Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Filosofar en Latinoamérica"

A mediados del siglo XX se planteó la pregunta desde el ángulo hispanoamericano sobre algo que era considerado como un problema ajeno a la filosofía ¿es posible una filosofía americana? Un problema que nunca habían considerado los centros del filosofar por excelencia en Europa y Estados Unidos. La interrogante se hacía en relación con ese filosofar ¿Cómo alcanzar esta excelencia y ser reconocido por los centros del filosofar?

El problema nunca se lo había planteado la filosofía a lo largo de su historia. Esta preocupación sólo era posible que surgiera en pueblos que habían sido marginados por otros que forman el mundo moderno en el norte de Europa y que se habían extendido al norte de América. La Europa al sur, la que bañaban las aguas del Mediterráneo, era también ajena a este filosofar de la modernidad, extraña a su lógica y a su lengua. Un filosofar que sólo se expresaba correctamente en alemán, inglés y francés. ¿Por qué no en griego? Ésta fue la lengua de los inicios de la filosofía, aunque no fuera ya la del mundo moderno.

España y sus colonias en América estaban fuera de la modernidad y, como consecuencia, de este filosofar también. En España el interrogante se plantea de forma más cercana al problema ¿Es posible una ciencia española? El problema se vincula con su desplazamiento imperial en Europa por la Europa al otro lado de los Pirineos y del Mediterráneo. La marginación la origina el anacronismo de la ciencia y técnica española, que se pone de manifiesto en 1588 con la derrota de la Armada Invencible en el Canal de la Mancha infringida por la armada inglesa, esta última creada dentro de otra concepción tecnológica. La armada española es definitivamente destruida en 1898 en el Caribe y el Pacífico por Estados Unidos.

El interrogante que había surgido de la primera derrota se plantea como desastre en la segunda. En España se cuestiona la posibilidad de una ciencia que supere el anacronismo por el que perdió la hegemonía imperial en Europa. En las que fueran colonias españolas surge, a la par, el interrogante sobre un filosofar propio de la región.

En las antiguas colonias en América y en la Hispanoamérica emancipada, el planteamiento es ontológico. Se refiere al modo de ser, la identidad y humanidad de la gente nacida en la región. Al peculiar género humano del que hablaba Simón Bolívar. ¿Qué somos? La respuesta es necesaria para incorporar a estos pueblos a la modernización. Filosofar es pensar, razonar, algo que distingue al hombre del resto de las criaturas de la naturaleza. La pregunta es entonces sobre la capacidad de éstos para pensar por su cuenta, como lo hacen todos los hombres. No se busca el reconocimiento de conquistadores y colonizadores que les niegan esta capacidad y con ello su humanidad. La pregunta se la hacen a sí mismos para afirmarse y enfrentar a quienes no los reconocen.

De este interrogante fue testigo el sabio alemán Alejandro de Humboldt en su visita a esta región en 1779; Humboldt fue uno de los primeros científicos europeos que dio una respuesta positiva. Las tierras encontradas por Colón eran extraordinariamente ricas y los nacidos en ellas tenían suficiente capacidad para ponerla al servicio de sus pueblos. Enfoque clásico, en este sentido, es el de Juan Bautista Alberdi en sus Ideas para un curso de filosofía contemporánea que expone en 1842 en el Colegio de Humanidades de Montevideo. Empieza con una tajante afirmación:

no hay una filosofía universal, porque no hay una solución universal de las cuestiones que la constituyen en el fondo. Cada país, cada época, cada filósofo ha tenido su filosofía peculiar, que ha cundido más o menos, que ha durado más o menos, porque cada país, cada época y cada escuela han dado soluciones distintas de los problemas del espíritu humano.

No se quiere el reconocimiento de quienes tienen, en otros lugares, diversas formas de expresarse filosóficamente. Tampoco se quieren respuestas supuestamente universales, ya que esta posibilidad sólo puede darla el que otras gentes consideren como suyos los problemas y respuestas expresados, como propios de lo humano. Agrega Alberdi:

La filosofía de cada época y de cada país ha sido por lo común la razón, el principio o el sentimiento más dominante y más general que ha gobernado los actos de su vida y de su conducta. Y esa razón ha emanado de las necesidades más imperiosas de cada período y de cada país. Es así como han existido una filosofía oriental, una filosofía griega, una filosofía romana, una filosofía alemana, una filosofía inglesa, una filosofía francesa y como es necesario que exista una filosofía americana.

La afirmación anterior origina las preguntas de los escépticos: ¿dónde están nuestro Platón, Descartes, Kant o Hegel? Alberdi contesta: “Así como se ha visto una filosofía de Platón, una de Zenon, una de Descartes, otra de Bacon, otra de Locke, otra de Kant, otra de Hegel, habrá filósofos de esta nuestra América”. No imitadores de otras reflexiones filosóficas, sino una filosofía que surja de los problemas y soluciones de nuestra circunstancia. Así lo hicieron los filósofos de todas las épocas.

¿Cuál es o debe ser la problemática central de esta filosofía en América? No puede ser la que originó la conquista y colonización que puso en duda o negó la capacidad de los nacidos en esta región para razonar y con ello su humanidad. Sigue Alberdi:

La filosofía americana debe ser esencialmente política y social en su objeto, ardiente y profética en sus instintos; sintética y orgánica en su método; positivista y realista en sus procederes, republicana en su espíritu y destinos.

Esto es, debe afirmar la capacidad propia de lo humano para la libertad como persona y la soberanía como pueblo que se niega al americano como tal. Y continúa Alberdi:

Una filosofía completa es la que resuelve los problemas que interesan a la humanidad. Una filosofía contemporánea es la que resuelve los problemas que interesan por el momento. Americana será la que resuelva el problema de los destinos americanos. La filosofía, pues, es una en sus elementos fundamentales como la humanidad, es varia en sus aplicaciones nacionales y temporales. Y es bajo esta forma que interesa más especialmente a los pueblos. Lo que interesa a cada pueblo es conocer su razón de ser, su razón de progreso y de felicidad y no es sino porque su felicidad individual se encuentra ligada a la felicidad del género humano.

De esta forma Juan Bautista Alberdi se anticipa a nuestro tiempo, a la problemática filosófica de este fin de milenio, en donde existen otras expresiones de universalidad que no son ya las impuestas para justificar dominios y la resistencia a compartir lo que debe ser compartido. Universalización, mundialización, globalización, que surge del empeño de la gente por participar en un mundo responsable y solidario, para el logro de un destino común, sin renunciar a la propia y concreta expresión de humanidad.

¿Cómo lograr todo esto? La respuesta coincide con la que origina la preocupación española: capacitándose para la ciencia y técnica que ha posibilitado la expansión de la Europa Atlántica sobre la tierra. De nuevo cito a Alberdi:

Nuestra filosofía será una serie de soluciones dadas a los problemas que interesan a los destinos nacionales, o bien, la razón general de nuestros progresos y mejoras, la razón de nuestra civilización [...] porque la civilización no es sino el desarrollo [...] de nuestra naturaleza, es decir, el cumplimiento de nuestro fin. Civilizarnos, mejorarnos, perfeccionarnos, según nuestras necesidades y nuestros medios: he aquí nuestros destinos nacionales que se resumen en esta fórmula: Progreso.

Es la misma conclusión que se da en España y que en Hispanoamérica conducirá a la revisión ontológica del nacido en esta región. Interrogante por lo que se ha sido, se es y el por qué no se es como la gente y pueblos que han arribado al progreso, a la modernidad. ¿Por qué no somos como Europa? ¿Por qué no somos como los pujantes Estados Unidos en América? En el continente europeo, la Europa al otro lado de los Pirineos, ha mostrado su superioridad científica y técnica sobre los pueblos de la Península Ibérica, como en América lo ha hecho Estados Unidos sobre la América Ibérica. La misma superioridad que hará patente Estados Unidos sobre España en 1898, y en el siglo XX sobre la Europa de la que son proyección. ¿Por qué?

