Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Grecia en la mente de un latinoamericano"

Ante todo hago expreso mi agradecimiento a esta Universidad de Atenas en Grecia por el honor que recibo. Agradezco a sus autoridades, a la institución y a las personas que dentro de esta Universidad lo han hecho posible. Este honor tiene un especial sentido para mi propio reflexionar y para el de otros latinoamericanos preocupados por afirmar la discutida identidad de los hombres de nuestras naciones; preocupación expresada en la interrogante sobre la existencia de una filosofía propia de la región descartada como ajena a un filosofar por excelencia. Al nivel internacional, en congresos mundiales de filosofía, cuando se propuso hacer del español lengua de trabajo en tales congresos se dijo: “Filosofar sólo se puede en alemán, inglés y francés”. “Con tal criterio —se replicó—, sólo se puede hacer filosofía en griego”. Grecia, su cultura y su filosofía, siempre han estado presentes en el peculiar reflexionar de esta región de la tierra situada al otro lado del Mediterráneo y del Atlántico.

Personalmente Grecia entró en mi conciencia cuando era adolescente, a través de las publicaciones que de los grandes clásicos del mundo hizo el filósofo mexicano José Vasconcelos como secretario de Educación Pública; este conocimiento era considerado como parte de la educación de México. De adolescente me impactaron las lecturas de la Ilíada y la Odisea, de Homero, a las cuales siguieron los Diálogos de Platón, la tragedia y la comedia de la antigua Grecia. Recibido el impacto continúa por mi parte la búsqueda afanosa de este conocimiento, aunque en forma desordenada.

Este confuso y difuso conocimiento del mundo griego encontró su cauce con la llegada a México de José Gaos, transterrado, como gustaba llamarse, de la Guerra Civil Española. Gaos se convirtió en mi maestro por excelencia. Tomé con él un largo curso sobre la filosofía griega y su relación con diversas expresiones de la cultura de la que era parte; el sentido de este filosofar quedó extraordinariamente claro. Hacía patente un mundo y la problemática de sus hombres se universalizaba al identificarse con los problemas sobre los que también reflexionaban otros hombres en diversos lugares de la tierra. La filosofía no era una abstracción, un estar en las nubes, con lo que Aristófanes ridiculizó a Sócrates, que por tal filosofar fue condenado a tomar la cicuta.

Por recomendación de Gaos fui becado y recomendado en El Colegio de México. Esto permitió afirmar aún más y perfilar mejor mi vocación. Llegado el momento de preparar sendas tesis para alcanzar el grado de maestro y luego de doctor en Filosofía en la Universidad Nacional de México, Gaos me preguntó: “Zea, ¿sobre qué quiere hacer su tesis?”. “Me gustaría hacerla sobre los sofistas griegos —contesté. Me interesa su preocupación por hacer del hombre la medida de todas las cosas”. “Haría usted un buen trabajo —me contestó—, pero aportaría poco o nada porque son temas ya extraordinariamente estudiados por quienes tienen todos los medios a su alcance. ¿Por qué no hace lo que los filósofos griegos hicieron? —me preguntó. Piense sobre su propia realidad, sobre su historia y cultura, busque un tema de ésta su región mexicana o latinoamericana. Le aseguro que si fuera usted mediocre, que no lo es, aportaría algo nuevo; y si usted logra interesarse como lo espero, estará usted haciendo filosofía, mostrando como creo que está destinado a hacer filosofía y a ser reconocido como filósofo”. Así surgió mi primer trabajo El positivismo en México, luego otro sobre el pensamiento latinoamericano y de allí pasé a preocupaciones como las que he expresado en mi Discurso desde la marginación y la barbarie.

En 1945, obtenidos la maestría y el doctorado, mi maestro Gaos hizo posible mi propia odisea por América, tanto por la del norte, la sajona, como por la Latina a la que pertenezco. Buscando, preguntando, tratando de captar el sentido de lo que diese unidad a ésta mi multifacética región, estableciendo relaciones con gentes que, como yo, reflexionaban por el sentido de esta región. Fue con esta gente que se formó un grupo latinoamericano dedicado a ese discutido filosofar al que se regateaba tal calidad. Considero que el reconocimiento que ahora alcanzo aquí es también un reconocimiento a quienes como yo se han empeñado en este peculiar saber que resulta propio de un auténtico filosofar.

