Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Carta a personas que no conoceré"

En 1999 la unesco publicó un libro titulado Cartas a futuras generaciones. Fui invitado a participar, lo cual me permitía hacer un balance de mi vida y resumir lo que venía sosteniendo sobre la cultura como instrumento de paz, además, me encontré al lado de distinguidas personalidades de la cultura universal de nuestro tiempo. Merecido o no, este honor lo recibía.

Mi carta la dirijo a generaciones que no conoceré, y hago patentes los estímulos que he recibido en mi vida. Central ha sido el respeto a lo que escribo tanto en Excelsior como en Novedades. En otras publicaciones, en especial en el extranjero, me han rechazado trabajos que me han solicitado por “irritantes”. Quizá lo soy, por simpleza.

La carta fue publicada en inglés y francés, mas no en español. Lo publico en este momento de definiciones nacionales e internacionales, frente a violencias represivas y respuestas terroristas provocadas. Creo que debo hacerlo ¡Gracias!

*    *   *

Quisiera ser eterno para ver y dialogar con personas que no conoceré. Sólo puedo hacerlo a través de esta carta. Hablarles de mis experiencias y esperanzas. Nací en 1912 en la Ciudad de México. De niño viví la guerra civil de la Revolución iniciada en 1910. Por mis ojos pasaron los horrores de la violencia fratricida, sin conciencia de lo que significaba.

Años después, el que sería mi amigo, Arnold Toynbee, en carta personal me expuso algo que había escrito en sus libros. La revolución de la que había sido testigo inconsciente fue el inicio de una gran revolución que los pueblos conquistados y colonizados por el Occidente harían a nivel mundial para romper los amarres que les habían sido impuestos. Revolución que se extendería primero a América Latina y luego a lo largo de la tierra: Asia, África y Oceanía.

La Revolución Mexicana partía de un nacionalismo defensivo, pero abierto solidariamente con el de otros pueblos que buscaban lo mismo. En 1917 estallaba otra revolución en Rusia, en busca de justicia social. A través de las imágenes de cine, al que mi madre era adicta, iba tomando conciencia de la primera Guerra Mundial. Guerra iniciada en Europa por una hegemonía que se extendería a sus colonias en ultramar, involucrando después a Estados Unidos, que también pugnaban por lo mismo. Obviamente de adulto supe cómo esta guerra engendraría otra más violenta y también mundial. Nuevamente Estados Unidos involucrado, y en esta oportunidad con el militarismo japonés aliado al fascismo europeo.

Dos revoluciones y dos guerras mundiales. Al terminar la segunda, siguió la disputa de los dos grandes vencedores por la hegemonía mundial: Estados Unidos y la Unión Soviética con la Guerra Fría, que era una paz con la amenaza de una guerra que pondría fin a toda vida humana. Los contrincantes fabricaban armamentos disuasivos, de destrucción masiva, con sacrificio de la felicidad y el bienestar de la gente en nombre de su seguridad. En 1989 la Unión Soviética se sale de una guerra que le impedía cumplir las metas del socialismo; no estaba reñido el modo de vida capitalista con un socialismo que quería lo mismo, sin discriminación para todo el mundo.

Era el fin de la Guerra Fría y la caída de los muros que dividían al mundo. Se perfilaba así la paz, la justicia, la seguridad y la libertad. Esperanzas pronto anuladas por la Guerra Sucia, en la que se usaba la represión de los contrincantes para mantener el orden y fortalecer sus propios sistemas: el capitalista y el comunista. Era el fin de la Guerra Fría y la ampliación que la Guerra Sucia originó y que lleva a la desarticulación de la Unión Soviética y a la marginación económica de Estados Unidos.

Los dos grandes vencidos de la segunda Guerra Mundial, Alemania en Europa y Japón en Asia, no pudiendo participar en la fabricación de armas de la Guerra Fría, estimularon su capacidad en la industria de paz al fabricar utensilios que darían la felicidad a los que pudieran pagar su costo para consumirlos: la economía de mercado. Fuera quedaban la Unión Soviética y Estados Unidos, que habían cargado con el peso de armas obsoletas. La Europa Occidental buscó su integración autárquica dentro de la economía de mercado, limitada a su propio y exclusivo desarrollo.

La emergencia de Japón en esta misma economía, mejorando y abaratando sus productos, posibilitando el desarrollo de las abandonadas colonias europeas en Asia, haciendo de ellas socios y agentes de su propia economía y desarrollo, cambió el proyecto autárquico europeo. Éste era el inicio de la emergencia de los marginados del llamado Tercer Mundo que vio en su tiempo Arnold Toynbee. La respuesta de quienes se oponían a este cambio la tuvo la Guerra Sucia.

Esta guerra fue globalizada, porque globalizado era el cambio. Guerra que estimula la mezquindad, siembra del odio por el temor de que el otro, con su felicidad, libertad y desarrollo, limitara o anulara la propia y exclusiva felicidad, libertad y desarrollo. Algo peor que la muerte masiva con la que se amenazaba la Guerra Fría, el odio que parte de la mezquindad, haciendo que la gente se extermine entre sí.

¡Guerras! ¡Siempre guerras engendrando más guerras! Fue en la Guerra Civil española en que sentí que me dolía todo un pueblo, “me dolía España”. Guerra que fue el punto de partida de la segunda Guerra Mundial. Dolor que sentí con la derrota de Francia y la ocupación de París, como antes con las guerras en Abisinia y otros lugares de la tierra. Guerras con la amenaza de una destrucción masiva y guerras estimulando el odio para que los hombres se sigan matando. ¿Por qué? ¿Simplemente porque el otro es diferente, como si la gente tuviese que ser copia siempre imperfecta de otro? ¿Por qué los reclamos de libertad, bienestar, seguridad y felicidad de otros limitan los nuestros? ¿Pura y simplemente es la mezquindad la que ha originado y origina todas las guerras?

Así llegamos a este fin de siglo y de milenio. Dos guerras mundiales, dos revoluciones y el todo como ampliación milenaria de la misma mezquindad humana. ¿Tiene sentido, dentro de esta experiencia, mi anhelo de sobrevivencia? ¿Tendrá sentido este mensaje?

Lo tiene porque quisiera ser testigo de lo que ya se anuncia y vendrá inexorablemente. Lo que esta misma milenaria y mezquina violencia ha engendrado sin que se lo hubiesen propuesto sus actores. Quisiera ser testigo de todo esto, porque en medio del milenario mundo de violencias, guerras y revoluciones, he tenido otras experiencias. La experiencia de gente generosa, solidaria y no mezquina.

En la Revolución Mexicana, la de mi maravillosa abuela materna, desviviéndose por proteger y alimentar al niño que había adoptado, en medio de las grandes carencias que originaba la violencia. La abuela que llenó al nieto de fantasías, duendes y brujas; pero también de recuerdos de la historia del México que ella había conocido desde mediados del siglo xix. El empeño porque ese niño estudiase y fuese lo que ella no alcanzó a ver. Buscando la ayuda de viejos amigos que aún la cortejaban, pues pese a sus años seguía siendo bella. Así consiguió becas para que el nieto pudiese hacer la primaria, en medio de la violencia.

Terminada esta etapa, la ineludible obligación de trabajar para ayudarla en sus esfuerzos. Sabía que mi futuro era algo de mi exclusiva responsabilidad. Debía estudiar sin dejar de trabajar. Así hice mis estudios secundarios y preparatorianos para entrar en la Universidad. Estudié derecho por la mañana para poder vivir, y por la tarde literatura a la que sentía como vocación. En este empeño conté con generosos maestros. Muchos que no quisiera enumerar para no olvidar alguno. Pero no puedo dejar de nombrar a mi maestro por excelencia: José Gaos.

José Gaos, que gustaba llamarse transterrado español, no desterrado, y que la Guerra Civil española me deparó como maestro. Con él supe por qué me dolía España. Gaos, hombre recio y aparentemente hosco, con un corazón de oro. De él aprendí a no ver en mis maestros un estorbo y en mis posibles discípulos la negación de mí mismo. Por el contrario, aprendí que era sobre los hombros de mis maestros que yo podía ver e ir más lejos y que sería sobre los míos que esos posibles discípulos míos podrían hacer lo mismo.

Nunca podré olvidar las generosas palabras escritas en sus Confesiones: “¡Querido Zea, perdóneme usted que confesándome a mí mismo le haya confesado un poco también a usted! ¡Qué quiere usted! ¿Quién de los dos tendrá la culpa de que sea usted el mayor éxito de mi vida como profesor? Si toda vocación y profesión debe justificarse con las obras y usted no existiese, tendría que inventarle”. Lo que ahora siento es una gran pena porque mi maestro no puede ser testigo de lo que he hecho y creo haber alcanzado partiendo de lo que aprendí de él.

Así, dentro de un mundo de violencia del que he sido testigo, he tenido el privilegio de encontrar gente maravillosa, ajena a la mezquindad que da origen a los odios que producen la violencia. Privilegio de empezar la vida con el cariño de la abuela que tuve. Privilegio de contar con el generoso afecto de mi maestro. A éste se sumó el no menos generoso impulso que ya formado encontré en gente destacada que han sido y son mis amigos en el mundo que era mi vocación: la cultura; tanto en el campo nacional como internacional. Toynbee fue uno de ellos. Han sido tantos que no quiero nombrarlos para no olvidar alguno.

Privilegio es que gracias a estos generosos impulsos y sin tener los medios propios, he podido conocer y volver una y otra vez por la América, mi América Latina, de la que es parte México. Y por la América que es su ineludible complemento histórico, Estados Unidos y Canadá. La América de la que soy parte, objeto central de mis preocupaciones.

Fue por la unesco que en 1953 pude visitar por vez primera Europa, a la que he regresado muchas veces y creo conocer casi en su totalidad, hasta los Urales. Como funcionario de mi gobierno y por invitaciones he recorrido casi toda África y he vuelto varias veces. También he visitado en varias ocasiones la mayor parte de Asia y Oceanía.

Contando con estos privilegios, he afirmado la concepción que con mis maestros aprendí sobre la diversidad de lo humano y con ello su ineludible igualdad en la diferencia. Se ha fortalecido mi visión multirracial y multicultural, y con ello la posibilidad de la Nación de naciones en la que desde ésta mi América soñó Simón Bolívar. Sueño basado en la raza de razas, la Raza Cósmica de la que habló uno de los nombrados maestros y amigos: José Vasconcelos.

Privilegio ha sido que a partir de mi mundo haya sido objeto de reconocimientos, honores, premios, condecoraciones, medallas, doctorados en mi país y otras partes del mundo. Reconocimientos que me han sorprendido por no haberlos solicitado. Porque también aprendí que solicitar reconocimientos que no son merecidos y no obtenerlos puede originar resentimientos y complejos de inferioridad. A veces los he deseado, pero no los he pedido. Esto permite que mis reflexiones sean más libres. ¿Por qué he alcanzado lo que no esperaba? Honestamente no lo sé. Me han dicho que soy, quizá, demasiado directo y concreto y por ello molesto y hasta irritante. Sin embargo, ha sido así que he hecho magníficos y generosos amigos.

También es a partir de esta privilegiada experiencia que soy optimista y por ello quisiera seguir viviendo para ser testigo de lo que la generosidad humana, pese a todo, ha engendrado, revirtiendo así la milenaria violencia. La expansión europea del mundo occidental por la totalidad de la tierra ha llevado, junto con el sufrimiento, la conciencia de valores humanos de quienes han sufrido esta violencia y la reconocen y reclaman como propia. No son exclusividad de determinados y concretos modos de ser humano, sino de toda concreta expresión de lo humano.

Alienta que el presidente de una gran potencia en el fin de siglo y de milenio, tenga como programa incorporar al modo de vida presentado como exclusivo de una clase social, a todos sus connacionales, sin discriminación racial, cultural, sexual o de situación social. Y que declare que su meta es hacer de su país la más grande nación multirracial de la tierra. Alienta que en Europa una nueva izquierda proponga compartir el desarrollo sin discriminación, y que esta misma Europa, junto con Estados Unidos, enfrente políticas represivas y de limpieza étnica, las mismas que dieron origen a la violencia de la segunda Guerra Mundial.

La expansión del mundo capitalista ha engendrado igualmente la economía que cambia la relación entre pobres y ricos, colonizadores y colonizados. El extraordinario desarrollo de la ciencia y la técnica de nuestros días, conjugado con los aportes que a la misma, a lo largo de la historia, ha dado gente de ciencia de diversas partes de la tierra, hizo pensar a los conductores del sistema que era el fin de la historia, que se podía prescindir de los pueblos que consideraban no habían hecho nada por la misma.

La tecnología de este fin de milenio hace prescindibles las materias primas y la mano de obra baratas que surtían las colonias, por el reciclaje de esas materias y el robotismo, por lo que otros pueblos quedarían en la historia sin fin de la marginación. Lo que también se ha hecho patente es que estos pueblos no pueden ser prescindibles por el desarrollo científico y tecnológico. Es tan grande su capacidad de producción que para que no se frene hacen falta consumidores que la absorban.

A mayor producción mayor consumo, lo cual obliga a incorporar al desarrollo a pueblos que antes eran simples instrumentos. Compartir el desarrollo que origine empleos y con ello capacidad para consumir una producción que puede ser infinita. La emergencia de los pueblos asiáticos, impulsados por Japón, mostraron no sólo su capacidad para utilizar extraordinarios instrumentos de producción, sino también su capacidad para mejorarlos y abaratarlos, poniéndolos al alcance de las mayorías. Al terminar su primer gobierno, el presidente Clinton de Estados Unidos anunció la incorporación de su país a la economía de mercado como resultado de la participación de las minorías marginadas de Estados Unidos en el “modo de vida americano”.

Los cambios que se están produciendo originan nuevos puntos de vista sobre enfoques que parecían obligados en el capitalismo, tales como la idea de competencia que hace que unos pueblos lleguen al fin de la historia y otros queden en la historia sin fin de la marginación. Competir sí, pero compartiendo el logro de metas que beneficien a todos los pueblos de la tierra. Competir no para que sobrevivan los supuestamente mejores, sino para que nadie quede fuera de los frutos de una participación solidaria, para alcanzar mayores metas.

En esta competencia, cuidar de que nadie falle, porque las fallas de unos afectarán la marcha de todos. Ayudar al que se retrase, porque de no ser así, el desarrollo que posibilita la ciencia y técnica de nuestros días se irá al vacío. Es una cadena de meta mortal que ha hecho patente esta obligatoria solidaridad. Los efectos “tequila”, “dragón”, “vodka”, “samba” etc., afectan no sólo a los pueblos que los sufren, sino a la totalidad del sistema.

Sin embargo, pese a esta ineludible fatalidad que alienta desear ser testigo de un futuro inmediato, existen aún fuertes resistencias a aceptar la igualdad en la diferencia y competir compartiendo. Negativa que de tener éxito, haría que la Guerra Sucia cumpla su fin, que los pueblos se exterminen entre sí por odios y rencores que tienen su origen en la mezquindad. Para empezar, será importante que, como propone la unesco, se haga de la educación instrumento para un mundo de auténtica paz, eliminando de la mente de los hombres odios, rencores y mezquindades.

Es de esto que va tomando cuerpo de lo que quisiera ser testigo, pero espero que lo sean las personas a quienes envío esta Carta, a las nuevas generaciones que ya están apuntando en la historia que se viene gestando, que espero sea un hito entre lo que ya pasó y el futuro de lo que debe ser para gloria de la Humanidad.

Con mis mejores deseos,
Leopoldo Zea

(Cuadernos Americanos núm. 89, 2001)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces