Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Joaquín Xirau,
uno de los grandes del transtierro"

Con cierto atraso se conmemora el centenario del nacimiento de Joaquín Xirau, ocurrido el 23 de junio de l895. Asimismo, en el presente año se rememora también el centenario del nacimiento de otro gran maestro, José Gaos, quien nació el 26 de diciembre de 1900. Ambos llegaron al México revolucionario bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas. Era el México de José Vasconcelos, Antonio Caso, Alfonso Reyes y Samuel Ramos.

Este hecho marcó un encuentro de pares entre pares provenientes de uno y otro lado del Atlántico, esto es, de España y de México. En ambos lugares se buscaba una identidad, en el caso de México regateada por siglos debido a la conquista y el coloniaje imperial español; mientras que en España, ya sin imperio, se hacía presente el pasado germánico imperial en la asonada franquista.

Joaquín Xirau y José Gaos no fueron los únicos españoles que el franquismo mandó al exilio. Ambos son parte de una rica pléyade de pensadores, literatos, poetas, artistas, arquitectos y científicos, que por su número no podría recordar. Aunque en el campo de mi formación e intereses, Xirau y Gaos han dejado en la memoria mexicana y latinoamericana una peculiar impronta. Cada uno desde su distinta personalidad, pero sumando sus esfuerzos al de los mexicanos para hacer patente la común y rica identidad que se forjó a partir de la conquista y la colonización.

Esa rica pléyade atrajo de inmediato mi atención desde mi ingreso a la Universidad Nacional Autónoma de México donde impartían cursos, conferencias y recitales. Joaquín Xirau y José Gaos me interesaron por lecturas previas a su presencia, entre ellas las obras de José Ortega y Gasset y las publicaciones de la Revista de Occidente. Además de la mención que se hacía de todo esto en los cursos de Antonio Caso y Samuel Ramos.

Por mis intereses, que fluctuaban entre la filosofía y la literatura, empecé a asistir a las conferencias de José Gaos y Joaquín Xirau en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam. Ambos, como muchos otros, formaban parte de La Casa de España en México, bajo la conducción de Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, institución creada por el gobierno de México para que en ella su forzado exilio se transformase en transtierro.

Todos los exiliados tenían como foro diversas facultades de la Universidad Nacional Autónoma de México, Xirau y Gaos en Filosofía y Letras. Me inscribí en el curso de José Gaos sobre Introducción a la Filosofía. Allí tuve la sorpresa de que Gaos, al calificar los trabajos que había encargado, se interesase por el mío que era sobre Heráclito, y su interés fue más lejos, le preocupaba la cara de cansancio que tenía.

Enterado y alarmado por mi situación personal, me propuso para una beca en La Casa de España; como la beca no existía fue creada, y me la otorgaron bajo una condición: la exclusiva dedicación a la filosofía bajo la tutoría del que sería mi maestro: José Gaos. “¡Piénselo bien —me advirtió Cosío Villegas—, porque se va usted a morir de hambre!”. No obstante la advertencia acepté y sigo vivo. Esto me permitió asistir a los cursos de otros maestros como Joaquín Xirau.

En la presentación que hace Ramón Xirau, de las Obras Completas de su padre, niega la existencia de dos corrientes filosóficas opuestas: la Escuela de Madrid, supuestamente fundada por José Ortega y Gasset, y la de Barcelona. Estos enfrentamientos se prolongarían en México con José Gaos y Joaquín Xirau. Yo nunca lo sentí así; por el contrario, ambos maestros se complementaban.

Cada uno hacía patente su ineludible personalidad. Ambas convergentes en el quehacer filosófico que se estaba gestando en México. Esto lo manifiestan los prologuistas de las obras de Xirau. Las concertadas divergencias de personalidad de Gaos y Xirau las viví en sus cursos y en las tertulias con sus discípulos y seguidores.

Seguí con José Gaos los cursos que dictó en la cátedra de Introducción a la Filosofía. En ellos aprendí el sentido de lo que es para mí el filosofar dentro del mundo del que surge, desde los presocráticos hasta la Modernidad con Descartes. Llegado el momento de hacer la doble tesis, para la maestría y el doctorado, pretendí trabajar sobre la filosofía griega, pero Gaos me indicó que en ese campo nada aportaría. Entre otros temas me propuso el del positivismo en México, su justificación era que a nadie podría importarle cómo habían entendido o malentendido los mexicanos el positivismo francés y el inglés. El reto era semejante al que me planteó al proponerme para la beca en La Casa de España, transformada después en El Colegio de México: la filosofía como dedicación exclusiva. Acepté el reto y, por supuesto, estoy más que satisfecho.

Nuevo reto fue cuando me recibí y Gaos me prohibió que asistiese a sus cursos: “¡Ya no tengo nada que enseñarle”, y amenazó que de asistir suspendería la lección. Me sentí huérfano. Me faltaba tanto, pues los cursos que continuaría eran sobre Kant, Hegel y la Modernidad.

¿Cómo completar mi conocimiento sobre la historia de la filosofía? Estaba el otro maestro, al que había escuchado en otras ocasiones, Joaquín Xirau. Él dictaba el curso de Kant a Hegel. Me inscribí y obtuve otra experiencia que complementaría mi formación.

Xirau tenía fama de ser muy estricto. Acaso ¿no lo era también Gaos? Por supuesto que lo era, y mucho. Quizá en mi caso parecía no serlo, puesto que semana tras semana le entregaba los trabajos sobre mi tesis y nunca me dijo esto está mal. Siempre me decía que estaba bien, pero que si agregaba o quitaba esto o lo otro estaría mejor. El mismo tema de mi tesis parecía ser ajeno a la estricta filosofía, era de Historia de las Ideas pero de ninguna manera parecía ser filosofía, como académicamente se entendía.

Dentro de esta experiencia, el trabajo que entregué a Xirau para el semestre simplemente fue calificado con un siete. Consideré que no era justo, pues pensaba que había entendido el curso. Se lo dije a Xirau y me contestó: “Por principio, considero que diez, la máxima calificación, sólo Dios podría tenerla. Nueve el maestro y ocho un buen trabajo. Y el suyo carece de la suficiente información”. Le repliqué: “Entiendo que me falta información, la que usted tiene como maestro. Mi información partió de su curso, la cual tuvo usted que comprimir en un semestre. Por mucho que quiera obtener la suficiente por mí mismo, nunca podré saber lo que usted sabe”. Xirau me miró sonriente y agregó: “Zea, le pondré ocho, más no podría ponerle”. Comprendí que tendría que ser Dios o él mismo y me faltaba mucho, demasiado, para llegar a serlo.

Había aprendido una vez más el reto. Lo que él pretendía no era precisamente calificar, sino estimular y tratar de que el alumno supiera tanto como él, aunque nunca tanto como Dios. Recordé a mi maestro José Gaos. Él también era extremadamente estricto y obligaba a sus discípulos a hacer y rehacer sus trabajos. En mi caso, al terminar mi tesis, revisada semana a semana, me dijo: “Zea, sería bueno que vuelva a hacer este trabajo para que sea mejor”. Con impertinencia le contesté: “No, no puedo rehacer lo que considero he terminado”. Gaos aceptó, pero en el prólogo de la tesis expuse lo siguiente: “Con seguridad este trabajo no es el que mi maestro hubiera querido que fuera; pero culpa es de mis limitaciones y no suya”. En el examen me replicó: “Zea, retire eso, no pienso así”. El ocho que me otorgó el maestro Xirau me hizo recordar esta experiencia, tenía aún mucho que aprender cuando llegase a ser profesor.

Ahora en mi memoria convergen mis dos maestros. No sé si soy lo que ellos esperaban de mí, pero aprendí sus lecciones y sé que si no soy capaz de entenderme a mí mismo, menos aún seré capaz de hacerme entender por otros. Gracias a Joaquín Xirau por su generosa lección, que completó la generosidad de otro maestro, José Gaos.

(Novedades, 30 de enero de 2001)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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