Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Algo personal"

Empiezo por ofrecer disculpas a Patricia Guevara por hablar de algo personal en este espacio en el diario Excelsior que está a su cargo, pero no puedo dejar de hacerlo porque me siento molesto, irritado, y por ello intransigente e intolerante cuando me niego a oir a mi familia y a mis amigos hablar de algo que no quiero oir. Les pido su perdón por esto.

¿Qué es lo que me irrita y me hace ser como no debiera ser? Los sucesos en los que parece terminar lo iniciado en enero de 1994. De ello he hablado constantemente, y ahora insisto como algo de mi estricta y personal experiencia y, por esa razón, de mi absoluta responsabilidad. Hablaré de la forma en que he asimilado esta experiencia en mi ya larga vida.

Mis vivencias de la Revolución, y la historia del pueblo que la hizo posible, fueron a través de los relatos de mi abuela materna Micaela que me hablaba de Juárez, Maximiliano, Porfirio Díaz y de todo lo que antecedió a lo que estaba ocurriendo en mi infancia; mi memoria, que parecería precoz, considero que es natural en todo niño.

Por mi memoria pasa la tragedia de 1913 dirigida a detener la revolución puesta en marcha. Tiempo después, recuerdo la entrada a la ciudad de México de Zapata, Villa y Carranza, que presencié montado sobre los hombros de mi madre o tomado de la mano de mi abuela. También está mi nunca olvidado recuerdo de la ropa ensangrentada de Emiliano Zapata, expuesta en un escaparate de la entonces calle de Plateros con la leyenda: “Fin de un bandolero”.

Mi abuela me hablaba de la historia anterior a la Revolución, de las guerras entre conservadores y liberales. También de su experiencia en el Castillo de Chapultepec donde vio a Maximiliano y Carlota, mientras mi abuelo combatía al Imperio, comandando un grupo de la caballería de Porfirio Díaz.

Micaela, mi abuela materna, era una criolla bajita, de ojos muy claros enmarcados por una cabellera que debió de ser de hilos de oro, aunque sólo la recuerdo con hilos de plata. Me hablaba de “Tacho”, el abuelo, y con admiración de su suegra, una recia india tlaxcalteca, quien se enfurece dentro de mí cuando se habla de leyes que marginen a su gente, y que me grita que también es mi gente. “Polito, no permitas que me saquen de ti y me confinen en una reservación. ¿Qué vas a ser sin mí como parte de tu identidad?”. Debo confesar que de allí me viene la admiración por Beatriz Paredes, que pienso que es como debió haber sido mi bisabuela.

Durante mi infancia y mi adolescencia vi entrar y salir a grupos de revolucionarios, primero para poner fin a la tiranía encarnada en el mismo Porfirio Díaz, junto a quien mi abuelo enfrentó la injerencia externa. Después, luchando entre sí por imponer sus peculiares y diversos intereses, que eran tan diversos como el color de sus rostros. Presencié, a la vez, la revolución hecha gobierno —de esto ya fui plenamente consciente—, que se empeñó en poner fin a esas diferencias, con lo que pensaba que la justicia había sido lograda. ¡No era así!, pues aún quedaba mucha gente como mi bisabuela a la que la Revolución no había llevado la justicia.

Ha sido sobre esta injusticia que se ha montado la trampa que permite nuevamente confinar a gente como mi bisabuela. La misma gente que a lo largo de tres siglos fue marginada por la Colonia, pese a que era pueblo mestizo y que, por lo mismo, fue fácilmente asimilado por los pobladores de estas tierras.

El nuevo empeño marginador lo origina la globalización que obliga a conciliar la diversidad de intereses de los diversos pueblos que habitan la tierra. La resistencia a esta integración la sostienen las potencias occidentales que, a partir de 1492, impusieron su hegemonía a lo largo de la tierra.

Se resisten a compartir el extraordinario desarrollo mundial que ha sido alcanzado con la expansión y el sacrificio de gente que sufrió para lograrlo. Ponen igual resistencia al empeño integrador de los gobiernos que originó la Revolución Mexicana, por grupos del mismo que se beneficiaban de ella unidos a la injerencia externa.

El 1 de enero de 1994 se puso en marcha la provocación, como una revolución, que fue transmitida por todos los medios de comunicación nacionales e internacionales. La encabezó un “sin rostro”, pero le dio sentido el obispo Samuel Ruiz, haciendo patente la centenaria injusticia hacia los “más pobres de los pobres” allí marginados.

Esta injusticia va a ser perversamente instrumentada por las fuerzas que no quieren saber de la emergencia de los pobres. De tal índole son los Acuerdos de San Andrés que, si bien reconocen la peculiar identidad de esta gente, confinan a los que la portan.

“Todos los hombres son iguales por la razón —decía el filósofo de la Modernidad Renato Descartes—, pero distintos entre sí por sus accidentes”. Esto es, por su raza, cultura, hábitos, lengua, sexo y edad. Todos iguales por la razón, pero cada uno en su lugar, de acuerdo con su peculiar concreción.

Frente a Descartes se afirmó: “Todos los hombres son iguales por ser distintos. Pero no tan distintos que unos puedan ser más hombres que otros”. Iguales por ser distintos, pero con los mismos derechos en cualquier lugar. El derecho es lo que garantiza esta igualdad. Y el derecho lo establece la gente poniéndose de acuerdo, y no una entidad superior.

En 1994, en Chiapas, se montó la ficción de una guerra que duró unos días, a la que le siguieron las pláticas de paz que duraron siete años. Se habló de la identidad de los indígenas como de algo que les separa y margina del resto de la nación, formada por gente igualmente diversa.

El presidente Vicente Fox pone fin a la ficción al mostrarla como tal, y la supera con otro espectáculo: el “Zapatour”, que recorre el centro del país con la misma cobertura de los medios que dieron origen a la ficción. En el “Zapatour” se habla de la incorporación de los indígenas aceptando las supuestas demandas de los Acuerdos de San Andrés.

Marcos participa en el Zapatour, como Marcha de la Dignidad Indígena y, ante el grupo de intelectuales europeos que le acompañaron en la marcha, declaró lo siguiente: “Los pueblos indios hemos venido para darle cuerda al reloj y asegurar que llegue el mañana incluyente, tolerante y plural que, dicho sea de paso, es el único mañana posible”. Palabras que niegan lo plasmado en los Acuerdos de San Andrés.

¿Fue esto lo que quiso decir Marcos ante el pleno del Congreso de la Nación? Y aunque pudo insistir fuera de ese recinto no lo hizo. Al contrario, aceptó que los comandantes del ezln dijesen ante las Comisiones del Congreso lo que él no quería decir. Con todo respeto y dignidad, los comandantes reclamaron su derecho a ser diferentes, como lo somos cada uno de los mexicanos, pero aceptaron como única posibilidad de este reconocimiento los Acuerdos de San Andrés. Paradójicamente aceptaban, en defensa de su identidad, su propia confinación. La separación de los indígenas del resto de los mexicanos.

Frente a esta aceptación viene a cuento otra experiencia, la que viví en 1945 cuando por primera vez salí de México hacia la Biblioteca del Congreso en Washington para compilar material para mi primer libro sobre nuestra América. Salí en un autobús estadounidense que partía de Laredo. Al fondo de ese transporte iba gente de color. Pretendí sentarme allí y la misma gente me dijo: “Éste no es su lugar, sino adelante”. El autobús se detuvo en una cafetería que tenía un letrero en la entrada que decía: “Se prohíbe la entrada a perros, negros y mexicanos”. Sentí la misma rabia que ahora siento.

Para continuar el acopio de material fui a la Biblioteca de Austin, Texas. Necesitaba alojamiento y me enviaron a un lugar donde fui fácilmente recibido. Preguntaron por mi origen. “Soy mexicano”, dije. “¡No, usted debe ser español!”, replicaron. “Soy mexicano”, contesté. “Lo sentimos, pero tendrá que ir al barrio de los mexicanos”. Así lo hice y con gusto.

Todo esto ha cambiado en Estados Unidos, pese a la gran resistencia de algunos. Los diversos grupos marginados, por su raza, cultura, situación social, sexo, edad y costumbres se unieron para luchar contra esta situación y la han cambiado. Todos son ciudadanos de Estados Unidos y, como tales, los ampara la Constitución en donde no se habla de las diferencias por las que eran excluidos. Todos son estadounidenses con los mismos derechos.

Nuestra Constitución, promulgada en 1917, sólo habla de mexicanos. Sería criminal cambiarla para hablar de derechos especiales para los llamados indígenas, legalizando así la centenaria injusticia que se viene imponiendo a nuestra gente.

Los Acuerdos de San Andrés —se dice— no dividirán a la Nación. Por supuesto, de aceptarse se pondrá fin a las demandas que podrían originar otros Kosovos. Igualmente se recibirán inversiones que impedirán tales demandas. Todos iguales, pero cada uno en su lugar.

Que sepamos, no existen leyes que impidan que los mexicanos se vistan con trajes típicos del folklore indígena o usen botas rancheras. Tampoco hay prohibiciones para hablar las más diversas lenguas, como tampoco que se busque la manera de hacerse entender por unos y por otros. ¿Por qué cambiar la Constitución para garantizar todo esto? Lo que se necesita son reglamentos que garanticen a todos los mexicanos los derechos expresos en la ley.

Los comandantes del ezln alegaron que, pese a la Constitución, no reciben el trato que como mexicanos deberían tener. “Porque en la Constitución no se habla de nosotros los pueblos indígenas”. Pero tampoco se habla de criollos, negros, mestizos, ni de sexos, edad, usos y costumbres. Sólo en la Colonia se dividía a los mexicanos por la diversidad de sus etnias y combinaciones raciales. La ley tampoco habla de mí en concreto, ni de ustedes, habla de todos como mexicanos y de nuestros ineludibles derechos.

La responsabilidad de que se respeten esos derechos, la tenemos cada uno de nosotros. Por ello duele e irrita el supuesto y festejado triunfo de la trampa, montada sobre la misericordia que se busca para los marginados, y que ha sido tendida a esos dignos mexicanos llamados indígenas. En nombre de su dignidad se ha permitido la injerencia externa para imponer reservaciones que impidan su destrucción como especies en peligro de extinción, o sean parte del patrimonio nacional de las grandiosas ruinas de sus antepasados.

“Nada más sin ustedes”, ha dicho el presidente Vicente Fox. Espero que se refiera a todos los mexicanos. Y que en el Congreso de la Nación, se impidan cambios en la Constitución que nieguen a los que dieron origen a la Revolución. Que no se ignoren las demandas de justicia de los diversos grupos de mexicanos que participan en la nación.

(Excelsior, 15 abril de 2001)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces