Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Lecciones de José Gaos"

El 26 de diciembre del año 2000 José Gaos cumpliría cien años de vida. No sé si hubiera querido vivir tanto, pero sí sé que quería continuarse en sus discípulos como él prolongaba a sus maestros. “No sé que tanto debo a mis maestros José Ortega y Gasset y Manuel García Morente, pero sí sé lo que debo hacer para prolongarme en mis discípulos”. “Nunca he sentido celos de mis maestros, como tampoco los tengo de los discípulos que me rebasen porque, como maestro, me rebaso con ellos”.

Yo sí quisiera que hubiese vivido lo suficiente para presenciar lo que sus discípulos han hecho a partir de lo que él les enseñó, tanto en España como en México, directa o indirectamente, a través de sus discípulos en Hispanoamérica y otras partes del mundo.

Recientemente en España, la “Casa de América” le rindió un homenaje, al igual que se ha hecho en otros lugares. Paradójicamente, siendo José Gaos español, no era lo suficientemente conocido en España, pese a que fue el último rector republicano de la Universidad Complutense de Madrid al término de la guerra civil. ¿Sería por eso? ¡No puede ser, porque otros maestros españoles del exilio ya habían sido recordados!

Más bien, pudo ser porque la filosofía de Gaos parecía extraña a la considerada filosofía por excelencia, entendida como conocimiento estricto y, por ello, auténtico. Lo que hacía Gaos podía ser cualquier cosa, menos filosofía. Sin embargo, en este fin de siglo y de milenio, la problemática de la filosofía de Gaos es ya la problemática de la filosofía en sentido estricto, tanto en Europa como en otras partes del mundo.

Los problemas de la identidad, que fueron los de la España imperial incluso cuando dejó de serlo, los mismos que heredó José Ortega y Gasset, haciendo suya la problemática que la generación del 98 enfrentó cuando España sufrió el desastre frente a Estados Unidos. La misma problemática sobre la identidad que se había puesto en entredicho en México e Hispanoamérica por la conquista y el coloniaje imperial español.

José Gaos vino a México con la problemática española sobre la identidad y se encontró con algo semejante, aunque originado por otros motivos, propios de la región. Gaos no se sintió exiliado, sino transterrado. Se encontró con las discusiones sobre la identidad de pensadores como José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Antonio Caso, Samuel Ramos y otros. Identidad que se venía planteando desde Simón Bolívar cuando preguntaba: ¿quién soy? ¿qué soy? ¿indio? ¿español? ¿americano? ¿europeo?

Son las mismas preguntas que ahora se hace la filosofía europea frente al surgimiento de gente milenariamente marginada y explotada por la conquista y el coloniaje. Las preguntas que se hacen son: ¿qué somos frente a la gente que pone en duda la universalidad de nuestra humanidad, de la que somos la expresión por excelencia? ¿Ahora sólo somos uno más entre la diversidad de lo humano? Estas preguntas se las hacía una filosofía considerada inauténtica, ajena al filosofar por excelencia.

Azar, accidentes e imponderables de la historia y de mi biografía originaron mi privilegiado encuentro con José Gaos y el ser su alumno de tiempo completo. Esto, a su vez, dio origen a que fuera, cronológicamente, su primer discípulo en México. Muchos otros lo han sido y lo han reconocido o negado. Esto lo registró José Gaos en sus Confesiones profesionales, hablando de sus discípulos en España y México. Allí se refiere a su encuentro conmigo y al terminar, me dice: “¡Querido Zea, perdóneme usted! ¿Quién de los dos tendrá la culpa de que sea usted el mayor éxito de mi vida como profesor? Si toda vocación y profesión debe justificarse con las obras y usted no existiese, tendría que inventarle”.

Cuando leí esto entendí muchas cosas que me dijo, como por ejemplo, al comentar un libro mío decía: “Zea, está usted condenado a hacer filosofía”. Las palabras allí escritas eran mi condena a ser lo que él esperaba que fuera. Quisiera ahora poder decirle: “Usted no ha sido sólo mi profesor, sino mi maestro y, por ello, tengo la condena de tratar de ser lo que usted esperaba de mí. Condenado a hacer filosofía, tal como usted me enseñó y no se atrevió a llamar filosofía, llamándola pensamiento en lengua española”.

Con esta condena he vivido y aún no sé si he cumplido plenamente con ella. He rebasado la vida que mi maestro alcanzó a vivir, y de seguir vivo una decena de años más, alcanzaré los cien años. Espero no llegar a tanto, aunque paradójicamente, estoy sintiendo que me falta tiempo para tratar de cumplir la condena que mi maestro me impuso.

¿Por qué habló Gaos de condena y yo la siento como tal? Gaos trató de enseñar a sus diversos alumnos a comprender para ser comprendido. Algo que encuentro más difícil en los tiempos que vivimos y que impide descansar, quitando el sueño a quien lo intenta. El sueño que vio Gaos en mi rostro y le llamó la atención cuando me conoció. Así lo expuso en sus Confesiones cuando escribe: “Desde aquel momento me dediqué a observarlo y a notar que tenía un aire pertinente de fatiga, de sueño”. Fue por esto que se apresuró para que se crease una beca de tiempo completo en La Casa de España en México. La institución que también por una propuesta suya se transformó en El Colegio de México en el gobierno de Lázaro Cárdenas. El cambio propuesto por Gaos significaba hacer de una institución formada para el destierro, una para el transtierro. Allí llegaron con José Gaos otros muchos maestros que de inmediato integraron sus esfuerzos con los de destacados maestros mexicanos para una meta común, en las diversas áreas de la cultura, las letras, las ciencias y la filosofía.

¿Tiene importancia recordar esto y confesarme ahora ante ustedes? La tiene porque ello hace patente que Gaos era algo más que un profesor, pues era un verdadero maestro que quería prolongarse en sus discípulos como él continuaba a sus maestros sin repetirlos. Esto se hace evidente cuando se fijó en la falta de sueño de un estudiante suyo que apenas acababa de conocer y buscó de inmediato ayudarlo. Era el maestro que sólo esperaba ser emulado.

Pero, ¿por qué condena? Porque Gaos enseñó algo más que filosofía en sentido estricto, enseñó a penetrar en la intimidad, en lo propiamente humano de los protagonistas de la historia de la filosofía, y para eso enseñó el uso de los instrumentos para lograrlo. Fenomenología como descripción y no explicación del mundo en el que vivieron los protagonistas del filosofar por excelencia. Enseñó hermenéutica para entrar en la intimidad, en la soledad, en las entrañas, en lo propiamente humano. Y al poder hacerlo, sentirlos parte de nosotros, de nuestra intimidad y compartir sus éxitos, fracasos y decepciones. Y esto duele, aunque no tanto como debió dolerles a ellos.

Es el dolor del que hablaba el poeta español León Felipe cuando dice: “Me duele España”; nosotros podemos decir: “Me duele México”. Y al ampliar nuestra capacidad de penetración nos va doliendo todo. Algo que se amplía y profundiza, ahora que los medios nos acercan a todos. Algo que puede llegar a ser tan pesado que muchas veces quisiera ser una invención de mi maestro, pero no lo soy y me alegro.

Este aprender a penetrar en la intimidad de la gente que hizo la historia duró varios semestres. De los presocráticos a Descartes. Mis lecturas autodidactas de los clásicos que publicó Vasconcelos como secretario de Educación tomaron cuerpo y otra dimensión: la de lo humano por excelencia. El mundo en que vivieron y sintieron los creadores de la cultura y las artes en sus ineludibles, diversas y múltiples expresiones.

Pero llegaría el fin de este aprendizaje. Tenía que obtener la maestría y el doctorado. “Zea —me dijo Gaos—, ¿sobre qué quisiera hacer su tesis?”. “Sobre los sofistas griegos” —me apresuré a contestarle. Me interesaban porque ellos hablaron del hombre como medida de todas las cosas. Gaos sonrió y me replicó paternalmente: “Zea, por mucho que usted sea capaz de hacer en este campo no aportaría mucho o nada. ¿Por qué no trabaja usted sobre algún tema de la filosofía en México?”. Sin replicar, internamente me pregunté: ¿a quién le puede interesar saber cómo los mexicanos interpretamos bien o mal filosofías que no hemos creado? Pero acepté, quería seguir aprendiendo. Acordamos que trabajase sobre el Positivismo en México. Era la segunda vez que aceptaba el reto de mi maestro. La primera fue cuando acepté la beca en La Casa de España en México. Daniel Cosío Villegas me dijo: “No se apresure en aceptarla, es una beca para que se dedique exclusivamente a la filosofía. Si la acepta puede usted morirse de hambre”. Pese a esta advertencia la acepté, me gustaba la propuesta.

Durante un tiempo, semana a semana mostraba a Gaos la marcha de la tesis, que siempre aprobaba, salvo cuando me decía: “Está bien, pero si hace esto o lo otro será mejor”. Ahora penetraba en protagonistas de mi propia historia y como tal a veces era doloroso. Las historias que mi abuela me contaba y la que viví al tomar conciencia de la Revolución en la que había nacido, me llevaron a comprender a la América de la que México es parte. La condena se ampliaba.

Llegó el momento de los exámenes cuyo término dio origen a un nuevo reto de mi maestro. “Zea, ya no tiene usted nada que aprender de mí. Usted tiene que seguir por su cuenta. No quiero verlo más en mis cursos”. “¡Maestro —le repliqué—, aún me falta mucho. Quiero seguir su curso de Kant a Hegel y los siguientes!”. “Si quiere saber eso, hágalo por su cuenta, está capacitado para ello. Si se presenta en mi curso, lo suspendo hasta que usted salga”.

Esto era la orfandad. Sabía que me faltaba mucho. “Sí —me había dicho Gaos—, le falta el universo, pero lo que sabe lo sabe, parta de allí”. Pero no había sido abandonado, me aguardaban otros retos. Un día me llamó y me dijo: “Zea, he estado con don Alfonso Reyes que ha discutido con el representante de la Fundación Rockefeller sobre una persona capaz de hacer algo por la América Latina, lo que ha hecho usted sobre el Positivismo en México está muy bien para una gran historia de las ideas en la región, y lo he propuesto”.

Estaba entusiasmado con mis lecturas, nunca había tenido oportunidad de salir del Distrito Federal. Al recibirme, mi primera salida fue a Morelia donde hablé de algo que empezaba a preocuparme: En torno a una filosofía americana. De repente, en enero de 1945 salía hacia Estados Unidos y después hacia la América Latina.

Cuando estaba en marcha el otorgamiento de la beca, el alto funcionario de la Fundación Rockefeller encargado de la misma me llamó y me dijo: “He leído varios de sus trabajos y en ellos habla de Estados Unidos, ¿conoce usted este país?”. “No —le contesté—, sólo sé lo que he leído en relación con México y algo con América Latina”. “Bueno —me contestó—, primero irá usted a Estados Unidos, seis meses, allí encontrará mucho material sobre la América Latina. Cuando termine, me busca en Harvard y me dice qué piensa de Estados Unidos”.

El reto ya era otro. No se trataba de conocer y comprender a quienes han hecho la historia y cultura del mundo. Ahora había que conocer y comprender a gente que estaba haciendo la historia y la cultura a lo largo de América.

En Estados Unidos conocí gente maravillosamente humana que enfrentaba el reto de los finales de la segunda Guerra Mundial. Sólo sabía del pasado imperialista de ese país. “¿Sigue pensando igual?”, me preguntó al terminar el funcionario de la Rockefeller. Le contesté que sí y le expuse el por qué, pero también le hablé de la gente que había conocido. “Ahora vaya al Sur de América y haga lo mismo”, me dijo. Allí estuve hasta junio de 1946.

Lo que había aprendido a hacer para comprender y penetrar en los que habían muerto a lo largo de la historia de la cultura universal, tendría ahora que hacerlo con los que estaban vivos. Y no es lo mismo dolerse por Sócrates, Juana de Arco, Giordano Bruno, Galileo y otros, que por gente que se conoce, se identifica en su concreción humana. Eso sí que iba a ser hermoso, pero también insoportable.

Después de mi regreso y de publicar el libro de mi viaje continental, seguí viendo al maestro Gaos. Un día me dijo: “¿Zea, ha leído algo de Arnold Toynbee cuya filosofía ha comentado Ortega? ¿Por qué no le envía un ejemplar de su Positivismo en México?”. Poco después recibí una carta de Toynbee y con ella su deseo de conocer México para comprobar su tesis sobre la Revolución Mexicana.

En abril de 1943 vino Toynbee e hice con él una maravillosa amistad. Poco después recibí una invitación de la unesco para visitar sus oficinas en París y el ofrecimiento de la ampliación de mi estancia en Europa, por la Fundación Rockefeller. En París conocí a Maurice Merleau-Ponty, Marcel Bataillon, Fernand Braudel y otros. Toynbee, en Londres, me presentó a Bertrand Russell. En Italia conocí a Umberto Campagnolo, de la Sociedad Europea de Cultura. Mi mundo se ampliaba y con ello la preocupación por la gente que ahora conocía de carne y hueso, así como de sus pueblos.

Invitaciones inesperadas y mi puesto en la Secretaría de Relaciones Exteriores me permitieron conocer la casi totalidad de Europa, después la Unión Soviética. Así como casi la totalidad del África musulmana y negra, y el Asia. Y luego llegaron los honores igualmente inesperados. Grandes satisfacciones por todo ello, pero también gran pena y dolor por lo que sufrían la gente y los pueblos que conocía.

Así llegué al 10 de junio de 1969. Recibí ese día una visita inesperada de José Gaos en un cubículo que tenía en El Colegio de México para no distraerme de mis tareas como director de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Me hizo varios encargos y recomendaciones. Luego la pregunta “¿Zea, usted ha estado varias veces en Europa? ¿Ha visitado España?”. “No”, le contesté. “¿Por qué?”. “Por usted”. Con enojo dio un puñetazo en mi escritorio y me dijo: “Lo de España es asunto mío, no suyo. Usted me va a prometer ahora ir a España, con Franco o sin Franco. Allí está la otra parte de la identidad que busca”. Y Gaos murió en la tarde de ese 10 de junio.

Viajé a España en l971. José Ortega Sppotorno, hijo del maestro de mi maestro, y además mi editor, supo que yo iba a España y me hizo conocer a muchos de los intelectuales, la gente y los pueblos de ese país al que he vuelto muchas veces, y ver la España que no alcanzó a conocer mi maestro.

Fue ésta la última lección de mi maestro José Gaos: conocer sin prejuicios y tratar de comprender para hacerse comprender. Esto me permitió romper con un prejuicio que me impedía volver a Tierra Santa, que había conocido en l961 cuando Jerusalén se hallaba compartida por las religiones que a partir del mismo origen se habían formado.

No quería volver cuando esto había terminado debido a la expansión israelita. Tzvi Medin, mi maravilloso discípulo, me pidió volver para comprender los cambios que allí se estaban gestando. “Se lo pide su judío”, me dijo. Gaos me había enseñado a superar mis prejuicios y acepté. Lo hice y volví tres veces más. Ahora duele, y mucho, la vuelta en esa zona a la intransigencia que parecía iba a terminar.

(Arena, suplemento cultural de Excelsior,
4 de marzo de 2001)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces