Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Filosofía iberoamericana"

Entre los días 21 y 26 de septiembre de 1998 se celebró en España, el Primer Congreso de Filosofía Iberoamericana. La reunión se realizó en Cáceres y Madrid bajo los auspicios de diversas instituciones españolas y latinoamericanas.

¿Filosofía iberoamericana? Mi maestro José Gaos, transterrado español —como gustaba ser llamado en lugar de desterrado—, hablaba de pensamiento iberoamericano. “No me atrevo a llamar filosofía a lo que hacemos en Iberoamérica. Espero que ustedes se atrevan a hacerlo”. Ahora esto no es atrevimiento, es un hecho contundente, tan contundente como se hizo en el inicio del filosofar por excelencia en Grecia: los presocráticos, Sócrates, Platón y Aristóteles hicieron de los problemas del hombre común y corriente filosofar, reflexión, para resolverlos de una vez y para siempre.

En el Congreso participaba Francisco Miró Quesada, destacado filósofo que ha recibido grandes distinciones y que recientemente terminó su función como presidente de la Federación Internacional de Sociedades de Filosofía, a la que llegó como un reconocimiento a su obra. Me satisfizo mucho reencontrar al viejo amigo al que me unen lazos de amistad y reflexiones sobre una preocupación que nos es común: ¿cómo reflexionar, filosofar con autenticidad sobre nuestros problemas y el mundo que los origina?

Miró Quesada clausuró el congreso hablando sobre “comprensión de caladura y comprensión estructural”. Lo hizo en un lenguaje duro y difícil, pero preciso. Habló de la filosofía iberoamericana, qué es y por qué puede hablarse de otras expresiones de la filosofía en el mundo. Para empezar recordó el diálogo realizado entre un metafísico bien informado y un lógico igualmente informado. No dio nombres, pero este diálogo sucedió en Lima en 1945 cuando realizaba mi primera visita a la América Latina y tuve mi primer encuentro con él. Sobre este encuentro Miró Quesada escribió en diversas oportunidades, entre otras en un libro que le publicó el Fondo de Cultura Económica.

El metafísico hablaba del hombre concreto en sus diversas expresiones y del mundo igualmente concreto en el que éste debería actuar y donde se originaban problemas que debería afrontar y resolver de una vez y para siempre, como lo pretendía la filosofía. El lógico sostenía la necesidad de que ésta fuese lo más acertada posible, por lo que era imprescindible contar con un instrumental capaz de realizarlo para ofrecer las mejores opciones a los problemas planteados. Tanto el metafísico como el lógico quedaron satisfechos y de acuerdo. El auténtico filosofar tenía esa doble dimensión, intentar separarla sería negarlo. Así había sido a lo largo de la historia de la filosofía como expresión de las posibilidades y límites de lo humano.

Francisco Miró Quesada partió de este encuentro para hablar de la comprensión de caladura y la comprensión estructural. Comprensión de caladura es la que cala hacia lo más alto o hacia lo más hondo del quehacer humano para rebasar sus naturales límites. Penetra hacia lo alto, más allá de sus limitaciones físicas en ese afán inútil por ser Dios, como lo expresaba Sartre. O bien cala lo más profundo de su frágil humanidad para encontrarse con los que son sus semejantes y solidariamente pueden salvar sus límites, como lo ha expresado Octavio Paz. Doble caladura se encuentra en el filosofar español, en la filosofía de Ortega y Gasset y en la de su discípulo José Gaos. Tzvi Medin, filósofo israelí, lo ha mostrado en su libro Entre la jerarquía y la libertad. Ahí habla de la disyuntiva que se le plantea a España entre recuperar la jerarquía imperial que perdió en 1898 o reconciliarse con los pueblos a los que ella misma dio origen, aportándoles su propia sangre y cultura y creando con ellos una gran comunidad iberoamericana, al uno y al otro lado del Atlántico.

Comprensión estructural es la que da sentido y lógica a un mundo tan complejo como es el que originaron los pueblos de la Península Ibérica de formación mediterránea, multicultural y multirracial, que los libertadores latinoamericanos reclamaron como algo propio, expresado en la propuesta de Bolívar de una Nación de naciones que abarcase el mundo entero. Comprensión de caladura y comprensión estructural como expresiones del filosofar propio de un tiempo como el nuestro. Fue dentro de esta comprensión que se realizó el Primer Congreso de Filosofía Iberoamericana que Manuel Reyes Mate y sus colaboradores hicieron posible con su extraordinario empeño.

Pedro Laín Entralgo y Luis Villoro inauguraron el congreso. De las conferencias magistrales destacó la del ahora Premio Nobel de Literatura, José Saramago, titulada: “Descubrámonos unos a los otros”. Invitación a otro descubrimiento, no ya el que España puso en marcha en 1492, seguida por Portugal y que dio origen a imperios transcontinentales. La Europa al otro lado de los Pirineos muy pronto siguió el ejemplo de estas potencias pues vio en los descubiertos algo más que criaturas irredentas, eran cosas por explotar y desechar, parte de la naturaleza al servicio de quienes se consideraban a sí mismos expresión de lo humano por excelencia.

“El descubrimiento fue violencia, depredación y conquista, no fue un diálogo. Hay quien sostiene que la función del filósofo es pelearse por palabras, dotarlas de su sentido pleno para que sean vehículo de verdad y no de dominación de los unos sobre los otros. Hay que propiciar un nuevo diálogo entre iguales a partir de sus ineludibles diferencias, las propias de lo humano. El descubridor se convierte pronto en intolerante. Descubrimos al otro y lo rechazamos al negarnos a admitir que su razón pudiera prevalecer sobre la nuestra. Y la intolerancia se convierte en un amplio abanico de actitudes que empiezan en el rechazo a la diferencia hasta llegar al racismo y la xenofobia. Y arraiga con facilidad por temor de los individuos a parecer poco patriotas o poco creyentes. Entre los escombros de socialismos pervertidos y capitalismos perversos se percibe una reorganización de los valores que permite descubrir al otro, como forma de descubrirse uno mismo”.

¿Cómo fueron recibidas estas palabras de Saramago? Francisco Arroyo, corresponsal de El País que resumió la conferencia relata: “Calló, hubo aplausos y se hizo el silencio. El público no se movía, como esperando más. No lo había. Cada uno de los asistentes tuvo que salir de la sala y encontrarse con sus propios pensamientos”. ¿Qué esperaban? José Saramago, honesto intelectual, al recibir el Premio Nobel sufrió de inmediato la condena fundamentalista del Vaticano por su libro El Evangelio según Jesucristo, texto donde recuerda la condena que sufrió otro escritor, Salman Rushdie, por parte del fundamentalismo islámico. En esta conferencia de Cáceres el nuevo Nobel no dio gusto al fundamentalismo de los empeñados en condenar económicamente a todo el pueblo mexicano por males heredados de la conquista y el coloniaje que exige como solución leyes discriminatorias, como la de regresar a los descendientes de los vencidos al mundo que originó su derrota.

Se hablaría de Chiapas; el jurista y filósofo argentino que habita en Alemania, Ernesto Garzón Valdez, lo hizo con lógica irrebatible, sus palabras calaron hondamente. Refutó a quienes en el congreso se empeñaban en la marginación de los mexicanos llamados indígenas, en supuesta defensa de su identidad y valores culturales, diversos de los de la nación.

Victoria Campos, de España, fue la que inició la réplica a esta propuesta marginadora. Le siguió Ernesto Garzón Valdez, enfrentando el argumento que confunde diversidad cultural con enriquecimiento moral. “No es necesario ser antropólogo o historiador de la cultura ni tener tampoco una muy afinada sensibilidad moral —dijo— para percibir cuan falaz es sostener una fuerte vinculación entre diversidad cultural y enriquecimiento moral”. ¿Cómo puede enriquecer la moral la práctica de la circuncisión femenina, la quema de viudas y la discriminación de la mujer en África, Latinoamérica, Asia y los países islámicos? “Ningún punto de vista puramente cultural tiene, por el mero hecho de ser tal, valor ético”. Garzón Valdez citó a David Gauthier cuando dice: “La idea de que las formas de vida tienen derecho a sobrevivir —una idea expresada en aquella concepción extraordinaria de genocidio cultural— es una recién llegada al escenario moral. Es también una idea totalmente equivocada. Son los individuos los que cuentan; las formas de vida importan sólo como expresión y sustento de la individualidad humana”.

En la exposición y réplica de que fue objeto, Garzón Valdez ahondó en el origen fascista del planteamiento del llamado problema indígena. Se habló así del fascismo alemán bajo el hitlerismo, que hacía del peculiar modo de vida alemán fuente de una exclusiva y excluyente moral que designaba como aria y que ahora trata de retomar el neofascismo. Citó a Jean Yves Le Gallau cuando dice: “No existe una ‘lógica universal’ que sea válida para todos los seres racionales. Hay que rechazar sistemas de valores universales: algo es bueno, bello, sólo para el tipo humano a cuyo ‘sustrato étnico’, situación psicológica, composición genética y medio ambiente social y racial responde. A todo ‘sustrato étnico’ corresponde una lógica propia, una propia visión del mundo”. Fuera estaban los otros, los excluidos, los que no hablaban alemán ni contaban con una cultura germana y mitos igualmente alemanes.

¿Qué tiene esto que ver con los múltiples y diversos pueblos indígenas que forman el llamado Tercer Mundo? ¿Qué con los indígenas de México y sus diversas lenguas y culturas? ¿Qué se queden en el lugar que les corresponde? Los asiáticos han mostrado que sin renunciar a su identidad pueden hacer suyos los instrumentos de desarrollo del llamado mundo occidental.

Se replicó que los mayas y los aztecas, siendo buenos mayas y aztecas, generaron valores como los generó Alemania. ¿Cuáles mayas? ¿Cuáles aztecas? ¿Qué tienen que ver los indígenas mexicanos de hoy con ellos? ¿Lo mismo que los nibelungos con los alemanes? Henry Steiner, también citado por Garzón Valdez, dice: “Un Estado compuesto de regímenes de autonomía segregada se parecería más a un museo de antigüedades sociales y culturales que a un ideal de derechos humanos”.

¿Qué les queda? ¿El derecho al folklore y a la gastronomía que también les impuso la conquista? ¿Quién reclama estos derechos? No los llamados indígenas, que al no expresarse en español difícilmente pueden reclamar algo común. Se trata de una nueva y perversa injerencia de gente que no quiere que se les dispute algo que consideran es de su exclusividad.

Ernesto Garzón Valdez terminó diciendo que su trabajo “es un llamado a la inclusión de nuestras gentes en una sociedad política y socialmente homogénea, es decir, moralmente digna”. Los llamados por Internet y otros medios para imponer esta discriminación, como en Chiapas, ya no funcionan en una Europa aterrada por lo que la misma vía de los medios, utilizada por la ultraderecha, está originando en Estados Unidos.

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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