Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

primera parte

III

LA HERENCIA ESPAÑOLA EN HISPANOAMÉRICA

   

ESPÍRITU DE CUERPO CONTRA INTERESES NACIONALES

La causa principal, se dice, la razón que ha impedido al hispanoamericano ser un hombre plenamente moderno está en la herencia española, de la cual no ha podido aún liberarse plenamente. José María Luis Mora, al hablar de la constitución de México, encontraba en los hábitos herederos de España la incapacidad del mexicano para entender el sentido moderno de lo nacional. Entre estos hábitos, dice, figuraba y figura como uno de los principales “el espíritu de cuerpo difundido por todas las clases de la sociedad” (Mora 1963: 56). Es este espíritu de cuerpo el “que debilita notablemente o destruye el espíritu nacional” (56).

Ya sea por designio premeditado o como un resultado imprevisto de causas desconocidas y puestas en acción, el hecho es que “en el estado civil de la antigua España había una tendencia marcada a crear corporaciones, a acumular sobre ellas privilegios y exenciones de fuero común” (56). Sólo en función de estos privilegios actuaban españoles y mexicanos. No existía el sentido de lo nacional, no había más sentido que el de cuerpo, con los privilegios que éste significaba. “Si la independencia —agregó Mora— se hubiera efectuado hace cuarenta años, un hombre nacido o radicado en el territorio en nada habría estimado el título de mexicano, y se habría considerado solo y aislado en el mundo, si no contaba con él” (57). Para este hombre el título de Oidor, o cualquier otro, “habría sido más apreciable, y es necesario convenir en que habría tenido razón, puesto que significaba una cosa más positiva” (57).

Haber tratado de hablar con este tipo de hombre sobre “los intereses nacionales, habría sido hablarle en hebreo; él no conocía ni podía conocer otros que los del cuerpo o cuerpos a que pertenecía y habría sacrificado por sostenerlos los del resto de la sociedad” (57). “Si entonces —sigue diciendo Mora— se hubiera reunido un congreso, ¿quién duda que los diputados habrían sido nombrados por los cuerpos y no por las juntas electorales, que cada uno de ellos se habría considerado como representante de ellos y no de la nación, y que habría habido cien mil disputas sobre fueros, privilegios, etc., y nadie se habría ocupado de lo que podía interesar a la masa?” (57).

Es esta herencia, este espíritu de cuerpo, lo que imposibilita a los mexicanos para poner por encima de sus intereses particulares los de la nación. “He aquí —dice Mora— el espíritu de cuerpo destruyendo el espíritu público(57). Es este espíritu el que impide la marcha del progreso, el cual tiene como meta el bien común, el bien de toda la sociedad. “El espíritu de cuerpo produce y sostiene una inversión de principios a la cual no sabe que nombre dar” (57). Nada existe por encima de sus intereses. “El cuerpo —dice Mora— se cree ofendido y deshonrado cuando uno de sus miembros aparece delincuente, y de aquí el empeño en ocultar el delito, o salvar al reo, en sustraerlo de las manos de la autoridad o en impedir su castigo” (57). Pero que no sea lo contrario, que no “falte el miembro a las obligaciones peculiares de su clase” (57), porque entonces, “aunque éstas no interesen poco ni mucho a la sociedad se levanta una polvareda que muchas veces la autoridad pública no puede disipar” (57).

Esta actitud no ha hecho otra cosa que pervertir completamente los principios de la moral pública al crear obligaciones que no debían de existir y que son ajenas a ésta, “desconociendo en muchos casos, con demasiada frecuencia y respeto de determinadas personas, las que por su naturaleza son esenciales e indispensables a toda sociedad humana” (58). “He aquí de nuevo —dice Mora— el espíritu de cuerpo desvirtuando la moral pública y extraviando las ideas que de ella deben tenerse” (58). Es contra este espíritu, contra esta herencia, que la generación que siguió a la de la emancipación política, se enfrentará.

“Aunque el fondo del carácter mexicano es todo español —dice Mora—, pues no ha podido ser otra cosa, los motivos mutuos de encono que por espacio de veinte años se han fomentado entre ambos pueblos por la barbarie y prolongación de la lucha de independencia, han hecho que los mexicanos en nada manifiesten más empeño que en renunciar a todo lo que es español, pues no se reputan bastantemente independientes, si después de haber sacudido el yugo político se hallan sujetos al de los usos y costumbres de su antigua metrópoli” (Mora 1941: 158-159). A la independencia política ha de seguir una lucha por la independencia mental o de usos y costumbres.

   

ATROFIAMIENTO DE LA FACULTAD DE PENSAR

Los argentinos, al preguntarse por la causa de todos los males que sufre la América española, dan también la misma respuesta: España. ¡El mal —gritaba Sarmiento— lo llevamos dentro! Los hispanoamericanos no somos sino herederos de todos los defectos de la raza española. A estos defectos habría que sumar los de las razas con las cuales se mezclaron en América, la indígena y la negra. Dice Sarmiento: En América “iba a verse lo que produciría una mezcla de españoles puros, por elemento europeo, con una fuerte porción de raza negra, diluido el todo en una enorme masa de indígenas, hombres prehistóricos, de corta inteligencia” (Sarmiento 1915: 113). Tres elementos casi “sin práctica de las libertades políticas que constituyen el gobierno moderno” (113).

Por lo que se refiere a la inteligencia del pueblo español, agrega Sarmiento, ésta “fue atrofiada por una especie de mutilación, con cauterio a fuego” (171). Y como ya ha quedado establecido por el estudio de la anatomía comparada, “un músculo no usado por siglos [...] queda atrofiado por falta prolongada de uso” (171). Si hemos de aceptar, continuaba diciendo Sarmiento, que la inteligencia al ejercitarse agranda el cerebro, “es de creer que el del español no haya crecido más que en el siglo xiv, antes de que comenzase a obrar la Inquisición” (171). Y por lo que se refiere al del pueblo hispanoamericano es de temer que “en general lo tenga más reducido que los españoles peninsulares a causa de la mezcla con razas que lo tienen conocidamente más pequeño que las razas europeas” (171). Por un lado, agrega el pensador argentino, están los indios, los cuales “no piensan porque no están preparados para ello” (172); y por el otro, los blancos españoles, que han “perdido el hábito de ejercitar el cerebro como órgano” (172). “El español, y con más razón el americano del Sur, nacen enervados por este atrofiamiento de las facultades de gobierno ya adquiridas por la raza humana” (184). Era esta herencia la que imposibilitaba al hispanoamericano para alcanzar los bienes que la civilización había ya dado a otras razas.

La democracia, y con ella la libertad que suponía, resultaban ser imposibles en pueblos herederos de una mentalidad achicada por fuerzas despóticas. “Un español, o un americano del siglo xvi —dice Sarmiento—, debió decir: existo, luego no pienso”. Pues que no viviera si hubiera tenido la desgracia de pensar por cuenta propia. “Con los reyes de Castilla y Aragón triunfaron los bárbaros, pues que comparados con los reyes de Granada y Córdoba, eran tales los pueblos y reyes del interior de España” (212). Sólo un pueblo bárbaro pudo pensar en imponer creencias mediante el fuego y la tortura. “Felipe II es la concentración del principio mahometano-español de la unidad de creencia. Él, y no el papa, funda la Inquisición” (212). Esta idea no es sino herencia mahometana. “Sin Mahoma no hay Inquisición en España” (213). “El papa conservó sin fuego la Inquisición. Pero sólo en España, y con ex mahometanos [...] podían levantarse altares al canibalismo, a la aversión a la vieja (la bruja) que han conservado los salvajes” (113). Tal es la mentalidad heredada por Hispanoamérica; tal es la enfermedad que traemos en la sangre. “El terror está en nosotros”.

Esteban Echeverría, por su lado, dice: “Dos legados funestos de la España traban principalmente el movimiento progresivo de la revolución americana: sus costumbres y su legislación” (“Dogma socialista” 146). Sus hábitos y su forma de gobierno. Son estas costumbres y esta legislación heredadas las que han detenido el avance de la revolución. “El gran pensamiento de la revolución no se ha realizado. Somos independientes, pero no libres” (148). De los hábitos y leyes heredados ha surgido la anarquía y, con ella, la contrarrevolución. El hispanoamericano educado para obedecer, no supo qué hacer con la libertad cuando obtuvo su independencia, y se entregó al caos. Este caos es el que va a ser aprovechado por quienes mantienen la vieja idea de orden para tratar de imponerlo nuevamente. “La idea estacionaria —dice Echeverría—, la idea española, saliendo de su tenebrosa guarida, levanta de nuevo triunfante su estólida cabeza y lanza anatemas contra el espíritu reformador y progresivo” (148). Pero, concluye diciendo, lleno de fe en el progreso, “su triunfo será efímero [...] Dios ha querido que el día de hoy no se parezca al de ayer; que el siglo de ahora no sea una repetición monótona del anterior [...] y que en el mundo moral como en el físico, en la vida del hombre como en la de los pueblos, todo marche y progrese” (149). Y este progreso será, por lo que se refiere a Hispanoamérica, el resultado del repudio que se haga de la herencia española.

Juan Bautista Alberdi, tomando en cuenta la nefasta herencia, profetiza diciendo: “Muchos estados de América tendrán sus respectivos Rosas. Digo sus Rosas, porque los tendrán; no en vano se llama a Rosas ‘hombre de América’. Lo es en verdad, porque es un tipo político que se hará ver al derredor de América como producto lógico de lo que en Buenos Aires lo produjo y existe en los estados hermanos”. Rosas es un producto de la tierra americana; un producto de lo que ésta ha sido por obra de la colonización española. “En todas partes el naranjo, llegando a cierta edad —dice Alberdi—, da naranjas. Donde haya repúblicas españolas, formadas de antiguas colonias, habrá dictadores, llegando a cierta altura el desarrollo de las cosas” (“La República Argentina 37 años después de su revolución de Mayo”).

   

VICIOS HEREDADOS DE LA COLONIA

El espíritu feudal y el catolicismo que se oponen al espíritu moderno de la democracia liberal lo hemos heredado de España, decía Bilbao. “Nuestro pasado es la España. La España es la Edad Media. La Edad Media se componía en alma y cuerpo del catolicismo y de la feudalidad” (“Sociabilidad chilena” 76). Esto es lo que han heredado los hispanoamericanos: el catolicismo que glorifica la esclavitud. “Una montaña de nieve sobre el fuego de la dignidad individual. He aquí la glorificación de la esclavitud” (78). Hispanoamérica, nosotros, “salimos de la Edad Media de España” (85). La Edad Media se completó en España, en ella alcanzó su máximo desarrollo. América se convirtió en España heredando su sello. “¡Esclavitud, degradación... He aquí el pasado!” (90).

Frente a esta herencia está “nuestra revolución, con pasado o porvenir” (92); el cual salió de la “Edad Nueva” de la Europa. “La Edad Nueva —dice Bilbao— estalló en Francia” (92). De aquí que sea necesario que eslabonemos nuestro pensamiento al pensamiento revolucionario francés, si es que queremos emanciparnos de la Edad Media. La libertad mental es natural a todo hombre; no está inclusive en contradicción con la obra de Dios. “Dios que nos ha dado un cráneo donde cabe la inmensidad —pregunta Bilbao—, ¿autoriza después a los poseedores de su ley para que quepa tan sólo lo que ellos quieran?” (93). No, responde. La limitación de la mente es, pues, obra ajena a la naturaleza y a la creación. Es obra de una determinada manera de pensar. Esa que España desarrolló hasta su máximo.

En su estudio Influencia social de la Conquista, dice Victorino Lastarria: “Los españoles conquistaron la América, empapando en sangre su suelo, no para colonizarla, sino para apoderarse de los metales preciosos que tan abundantemente producía” (Lastarria 1909: 45). América no fue sino un botín de guerra. Pero cuando se la quiso colonizar, España trasplantó a Hispanoamérica “todos los vicios de su absurdo sistema de gobierno, vicios que se multiplicaron infinitamente por causas que tenían su origen en el sistema mismo” (46).

A estos vicios se unió el desprecio que el peninsular sintió por el nuevo dueño de la tierra americana, el mestizo. El mestizo se convirtió en el bastardo de América. “¡Qué baldón mayor podía manchar al hombre de entonces —dice Lastarria—, qué crimen podía infamarle más atrozmente que la mezcla de sangre! El mestizo llevaba en su frente la marca de la degradación y de la infamia, su nacimiento le condenaba a la desgracia de ser el paria de la sociedad. Su condición era mil veces peor que la del indígena” (88). Fue éste, junto con el indígena, el que tuvo que soportar los trabajos más duros y degradantes. Mientras los españoles y criollos se apartaban de todo trabajo y se enriquecían, los indios y los mestizos fueron empleados en la industria fabril exclusivamente “porque por su degradación estaban condenados a los trabajos violentos” (96). El trabajo se convirtió así en una pena, en algo degradante. Ésta, dice Lastarria, es “la causa que ha perpetuado hasta nosotros la costumbre inmoral y perniciosa de despreciar a todos los que se consagran a las labores de la industria” (97).

Esta actitud es la que ha imposibilitado al hispanoamericano para entrar en el progreso, ya que este progreso tiene como base el trabajo personal. Tal es la funesta consecuencia del hábito dejado por España. Contra este hábito, uno de tantos, se enfrentará la generación que en Hispanoamérica equivale a la de Lastarria. Atendiendo a la realidad heredada de España es como la nueva generación se da cuenta de las dificultades que el hispanoamericano tendrá que vencer para alcanzar su verdadera independencia. ¿Estaba o no estaba nuestra sociedad preparada para entrar en un nuevo tipo de vida?, pregunta Lastarria. ¿Podía someterse a un sistema diametralmente opuesto al que la rigió tres siglos y bajo el cual desenvolvió su existencia? “No por cierto —contesta—: el colono había sido precisamente educado para vivir siempre ligado a la servidumbre, y para no desear ni conocer siquiera una condición mejor que aquella a que estaba sometido; las leyes y las costumbres conspiran de consuno a ocultarle su importancia moral y a destruir su individualidad; el colono, en fin, no tenía conciencia de sí mismo y todo él, su vida y sus intereses estaban absorbidos en el poder real y teocrático, del cual dependían íntegramente” (129).

Para alcanzar su independencia política, dice Lastarria, en Hispanoamérica los revolucionarios tuvieron que disfrazar sus aspiraciones, diciendo servir al rey preso por los franceses. “Disfrazan y prosiguen su conducta los revolucionarios, mas la idea del soberano va desapareciendo paulatinamente y perdiendo su prestigio en fuerza de los acontecimientos, hasta que es reemplazada por la de independencia de la patria, cuando la conflagración llega a hacerse general, tomando parte en el movimiento la mayoría de la nación” (133). El porqué de esta actitud de los revolucionarios es posible que tenga su explicación en algo que no tiene bandera. Es para mí todavía un problema —dice Lastarria— si en este modo de proceder influyó la prudencia de los fautores de nuestra revolución, o el temor de chocar bruscamente con las preocupaciones, sin tener elementos para vencerlas, o bien la limitación de sus aspiraciones reducidas, tal vez únicamente al bien de no ser gobernados por un poder extraño que no estaba revestido de la majestad de los reyes” (133). La mentalidad hispanoamericana, educada para obedecer el poder teocrático de los reyes de España, no podía reconocer otra autoridad que la que no estuviese revestida por tales ropajes.

   

BONDADES DE LA HERENCIA ESPAÑOLA

A las tesis expuestas, especialmente a la de Lastarria sobre la influencia de la Conquista en América, se opone Andrés Bello. Los hispanoamericanos son hijos de España y América, no hay que olvidar tal cosa. Esta es una realidad con la que siempre será menester contar. En esta realidad no todo ha de ser negativo; también existe algo positivo que debe ser potenciado. Para Bello los males de Hispanoamérica no son necesariamente males de la raza, ni males que sólo puedan ser achacados a la influencia española en la Colonia. Estos males son propios de toda la humanidad, debilidades de la misma.

“La injusticia, la atrocidad, la perfidia en la guerra —dice— no han sido de los españoles solos, sino de todas las razas, de todos los siglos” (Bello, 1945: 192). La barbarie española es la misma barbarie que han cometido o pueden cometer todos los pueblos en iguales circunstancias. La barbarie, dice, se sigue practicando aunque se utilicen otros medios. “Los horrores de la guerra se han mitigado en parte; pero no porque se respete más la humanidad, sino porque se calculan mejor los intereses materiales” (193-194). Y es así porque “sería demencia esclavizar a los vencidos, si se gana más con hacerlos tributarios y alimentadores forzados de la industria del vencedor” (194). De estos males no debemos acusar “a ninguna nación, sino a la naturaleza del hombre” (194).

Por lo que se refiere a la obra de España en la Colonia no todo ha de ser negativo. “Al gobierno español —dice Bello— debe todavía la América todo lo que tiene de grande y espléndido en sus edificios públicos” (195). Y de esto, debemos confesarlo con vergüenza, poco hemos podido conservar. Por lo que se refiere a la guerra de independencia mucho debe el hispanoamericano al espíritu que ha heredado de España. Desde luego, dice Bello aceptando la tesis de Sarmiento, Lastarria y otros pensadores, nuestra revolución fue animada por el espíritu español: la revolución fue política y no liberal. El liberalismo fue sólo un aliado de la primera finalidad. Pero, animando a la revolución, había algo más, de carácter positivo, algo que también fue heredado de España. “Jamás un pueblo profundamente envilecido, completamente anonadado, desnudo de todo sentimiento virtuoso, ha sido capaz de ejecutar los grandes hechos que ilustraron las campañas de los patriotas, los actos heroicos de abnegación, los sacrificios de todo género con que Chile y otras secciones americanas conquistaron su emancipación política” (198). El espíritu que animó esta abnegación y sacrificio fue heredado de España; fue este espíritu el que venció a la propia España.

“El que observe con ojos filosóficos la historia de nuestra lucha contra la metrópoli —agrega Bello—, reconocerá sin dificultad que lo que nos ha hecho prevalecer en ella es cabalmente el elemento ibérico. La nativa constancia española se ha estrellado contra sí misma en la ingénita constancia de los hijos de España” (199). El instinto de patria se reveló en los pechos americanos llevándolos a realizar proezas semejantes a las que realizaron los españoles en Numancia y Zaragoza. “Los capitanes y las legiones veteranas de la Iberia trasatlántica fueron vencidos y humillados por los caudillos y los ejércitos improvisados de otra Iberia joven que, abjurando el nombre, conservaba el aliento indomable de la antigua en la defensa de sus hogares” (199).

Lo que sí fue ajeno a este espíritu fue el sentido moderno de lo que se ha llamado “espíritu republicano”. “No existían elementos republicanos —dice Bello—; la España no había podido crearlos; sus leyes daban sin duda a las almas una dirección enteramente contraria. Pero en el fondo de esas almas, había semillas de magnanimidad, de heroísmo, de altiva y generosa independencia; y si las costumbres eran sencillas y modestas [...] algo más había en esas cualidades que la estúpida insensatez de la esclavitud” (199). Bello reconoce que existían males, que el hispanoamericano no estaba aún preparado para alcanzar plenamente el espíritu liberal, pero estos defectos no invalidaban en forma alguna lo que de positivo se pudo heredar de España. El primer acto, el más urgente, fue el de la independencia política; el segundo y verdaderamente decisivo tendría que ser el de la independencia mental; ésta debería ser la obra de los educadores una vez terminada la hora de los guerreros.

“Nadie —dice— amó más sinceramente la libertad que el general Bolívar; pero la naturaleza de las cosas le avasalló como a todos; para la libertad era necesaria la independencia, y el campeón de la independencia fue y debió ser un dictador. De aquí las contradicciones aparentes y necesarias de sus actos. Bolívar triunfó, las dictaduras triunfaron de España; los gobiernos y los congresos hacen todavía la guerra a las costumbres de los hijos de España, a los hábitos formados bajo el influjo de las leyes de España: guerra de vicisitudes en que se gana y se pierde terreno, guerra sorda, en que el enemigo cuenta con auxiliares poderosos entre nosotros mismos” (200). Ésta es la segunda etapa emancipadora.

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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