Leopoldo Zea

 

América como conciencia. México: UNAM, 1972. 133 pp.
(Primera edición: México: Cuadernos Americanos, 1953)

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Tarea para una filosofía americana

48. Responsabilidad de nuestra filosofía

La situación de la filosofía europea y, por ende, del hombre que la hace, alcanza ahora su mejor expresión en el existencialismo francés de Jean Paul Sartre. El hombre ha sido puesto en crisis y a la filosofía toca salvarle de esta crisis respondiendo de los errores que la han provocado. Este hombre se encuentra en nuestros días en la más cerrada de las situaciones, los términos de su elección, y por lo mismo de su libertad, son cada vez más estrechos. "El hombre total —dice Sartre—. Totalmente comprometido y totalmente libre" es el hombre que nosotros concebimos. "No obstante es a este hombre al que es menester rescatar, ampliando sus posibilidades de elección. En ciertas situaciones, sólo cabe una alternativa, uno de cuyos términos es la muerte. Sin embargo, es menester obrar en tal forma que el hombre pueda, en toda circunstancia, elegir la vida" (1).

Tal es la responsabilidad que se ha echado a cuestas la filosofía contemporánea en Europa. Trata ahora de responder de todos los compromisos que ha tomado el hombre moderno ahora en crisis. Esos compromisos que ahora le cierran toda salida y parecen condenarle a la única elección, la de la muerte. Se trata de que pueda, como en otras ocasiones, en otras crisis, elegir la vida. Pero nosotros los americanos, ¿de qué vamos a responder? ¿Cuál va a ser la función de nuestra filosofía? ¿Qué compromisos tiene que asumir ésta? Desde luego, ya lo hemos afirmado en otra ocasión, nuestra situación, aunque tenga muchas semejanzas, no es la situación del hombre europeo en crisis; no es la situación de la burguesía ahora en capilla. Así, nuestra filosofía, si ha de ser responsable de algo, no lo podrá ser totalmente de los compromisos que ha tomado la filosofía europea contemporánea.

Sin embargo, esto no quiere decir que debamos desconocer como si no fuera parte de nuestra situación, esa situación que en alguna forma nos corresponde como humanos y como hijos de una cultura como lo es la europea. Desde este punto de vista una filosofía como el existencialismo puede hacernos patentes muchos aspectos de la condición humana en general que por la misma razón lo son nuestros. Precisamente, es partiendo de estos aspectos que he venido sosteniendo la tesis de una filosofía responsable, la tesis de una filosofía que tome conciencia de su realidad. Es más, conscientes como somos de nuestra situación sabemos, también, que pertenecemos a una gran comunidad humana, frente a la cual las naciones, pueblos y sociedades, no son otra cosa que individuos de la misma y, como todo individuo, responsables o irresponsables en los compromisos que han adquirido con sus actos. Es también, por esta razón, que se ha venido pidiendo una filosofía que dé conciencia a los americanos del puesto que les corresponde como pueblos o naciones dentro de la comunidad humana, para que puedan asumir la responsabilidad del mismo (2).

Pero antes de asumir toda responsabilidad es menester que empecemos asumiendo las responsabilidades que nos corresponden dentro de la comunidad americana que formamos. Antes de aceptar la responsabilidad que nos corresponde dentro de los pueblos del mundo, es menester que tomemos la de nuestras concretas situaciones. Por ello es necesario que tomemos conciencia de nuestra situación, pues sólo así podremos hacernos responsables de ella. Hasta ahora parece ser que lo hemos evitado. Acaso llevados de un complejo de inferioridad o, simple y puramente, por irresponsabilidad. Cualquiera que sea la causa, es menester que también la conozcamos. Porque de otra manera, si eludimos el conocimiento de nuestra situación concreta, eludimos también nuestra responsabilidad. Pues, ¿quién va a responder por nosotros, por nuestros compromisos, por los actos que hemos realizado como pueblos? Quiérase que no tenemos una historia, aunque ésta no sea la historia que quisiéramos haber hecho. Quiérase que no hemos formado un mundo social concreto, una comunidad, el mundo americano, aunque éste, desde nuestro punto de vista, no puede compararse con esos pueblos de acuerdo con cuyo modelo hubiéramos querido realizarnos. Trátase de hechos y, como tales, de realidades dentro de las cuales nos encontramos comprometidos. De estos hechos tenemos que responder por los compromisos que hayan establecido al comprometer la acción de otros pueblos. De estos compromisos nadie puede responder sino nosotros.

Por no haber querido hasta ahora tomar conciencia de nuestra situación hemos carecido de una filosofía, tal y como la han tenido pueblos que en alguna forma han actuado haciendo una historia consciente. Pues, ¿de qué iba a responder nuestra filosofía? ¿Qué tipo de hombre o qué tipo de cultura iba a salvar? ¿Sobre qué iban a filosofar nuestros filósofos? Ya sabemos qué respuesta se nos puede dar: la filosofía es universal y el filósofo sólo puede comprometerse con lo universal y eterno. Decir esto no es decir absolutamente nada. Comprometerse con lo universal y eterno, sin concretizar un solo compromiso, es no comprometerse con nada. Trátase de un simple subterfugio, manera cómoda de eludir responsabilidades concretas. Se puede hablar cómodamente de la universalidad del bien, el valor, el conocimiento, sin que tal cosa implique la asunción de compromiso alguno. Ésta es sólo tarea y compromisos de profesores de filosofía que creen no comprometerse exponiendo, simplemente y en forma objetiva, la diversidad de filosofías que el hombre ha venido realizando para salvarse y salvar sus circunstancias en forma bien concreta.

49. Nuestra situación como pueblos

¿Cuál es entonces nuestra situación? y, por ende ¿cuál debe ser la posición de nuestra filosofía como expresión de esta situación? Desde luego, y esto es obvio, nuestra situación es distinta a la de muchos pueblos del mundo. Pero, más concretamente, no es la de la burguesía europea, aunque muchas de sus formas de cultura sean las nuestras, incluyendo nuestras formas filosóficas Por ejemplo, la situación que describe Jean Paul Sartre, no es en forma alguna nuestra situación. El filósofo francés encuentra y describe una situación en la que toda salida parece estar cerrada. En ella no hay más salida que la del reconocimiento de la responsabilidad que el burgués tiene en su propio y próximo fin.

Nosotros los americanos, más concretamente los hispanoamericanos, no podemos decir que nos encontramos en situación parecida. Aún somos pueblos cuya responsabilidad dentro de la comunidad universal se encuentra inédita. El existencialismo europeo describe una situación dentro de la cual el intelectual carece ya de un papel activo en la sociedad. Éste, dice Sartre, no tiene ya otro camino que el de sumarse, como masa y no como individuo, a las filas de los opresores o a las filas de los oprimidos. Pero estos últimos ya no le necesitan, puesto que al organizarse han dejado de ser oprimidos pasando ahora, de la defensiva a la ofensiva en contra de sus opresores.

En otras ocasiones —dice Sartre— "las circunstancias le permitieron colocarse en favor del oprimido ante el opresor y ayudar al oprimido a que tomara conciencia de sí mismo". Pero hoy, "la clase oprimida, organizada en un partido, agarrotada en una ideología rigurosa, se convierte en una sociedad cerrada; ya no puede comunicarse con ella sin intermediario". Y, agrega, "como nuestra perspectiva histórica es la guerra, como se nos conmina a elegir entre el bloque anglosajón y el bloque soviético y nos negamos a prepararla con el uno y con el otro, hemos caído fuera de la historia y hablamos en el desierto".

¿Podemos, nosotros los hispanoamericanos, describir nuestra situación en términos semejantes? No lo creo, aunque en general, la situación mundial sea también la nuestra, poseemos, sin embargo, una situación que nos es propia y que, por lo mismo, al menos en un mínimo, hace distinta nuestra postura en la misma. No podemos decir que en nuestros países todos los oprimidos se encuentran organizados. Tampoco podemos decir que éstos tienen ya plena conciencia de su situación. Aún tenemos vivo, entre otros problemas, el indígena y, con él, un tipo de explotación primitivo en comparación con el realizado por la burguesía sobre el proletariado. Pero hay más, al lado de la explotación del imperialismo, tanto europeo como norteamericano, y la realizada por las burguesías locales de esta América, tenemos, aún, en varios pueblos de Hispanoamérica, el mismo tipo de explotación que se impusiera desde la Conquista sobre los pueblos dominados desde ya cuatro siglos. Al lado de los grandes capitanes de empresa del imperialismo mundial y los pequeños de nuestras semi-burguesías coloniales, se encuentran nuestros típicos dictadores, con sus camarillas, en situación semejante a la de los señores que en la Colonia vivían de la explotación que realizaban sobre sus siervos indígenas. En esta América sí que tienen quehacer nuestros intelectuales, su voz no puede ser una voz en el desierto. Pueden ayudar a que tome conciencia de su situación toda esa multitud de hombres explotados que aún se encuentran en Hispanoamérica.

Pero hay más, existen otras circunstancias que vienen a confirmar la diversidad de la situación de nuestros pueblos. La gran burguesía europea, lo sabemos, creció y se hizo fuerte mediante el desarrollo industrial y la conquista de mercados donde obtener, a bajo costo, materias primas y lugares donde vender sus productos, con un máximo de ganancias. La industria y el colonialismo fueron la base de su grandeza. Pero, por una dialéctica inevitable de la historia, al mismo tiempo que sus fuerzas crecieron, fueron creciendo también, en sus entrañas, las fuerzas que con el tiempo le pondrían jaque mate. Junto con su industria se desarrolló también la clase que ahora la combate: el proletariado. Clase que en nuestros días se perfila como la posible creadora de un nuevo tipo de comunidad. Pero queda aún otra línea, la del colonialismo, dentro de la cual tienen un lugar prominente los pueblos de la América hispana. En esta línea se ha desarrollado y desarrolla otra lucha; lucha muy semejante a la que realizan los pueblos asiáticos en contra de sus ya viejos opresores.

Nos encontramos, así, con dos tipos de lucha: una, que podríamos llamar vertical, que se desarrolla en todos los países industrializados, incluyendo los nuestros: la lucha de clases; otra, que podemos llamar horizontal, que se desarrolla, con más o menos fuerza, entre los pueblos coloniales y los países imperialistas. Esta última es una lucha típica de Hispanoamérica y el Brasil. Ésta no es ya una lucha de clases, aunque en ella tenga un gran interés todo el proletariado. Porque al lado de los intereses y fuerzas de éste se encuentran otras fuerzas y otros intereses como los de las burguesías coloniales. Los problemas que en esta lucha se plantean tienen su origen en situaciones que se dieron desde la Conquista.

Los pueblos hispanoamericanos, ya se ha dicho, son herederos de una tradición cultural occidental; pero dentro de esta tradición pertenecen, precisamente, a la cultura que fue vencida al oponerse a la pujante fuerza de la burguesía en ascenso en aquel entonces. Inútilmente nuestros pueblos han tratado de cambiar esta situación, que se ha convertido en una realidad concreta. Nada pudieron hacer para ponerse a la altura de las nuevas fuerzas en progreso. Una serie de hábitos y costumbres y una gran desconfianza en sus propias fuerzas, frustraron todo intento. La misma burguesía se cuidó muy bien de que tal cosa sucediese así. Por esta razón en la América ibera sólo podemos encontrarnos con una pseudo-burguesía puesta al servicio de la gran burguesía. En nuestra América, la ibera, no ha surgido una burguesía propiamente dicha, como tampoco han surgido clases claramente definidas. Un conjunto de problemas típicamente nuestros, se entrecruzan con una serie de problemas internacionales, estableciéndose un juego especial entre los unos y los otros. Nuestra situación, como puede apreciarse es, en otras palabras, de carácter ambiguo. Nuestros problemas, por la misma causa, son diversos a los que se plantea el mundo europeo, por esta razón nuestro filosofía tendrá que buscar soluciones especiales.

Pero hasta aquí, para hablar de nuestra situación, sólo hemos hecho algunas generalidades, diciendo más bien lo que somos por negaciones. Sólo nos hemos referido a lo que no somos. ¿Cuál es nuestra situación desde el punto de vista de lo que somos? ¿Cuál es nuestro ser? He aquí una de las tareas para nuestro filosofar. De la respuesta que demos a esta pregunta, como pueblos concretos y como miembros de la comunidad americana, dependerá la existencia de nuestra anhelada filosofía, que en realidad se inicia con este tipo de interrogaciones, con la conciencia de los problemas que implican. Si logramos definir este ser podremos también determinar el sitio que nos corresponde dentro de la comunidad de pueblos del mundo a la cual pertenecemos.

50. Los problemas de la filosofía europea y el desarrollo de sus soluciones

Ya hemos concluido, afirmando la existencia de una filosofía americana, desde el mismo momento en que estamos preocupados por los problemas que nos plantea nuestra realidad, y la misma posibilidad de esta filosofía. Esta filosofía resultará de nuestro esfuerzo por resolver los problemas vitales que se nos plantean dentro de nuestra circunstancia. Hemos dicho, también, que esta nuestra filosofía, si queremos que sea filosofía, tendrá que preocuparse por problemas de carácter universal, entendiendo por tales aquellos que son comunes a todos los hombres por el puro y simple hecho de ser hombres. Hemos también dicho que nuestra circunstancia no es, en ninguna forma, limitación alguna para dar una solución a tales problemas, puesto que dentro de nuestra circunstancia está el hecho primario de ser hombres.

Con todo lo anterior no se ha querido decir que consideremos nuestras soluciones como teniendo un carácter intemporal e inespacial, esto es, eterno. No, lo que se quiere decir es que la solución que se dé a estos problemas, por el hecho de ser, antes que nada, problemas humanos, tendrá mucho de común con las soluciones que necesitarán los hombres en general. Nuestras experiencias, por el hecho de ser experiencias de hombres, podrán ser útiles para el resto de los hombres.

Hemos dicho también que el hecho de que aún no tengamos una cultura que consideremos como propia, no imposibilita que la tengamos en cuanto así estemos dispuestos a reconocerla como tal, aceptando lo que en nuestra historia se ha venido realizando, aunque formalmente sus modelos le sean ajenos. En igual forma, el hecho de que aún no tengamos una filosofía formalmente nuestra no implica incapacidad para filosofar. Nuestra supuesta incapacidad para filosofar, con el consiguiente sentido de inferioridad para este quehacer, es sólo consecuencia de una falta de visión sobre nuestra situación en la cultura universal. Es el resultado de querer ser otros que nosotros mismos. Ha sido ahora, en nuestros días, que hemos empezado a reemplazar este sentimiento de inferioridad por otro más legítimo y positivo: el de nuestra capacidad para realizar aquello que sea necesario para el tipo de proyectos que nos hagamos. No podemos ya seguir considerando como signo de inferioridad el hecho de que antes de ser maestros hayamos tenido que ser discípulos. No es signo de inferioridad aprender antes de poder enseñar.

El sentimiento de madurez que se hace patente en nosotros en nuestros días elimina todo sentimiento de inferioridad haciéndonos sentir capaces de asumir responsabilidades. Será este nuevo sentimiento el que haga que nos sintamos plenamente americanos; pero americanos responsables, dispuestos a realizar la tarea que nos corresponda en la cultura. Todo esto, sin embargo, no implica que vayamos a cometer la insensatez de creer que vamos a substituir a la cultura europea, o a tomar su puesto director en el concierto de la cultura universal. Pensar tal cosa implicaría que estamos aún animados por un sentimiento de inferioridad; tal pensamiento sería más bien fruto de un resentimiento que de la seguridad de nuestras capacidades. El puesto que nos corresponda en la cultura no depende ya de nuestras aspiraciones sino de nuestra capacidad para ofrecer a la misma los valores que pueda necesitar.

Europa se encuentra en grave crisis; muchos de sus principales valores parecen derrumbarse; sin embargo, no es esta su primera crisis. Ya ha sufrido otras, acaso tanto o más graves que la presente y, sin embargo, hasta ahora ha sabido resolverlas. Ahora bien, como sabemos, en la actual crisis se juega una parte de nuestro destino. Por destino nos encontramos ligados a la cultura occidental, somos una de sus prolongaciones; por esto sus peligros son también peligros nuestros, sus problemas son parte de nuestros problemas, sus soluciones, por lo mismo serán también en parte nuestras soluciones. Estamos ligados a ella y ayudándola nos ayudamos. La crisis actual nos toma en un momento en que nos sentimos mayores de edad, capaces, esto es, responsables de nuestros actos. La crisis actual es una prueba importante para nosotros; una prueba que en vez de azorarnos debe hacer sentirnos con capacidad para enfrentarnos a ella.

Ahora que nos sentimos responsables; ahora que pedimos una tarea sabiendo que se nos necesita, que se cuenta con nosotros, cabe preguntarnos, ¿en qué puede consistir esta tarea? ¿Qué necesita el mundo? Pero más concretamente, por lo que se refiere al problema de la filosofía, ¿cuál debe ser la tarea de una posible filosofía americana?

Como hijos de la cultura europea, herederos de ella, lo primero que se nos puede ocurrir, y con toda razón, es que debemos continuar la tarea de la filosofía occidental. Es decir, debemos continuar el desarrollo de los temas filosóficos que la cultura occidental se ha venido planteando en su historia. Debemos continuar dando solución a los problemas de la filosofía occidental. Y, en especial, a aquellos problemas considerados como universales. Es decir, aquellos problemas de la filosofía cuyos temas se consideran válidos en todo tiempo y lugar; temas abstractos, referidos a conceptos universales, como lo son: el ser, el conocimiento, el espacio, el tiempo, la vida, la muerte, Dios y otros muchos.

De acuerdo con tal idea, una filosofía americana deberá continuar explicando, resolviendo y aclarando los problemas que tales temas plantean y que no hubiesen sido resueltos por la filosofía europea, o que su solución no fuese satisfactoria. Ahora bien, si dichos temas son tratados por los americanos desde un punto de vista legítimo, es decir, desde un punto de vista americano, que tal es lo que debe hacerse, no repitiendo lo dicho, sino lo que sobre tales temas se pensase, el resultado tendrá que ser necesariamente una filosofía americana, en la misma forma como en Europa ha resultado una filosofía griega, una filosofía francesa, una inglesa o una alemana. Todo esto a pesar de que cada filosofía ha trabajado sobre un mismo repertorio de temas. El carácter de universalidad de los problemas planteados y las soluciones dadas les viene del hecho de que tanto unos como otros se dan en el campo de lo que hemos llamado lo humano. Todos ellos son temas humanos y por lo mismo válidos para todo hombre; pero de aquí también les viene la circunstancialidad que en los mismos aparece. Las soluciones ofrecidas, por ser soluciones humanas son también soluciones limitadas. Soluciones a problemas que, si bien pueden ser semejantes en todos los hombres, no lo son ya si atendemos a la situación circunstancial de los mismos. De aquí que a iguales problemas se puedan dar soluciones distintas. La circunstancia hace patente el carácter nacional de las filosofías.

51. Solución a los problemas propios de América

Otros de los temas a tratar por esta nuestra filosofía son aquellos que podemos llamar propios de nuestra circunstancia. Es menester que nos enfrentemos a los problemas que la circunstancia nuestra plantea, tratando de ofrecer una solución a los mismos. Esta actitud es tan legítima como la anterior y, por lo mismo, válida para una filosofía que quiera ser tal en forma auténtica. Como americanos, tenemos una serie de problemas que sólo pueden ser resueltos desde nuestra circunstancia. Problemas que sólo a nosotros se presentan con tales perfiles y que, por lo mismo, somos los únicos capacitados para resolverlos. El planteamiento de tales problemas no podrá amenguar, en forma alguna, el carácter filosófico de nuestra filosofía. Todo filosofar es siempre un tratar de resolver una serie de problemas que se plantean al hombre en sus diversas circunstancias. Son problemas que plantea la existencia; problemas siempre concretos, los del mundo que le rodea al hombre, obligándole a adoptar un tipo de existencia y no otro.

Dentro de estos problemas están los que plantea nuestra historia. La historia, el pasado, forma una parte principal de la circunstancia de todo hombre. Es la que se encarga de configurarlo, perfilarlo, orientando sus proyectos. Del pasado depende, en gran parte, el éxito o fracaso de los mismos. El pasado perfila al hombre y le hace sentirse capaz o incapaz para una determinada tarea; el conocimiento de este pasado puede ayudar, por esta razón, al hombre haciendo que ajuste sus proyectos a su propia realidad; ajuste del que depende el éxito de los mismos y su ampliación en otros planos. En la historia podremos, así, encontrar la fuente de nuestras fuerzas y la de nuestras debilidades. Ya no es posible que continuemos ignorando nuestro pasado, desconociendo nuestras fuerzas y sus límites, nuestras experiencias. Es menester que contemos con nuestra historia, pues sólo contando con ella podremos considerarnos plenamente maduros. Madurez, mayoría de edad, significa experiencia. El que desconoce su historia carece de experiencia y, quien carece de experiencia es imposible que pueda considerarse maduro y, por lo mismo, responsable. La madurez es signo de responsabilidad y ésta no se alcanza sino por el camino del conocimiento de un pasado que es el símbolo de toda experiencia.

En lo que se refiere a la historia de nuestra filosofía se podrá pensar que no tenemos experiencia alguna, que en ella sólo podremos encontrar esas "malas copias" de que hablábamos al principio de este trabajo. "Malas copias" de los sistemas filosóficos europeos. En efecto, tal será lo que vea y encuentre quien vaya a la historia de nuestra filosofía pretendiendo encontrar sistemas originales semejantes a los europeos. Pero esta actitud sería un mal punto de partida, producto de una mala óptica. Es menester ver esa historia de nuestra filosofía con otros ojos, con ojos propios y adecuados a nuestra realidad.

Cabe que nos preguntemos, ¿por qué no tenemos una filosofía, semejante a la europea? Acaso la respuesta a esta pregunta sea ya una filosofía, puesto que podrá hacer patente un modo de pensar que no ha de tener, necesariamente, que expresarse en formas parecidas a las utilizadas por la filosofía europea. Es menester preguntarnos cuál sea la causa que ha dado origen a eso que llamamos "malas copias" de la filosofía europea. El copiar mal puede ser ya síntoma de algo positivo. Síntoma de lo que ya hemos señalado: síntoma de distinción, personalidad. Hay algo en el americano que se resiste a ser otra cosa que lo que es. Algo que no le permite ser una copia fiel de Europa. Posiblemente en ese ser una "mala copia" está lo que buscamos, el signo de nuestra positividad, lo nuestro, lo personal, lo que nos caracteriza y se niega a ser semejante a un modelo europeo. En eso está, quizá, nuestra buscada americanidad.

Ser una mala copia de algo no implica, en forma alguna interioridad, sino pura y simplemente, diferencia. Podemos decir que somos distintos pero no inferiores. Nunca, por ejemplo, el europeo se ha sentido inferior a otras culturas porque no ha podido reproducir sus sistemas de vida. Así nosotros, reconocer que no somos una buena copia de la cultura europea es reconocer que poseemos una personalidad. Reconocer que, sólo malamente podemos imitar los sistemas filosóficos europeos es reconocer que la forma de nuestras soluciones son diversas de esos sistemas que vanamente tratamos de imitar. Lo que ha resultado no es, así, una "mala copia", sino algo que nos es original, una forma de expresión de lo que podemos realizar si nos proponemos filosofar auténticamente y no repetir sistema alguno. Lo americano se hace patente, aun a pesar nuestro. Por esta razón nuestro filosofar dará origen a una filosofía americana, aun a pesar nuestro, como el filosofar europeo ha dado origen a una filosofía europea

52. Coordinación entre la temática de los problemas europeos y los problemas americanos

Ahora bien, tanto esos temas abstractos, los que aquí hemos llamado universales, como los temas propios, de la circunstancia americana, encuéntranse estrechamente ligados. Al referirnos a unos tendremos necesariamente que referirnos a los otros. Los unos a los otros se explican y aclaran. Ambos deben ser tratados dentro de esta nuestra filosofía. Los primeros serán temas vistos desde una determinada circunstancia; cada hombre verá en ellos todo lo que más se amolde a su circunstancia; enfocará, hará luz, sobre los aspectos que más le interesen en dichos temas, y su interés estará determinado por su modo de vida, ideales, ambiciones, capacidades y limitaciones. De aquí, que al proponerse temas abstractos tenga necesariamente que proponerse temas que le sean propios. El ser, Dios, la vida, la muerte, el espacio, el tiempo y el conocimiento, con ser temas válidos para cualquier hombre o circunstancia, serán también temas que preocupen a los americanos como americanos. De dichos temas no se podrá decir otra cosa que lo que son de acuerdo con un punto de vista americano. Ellos serán lo que el hombre americano piense sobre los mismos.

A su vez, los temas que hemos llamado circunstanciales, los propios de América serán también temas universales por lo que de humano tendrán los mismos. En nuestra circunstancia nos encontramos también con los mismos problemas que han preocupado al hombre de Europa. En toda circunstancia, por el hecho de ser humana, se plantea el problema del ser, Dios, la muerte, etcétera. Como americanos tendremos que preguntarnos por la razón de nuestra existencia como otrora se lo preguntara el griego, el francés o el alemán. También habremos de preguntarnos por la muerte, el conocimiento, Dios, etcétera, porque todos estos temas están en nuestra circunstancia planteándonos problemas.

Lo abstracto y lo concreto, lo teórico y lo práctico, son temas que se complementan formando una unidad inseparable; el uno no podrá ser entendido sin el otro. Ambos dan lugar a un solo y único tema, el del hombre. Éste es el tema patente en toda filosofía, cualquiera que sea el punto de vista desde el cual se enfoque. Por consiguiente, el tema de nuestra posible filosofía será también el tema del hombre. Tema nuestro por ser tratado por hombres americanos, y universal por ser tratado por hombres simplemente.

53. Relaciones entre la teoría y la práctica

Uno de los problemas que más preocupan a la filosofía contemporánea es el de las relaciones entre la teoría y la práctica. De aquí ha surgido uno de los temas que más ha interesado al historicismo el por qué ideas, de carácter aparentemente abstracto, han resultado a la postre con un carácter particular, a pesar de sus pretensiones de universalidad; temas propios de una determinada cultura y no de otra. La causa, el motivo de esto se encuentra en algo que han olvidado muchos intelectuales o filósofos de nuestro tiempo. Y es que toda abstracción lleva como finalidad la de solucionar una serie de problemas concretos, de una vez y para siempre. Los problemas son, en el fondo, problemas de todo hombre, de ese individuo al que se le da el nombre de "hombre de la calle".

La teoría no puede ser otra cosa que el fundamento de la práctica. Toda práctica, para ser más efectiva, para errar menos, para el mejor logro de sus fines, tiene como base un mínimo de experiencia. Experiencia que siempre es abstraída y convertida en símbolo. La acumulación de experiencias se traduce en un símbolo. Éste ahorra al hombre nuevas experiencias permitiéndole progresar en la solución de muchos de sus problemas. Abstracciones simbólicas que permiten al hombre tener una historia; haciendo que hoy no sea lo mismo que ayer ni tampoco lo que será mañana.

Toda teoría trata de captar, en un reducido número de símbolos el conjunto de múltiples experiencias humanas. Por esto la teoría, tal y como la entendían los griegos, era una especie de ver más amplio y a la vez más profundo; trataba de ver todo lo hecho, deduciendo de aquí las enseñanzas de todo posible hacer. De lo hecho se dedujo lo que se podía hacer. De los hechos concretos eran abstraídas las posibles relaciones del hombre con sus circunstancias; las posibles formas de práctica, de aprovechamiento, sobre tales circunstancias.

Pues bien, esto es algo que parece haber sido olvidado por el intelectual en nuestra época. Y es ahora, gracias a los golpes que ha recibido por olvidar sus experiencias, que ha comenzado a hacer problema de su responsabilidad en las consecuencias del tal olvido. En vez de ver en la teoría un fundamento de la práctica, ha hecho de la teoría una especie de juego de salón, un hermoso mosaico de palabras, un divertido rompecabezas, de cuyo conocimiento se ufana.

El intelectual aparece como el poseedor de los secretos de un complicado juego que nadie sabe para qué sirve. Esto ha motivado se le pierda el respeto, que no se le vea ya con la veneración con que se veía a quien se consideraba poseedor de los secretos de la existencia humana y por lo mismo capaz de resolver sus problemas. No se le ve ya con la veneración con que se ha visto al brujo, al sacerdote o al sabio de la antigüedad. Se le admira, sí, pero con la admiración que se puede dar a un malabarista o a un prestidigitador. Los secretos del intelectual no son ya los secretos de la existencia humana, ni aportan nada a la solución de sus problemas. Son tan sólo complicados mecanismos, juegos de palabras que divierten a los que están en el secreto. Se les admira por su destreza en tales juegos; pero han perdido la veneración que se da al que es útil a la sociedad.

Esta situación no puede durar mucho tiempo. El hombre espera siempre que el intelectual le ayude en la solución de los problemas que le planteaba su circunstancia. El intelectual tiene como misión la de abstraer de las experiencias del hombre práctico el instrumental para una más perfecta acción. Sin que se entienda por tal una acción de tipo puramente material, sino de una acción con y sobre la circunstancia, en la cual se encuentra lo que llamamos espiritual, la religión, la moral, etcétera. El intelectual debe dar los instrumentos para una práctica material y espiritual. Pero ha sido precisamente lo último, lo espiritual, lo que el intelectual ha abandonado al criterio del "hombre de la calle". El hombre común y corriente debe resolver sus problemas sociales y morales; la consecuencia ha sido la anarquía. Porque era poco probable que cada hombre abstrajese de sí mismo las formas de práctica social y moral; en realidad, lo único que ha podido abstraer es un tipo de práctica de acuerdo con sus limitados intereses. El resultado ha sido la imposibilidad de una auténtica práctica social: la vida social es imposible donde cada individuo resuelve sus problemas sociales y morales de acuerdo con sus limitados intereses olvidando a la sociedad.

Así, puede extrañarnos que el hombre, falto de soluciones para los problemas más graves de su existencia, como lo son los de la sociedad, la convivencia, se entregue al primero que le ofrezca la solución de tales problemas. Falto de cabezas, sin intelectuales que se preocupasen por sus problemas, se entrega a los "iluminados", a los que gritan que su destino es salvar a la sociedad acabando con la ya insoportable anarquía. Pero esto no ha podido llevar más que al extremo opuesto, a la destrucción de la individualidad. Se acababa con la anarquía; pero también con el hombre. Se habló de salvar a la sociedad; pero a costa de hacer del hombre una partícula de la "masa". El individuo deja de ser tal para convertirse en un simple medio para un fin que le es plenamente ajeno como hombre concreto.

54. La metafísica como base para una teoría social

El hombre es un ente esencialmente individual y social. Es al mismo tiempo un individuo y un conviviente. Para ser auténticamente hombre debe saber guardar el equilibrio entre estas opuestas formas de su ser. Debe estar, como diría Aristóteles, en un justo medio. La ruptura de este equilibrio da origen por un lado a la anarquía, si el peso se carga extremadamente en el individuo con perjuicio de lo social; por el otro a lo que llamamos totalitarismo, si se olvida al individuo y sólo cuenta lo social. La forma cómo guardar el equilibrio y cómo salvar al individuo y a la sociedad, ha sido uno de los temas principales de la filosofía. Problema que se ha venido planteando desde los orígenes de ésta. Dicha filosofía ha girado en torno a las relaciones entre el individuo y el Estado, el individuo y la Polis. Es un problema que se ha planteado dentro de la llamada filosofía política.

La filosofía se ha venido preguntando por la forma de relación entre el individuo y la sociedad, por la forma de organización de la convivencia. El órgano encargado de organizar dichas relaciones ha sido el Estado. Éste ha tenido como misión guardar el equilibrio entre el individuo y la sociedad, de aquí que la filosofía se haya planteado en primer lugar sobre lo que el Estado debe ser para realizar sus fines. Entre estas preocupaciones está la que pregunta ¿quién debe gobernar?; es decir, ¿quién debe encargarse de establecer dichas relaciones? De quien sea el que gobierne o ha de gobernar depende el que se establezcan determinadas relaciones sociales, el que se guarde o no el equilibrio que es menester. Del gobernante depende, en gran parte, que la sociedad se incline hacia el totalitarismo o hacia la anarquía. De su capacidad, de su fuerza moral y material, depende el que se guarde o no el equilibrio, en que se permanezca o no en el "justo medio". Todo gobernante debe justificar la forma de ordenamiento que imprima a la sociedad. La justificación puede ser moral o simplemente material. El filósofo se ha preocupado siempre por encontrar las bases morales de tal justificación; la política es siempre un reflejo de la moral de los individuos. El Estado no hace otra cosa que reflejar el sentido que sobre la vida tienen sus gobernados; de donde surge la necesidad de establecer bases morales que al mismo tiempo que corrijan al individuo corrijan al Estado.

Tales bases son buscadas por la filosofía. En el fondo toda abstracción filosófica tiene como finalidad resolver los problemas que se plantean al hombre en estas dimensiones. La filosofía trata de encontrar las bases por medio de las cuales se logre el equilibrio entre el individuo y la sociedad. La obra de los grandes filósofos nos muestra cómo toda abstracción metafísica culmina en una política y una ética. Son muchos, y de alcurnia, los ejemplos de filosofías en las cuales la metafísica no es otra cosa que la base sobre la cual se alzan los principios para una práctica social, una política. Desde sus orígenes la metafísica se va presentando como justificación política. Esto es lo que sucede en la filosofía de Platón, cuya teoría de las ideas tiene como fin salvar el mundo, político, griego, entonces en crisis. La teoría de las ideas sirve de base a la teoría política establecida en la República. Las ideas vienen aquí a justificar a la República platónica. Otro ejemplo lo es La Ciudad de Dios de San Agustín, donde la comunidad cristiana, la Iglesia como forma de gobierno espiritual, queda justificada por Dios, ente metafísico. Otros ejemplos nos los ofrecen las llamadas Utopías del Renacimiento, en las cuales el racionalismo justifica formas de gobierno que han originado las democracias actuales. En el Discurso del Método de Descartes se puede encontrar la metafísica que más tarde justificaría a la Revolución Francesa. El materialismo histórico es otro ejemplo, muy cercano a nosotros, que muestra la preocupación política de la filosofía al justificar formas de gobierno como el socialismo y el comunismo. El mismo totalitarismo ha querido buscar una justificación filosófica en Nietzsche, Sorel o Pareto. Como estos ejemplos son muchos los que podríamos aducir en favor de la tesis de que por lo general las abstracciones metafísicas tienen como finalidad una práctica social. Lo teórico está siempre en relación con lo práctico, es su complemento esencial.

55. Ruptura de las relaciones entre el plano teórico y el práctico en la cultura europea

Lo anterior muestra cómo el plano teorético y el plano práctico se complementan, por lo que deben estar siempre estrechamente unidos. Desconocer tal cosa da lugar a un desajuste en la vida social y en el individuo. Una humanidad sin ideas que justifiquen sus actos materiales, poco podrá diferenciarse de la animalidad. La filosofía tiene como misión la de abstraer estas ideas de la propia realidad que la circunda elevándolas a modelos que sirvan de guía y justificación a los actos puramente materiales.

Nuestra época parece caracterizarse por haber roto la relación existente entre la teoría y la práctica. Parece ser que la cultura europea, la cultura occidental, se encuentra en crisis, debido a la ruptura de esta relación. La teoría parece no tener que ver nada con la práctica. El hombre, falto de una teoría moral o política ha querido resolver por sí mismo los problemas que le planteaba su individualidad y su sociabilidad a base de una práctica pura, sin justificación moral alguna. El resultado ha sido el dominio de la fuerza bruta, pues una práctica sin teoría que la guíe y justifique no puede ser otra cosa que esto.

El plano metafísico y el plano político, rotas sus relaciones se han transformado, el primero en lo que nos ha parecido una especie de juego malabar, el segundo en un amasijo al servicio de impulsos puramente animales. El hombre ha quedado abandonado a sus propios impulsos; falto de ideas, o valores, que le sirvan de modelo o finalidad de sus actos, no sabe hacia dónde dirigir su acción. Las diversas crisis sufridas por la cultura occidental han tenido su origen en la falta de coordinación entre el mundo de las ideas y el mundo de la realidad. Cuando las ideas dejan de justificar a la realidad, ésta pierde su sentido humano y es menester, entonces, buscar nuevas ideas, nuevos valores, que justifiquen nuevamente a la realidad. La realidad tiende a cambiar y con ella deben cambiar sus justificaciones ideales. Ésta debe ser la labor del intelectual. Tiene que adaptar las ideas a este cambio. Si no las ideas ayer vivas se convierten en artefactos, en algo muerto e inútil, sin sentido para el hombre común. El intelectual que sigue jugueteando con estas ideas sin buscarles un nuevo sentido, es como un maniático, el poseedor de un instrumental inútil.

Las crisis han sido siempre crisis de ideas; la solución de las crisis sólo pueden darla nuevas ideas. El hombre, tanto en su aspecto individual como en su aspecto social, ha recobrado el equilibrio necesario gracias a una metafísica que le ha servido de justificación modelo y guía. La historia de la cultura occidental no es otra cosa que la descripción de las diversas crisis sufridas por el hombre al no coordinar ya el plano metafísico con el plano de la realidad. La cultura europea ha ido de crisis en crisis buscando su salvación unas veces en las ideas, otras en Dios, otras en la razón, hasta llegar a nuestros días en que parece que se ha quedado sin ideas, sin Dios y sin razón; ahora ésta su última justificación —la razón— le ha fallado, no le satisface ya. En vez de ser una solución se ha convertido en un problema. Se ha vuelto a escindir el campo de lo real y lo teórico, el del hombre y el de sus ideas.

La cultura está pidiendo nuevas bases sobre las cuales apoyarse Ahora bien, esta petición parece, desde el punto de vista de hombres en crisis que somos, de difícil solución. Una vez eliminadas las ideas, Dios y la razón, parece difícil que haya algo que venga a resolver los problemas de la crisis actual. Sin embargo, como se ha dicho, éste es un punto de vista de hombres en crisis. Y no podría ser de otra manera, porque si considerásemos fácil resolver favorablemente la petición hecha por la cultura para salvarse ya no seríamos hombres en crisis, puesto que seríamos poseedores de la solución anhelada. Pero el hecho de que aún no tengamos tal solución, no quiere decir que no sea posible llegar a obtenerla, aunque de pronto no tengamos la más remota idea de qué clase de solución ha de ser. Otros hombres, al igual que nosotros, se han encontrado en otras épocas igualmente en crisis. Han sentido el mismo desaliento y pesimismo al ver que se derrumbaban valores en los cuales habían puesto plena confianza. De seguro han pensado que derrumbados tales valores no habría ya otros que los substituyesen. Es seguro que difícilmente el heleno pudo imaginar que la crisis cultural de que fue testigo tuviese la solución que tuvo. Lo mismo podemos pensar del hombre medieval al entrar en crisis, no podía pensar que la razón iba a sustituir a la divinidad. Igual pasará ahora, ignoramos qué valores substituirán a los que hemos visto están derrumbándose; pero por experiencia histórica sabemos que la cultura encontrará nuevos valores —muchos de los cuales ya se apuntan— sobre los cuales volver a levantarse.

56. La posible tarea de una filosofía americana

Ahora podemos decir ya cuál puede ser la tarea de una posible filosofía americana. La cultura universal, hemos visto, necesita de nuevos valores sobre los cuales apoyarse. Dichos valores tendrán que ser abstraídos de las nuevas circunstancias en que el hombre se encuentra. Serán el resultado de nuevas experiencias humanas. América, por su posición particular, puede aportar a la cultura la novedad de sus experiencias. Experiencias nuevas por ser propias de América. Experiencias que hasta ahora no ha tomado en cuenta la cultura occidental. Es menester qué América diga al mundo su verdad; pero una verdad sin pretensiones, una verdad sincera. Cuanto menos pretensiones tenga será más sincera, propia y personal. No pretendamos que América se erija en directora de la cultura, sino simplemente que haga cultura. Porque hacer cultura es resolver simple y llanamente los problemas del hombre. Esto es lo que América debe intentar, resolver los problemas que actualmente se presentan al hombre en general y a los americanos en particular, pero resolviéndolos desde su punto de vista, desde el punto de vista de sus propias necesidades.

Ahora, como ya sucedió en otros tiempos, la esencia del hombre se encuentra amenazada. Su esencia, está en ese justo equilibrio entre lo individual y lo social. Este equilibrio ha sido roto surgiendo la anarquía y los totalitarismos. Es menester encontrar nuevos valores que hagan que el hombre recupere el equilibrio. Es menester encontrar una nueva justificación valorativa, que haga posible la convivencia sin menoscabo de la persona. Es sobre estos temas que América acaso pueda decir algo dando a conocer inexplotados puntos de vista. Pero para que sean auténticamente suyos es menester que rechace todo sentimiento de inferioridad, todo posible resentimiento, exponiendo sus puntos de vista como el que sabe que está diciendo una verdad, su verdad. Esta verdad no podrá ser ni inferior ni superior a otra, será su verdad, su auténtica y sincera verdad.

El hombre de nuestro tiempo necesita de una nueva teoría que justifique su vida práctica y le dé sentido. Parece que la relación entre una y otra ha quedado rota, no coordinan ya. Lo metafísico parece reñido con la realidad, lo ideal con lo real. Es necesario una nueva coordinación entre estos dos planos. Es menester que el hombre vuelva a comulgar con sus ideas, de no ser así no pasará de ser un mutilado, un inútil. Su única utilidad será de tipo maquinal dando lugar al automatismo, a la deshumanización, a la ciega masificación del hombre.

Una posible filosofía americana deberá tratar de alcanzar una nueva coordinación de los campos metafísico y real. El mundo necesita de esta coordinación y América debe cooperar en ello. Sólo así podrá ser dignamente responsable mostrando que ha llegado a su mayoría de edad. No debe detenerla el temor de un supuesto fracaso, ni tampoco exagerar sus pretensiones partiendo de una supuesta superioridad. Tal cosa no implicaría sino que aún se siente inferior o resentida. Debe, pura y simplemente, alcanzar la coordinación anhelada.

En esta forma no sólo resolverá sus propios problemas, en lo mucho en que tales problemas le tocan por su relación con la cultura occidental en crisis, sino, además tomará el justo puesto que le puede corresponder en esta cultura y en lo que hemos llamado cultura universal, en la que se conjugue la cultura de todos los pueblos. Será a partir de este momento que el mundo, como dice nuestro Alfonso Reyes, empezará "a contar con nosotros".

NOTAS

  • (1) J P. Sartre, Situations, Il. París: Gallimard, 1948.
  • (2) Véase mi libro La filosofía como compromiso. México: Tezontle, 1952.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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