Buscando en las múltiples expresiones de este viejo reflexionar de la región que se denomina América Latina me encontré nuevamente con Grecia, su cultura y su filosofía. En 1815 en Jamaica, una isla más del Caribe, que por su composición étnica y cultural podría semejarse al Mediterráneo, Simón Bolívar, un hombre empeñado en liberar e integrar a esta región en la libertad para romper la integración impuesta por sus conquistadores, escribió en la Carta de Jamaica: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue a sus partes entre sí con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse”. Muchos y grandes obstáculos como climas, lejanías, intereses opuestos y caracteres desemejantes lo impedirán. Pese a todo Bolívar sueña y dice: “¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!”. Panamá como otro Corinto de hombres y naciones libres. Pero no bastaba soñar, había que hacer realidad el sueño. La hazaña de la libertad se fue haciendo realidad y con ella la posibilidad de una América integrada en la libertad.

El 7 de diciembre de 1824, víspera de la batalla de Ayacucho que el mariscal Antonio José de Sucre daría en nombre del Libertador para poner fin al dominio extraño a esta región, Bolívar envía una circular convocando a los pueblos de esta América a la Asamblea en Panamá. El triunfo que ya esperaba permitiría realizar el viejo sueño integrador. Sueño que iba más allá del imaginado en Jamaica; sueño que abarcaba al universo entero integrado en la libertad para afianzar las libertades alcanzadas por todos los pueblos de la tierra. Las tropas del ejército libertador en la batalla de Ayacucho estaban formadas por hombres de todas las regiones de la que sería designada América Latina. Bolívar insiste en que la reunión integradora se realice en Panamá por su situación geográfica, como centro de unión de todos los pueblos de la tierra presentes en el continente en el que se habían dado encuentro e integrado racial y culturalmente; como en la antigüedad hombres de todo el mundo se habían encontrado en el Mediterráneo, cuyos mares bañaban tanto Europa como Asia y África, bajo la hegemonía helénica y luego la latina.

¿Por qué Panamá? “Parece —dice Bolívar— que si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino, colocado como está en el centro del globo, viendo por una parte el Asia y por la otra el África y Europa”. “El Istmo está a igual distancia de las extremidades y por esta causa podría ser el lugar provisorio de la primera Asamblea”. “El día que nuestros plenipotenciarios hagan el canje de poderes, se fijará en la historia diplomática de América una época inmortal. Cuando después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público, registrarán con respeto los protocolos del Istmo. En él encontrarán el plan de las primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo”. La víspera de este Congreso, realizado en julio de 1826, Bolívar concretiza este ideal diciendo: “En la marcha de los siglos podrá encontrarse, quizá, una sola nación cubriendo el universo, la federal”. En la circular de 1824, concluye diciendo: “¿Qué será entonces el Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?”.

El sueño de integración del subcontinente, de la América múltiple, mestiza, imaginado por Bolívar en la Carta de Jamaica en 1815 se ha transformado en un sueño de integración universal, el de hombres de diversos orígenes raciales y culturales que se han dado cita en esta región del continente llamada América. En la antigüedad se dieron igual cita en el Mediterráneo integrado por la helénica Grecia y luego por la latina Roma. La referencia insistente a Grecia y Roma es permanente. Allí están, las palabras de Bolívar, en 1822, a Bernardo O’Higgins libertador de Chile: “La asociación de los Estados de América que vayan surgiendo no dudo que será motivo de asombro para Europa. La imaginación no puede concebir sin pasmo la magnitud de un coloso, que semejante al Júpiter de Homero hará temblar la tierra de una ojeada. ¿Quién resistirá a la América reunida de corazón, sumisa a una ley y quieta por la antorcha de la libertad?”.

Esta región de América fue bautizada como Latina por lo que la helenidad y la latinidad representan para el Mediterráneo y los pueblos que allí se encontraron. La integración de América recuerda una y otra vez a Grecia por lo hecho en esa nación, por integrar hombres y pueblos libres; se recuerda a Corinto y Atenas pero situados en el escenario de un amplio continente rodeado por océanos que les unen con el resto de los continentes, Asia, África y Europa. Los hombres de esta región desean por ello afirmar la peculiar identidad que les liga con el universo en su ineludible diversidad.

Allí están también las palabras de José Martí que luchó por hacer lo que Bolívar había dejado sin hacer; completar la integración de la región y partir de ella para establecer su relación con el resto del mundo. ¿Cómo había que educar a los hombres de ésta que José Martí llama “Nuestra América”? “La historia de América —escribe—, de los incas para acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra”. En esta región del mundo la integración se hace no en el mar, sino en la tierra. “En esta región —dice Martí— no hay odio de razas, porque no hay razas. El alma emana igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y color”.

José Vasconcelos, el filósofo y educador mexicano que motivó mi conocimiento de Grecia, consideró la cultura y la filosofía griega como parte de otras cuantas en el mundo. Como en América existió una cultura y una historia que es propia de los hombres de la región, el Mediterráneo fue el lazo de unión de los hombres y culturas que formaban el mundo: Europa, Asia y África, pero no las integró. Más al norte de Europa, al otro lado de sus montañas, más allá de los pueblos del Mediterráneo, otros hombres, con culturas menos dispuestas a la integración y al mestizaje, con su expansión habían impedido una integración como la impedían en la América del Norte. Para Vasconcelos la lucha entre la Europa mediterránea y la báltica, la latina y la sajona, se había dado ya en el mismo continente europeo, y se prolongaría en América. La lucha entre una Europa excluyente había dado origen a la América sajona; la otra incluyente, la mediterránea, había dado origen a la América Latina. Vasconcelos amplía el sueño, la utopía de Bolívar, en su idea de raza cósmica. “En la América española —escribe— ya no repetirá la naturaleza uno de sus ensayos parciales, ya no será la raza de un solo color, de rasgos particulares, la que salga de la olvidada Atlántida, no será la futura ni una quinta ni una sexta raza, destinada a prevalecer sobre sus antecesores; lo que allí va a salir es la raza definitiva, la raza síntesis o raza integral, hecha del genio y con la sangre de todos los pueblos y, por lo mismo, más capaz de verdadera fraternidad y de visión realmente universal”.

Raza de razas, raza cósmica. En la conciencia de Vasconcelos, como en la de Martí y Bolívar, está siempre la imagen de Grecia, su cultura y su filosofía como instrumento integrador y no excluyente. Se recuerda a Alejandro de Macedonia helenizando, esto es incluyendo, integrando, sumando y no restando. Una Grecia que se supera a sí misma reconociendo en otros a semejantes por su misma diversidad. Una extraordinaria ecumene que debe ser realizada como punto de partida para su plenitud en un continente en donde la historia hizo encontrarse a hombres de razas y culturas distintas; pero no tan distintas que no sean expresión de lo propiamente humano.

Pero, ¿qué es el reflexionar que aquí he resumido? ¿Filosofía? ¿Imaginación desbocada? ¿Tropicalismo? ¿Simple imaginario? ¿Una expresión más de lo real maravilloso de nuestra literatura, pero no filosofía en sentido estricto? Y ahora en Europa, inclusive en la Europa occidental, báltica, se están planteando problemas ya viejos en la América Latina sobre su propia identidad e integración. Ya no se habla del hombre por excelencia allí encarnado en una sola raza y expresándose en una sola cultura. La presencia actual dentro de sus propias entrañas de hombres de razas y culturas ha dado origen a un nuevo interrogar entre los filósofos de Europa. Lo universal de este filosofar no estriba en lo excluyente, sino en las inclusiones que universalizan las diversas expresiones del hombre y los frutos de su quehacer. Se habla ahí de una concepción de lo universal, del mundo, de la globalización que no es ya, que no puede ser excluyente sino capaz de incluir a las diversas expresiones de lo humano.

La América sajona está siendo absorbida por la Latina, como Europa lo está por las diversas razas que se dieron cita en el Mediterráneo. Los problemas que ahora se confrontan a lo largo de la tierra han sido originados por esta nueva expresión de la universalización. Parte de la resistencia de unos hombres a compartir lo que les es común con otros. Resistencia que amenaza esta integración que se asemeja a la que se propuso Grecia en su historia. Por ello lo que parecían descabellados sueños de nuestros próceres en América está siendo visto como respuesta a los cambios que se están dando a lo largo de la tierra. El Corinto de los griegos, que se propuso realizar Bolívar en América, está siendo nuevamente invocado en estos días para integrar lo que no puede estar desintegrado: al hombre y los pueblos por él formados que han de compartir un futuro común a unos y otros.

Gracias, repito, por este honor que recibo y que considero un reconocimiento a los esfuerzos que vienen haciéndose desde diversos lugares de la tierra para integrar, para comprender y hacer comprender lo que ha de estar siempre integrado.

(Cuadernos Americanos núm. 63, 1997)

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces