo se convertirá en doctrina oficial en la América hispana, tomando en estos países el lugar que había tenido la escolástica en la Colonia. Se convirtió en instrumento de orden mental una vez establecida la emancipación. En todos los países hispanoamericanos se realizaron reformas educativas de acuerdo con los principios de la nueva filosofía. Entre 1880 y 1900 pareció surgir una nueva generación hispanoamericana educada por estos principios. Un nuevo orden se alzó en cada país. Un orden que se preocupaba, en forma muy especial, por alcanzar el mayor confort material posible y la educación de sus ciudadanos en estas ideas. Los ferrocarriles cruzaron los caminos y las industrias se multiplicaron. Una era de progreso y gran optimismo se dejó nuevamente sentir. Una poderosa inmigración en varios países hispanoamericanos hizo pensar que al fin se estaba realizando el ideal anhelado. La América hispana parecía semejarse cada día más a su modelo. Otros países semejantes a los Estados Unidos iban a formarse Río Bravo abajo.

42. Repudio de la América sajona

Sin embargo, una vez más, un sordo descontento volvió a sentirse pasado el optimismo. La educación y el bienestar no llegaban a todas las capas sociales. El confort no era disfrutado por los miembros de toda la sociedad. Fácilmente se destacaban las grandes diferencias sociales. En todos los países hispanoamericanos se habían formado oligarquías que acaparaban los negocios públicos para mejor servir a sus personales intereses. No faltaban, tampoco, nuevas tiranías, como la de Porfirio Díaz en México. Era cierto que los ferrocarriles cruzaban el suelo hispanoamericano y que surgían muchas industrias, pero no era menos cierto que los unos y las otras estaban en manos que no eran hispanoamericanas. Hispanoamérica no era otra cosa que una colonia, una nueva colonia, esta vez de la gran burguesía europea y norteamericana.

El liberalismo y la democracia de que se hablaba se encontraban aún muy lejos de sus modelos. En el fondo no eran sino palabras con las cuales se seguía ocultando viejas formas de gobierno. Todo eso resultaba ser algo simplemente superpuesto. Debajo continúa viva y latente la realidad que inútilmente se había querido cubrir. Las permanentes fuerzas coloniales continuaban ejerciendo su predominio aunque vestidas con nuevos ropajes.

El fracaso sufrido y la intromisión de Norteamérica en los países hispanoamericanos para proteger sus intereses, hace que cambie el signo de admiración en repudio. No todo es positivo en esa América que había sido convertida en modelo. El mismo Francisco Bilbao, al recordar la agresión de Norteamérica a México y sus no satisfechas ambiciones sobre esta América, decía: "El libre pensamiento, la franquicia moral y la tierra abierta al emigrante han sido las causas de su engrandecimiento y de su gloria". En los anales de Norteamérica ése fue el momento heroico. Después "todo creció: riqueza, población, poder y libertad". "Despreciando tradiciones y sistemas y creando un espíritu devorador del tiempo y del espacio, han llegado a formar una nación, un genio particular". Pero, "volviéndose sobre sí mismos y contemplándose tan grandes, han caído en la tentación de los titanes, creyéndose ser los árbitros de la tierra y aun los contenedores del Olimpo". Este pueblo, modelo de libertades, no ha actuado con otras razas y con otros pueblos con el mismo espíritu. "No abolieron la esclavitud en sus Estados, no conservaron las razas heroicas de sus indios, ni se han constituido en campeones de la causa universal sino del interés americano... del individualismo sajón". Por esta razón "se han precipitado sobre el Sur".

Frente a esta Norteamérica negativa se harán patentes cualidades que antes no captaban en sí mismos los hispanoamericanos. "El Norte tiene la libertad —sigue diciendo Francisco Bilbao—, el Sur la esclavitud teocrática". Sin embargo, "a pesar de esto, hubo palabras, hubo luz en las entrañas del dolor, y rompimos la piedra sepulcral y hundimos esos siglos en el sepulcro de los siglos que nos habían destinado". Los hispanoamericanos, a diferencia de los Estados Unidos, "en seguida hemos tenido que organizarlo todo. Hemos tenido que consagrar la soberanía del pueblo en las entrañas de la educación teocrática". "Hemos hecho desaparecer la esclavitud de todas las repúblicas del Sur, nosotros, hemos incorporado e incorporaremos a las razas primitivas... porque las creemos nuestra sangre y nuestra carne; y vosotros las extermináis jesuíticamente". "Nosotros no vemos en la tierra, ni en los goces de la tierra, el fin definitivo del hombre; el negro, el indio, el desheredado, el infeliz, el débil, encuentran en nosotros el respeto que se debe al título y a la dignidad del ser humano". "He aquí —concluye diciendo Bilbao— lo que los republicanos de la América del Sur se atreven a colocar en la balanza al lado del orgullo, de las riquezas y del poder de la América del Norte."

Otra Norteamérica se presenta así ante la conciencia hispanoamericana, una Norteamérica que por oposición va haciendo patentes cualidades ocultas del hispanoamericano. José Enrique Rodó, gran maestro uruguayo, destaca en su Ariel estas diferencias con un signo positivo para las nuestras. "Se imita —dice— a aquel en cuya superioridad o en cuyo prestigio se cree. Es así como la visión de una América deslatinizada por su propia voluntad, sin la extorsión de la conquista, y relegada luego a imagen y semejanza del arquetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de muchos sinceros interesados en nuestro porvenir..." y se manifiesta por constantes propósitos de innovación y reforma. "Pero no veo la gloria ni el propósito de desnaturalizar el carácter de los pueblos, su genio personal, para imponerles la identificación con un modelo extraño al que... sacrifiquen la originalidad irreemplazable de su espíritu... esto equivale a la tentativa de incorporar, por simple agregado, una cosa muerta a un organismo vivo". Nuevamente la idea es superponer. Toda esa educación, todo ese intento de sajonizar mediante una educación positivista, resulta ser algo superpuesto y por ende falso.

Hablando de Norteamérica Rodó dice: "Su prosperidad es tan grande como su imposibilidad de satisfacer a una mediana concepción del destino humano". "Huérfano de tradiciones muy hondas que le orienten, ese pueblo no ha sabido subsistir la idealidad inspiradora del pasado con una alta y desinteresada concepción del porvenir. Vive para la realidad inmediata del presente, y por ello subordina toda su actividad del egoísmo del bienestar personal y colectivo". Otros pensadores en Hispanoamérica mantienen esta misma visión sobre la Norteamérica que antes les sirviera de modelo. El mexicano José Vasconcelos, al exponer su tesis sobre la raza cósmica, dice: "¡Cómo deben reír de nuestros desplantes y vanidades latinas esos fuertes constructores de imperios! Ellos no tienen en la mente el lastre ciceroniano de la fraseología, ni en la sangre los instintos contradictorios de la mezcla de razas disímiles; pero cometieron el pecado de destruir esas razas, en tanto que nosotros las asimilamos, y esto nos da derechos nuevos y esperanzas de una misión sin precedente en la historia". "Se hizo en el bando latino lo que nadie pensó hacer en el Continente sajón. Allí siguió imperando la tesis contraria, y el propósito confesado o tácito de limpiar la tierra de indios, mongoles y negros para mayor gloria y ventura del blanco".

Antonio Caso, por su lado, dice al referirse a los Estados Unidos: "Hay en el mundo quienes hacen cosas, pero sin grandeza moral; por eso han dominado y dominan todavía los Estados Unidos. Pero hay que pensar en que sobre todos los imperialismos han de flotar, tarde o temprano, el espíritu elevado y los altos ideales que llevan en su seno los pueblos latinoamericanos". La América hispana queda así valorada al tomar sus individuos conciencia de su ser mediante un contraste con la otra América.

43. Doble conciencia americana

¿Trátase, pura y simplemente, de visiones contradictorias? ¿Por qué la América hispana tiene esta doble visión sobre Norteamérica? ¿Por qué unas veces la admiración y otras el rechazo? No existe tal contradicción. Todo pueblo tiene siempre más de una faceta que se hace patente en su trato con otros pueblos. Hispanoamérica ha sentido y sentirá siempre admiración por la Norteamérica de las libertades, por la Norteamérica de un Washington afirmando los derechos del hombre, la de un Lincoln aboliendo la esclavitud, la de un Roosevelt entendiendo la democracia en un sentido universal. Pero existe también otra Norteamérica expresada en ambiciones territoriales, la que habla de un "destino manifiesto", la de discriminaciones raciales y todos los imperialismos.

¿Cómo ha visto esta Norteamérica a la América hispana? Esta América no ha sentido por la América del Sur otro interés que el puramente material. El interés que puede sentir el comerciante por los mercados donde dar fácil salida a determinados productos, o el interés del industrial por las materias primas que le permitan elaborar esos productos; o el del financiero que sólo le preocupa un campo donde ampliar sus especulaciones. Ésta es la Norteamérica que el hispanoamericano ha visto negativamente. Esta América no podría sentir otro interés en Hispanoamérica que el que le ofreciese las ventajas que buscaba. Ésta es la Norteamérica que sólo podía tener ojos para la Hispanoamérica negativa contra la cual habían venido luchando los mejores hombres de esta América. La Hispanoamérica de los despotismos y revueltas armadas.

De esta manera se fueron formando las falsas o parciales visiones que cada una de las Américas ha tenido de la otra hasta hace pocos años. Visiones puramente negativas. Cada una de ellas negando todo posible espíritu o cultura a la otra. Hispanoamérica, sintiéndose impotente en el terreno del dominio material, sublimó su impotencia considerándose a sí misma como la máxima expresión del espíritu en América, asignando a Norteamérica un papel puramente material. Por el otro lado, la América del Norte no veía en la del Sur otra cosa que un conjunto de pueblos semisalvajes, revoltosos, dignos tan sólo de ser gobernados despóticamente. Una a la otra, cada una de las Américas se negó capacidad intelectual, auténtica humanidad. La más completa incomprensión vino a regir sus necesarias relaciones.

Por lo que se refiere a la América hispana ésta ha tomado conciencia de sí misma al recibir el impacto de la influencia norteamericana. Esa conciencia que se ha expresado como admiración y rechazo con su correlato: rebajamiento y sublimación de su propio ser. Frente a la Norteamérica positiva se hicieron patentes los grandes defectos de la América hispana; frente a la negativa se hacen patentes sus cualidades. La primera Norteamérica vino a simbolizar el progreso y libertad tan anheladas por los mejores hombres de Hispanoamérica; la segunda, el materialismo con que se vistieron los nuevos déspotas de la América hispana. Estos déspotas encontraron el más caluroso apoyo en la Norteamérica de los materialismos, mientras se perdía, o de hecho no exista, toda liga entre la Norteamérica y la Hispanoamérica poseedoras de los mismos afanes libertarios y democráticos.

44. Relaciones entre las dos Américas

De la mala interpretación citada han surgido una serie de equívocos, por lo que se refiere a las relaciones que pueden tener entre sí las dos Américas. Cuáles sean estas relaciones ha sido uno de los temas socorridos, no sólo para los pensadores hispanoamericanos, sino también para los norteamericanos. Se dice, trátase de las relaciones que puedan tener entre sí esas dos grandes secciones de América cuyos caracteres se presentan, si no antagónicos sí opuestos. Durante mucho tiempo, ya se ha dicho, la desconfianza normó las relaciones entre estas dos secciones americanas. Por un lado, la América hispana consciente de lo que considera sus posibilidades culturales, pero no menos consciente de una supuesta debilidad material, desconfiando del que llama "Coloso del Norte". Por el otro la América sajona, consciente de sus posibilidades materiales en alto grado, desconfiando de los "ladinos" habitantes de Hispanoamérica, que parecen siempre tratando de engañar y explotar a los "ingenuos" hombres del Norte. Doble equívoco que parte de una mala comprensión interamericana.

Cada una de las Américas, se dice también, posee cualidades que a la otra faltan. La sajona posee una gran capacidad técnica; la latina o hispana una fuerte capacidad cultural, esto es, espiritual. La América hispana tiene mucho que aprender de la sajona y viceversa. En esta interpretación, propia no sólo de pensadores hispanoamericanos, sino también de algunos norteamericanos, se cae en un equívoco asignando a cada sección de América una cualidad con negación de la otra. Una posee capacidad material, pero con negación de la espiritual; otra capacidad espiritual, pero con negación de la material. No se ocurre pensar que tanto la una como la otra poseen capacidades semejantes, pero que han sido los proyectos propios de cada pueblo los que han originado las diferencias que ahora se destacan. Se realiza aquí esa cosificación de que ya hemos hablado, mutuamente cada América regatea a la otra su humanidad y se justifica a sí misma como poseedora única. En la América sajona no han faltado hombres, ni faltan, capaces de orientar espiritualmente; como tampoco faltan en la América hispana hombres capaces de realizar un mundo fuertemente material. Lo que sucede es que cada una de estas Américas ha puesto el acento en el aspecto que parece caracterizarla porque así ha convenido a sus proyectos. Más qué decir que una América es la representación del espíritu práctico; mientras la otra lo es del espíritu idealista; se puede decir que en una América, la sajona, sus hombres se caracterizan por ser "idealistas prácticos"; mientras la otra, la hispana, por ser "prácticos idealistas". Unos por atender más a la realidad donde los ideales han de realizarse; otros por empeñarse en luchar contra la realidad para imponer sus ideales.

La historia de una América muestra cómo sus hombres han ido venciendo y transformando su circunstancia adaptando a ella sus ideas e ideales. La historia de la otra América muestra la desesperada lucha de sus hombres por transformar la realidad de acuerdo con sus ideas e ideales. El espíritu práctico de los primeros ha logrado éxitos que en los segundos se han convertido en fracasos. Fue este espíritu el que trataron de adoptar los emancipadores mentales de la América hispana, aunque siempre predominase en ellos ese espíritu abstracto que caracteriza a todos los hispanoamericanos. Este espíritu se ha hecho patente en la búsqueda de nuestra filosofía que muchos hispanoamericanos siguen viendo como algo abstracto y desligado de cualquier realidad. La actitud que ahora se propone, la de una filosofía adaptada a nuestra realidad, nos acerca más con ese espíritu práctico del norteamericano que con las abstracciones académicas de algunos profesores de filosofía. Nuestros pensadores, un Sarmiento, Bilbao, Mora, Bello, etcétera, se encuentran más cerca de este espíritu práctico del norteamericano que del que quisiera hacer de la filosofía algo universal y eterno; y por universal y eterno ajeno a toda realidad. Recuérdense las ideas de Alberdi sobre lo que debería ser una filosofía americana y compárenselas con las que sobre la filosofía norteamericana tiene un norteamericano actual.

45. El espíritu de la filosofía norteamericana

Ralph Barton Perry, filósofo norteamericano y autor de diversos trabajos sobre historia de las ideas en Norteamérica, al hablar sobre la posible existencia de una filosofía norteamericana dice: "La filosofía, como cualquier otra rama de la investigación, aspira a ser verdadera y, por lo tanto, universalmente válida" (1). De aquí deduce que ninguna filosofía ha de tener como centro la de aspirar a ser una filosofía nacional, sino universal. Sin embargo, pese a esta aspiración, lo nacional se da siempre en toda filosofía. Quiérase que no lo circunstancial, el mundo que rodea al filósofo se hace patente en su filosofía.

"Es imposible —agrega— escapar de la influencia de lo nacional de modo que hay que admitirlo como un hecho sin considerarlo digno de admiración". Lo nacional es algo natural, es el necesario punto de partida de toda filosofía. Independientemente de la aspiración que se tenga hacia lo universal, lo nacional, y se puede agregar lo personal, da su matiz a la obra filosófica. En esta forma, como no dándole mucha importancia, Barton Perry da a la pregunta sobre la existencia de una filosofía norteamericana una respuesta afirmativa. Los Estados Unidos, a pesar suyo, poseen una filosofía que les es propia y con la cual se han enfrentado a sus circunstancias, una filosofía que ha surgido de sus necesidades. Una filosofía que desde un punto de vista formal reconoce múltiples influencias, pero que desde el punto de vista de su contenido es útil para su realidad.

Alberdi, un siglo antes decía: "La abstracción pura, la metafísica en sí, no echará raíces en América. Y los Estados Unidos del Norte han hecho ver que no es verdad que sea indispensable la anterioridad de un desenvolvimiento filosófico para conseguir un desenvolvimiento político y social" (2). Los norteamericanos "han hecho un orden social nuevo y no lo han debido a la metafísica. No hay pueblo menos metafísico que los Estados Unidos y que más materiales de especulación sugiera a los pueblos filosóficos con sus admirables adelantos prácticos". Éste es el tipo de filosofía que tanto Alberdi como sus iguales en Hispanoamérica quiere para el hispanoamericano si se desea que éste alcance éxito en su lucha contra la dura realidad que le ha tocado en suerte.

Ralph Barton Perry, acepta la existencia de una filosofía norteamericana diciendo: "Aunque en los Estados Unidos no hay un cuerpo de doctrina ni una escuela filosófica que pueda ser considerada como norteamericana, sí existe un molde intelectual que ha sido creado en los Estados Unidos como resultado de su historia, de su origen étnico y de su ambiente natural y que se ha reflejado en el tipo de filosofar que ha tendido a predominar y prevalecer". La filosofía está, no en lo formal sino en la actitud que se toma ante la realidad.

Por esta razón el sello, creado por la propia vida norteamericana ha dado origen, si no a la formación de una filosofía cien por ciento original, sí a la elección o selección de las corrientes filosóficas adaptables a la vida y modo de ser norteamericanos. Norteamérica al igual que la América hispana ha recibido de Europa una multitud de corrientes filosóficas que ha puesto al servicio de sus necesidades. Hispanoamérica ha hecho lo mismo, pero no es sino hasta ahora que empieza a reconocerse tal cosa. Los pensadores hispanoamericanos también han puesto al servicio de su realidad las ideas tomadas de Europa transformándolas cuando ha sido necesario, razón por la cual nuestros profesores de filosofía les han negado el carácter de filósofos. Nuestros pensadores, al igual que los filósofos norteamericanos, han realizado esa selección que también aconsejara Alberdi, tomando sólo aquellas corrientes filosóficas que mejor se presten a sus fines y rechazando, como lo hacía José de la Luz y Caballero, las corrientes filosóficas que puedan serle contrarias.

¿Cuál es el molde, el espíritu de acuerdo con el cual se matiza o da color a la que se ha llamado filosofía norteamericana? "El término más adecuado para este molde espiritual, dice Barton Perry, es el de individualismo, tomado en el sentido que sirve para expresar una constelación de presuposiciones más o menos inconscientes". Este individualismo que matiza toda filosofía adoptaba parte de los siguientes supuestos: "Que, desde el punto de vista ordinario, los individuos son reales; que son casualmente eficaces tanto en la competencia como en el acuerdo; que pueden, utilizando las fuerzas de la naturaleza física, someter ésta a sus propios fines, que crean y controlan sus instituciones sociales de las cuales son sus legítimos beneficiarios; que pueden fraguar y realizar sus ideales por el esfuerzo y la inteligencia organizados".

Este cuño mental se hace patente en toda la vida norteamericana; dice Barton Perry: en los negocios, la ley, la política, las competencias deportivas, la escuela, las ciencias y las artes. Igualmente se hará patente en el campo del pensamiento y la filosofía. Este espíritu "ha ejercido una influencia selectiva en la filosofía como puede comprobarse analizando las sucesivas corrientes del pensamiento europeo que han sido adaptadas y asimiladas en el suelo americano". El mismo espíritu de selección que la historia de las ideas nos está mostrando en lo referente al pensamiento hispanoamericano y del cual hemos dado aquí varios ejemplos.

El espíritu norteamericano se ha venido preocupando por asimilar, no por imitar, el conjunto de doctrinas filosóficas que más puede adaptarse a su modo de ser: el individualismo. "El pensamiento americano —sigue diciendo Barton Perry— ha acentuado y absorbido lo que había de individualista, en el sentido apuntado, dentro de la concepción protestante-puritana de la época colonial. El Iluminismo o filosofía de la Ilustración, así como la escocesa del sentido común, fueron aceptados especialmente". De cada una de estas corrientes filosóficas se aceptó la parte que más de acuerdo se encontraba con el espíritu individualista norteamericano. De la multitud de doctrinas que ofrecía la filosofía europea sólo se eligieron unas cuantas y, dentro de éstas, sólo la parte o partes que más convenían al espíritu al servicio del cual iban a entrar.

