Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

primera parte

IV

URGENCIA DE LA EMANCIPACIÓN POLÍTICA

   

DE LA SOBERANÍA ILIMITADA AL DESPOTISMO

La emancipación política, aun sin la preparación mental que era menester, fue un primer paso necesario y urgente. La emancipación mental tenía que ser obra de los mismos hispanoamericanos. De España ya nada podían esperar. Lo que España no había hecho en varios siglos de dominio colonial, decía Bello, no iba a realizarlo después. La historia había ofrecido a los hispanoamericanos una oportunidad para la independencia política; si ésta no hubiese sido aprovechada, después habría sido tarde. Los hispanoamericanos no hicieron otra cosa que aprovechar la oportunidad. A continuación iba a seguir la tarea para emancipar la mente. Ésta era la labor de la nueva generación; la de los libertadores políticos no tuvo otro fin que la destrucción de un orden político, primer obstáculo para la independencia mental de los americanos.

“La revolución americana —decía Esteban Echeverría—, como todas las grandes revoluciones del mundo, ocupada exclusivamente en derribar el edificio gótico labrado en siglos de ignorancia por la tiranía y la fuerza, no tuvo tiempo ni reposo bastante para reedificar otro nuevo” (“Dogma socialista” 143). La urgencia del momento impidió construir al mismo tiempo que se iba destruyendo. Pero tal cosa no quería decir que los próceres de la independencia americana no aspirasen a otro tipo de orden; éste era su principal fin aunque no hubiesen tenido tiempo para realizarlo. La revolución “proclamó [...] las verdades” que habrían de servir “de fundamento a la reorganización de las sociedades modernas” (143). Pero primero era lo primero, la independencia política frente a España. “Para fundar la libertad era preciso emancipar primero la patria” (144).

Esta primera emancipación fue, desde luego, difícil y peligrosa. El pueblo, aunque deseoso de libertad, no sabía qué era la libertad y qué hacer con ella. Para el goce de la libertad se necesitaba una educación especial; pero no había tiempo para darla. Los próceres de la Independencia —continúa Echeverría—, “conocieron sin duda que la inteligencia del pueblo no estaba en sazón para valorar su importancia; que había en sus sentimientos, en sus costumbres, en su modo de ver y sentir, ciertos instintos reaccionarios contra todo lo nuevo y que no entendía” (144). Sabían que estos instintos, que estos hábitos, serían aprovechados por las fuerzas del retroceso; pero no importaba, lo esencial era empezar. “Era necesario obrar y obraron” (144).

Para atraer al pueblo le ofrecieron una libertad sin límites; una libertad que sólo es posible mediante la educación; pero no había tiempo para discutir si había llegado el momento oportuno o no; lo importante era obrar. “Necesitaban del pueblo [...] y lo declararon soberano sin límites” (144). Esto no era sino “necesidad de los tiempos” (144). “Era preciso atraer a la nueva causa los votos y los brazos de la muchedumbre, ofreciéndole el cebo de una soberanía omnipotente” (144). Pero este derecho, dado a un pueblo que no estaba educado para disfrutarlo, iba pronto a causar los desastres que permitirían a las fuerzas negativas la recuperación del poder, la implantación de tiranías. Con una libertad sin educación no se podría lograr otra cosa que la anarquía.

“Pero, estando de hecho el pueblo, después de haber pulverizado a los tiranos, en posesión de la soberanía —sigue diciendo el pensador argentino—, era difícil ponerle coto. La soberanía era un derecho adquirido a costa de su sangre y de su heroísmo” (144-145). Sólo la anarquía, llevada hasta el desastre, le habría de hacer perder la soberanía. El despotismo colonial, que anidaba en la mente de varios hispanoamericanos, nuevamente tomaría el poder. “El principio de la omnipotencia de las masas debió producir todos los desastres que ha producido, y acabar por la sanción y establecimiento del despotismo” (145).

Pero este mal se trocará a la postre en bien. El nuevo despotismo le enseñará, con una lección inolvidable, que la libertad es un bien que debe saberse disfrutar. El nuevo despotismo le enseñará a amar la libertad que ya ha probado y a no arriesgarla convirtiéndola en libertinaje. “Ese pueblo, deslumbrado hasta aquí por la majestad de su omnipotencia, conocerá vuelto en sí, que no le fue dada por Dios, sino para ejercerla en los límites del derecho como instrumento de bien” (145). Esta enseñanza aunque dura, iniciará la etapa de liberación definitiva, la etapa de ilustración de la mente del pueblo: “Ese pueblo se ilustrará: los principios de la revolución [...] penetrarán al cabo hasta su corazón y llegarán a ser la norma de sus acciones” (145). Los hábitos y tendencias heredados de otras generaciones empezarán a borrarse.

La guerra civil, la anarquía, no habría de ser sino el resultado de la pugna que dentro del pueblo hispanoamericano se había planteado: el espíritu colonial contra el espíritu moderno. El pueblo, armado con una idea moderna, se había lanzado a la lucha por alcanzar la libertad y la soberanía; pero dentro de sí llevaba los elementos, que contradiciéndole, iban a llevarla a la anarquía y luego al despotismo. “La guerra civil —dice Echeverría— fue el monstruoso fruto de la colisión o choque entre el principio de Mayo y el principio colonial, vencido pero no aniquilado” (“Mayo y la enseñanza popular en el Plata”). Falta de una educación, la revolución hispanoamericana tomó un camino diverso al de la gran revolución norteamericana. “Nuestra revolución, a causa del encadenamiento fatal de los sucesos de la época, empezó por donde debía acabar, y ha marchado en sentido inverso de las revoluciones de otros países. Ved, si no, en los Estados Unidos —continúa—. Al desplomarse el poder colonial, la democracia aparece organizada, y bella, radiante de inteligencia y juventud, brota de la cabeza del pueblo, como Minerva de la frente de Júpiter” (226). En cambio en Hispanoamérica, faltándole esa organización, es menester educar al pueblo para que la alcance. Los hispanoamericanos, lograda la emancipación política, necesitarán de la emancipación mental que en los Estados Unidos acompañó a la política.

   

EVOLUCIÓN Y REVOLUCIÓN

¿Los hispanoamericanos podían aspirar a otra cosa que a su emancipación política? “No estando preparada la sociedad para recibir el impulso regenerador —dice Lastarria—, era consecuencia fatal que se ciñera únicamente a combatir por su libertad política, porque si se hubiese avanzado a romper bruscamente con el pasado, a proclamar su completa regeneración [...] se hubiese estrellado en mil resistencias poderosas y no habría alcanzado su triunfo sino con un completo exterminio” (Lastarria, 1909: 133). La urgencia del momento no pudo permitir otra cosa. La labor de emancipación completa con el pasado, la labor de regeneración, tenía que ser lograda más tarde; y para ello las armas tenían que ser otras muy distintas. Ya no era guerra contra el despotismo físico, sino contra el despotismo que anidaba en el corazón y mente de los hispanoamericanos. Destruido el poder visible era menester destruir el poder invisible que arraigaba en los hispanoamericanos. Todo esto no lo pudieron realizar los hombres que lograron la emancipación política; el tiempo de que disponían apenas si era suficiente para esta primera etapa. Pero, una vez terminada la guerra política, era menester iniciar la nueva guerra. “Principiaba la guerra contra el poderoso espíritu que el sistema colonial inspiró en nuestra sociedad” (135). Tal guerra se hizo más urgente y necesaria cuando el espíritu colonial, una vez terminada la emancipación política, trató de apoderarse de la nación, aprovechando el poder que tenía dentro del instinto de los hispanoamericanos. “La influencia del sistema español —dice Lastarria—, aprovechándose de la calma, aparece a veces chocando violentamente con la regeneración y sublevando contra ella todas las pasiones mezquinas, el fanatismo y los errores del vulgo” (141). Es entonces cuando “se reproducen los odios de la revolución, se diseñan y aun se forman los partidos y se preludia una crisis verdadera” (141).

Esta segunda etapa revolucionaria ha sido una desventaja para Hispanoamérica, puesto que la ha obligado a realizar esfuerzos de los cuales no tuvo necesidad Norteamérica para alcanzar plenamente su independencia. Los norteamericanos, a diferencia de los hispanoamericanos, no tuvieron necesidad de emanciparse de los hábitos y costumbres heredados durante la Colonia. No tuvieron que dejar de ser ingleses. Las costumbres y hábitos de ellos heredados, en vez de ser un obstáculo para el mejor logro de sus libertades, fueron los mejores estímulos y su causa principal.

Lastarria, refiriéndose a la necesidad que los hispanoamericanos tenían de emanciparse, inclusive, de la literatura española, mostraba cómo tal necesidad no la tenían ni la habían tenido los norteamericanos. Decía: “Cuando los Estados Unidos se emanciparon políticamente, no se emanciparon de la literatura inglesa, y ésta pudo servirles y les sirvió en efecto para su nueva situación, porque continuaron siendo británicos sus sentimientos y sus ideas, sus intereses y sus necesidades sociales, con la sola diferencia de que su sociabilidad debía ser mejor servida por la nueva organización republicana, y podía serlo, porque ésta no era una novedad violenta, sino un progreso, un desarrollo natural de la misma sociabilidad” (Lastarria, 1885: 49). Los revolucionarios de Norteamérica no hicieron sino aprovechar la natural evolución de la herencia británica en tierras americanas. Los revolucionarios de Hispanoamérica tuvieron que aprovechar la primera oportunidad que se les presentaba, independientemente de que el pueblo estuviese o no preparado para su emancipación política.

Lo natural en Hispanoamérica fue la continuación del orden despótico, aun sin España. “Todo el interés de la organización política, por ejemplo —dice Lastarria—, se cifró en el orden, palabra mágica que para la opinión pública representaba la tranquilidad que facilita el curso de los negocios, con más la quietud que ahorra sobresaltos, conciliando la paz del hogar y de las calles; y que para los estadistas y los politiqueros significaba el imperio del poder arbitrario y despótico, es decir, la posesión política del poder absoluto que en los tranquilos tiempos de la Colonia usufructuaban los seides del rey de España” (50).

Así, mientras los hábitos y costumbres heredados de Inglaterra por los norteamericanos les condujeron por evolución natural a su independencia política, los hábitos y costumbres heredados de España por los hispanoamericanos les condujeron a un nuevo coloniaje. “Aquella situación —dice Lastarria— contrariaba abiertamente los fines de la revolución americana, y en lugar de encaminarnos a corregir nuestro pasado y a preparar nuestra regeneración, nos encadenaba en el punto de partida, rehabilitando el sistema colonial” (51). La independencia hispanoamericana, si quería tener éxito, tenía que ser total; era menester que todo el pasado, sin excepción, fuese sacudido. Los hispanoamericanos, si querían ser completamente libres, tenían que renunciar a todo lo español; a diferencia de los norteamericanos que encontraban en la herencia inglesa el meollo de todas sus posibilidades y la raíz de su futuro poderío.

    

IMPOTENCIA DE LOS LIBERTADORES
PARA ESTABLECER UN NUEVO ORDEN

“Nuestros revolucionarios —decía Bilbao—, armados tan sólo de la filosofía crítica, se encontraron con un peso entre las manos que no supieron dónde apoyar” (“Sociabilidad chilena” 97). Con una filosofía hecha para destruir, para combatir, no pudieron establecer las bases para un nuevo orden. Destruido el orden colonial, no supieron establecer las bases de un orden moderno, de un orden liberal. El más completo desorden siguió a la revolución de independencia y, con él, la urgencia de orden, no importando cuál fuese éste, surgió en la mente de los hispanoamericanos, incluyendo la de los libertadores, que se vieron arrastrados a imponer dictaduras cuando habían prometido la más completa libertad. O'Higgins, libertador de Chile, dice Bilbao, “quiso organizar los elementos sociales: es decir, las tradiciones chilenas con las ideas nuevas, y el poder que las llevase a efecto. Pero en semejante obra vio asomar las resistencias y entonces tan sólo quiso organizar el poder y fue déspota” (101).

Realizada la urgente tarea de lograr la independencia política de Hispanoamérica, el despotismo proyectó nuevamente su sombra, esta vez en la figura de los mismos libertadores. La misma naturaleza de las cosas les llevó a crearse, o pretender, un poder tan omnímodo como el que habían humillado en los campos de batalla. “La impotencia humana en semejantes casos —dice Bilbao— vuelve la vista al pasado y afirma el peso sagrado en los restos de la columna misma que se había derribado” (97-98). La urgencia misma les imposibilitó para encontrar un nuevo orden y restablecieron el pasado, para salvar así, aunque parezca paradójico, la libertad.

El pueblo no vio en la revolución de independencia sino el resultado inmediato de ella, la emancipación política frente a los poderes españoles; pero no vio los fines últimos de esta revolución: en lo que toca a sus sentimientos quedó antiguo. Las creencias antiguas siguieron siendo sus creencias; ni por un momento pensó ponerlas en duda. Pero era en estas creencias donde se encontraba el problema de la verdadera libertad, que era algo más que libertad política. Del rechazo de estas creencias dependía tal libertad. “Nuestra revolución —continúa Bilbao— fue reflexiva en sus promotores y espontánea en el pueblo” (98). Pero “el pueblo que sólo había sentido la exaltación política, la conquista del derecho de ciudad [...] no vio en la libertad política sino un hecho solitario separado de las demás cuestiones que la reflexión había derribado y el pueblo quedó antiguo” (98).

Los hombres que hicieron la revolución no pudieron dotar al pueblo de las nuevas creencias que correspondían a las libertades obtenidas. La contradicción se hizo patente de inmediato: la libertad en sentido liberal no correspondía a lo que por libertad se entendía dentro del catolicismo. El pueblo no podía ser al mismo tiempo liberal y católico. Se trataba de dos concepciones del mundo que se contradecían entre sí. Los libertadores, que no habían cedido ante el poder político español, cedieron ante su espíritu, ante su idea de orden. “Los hombres que encabezaban la revolución reflexiva —dice Bilbao—, hallándose ellos mismos impotentes para organizar las creencias lógicamente relacionadas con la libertad política, reaccionaron en religión y política para el pueblo” (98). Surgió lo que se llamó despotismo constitucional, nombre nuevo para una forma de política ya vieja.

A estos hombres, al decir de Bilbao, les faltó fe para el pueblo y para las ideas por las cuales habían peleado. Faltos de fe, no se preocuparon por mantener las libertades alcanzadas o lograr las prometidas, sino tan sólo se preocuparon por mantener el poder que habían obtenido. “Si los gobiernos hubieran comprendido que el desarrollo de la igualdad era el testamento sagrado de la revolución —nos dice el pensador chileno—, que la igualdad es la fatalidad histórica en su desarrollo, no hubieran sucumbido” (99). El pueblo los habría seguido y respaldado, ya que así se sostendría a sí mismo. Apoyados por el pueblo y por ende contando con una autoridad legítima, “hubieran podido cimentar por medio de la educación general la renovación completa del pueblo” (99). La educación realizada con el apoyo del pueblo habría logrado en un plazo perentorio la segunda etapa de emancipación que tan necesaria es para los pueblos hispanoamericanos. Pero la falta de fe les llevó nuevamente a los despotismos, y con éstos a la obstrucción de los caminos que podían conducir al pueblo a la libertad que le había sido prometida.

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

PROYECTO ENSAYO HISPÁNICO
Home / Inicio   |    Repertorio    |    Antología    |    Crítica    |    Cursos