Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Alfonso Rumazo"

1. Mi recuerdo de Alfonso Rumazo

El difícil y doloroso emerger de los marginados —los Condenados de la Tierra, como los llama Frantz Fanon— ha sido fruto de la terca insistencia de gente que se empeñó en ello, poniendo en marcha un movimiento a lo largo del siglo xx. En relación con ello hablaré de mi privilegiado encuentro con gente como Alfonso Rumazo. Éste, como el colombiano Germán Arciniegas, no alcanzó a vivir los cien años, un siglo. Con Rumazo, como con Arciniegas, me ligó la figura y promesa del Libertador Simón Bolívar de “una Nación de naciones que cubrirá el Universo entero”. Profecía que ahora se hace realidad. Tanto Alfonso Rumazo como Germán Arciniegas y otros muchos afirmaron la concepción integradora de las diversas expresiones de lo humano de la Revolución Mexicana iniciada en 1910.

En 1946 visité por vez primera Venezuela, cuna del Libertador, y he vuelto muchas veces. En una de estas visitas conocí a Alfonso Rumazo y su maravillosa familia. Centralmente a Lupe, su hija, y a su nieta Constanza. Y al nieto, Alejandro, que parece —y aceptó ser— encarnación de Harry Potter. Me veía como el Brujo mayor y por ello en París delegué en él mis poderes.

En una de esas visitas volví a Caracas, en la víspera del bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar en 1783. Se preparaban los homenajes para conmemorar ese acontecimiento. Rumazo me dijo que el presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, había creado el Premio Simón Bolívar, y pensaba que yo podría aspirar a obtenerlo.

De la creación del Premio me había enterado en París, en la unesco, entonces bajo la dirección del senegalés Amadou-Mahtar M’Bow, en la cotidiana visita que hacía como director general de Relaciones Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Se pensaba que yo podría alcanzar este reconocimiento, según lo había expresado el embajador de Venezuela en la unesco, Arturo Uslar Pietri. Así me lo hizo saber el presidente de la Asamblea General de la unesco, quien agregó que sería importante buscase algunas instituciones internacionales que apoyasen mi candidatura. Antonio Rivadeneira, colombiano, presidente de la Federación Internacional Bolivariana, lo hizo. Guillermo Soberón, rector de la unam, y el entonces presidente de la República, el licenciado Miguel de la Madrid, reafirmaron mi candidatura.

Como parte de los homenajes, en 1982 fui invitado para asistir a la publicación de las Memorias del general Daniel Florencio O’Leary, edecán irlandés de Simón Bolívar. Allí conocí a un grupo de oficiales de baja graduación que se agrupaban en “Bolívar 2000”, entre los que se encontraba el actual presidente de Venezuela Hugo Chávez.

Hubo cambio de gobierno en Venezuela y Luis Herrera Campins asumió la presidencia de la República, pero continuaron los festejos del Bicentenario de Simón Bolívar, festejos que habían sido encargados a José Luis Salcedo Bastardo, buen conocedor de Bolívar y otros próceres de esa nación. Casi en vísperas de la designación del merecedor del premio Simón Bolívar, Salcedo me dijo: “Leopoldo, sé que eres firme candidato al premio. Yo también pretendo competir”. “Claro que puedes hacerlo, le contesté, pero tú eres venezolano y encargado de los festejos”. “Claro, primero yo, después tú” —opinó.

Poco después volví a Caracas, donde José Luis Salcedo Bastardo compitió por un pequeño premio sobre Bolívar. Me preguntaron mi opinión y dije que éste era un premio para gente joven, que a José Luis había que darle un premio a su altura. No le gustó.

Más tarde lo encontré en la unesco, donde me dijo: “Pronto vas a recibir una sorpresa sobre el premio”. La recibí en nueva visita a la unesco: el mismo presidente de la Asamblea General, que me había invitado a participar, me dio un mensaje del director general de la unesco para que retirase mi candidatura.

¿Por qué?, pregunté. Porque el mismo gobierno de Venezuela que ha creado el premio ha propuesto a un candidato avasallador y todos los candidatos se están retirando. ¿Quién? “El rey Juan Carlos de España”. “No puedo retirarme, porque yo no me propuse. Sólo los que apoyaron mi candidatura pueden hacerlo”. El gobierno de México se negaba a hacerlo, como me dijo Luis Villoro, representante de México ante la unesco.

