Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Nuevo milenio"

Ya estamos instalados en el tercer milenio. Vuelvo a considerarme un afortunado por llegar al mismo. Me pongo a mirar a mi alrededor. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué ha sucedido en este cambio de milenio, el paso de uno y el inicio de otro? Nada, estoy desilusionado. No ha cambiado nada. Somos la misma gente, con los mismos problemas, las mismas envidias, las mismas arrogancias. Se sigue viendo al otro como un peligro o un estorbo para sus limitados intereses personales. Las mismas arrogancias y los mismos protagonismos.

Y sin embargo, mirando mejor, algo ha cambiado, mucho se ha logrado, tanto que es obligado compartirlo para que no se pierda. De no hacer esto, lo alcanzado nos ahogará con su peso. Vuelven a mi memoria las palabras que escuché en l986 cuando visité la Unión Soviética. Las palabras eran de un hombre que previó lo que ahora veo, Mijaíl Gorbachov, en el informe al gobierno del que era dirigente: “Vivimos —dijo— en las puertas del tercer milenio. Un mundo lleno de esperanzas, pues nunca había estado el hombre tan pertrechado en todos los aspectos, para seguir desarrollando la civilización. Pero está también recargado de peligros y contradicciones, lo cual hace pensar que atraviese poco menos que la fase más inquietante de su historia”.

Gorbachov veía las grandes posibilidades que la gente que forma la humanidad, por su capacidad creativa, está haciendo posible. Pero también los demonios que dentro de los mismos podrían anularla. Esto es lo que ven ahora mis cansados ojos. Pese a este cansancio me entretengo con los maravillosos frutos de la técnica, como la televisión. Recuerdo una película maravillosamente presentada por Hallmark: El arca de Noé.

Allí el Señor, el creador, aparece enojado y fastidiado por su última creación, el hombre, en que quería reflejarse a sí mismo y que resulta semejante a los demonios, que por su soberbia ha arrojado del Paraíso. Allí están Sodoma y Gomorra, que decide destruir. Sólo hay un hombre bueno y justo: Noé. Lo preservará de la destrucción para con él iniciar otra estirpe. Noé le pide que no destruya lo que ha creado. El Señor acepta concederle su petición si Noé encuentra diez justos como él. No los encuentra y el creador acaba destruyendo con fuego a toda esta maldita gente. Quedan otros que siguen provocando su enojo. A éstos los ahogará haciendo de sus lágrimas torrentes de agua: el diluvio.

Para preservar a otras especies vivas hace que se salven parejas de cada uno de estos animales. De los humanos sólo se salvarán Noé y su familia. Pero dentro de la familia surgen rebeldías contra Noé y su creador. Deben ser todos exterminados, desarraigada toda expresión de lo humano. Noé lo convence de no hacerlo, pacta con él y le promete que no usará nunca más fuerza alguna de la naturaleza para destruirlo. “Esta gente —le dice— tiene la suficiente capacidad y fuerza para destruirse a sí misma”.

Casi la víspera del cambio de milenio no sabía si escribir o no este artículo. Se hablaba del fin del mundo, posiblemente se acabaría antes de que este artículo fuera enviado. Se habla de este fin como hace un milenio. Entonces se anunciaba una guerra colosal entre los ángeles fieles al Señor y los demonios que seguían a Lucifer. El apocalipsis anunciado: Armageddon, Lucifer insistiendo en destronar a su creador que sería nuevamente vencido y arrojado a las entrañas del infierno arrastrando en su caída a la humanidad que supo cautivar.

Se vuelven a repetir las incumplidas amenazas con las que empezó el primer milenio. Fundamentalistas milenarios, anuncian el mismo fin del mundo y de la humanidad. Los demonios saliendo del infierno para destruir todo y llevarse a sus habitantes. ¿Pero existe el demonio, los demonios? Una de las lecturas favoritas en mi juventud fue La lucha contra el demonio de Stefan Zweig. Holderlin, Kleist y Nietzsche luchando contra el demonio, que había invadido sus cerebros hasta enloquecerlos. Ya viejo recuerdo esta lectura. Empiezo a creer que el demonio existe, que está dentro de mi cabeza y me obliga a levantar para escribir lo que me dicta.

¿Serán demonios, como éstos, los que hagan realidad la profecía de tragarse al mundo y a sus habitantes, cuando termine el milenio? ¿Para qué escribir entonces algo que no será publicado ni leído? Pero tengo qué hacerlo, no se acabó el mundo y la gente sigue enfrascada en dar rienda suelta a sus propios y personales demonios.

Pero el demonio y los demonios no existen, como tampoco los ángeles y arcángeles, nunca han existido, nos dice este racional y también equipado mundo. Se puede acabar el mundo y la humanidad, pero por otras razones. Como el desajuste de las computadoras con el tiempo que origina el cambio de milenio. Se preven catástrofes no imaginadas. La humanidad puede acabarse por el sida y otras enfermedades, si no se las detiene a tiempo.

En el cráneo de Nietzsche no había demonio alguno, simplemente era sifilítico. La gente no puede dormir, pero es sólo por males propios de su avanzada edad. La contaminación, el ruido, el estrés. No hay demonios, sino virus que afectan a las gentes y a sus máquinas. ¡No ha pasado nada! ¡Manténganse tranquilos! ¡Seguiremos luchando para que triunfen los mejores! Francis Fukuyama ha anunciado el fin de la humanidad, por humana, demasiado humana. Pronto habrán sido extirpadas las pasiones, surgirán los superhombres de que habló Federico Nietzsche. ¿Será éste el gran aporte de la ciencia genética al nuevo milenio?

Pero, ¿por qué la sífilis, el sida y los virus que no tienen explicación? ¿No es éste el otro nombre que se da ahora a los demonios? La ciencia ficción habla de Armageddon, pero ya no como lucha entre ángeles y demonios. Ahora los humanos tienen que enfrentar gigantescos meteoros que pueden chocar con el planeta Tierra, nuevos demonios tan inexplicables como lo eran en la Biblia, sólo que estos son enfrentados por el hombre, con su técnica y ciencia.

Pero ¿qué pasó con la promesa del creador a Noé de dejar que libremente la humanidad se autodestruyese? Apenas ayer, antes de que terminase el segundo milenio, el fuego y el agua han caído sobre la tierra, causando catástrofes inusitadas. Yahvéh manda al Niño para que queme la tierra y a la Niña para que con las aguas apague el fuego y ahogue a la gente. Las catástrofes son tremendas a lo largo de la Tierra. La gente que forma la humanidad vuelve a tomar conciencia de sus verdaderas dimensiones.

¿Fue el Creador nuevamente enojado, el que violó la promesa que hizo a Noé, mandando al Niño con el fuego y a la Niña para apagarlo con agua suficiente para ahogar a la humanidad? No, como lo dijo el Señor, eso es obra de la gente que la forma. Lo hizo así para satisfacer sus ambiciones de grandeza. Por ella ha expoliado a la naturaleza y a sus semejantes.

La naturaleza, simplemente, ha reajustado el orden alterado sin importarle quién lo ha hecho. Ha sido la gente misma, que olvidando sus dimensiones, ha tratado de poner la creación a su servicio. La naturaleza no ha hecho sino adaptar lo que le había sido desajustado. El que ha sufrido las consecuencias es el hombre que es también parte de la naturaleza, el más débil frente a su fuerza.

Empezamos el nuevo milenio que no alterará el orden universal establecido. Nada cambiará. Solo el hombre podrá hacerlo para cambiarse a sí mismo. Está bien preparado para ser feliz y hacer feliz, compartiendo lo que debe ser compartido. Por mi parte me siento satisfecho y esperanzado, sólo quisiera ser testigo del cambio. No tendré tiempo. No me queda sino desearles ¡Feliz milenio!

(Excelsior, 2 de enero del 2000)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces