Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Mi experiencia en la Secretaría
de Relaciones Exteriores"

En 1960, el presidente de la República, Adolfo López Mateos, me designó director general de Relaciones Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores con carácter de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario hasta 1966. La Secretaría de Relaciones Exteriores estaba a cargo del embajador Manuel Tello y mi tarea era organizar la Dirección confiada a mi cargo.

Terminaba con esto la tarea que me había encomendado el presidente Adolfo López Mateos en 1958, poco después de asumir la presidencia de la nación, cuando creó el iepes, Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales del pri, y me designó su director. Mi tarea sería organizar esa institución política, de acuerdo con el presidente del Comité Ejecutivo del Partido, el general Alfonso Corona del Rosal. El presidente Adolfo López Mateos, desde el iepes, pondría en marcha la “democratización” del pri, una vez terminada la función concertadora de los revolucionarios iniciada en 1929. Encargo incumplido porque políticamente se consideró que aún no era tiempo.

Mi segundo encargo en la Dirección General de Relaciones Culturales era participar, desde el ángulo de la cultura, en la tarea que se había impuesto el presidente López Mateos de incorporar a México en el ámbito internacional que le correspondía, una vez que la Revolución armada se institucionalizaba. De esta experiencia hablaré.

Quiero exponer por qué fui honrado con este doble encargo político y cultural. ¿Cuáles eran mis antecedentes? Sólo uno, mi colaboración en periódicos nacionales, donde tuve el privilegio de escribir críticamente. Muy joven, entre 1933 y 1935, colaboré en El Hombre Libre, que dirigía Diego Arenas Guzmán, enfrentando el “Maximato” del presidente Plutarco Elías Calles, que se designó jefe máximo de la Revolución.

En 1955 trabajé en Novedades, fundado por Rómulo O’Farrill y dirigido por su hijo en la etapa del gobierno del presidente Miguel Alemán, quien puso en marcha la institucionalización de la lucha revolucionaria iniciada en 1910. Las metas a realizar eran la política expresa en “Sufragio efectivo, no reelección” y la social en la demanda de Emiliano Zapata, “La tierra para el que la trabaje”. Metas cuya realización se iba aplazando con el pretexto de que primero había que crear la riqueza. La propuesta del presidente Adolfo López Mateos fue la de “un equilibrado reparto de sacrificios y beneficios”.

Ahora lo hago desde 1996, en Excelsior. Tiempo en que se ha puesto en marcha la posibilidad de la realización de la “democracia y el desarrollo”, después de una larga tarea para vencer los obstáculos.

A Adolfo López Mateos lo conocí en 1945, cuando fui invitado a participar en una plenaria del pri y a hablar del “Papel del intelectual en la política”. López Mateos era uno de los secretarios del Partido. Nos encontramos varias veces, teníamos la misma edad, nacidos en 1912, y casi las mismas experiencias. López Mateos era, como yo, admirador de José Vasconcelos, y sin conocernos apoyamos al Maestro cuando se lanzó en 1929 para la presidencia de la República; coincidíamos en política y cultura.

Adolfo López Mateos me llamó y me dijo: “Zea, vamos a hacer realidad nuestras pláticas: cuando le pregunte algo, no me diga ‘lo que usted quiera señor’. Contésteme con franqueza y yo le diré mis motivos para aceptar o no sus insinuaciones”. Me encontré con él varias veces en el año. En ambos encargos le dije: “Necesito seguir escribiendo”. “¡Hágalo —contestó—, diga lo que yo no puedo decir!”.

¿Tenía yo alguna experiencia en el campo político y cultural? Política sólo la que había vivido desde mi infancia, lo visto con mis ojos, los rostros de revolucionarios cuando llegaban a la capital, que miré sobre los hombros de mi madre o de la mano de mi abuela: vi a Emiliano Zapata, Francisco Villa, Venustiano Carranza, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Nunca olvidaré la ensangrentada ropa de Zapata, en un escaparate de Plateros, con la leyenda: “Fin de un bandolero”.

Y en el campo cultural, ¿qué experiencia tenía? La misma: lo que veía o sentía donde se confundía lo político y lo cultural. Así fue cuando sentí que me “dolía” España envuelta en la brutal guerra civil que anticipaba la segunda Guerra Mundial.

La República Española fue derrotada. El presidente Lázaro Cárdenas no sólo dio asilo a los intelectuales republicanos sino también les creó el ámbito en el que pudiesen continuar lo que había sido truncado. Así se fundó La Casa de España en México. Allí llegó José Gaos, que sería mi Maestro por excelencia. En la Facultad de Filosofía y Letras de la unam asistí a las clases de varios de los maestros españoles en “transtierro”, como diría José Gaos. Un día éste me pidió me identificase después de haber leído un trabajo que había encargado a sus oyentes.

Otro día me llamó en un aparte y me dijo: “Zea, lo vengo observando y tiene usted un rostro de tremendo cansancio, ¿por qué?”. Supo las causas y habló con Alfonso Reyes, presidente de La Casa de España en México. Gaos lo convenció de que fuera su primer becario.

Me llamó Daniel Cosío Villegas, secretario general de la Casa, y me propuso una beca. Debería dejar mi trabajo como mensajero en Telégrafos Nacionales y mis estudios en Derecho. Sólo estudiar filosofía, mi tutor sería José Gaos. Acepté de inmediato. “Piénselo bien, porque se va a morir de hambre”, me dijo Cosío Villegas.

De la Universidad Nacional Autónoma de México, donde venía estudiando desde la preparatoria, obtuve la base de lo que he podido hacer en el campo cultural. La Universidad había sido castigada por haber salido de ella el apoyo de los jóvenes a la candidatura de José Vasconcelos para presidente de la República. La “Autonomía” reclamada por sus estudiantes fue concedida como un castigo, pues debería atenerse a sus propios recursos que eran nulos. Fue en 1952 cuando el presidente Miguel Alemán la rescató para institucionalizar la Revolución.

En El Colegio de México —en que se transformó La Casa de España— y en la Universidad Nacional Autónoma de México alcancé mi formación. En 1945 presenté la maestría y el doctorado con la tesis sobre “El positivismo en México”, que dirigió Gaos.

Debería continuar lo mismo pero a nivel continental, contando con el apoyo de la Fundación Rockefeller. En la primera mitad de 1945 visité bibliotecas en Estados Unidos, donde encontré abundante material. La segunda mitad de 1945 y la primera de 1946 visité toda la América Latina y en vivo conocí la región y la gente que sería objeto de mi trabajo.

Conocí también Cuba en el Caribe. Así escribí mi primer ensayo sobre “El pensamiento latinoamericano” y conocí a la gente que integré en un trabajo común sobre la historia de nuestras ideas, como Gregorio Weinberg, Arturo Ardao, João Cruz Costa, Germán Arciniegas, Francisco Miró Quesada y otros muchos.

Me faltaba mucho por conocer: Europa, Asia, África y Oceanía. ¿Demasiada ambición? Envié mi trabajo sobre el Positivismo, por consejo de Gaos, al filósofo británico Arnold Toynbee. Después me carteaba con él. Un día sorpresivamente, desde California, en Estados Unidos, recibí una llamada suya.

Venía a México a comprobar su tesis sobre la Revolución Mexicana, lo que consideraba punto de partida de un movimiento internacional descolonizador. Primero se extendería a toda América Latina, después a los llamados pueblos del Tercer Mundo, que con América Latina formaban Asia, África y Oceanía. Toynbee visitó México con el apoyo y honores de nuestras autoridades. Su tesis era cierta, como lo expuso en la bbc de Londres.

Mis sueños pronto iban a hacerse realidad. El mismo 1953, después de la visita de Toynbee, fui invitado por la unesco para mi primer viaje a Europa: Francia, Inglaterra e Italia. En Londres me recibió Arnold Toynbee. En Italia conocí a Umberto Campagnolo, fundador de la Sociedad Europea de Cultura, a la que me incorporé como socio. En París conocí a Maurice Merleau-Ponty, del grupo de Jean Paul Sartre, a Fernand Braudel, de la Sorbona, y otros muchos.

Fue con esta experiencia que me hice cargo de la Dirección General de Relaciones Culturales en la Secretaría de Relaciones Exteriores. En 1961, el presidente Adolfo López Mateos me designó miembro de la Misión de Amistad de México a las naciones emergentes de África. Recorrí la casi totalidad del continente africano, incluida Madagascar, países a los que se ofreció la experiencia de la Revolución Mexicana, que fue recibida con extraordinario entusiasmo.

También había quedado a mi cargo la exposición de las joyas de arte mexicano —precolombino, colonial, moderno y de la Revolución— que recorría Europa, organizada por Fernando Gamboa. Me tocó su presentación en Roma, Copenhague y París.

Antes de terminar su gobierno, López Mateos me pidió que visitase esta exposición y fuese a Asia para recordar la gesta de la Nave que salió de la Nueva España y llegó a la que sería llamada Filipinas. Pude entonces conocer la casi totalidad de esta región del mundo. Mi sueños se realizaban.

Conocí la casi totalidad de Europa. En París la Exposición de arte mexicano había sido solicitada a nuestro gobierno por André Malraux, ministro de Cultura del gobierno del general Charles de Gaulle. Lo acompañé en la visita y me dijo: “Debe usted estar muy orgulloso por la riqueza del arte precolombino, colonial, moderno y revolucionario, como yo lo estoy del arte y cultura grecolatina, medieval, renacentista y moderna”.

Mi respuesta lo sorprendió: “Estoy más orgulloso que usted, porque los latinoamericanos tenemos más”. “¿Qué dice usted?”. Le contesté: “El arte de México que se presenta no es de usted”. “Por supuesto que no”. “En cambio, para nosotros eso es nuestro, pero también lo es el arte y cultura europea”. Se quedó pensando, sonrió y me contestó: “¡Tiene usted razón!”. Éste es nuestro México y la América de la que es parte y abarca todo el Continente, incluida la América sajona.

(Cuadernos Americanos núm. 97, 2003 )

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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