Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Palabras de Leopoldo Zea en la entrega del
Premio del Memorial de América Latina en São Paulo, Brasil"

Quiero agradecer el extraordinario reconocimiento que recibe mi obra en este lugar; muchas gracias a sus dignas autoridades y al jurado que así me ha honrado. Hace muchos años, en un día de noviembre de 1945, salí del Uruguay, mi último alto en mi primer peregrinaje sobre nuestra Latinoamérica. Un largo viaje de llegar aquí, a São Paulo. En la estación me esperaba un sonriente hombre, al que sólo conocía por cartas y por el enlace que con él hiciera el argentino Francisco Romero. Este hombre era João Cruz Costa. El fabuloso y rico país que había empezado a ver a través de la ventanilla del tren adquirió un rostro humano, el de este que sería mi gran amigo, al que volví a ver y escuchar otras muchas veces; era un eslabón más de los que mi viaje iba forjando a lo largo de esta nuestra América.

Mis lecturas sobre el Brasil, su historia, sus ideas, su cultura, tomaban sentido en este encuentro con Cruz Costa. Aquí me golpeó la historia viva bajo la presencia de Getulio Vargas, cuestionado por sus opositores. La nación de un pueblo peculiar, pero no tan peculiar que no fuese una expresión más de esta América que llamamos Latina. Tomar conciencia de su Positivismo, su Imperio, su República, su relación con la esclavitud. Un pueblo distinto, pero no tan distinto que no fuese uno de los nuestros. En los últimos lustros viene enfrentando problemas que son los de toda esta nuestra América, la desigualdad económica, y frente a ella aportaciones como la filosofía y la teología de la liberación. Además la tremenda e impagable deuda que unifica a los pueblos y les da una dimensión humana que no da la opulencia.

Aquí empezó, en esta ciudad, mi primer contacto con el Brasil. Lo que sería una larga y fructífera colaboración en acciones encaminadas a la mayor comprensión entre los pueblos que forman esta América. Recuerdo qué rápido caminaba con Cruz Costa por las calles de São Paulo, que me recordaban a Nueva York, tan sólo para detenernos a tomar un cafecinho. “Tenemos que llegar pronto a algún lugar?”, le pregunté a mi acompañante. “No —contestó—, es el estilo de esta ciudad”. “Estoy muy contento —agregué— de que entiendo muy bien su portugués y usted entiende mi español”. Con sonrisa traviesa Cruz Costa me contestó: “Zea, es que le estoy hablando en portuñol”. Así se inició este primer encuentro que se repitió en varias ocasiones, tanto aquí como en otras partes de América. La última vez fue en 1976, cuando Cruz Costa decidió acompañarme a la Universidad de São Paulo de donde se lo había alejado por varios años. Recordé siempre la emoción del maestro brasileño cuando los asistentes a mi conferencia lo identificaron y lo ovacionaron ruidosamente. Cruz Costa lloró y me dijo: “Gracias, Zea, por pedir que lo acompañase”.

En 1972 me encontré en México con otro extraordinario maestro de este no menos extraordinario Brasil, Darcy Ribeiro; por aquel entonces en el destierro. El destierro que hizo de él, como el mismo lo dice, un latinoamericano. Un amigo, más que un amigo, un hermano, como gustamos llamarnos públicamente causando desconcierto entre quienes no comprenden la existencia de esta hermandad. Como Darcy se formaron en el exilio otros latinoamericanistas, muchos ciudadanos de diversos países de nuestra América. Así las fuerzas represivas, queriendo acallar voces que luchaban por sus pueblos en esta América, sin proponérselo han formado latinoamericanistas, afirmando la posibilidad de integración. Persecuciones, torturas, encarcelamientos, destierros y muertes han hecho más por la integración latinoamericana que todas las proclamas y acuerdo políticos y económicos. Todos estos hombres se han encontrado hermanados por el mismo sufrimiento.

Aquí y ahora, los eslabones de los solitarios que han creído en Latinoamérica, en la Patria Grande, la Patria de patrias, se cierran en esta maravillosa obra, en este memorial de América Latina, haciendo aún más plena la posibilidad de realizar el sueño integracionista de nuestra región, el sueño por el que luchó un Bolívar, creyendo arar en el mar. Quisiera, por ello, que estuviese João Cruz Costa, aunque siento que está contemplando la realización de algo sobre lo que tanto hablamos. Latinoamérica y la posibilidad plena de su integración encuentra en esta gran basílica el instrumento de su concreción. Basílica esculpida en material firme por el genio arquitectónico de Oscar Niemeyer, animado por el espíritu creador de Darcy Ribeiro y la voluntad de Orestes Quérica, que así hacen volver la cara de esta gran nación hacia las diversas fronteras de la América de la que es parte.

El viejo sueño de la integración latinoamericana ha sido intentado, una y otra vez, por la política y la economía. Sin embargo, ha sido la falta de una conciencia integracionista la que ha impedido que el mismo fuese realidad; por ello los generales del Libertador se repartieron los pueblos liberados tomando el lugar de los colonizadores. Difíciles han sido, igualmente, los intentos para la integración por la vía económica. Intereses diversos han impedido su posibilidad. Pero existe otra vía, la que ahora se plasma en este memorial, la de la integración por la educación y la cultura. Por que el día en que todos nuestros niños, jóvenes y adultos tengan conciencia de lo que tienen de común con el resto de los pueblos de la región, ese día la integración se dará por añadidura. Conciencia de lo común sin negación de lo peculiar y lo propio. Conciencia de que además de ser brasileño, mexicano, argentino, etcétera, se es latinoamericano. En esta tierra un ilustre mexicano vio una gran utopía, ese mexicano fue José Vasconcelos y la utopía fue la que llamó raza cósmica, como raza de razas, cultura de culturas. Tal es lo que representa esta basílica, que más que basílica es crisol de una identidad latinoamericana; punto de partida a su vez, para una identidad continental y universal. La identidad que origina la conciencia de una igualdad en la diferencia. El saber que todos los hombres son iguales por ser distintos, todos iguales por poseer un rostro, una carne, una situación social y una cultura concreta y que por ello se asemeja al resto de los hombres y de los pueblos.

Gracias una vez más por el honor que recibo. Gracias señor Gobernador, señores del jurado, a mis múltiples amigos que no quiero enumerar para no cometer olvidos. Gracias por este honor con el que considero se honra también a quienes conmigo han soñado en hacer posible lo que parecía imposible.

(Cuadernos Americanos núm. 15, 1989)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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