Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"A Arturo Ardao en sus ochenta"

Gran satisfacción tuve recientemente al llegar al aeropuerto de Montevideo, y descubrir en lo alto a un grupo de personas que hacían señales porque entre ellas se destacaba Arturo Ardao. Verlo y encontrarme de inmediato con él me recordó la primera vez, en un noviembre de 1945, un encuentro semejante. Ahora me urgía verlo, aún resonaban en mis oídos sus palabras, cuando le felicitaba telefónicamente por haber sido galardonado con el Premio Gabriela Mistral en el campo de la filosofía que otorga la Organización de Estados Americanos: “¡Leopoldo, quiero verte, pero ven pronto!”. Volverlo a ver como si el tiempo no hubiese pasado me dio una satisfacción extraordinaria. ¡Mi hermano uruguayo estaba bien, entero!, siempre dispuesto a seguir el camino que nos marcamos en ese año de 1945. Ya me había sucedido con Francisco Miró Quesada, al que había encontrado enfermo meses antes en Lima y luego en México sano. Ambos, Miró Quesada y Ardao, siempre han respondido a los llamados que les había hecho en diversas ocasiones, como yo a los suyos, en relación con la tarea que nos habíamos propuesto. Encontrarme ahora con Arturo Ardao, pleno de entusiasmo, me alegró mucho. Fue para mí una más de las satisfacciones que he recibido en este 1992, en que cumplí largos ochenta años. También Arturo los está cumpliendo. Forma parte de los ya viejos de América que como otro amigo, Germán Arciniegas, nacieron con el otro descubrimiento de América.

Ahora, más que nunca, vuelve a mi memoria el proyecto iniciado en 1945. Fue el año de mi primera visita a la América Latina, a “nuestra América”. Año de un peregrinaje que se inició en junio de ese año, terminó en junio de 1946 para nuevamente reanudarse. José Gaos lo había proyectado para que yo hiciese la Historia de las Ideas de la región. La primera mitad de ese 1945 la pasé en Estados Unidos, en varias bibliotecas en las que pude acumular material para mi investigación.

A continuación debería conocer a esta América y a su gente. Anticipando mi presencia en este peregrinaje iban las misivas de Francisco Romero mandadas desde Buenos Aires, Argentina. En mi breve paso por Lima para llegar a la Argentina, tuve mi primer encuentro con Francisco Miró Quesada. Allí se empezó a forjar una fraternidad que sigue viva y en aumento. Con Romero me encontré, entre otros, con su hermano José Luis y con jóvenes filósofos como Gregorio Weinberg. Aquí también fue mi primera gran experiencia latinoamericana. Entre junio y noviembre de ese 1945 me tocó ser testigo del nacimiento del peronismo.

En noviembre salí de Buenos Aires rumbo a la capital uruguaya. En un barco nocturno llegué a Montevideo por la mañana. Allí, esperándome en el puerto, estaba un hombre joven, Arturo Ardao. Fue una semana atareada, sin descanso, pero llena de frutos. Allí se agregó otro de los eslabones de la cadena que, con el tiempo, había de fructificar. Frutos que me ha tocado vivir y que explican la recepción que tuvo, por parte de mis amigos, y para sorpresa mía, la llegada de mis ochenta años. A los primeros eslabones se agregarán, entre otros, Cruz Costa del Brasil, Oryarsun de Chile, Francovich de Bolivia, Carreón del Ecuador, Arciniegas de Colombia, Picón Salas de Venezuela, Roa de Cuba y otros muchos que escapan a mi memoria. Posteriormente se agregarán otros como Darcy Ribeiro. Se trataba de encontrar el sentido de la historia de esta región de América que se dio en ese año de 1492. Mi cumpleaños fue un buen pretexto para recordar. Arturo Ardao es parte de esa hermandad latinoamericana que está dando óptimos frutos.

Cuadernos Americanos rinde aquí un fraterno homenaje a Arturo Ardao, a un viejo colaborador de esta revista, en sus ochenta años. Aquí se publican trabajos que muestran la importancia de obras que como investigador, promotor y creador tiene en el campo de este nuestro filosofar. Un filosofar de origen regional como todo filosofar, pero enfocado hacia esa nunca satisfecha universalidad. A Ardao debemos el trabajo sobre las ideas contemporáneas del Uruguay que, integrado al de otras regiones de esta nuestra América, ofrece la visión que en su conjunto hace expresa la universalidad de la reflexión sobre el hombre y su realidad. Ardao también ha mostrado la relación que guarda el historicismo de la filosofía europea contemporánea con la historia de las ideas de esta nuestra región, y, a partir de ella, una filosofía de la historia regional como parte concreta de la filosofía de la historia universal.

Extraordinariamente importante ha sido el aporte de Ardao a la tarea de desentrañar la adopción que hizo esta nuestra América del calificativo Latina. Es la latinidad de la que hablaron a mediados de siglo xix el chileno Francisco Bilbao y el colombiano José María Torres Caicedo, a los que se agregarán posteriormente el cubano José Martí y el uruguayo José Enrique Rodó. A través de lo latino —decía Vasconcelos— se recuperaba a España y se enfrentaba al sajonismo de la otra América, de visión limitada y excluyente. Nada tiene esto que ver con la latinidad de Napoleón III y sus afanes imperiales. Arturo Ardao ha sacado a la luz las raíces que explican la adopción de este calificativo en la preocupación por la romanidad. La latinidad, espíritu de la Romania, como expresión de la capacidad para aceptar y asimilar otras formas de identidad humana, lo cual permitió a Roma mantener su imperio en el Mediterráneo, cuyas aguas bañaban tierras europeas, africanas y asiáticas. Esto hacía inexplicable el enojo de algunos españoles que querían se hablase sólo de hispanidad. Ahora el termino de latinidad es ya visto y aceptado como parte de una común identidad Ibero-Americana. Así lo expresó el mexicano José Vasconcelos y el transterrado español José Gaos. Punto de partida de la reconciliación entre esta América e Iberia, por el que se superan arrogancias y resentimientos originados en la expansión ibera sobre esta región americana. Reconciliación de sangre y de cultura, más allá del dolor de la conquista y el coloniaje.

Como parte del homenaje a Arturo Ardao, aparecerá pronto la publicación de los trabajos que en su conjunto dan una visión plena de la riqueza de la no menos rica identidad de los pueblos de la región que adoptaron el calificativo de latinos, como signo de una universalidad abierta a todas las expresiones de lo humano.

(Cuadernos Americanos núm. 36, 1992)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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