Cada filosofía fue adaptada a las necesidades del espíritu norteamericano. "Del aporte dado por el idealismo kantiano y el romanticismo alemán, el espíritu norteamericano acentuó sus aspectos voluntaristas y personalistas". "Del pragmatismo, venido de fuentes francesas, inglesas y alemanas aceptó todo aquello que concordara con el primado de la voluntad y una filosofía social liberal". De la misma interpretación y selección fueron objeto otras corrientes filosóficas; entre éstas varias de las actuales: "Los dos grupos del realismo, al resurgir del idealismo, el movimiento que se titula a sí mismo naturalismo, el interés por la teoría de los valores y el positivismo lógico en sus diferentes grados". Cada doctrina se adaptó a la realidad y necesidades del pueblo norteamericano convirtiéndose en uno de sus más importantes instrumentos ideológicos.

La respuesta a la pregunta: ¿Es posible una filosofía norteamericana? resultó así afirmativa; Ralph Barton Perry reconoció que si bien es cierto que no ha habido una originalidad de forma sí la ha habido de fondo. Las formas filosóficas han sido tomadas de varias de las grandes corrientes del pensamiento y filosofía europeos; pero en todo caso fueron adaptadas, puestas en consonancia con la vida y mundo del hombre norteamericano. En ningún caso hubo preocupación por la pura forma de este pensamiento, por lo abstracto, sino por su adaptación a lo concreto, a los fines propios de la vida norteamericana. La universalidad de la filosofía fue vista aquí en función con la capacidad de la misma para resolver los problemas, siempre diversos, que podían plantearse a los hombres que los utilizaban.

Es interesante observar cómo el espíritu norteamericano se ha resistido y se resiste a la aceptación de filosofías que en alguna forma considera ajenas a su modo de ser. Algo de esto le sucede con la filosofía alemana contemporánea, la cual ve casi siempre ligada al espíritu totalitario en cuyas circunstancias surgió. De la filosofía alemana contemporánea sólo se empieza a tomar en cuenta a la fenomenología como doctrina idealista que sostiene la objetividad de los valores. En cuanto al existencialismo su rechazo como filosofía es casi pleno; no cabe en la mente norteamericana una filosofía que habla, entre otras cosas, de la angustia y la nada así como de una serie de problemas en que se hace patente la crisis del hombre europeo contemporáneo. De aquí también la gran extrañeza, departe de los filósofos norteamericanos, por la enorme influencia que la filosofía alemana contemporánea ha alcanzado en la América hispana.

¿Cuál es el futuro de la filosofía norteamericana?, se pregunta a continuación Barton Perry: "Respecto al futuro de la filosofía en los Estados Unidos —contesta— sería aventurado predecirlo, salvo declarar que, a pesar de los cambios sociales, económicos y culturales, su molde intelectual tiende a permanecer inalterable". El individualismo, la democracia y el pragmatismo siguen dando forma a la mente norteamericana y, con ello a sus diversas expresiones en el campo de la filosofía.

46. El espíritu de la filosofía hispanoamericana

Ahora, al margen de estas ideas sobre la filosofía norteamericana, nosotros los hispanoamericanos debemos preguntarnos cuál es y ha sido el espíritu de nuestro pensamiento y filosofía. Pero al hacer esto deslindemos este pensamiento y filosofía de todo academicismo propio de profesores de filosofía. Ya se está haciendo una historia de este pensamiento y filosofía en la cual se destacan múltiples rasgos del espíritu que la anima. En general toda esta historia, especialmente a partir de los siglos XVIII y XIX, muestra un espíritu pragmático. Las ideas filosóficas son siempre puestas al servicio de una serie de fines propios del hombre hispanoamericano. Un individualismo, en el que se conjuga lo anárquico con lo despótico, se deja sentir como pivote en torno al cual giran todas las ideas. El hispanoamericano busca siempre ideas y filosofías que justifiquen este contradictorio espíritu individualista que le anima.

Nada más falso que considerar a nuestros pensadores como imitadores del pensamiento y filosofía europeos. Nunca se conformaron con imitar o repetir fórmulas filosóficas importadas. Dichas fórmulas no tienen otro papel que el de instrumentos puestos al servicio de fines sólo comprensibles al espíritu hispanoamericano. Al lograrse la independencia política frente a España los hispanoamericanos se empeñaron en lograr un mundo en donde imperase una mayor libertad así como un mayor sentido de la igualdad con sus expresiones políticas: el liberalismo y la democracia. Todo pensamiento, toda filosofía, fueron puestos al servicio de estos fines. Toda filosofía que mostrase su eficiencia en este campo fue adoptada sin regateos; así como rechazada toda filosofía que lo negase.

La Ilustración que había servido en Europa para derrocar al despotismo europeo fue también útil para justificar el derrocamiento de los despotismos americanos. El utilitarismo que justificaba en Europa los intereses del individuo y hacía la grandeza de las naciones sajonas, fue adoptado en Hispanoamérica para que hiciese posible una nueva clase social que la engrandeciese. El positivismo, doctrina de orden, fue adoptado en la América hispana para poner fin a un inveterado desorden que hacía imposible todo progreso. Otras filosofías como el intuicionismo bergsoniano sirvieron para combatir un orden ya anquilosado. En nuestros días, filosofías como el historicismo y el existencialismo van dando al hispanoamericano conciencia clara de su ser y un sentido de responsabilidad tan necesario en una época de crisis como la que vivimos.

El espíritu hispanoamericano ha puesto así su sello en toda filosofía importada destacándose lo que ya podemos llamar una filosofía hispanoamericana. Nuestros pensadores, al igual que los norteamericanos, seleccionaron también las doctrinas que adoptaron tomando aquellas que más se acercaban al ideal de vida que trataron de realizar. Y en esto está su diferencia con los norteamericanos; éstos buscaron filosofías que justificasen un modo de vida que les era propio; los hispanoamericanos seleccionaron filosofías que justificasen el modo de vida que anhelaban alcanzar. Por esto he llamado a unos "idealistas prácticos" y a los otros "prácticos idealistas". Norteamérica, se puede decir, ha actuado y pensado con vistas a un presente ya hecho que debe ser conservado; Hispanoamérica en vistas a un futuro que debe ser realizado.

Norteamérica ha puesto toda filosofía al servicio del ideal que Barton Perry ha expresado con el nombre de "individualismo", modo de ser propio del alma norteamericana. Hispanoamérica, por el contrario, ha puesto toda filosofía al servicio de un modo de ser que debe realizarse, algo que aún no le es propio, algo que tiene que ser alcanzado. Este diverso espíritu en las dos Américas se deja ya sentir a partir de sus respectivas independencias políticas frente a Europa. Mientras Norteamérica no hace otra cosa que desarrollar y estimular formas de vida que le fueron dadas desde la Colonia, Hispanoamérica empieza por renunciar a éstas, tratando de arrancarse hábitos y costumbres que le habían sido impuestos por la metrópoli en la Colonia. Una América no hace sino llevar a sus máximas consecuencias un modo de ser que había heredado; la otra renuncia a este modo de ser considerándolo como la fuente de todos sus defectos e incapacidades. Una América afirma, otra niega. Pero ambas han puesto en su filosofía, el sello de sus propias aspiraciones.

47. Compenetración y composición interamericanas

Una serie de circunstancias históricas han dado así origen a dos tipos de cultura, a dos medios mundos, a dos Américas: la ibérica y la sajona. Ambas, como ya su nombre lo indica, tienen sus raíces en la cultura occidental, son su más joven prolongación. Pero estas mismas raíces están ya mostrando su diversidad original. Diversidad que hace, a veces, de estas Américas términos contradictorios. De cualquier manera, la contradicción no lo es tanto que haga imposible toda comprensión. Para ello es menester que se realice una labor de compenetración. Esto es, una labor mediante la cual cada una de nuestras Américas pueda llegar a ser capaz de entrar, penetrar en la razón y modo de ser de la otra, con respeto de sus respectivas individualidades y espíritu. Compenetración que permita llegar a comprender sus respectivas formas de vida. La auténtica comprensión sólo se alcanza cuando se es capaz de colocarse en las situaciones propias del que se quiere comprender. Ésta, me parece, debe ser una de las principales tareas de los estudiosos de nuestra filosofía.

Toda filosofía, ya se ha dicho, aspira a ser universal. Ahora bien, esta universalidad, si es auténtica, deberá ser el resultado de una comprensión y no de una imposición, que esto último es lo que en nuestros días lleva el nombre de totalitarismo. La universalidad surge cuando hombres y pueblos son capaces de comprender las tablas de ideas y valores de otros hombres y otros pueblos. La universalidad bien entendida, es la que hace posible la convivencia entre hombres y entre pueblos. Existe la universalidad allí donde un hombre puede comprender a otro hombre, donde un pueblo comprende a otros pueblos. La universalidad no se da así, sin más, es menester alcanzarla comprendiendo a otros y haciéndose comprender.

Así, la universalidad entendida en esta forma viene a ser la mejor garantía de respeto para hombres y pueblos. Para entender a éstos no es menester despojarse o despojar a otros de lo propio. Por muchas que sean las diferencias, lo propio de otros hombres y otros pueblos, siempre habrá algo que sea común a todos. Este algo deberá ser el punto de partida de toda comprensión. Cuando menos hay siempre algo en común, eso que hemos llamado lo humano. En nuestros días se habla mucho de la comprensión internacional. Pues bien, creo que nosotros los americanos estamos obligados a iniciar esta comprensión, empezando por comprendernos entre sí. Diversas reuniones en que se han encontrado los más distinguidos espíritus de la cultura de ambas Américas, están dando ya las mejores bases para esta comprensión. Es de desear que estas reuniones se multipliquen y hagan que los americanos puedan comprenderse en campos en los que el egoísmo materialista no pueda irrumpir.

Ahora bien, ¿cuáles son los pasos que debemos dar para alcanzar un auténtico conocimiento de nuestros respectivos modos de ser; una plena compenetración interamericana? Por lo pronto, creo, hacer el balance de las respectivas ideas que una América ha tenido sobre la otra confrontándolas con las circunstancias en que han surgido las mismas. Este balance nos permitirá estimular las ideas fruto de un conocimiento certero y corregir las que no lo sean. A los hispanoamericanos e iberoamericanos en general nos interesaría mucho un balance de las ideas que sobre nosotros se han formado los norteamericanos. Y a la inversa, creo que a éstos les interesaría un balance de nuestras ideas sobre ellos. Si se realiza este doble balance, con afán de auténtica comprensión, una serie de falsas interpretaciones cederían su lugar a una auténtica comprensión interamericana (3).

Ahora el espíritu empieza a interesarse por el espíritu. No sólo se puede hablar ahora de la Norteamérica interesada en tratar con las fuerzas negativas de Hispanoamérica. La otra Norteamérica, la que siempre admiró y admirará Hispanoamérica, se preocupa ya por los hombres que en esta América nuestra sufren persecuciones y destierros. Si esta preocupación se traduce algún día en hechos efectivos para realización de los valores que les son tan caros, la América hispana, con seguridad, reanudará la vieja admiración que ha sentido en toda su historia por la Norteamérica que supo ofrecer al mundo modelos de instituciones para la libertad y la democracia.

Si se realiza este tipo de comprensión, esta intercompenetración de las dos partes de la América positiva, los americanos podremos pronto hacer una pregunta más audaz, pero esta vez con la seguridad de que la respuesta podrá ser afirmativa: ¿Es posible una cultura americana sin más? Y, dentro de esta cultura, ¿es posible una filosofía americana? Y de ser posible, ¿cuál debe ser la tarea de esta filosofía? ¿A qué espíritu deberá servir esta filosofía?

NOTAS

  • (1) Ralph Barton Perry, Ponencia presentada en el II Congreso Interamericano de Filosofía. celebrado en New York en 1947.
  • (2) Véase mi libro Dos etapas...
  • (3) En este sentido Jorge Portillo está realizando un gran esfuerzo por lo que se refiere a los EE UU desde un punto de vista hispanoamericano en un libro próximo a publicarse: La crisis norteamericana en la conciencia de México, del que es un anticipo el artículo titulado "La crisis espiritual de los Estados Unidos" en Cuadernos Americanos, núm. 5, septiembre-octubre de 1952.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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