La derrota y mutilación de México en 1847 en la guerra que le impuso Estados Unidos replantea la pregunta ontológica bolivariana: ¿qué somos?, ¿quiénes somos y por qué no hemos alcanzado el desarrollo de Europa y Estados Unidos? ¿Cómo entrar al progreso de otra forma que no sea como el instrumento de los que lo han hecho posible?

En España, la pregunta sobre una ciencia española del siglo XVIII, se transforma en el XIX en la búsqueda de un filosofar que dé la respuesta ontológica sobre el ser del español. Un interrogante al que contesta en el siglo XX José Ortega y Gasset, partiendo en su filosofía de lo concreto, de España. El desastre de la guerra con Estados Unidos en 1898, origina esta temática.

El interrogante en España y en la América española es ontológico, respuesta a los desastres de 1898 y 1847. ¿Qué somos? ¿Qué tenemos que ser? Para saberlo se busca en el pasado el origen de ese ser que impide entrar al progreso y la modernidad. La respuesta fue negar ese pasado. La solución en América será: “¡Seamos Estados Unidos! En España: “¡Seamos Europa!”.

¿Qué es lo que tienen que negar los pueblos hispanos, a uno y otro lado del Atlántico para incorporarse a la modernidad? Nada más y nada menos que su ser, su peculiaridad ontológica. En América habría que negar el ser que impuso la conquista y colonización, su pasado histórico y cultural, y con ello el mestizaje que le plantea el interrogante. En España el pasado mediterráneo, el mestizaje de esa región por los siglos de dominio musulmán, africano. El mestizaje que España llevó a América origina el mismo interrogante, saber quiénes somos para ser de otra manera.

Las reflexiones de Juan Bautista Alberdi llevan a la tajante alternativa que plantea otro miembro de su generación, Domingo F. Sarmiento ¿Civilización o barbarie? Civilización de lo que no se es y se debe ser, barbarie de lo que se es y no se debe ser. La civilización es Europa y Estados Unidos, la barbarie el pasado colonial español y el mestizaje de razas inferiores. Lo opuesto al modo de ser anglosajón y puritano que permitió a Estados Unidos dominar lo que era distinto, arrancar un trozo de su territorio a México y derrotar a España, expulsándola de América.

Borrar la carga de ese pasado será el proyecto civilizador propuesto por Alberdi y Sarmiento. En la España que sigue al desastre de 1898, el proyecto es semejante y lo expresa Ortega y Gasset cuando dice: “Somos razas esencialmente impuras”. “Esto no puede generar ciencia”. ¿Cómo salvar a España? “Jerarquizando, imponiendo a esa diversidad algo que la unifique”. “Yo no soy sólo mediterráneo, no estoy dispuesto a confinarme en el rincón ibero de mí mismo”. ¿Por qué el español se olvida de su herencia germánica? “Detrás de las facciones mediterráneas se esconde el gesto asiático o africano, en ellos yace adormecida la bestia infrahumana, presta a invadir la entera fisonomía”.

El desastre de España en 1898 origina en la América hispana, que se hace llamar latina, otra respuesta, negando y superando el proyecto civilizador de Sarmiento y Alberdi y el del español Ortega y Gasset. Es necesario afirmar esa nuestra peculiar identidad y la historia que la ha originado. Hacer del ineludible pasado punto de partida, instrumento del futuro que quieren los latinoamericanos. No negándolo, sino asimilándolo para que no siga siendo y no vuelva a ser. Afirmación de la identidad latina y mediterránea, como lo propuso Simón Bolívar al inicio del siglo XIX, seguido por Bilbao, Torres Caicedo y Martí. Tal es lo que propone José Enrique Rodó en 1899, y Justo Sierra, José Vasconcelos y Alfonso Reyes, entre otros muchos, al iniciarse el siglo XX.