Desde Caracas recibí una comunicación de Alfonso Rumazo, indignado. Poco después me llegó nueva insinuación del director general de la unesco: “Si usted se retira ahora se le garantiza que el próximo será para usted, si no, perderá la oportunidad, puede ser que para siempre”. “Entiendo que no se da el premio por ‘dedazo’, como dicen en México, por lo cual no puedo retirarme y asumo las consecuencias”.

Regresé a México, donde recibí una sorpresa que se llamaba Luis Echeverría, ex presidente de México: “Leopoldo, ¿conoces a Leopoldo Zea?”, “¡Qué broma es ésta! Estás hablando con él”. “Sabes que soy el presidente del jurado y nada me has dicho”. “Por ello, porque eres mi amigo”. Soltó una carcajada y me dijo: “Yo no podría votar por el Borbón, porque en la noche León Felipe me jalaría de los pies. Y como el premio debe ser por unanimidad quizá tenga que retirarte, ¡pero tendrá también que ser retirado el Borbón!”.

Al otro día temprano me llamó Luis Villoro que me dijo: “Toda la mañana hubo un forcejeo porque Echeverría se negaba a retirar su candidatura y al final la retiró y propuso otro candidato. No sé qué pasó”.

 Poco después me llamó Luis Echeverría: “Leopoldo: retiré tu candidatura y propuse la de Nelson Mandela, un africano que está en prisión por su resistencia a la discriminación. Tenían que retirar la del rey de España”. Arturo Uslar Pietri informó que su gobierno no retiraba la candidatura del rey de España. Era un fraude y no quiso votar, el jurado sin Echeverría acordó que el rey de España compartiese el Premio con Nelson Mandela. El rey Juan Carlos aceptó.

Al iniciarse los actos conmemorativos del Bicentenario del Nacimiento del Simón Bolívar recibí una invitación del presidente de Venezuela, Luis Herrera Campins, para asistir a los homenajes. Acepté, y al llegar al aeropuerto un edecán de la presidencia me acomodó en una residencia y me llevó a la casa del presidente.

“Maestro —me dijo—, le agradezco haya aceptado la invitación”. ¿Por qué no iba a hacerlo? Poco después recibí una invitación para participar en el informe que darían Arturo Uslar Pietri y Salcedo Bastardo sobre las razones del otorgamiento del premio al rey de España. Decliné la invitación.

El mismo día en que llegaba el rey Juan Carlos, Alfonso Rumazo, en El Universal de Caracas, publicó un violento artículo que tituló: “Borbón despoja a un destacado latinoamericanista mexicano del Premio Simón Bolívar”. Llamé de inmediato a los organizadores de la reunión a que había sido invitado para exponer los motivos del otorgamiento al rey de España y aclarar que me había sido ofrecido. La reunión estaba tensa; entre ellos estaba el director general de la unesco, ¿qué iba a decir?

Arturo Uslar Pietri expuso que era un acto de reconciliación con España. José Luis Salcedo Bastardo dijo que era un reconocimiento a la “Madre Patria”. Pedí la palabra y expresé que no podía ser un acto de reconciliación con España porque ya no había pleito.

¿Reconocimiento a la Madre Patria? Recordé lo expresado por mi maestro José Gaos cuando sostenía que España era la última colonia de sí misma, la última que quedaba por independizarse. Había que hablar de hermanas patrias. Entonces consideré que el rey Juan Carlos de España había dado este paso emancipando a España del pasado imperial que representaba Francisco Franco y que, por lo tanto, era legítimo merecedor del premio.

Al otro día se presentaba la exposición sobre la vida y tiempo de Simón Bolívar. Asistían naciones, como Colombia, surgidas de la hazaña bolivariana. Allí estaba Belisario Betancur acompañado de Germán Arciniegas. Nos abrazamos. Llegó el rey de España; Betancur me preguntó si lo conocía: “Es una persona extraordinaria”, y le hizo una seña para hablar con él: “Majestad —le dijo—, quisiera que en esta exposición fuese acompañado por dos destacados intelectuales de esta nuestra América. Uno es mi compatriota Germán Arciniegas, el otro es el mexicano Leopoldo Zea”.

 El rey saludo a Arciniegas, a mí me tomó del brazo diciéndome: “Zea, yo no vine a recibir honores, sino a rendir honores al libertador de las hermanas patrias españolas”.

“Majestad —le dije—, lo que usted está diciendo lo dije ayer recordando a mi maestro José Gaos”. “¿Dónde lo dice?” —preguntó—, y le expliqué, señalándole también que había dado una gran muestra de dignidad compartiendo el premio con Nelson Mandela. Sonrió y me dijo: “¿Por qué no?”. Sin embargo el protocolo español no lo ha olvidado cuando dice que por mi culpa el rey tuvo que compartir el premio con un negro.

Se realizó la ceremonia de entrega del premio. Junto al rey de España, el asiento vacío de Nelson Mandela, quien estaba preso. El premio en su nombre lo recibió su hija. Al rey de España lo he visto en varias ocasiones. Siempre afectuoso, siempre recordando lo que le dije. Así me manifestó la reina Sofía en México: “Éste no va a olvidar lo que usted le dijo”.

A Alfonso Rumazo, a quien debo esta maravillosa experiencia, lo seguí tratando. Rumazo ha visto llegar a la presidencia del país, donde vive, a uno de los jóvenes del grupo Bolívar 2000, a Hugo Chávez, quien ha sido honrado por él. Esperaba le fuese otorgado el premio Simón Bolívar, pero hubo de sentirse satisfecho con lo que vivió en sus últimos años.

Son personas como Alfonso Rumazo las que han dado significado y hecho posible las profecías del Libertador. Los tiempos son, quizá, más difíciles que ayer. Un reto mayor que hay que aceptar hará realidad la “Nación de naciones” de Simón Bolívar y la Raza Cósmica de su seguidor, José Vasconcelos.

2. Justicia, la mala palabra

He leído con suma atención e interés el trabajo de Alfonso Rumazo González. ¿Novela? No sé mucho de géneros literarios ni reglas del buen decir: lo que encuentro en el trabajo es una cosmovisión de la región a la que el escritor ecuatoriano —y más que ecuatoriano bolivariano— ha dedicado toda su vida: Bolívar, Sucre, Miranda, San Martín, Bello, Manuela Sáenz, Martí y Simón Rodríguez. ¡Cuánto he aprendido en la lectura de estas extraordinarias biografías históricas! Grandes próceres de nuestra América que a partir de su peculiar realidad e identidad, de su “pequeño género humano” del que habló Bolívar, se universalizaron mostrando la posibilidad de una nación de naciones, una cultura de culturas y una raza de razas, cuyos entresijos ha sacado a flote Alfonso Rumazo.

Recientemente me encontré con el maestro bolivariano en Caracas, su Caracas, porque también lo es de Bolívar y varios de los próceres que su pluma ha hecho emerger en su más amplia dimensión. Se daba a conocer el nombre del agraciado del Premio Simón Bolívar, creado por el gobierno venezolano para honrar la memoria del Libertador en el bicentenario de su nacimiento. Me pregunto, ¿por qué no se ha otorgado este reconocimiento a Alfonso Rumazo que tanto ha hecho por patentizar el extraordinario mundo que con su acción dio origen a la acción libertadora de Bolívar?

Justicia, la mala palabra. Esta novela tiene como escenario el avión estadounidense Jonás 18. Los pasajeros que lo abordan en el aeropuerto Simón Bolívar están un tanto azorados por la presencia de fuerzas armadas que buscan y vigilan la nave. Existe amenaza de bomba. Algo ya cotidiano en la liberada tierra de Simón Bolívar. Parte de la violencia que vive Venezuela y otras partes de la región que se autodenomina Latinoamérica. “Venezuela —dice Rumazo— zarandeada por la violencia política, expresa internacionalmente, tiene hoy en América Latina, casi siempre, signo de odio a los yanquis, se desenvuelve la teoría de la indignación al imperialismo, y a la vez se estimula el áspero fermento de la revolución de tipo, ahora, maoísta”. Pero ¿existe o no existe la bomba? ¿Es amenaza o realidad? La angustia hace dudar de la eficacia de los instrumentos que existen para garantizar la seguridad.

La trama y el mecanismo hacen patente la cosmovisión que se expresa en la vida concreta de cada uno de los pasajeros que abordan el avión. Cada uno tiene su propia y concreta vida, como cada uno ha de tener su propia y concreta muerte. Y esto último es lo que está en entredicho ya que la violencia, el terrorismo desatado, impondrá a esta gente una muerte que no es la propia; muerte ajena, extraña y por serlo, negadora de la propia vida. Cada pasajero hace expresa su propia visión del mundo y de la vida que el relato de Rumazo nos muestra como un rico abanico de la múltiple y rica identidad de la América por la que luchó Bolívar y otros próceres de la región. Y a su lado viajan gentes de otras regiones de América, de Estados Unidos y de Europa, que con su presencia y palabras perfilan aun más la identidad de esta nuestra región.

El terrorismo tiene su origen en la resistencia de algunos hombres a los reclamos de justicia de otros, haciendo de la justicia una mala palabra que deberá ser sacada del léxico propio del sistema institucionalizado. Resistencia de la mojigatería que defiende los intereses creados en nombre de la decadencia del buen hacer y el buen decir. Habrá que desterrar malas palabras que puedan afectar el orden creado en el cual todos y cada uno de sus miembros tienen el lugar que les ha sido previamente asignado.

Son dos las figuras centrales de esta novela: Ricardo Andrós, que lleva a cuestas su propia, próxima y ya ineludible muerte, cáncer de sangre. Su tiempo es cada vez menor. La amenaza de bomba no le afecta, le alegra, pues servirá para adelantar su propia y peculiar muerte. La otra es Wanda Palacios, que ha sido su amante y se reencuentra con él. Ella está enajenada con la lectura de El Cuento de Quel que tiene como escenario las hermosas regiones del sur de esta América, Chile. Pero en la noticia que se da de un sacudimiento terrestre en la misma región surge la figura del hermano de Ricardo Andrós, Tristán. Éste, contrapartida de Ricardo, está haciendo de su vida un reto permanente de muerte, la muerte propia del subversivo, el guerrillero que busca imponer por la violencia el ineludible sonido de la mala palabra, la justicia. A Tristán no le aqueja mal físico alguno sino el ansia por hacer realidad la Justicia y acabar con la mojigatería de los que condenándola bendicen sus propios y mezquinos intereses. Son los mismos empeños de los próceres de la libertad biografiados por Alfonso Rumazo.

Los terroristas que han puesto la bomba que ha de estallar en el Jonás 18 esperan que el estallido, como un gran campanazo, se haga oír a lo largo y ancho de esta nuestra América. Tristán Andrós trata, por su parte, desde Chile, de hacer estallar una poderosa y gran revuelta que ensordezca a quienes no quieren oír la palabra justicia.

En otros pasajeros que el autor va destacando, se hacen patentes diversos enfoques de la vida de esta región, de sus inquietudes, sus anhelos, pero también sus pequeñas mezquindades, incluyendo las de los extranjeros que se dirigen a Lisboa atravesando el Atlántico. Artes, filosofía y política, pero también temores y anhelos diversos van desfilando en la multifacética humanidad que está dentro del avión condenado que amenaza convertirse en un gran féretro. Aparece el mundo maravilloso de esta América con el relato de la Maligna y del Barco Blanco. Se habla del petróleo, el cual lejos de hacer la felicidad de los pueblos en donde brota los llena de calamidades. Herencia del Diablo, dice el poeta mexicano Ramón López Velarde.

El petróleo y sus “dólares” —se dice— irán a parar a Estados Unidos, que es quien compra al más bajo precio posible: “Nos roba todo, así lo han hecho en muchas partes de América”, dice un personaje de la novela. “El petróleo es la maldición para el campo, que se quedará sin hombres; hasta ahora hemos vivido en paz, en el futuro lo que nos espera son problemas, y nos joderemos”. ¿Por qué?, ¿somos pueblos flojos? “No creo que seamos flojos. No hemos tomado conciencia de nuestros derechos, nada más; hemos de rechazar los sistemas contemporizadores y de compromisos con capitalistas y burgueses”.

Dentro de este horizonte de injusticia está la presencia de dos comerciantes griegos que han ido a vender telas a la región. Comerciantes ávidos de ganancias como todos los comerciantes, pero que encuentran en la región inesperado y amplio horizonte para esta avidez. “En general —dice uno de los comerciantes—, en mercancías nos vemos obligados a cargar el trescientos por ciento, por los impuestos fiscales que nos imponen”. En Latinoamérica además “se paga fácilmente un sobreprecio de hasta un quinientos por ciento”. ¿Qué podemos hacer­? ¡Los gobiernos nos cargan impuestos! “No cabe que trabajemos por trabajar, que sufra el comprador y no nosotros”. Estos comerciantes, siempre prácticos, se preparan así para el logro de una fabulosa ganancia, lo que sólo también la fabulosa América, donde la justicia es una mala palabra, puede hacer posible.

Otro pasajero es un honorable inglés que se encuentra sentado al lado de un matrimonio mulato con dinero. El inglés se siente incómodo pero piensa: “Yo no soy racista; ninguna persona inteligente puede serlo”. Sin embargo en la cercanía con otra gente hace patente que existen ineludibles diferencias. Arthur Joule, aun con toda su buena voluntad y educación, encuentra que es gente que no se le asemeja. No son sus iguales ni podrán serlo. Fácilmente se hacen patentes las diferencias. “De estos vecinos evidentemente me distingo en que limpio mi dentadura cuatro veces más y uso desodorante de alta calidad, me baño diariamente cambiándome cada vez de ropa interior y a veces hasta dos ocasiones”. “Estos vecinos pueden ser felices en su matrimonio, así lo considero, pero a su lado me ha sido imposible almorzar pues mordían el pan y pidieron a la aeromoza palillos de dientes”. El hombre “sacó del bolsillo una peinilla y se peinó; ella duerme la siesta, resoplaba”. “Sin embargo hay que amar al prójimo como a sí mismo”. Pero el mulato pensaba a su vez: “Este inglés que no almuerza, no sabe seguramente lo delicioso de una ternera llanera y un whisky con agua de coco”. La mulata dice a su marido: “este inglés no me gusta”. “—¿Por qué? “—¡Pues porque no me gusta!”. “Eres mala cristiana, hay que amar al prójimo”.

Pero ¿qué pasa con el avión amenazado? Los terroristas esperan el estallido que servirá de altavoz para imponer la mala palabra. No se encuentra la bomba, un terrorista apresado dice que existe pero no dónde se encuentra. Tripulantes y pasajeros se lanzan en su busca. No así Ricardo Andrós. No quisiera que la encontraran, así, su propia muerte sería acelerada con la explosión. ¡Ojalá y exista la bomba y no sea encontrada! “Cuando se haga pedazos en el aire —piensa— y se esparza volatilizándome toda mi sangre, no habrá sino la nada”. Considera que su vida ha fallado, ¿por qué no adelantar lo que considera su propia y natural muerte? Pero ¿y los otros pasajeros que viajan con él? Para él no existen. “Sólo recuerda al lejano hermano”. ¿Por dónde andará mi hermano? Su hermano Tristán que ha ligado su vida y la que será su muerte a la vida y la muerte de los otros, de los que sufren injusticias, también ha fracasado, pero es el fracaso de los Bolívar, Sucre y tantos otros. ¡Muerte y resurrección!, mientras la mala palabra tome su lugar en la gramática del hombre consciente de su misma esencia.

El avión llega a su meta, Lisboa. Los pasajeros salen precipitadamente. Ricardo Andrós falla en su intención de suicidarse dentro del avión, sale acompañado de Wanda y juntos reanudan viejos amores. Los terroristas han fallado por minutos. El avión, ya sin pasajeros, salta hecho añicos. La historia termina. Alfonso Rumazo ha logrado su propósito describiendo el mundo que tanto conoce, un mundo con egoístas como Ricardo Andrós y su generoso hermano Tristán. El mundo de Wanda devorando los Cuentos de Quel. La cosmovisión hecha patente a lo largo de la obra de Alfonso Rumazo se eleva a una imaginación que es simplemente proyección de la realidad en la fantasía. La fantasía que permite conducir personajes reales pero en una dimensión supuestamente extrarreal. Los anhelos y los desencantos de esta nuestra América están allí presentes. Son realidades que se explayan en imaginarias discusiones.

Tal es lo que encuentro en la obra de mi querido amigo Alfonso Rumazo que entra ahora en el campo imaginario que es el de su querida hija Lupe, en cuyos relatos la realidad también se expresa en supuestos imaginarios.

(Cuadernos Americanos núm. 98, 2003)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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