Leopoldo Zea

 

América como conciencia. México: UNAM, 1972. 133 pp.
(Primera edición: México: Cuadernos Americanos, 1953)

V
América como conciencia

26. Movimiento dialéctico de la conciencia

América, como todos los pueblos, irá tomando conciencia de su realidad, mediante un movimiento dialéctico en el que se enfrentan las opiniones de Europa sobre el ser y las que ella misma deduce al confrontarlas con lo que es en sí misma. Por un lado está lo que Europa quiere que sea y por el otro lo que en realidad es. Por un lado la serie de justificaciones que se da a sí mismo un europeo al imponer su dominio político, cultural y social sobre América, y por el otro las reacciones del americano frente a estas justificaciones que le menoscaban.

Ahora bien, al hablarse de toma de conciencia, se da a la palabra conciencia un sentido, al parecer, abstracto. Sin embargo, no hay tal, con esta palabra se hace referencia a una serie de hechos concretos, a una realidad viva y plena, tanto como lo es la existencia humana en el más auténtico de sus sentidos, el de convivencia humana. Existir es convivir, esto es, vivir con los otros. La conciencia, propia de lo humano, hace posible la convivencia. Conciencia es saber en común, saber de los otros y con los otros. En latín la palabra conciencia significa complicidad. Esto es, participación de los unos con los otros.

Sin embargo, con ser la conciencia algo propio de lo humano, la toma de conciencia es una de las más difíciles tareas del hombre. Tener conciencia, tomar conciencia, es algo permanente al hombre; tarea infinita porque nunca se alcanza plenamente. Mediante la toma de conciencia cada uno de nosotros, como hombre, tratará de hacerse cómplice de la existencia de los otros, o de hacer a éstos cómplices de su propia existencia. Pero es esta complicidad la que implica las mayores dificultades, ya que siempre nos sentiremos más abocados a imponer nuestra existencia que a recibir la de los demás.

La historia de la cultura, en el más humano de sus sentidos, es la historia de la lucha que realiza el hombre para situarse ante los otros y para situarse ante sí mismo. Se trata de una lucha amarga, dolorosa, en la que hiere y es herido. Lucha en la que las heridas recibidas y las dadas dan al hombre conciencia de su humanidad, conciencia de su ser hombre, a diferencia de otros entes que jamás podrán, por sí mismos, tomar conciencia de su ser. Esta conciencia de lo humano se da en la historia a través de una serie de afirmaciones y negaciones que tanto Hegel como su discípulo Carlos Marx han llamado dialéctica.

De todos los entes que existen es el hombre el único que puede dar sentido a todo lo que le rodea. Mediante este sentido hace del caos, que sería el mundo que le rodea, un cosmos. Todo lo existente es tal porque el hombre le dota de un sentido acomodándolo dentro de un mundo que sólo a él es familiar. En este mundo todo lo extraño se doblega y somete a la necesidad de acomodo del hombre. Mediante este acomodo cada una de las cosas existentes adquiere solidez y, con ella, la seguridad tan necesaria al hombre. Cada cosa es lo que es y no puede ser otra cosa sin peligro de que su ser quede deshecho. Se realiza lo que se ha llamado cosificación: las cosas son pura y simplemente cosas. Lo que rodea al hombre es cosificado, convertido en una cosa, sin más. Pero dentro del mundo que le rodea están unos entes muy especiales, uno de esos entes que es el mismo, sus semejantes, sus prójimos o próximos. Estos entes se resisten a toda cosificación amenazando a su vez con cosificar a quienes les cosifican.

Para alcanzar seguridad, para afirmar su existencia, el hombre se enfrenta a sus semejantes en forma parecida a la forma como se ha enfrentado al mundo no humano. Pero es aquí donde se entabla la más dramática y desesperada de las luchas. Lucha extraña y contradictoria, lucha plena en paradojas. El hombre no sólo se enfrenta a sus semejantes tratando de cosificarlos como ha cosificado al mundo natural, quiere, además, y esto es lo contradictorio, que éstos le reconozcan como su igual, como su semejante. Así, por un lado, mediante una tarea dosificadora, trata de negar a los otros lo que tienen con él de semejantes; por el otro, trata de que éstos le reconozcan como su igual, como un hombre semejante a ellos. Sirviéndose de toda clase de subterfugios intentará negar a los otros su humanidad, pero al mismo tiempo se las afirmará pidiendo a éstos el reconocimiento de la propia.

Se entabla así una lucha de carácter dialéctico mediante la cual se regatea y concede humanidad, se exige y se niega. En este regateo se juega la existencia toda del hombre. Es un regateo que alcanza los caracteres de la tragedia cuando en él intervienen las más destacadas fuerzas con que puede contar el hombre, fuerzas en las que todo lo humano es borrado convirtiéndose en brutalidad. La imposición brutal, la conquista por la fuerza, son formas con las cuales el hombre cree afirmarse negando a sus semejantes toda semejanza. Los otros, los semejantes, se presentan entonces como cosas, amputada toda su humanidad. Los otros, mediante una serie de falsas justificaciones, son rebajados en su ser hombres. Son convertidos en esclavos, siervos, obreros, esto es, útiles. Se establecen múltiples formas de discriminación apoyadas en pretextos de lo más sutiles o brutales. Justificaciones como la pigmentación de la piel que puede ser negra, morena o amarilla y no blanca. Justificaciones apoyadas en la clase social a la cual se pertenece. O bien la del sexo. Ser negro, obrero o mujer y no blanco, patrón o varón son formas que justifican el rebajamiento de una parte de la humanidad en beneficio de otra. Parece como si lo humano dependiese de accidentalidades como el color de la piel, la clase social y el sexo. Lo accidental es elevado a la categoría de substancia. Se le convierte en arquetipo de lo humano de acuerdo con el cual ha de ser enjuiciado el hombre. Éste tendrá que justificar su ser de acuerdo con ese arquetipo. Pero no son las únicas formas de discriminación de lo humano, existen otras formas más entre las que se cuentan las de la cultura, que aquí nos interesan especialmente.

No sólo los hombres, también pueblos enteros o culturas dependen de este tipo de juicios. En la historia de la cultura aparecen siempre pueblos que se consideran a sí mismos como donadores de humanidad. Pueblos que hacen de su propia cultura la piedra de toque ante la cual ha de justificarse todo pueblo que quiera entrar en la órbita de lo que se considera la humanidad. Pueblos que a sí mismos se llaman representantes de la humanidad, donadores de toda posible cultura, representantes de la civilización. En nombre de la misma imponen, por todos los medios, su dominio a pueblos que no pueden justificarse en forma semejante. Pueblos que se erigen en cultivadores y civilizadores de otros pueblos. Estos últimos pueblos para salvarse, esto es, para que puedan ser considerados dentro de la órbita de los pueblos civilizados o cultos, tendrán que someterse a la acción de éstos con negación absoluta de lo que les es propio. Todo lo que no tenga cabida dentro de los cuadros de comprensión de los pueblos civilizadores, tendrá que ser eliminado o, al menos, adaptado a los términos de esta comprensión.

Sin embargo, es esta imposición, este choque casi siempre brutal con los otros, el que va dando origen a la toma de conciencia de una cultura, a la afirmación del propio ser. La propia realidad se va haciendo patente y con ella la conciencia de la occidentalidad de las justificaciones dadas. Lo humano se va haciendo cada vez más humano. Nada tiene que ver éste con accidentalidades como las señaladas. Lo humano no se separa o distingue, sino que establece semejanzas. Lo humano se da, precisamente, en esta capacidad de comprensión que elimina toda esperanza, toda diferencia, haciendo posible la convivencia. Y ésta ya se ha dicho, forma uno de los rasgos definitorios de los humano. Este tipo de conciencia se da a través de una serie de luchas en las que el hombre se enfrenta al hombre para tomar conciencia de su propio ser al mismo tiempo que va tomando conciencia del ser de los otros. Lo estrictamente humano va quedando en el fondo de esas falsas diferenciaciones como algo indefinible, pero como realidad auténtica y plena. Realidad plena en accidentalidades, pero que, por serlo, no podrá modificarla sino accidentalmente, esto es, sin tocar ni alterar su verdadera esencia.

27. Cultura Occidental y coloniaje cultural

De todas las culturas es la occidental la que más ha hecho patente ese afán cosificador, de que se ha hablado, frente a otras culturas que le han sido ajenas. Proyectando sus propios puntos de vista sobre otros pueblos ha establecido esa serie de notas discriminatorias que tanto le caracterizan. Ha dado origen a lo que podremos dar el nombre de imperialismo y, como consecuencia, a su natural realización, el colonialismo. Pocas culturas como la occidental poseen este grado de proyección negadora de la existencia de otros pueblos. Los puntos de vista de esta cultura se presentan, ya lo hemos anticipado, como los puntos de vista de lo universal sin más. Toda cultura y, con ello, todo hombre, tendrán que justificarse ante el mundo occidental para poder tener derecho a ser considerados como tales.

El hombre occidental, hasta nuestros días, nunca había creído necesario justificar su humanidad. Todo lo que él era, su cultura historia y existencia como tal, eran, sin más, la más alta expresión de lo humano. Lo que no se le semejaba en alguna forma quedaba, sin remedio, relegado al campo de lo infrahumano, de la barbarie. Todos los demás hombres, desde Grecia se afirma ya esto, eran bárbaros, esto es, formas balbucientes de la auténtica humanidad encarnada por el hombre de Occidente. Todo lo humano fue sometido a las medidas impuestas por este hombre. Nunca estuvo en duda la universalidad de su ser hombre. Ser, por ejemplo, francés, inglés o alemán, significó ser siempre el hombre por excelencia. Sus puntos de vista eran considerados como universales, la realidad concreta que los circundaba en nada alteraban esta presunción. Lo limitado de sus puntos de vista, lejos de ser considerado como tal, era convertido en limitación de los puntos de vista de los otros. En vez de ampliar se recortaba. Eran los otros hombres, nunca semejantes, los que tenían que rendir cuentas de su ser ante el occidental.

Ha sido la última crisis de la cultura la que ha puesto en tela de juicio esta presunción y pretensión. El mismo hombre occidental se ha dado cuenta de este hecho y lo ha reflejado en su filosofía. Las crisis han hecho siempre patente la relatividad de las apreciaciones de lo humano. Relatividad a la cual nos hemos ya referido páginas atrás al hablar de la afloración de filosofías que han tomado conciencia de este hecho. Filosofías como el historicismo y el existencialismo en sus diversas acepciones. El hombre europeo es ahora consciente de la relatividad de sus puntos de vista y, con ello, es también más consciente de la amplitud de lo humano. Lo humano no depende ya de ningún limitado punto de vista; de ninguna interpretación siempre circunstancial. Lo humano no es ya una abstracción que delimita y recorta sino una realidad que, por ser tal, acerca, identifica y semeja. Es en lo concreto donde se capta lo humano. Éste se da tanto en Europa como en América, Asia o en los más apartados lugares de la tierra donde existen hombres en cualquier situación, que ésta, por sí misma es siempre accidental.

El hombre se encuentra en ese mundo concreto, aparentemente limitado por su circunstancia. Es allí donde se capta lo que les es auténticamente universal, esto es, válido para otros hombres en situaciones igualmente concretas y circunstanciales. El hombre occidental al tomar conciencia de la limitación de sus puntos de vista ha tomado también conciencia de un modo de ser válido para todo hombre, ha captado una auténtica forma de universalidad. Aunque relativos, los puntos de vista del hombre en sus diversas circunstancias pueden formar, en su totalidad, puntos de vista más generales, más universales. El total de estos puntos de vista limitados y concretos da al hombre sin más, al hombre que es cada uno de nosotros y cada uno de nuestros semejantes.

Pero no es sólo el hombre occidental el que ha podido tomar conciencia de lo humano en un sentido más amplio, también la han ido tomando los hombres que hasta ayer tenían que justificar su humanidad ante un mundo que se las regateaba. Hombres que forman esos pueblos a los cuales se da el nombre de Colonias, hombres de todos los continentes. Estos hombres no pretenden va justificar su humanidad adaptando los puntos de vista que sobre la misma tiene el mundo occidental. Buscan en sí mismos, en su realidad, la justificación de su ser hombres. En esa realidad van haciéndose conscientes de lo que como humanos son.

Mucho está llamando la atención la preocupación que ha cundido en pueblos semejantes a los nuestros. No son sólo los americanos los que se preguntan por su ser y su cultura, por las relaciones de ésta con otras culturas, en Asia sucede algo semejante. Es decir, en pueblos coloniales como los nuestros, China, Corea, Indochina y la India se preguntan, al igual que nosotros por su situación cultural frente a otras culturas, especialmente la occidental. No se trata tanto de saber qué sea lo chino, lo coreano o lo indochino, como tampoco se trata de saber qué sea lo americano en sí mismo, sino saber, desde el punto de vista de lo humano qué es lo que estas realidades circunstanciales, a que se hace referencia, significan dentro de esa realidad que llamamos humanidad. Se va a la realidad, a la más propia y cercana, no para quedarse en ella, sin más, sino para abstraer de la misma el conjunto de posibilidades que permitan una colaboración eficaz con todos los pueblos que forman esa humanidad a que nos referimos.

En otras palabras, se toma conciencia de lo humano en su expresión concreta, para situarse ante los demás en un plano de semejanza o igualdad haciendo caso omiso de toda occidentalidad. Ahora bien, por lo que se refiere a nuestra América, esa toma de conciencia de lo humano que no parte va de una imposición, sino de un amplio sentido de comprensión, tiene una historia. Historia en la que se mueven hombres concretos que han venido luchando porque se les reconozca su humanidad, reconociendo, a su vez, la de los otros. Una de las tareas que nos proponemos realizar en este trabajo es un esquema de la historia de esta lucha. Un esquema en que se pueda hacer patente la forma cómo ha ido tomando conciencia de su humanidad el hombre americano.

Esta historia como ya se ha visto y se verá más adelante, tiene como punto de partida una imposición. La imposición de los puntos de vista de una cultura sobre la realidad que forma esta América. La imposición de los puntos de vista de un determinado tipo de hombre con otro, con el cual se ha encontrado. Forcejeo contra una realidad que aparece como incomprensible ante los ojos del europeo, y forcejeo del americano para destruir la cosificación de que es objeto por parte de este hombre. Por un lado el europeo tratando de acomodar la realidad americana en los cuadros del mundo que le eran familiares; por el otro el americano luchando contra este acomodo que niega su auténtica realidad. Y, como consecuencia de todo ello, una conciencia, cada vez más amplia, de lo humano.

28. América y la superposición de culturas

Pocas culturas ofrecen el espectáculo de un desgarramiento, tan patente y externo, como lo ofrece la cultura americana. Espectáculo que es, a su vez, índice de un desgarramiento más hondo en el que han jugado y juegan un papel principal las diversas formas de la cultura europea con las cuales se ha nutrido. Serios desajustes, producto de una forma de sentir la vida, dan la impresión de incapacidad creadora, superficialidad y simulación. Sin embargo, por debajo se debaten problemas que quizá nunca se han planteado a otras culturas, al menos con la intensidad con que se dan en esta América.

Desde sus orígenes, la América se encontró dividida en dos grandes partes, en dos grandes mundos. Una serie de circunstancias geográficas e históricas colaboraron en esta división aunque no la determinaron. Fueron los proyectos del hombre americano los que en realidad determinaron ésta y las subsecuentes divisiones. Modos de sentir y de vivir diversos se expresaron en una y en otra América: la sajona y la ibera. Pero lo más grave fue la conciencia de un desgarramiento interno y hondo y, por interno, más patético.

La cultura americana aparece formada por una serie de capas aparentemente superficiales. En estas capas se notan y se hacen patentes sus diversos contactos culturales, pero también, con ellos, su no menos diversa actitud frente a los pueblos que han originado las culturas con las cuales se ha puesto en contacto. Estas capas se han ido superponiendo de acuerdo con la contradictoria actitud del americano. En vez de formar una unidad, en vez de ser asimiladas, se han ido expresando como un instrumental especialmente idóneo para justificar una serie de proyectos propios del hombre de esta América.

Sin embargo —y aquí está el problema—, dichos proyectos se han presentado como la contradicción más plena de la realidad frente a la cual han surgido. La contradicción, se ha dicho ya, es interna, la lleva el americano en su ser. Los proyectos del americano parecen encontrarse en oposición con la realidad de que es fruto: su historia, su pasado, la cultura que, quiéralo o no, ha ido formando. Esta actitud, aunque desajustada, ha dado origen a una serie de hechos, a una realidad que forma lo que podríamos llamar, con todo derecho, cultura americana, independientemente de la valoración que quieran dar a la misma propios y extraños. Son estos hechos los que han originado esas capas culturales debajo de las cuales se debate el americano tratando de hacer surgir su propia personalidad. Estas capas, al mismo tiempo que le han ido conformando —dándole esa serie de rasgos que le definen peculiarmente, que le perfilan en el horizonte de la cultura universal—, se presentan como el más serio de los obstáculos que tiene que vencer. Asimiladas, como están interiormente, tiene que asimilarlas en el campo de la realización exterior. Sólo en esta forma, lo que parece superficial, simulación y simple imitación, podrá presentarse con las notas que caracterizan en forma original a la cultura americana.

Ahora bien, esta asimilación dependerá, en el más alto grado, de la capacidad que se tenga para tomar conciencia de ese pasado como realidad con la cual se tiene que contar para que se ajuste con el campo de los proyectos, con el futuro. Ésta es la etapa en la cual se encuentra la cultura americana. Etapa de "autoconocimiento", como se la ha llamado. Fruto de la misma es este ensayo por hacer comprender tanto a nosotros, como a otros pueblos distintos al de esta América, la serie de notas que pueden perfilarla y su relación con las culturas cuyo contacto ha ido ofreciéndole el material objetivo para su formación.

La cultura americana lleva en sus entrañas una serie de formas culturales que ha ido asumiendo al ponerse en relación con pueblos que, por diversas circunstancias históricas, han entrado en contacto con ella. Formas culturales que son, a su vez, expresión de situaciones y actitudes humanas tan diversas, que puestas las unas junto a las otras resultan contradictorias. Contradicción que ha originado esa superposición de culturas que parece ser una de las primeras características de la cultura en esta América. Se habla de superposición porque es precisamente lo contrario de la asimilación cultural. Superponer es poner, sin alteración, una cosa sobre otra, aunque éstas sean distintas y contradictorias, o una cosa al lado de la otra; en cambio, asimilar es igualar, hacer de cosas distintas una sola. La superposición mantiene los conflictos propios de lo diversamente superpuesto, la asimilación los elimina.

En una cultura unitaria como la europea, dentro y a pesar de sus enormes conflictos, es posible hablar de asimilación. Europa, a pesar de lo abigarrado de sus pueblos, razas, lenguas y costumbres, a pesar de la no menos diversa relación cultural interna y externa; a pesar de estar formada por nacionalidades cuyos caracteres son tan distintos y, a pesar, también, de haber estado en contacto con la mayoría de las culturas del mundo, mantiene una unidad. Se habla de una cultura europea o, más ampliamente, como en una gran síntesis, de una cultura occidental. Un francés, un inglés, un alemán, un italiano o cualquier otro nacional, se sabe, además de eso, un europeo, y en ese sentido considera como obra suya, como obra propia, la realizada por cualquier nación europea aunque no sea aquella a la cual pertenece. Siempre se han planteado grandes y terribles conflictos entre estas diversas naciones europeas o diversos pueblos; pero siempre, por encima de ellos sus filósofos de la historia han sabido encontrar la unidad, la cual es reconocida por cada uno de los europeos. Hay oposiciones, afirmaciones y negaciones, pero también síntesis. Por eso la cultura es sentida como algo abstracto, impersonal por lo que se refiere a los individuos que la realizan, pero al mismo tiempo como lo más personal y concreto, tal como se expresa en el "espíritu" (geist) en la forma como lo entienden los alemanes.

La cultura como "espíritu", a pesar de su universalidad, es algo personal y concreto que se expresa en una serie de sujetos determinados, sujetos de carne y hueso, sujetos que viven y mueren, pero de cuya obra concreta se aprovecha el espíritu. Los conflictos en que entran estos individuos, los conflictos en que pueden entrar pueblos o naciones concretas, no son otra cosa que expresión del desarrollo propio de ese ente llamado "espíritu". Toda contradicción apunta aquí siempre, a una unidad. La contradicción no es aquí otra cosa que expresión de la diversidad de caminos que suele tomar el espíritu para realizarse. Al final de cuentas siempre hay síntesis asimilación, absorción (aufheben). El movimiento del espíritu es un movimiento dialéctico, tal y como lo expresaba Hegel al hablar de la historia de la cultura occidental. En esta historia nada queda superpuesto, nada permanece como contradicción, aunque se haya presentado como tal; lo que no sirve a la afirmación del espíritu simplemente deja de existir; mejor dicho, no ha existido nunca. Esta interpretación, que en los alemanes llega quizá a la exageración, es también propia de los otros pueblos directores de la cultura europea, con matices que puedan marcar alguna distinción, pero con una unidad en los resultados. De cualquier modo, el hecho es que cada europeo se sabe al mismo tiempo heredero de una cultura unitaria —a pesar de la diversidad de situaciones y circunstancias dentro de las cuales se ha originado—, y colaborador de ella.

En la cultura americana no sucede tal cosa. Ya hablar de cultura americana es un atrevimiento que no hace muchos años hubiera sido imperdonable. Ahora se puede hablar de ella porque se le pueden señalar los rasgos que aquí se tratará de hacer patentes, rasgos que, desde luego, la caracterizan y le dan una cierta unidad, aunque ésta no sea quizá en nada semejante a la que caracteriza a la cultura europea. Aquí se ha perdido esa proyección abstracta, por encima de todas las contradicciones, que caracteriza a la cultura europea. El americano se sabe heredero de la cultura europea; pero un heredero sin derechos. Al menos así se había considerado hasta hace pocos años. Las contradicciones que en Europa son consideradas como expresión de un movimiento siempre continuo, como expresión de la marcha de la cultura, en América son consideradas como la más clara expresión de una supuesta incapacidad del americano para colaborar en la realización de la cultura de la cual se sabe heredero. El hombre de esta América se siente partido, dividido, inciso: por un lado está el mundo de lo que quisiera fueran sus proyectos, el mundo de la cultura occidental dentro del cual quisiera tener un papel responsable y creador; por el otro su pasado, su historia, su realidad: mundo que le arraiga a una realidad que hasta ahora no había querido aceptar como suya. Por un lado se encuentra el mundo de lo que quisiera ser, por el otro el mundo de lo que es y ha sido. Mundos que no concuerdan porque no han sido bien calculadas sus relaciones.

La historia de la cultura americana no vendría a ser sino la historia de los esfuerzos hechos por el hombre de esta América para hacer caber sus proyectos dentro del campo de los proyectos de la cultura occidental mediante un rudo forcejeo con la realidad que le es propia y se lo estorba en parte. Trata, por todos los medios, de sacudirse esta realidad para formar otra de acuerdo con su imaginación y proyectos. En esta lucha se ha olvidado de asimilarla, absorberla. No ha tratado de sintetizarla porque la ha considerado como lo negativo, como lo opuesto a lo que anhela ser.

Sin asimilar, ha ido superponiendo formas culturales que en cada ocasión considera pueden servirle para emanciparse de un pasado que no quiere aceptar como propio. Por esta razón la realidad del hombre de América, a pesar de su interna unidad, aparece siempre dividida y como sofocada por capas culturales que parecen no pertenecerle. Sin embargo son estos esfuerzos, aparentemente fallidos, los que forman la historia de su cultura. Una historia de la cual va tomando conciencia en nuestros días. Historia que por su originalidad podrá ser un aporte en la búsqueda que sobre lo que sea el hombre se realiza en todas las culturas. Experiencias humanas, quizá no patentes en otros hombres, se muestran en el hombre americano, las cuales, por ser humanas, implican puntos de vista sobre el hombre en general sobre los cuales quizá no se ha caído en cuenta o pueden reforzar los que ya se tengan. En este sentido los frutos de esta toma de conciencia del americano pueden adquirir ese sentido universal y positivo de que ya hemos hablado.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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