Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Filosofar desde Latinoamérica:
filosofar de excelencia"

1.

Hace pocos años, en Atenas, recibí la respuesta al interrogante que los mexicanos veníamos haciéndonos desde el estallido de la Revolución iniciada en 1910 y que también se hacían en el resto de la América de la que es parte México, ¿existe o es posible una filosofía americana?

Una filosofía americana, continental, en la que la otra América, la sajona, representaría la otra parte de la dialéctica de este filosofar. Una filosofía que tuviera la misma categoría que se le atribuye a la europea u occidental en sus diversas expresiones.

Al otro lado del Atlántico, en la Península Ibérica, una parte de nuestra rica identidad, se plantea el interrogante ¿es posible una filosofía en lengua española como existe en lengua francesa, inglesa y alemana?

Desde Europa y Estados Unidos se contestaba a esta pregunta diciendo que para ello habría que ser como Europa o Estados Unidos. El siglo XIX había mostrado la inutilidad de esta pretensión en nuestros positivistas y civilizadores. No podíamos ser otros que nosotros mismos. Habría que replantear los interrogantes al otro lado del Atlántico, en Iberia y en nuestra América española, ibérica o latina.

2.

La visita que entre 1945 y 1946 realicé por la América Latina me hizo patente que tal preocupación se hacía expresa en la casi totalidad de la región en diversos pensadores con los que entré en relación para integrar nuestros esfuerzos. Ellos, a su vez, la difundían entre sus estudiantes. Esta idea, sin embargo, era difícil de aceptar. Yo lo hice en mis cursos, entre los míos; muchas veces me replicaron diciendo: “¿un filosofar propio? ¿dónde están nuestros Sócrates, Platón, Aristóteles y todos los que han hecho posible el filosofar por excelencia?”. Entre mis alumnos había un joven que nunca olvidaré, Abelardo Villegas, quien, pese a sus dudas, fue involucrándose como lo hizo patente en su tesis de maestría sobre la filosofía de lo mexicano.

La respuesta a estos interrogantes me la dio la Universidad de Atenas en Grecia, al otorgarme el Doctorado Honoris Causa en Filosofía, como reconocimiento a una filosofía que en este fin de siglo XX y del segundo milenio viene haciendo lo que Sócrates, Platón y Aristóteles hicieron en su tiempo, siglos antes de la era cristiana, frente a un mundo tan lleno de problemas como el nuestro.

Este reconocimiento lo acepté en nombre de los ya muchos filósofos que a lo largo de este nuestro continente vienen empeñados en esta problemática. Ellos parten de la diversidad de sus circunstancias, desde el logos que les permite comprender y hacerse comprender, como hicieron los griegos para enfrentar los problemas de su tiempo y como nosotros lo hacemos.

3.

Con José Gaos, mi maestro, aprendí lo que este filosofar era para nuestros lejanos antepasados. Algo simple, tan simple como la vida misma. La sustancia no era una abstracción, sino algo tan natural como la nata, lo más rico del caldo y de la leche. Y los principios como lo más importante, como lo era el príncipe de un lugar.

Gente que hablaba del origen, agua o fuego, y del orden del universo para hacer patente su derecho a gobernar las ciudades. “Que los reyes sean filósofos o los filósofos reyes”, decía Platón. O bien, como Aristóteles al decir: “Que el que más sabe mande como el que menos sabe”.

Los problemas de su tiempo siguen siendo problemas del nuestro. Problemas de identidad. ¿Qué somos? ¿Indios o españoles? ¿Europeos o americanos? Es la supuesta pregunta metafísica sobre el ser que se hacían los griegos en relación con la naturaleza de la que somos parte con los otros, nuestros semejantes. Interrogantes políticos, que no metafísicos.

También se hicieron preguntas sobre nuestra relación con Dios, la Providencia. Con el primer motor que quisiéramos ser para dominar y arrastrar a todos. Y con ello, la conciencia de nuestro tamaño; conscientes de lo uno y de lo otro pero con la responsabilidad de los dioses sin serlo.

Los griegos se proyectaban como dioses en su mitología, nosotros nos proyectamos como tales en nuestra ciencia y técnica y, al hacerlo, unos y otros sufrimos las consecuencias de estas pretensiones. Los primeras lo hicieron patente en sus tragedias, nosotros frente a las catástrofes naturales y humanas que provocan nuestras ambiciones.