El proyecto civilizador de Alberdi y Sarmiento no resuelve el problema de la conquista y del coloniaje que marginó a los que lo sufrieron por negarles humanidad, simplemente cambia al protagonista del problema, la Europa y la América que en nombre del progreso mantienen la discriminación, la marginación y la explotación. Y los pueblos que la sufren la aceptan negándose a sí mismos. “Se imita —dice Rodó— a aquél en cuya superioridad o cuyo prestigio se cree”. Estados Unidos va “realizando entre nosotros una suerte de conquista moral”.

Es así como la visión de una América deslatinizada por su propia voluntad, sin la extorsión de la conquista y regenerada luego a imagen y semejanza del arquetipo del Norte, flota ya sobre nosotros [...] Tenemos nuestra nordomanía. Es necesario ponerle los límites que la razón y el sentimiento señalan de consumo.

No somos ni seremos eso que pretendemos ser, quienes encarnan el paradigma se encargarán de impedirlo. Somos pueblos de origen latino y mediterráneo y por ello mestizos. Y por mestizos, extraordinariamente ricos, al llevar en nuestro seno la rica diversidad de lo humano. Esto no nos incapacita para hacernos de la ciencia y técnica que pone a la naturaleza al servicio del hombre y por ende de nuestros pueblos.

Pese a esto, a mediados del siglo XX resurge el interrogante sobre la posible existencia de una filosofía de esta nuestra América. La respuesta será un no aplastante. No, hasta que no hayamos alcanzado el desarrollo de los centros de poder mundial de Europa y Estados Unidos. No, si antes no somos capaces de pensar de acuerdo con la lógica de esos países, olvidándonos de metafísicas y ontologías.

Ajenos al auténtico filosofar son problemas como el de la identidad, la dependencia, el mestizaje, la integración. ¡Eso no es filosofía! Sin embargo, al finalizar este nuestro siglo y milenio los problemas que enfrentan los centros del filosofar por excelencia en Europa y Estados Unidos son, precisamente, los que se han venido planteando en nuestra América.

La preocupación filosófica por integrar la diversidad de lo humano, expresará la problemática social y política de México que originará la Revolución de 1910. Revolución caldero, recipiente que integrará la diversidad de las expresiones de humanidad que se han encontrado en el país. De esa diversidad y su integración surge la utopía filosófica de la Raza Cósmica de José Vasconcelos.

El filósofo británico Arnold Toynbee expondrá lo que piensa sobre esa revolución dentro del contexto de su interpretación filosófica de la historia universal, expuesta en su monumental obra de 1934 titulada Estudio de la historia. Comienza diciendo: “La Revolución por la que atraviesa México desde 1910 puede verse como el primer movimiento para sacudir los avíos de civilización occidental que le impusimos”. Y añade:

Desde 1910 el pueblo mexicano ha estado desempeñando una función sobresaliente en la vida pública de nuestra civilización occidental. Esta revolución es precursora. Lo que ha sido hecho en México puede ocurrir quizá en otros países latinoamericanos, pero también en Asia y África. Veo en ella el principio de un movimiento de alcance mundial.

Toynbee visita México en 1953 para confirmar su profecía. Esta visita se realiza pocos años después del fin de la segunda Guerra Mundial. La publicación de su filosofía de la historia había sido iniciada en 1934, poco antes del inicio de esa guerra. Protagonistas de esta filosofía son ya los pueblos marginados de la historia y dentro de ella se manifiesta la relatividad de la existencia de los pueblos occidentales. El objeto de este filosofar son los pueblos y sus habitantes y la relatividad de su existencia y poder.

La revolución iniciada en 1910 en México es seguida en 1914 por la primera Guerra Mundial y por la Revolución socialista en Rusia en 1917. Al terminar esta guerra, en 1918, Oswald Spengler publica La decadencia de Occidente, una visión catastrófica del mundo occidental en la que se perfila al enemigo que habrá de ponerle fin, el “peligro amarillo”. La gente de color que Toynbee ve en otra dimensión, anticipándola en la Revolución Mexicana y que emergerá con gran fuerza al término de la segunda Guerra Mundial. Expresión de esa emergencia será la Unión Soviética, nación de naciones, pueblo de pueblos. Y con ella el llamado Tercer Mundo que surge en la posguerra.

La universalidad de la filosofía como un saber único y absoluto pierde vigencia entre guerra y guerra y entre revolución y revolución. Historicismo, vitalismo y existencialismo son las expresiones de este filosofar que no habla ya de valores eternos a realizar y cuyo ideal encarnaban los centros de dominio colonial. Nuestra América queda huérfana de filosofías que den materia y califiquen la posibilidad de su existencia. Hay que partir de sí mismos, como lo están haciendo en el mundo occidental para salir de su propia crisis. Para América Latina el filosofar puesto en marcha en España por Ortega y Gasset que parte de su propia realidad será de extraordinaria importancia.

La guerra civil española de 1936, expresión de la problemática que origina el desastre de 1898 y preámbulo de la segunda Guerra Mundial, trae a México y a varios lugares de Latinoamérica a un extraordinario grupo de filósofos entre los que se destaca José Gaos, discípulo de Ortega y Gasset en España. Gaos tiene una concepción integradora de lo español al uno y otro lado del Atlántico, del mestizaje propio de esta identidad y de un filosofar que ha de partir del mismo, completando y realizando el pensamiento puesto en marcha en España y en la América española en los inicios del siglo XIX.

La colaboración de los pueblos bajo coloniaje en las dos guerras mundiales y en la segunda la participación protagónica del Japón —que había enfrentado con éxito todo intento de colonización— originan, al término de la misma, los reclamos de estos pueblos a formar parte del orden que deberá surgir con el triunfo del llamado mundo libre. Estos pueblos exigen el cumplimiento de las promesas que les fueron hechas para su adhesión a la guerra. El cumplimiento de estas promesas origina las luchas contra el colonialismo que con éxito se van dando en los países del que será llamado Tercer Mundo, incluida la América Latina.

Las profecías de Toynbee se hacen realidad. En abril de 1955, en Bandung, Indonesia, se reúnen los pueblos descolonizados del Tercer Mundo declarándose no comprometidos con los protagonistas de la Guerra Fría. Estados Unidos había puesto en marcha la Guerra Fría para enfrentar a la Unión Soviética y someter a los revoltosos tercermundistas. Esta guerra termina en 1989, con la salida de ella de la Unión Soviética. Cambia así la marcha de la historia y con ella su interpretación filosófica.

Este final con la caída de los muros que dividían al mundo, parece anticipar la realización del mundo anunciado en América por Bolívar: “Una Nación de naciones federadas cubriendo el Universo entero” y la Raza Cósmica de José Vasconcelos, que no es raza, sino reconocimiento de su igualdad en la diferencia de los otros. También en 1989, bicentenario de la Revolución Francesa, se recuerda a Victor Hugo profetizando: “Ayer se hablaba de Francia, ahora hablamos de Europa, mañana hablaremos de Humanidad”.

Poco antes de estos acontecimientos, el filósofo estadounidense de formación hegeliana, Francis Fukuyama, publica el ensayo que titula ¿Fin de la historia? “Fin de la historia en sí —escribe—, es decir, como el último paso de la evolución ideológica de la humanidad y de la universalización de la democracia liberal occidental como forma final del gobierno humano”. Salvo que en este final no entran otros pueblos que no sean los occidentales, que se quedarán en la historia sin fin. “La gran mayoría de los países del Tercer Mundo, seguirá empantanada en la historia —dice Fukuyama. Países como la Unión Soviética y China no parece probable que en un futuro próximo se unan a las naciones desarrolladas”. ¿Cómo será este mundo? Fukuyama contesta: “Un estado homogéneo, con democracia liberal en la esfera política, combinada con el fácil acceso a las videocaseteras y estéreos en la economía”.

Esto sólo es posible para el mundo occidental que, con su capacidad científica y técnica para esa economía de posguerra fría, fabrica utensilios domésticos y sustituye la industria bélica por una industria doméstica de paz y con ella una economía de mercado en la que se impondrá la calidad de pueblos como los occidentales.

Lo que no acierta a captar Fukuyama es que ese cambio lo han hecho posible los vencidos de la segunda Guerra Mundial, Alemania y Japón, que no podían hacer armas y se dedican a fabricar todas las maravillas que harán la felicidad de la gente que pueda pagarlas. Tampoco capta cómo los países que se desgastaron en la carrera armamentista se quedaron fuera de esta economía de mercado. La Unión Soviética se desarticula y Estados Unidos debe regresar a sus cuarteles con sus ya inútiles armas. Tampoco capta que Japón en el esquema propuesto es uno de los pueblos condenados a quedar en la historia sin fin.

La Europa occidental, de la que es parte Alemania, prescindiendo de la ya innecesaria protección armada de Estados Unidos, se integra y pone en marcha la nueva economía dejando fuera a su antiguo protector y a la otra Europa y sus colonias. Proyecto autárquico que abandona ante el emerger de Japón en la misma economía, con una extraordinaria capacidad para el uso de la nueva ciencia y tecnología. Este país, además de todo, capacita a las abandonadas colonias occidentales en Asia, que cuentan con la fuerza de la India y China, para incorporarlas a este mercado. La capacidad técnica de estos pueblos del Tercer Mundo rebasa al mundo occidental al abaratar sus mercancías.

Estados Unidos enfrenta el problema de su marginación en el nuevo mundo puesto en marcha. Lo mismo le sucede muy pronto a la Europa que se integra comunitariamente y que debe enfrenta la capacidad asiática en una economía que pensó era de su exclusividad. Pero también deberá resolver, como Estados Unidos, la presencia en sus entrañas de la misma gente proveniente de las que fueran sus colonias, que esgrime los mismos valores que consideraban de su exclusividad.

¿Quién soy? ¿Expresión del hombre por excelencia? Los otros contestan que no; todo lo contrario, por su falta de humanidad nunca ha sido el hombre que creía ser. El filosofar en el mundo occidental, Europa y Estados Unidos tiene ahora la vieja problemática de esta nuestra América. ¿Cómo integrarse y cómo unir la diversidad que lleva ya en sus entrañas? Del filosofar en Latinoamérica tienen mucho que aprender. De la diversidad de lo humano, origen de la Raza Cósmica. De cómo integrar esa diversidad, cómo romper dependencias que ya conoce. En fin, muchos problemas más que ahora se hacen patentes en su filosofía.

Las pretensiones de Estados Unidos para mantener su hegemonía en Europa fracasan en 1991, al anunciar que su presencia armada sigue siendo necesaria frente a enemigos como los pueblos del Tercer Mundo. El bombardeo a Panamá en 1989 y la guerra relámpago a Irak en 1991 no convencen y se resisten los europeos a mantener esa protección que los subordina. Sin capacidad para transformar su economía y sin mercados, Estados Unidos se repliega para América.

El presidente de Estados Unidos, George Bush, sufre las consecuencias al perder la reelección en 1992. Le sucede en 1993 un joven y desconocido político demócrata, William J. Clinton. Éste es reelegido cuatro años después y anuncia la incorporación de Estados Unidos a la economía de mercado de la que habían sido excluidos cuatro años antes. ¿Cómo fue esto posible? ¿De dónde tomaron fuerza para transformar su industria y entrar en forma arrasante en la nueva economía?

Simplemente lo hicieron incorporando a la nación a los estadounidenses marginados por su diverso origen racial, cultural, sexual, de edad y costumbres. A la gente que origina los desvelos de europeos y estadounidenses y pone en entredicho su hasta ayer segura identidad. Esa gente es parte de Estados Unidos y como tal debe participar sin discriminación alguna. Es la misma gente que apoyó a Clinton y a la que al iniciar su gobierno hizo un “llamado a las armas para restaurar el sueño americano, poniéndolo al alcance de todos los estadounidenses”. Éstos, al incorporarse a la economía estadounidense, posibilitan la incorporación de su país en la economía de mercado.

Alcanzada la reelección, el presidente Clinton dice:

Hace tiempo se dijo que nos íbamos a convertir en dos Estados Unidos, uno blanco y otro negro, separados y desiguales. Hoy encaramos una opción diferente. ¿Nos convertiremos no en dos, sino en muchos Estados Unidos, separados, desiguales y aislados? ¿O sacaremos fuerzas de toda nuestra gente y de nuestra fe en la calidad de la dignidad humana, para convertirnos en la primera democracia verdaderamente multirracial del mundo? Esa es la tarea inconclusa de nuestra época, quitarnos de encima la carga de la raza, cumplir con la promesa de Norteamérica. Me crié en las sombras de una Norteamérica dividida, hay atisbos de una Norteamérica unida. Esa es la Norteamérica que ustedes deben construir. Comienza con los sueños de ustedes, estimulen a sus padres y enseñen a sus hijos.

Ésta es la América, podemos comentar, en la que venimos soñando y nos empeñamos en realizar. La de los Bolívar, Juárez, Martí, Vasconcelos y otros muchos. Esta nueva realidad contará en la filosofía que es ahora obligada referencia en los centros del filosofar por excelencia en Estados Unidos y Europa. Desde el enfoque de esta filosofía, las derrotas de México en 1847 y de España en 1898, son pírricas. Lejos de ser derrotas son puntos de partida para la presencia de nuestra raza y culturas diversas en el mundo occidental mestizo.

Ésta ha sido mi privilegiada experiencia al recibir reconocimientos que son también para quienes han estimulado un filosofar que no se consideraba que lo fuera. Mis maestros: Gaos, Ramos, Caso, Vasconcelos y otros muchos. Mis hermanos intelectuales: Arturo Ardao, Darcy Ribeiro, Francisco Miró Quesada, Gregorio Weinberg y todos los que lo están trabajando aquí desde diversos enfoques.

Extraordinariamente importante fue en este sentido recibir el Doctorado Honoris Causa que la Universidad de Atenas en 1997 otorgaba por vez primera a un filósofo de lengua española. En este sentido se dijo que me lo otorgaban como “representante de la idea de una América Latina integrada”, que “a pesar de ser muy latinoamericana, sobrepasaba las fronteras de América Latina para inscribirse como un aporte a lo ecuménico, a la historia universal de la humanidad”. “Un filosofar que como el de los filósofos de la Grecia clásica, partía de la problemática que les planteaba su tiempo y realidad”.

Una filosofía opuesta a la que insisten en hacer de ella instrumento para la justificación de una hegemonía universal que se niegan a perder. Es en este sentido que en nuestros días el filósofo estadounidense Francis Fukuyama, insiste en sus enfoques discriminadores. Reconoce la capacidad de pueblos del Tercer Mundo como Asia para hacer suya la ciencia y técnica occidentales, para mejorarla y abaratarla pero no para usarla, por las limitaciones de su humanidad: “Kosovo, México, Tailandia, Indonesia, Corea del Sur, Rusia y otros lugares son ejemplo de esa incapacidad”.

¡Por humanos, demasiado humanos, con sus pasiones, codicias y envidias! “¿No tenía acaso razón Nietzsche —pregunta Fukuyama— de que nuestra creencia en la igualdad humana es un fraude que nos impuso el cristianismo?”. La respuesta de Nietzsche fue el Superhombre. El Superhombre será el aporte de la ciencia occidental.

El carácter abierto de las ciencias naturales nos aportará, en dos generaciones, las herramientas que nos permitirán alcanzar lo que no consiguieron los ingenieros sociales del pasado; habremos concluido definitivamente la historia humana porque habremos abolido los seres humanos. Entonces empezará una nueva historia poshumana.

Fuera de esta historia estarán nuestros pueblos y nuestra gente. Por humana, demasiado humana. Este sigue siendo el reto de nuestro tiempo y el de un filosofar que insiste en hacer patente la ineludible diversidad de lo humano. Y con él, el respeto a la diversidad de sus expresiones.

México, D. F., 2001

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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