Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Diálogo epistolar"

Julio 7 de 1986

Prof. Leopoldo Zea
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad Nacional Autónoma de México
Ciudad Universitaria
México 20, D. F.

Muy estimado profesor Zea:

Hace muchos años, en el verano de 1958, pasé varias semanas en México con el propósito de familiarizarme con la filosofía mexicana. Era entonces profesor asistente de filosofía en la Universidad Rice y conocía suficientemente el español como para asistir a conferencias y hasta contestar algunas preguntas que el profesor García Máynez me planteaba en su seminario sobre ética (posteriormente el profesor García Máynez visitó la Universidad Rice y dictó allí una conferencia). Mantuve, en un taxi, una conversación con el difunto José Vasconcelos, quien acudía a una cita con su dentista y me invitó a acompañarlo. También platiqué con usted, que me invitó después a una entrevista en su oficina.

Tras haber leído algunos de sus artículos, me pude dar cuenta de su compromiso de filosofar en el marco de la cultura nacional. Por ello, no me sorprendió que en el último Simposio Interamericano de Guadalajara usted tratara el fenómeno del “imperialismo cultural”. Yo no asistí al Congreso de Guadalajara y no he leído la ponencia que usted presentó allí, pero acabo de recibir la publicación, fechada en junio de 1986, de las Actas de las Sesiones de la Asociación Filosófica Americana en las que se mencionan algunos de los debates. Las Actas contienen las discusiones del profesor Richard Rorty y los reportes de los profesores Thomas Auxter y Ofelia Schutte.

Me ha sorprendido la hostilidad con que fue recibida la exposición de Rorty. Se la consideró simplemente como otra instancia del prejuicio euroamericano. Sin embargo, me parece que la posición que él defiende es de hecho partidaria de lo que ustedes desean que suceda. Si es el caso, como él sostiene, que la ambición filosófica de establecer una estructura básica universal a favor de la naturaleza y de la naturaleza humana ha dado pruebas de ser un desengaño, y si las teorías físicas, sociales y morales son creaciones e invenciones de los seres humanos para dar sentido a sus vidas, entonces cada contribución exitosa encaminada a estos esfuerzos experimentales es digna de atención y de apoyo. La posición de Rorty, a mi parecer, no va contra la aceptación de las diferencias culturales y de los intentos nacionalistas por dar forma y carácter a un único estilo de vida dentro de un contexto histórico particular. Por el contrario, dado que no está forzado en un lecho de Procusto de estructuras supuestamente uniformes de todas las formas de filosofar, el pensamiento humano es libre de explorar posibilidades de una manera mucho más abierta y aventurada, haciendo pleno uso de los poderes lúdicos de la imaginación. Y es natural esperar que el punto de partida de esta aventura del espíritu humano sean la propia tradición y los intereses sociales y políticos del grupo que uno escoge para identificarse.

Desafortunadamente, una de las connotaciones de la palabra “juego” sugiere falta de seriedad y hasta frivolidad. Ésta no es la connotación de la palabra que emplea Schiller en el texto al que se refiere Rorty. El sentido de Schiller se encuentra correctamente especificado por Rorty como “el sentido del juego como la más alta posibilidad de la vida humana”. De acuerdo con Schiller, la humanidad llega a ser libre solamente cuando actúa en el sentido de desplegar sus capacidades para el pensamiento creativo, la imaginación y todo esfuerzo deliberado para ampliar al máximo sus posibilidades espirituales.

Cuando Rorty sugiere que nuestra preocupación por la objetividad debiera posibilitar la invocación de la solidaridad con otros seres humanos, nos invita a que miremos nuestras formas de pensamiento y nuestra práctica social como verificables por el mejor juicio posible de la gente que sopesa el precio y el valor de estas formas. La solidaridad, como resultado de conformidad con tales juicios, sólo puede tener un campo limitado y por cualquier motivo puede fracasar en lugar de tener aceptación general. Mas ésta no es razón para que un grupo social cuestione sus valores a falta de buenos argumentos en contra de ellos. El reconocimiento de que la comparación de las formas culturales particulares tiene como finalidad la extensión del acuerdo y la solidaridad, antes que el descubrimiento de algunas normas culturales ahistóricas y trascendentes, debiera hacer a la gente más respetuosa con relación a ellas y más responsable respecto de los valores, necesidades y pensamientos de los demás. El comportamiento al que Schiller y Rorty hacen alusión no enfrenta a unos grupos contra otros sino, por el contrario, los alienta a iniciar una “conversación edificante” y, cuando sea necesario, a idear nuevos vocabularios o a revivir los viejos para salir adelante con situaciones que los mantienen separados.

La observación de Rorty respecto de que la filosofía sólo puede florecer en “enclaves de libertad” es una advertencia realista de que bajo crueles situaciones de privaciones físicas, de hambre y de pobreza, o bien bajo opresión política, un discurso creativo no puede prosperar. Como él dice, es una cuestión discutible considerar que las futuras condiciones económicas y políticas mundiales nos otorguen la oportunidad de seguir por este camino. Esto también explica su cautela en la elaboración de teorías acerca de la historia y de la humanidad; muy a menudo todas ellas suprimen la libertad de pensamiento. Pero se puede cuestionar su limitada filosofía que simplemente expresa las esperanzas, los anhelos que se tienen respecto de las prácticas políticas. Las esperanzas no surgen en el vacío, pero generalmente se las considera contrarias a la propia tradición y a las prácticas prevalecientes. Por ello el filosofar teórico les parece amenazador a los regímenes reaccionarios. Soljenitsyn observa que un gran escritor es un segundo gobierno que puede extenderse hasta abarcar toda la actividad intelectual, incluyendo la de los filósofos, especialmente si se los considera intelectuales de usos múltiples: este punto de vista es confirmado por Rorty.

No sorprende que condiciones de opresión social y política produzcan la llamada filosofía de la liberación. Tal filosofía, sin embargo, debería alimentarse en fuentes filosóficas que no fuesen parroquiales, y hacer un llamado a la solidaridad con cualesquiera personas o grupos ya comprometidos por los ideales de la libertad y de la autodeterminación. En este aspecto la tradición euronorteamericana contiene un cuerpo de argumentos filosóficos que desempeñaron, y todavía desempeñan, un papel en el establecimiento y en el mantenimiento de gobiernos democráticos. Podría apostarse sin riesgo que muchos, si no la mayoría, de los filósofos europeos y norteamericanos suscriben tales argumentos y al menos apoyan moralmente a la gente que por doquier lucha contra la opresión. Tal apoyo puede traducirse en una acción política, pero esto trae aparejada la decisión de aplicar las convicciones filosóficas personales a circunstancias políticas concretas. Por lo tanto, se requiere asumir la responsabilidad de un conocimiento objetivo y digno de confianza de tales circunstancias. El desempeño de este papel combinado, como filósofo y como activista político, no es imposible, pero siempre conviene distinguir entre la capacidad fáctica y la política de una persona con relación a los argumentos filosóficos con base en los cuales se interpretan los hechos y la política.

Cuando a los filósofos se los insta a tomar conciencia de su lugar en la historia no se ve con claridad qué es lo que se les invita a hacer. ¿Están obligados a realizar un trabajo mejor como filósofos o como ciudadanos teniendo también en cuenta sus responsabilidades internacionales? En su función de filósofos pueden o no ser capaces en cuestiones teóricas relacionadas con la situación política. Si su área de competencia es relevante para esta situación es posible que no posean la información necesaria que les permita aplicar sus teorías a una situación dada. En cierto sentido cada uno de nosotros está comprendido en la historia, pero el llamado específico a los filósofos para que asuman un papel deliberado en ella se basa en la suposición de que pueden estar seguros de la manera y forma en que sus teorías deben traducirse en una práctica. Los problemas políticos del mundo son demasiado complejos para que un filósofo pretenda tener tal capacidad, en particular para un filósofo de otro país. Pero esto no excluye la posibilidad de que el juego filosófico con alternativas conceptuales afecte el pensamiento y las actividades de los hombres de Estado y de los ciudadanos en quienes recae la responsabilidad de iniciar y llevar a cabo los cambios deseables en su sociedad.

Como miembros de organizaciones profesionales, los filósofos son responsables de los procedimientos relacionados con la ampliación de las comunicaciones entre los colegas de la profesión. La expansión de la solidaridad como resultado de una mutua y edificante conversación que contribuya al mejoramiento recíproco requiere algunos arreglos prácticos. Es un error excluir de la conversación a un amplio grupo de filósofos cuya lengua es el español, y tienen razón en querer asegurar la traducción en las reuniones internacionales. Se pueden dar otros pasos. Se pueden impulsar más intercambios de estudiantes, más simposios especiales entre facultades. Convendría, quizá, fundar periódicos bilingües o traducir algunos diarios para que puedan utilizarse. Mientras más libros de filósofos latinoamericanos se encuentren disponibles en inglés, sus puntos de vista, sus opiniones y teorías recibirán más atención y podrán ser discutidos. Ojalá los asuntos tratados en el Congreso de Guadalajara contribuyan a derribar las barreras existentes. Como Rorty lo apunta en su exposición: “ninguno de nosotros se encuentra realmente a gusto con tales diferencias nacionales”.

La razón por la que no estamos o no deberíamos estar contentos respecto de la falta de conocimiento de lo que se está haciendo por filósofos de otras latitudes tiene algo que ver con el punto de vista que Rorty quiere que tomemos en serio. Si fuera el caso de que las verdades descubribles a través de la filosofía estuvieran efectivamente enraizadas en alguna realidad ahistórica independientemente existente, aquellos que creen estar en posesión de tales verdades no tendrían razón de prestar atención a aquellos que tuviesen opiniones diferentes; después de todo, ellos ya poseen la verdad. Mas si no existe tal matriz atemporal que dé validez a nuestras creencias, entonces es aconsejable que comparemos nuestras opiniones con las de los demás, con la esperanza de que se nos confirme, corrija o instruya de otro modo en la justificación de nuestras creencias. Si el mérito de nuestras conclusiones filosóficas no es una función de un objetivo preexistente, de una cultura que trascienda la realidad, sino más bien es el resultado de llegar a un acuerdo con otros que contribuyen a la confirmación de tales conclusiones desde una perspectiva diferente pero complementaria, entonces tenemos la mejor razón posible para prestar atención al trabajo filosófico realizado en otras culturas y en otros marcos históricos.

Cordialmente,
Konstantin Kolenda

*    *    *

México, D. F., 14 de agosto de 1986

Sr. Profesor Konstantin Kolenda
Department of Philosophy
Rice University
Houston, Texas
77251 Estados Unidos

Estimado profesor:

Tuve el gusto de recibir su carta del 7 de julio que he leído con atención antes de hacerle llegar estas líneas. Me parece importante que lo discutido en el IX Congreso Interamericano de Filosofía sea objeto de esta atención, porque de esta forma se cumplen los deseos de los organizadores en México respecto de exponer las ideas que sobre el propio filosofar se tienen en las tres regiones de América, Canadá, Estados Unidos y América Latina. Pensamos que a través de estas exposiciones y su discusión se establecerían puentes de comprensión que tan necesarios son en nuestros días.

No creo que haya habido hostilidad para la ponencia del profesor Richard Rorty, pues no considero sea hostil exponer otro punto de vista sobre el quehacer filosófico. Desde luego su exposición estuvo, desde muchos puntos de vista, de acuerdo con lo sostenido por latinoamericanos y canadienses, dadas las altas miras de su posición. No se ha buscado la conformidad de juicios como expresión de solidaridad. La solidaridad resulta de la comprensión que guarden entre sí los interlocutores sin que ello implique renunciar a los propios puntos de vista. Descartes sostenía que todos los hombres son iguales por la razón, a lo que agregaríamos que todos los hombres son iguales por ser distintos, esto es, peculiares, individuos, personas; pero no tan distintos que unos puedan ser más o menos hombres que otros. El reconocimiento de la igualdad en la diversidad la da, precisamente, la razón, que permite entender y hacerse entender. Es del respeto a esas ineludibles desigualdades que se origina la verdadera paz, la convivencia. Pienso que la filosofía puede ser, en este sentido, un extraordinario instrumento de convivencia. De nuestro afán por comprender y hacer comprender el filosofar propio de la región como punto de partida para la comprensión de otras expresiones de este filosofar como algo propio del hombre, de todos los hombres. Aristóteles decía que el hombre se distinguía del animal por poder razonar, aunque excluía a los esclavos, las mujeres y los niños. Por ello discutir la capacidad para filosofar de los latinoamericanos o simplemente en lengua española, parecía poner en duda la misma humanidad de los excluidos en este quehacer, por lo que se afirma esta capacidad, como se afirma la propia y peculiar humanidad. Se me podrá replicar si lo que se hace en esta región pueda ser llamado auténticamente filosofía y no simple pensamiento o cualquier otra cosa.

No estoy de acuerdo con la observación del profesor Rorty de que “la filosofía sólo puede florecer en ‘enclaves de libertad’, considerando que el discurso filosófico creativo no puede prosperar bajo situaciones de crueles privaciones físicas, de hambre y pobreza o bajo la opresión política”. Considero que esta observación dejaría fuera de la historia de la filosofía hecha hasta ahora, a todos los filósofos, desde los presocráticos, salvo que se considere como filosofía auténtica tan sólo lo que ahora se viene realizando en las diversas instituciones de investigación filosófica en los Estados Unidos y la Europa occidental en el campo teórico. Por supuesto, tal filosofar es comprensible que tenga mayor posibilidad en una sociedad libre por opulenta. Sin embargo, no creo que los primeros filósofos en Grecia hubiesen alcanzado dicha opulencia y libertad y que viviesen mejor que ahora muchos de los pueblos de la América Latina, el Tercer Mundo y en los aledaños de las grandes capitales. Por el contrario, considero que ha sido la necesidad, el no poseer la plena libertad ni la plena satisfacción de las necesidades materiales y sociales lo que movió al hombre a reflexionar sobre cómo alcanzar lo que tan indispensable le era. En Grecia la filosofía alcanzó su máxima expresión creativa en figuras como Sócrates, Platón y Aristóteles en un mundo que no era un enclave de libertad, sino de violencia, tiranía y pobreza expreso en las Guerras del Peloponeso. Por ello Sócrates tuvo que beber la cicuta y Platón desde la Academia preparó a sus discípulos para intentar cambiar un orden social que consideraba injusto y realizar su ideal de República; y por intentarlo fue, inclusive, vendido como esclavo. Su discípulo, Aristóteles, hizo a su vez de la Metafísica la justificación de la Política en la que preparó a su gran discípulo Alejandro. La preocupación centralmente política de la filosofía de estos hombres, se hizo expresa en la frase de Platón de que “los filósofos deben ser reyes o los reyes filósofos” así como el reclamo de Aristóteles de que en la sociedad deban mandar los que más saben. Todos ellos, filósofos que pretendían cambiar el orden del universo para así poder reclamar el derecho a ordenar a la sociedad y mandar sobre sus ciudades. Tampoco fue un enclave de libertad y opulencia la época en que Agustín de Hipona creó su filosofía, buscando superar la violencia de la ciudad de los hombres con el ideal de una sociedad más justa y elevada como la ciudad de Dios. Tomás de Aquino no realizó tampoco su filosofía en enclaves semejantes; por ello trató de conciliar la razón pagana con la fe cristiana para garantizar el orden en la violenta sociedad de la Edad Media. Descartes, padre de la filosofía moderna, trató de superar la intolerancia de las guerras de religión de su tiempo. Bacon, Hobbes, Locke y Hume reflexionaron sobre un Estado más justo en el que el individuo fuese respetado. Hegel escribe su Fenomenología del Espíritu bajo el trueno de los cañones de la batalla de Jena, donde actuaba Napoleón visto como encarnación del espíritu. Así podemos seguir hasta nuestros días con el positivismo, el historicismo, el existencialismo, que acaban poniendo en duda la universalidad de la razón y reconociendo la pluralidad de la misma en una sociedad que en los últimos años ha vivido dos grandes guerras. La filosofía será ya vista como compromiso ineludible dentro de una situación igualmente ineludible, el compromiso del hombre con la sociedad que le ha dado origen. Las Meditaciones cartesianas de Husserl son, por ejemplo, un análisis no abstracto del mundo contemporáneo. Se ha sostenido que todo esto no es filosofía, sino utopías y buenas intenciones, ya que la filosofía es algo ajeno a toda preocupación política y social, esto es, apolítica.

Aristóteles, sin embargo, ya sostenía que la filosofía surge de la necesidad; que es la necesidad la que origina en el hombre el afán de saber para enfrentar y resolver los problemas que le plantea su circunstancia. Lo cual me hace preguntar sobre qué se puede filosofar en una sociedad libre por opulenta, que ha resuelto los problemas personales y materiales del hombre. Quizá como el Dios o el Primer Motor de Aristóteles, que mueve, pero no es movido, que es amado, pero no se ama más que a sí mismo, no tenga otra cosa que hacer como la serpiente aristotélica: morderse la cola. O bien tentarse a sí misma para acrecentar su opulencia y con ella esa especial libertad. En este sentido todo estaría ya hecho. Lo que se confirma cuando dice: “No sorprende que condiciones de opresión social y política produzcan la llamada filosofía de la liberación. Tal filosofía, sin embargo, debería alimentarse en fuentes filosóficas que no fuesen parroquiales, y hacer un llamado a la solidaridad, a personas y grupos ya comprometidos por los ideales de la libertad y la autodeterminación”. ¿Cuál es la fuente no parroquial? “En este aspecto —escribe usted— la tradición euro-norteamericana contiene un cuerpo de argumentos filosóficos que jugaron y todavía juegan, un papel en el establecimiento y mantenimiento de gobiernos democráticos”. La experiencia de la filosofía europeo-norteamericana, de que usted habla, es de extraordinaria importancia para nosotros los latinoamericanos, pero una experiencia que tiene su origen en la problemática europea y estadounidense y que no es semejante a la experiencia de los pueblos que forman la América Latina y otras regiones del mundo no desarrolladas. Esa filosofía parroquial, a que usted hace referencia, es tan parroquial como la que dio origen a la filosofía magistral de la que usted habla. La filosofía en América Latina no pretende otra cosa que hacer lo que la filosofía en Europa y Estados Unidos, esto es, partir de la propia y peculiar experiencia por parroquial que parezca. No se trata de imitar ni repetir los frutos de experiencias hechas, sino partir de las propias e ineludibles experiencias, que esto es precisamente lo que ha hecho la filosofía tradicional. No se trata de ser como Europa o los Estados Unidos, sino hacer lo que Europa y Estados Unidos han hecho por sí mismos. Nada más, pero también nada menos. Y si eso no es filosofía, recordando a Hegel diríamos “peor para la filosofía”. Ya que ésta quedaría amputada de la fuente de su propia posibilidad y creatividad, el hombre. No el hombre en abstracto, sino el hombre concreto, con un cuerpo y una situación concreta.

Creo que las diferencias señaladas existen porque se parte de un equívoco respecto a qué es lo propiamente filosófico: ¿la teoría o la acción? Se amputa algo que está unido en el hombre que piensa, pero no para contemplar y contemplarse, sino para actuar. Sólo Dios, que posee todo, que no tiene necesidades, puede pensar sobre sí mismo. Los hombres de cualquier lugar de la tierra tienden a pensar y actuar para satisfacer sus necesidades y, cuando éstas están satisfechas, para conservar sus logros. El equívoco surge de confundir al filósofo con el profesional de la filosofía, con el profesor, el investigador y el técnico de la filosofía. Es éste el que obviamente necesita abstraerse de la realidad para realizar con la mayor eficacia la tarea teórica de la que se ha encargado. El filósofo, como lo demuestra la historia de la filosofía, piensa para actuar, reflexiona para saber de los problemas que se plantean a su mundo y actúa de acuerdo con sus posibilidades. Así ha sido desde siempre. Pero ¿tiene importancia el que esta o aquella filosofía, que este o aquel reflexionar sean calificados de auténticamente filosóficos? La calificación no se la han dado a sí mismos los filósofos, sino los profesionales de la filosofía que encuadran, clasifican, enjuician y determinan qué es lo filosófico y qué no. No creo que Platón, San Agustín, Descartes, Hegel y Husserl se hayan preocupado por que se los reconozca o no como filósofos. Simplemente filosofaban sobre su propio y peculiar mundo, la calificación sobre si eran filósofos les era extraña. Ya los grandes filósofos griegos se negaron a ser clasificados como sabios, o sophos, considerando tal calificativo como una pedantería y por ello adoptaron el nombre de filósofos, de afanosos amantes del saber. Una actitud más que una profesión.

Claro que en este su afán por conocer la realidad y resolver sus problemas trataron de ser dioses, esto es, trataron de dar soluciones permanentes, de una vez y para siempre, aunque inútilmente. Por ello Sartre llamaba a esto “afán inútil de ser Dios”. Esto es lo que estimula a la filosofía, estimula su quehacer y permanente creatividad: El día que todo pudiera ser resuelto, que no hubiese necesidades, los hombres serían dioses, pensándose y amándose a sí mismos, petrificándose pura y simplemente.

Con estas líneas he querido hacer llegar a usted mi punto de vista sobre la filosofía. Obviamente discutible, pero lo importante es que se abra el diálogo, que el logos deje de ser dictatorial y se transforme en diálogo. Creo que este intercambio de ideas es parte de este diálogo, de un filosofar que no pretende ser magistral, imperial, sino simple punto de partida para una mayor solidaridad entre los hombres, que no implique la anulación de la pluralidad de sus expresiones.

Gracias mil por sus palabras e intenciones. Un saludo cordial de
Leopoldo Zea

(Cuadernos Americanos núm. 3, 1987)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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