La imposibilidad de un filosofar propio, expreso en la pregunta ¿dónde están nuestros Sócrates, Platón, Aristóteles, Descartes, Kant, Hegel, Comte y otros muchos?, parte de la concepción que a los nacidos en América impusieron sus conquistadores, colonizadores y civilizadores. Es la concepción de un continente que entra en la historia bajo el signo de la dependencia. La solución de esta problemática se venía apoyando en una filosofía ajena a esta nuestra realidad.

4.

Las diversas filosofías que genera la problemática europea se van adaptando a la problemática en América. De ahí que se trate de modelos de fieles seguidores de un filosofar ajeno a nuestra realidad. Esto es algo que pondrá en jaque la historia de nuestras ideas al mostrar la adaptación a nuestra realidad de filosofías ajenas a ella. Malas copias de las expresiones de este filosofar que harán patente lo que de propio tiene esa adaptación. Éste fue el punto de partida de la filosofía de nuestra América.

José Gaos, que impulsó la historia de nuestras ideas, dedujo de la misma la filosofía que como tal fue reconocida en Atenas, matriz del filosofar por excelencia. Una filosofía cuya experiencia permite ahora al Occidente resolver la problemática que afronta en estos días con la globalización.

No tenemos un Sócrates, un Platón, un Aristóteles, pero tenemos un Bolívar, un Martí, un Vasconcelos, un Rodó y muchos otros que enfrentaron problemas semejantes a los que ahora enfrenta la filosofía occidental: problemas de identidad que originan las relaciones con diversas expresiones de lo humano originadas por la globalización y la resistencia de los marginados a seguir siendo manipulados.

El mundo griego, como el latino, enfrentó estos problemas en la antigüedad, como el ibero en los inicios de la modernidad. La problemática que planteó el mar Mediterráneo que bañaba las costas de los diversos pueblos con etnias y culturas distintas, como eran las europeas al norte, las africanas al sur y las asiáticas en el oriente, hacía necesario conciliar esta diversidad.

Esta problemática llevó Iberia al desconocido continente, bautizado como América, y originó el más extraordinario mestizaje de etnias y culturas. Ya no era un mar el que buscaba integrarse, sino todo un continente bañado por las aguas del Océano Atlántico y las del Pacífico en las que se incorporaban todos los mares de la tierra.

5.

Éste fue el origen de nuestra filosofía, la reconocida como tal en Atenas. Lo iniciado por Grecia en la antigüedad se mundializaba al final del siglo xx del segundo milenio y daba origen al sueño de Simón Bolívar de “una Nación de naciones, la federal, cubriendo el Universo entero”, poblado por la “Raza Cósmica” de la que habló José Vasconcelos.

Ahora esta es la problemática de todo filosofar a lo largo y ancho de la tierra. El mestizaje creó la ambición de una pequeña región del globo llamada Europa que se expandió y ahora se reconoce como mundo occidental. En las entrañas mismas de esta región de la tierra se plantea ahora el problema en el cual la experiencia de nuestra América adquiere una importancia inusitada.

Hacer filosofía en nuestros días no es ya hacer metafísica, ética o estética, ni estar al día acerca de lo que sobre esto se hace en Europa y Estados Unidos. La problemática de nuestra filosofía es la misma de la filosofía del mundo occidental. No se trata de buscar el bien por excelencia, ni el ser metafísico, sino de convivir con los otros, nuestros semejantes, con sus diversas e ineludibles expresiones. Se trata de compartir lo que juntos han hecho en la larga historia de dominación imperial.

Esta preocupación no está reñida con la lógica, la epistemología y la técnica virtual de nuestro tiempo. Porque cuanto más capaces seamos de conocer y actuar sobre nuestra realidad como naturaleza y de relacionarnos con los otros sin manipularlos, más posibles serán las utopías.

6.

La problemática de la filosofía de nuestro tiempo, y por ende de la nuestra, es la de enfrentar las resistencias a la posibilidad de hacer realidad la utopía de una Nación de naciones y una Raza que no es raza, sino la capacidad para convivir en la diversidad de nuestros semejantes.

La pregunta sobre la existencia o posibilidad de una filosofía americana la originó, entre nosotros, la revolución que se puso en marcha en 1910. Una revolución que integró en la lucha a la diversidad de nuestra gente: india, criolla y mestiza. La misma gente que ahora es amenazada cuando se habla de mexicanos e indígenas como en la Colonia se habló de españoles e indios.

Dos guerras mundiales, desatadas por viejas rivalidades entre europeos y entre intereses del llamado mundo occidental, originaron el interrogante a lo largo de nuestra América. Ahora Europa, el mundo occidental, no tiene ya que enseñarnos, por el contrario, es mucho lo que ahora tiene que aprender de nosotros. Pero esto implica orfandad para los mexicanos y el resto de nuestra América. Debemos bastarnos a nosotros mismos, pensar, filosofar sobre esa orfandad y con ella asumir la responsabilidad que no habíamos asumido a lo largo de 500 años.

La responsabilidad puede asustar y puede abrir la posibilidad de nuevas injerencias, nuevas formas de colonialismo en supuesta defensa de nuestra diversa identidad y de los derechos humanos que como tales reclamamos. “Todos iguales por ser distintos —nos dicen— pero cada uno en su lugar. Los ricos en sus palacios, los pobres en sus chozas”.

En México se propone formar reservaciones para nuestros indígenas y el desarrollo para los que lo alcanzaron montando sobre la miseria de éstos. La Europa de los imperios pretende ser juez y parte de la violación de los derechos humanos sobre la que levantaron sus propios imperios.

7.

La Europa imperial y el imperialismo estadounidense, al expanderse, llevaron a sus entrañas a gente de las diversas regiones de la tierra, bajo su hegemonía, para hacer el trabajo sucio. Gente que preñó su identidad blanca, occidental y puritana.

Cuando el presidente de Estados Unidos, William J. Clinton, un marginado social de ese país, reconoce y afirma la identidad multirracial y multicultural de su pueblo, hace realidad la meta más ambiciosa de nuestra filosofía, la de un continente multirracial y multicultural que originó la expansión latina y mediterránea de los pueblos ibéricos.

Ya no tenemos que plantearnos más interrogantes respecto a la existencia o posibilidad de una filosofía americana. Lo que debemos hacer es asumir la responsabilidad de la respuesta, como la está asumiendo la totalidad de los pueblos del mundo, incluido el occidental. La temática de nuestra filosofía es ya común a la que le dio origen. Esto implica asumir la responsabilidad del mundo que explotadores y explotados han originado, para que esta dialéctica de dominio deje de existir y surja en su lugar la convivencia participativa que abra horizontes de libertad, cada vez más amplios, sin más límites que la libertad de los otros, dentro del ámbito de democracia que la misma origine.

La meta es lograr una globalización integradora de nuestras capacidades, sin discriminación de ninguna especie. Con la responsabilidad universal de los dioses sin ser dioses para no empezar siempre de nuevo y haciendo del ingenio que ha originado la extraordinaria ciencia y técnica de nuestro tiempo instrumento al servicio de todo el género humano.

Este será el fin de la historia de un repetir y repetir para lograr siempre lo mismo. No el fin de la historia anunciado por el estadounidense Francis Fukuyama, el de la opulencia y la historia sin fin de la miseria, sino el fin de la historia anunciado por nuestros Bolívar, Martí, Vasconcelos, Reyes, Rodó, Sarmiento y muchos otros.

A la pregunta no metafísica sino antropológica sobre el Ser, referente a nuestra diversa identidad, podemos contestar: “Somos expresión de ese peculiar género, creado como el más indefenso ente del mundo animal, género al que su creador, quizá sin proponérselo, dio una pizca de su poder, como la capacidad de pensar, razonar, y al hacerlo responsabilizarse de sí mismo. Un ente libre como su creador, pero responsable de la libertad de los otros, sus semejantes. La libertad con responsabilidad que obliga a renovarla cada día para que no se pierda.

Es la chispa divina en la que insistió la filosofía griega entre un ente limitado por la naturaleza de su origen, el animal. Chispa que ha originado las maravillas de la técnica y la ciencia de nuestro tiempo y que para mantener su crecimiento debe compartir sus frutos con todas y cada una de las gentes de esta peculiar especie. Este es nuestro reto, el reto de una filosofía de cuya existencia y posibilidad veníamos hablando hace algún tiempo.

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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