Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"José María Arguedas
y el indigenismo"

En 1945 hice mi primer viaje por América Latina. Ese año fui a Buenos Aires para iniciar mi investigación sobre el continente. De Argentina pasaría a Uruguay, Brasil, Paraguay y Chile; de Chile saldría hacia el norte, por el Pacífico, a Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia y Venezuela para terminar en Cuba.

Al iniciar este recorrido me detuve cuatro días en Lima. Ahí me encontré con Emilia, peruana, esposa de Rafael Heliodoro Valle, mi maestro de Historia de México en la unam. También conocí ahí a Francisco Miró Quesada. En los pocos días que estuve en Lima conocí un país que parecía dividido en dos: por un lado la oligarquía criolla que lo gobernaba y, por el otro, la gente que la sufría.

Emilia me invitó al cine, donde proyectaban una interesante película. Al llegar a la sala quise sentarme en un determinado lugar pero Emilia me dijo: “Aquí no, Leopoldo, estos lugares están destinados para los indios y los cholos. Para gente como nosotros existen otros lugares”. ¡Me desconcerté! Así era en todos los lugares públicos de un Perú dominado por la oligarquía criolla. En ese momento me sentí orgulloso de ser mexicano, y de llevar dentro de mí a mi tatarabuela tlaxcalteca.

En marzo de 1946, terminado mi trabajo en Chile, regresé a Lima con más tiempo para continuar mis estudios sobre América Latina. Desde allí me desplazaría a Bolivia, visitando el lago Titicaca, Machu Pichu y muchos lugares de esa gran región llena de historia precolombina y actual. Miró Quesada me puso en contacto con algunos intelectuales (escritores, pintores y escultores) que formaban un maravilloso grupo que se reunía en la peña “Pancho Fierro”. A este grupo pertenecía el antropólogo y escritor José María Arguedas. Allí conocí también a Sebastián Salazar Bondy y a la pintora Julia Codesido.

Me explicaron lo que se proponían hacer y cómo pensaban lograrlo: “Queremos hacer en el Perú lo que ustedes los mexicanos hicieron con la Revolución en la que juntos, criollos, indios y mestizos, forjaron el México de hoy. Queremos integrar a la nación a todos los peruanos criollos, indígenas y cholos. Así mostraremos nuestro pasado, el extraordinario pasado de nuestros ancestros”.

Regresé muchas otras veces a Perú y me encontraba siempre con este grupo de intelectuales, del que José María Arguedas era figura importante, empeñado en su digno propósito. Apareció en escena Raúl Haya de la Torre quien trabajó con Vanconcelos cuando éste fue secretario de Educación. Haya de la Torre fue creador del apra, que hablaba de la América India. El apra, que al principio pareció una esperanza, se transformó en una experiencia totalitaria, una especie de fascismo represor, que hacía de ese pasado instrumento de sus ambiciones políticas. No era por allí, pues, que iba a llegar el cambio.

Una de mis visitas al Perú fue en el año de 1951, cuando se realizó el congreso sobre Filosofía Latinoamericana organizado por Miró Quesada. A dicho evento yo iba con el propio Vasconcelos y tuve oportunidad de conocer a un joven estudiante de medicina que años después se identificó conmigo como sacerdote, Gustavo Gutiérrez, padre de la Teología de la Liberación. “Maestro —me dijo—, mucha culpa tuvo de mi cambio después de su visita y la de Vasconcelos en l951”.

Después de mi recorrido por América Latina, otros maravillosos amigos pusieron en marcha diversos congresos sobre filosofía americana en los que incluían a los estadounidenses, que representaban la otra cara de nuestra realidad continental.

En 1967 volví nuevamente a Lima para asistir a una reunión convocada por la unesco para poner en marcha una serie de estudios sobre el arte, la cultura, el pensamiento y la filosofía latinoamericana. El presidente de la reunión era José María Arguedas acompañado por otros intelectuales que aún se empeñaban en hacer de América el continente soñado por Bolívar y Vasconcelos. Se propuso un nuevo enfoque que partiera no del pasado al presente, sino del presente buscando las raíces en el pasado.

Había cambios en el país, los participantes fuimos invitados a un lujoso lugar de descanso de la oligarquía peruana. Se hablaba con cierto temor respecto del futuro provocado por el apra. “¡Un día —se decía—, la gente en su miseria bajará a Lima para cobrarles sufrimientos a sus verdugos!”. Arguedas y Salazar Bondy me dijeron que habían creado una escuela en donde los militares eran instruidos sobre el Perú al que pertenecían y al que deberían defender con sus armas. El grupo de Arguedas dirigía estos cursos cuyo propósito era poner fin a las discriminaciones que por siglos impuso la oligarquía criolla.

Poco tiempo después, el 3 de octubre de 1968, año de muchos cambios en nuestra América, el general Juan Velasco Alvarado asume el gobierno expulsando a la oligarquía. Dentro del cuerpo de asesores estaban José María Arguedas y los viejos integrantes de la peña “Pancho Fierro”. El general Velasco Alvarado propone no hablar nunca más de indígenas, indios, cholos o criollos, sino de peruanos. El empeño de Arguedas y su grupo daba frutos.

Sin embargo, en l975, un militar al servicio de la vieja oligarquía puso fin al sueño hecho realidad. El gobierno del general Juan Velasco Alvarado fue derrocado. Poco después surgió un grupo de indígenas comandado por algunos intelectuales criollos que se inspiraba en un defensor de los peruanos discriminados, José Carlos Mariátegui. “Sendero Luminoso”, que así se nombró el grupo, hacía realidad el temor de la oligarquía originado por la propia intransigencia frente a la gente que exigía justicia.

El movimiento latinoamericanista se extendió y fue apoyado por la unesco. En una reunión de expertos latinoamericanistas convocada por esta institución se recomendó la formación de un organismo coordinador y difusor de estos estudios, y se pidió a la unam, por sus antecedentes en este campo expresos en su escudo, hiciese la convocatoria para este fin. En 1978 la unam, bajo la rectoría del doctor Guillermo Soberón, lo hizo y el organismo se volvió realidad.

Mientras tanto, en el Perú “Sendero Luminoso” siembra el terror.

En nuestros días, el tema del indigenismo sigue vigente. Para cubrir la marcha del ezln hacia la Ciudad de México en marzo de 2001, vino un destacado comunicador ecuatoriano, Fredy Ehlers, directivo de la televisión internacional. A Fredy lo conocí en su tierra hace años. En 1996 lo encontré cuando era uno de los candidatos a la presidencia del Ecuador más importantes debido al apoyo de los pueblos indígenas. Abdalá Bucaram, el triunfador de la contienda electoral, impidió el triunfo de Ehlers con groseras manipulaciones; pero seis meses después, el Congreso expulsó a Bucaram de la presidencia. A pesar de ello, algunos de los seguidores de Ehlers pudieron llegar al Parlamento.

Federico Ehlers estaba sorprendido de lo que había visto en nuestro país. ¿Por qué se hablaba de mexicanos e indígenas? ¿Por qué Marcos exige leyes que, lejos de mantener la integración del México que ha sido inspiración nuestra, legalizan la discriminación de que los indígenas fueron objeto en la Colonia?

¿Por qué se reclama para estos mexicanos que, en supuesta defensa de su dignidad, se queden como piezas de museo del rico pasado de sus ancestros? ¿Por qué reclaman representación como si fueran especies en extinción, reservaciones para que no se pierdan sus hábitos, costumbres y lenguas?

“Yo nací en una región de esta nuestra América —dice Ehlers— en la que se sigue hablando de indios y de indígenas como gente extraña a la nación a la que pertenecen y por la que muchos de sus ancestros han dado su sangre en las guerras de independencia y revoluciones una y otra vez frustradas. Lo que mis compatriotas exigen ahora no son leyes que los mantengan en las ruinas del pasado de sus ancestros, ni en los museos de historia natural. Lo que piden mis compatriotas es su derecho a ser parte de la nación en que han nacido y parte de la América multirracial y multicultural que es la nuestra”.

Los indígenas se ponen sus hábitos para festejar, pero también los fabrican para vender y exportar, como se hace en toda economía de mercado. Ahora luchan contra la dolarización que afecte sus intereses económicos. Como lo hace cualquier otro ecuatoriano, peruano, colombiano, que anhela ser parte de un desarrollo compartido.

“¡No entiendo, Leopoldo —agrega Ehlers—, qué pasa en tu país! ¿Por qué se pretende presentar como revolucionaria una contrarrevolución que anularía la maravillosa nación que la revolución hizo posible, por la mezcla de sangre del pueblo mexicano? El México que surgió como un faro del resto de este continente, ¿será incluido en la América Sajona?”.

(Excelsior, 25 de marzo de 2001)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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