Leopoldo Zea

 

América como conciencia. México: UNAM, 1972. 133 pp.
(Primera edición: México: Cuadernos Americanos, 1953)

VIII
Emancipación mental de América

38. América, colonia mental del pasado

El optimismo que acompañara a la lucha de independencia en la América hispana habrá de convertirse pronto en el más oscuro de los pesimismos. Todo se iba a convertir en una quimera. España, esa España de la cual había creído emanciparse el americano, se encontraba terriblemente arraigada a su ser. En todos sus actos, en todas sus obras, aparecía España. El americano había roto sus lazos políticos con ella, pero no los lazos internos que a la misma le ataban. La nueva filosofía nada había podido hacer para romper con esta atadura. España se encontraba en la mente, costumbres y hábitos del americano. Por doquiera aparecía su sello. La independencia política alcanzada resultaba inútil, sería menester realizar una emancipación más radical, más honda, más íntima. De otra manera el pasado continuaría siendo una realidad ineludible.

Así, lejos de sentirse independiente, el americano sintió más fuertemente que nunca sus lazos con el mundo español del cual creía haberse liberado. A la luz de este sentimiento, todo ese instrumental cultural de que se había servido para justificar su independencia política resultaba algo simple e inútil. Ahora resultaba que lo superpuesto había sido este instrumental. Resultaba falsa la teoría del hombre universal. Ese hombre universal cuyos derechos había declarado la Revolución Francesa. No había tal hombre. Sólo había hombres particulares, únicos, con sus defectos y limitaciones El americano era uno de estos hombres.

A la independencia política de Hispanoamérica no había seguido el mundo que la nueva filosofía prometía a todo hombre por el simple hecho de ser hombre. Fuera del cambio político, todo continuaba igual. Un señor había sustituido a otro señor. Los pueblos hispanoamericanos no habían alcanzado su libertad, sólo habían cambiado de amo. La revolución de independencia había mostrado la incapacidad de estos pueblos para la libertad. No todos los hombres tenían derecho a la libertad por el simple hecho de ser hombres. Había hombres que nacían con este derecho y hombres que nacían sin él, incapacitados.

Alcanzada la independencia política, el espectáculo que se ofrecía a los americanos era doloroso y desconsolador: países diezmados por largas e interminables revoluciones. Anarquía y despotismo rolando alternativamente en un círculo vicioso. Las revoluciones eran el consecuente resultado de las tiranías, y éstas el de aquéllas. A una violencia se imponía otra violencia. Importaba el orden; pero sólo como instrumento para sobrevivir. Se gobernaba para subsistir. Hispanoamérica se dividía y subdividía, no en naciones, sino en cacicazgos. El rey hispano era substituido por multitud de pequeños reyes locales. Un despotismo se trocaba en múltiples despotismos. A la guerra de independencia había seguido una guerra de intereses. Se peleaba ahora por los intereses del clero, la milicia o el caudillo. Cada uno de estos grupos buscaba la mayor concentración de poder.

Todo el panorama hispanoamericano oscila entre dos términos: la anarquía o la dictadura. Dictadura de cualquier especie: conservadora, constitucional, liberal o personal. Dictaduras para mantener un orden que semeje al español, o dictaduras para establecer la libertad. Dictaduras que expresan el "retroceso", o dictaduras que expresan el "progreso". A nadie importaba el pueblo, a nadie importaba la libertad del hombre que apenas ayer se había lanzado a su conquista. No, definitivamente, nada tenía que ver el hispanoamericano con ese mundo que le había encandilado. Nada tenía que ver con el mundo de las luces y el progreso. Su lugar parecía estar determinado al lado de ese mundo teocrático que le había impuesto España en su mente, hábitos y costumbres. La cultura moderna era algo superpuesto que había permitido al americano hacerse la ilusión de que podía ser otro hombre.

El mal lo llevaba el americano en la sangre, en la mente, en los hábitos y costumbres. Sólo cambiando de sangre, mente, hábitos y costumbres, podía ser otro distinto del que era. Surge así una pléyade de hombres que en Hispanoamérica aspiran a realizar esta emancipación, una auténtica y segura emancipación de España. Sarmiento, Alberdi y Echeverría en la Argentina, Varela y Luz y Caballero en Cuba; Bilbao y Lastarria en Chile; Montalvo en el Ecuador; Rodríguez en Venezuela; Mora, Altamirano y Ramírez en México, y otros muchos más en todos y cada uno de los nuevos países hispanoamericanos.

Estos nuevos emancipadores se daban plena cuenta de la realidad y aspiraban a darle una solución. La revolución de independencia, decían, ha sido animada, más que por el espíritu de libertad, por el espíritu imperial hispánico que cada uno de nosotros lleva en la sangre. Por esto sólo ha resultado una revolución política y no una revolución social. Hemos arrancado el cetro a España, pero nos hemos quedado con su espíritu. Los congresos libertarios, los libertadores y guerreros de la emancipación política de Hispanoamérica, no han hecho otra cosa que actuar de acuerdo con el espíritu que España les había impuesto. La lucha ha sido entre dos Españas. Nada ha cambiado al terminar esta lucha. Quedan en pie los mismos privilegios gravados con otros nuevos. Los mismos libertadores han mantenido este status. Hispanoamérica sigue siendo colonia mental de un pasado que sigue aún vivo.

Conscientes de esta realidad, los emancipadores mentales de la América hispana se entregaron a la rara y difícil tarea de arrancarse una parte de su propio ser, su pasado, su historia. Con la furia, coraje y tesón que ellos mismos habían heredado de España, se entregaron a esta tarea de arrancarse a España de todas aquellas partes de su ser donde se hiciese patente, aunque con ello se descarnasen y quedaran sin huesos.

¡El pasado o el futuro! fue el dilema. Para alcanzar el futuro ideal era menester renunciar al pasado. Éste no era otra cosa que la absoluta negación de aquél. La nueva civilización era la absoluta negación del pasado heredado de España. Había que elegir, sin evasión posible alguna. "¡Republicanismo o catolicismo!", grita el chileno Francisco Bilbao. ¡Democracia o absolutismo! "¡Civilización o barbarie!", da a elegir el argentino Sarmiento. "¡Progreso o retroceso!" exige el mexicano José María Luis Mora. ¡Liberalismo o tiranía!; no hay otra solución posible. Era menester elegir entre el predominio absoluto de la Colonia o el predominio absoluto de los nuevos ideales. No era posible conciliación alguna, ya que un modo de ser estorbaba al otro. En esta forma una mitad de la América hispana se entregaba a la tarea de exterminar a la otra mitad y viceversa. La segunda mitad del siglo XIX ofrece este doloroso espectáculo. Nuevas y siempre sangrientas revoluciones tiñen el suelo americano. El hombre americano consciente de esta realidad se desgarra a sí mismo inútilmente.

39. La educación como instrumento de emancipación mental

La hora de los guerreros había pasado. Las armas no bastaron para alcanzar la auténtica emancipación de América. Esta emancipación tendría que ser alcanzada por otros medios: concretamente el de la educación. Un nuevo tipo de emancipador aparece en la América hispana: una combinación de guerrero y educador, porque no sólo expone ideas sino que también lucha por ellas. Allí tenemos al argentino Sarmiento vistiendo la casaca militar al mismo tiempo que prepara los elementos que le permitirán reeducar a su patria.

Allí el chileno Bilbao sufriendo, al igual que otros que se le asemejan, destierros y persecuciones. Todos ellos sufren mil calamidades pero se mantienen firmes en sus ideas en lucha abierta contra los representantes de ese pasado colonial que se niega a dejar su sitio a una América libre y progresista.

La emancipación política americana había fracasado porque no había sido antecedida por una emancipación de tipo mental. El movimiento de independencia había tomado a los hispanoamericanos de sorpresa impidiéndoles llegar a ella con la preparación necesaria. Esta falta de preparación había hecho que un pueblo no acostumbrado a la libertad hiciese mal uso de ella provocando la anarquía y, con la anarquía los nuevos despotismos. La revolución de independencia había sido preparada por teóricos puros que poco o nada sabían de la auténtica realidad americana. Por esto había fracasado. Pero aprendida la lección era menester recuperar el tiempo perdido, acercarse al pueblo educándolo para la libertad.

Los emancipadores mentales de la América sostienen, en apoyo de sus ideas, una nueva idea de la filosofía. Ya no creen, como los ilustrados, en el hombre como idea universal. El hombre es algo concreto, algo que se hace y perfila dentro de una realidad determinada. Conocer esta realidad era así una de las más urgentes tareas, pues de ella dependía la educación de ese hombre al que se trataba de independizar por el más seguro de los medios, el de su emancipación mental. En adelante no se seguirían doctrinas filosóficas determinadas por el hecho de que se encontrasen de moda. Y lo mismo se diría de otras formas de cultura. De la cultura europea sólo se tomarían las ideas que concordasen con la realidad americana.

El cubano José de la Luz y Caballero rechazaría el eclecticismo de Cousin y el idealismo alemán por ser estas filosofías contrarias al espíritu que debe animar a pueblos que aspiran a lograr su libertad. "Nadie mejor que yo —dice—, podía a mansalva haber recogido mies abundante de Alemania y aun haberme dado importancia con introducir en el país el idealismo de esa nación a quien idolatro; pero he considerado en conciencia que podía más bien dañar que beneficiar a nuestro suelo". Sólo enseñando a la juventud a desechar toda autoridad subordinándola a los intereses de su realidad, se podría llegar a alcanzar una filosofía propia de ésta.

El argentino Esteban Echeverría sostenía por su lado algo parecido al pedir una filosofía propia de la realidad americana. Esta filosofía poco o nada tenía que pedir prestado a la cultura europea. ¿Acaso vivimos en aquel mundo? preguntaba, ¿queda algo útil para el país, para la enseñanza del pueblo, de todas esas teorías que no tienen raíz alguna con nuestra vida? En ciencia se puede seguir a Europa, "en política no; nuestro mundo de observación y aplicación está aquí... y la Europa poco puede ayudarnos en ello". "Apelar a la autoridad de los pensadores europeos es introducir la anarquía, la confusión, el embrollo en la solución de nuestras cuestiones". Todo el mal estaba en el desconocimiento de la realidad. Los americanos no hacían otra cosa que disputar en torno a ideas que les son ajenas y se olvidan de la realidad que debe ser beneficiada. La realidad nunca es confusa, ni sus soluciones son difíciles. La confusión y dificultad están en este caos de ideas importadas que en nada benefician al suelo americano. De aquí que sea necesario cambiar de actitud. "Pediremos luces a la inteligencia europea; pero con ciertas condiciones", dice Echeverría.

Igualmente drástico en estas ideas lo sería Juan Bautista Alberdi que sostiene, frente a las pretensiones de Europa, no existir una filosofía universal, sino una filosofía de cada pueblo. Cada época cada país, dice, ha tenido su filosofía, la cual ha dado a éste la solución de los problemas que le aquejan. De aquí que sea menester dice, que "apliquemos a la solución de las grandes cuestiones que interesan a la vida y destinos actuales de los pueblos americanos, la filosofía que habremos declarado predilecta, es decir, la filosofía para los pueblos americanos, no para el universo". Y esto es así porque toda filosofía "ha emanado de las necesidades más imperiosas de cada periodo y de cada país. Es así como ha existido una filosofía oriental, una filosofía griega, una filosofía romana, una filosofía alemana, una filosofía inglesa, una filosofía francesa, y, como es necesario que exista, una filosofía americana". Es necesario que apliquemos: "Una filosofía que por la forma de su enseñanza breve y corta, no quite un tiempo que pudiera emplearse con provecho en estudios de una publicación productiva y útil, y que por su fondo sirva sólo para iniciarla en el espíritu y tendencia que preside al desarrollo de las instituciones y gobiernos del siglo en que vivimos, y sobre todo, del Continente que habitamos". Esto es, una filosofía de nuestro tiempo y de nuestro medio, una filosofía americana para los americanos.

Domingo F. Sarmiento expresará ideas parecidas respecto a la necesidad de atender a la realidad. Sabía que fuera de ella nada se podía hacer. No tomarla en cuenta era la causa de todos los fracasos. En este sentido, decía "no esperemos nada de Europa, que nada tiene que ver con nuestras razas". El remedio para todos los males americanos creyó encontrarlo en una educación que siguiese estos dictados respecto al conocimiento de su realidad y en una inmigración poderosa que lo cambiase, con su contacto. "Nosotros —decía— necesitamos mezclarnos a la población de los países más adelantados que el nuestro, para que nos comuniquen sus artes, sus industrias, su actividad y su actitud de trabajo."

Siguiendo la misma línea, otro hispanoamericano, José Victorino Lastarria hablaba de la necesidad de independizar la literatura americana adaptando ésta a la realidad de que era origen. "Fundemos —decía—, nuestra literatura naciente en la independencia, en la libertad del genio". Será menester conocer otras literaturas, empaparse en la literatura española, fuente de la nuestra, leer a los autores franceses más en boga; pero "no para que los copiéis y trasladéis sin tino". Imitar, copiar, no podría significar nada bueno salvo "para mantener nuestra literatura con una experiencia prestada, pendiente siempre de lo exótico, de lo que menos convendría a nuestro ser". "No, señores —decía Lastarria—, fuerza es que seamos originales, tenemos dentro de nuestra sociedad todos los elementos para serlo, para convertir nuestra literatura en la expresión auténtica de nuestra nacionalidad". De la comprensión de las necesidades americanas dependía la plena emancipación de América. "No hay sobre la tierra pueblos que tengan como los americanos —sigue diciendo Lastarria— una necesidad más imperiosa de ser originales, porque todas sus modificaciones les son peculiares y nada tienen de común con las que constituyen la originalidad del Viejo Mundo".

El venezolano Andrés Bello, otro de los grandes emancipadores mentales de nuestra América habla en tono semejante y pide a los americanos la misma atención para la realidad que han pedido sus iguales en esta lucha emancipadora. ¿Estaremos todavía, dice, condenados a repetir servilmente las lecciones de la ciencia europea, sin atrevernos a discutirlas, a ilustrarlas con aplicaciones locales a darles una estampa de nacionalidad? Si no fuésemos capaces de hacerlo, no haríamos sino traicionar el espíritu de la misma ciencia "que nos prescribe el examen, la observación atenta y prolija, la discusión libre, la convicción concienzuda". Mientras nos falten medios debemos otorgarle un voto de confianza, pero no siempre ha de ser así en todos los campos de la ciencia. Por ejemplo, dice, hay algunos que exigen la investigación local, como la historia. "La historia chilena, ¿dónde podría escribirse mejor que en Chile?" "Pocas ciencias hay que, para enseñarse de un modo conveniente, no necesiten adaptarse a nosotros, a nuestra naturaleza física y nuestras circunstancias sociales." Pero hay más, es la misma Europa la que anhela esta colaboración de América. No quiere que se la repita más, quiere que sus enseñanzas sean verdaderamente aplicadas, con el mismo espíritu de independencia con que ella las aplica. "La ciencia europea nos pide datos; ¿no tendremos siquiera bastante celo y aplicación para recogerlos?" Pero no es esto suficiente. "¿No harán las Repúblicas americanas, en el progreso general de las ciencias, más papel, no tendrán más parte en la mancomunidad de los trabajos del entendimiento humano, que las tribus africanas o las Islas de Oceanía?" Los americanos pueden aportar mucho en todos los campos, tanto en el de las ciencias naturales como en el de las ciencias políticas, literarias y morales, siempre que partan de las experiencias de su realidad. "Porque, o es falso que la literatura es el reflejo de la vida de un pueblo, o es preciso admitir que cada pueblo, de los que no están sumidos en la barbarie, es llamado a reflejarse en una literatura propia y a estampar en ella sus formas."

La reeducación de los pueblos americanos debía ser realizada de acuerdo con las ideas expuestas. Más realista este hombre americano del siglo XIX que su antecesor, buscará en su misma circunstancia los medios para alcanzar una plena emancipación. América toma en este hombre una más clara conciencia de su realidad. Ha desaparecido el optimismo del ilustrado, pero en su pesimismo este nuevo americano va buscando un mundo real sobre el cual apoyarse y rehacer un mundo que en forma tan negativa se le presentaba. No es un pesimismo negativo el suyo, sino un pesimismo constructor. Se critica para reconstruir. Este hombre se analiza a sí mismo realizando la más cruel de las autopsias; pero en este análisis se encontrará con el mundo que es menester salvar, la realidad americana. Esta realidad que pese a todos sus defectos es la única realidad con la cual puede contar el americano.

40. Nueva afirmación americana frente a Europa

Partiendo de esta ineludible realidad el americano se afirma a sí mismo y se atreve a realizar un nuevo enjuiciamiento de la Europa que hasta ahora le ha sometido a sus juicios. Europa no es ya lo que siempre ha presumido, la fuente de toda cultura ni el arquetipo del progreso de la humanidad. Todo lo contrario, la Europa que surge a partir del medio siglo XIX es una Europa negativa, opuesta a todo progreso; una Europa encargada ahora de perseguir y destruir todo lo que implique este camino. Es la Europa de un Napoleón III que se ha puesto al servicio de las fuerzas negativas del progreso en América como antes en Europa. Es la Europa confabulada para reconquistar América con negación de todas las doctrinas libertarias de que había venido haciendo gala. De Europa no tiene así, nada que aprender América. Es más, ahora es América el único pueblo que realiza, pese a todas las dificultades, los fines del auténtico progreso de la humanidad.

En Europa no se encuentra ahora otra cosa que desunión, despotismo. La Francia de la Revolución Francesa es ahora una Francia enemiga de todo progreso. Simón Rodríguez, maestro del libertador Simón Bolívar, dice: "La Europa es ignorante, no en literatura, no en ciencias, no en artes, no en industrias; pero sí en política. Un velo brillante cubre en el viejo mundo el cuadro más horroroso de miseria y vicios". "Lástima da el ver tanto ingenio infructuosamente empleado en reformar, trabajos tan bien calculados, produciendo poco o ningún efecto". Y utilizando la misma crítica que Descartes hiciera a Europa siglos antes dice Rodríguez: "La grande obra de Europa se ha hecho sin plan, se ha fabricado a retazos, y las mejoras se han ido amontonando, no disponiendo; el arte brilla más en los amaños que en la combinación; las cosas más sublimes confundidas con las más despreciables hacen un contraste."

Y agrega haciendo más violenta la crítica: "Nunca reformará Europa su moral como reforma sus edificios: las ciudades modernas son modelo de gusto y de comodidad, pero los habitantes son siempre los mismos, saben más que antes, pero no obran mejor". Nada tiene así Europa que enseñar a la América, lo que ésta necesite tendrá que buscarlo en su propia realidad. Las ideas políticas que ahora sostiene Europa no son sino expresión de su afán de dominio sobre pueblos que escapan a su influencia. Por esta razón propagan ideas como la de la superioridad de una raza frente a la inferioridad de otras. Ideas sobre pueblos representantes de la civilización y pueblos sumidos en la barbarie. Europa también ha corrido la idea de que los pueblos latinos sólo pueden ser gobernados por el despotismo, ¿por qué?

"Lo que se ha querido con este absurdo —contesta Lastarria— es hacernos latinos en política, moral y religión, esto es, anular nuestra personalidad, en favor de la unidad de un poder absoluto que domine nuestra conciencia, nuestro pensamiento y nuestra voluntad y, con esto todos los derechos individuales que conquistamos en nuestra revolución; para eso ha inventado la teoría de las razas." Allí está como ejemplo la invasión de México por las tropas francesas. Esa Europa que sufre un retraso frente a un mundo del que se decía guía. El afán de reconquista europeo no es sino signo de retroceso.

Francisco Bilbao dice por su parte: "¿Y por qué nosotros, sudamericanos, andamos mendigando la mirada, la aprobación de Europa? ¿Y en Europa, por qué hemos elegido a la más esclavizada y más habladora de todas las naciones para que nos sirva de modelo en literatura putrefacta, en política despótica, en filosofía de los hechos, en religión del éxito, y en la gran hipocresía de cubrir todos los crímenes y atentados con la palabra civilización?" No, Francia jamás ha sido libre, Francia jamás se ha libertado, jamás ha practicado la libertad, Francia jamás ha sufrido por la libertad del mundo. "Es necesario —agrega Bilbao— arrancar el error y libertarnos del servilismo espiritual de Francia". La civilización europea no es otra cosa que expresión de los más egoístas intereses de ese Continente. En nombre de esta civilización se ataca a México, este ataque "es el signo más grandioso y más retumbante de la civilización". "Francia que tanto hemos amado, ¿qué has hecho?... traicionar y bombardear a México. México había al fin llegado al momento supremo de su regeneración: lo sumerges de nuevo en los horrores de la guerra en alianza de frailes y traidores, y colocas sobre las ruinas de Puebla la farsa de un imperio. La Inglaterra, ¡oh la Inglaterra! ¿Qué hace en la India la libre nación de las pelucas empolvadas y de los lores rapaces? Sangre y explotación, despotismo y conquista. También aparece un momento en México y ofrece tres naves a Maximiliano".

No, Europa que quiere civilizar a América necesita que sea ésta la que la civilice. Europa, con su acción social y política es lo contrario de América. "Allá —sigue diciendo Bilbao— la monarquía, la feudalidad, la teocracidad, las castas y familias imperantes; acá la democracia. En Europa la práctica de la conquista, en América su abolición". "En Europa todas las supersticiones, todos los fanatismos, todas las instituciones del error, todas las miserias y vejeces de la historia acumuladas en pueblos serviles o fanatizados por la gloria y por la fuerza; en América la purificación de la historia, la religión de la justicia que penetra". Y hablando de esta América tan criticada por los propios americanos, pero tan amada por ellos, profetiza Bilbao: "Hoy entra la América en el mecanismo del movimiento del mundo". "La victoria de México será la señal de una era nueva. Las Termópilas de América están en Puebla" (1).

Un mexicano, Gabino Barreda, verá en la victoria mexicana sobre Francia y la Europa por ella representada, un triunfo de ese progreso que se ha querido negar a América. "Los soldados de la República en Puebla —dice Berreda—, salvaron como los de Grecia en Salamina, el porvenir del mundo al salvar el principio republicano, que es la enseña moderna de la humanidad." En Europa las fuerzas del progreso han sido vencidas por las fuerzas del retroceso, ahora en América en que se entabla nueva lucha, el progreso ha triunfado sobre el mundo negativo que trató de aplastarlo. "En este conflicto entre el retroceso europeo y la civilización americana —sigue diciendo Barreda—, en esta lucha del principio monárquico contra el principio republicano, en este último esfuerzo del fanatismo contra la emancipación, los republicanos de México se encontraban solos contra el orbe entero" (2). Al vencer en la lucha México, y con él América, encarna los grandes principios de la humanidad, esos principios que Europa había estado regateando al hombre americano. América toma la más clara conciencia de su humanidad que ya no habrá de permitir le sea menoscabada.

Notas

  • 1 Véase mi libro Dos etapas del pensamiento en Hispanoamérica. México: El Colegio de México, 1949.
  • 2 Véase mi libro El positivismo en México. México: El Colegio de México, 1943.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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