Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Jóvenes estudiantes de Filosofía"

(En memoria de mi joven alumno que nunca olvidaré, Abelardo Villegas)

Una vez terminadas las vacaciones en la unam, la Facultad de Filosofía y Letras efectuó el XI Congreso Nacional de Filosofía. La realización de este acto reunió a varios jóvenes ávidos de reflexionar sobre la libertad, la vida, la naturaleza, el yo, y que también se preparan para participar en el próximo Congreso Universitario. A estos jóvenes quiero dedicar este artículo, pues entre sus capacidades está el superar los problemas que azotan a las generaciones que les antecedieron y que ellas mismas originaron. Los jóvenes de ahora pueden hacer posible, con su acción y sus ideas, una universidad de excelencia académica.

Los jóvenes de nuestros días están siendo objeto de observaciones y críticas por sus expresiones. Se les presenta como un problema al que no se sabe cómo dar solución. Para algunos es un problema social, para otros un problema de educación. No faltan quienes les señalan sus múltiples defectos para destacar las cualidades de la juventud de otros tiempos. Lo cierto es que los jóvenes, culpables o no, tienen ahora que sufrir las consecuencias de sus actos aunque en la raíz de ellas se encuentre nuestra incapacidad para orientarlos, educarlos y darles la oportunidad que toda juventud necesita para desplegar sus capacidades inéditas. Nos quejamos de ellos y les señalamos sus defectos sin querer darnos cuenta de nuestra responsabilidad en los mismos. Los jóvenes no hacen otra cosa que reflejar la universidad que les hemos construido. Son nuestro reflejo, el espejo de nuestra obra. No hacen sino modelar lo que les ofrecemos como ejemplo. Ejemplo que sólo su capacidad para la rebeldía podrá destruir si no somos capaces de ofrecerles otros más dignos.

Nuestros jóvenes carecen de auténticos modelos, por ello no hacen sino reflejar nuestros defectos. Somos nosotros los que les hemos enseñado a callar y a ocultar sus sueños y ambiciones para un relativo logro de ellos. Y no sólo se hace esto, también se les cierran y ahogan todas las posibilidades. Es el caso de nuestros más destacados hombres de cultura que padecen de satelitismo. En torno suyo no quieren sino satélites, nunca posibles soles. Por ello premian al sumiso, o al que finge ser tal y excluyen al que puede ser semilla de rebeldía. En los jóvenes no se ve sino a posibles competidores, a los hombres que pueden desplazarlos en sus canonjías o vanidades. Los jóvenes parecen no tener nada con la universidad.

Es a los críticos de la juventud universitaria a quienes me dirijo y ante todo les pregunto: ¿acaso no fueron jóvenes? Seguro que no, tan sólo pertenecieron a esa parte de la humanidad fracasada, a una juventud sin ideales, a ésa que es lastre de los pueblos.

Me recuerdan hojas muertas, a las que el torbellino de una revolución elevó, dejándolas sobre los tejados o altos campanarios de un pueblo. Revueltas con el lodo se han enraizado y, diluyendo moho, amenazan roer estos pedestales, pero no cuentan con que el torbellino que las elevó es eterno y que fácilmente las arrojará de las alturas.

Nuestra juventud a la que atacan es distinta. Es, como ya dijera González Rubio, “la revolución hecha carne, es el caos anterior a la creación; siempre rebelde, siempre destruyendo”. Destruye un Cartago para fundar una Roma, excluye a Platón para elevar a Einstein, es el fuego otorgado por Prometeo a la humanidad; como éste se rebela ante el decrépito Zeus quien, fuerte aún, le encadena con falsos dogmatismos, enviando buitres (seres envidiosos que sólo viven de carroña) a que devoren las entrañas; pero como a Prometeo le vuelven a nacer.

En los jóvenes siempre quieren encontrar severos filósofos que discutan sobre el “yo pienso, luego soy” de Descartes, o sobre las múltiples razones de Kant o Hegel; y se espantan cuando se encuentran caras risueñas que se burlan de tan graves maestros y hablan con entusiasmo de libertad, vida, naturaleza detestando los fríos textos que sólo hablan de razones y de números. Esta juventud —dicen— está podrida, no quiere estudiar. Se equivocan, sí quiere hacerlo, pero siempre con una meta optimista, abandonando los cansados métodos dignos de hombres que ya no tienen juventud que perder. Los jóvenes necesitan arrollar los viejos conocimientos para entrar en el terreno de lo desconocido.

La labor del verdadero maestro no es llevar a sus discípulos por los escabrosos caminos que él recorrió. Su deber es llevarles por el sendero más fácil para ahorrarles energías que necesitarán cuando pasen los linderos del lugar donde la falta de esas energías le hizo detener su marcha.

No se crea que la juventud es enemiga de los dogmas; no, todo dogma limpio de la basura que sus falsos apóstoles le arrojaron es una hermosa fantasía, porque la fantasía es un canto de libertad, aunque no sea libertad, y la juventud busca libertad.

A todo esto, a los jóvenes sólo les queda responder como Don Quijote al Caballero de la Clara Luna: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer y yo el más desdichado de los caballeros, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta caballero la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra”.

La ilusión es lo más preciado de los jóvenes, podéis quitarles la vida, pero nunca la abandonarán.

(Novedades, 28 de agosto de 2001)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces