Gabriel Vargas Lozano

 

LEOPOLDO ZEA (1912-2004)

IN MEMORIAM.

El pasado martes 8, murió, en la ciudad de México, a unos cuantos días de cumplir los 92 años de edad, el querido maestro y filósofo Leopoldo Zea. Su desaparición sorprende con tristeza en una lluviosa tarde de junio. Nos habíamos acostumbrado a verlo activo, extraordinariamente lúcido, regresando del último congreso de estudios latinoamericanos en Moscú, Colombia, Beijing o Tokio. ¿De dónde sacaba tanta energía de vida? –nos preguntábamos-.

A fines del año pasado, nos había acompañado, como figura principal, en dos actividades de la Asociación Filosófica de México, de la cual había sido su Presidente: en la conmemoración del Segundo Día Internacional de la filosofía, que celebramos el 21 de noviembre en la Universidad Autónoma Metropolitana y días más tarde, en la inauguración del XII Congreso Nacional de Filosofía que se llevó a cabo en la Universidad de Guadalajara, bajo el tema central de “La filosofía frente a los desafíos del siglo XXI”.

En esas y otras muchas oportunidades pude encontrarme con el doctor Zea y siempre aprecié su fineza de trato, su afabilidad y firmeza de sus convicciones. Por cierto, recibió, en forma merecida, muchos honores (Premio Nacional; Medalla Belisario Domíguez; doctorados honoris causa de muchas Universidades de América Latina y Europa) y a pesar de que parecía un general cargado de condecoraciones, conservó una sencillez que lo enaltecía.

Siempre reconoció (y en forma más frecuente en los últimos años) a José Gaos como su maestro. En efecto, el gran filósofo transterrado, quien sostenía que la filosofía, en último término, era una “confesión personal” abrió, en los cuarenta, una senda para la filosofía mexicana e hispanoamericana: la del rescate histórico de nuestras tradiciones filosóficas, olvidadas o marginadas por una cultura dependiente, con el propósito de encontrar, bajo la inspiración de Ortega y Gasset “la filosofía que nos era propia”. Gaos convenció a Zea de que en lugar de estudiar a los pensadores griegos “porque sería difícil decir algo más que lo que habían dicho sobre ellos Zéller, Burnet o Jaeger y porque, si esto fuera posible, en todo caso, sería más útil reflexionar sobre la forma en que la filosofía universal ha incidido en nuestras sociedades”.

Fue por todo ello que Zea, trabajando en ese camino, dio lugar a una obra clásica: Apogeo y decadencia del positivismo en México, entre 1943 y 1944. Zea da cuenta, en esa obra, de las razones por las cuáles el grupo de intelectuales alrededor de Juárez, encabezado por Gabino Barreda, consideraron que la orientación que debería ser seguida por la República Restaurada era la de Augusto Comte; analizó su influencia en el porfiriato; evaluó la reacción de Justo Sierra a partir de Spencer y las críticas del “Ateneo de la Juventud” encabezado por dos figuras espiritualistas: Antonio Caso y José Vasconcelos. Pero Zea ya tenía en mente su propuesta de una filosofía de y para nuestro continente y en 1945, publicó, En torno a una filosofía americana. A lo largo de su desarrollo, esta tesis fue objetada por otras corrientes filosóficas que negaron que pudiera haber una filosofía cuyo contenido e identidad fuera americana, o mejor, latinoamericana. Esta polémica sigue presente aunque está ya muy decantada y no podría hacer justicia aquí, a las diversas posiciones existentes. A mi juicio, hay filosofía de y en Latinoamérica.

Para Zea, la filosofía debe plantear y proponer vías de solución a los conflictos de nuestras circunstancias. Pero la filosofía no sólo debe ser compromiso sino también “conciencia lúcida de nuestra condición deprimida como pueblos y pensamiento capaz de desencadenar y promover el proceso de esa condición” –dirá más tarde-. Lo que se encuentra en juego aquí es una versión del historicismo, dominante en los años cuarenta y cincuenta y sobre la cual podemos debatir aunque no se podría negar que las grandes filosofías han tenido esa función desde Sócrates a nuestros días. Por cierto, el historicismo y el existencialismo se plantearon en México, bajo la guía de Gaos y Zea, dos sendas de reflexión: la “filosofía del mexicano”, que fuera desarrollada por el grupo Hiperión y que desembocara en un callejón sin salida; y la “filosofía de lo mexicano” que se mantiene hoy, con otros acentos, como filosofía de la cultura. De todas formas, Zea mantuvo su proyecto de rescatar la historia de las ideas en Latinoamérica y para ello creó instituciones (el colegio de estudios latinoamericanos en la UNAM y diversas asociaciones internacionales como SOLAR y FIEALC) así como su reflexión en torno a los proyectos políticos e ideológicos que han normado a las sociedades latinoamericanas. Sus grandes batallas filosóficas fueron: oponerse a la dependencia teórica (coincidiendo con la teoría de la dependencia propuesta por Faletto y Cardoso); rescatar a nuestros pensadores-héroes como Martí o Bolívar; profundizar en la conciencia e identidad latinoamericana y buscar, en forma constructiva, tanto una filosofía de la historia como una filosofía del hombre.

Estas batallas siguen siendo válidas e importantes. Si se borra la historia, se borra la memoria y nunca podremos abonar el terreno para que florezca una reflexión original y auténtica. Es por ello que, cuando el filósofo peruano Augusto Salazar Bondy, publicó su incisivo libro titulado ¿Existe una filosofía de nuestra América? considerando que lo que se había hecho en nuestras tierras era pura copia de las filosofías europeas (desconociendo y negando, en forma injusta, las aportaciones que se habían realizado) Zea publicó su respuesta en el libro La filosofía americana como filosofía sin más, considerando que lo que importaba prioritariamente era explicar el papel ideológico, ético y cultural que indudablemente había tenido y tiene la filosofía en nuestras sociedades.

Podemos hoy estar o no de acuerdo con su versión del historicismo; con el peso específico que le asigna a la conciencia o con su forma de entender la filosofía con relación a la producción científico-social de Latinoamérica, pero no podemos rechazar los problemas que están detrás, exigiendo nuevas y renovadas soluciones. Es por ello que falta un balance más sereno y completo de su aportación, para comprender mejor sus razones y, acaso, aprender de ellas.

En su último periplo, registrado en la obra colectiva, Visión de América Latina (IPGH,FCE,México, 2003) y que fuera, sin proponérselo, la despedida del maestro, habla de la dialéctica de la esperanza y la desesperanza que producen los dramáticos acontecimientos de la actualidad. Hoy se vive “un mundo lleno de conflictos que ya he vivido, -nos dijo en el importante acto organizado por la UNAM- así como he vivido la forma cómo han sido superados regresando la esperanza: para esto, quisiera vivir más ahora”.

Al maestro Zea, viajero incansable, le llegó la hora del descanso sin poder cumplir su propósito. Ya no podremos continuar el diálogo vivo aunque, para nuestra consolación, nos ha legado una filosofía de vocación universal pero indeleblemente latinoamericana.

 

[Publicado originalmente en el suplemento cultural El Ángel del periódico Reforma, 13 de junio de 2004.]

Gabriel Vargas Lozano
México, D.F. Junio de 2004

 

© José Luis Gómez-Martínez
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