Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Jerusalén"

En 1961 visité por primera vez Jerusalén cuando concluía en El Cairo la misión que encabezaba el embajador Alejandro Carrillo ante el gobierno de la República Árabe Unida (que comprendía Egipto y Siria bajo la presidencia de Nasser). Por mi cuenta continué el viaje a Siria y de allí a Jordania, cuyo gobierno había hecho de Jerusalén una ciudad abierta bajo el encargo de misioneros cristianos que mantenían su apertura a judíos, árabes y cristianos.

La misión por África había sido formada por el presidente Adolfo López Mateos para ofrecer a los pueblos emergentes la experiencia de la Revolución Mexicana. Esta misión fue calurosamente recibida en el África árabe y negra, donde sabían mucho de la Revolución Mexicana.

La importancia de ésta en el mundo la había anticipado el filósofo británico Arnold Toynbee y lo había expuesto durante su visita a México en 1953, cuando vino a confirmar su tesis acerca de la Revolución como el inicio de un movimiento que había enfrentado con éxito la hegemonía del mundo occidental. Por esta razón, México sería ejemplo a seguir en América y, posteriormente, entre los pueblos del llamado Tercer Mundo: Asia, África y Oceanía.

Yo participaba en la misión como director general de Relaciones Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores, bajo la conducción de Manuel Tello. Había fracasado en otro encargo, democratizar el organismo concertador que entonces ya se denominaba pri. Este organismo había sido creado para impedir que la Revolución triunfante terminase en anarquía por la lucha entre sus caudillos.

Formaba parte de la misión el reciente ganador de la Medalla Belisario Domínguez, José E. Iturriaga, que observaba sorprendido el conocimiento que se tenía a lo largo de África de la Revolución Mexicana y el entusiasmo por la oferta de compartir nuestras experiencias con esos pueblos.

En 1964, antes de terminar su gestión, Adolfo López Mateos me hizo otro encargo; esta vez se trataba de ir a lo largo de la ya emergente Asia para conmemorar los 450 años del envío de la expedición enviada desde la Nueva España a Filipinas, Japón, China e India.

La misión terminaba en El Cairo, donde era embajador Jorge Castañeda, padre del posterior canciller. Al terminar hubiera querido regresar a Jerusalén. Imposible, había dejado de ser ciudad abierta y era controlada por Israel.

Nunca más intenté volver a Jerusalén, tampoco había visitado Israel. La Guerra Fría había terminado, quedaba la Guerra Sucia, de la que se sirvieron Estados Unidos y la Unión Soviética para disputarse el dominio universal. En 1991 la Unión Soviética se desarticulaba y Estados Unidos tuvo que regresar a sus cuarteles en Norteamérica, cargando con el peso de sus obsoletas armas.

La Europa occidental que no tuvo que fabricar armas, rompía con la hegemonía de Estados Unidos y ponía en marcha la economía de mercado. Japón hacía lo mismo en la Cuenca del Pacífico, Asia y Oceanía. La Europa occidental se transforma en una comunidad.

Había cambios en Israel, estimulados por el presidente demócrata estadounidense William J. Clinton, vencedor de las elecciones presidenciales frente a George Bush, padre del actual presidente republicano.

Entonces recibí una invitación para visitar Israel. La invitación me la hacía un discípulo mío en México, el israelí Tzvi Medin. “Lo invita su judío, venga y vea cómo esto está cambiando”. ¿Qué hacer? Me acordé de mi maestro José Gaos, cuando poco antes de morir me conminó diciendo: “Zea, debe visitar España, con Franco o sin Franco. Sólo así conocerá la otra parte de la identidad que anda buscando”. Acepté la oferta de Medin y volví a Jerusalén. A mi regreso, un discípulo de Gaos, de origen libanés, me increpó: “Zea, ¿cuánto le pagaron?”. Era la voz del otro fundamentalismo, ajeno al Corán, como Franco era ajeno al Nuevo Testamento.

Fue en Tierra Santa que se forjó el monoteísmo judío, cerrado en su origen. El abierto lo puso en marcha un judío, Jesús, y sólo será siglos después que surja el islámico, que busca conciliar en la lucha entre el judaísmo y el cristianismo.

El fundamentalismo judío se explica porque diversos imperios arrasaron las tierras en que se asentaba Jerusalén: asirios, babilonios, griegos y romanos. Antes los judíos expulsaron a los filisteos o palestinos de Jerusalén, que eran sus milenarios moradores.

Los judíos creían en un solo Dios, Yahvéh, que los castigaba cuando no obedecían sus mandamientos y los liberaba cuando sufrían dominación. El Mesías, que los liberaría de los romanos, estaba por llegar, pero Jesús, el hijo del carpintero que hablaba de amar a los enemigos, no podría ser el Mesías.

Se ordena detener al impostor y a los judíos que le seguían. Detuvieron a Jesús e hicieron que el gobernador romano lo sentenciase a morir en la cruz en el Calvario y como mofa sobre su corona de espinas le pusieron el cartel inri, Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos.

Abraham engendró a Ismael, y por ello hermano bastardo de los judíos. Éste fue expulsado al desierto, donde después Mahoma habló de Allah como un dios conciliador entre el judaísmo y el cristianismo. Cristiano es el “ama y respeta a tu enemigo porque es como tú”, y judío es el “si no te respeta, acábalo”. El Corán une ambas sentencias.

Los judíos que siguieron a Jesucristo buscaban incorporar a los gentiles. Así llegan a Roma y la conquistan, inmoláronse como Jesucristo lo hizo por toda la humanidad. Con su martirio y sangre regaron los coliseos y arenas romanos hasta llegar Constantino.

Constantino enfrenta a sus contrincantes para conducir el Imperio. Pone en sus estandartes la Cruz. Vence y se sienta en el Bósforo, entrada al fabuloso mundo asiático que siglos después describe Marco Polo. Constantino se hace cristiano y seculariza el cristianismo, convertido en religión de Estado.

Empiezan las divisiones, guerras y fundamentalismos entre cristianos. Primero los origina Roma al expanderse sobre el frío Báltico y el Atlántico Norte, donde surge el fundamentalismo puritano.

Al inicio de la Modernidad, la Europa cristiana encabezada por España se expande y conquista el mundo. Cristóbal Colón tropieza con un continente desconocido. Le sigue la Europa puritana al norte del Mediterráneo, importando el fundamentalismo que ha provocado la intransigencia católica. La Europa Occidental protestante y puritana se impone a la católica.

“Para nosotros los occidentales —dice Toynbee—, los naturales de los pueblos con los que nos encontrábamos eran pura y simplemente parte de la flora y fauna para hacer producir o desechar”.

La divisa que surgió en la guerra contra papistas fue “el mejor irlandés es el irlandés muerto”. En la América del Norte dicen: “El mejor indio es el indio muerto”. Como también los españoles y los mestizos que engendraron.

En la guerra que Estados Unidos declara a México en 1847 le arrancan la mitad del territorio, pero ponen el desierto entre los vencidos y los vencedores. A los defensores de la capital mexicana se une el Batallón de San Patricio, formado por católicos irlandeses que buscaron inútilmente el sueño americano en Estados Unidos, algo exclusivo de los fundamentalistas puritanos.

Llegamos a los sucesos del 11 de septiembre de 2001, originados por el fundamentalismo islámico. La respuesta fue el terrorismo represor que había terminado con la Guerra Fría y que ahora se abate sobre Asia, en Afganistán, frontera de la India y China, países estos últimos que emergieron con Japón en la economía de mercado.

Se habla de nueva cruzada encabezada por Estados Unidos. En Asia habitan también millones de gentes que no son ni cristianos ni musulmanes. Son los que derrotaron a Estados Unidos en Vietnam. Son de origen budista, esto es, seguidores de Buda.

Antes de Buda, sólo había mitologías y dioses, como en el Ramayana y el Mahabarata, y como en la Iliada y la Odisea de Homero. Allí un príncipe, Sakia, abandona sus riquezas, toma un báculo y predica a los pobres, a los intocables, la salida de esa situación. No en la otra vida, sino aquí en la Tierra, de la que son marginados. No es el Nirvana vacío, sino en el cosmos que puede ser ordenado.

El príncipe Sakia se transforma en Buda, un Dios que toma carne y enseña cómo vivir. Se origina en un mito que se asemeja al de Cristo. Su madre se llama Mayra, no María. El anuncio de su concepción lo hace un pequeño elefante, símbolo del saber y la continencia, y no una paloma.

Esta religión es abierta como el cristianismo. Primero se establece en monasterios semejantes a los de los cristianos en la Edad Media. Centros de meditación para buscar la salida para los que no la tienen.

En nuestro tiempo surge el budismo laico, que gana adeptos al religioso y tiene su asiento en Tokio. Lo encabeza Daisaku Ikeda. Enseña a vivir en nuestro tiempo frente a los encontrados fundamentalismos de la economía de mercado. Propugna por un desarrollo compartido. Ikeda ha visitado nuestra América buscando coincidencias. En México las encuentra cuando le dicen: “Ésta es la casa de usted”. Ikeda dice que los budistas hacen lo mismo.

Las semejanzas que expongo no los convencen porque el catolicismo que conocen es el portugués y el de los jesuitas, que originaron la emergencia de los shogunes para enfrentarlo, como después hicieron en la segunda Guerra Mundial.

Creo, como mis amigos católicos y budistas que no aceptan la coincidencia, que Jesús está dentro de nosotros, como Buda dentro de los asiáticos. No podemos culpar al Creador de todo lo malo que existe, sino a nuestra incapacidad para compartir lo que explotadores y explotados han hecho juntos, con el ingenio de unos y el trabajo de otros.

(Excelsior, 23 de diciembre de 2001)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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