Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

primera parte

V

LA NUEVA GENERACIÓN Y SU PROGRAMA

 

 EL TERCER PARTIDO

A la generación de los libertadores políticos había de suceder una nueva generación que, como ya se ha visto, pretendió realizar en el campo de la educación la misma obra que aquéllos habían realizado en el político. Ésta es una generación que se sabe ajena a las pretensiones de los partidos en pugna. Estos partidos no luchaban sino por intereses políticos; la nueva generación, por el contrario, no considera a la política sino como un instrumento al servicio de fines más elevados: los educativos. Esta generación trata de completar la obra que los libertadores dejaron inconclusa por la urgencia de las circunstancias.

Ni federalistas ni centralistas, ni unitarios ni federales, ni pipiolos ni pelucones. La nueva generación empezará formando las bases de un tercer partido que se desligue de los limitados intereses de los partidos hasta entonces en pugna. La bandera de la nueva generación será el liberalismo. No importan ya las formas de gobierno, sino su contenido. Lo que se quiere es transformar al hombre mismo. El liberalismo no es simplemente una bandera política, sino un programa para educar al hispanoamericano; para hacer de él un hombre distinto del que hiciera la Colonia.

En 1837, dice Esteban Echeverría, la sociedad argentina se encontraba dividida en dos grandes bandos: el federal, vencedor entonces, y el unitario, la minoría vencida. El primero, apoyado en los instintos semibárbaros de las masas populares; el segundo, desarraigado, a pesar de sus buenas intenciones, debido a sus “arranques soberbios de exclusivismo y supremacía” (“Dogma socialista”). Pero, entretanto, había crecido, sin mezclarse en las guerras que entre sí se hacían estos grupos, “una generación nueva”. Generación que no participaba en sus odios ni luchas fratricidas. A esta generación “los federalistas la miraban con desconfianza y ojeriza, porque la hallaban poco dispuesta a aceptar su librea y vasallaje, la veían hojear libros y vestir frac”. Por el otro lado, “los corifeos del partido unitario, aislados en Montevideo”, la veían “con lástima y menosprecio, porque la creían federalizada y ocupada solamente en frivolidades” (“Dogma socialista”).

El nuevo grupo, nos relata Echeverría por lo que se refiere al argentino, tenía una fórmula de “juramento parecido a la de la joven Italia”. Dicha fórmula establecía: “El progreso es la ley de desarrollo y el fin necesario de toda sociedad libre. Pero cada pueblo, cada sociedad, tiene sus leyes o condiciones peculiares de existencia, que resultan de sus costumbres, de su historia, de su estado social, de sus necesidades físicas, intelectuales y morales, de la naturaleza misma del suelo donde la providencia quiso que habitare y viviere perpetuamente”. Ahora bien, “en que un pueblo camine al desarrollo y ejercicio de su actividad con arreglo a esas condiciones peculiares de su existencia, consiste el progreso normal, el verdadero progreso” (“Dogma socialista”).

La nueva generación va así al meollo de la cuestión, a la realidad. Es partidaria del liberalismo, pero de un liberalismo que sea conforme con la realidad hispanoamericana. De esta manera se quiere superar, salvar los obstáculos que estorbaron a los libertadores. Éstos fracasaron porque fueron demasiado utopistas, porque no supieron ver la realidad. Se sintieron más fuertes que ésta y trataron de moldear al pueblo de acuerdo con sus ideas, y al fracasar lo abandonaron a su destino. Los hispanoamericanos se encontrarán aptos para practicar el liberalismo si se atiende, antes que a otra cosa, a la realidad en la cual éstos se encuentran. Un día, pocos años más tarde, varios de los miembros de esta nueva generación americana se encontrarán con una filosofía que pretende también atender, en primer lugar, a la realidad, y se identificarán con ella. Esta doctrina filosófica lo será el positivismo.

El pueblo hispanoamericano tuvo su primera oportunidad el día en que se declaró su independencia política. “En Mayo —dice Echeverría— el pueblo argentino empezó a existir como pueblo [...] como esclavo estaba fuera de la ley de progreso, como libre entró rehabilitado en ella” (“Dogma socialista”). Pero sus políticos, los dirigentes de los partidos que se disputaron el derecho a conducirlo, fueron ciegos para la realidad. Unitarios y federales desconocieron esas condiciones básicas en todo auténtico progreso. En vez de estimularlo fueron destruyéndolo, habiendo llegado hasta el “aniquilamiento de la actividad nacional: los unitarios sacándola de quicio y malgastando su energía en el vacío; los federales sofocándola bajo el peso de un despotismo brutal: y unos y otros apelando a la guerra” (“Dogma socialista”). En vez de estimular el liberalismo del pueblo, estimularon los tradicionales resortes que habían permitido en el pasado el despotismo. La manía de gobernar, por una parte, y, por la otra, la indolencia real o supuesta del pueblo para mantener sus derechos políticos, la supuesta incapacidad de éste, condujeron a los partidos al establecimiento gradual de un nuevo despotismo, de una centralización monstruosa. Frente al desorden, frente a la anarquía que siguió a la independencia política, se estableció una nueva unidad, pero despótica.

Nosotros, dice Echeverría, también caminamos hacia la unidad pero por otra senda que la seguida por los federales y los unitarios. No aspiramos ni a la unidad de forma del unitarismo, ni a la unidad despótica del federalismo, sino a la unidad que proviene de la concentración y acción de las capacidades físicas y morales de todos los miembros de una asociación política. Esto es, a una unidad responsable, nacida del mismo pueblo, de sus propias circunstancias, de su realidad. Tal era el programa del tercer partido.

 

EL PARTIDO PROGRESISTA

En Chile la generación de José Victorino Lastarria aspiró también a formar un partido que fuese más allá de los limitados intereses de pelucones y pipiolos. Lastarria aspiraba a formar lo que consideraba un “partido progresista”. Enfrentándose, especialmente, a las causas que habían originado los antiguos odios y resentimientos. Este nuevo partido debería estar formado por la nueva generación que se educaba en las ideas democráticas. Es necesario, decía, que sea dirigido de modo que no se contamine con los antiguos rencores, ni con los intereses y odios del momento, ni con las doctrinas atrasadas de moda. La acción de este partido debería efectuarse dentro de la ley. Nada de violencias; la violencia sólo engendra violencia. El no haber actuado así los partidos clásicos había conducido a la violencia. Lastarria quería reformar la sociedad de su tiempo, pero sin violencias. Él mismo había dado ya ejemplos al enfrentarse desde el parlamento contra el abuso del poder autoritario de la Constitución chilena de 1833, establecida por don Diego Portales; Constitución que ponía en manos del presidente un poder semejante al que tuvieran los reyes españoles en la Colonia.

Respecto al pipiolismo, el partido más progresista de su época y que había sido vencido por el de los pelucones o conservadores, decía Lastarria en una carta confidencial: “Miraba al partido vencido y lo hallaba enteramente privado de hombres de Estado: los que habían sido sus corifeos estaban en la oscuridad, nada representaban, no tenían un centro de acción; y los pocos que todavía se apellidaban pipiolos no hacían valer contra el gobierno otra cosa que una especie de legitimidad, que consistía en recuerdos de lo pasado” (Fuenzalida 1893; 34-35). No, definitivamente este partido nada podía hacer ya por la nación chilena; era menester formar un partido que representase verdaderamente los intereses de ésta. “Este modo de ver las cosas —sigue diciendo— me hizo esperar y aun presentir la aparición de un partido progresista, partido nuevo, extraño a los resentimientos y odios antiguos, y sin más interés que el nacional, ni más principios que los de la verdadera filosofía” (35). Ahora bien, “para contribuir a su creación y regenerar el orden de cosas que a la sazón dominaba, me hice opositor a todo lo que hallaba contrario a mis principios” (35).

Lastarria, fiel a estos principios, no aceptó afiliarse a partido alguno que no estuviese de acuerdo con ellos. “En mis escritos, que nunca negué —dice— y de los cuales no me avergüenzo, me di siempre por liberal, nunca por pipiolo, ni por representante de partido alguno [...] siempre estuve contento así, y nunca sacrifiqué mis principios ni mi independencia de juicio a ningún interés de partido. Quería que se me llamase mil veces cobarde, antes que se me tuviese por criminal o por prosélito ciego” (35). Al igual que Erasmo en el Renacimiento, Lastarria se apartó de los partidos en pugna. “Lo único que vi —dice— fue dos partidos gastados, sin sistema, que no representaban el interés nacional, que no querían nada de grande, ensañándose en un combate sin resultados patrióticos, hasta cierto punto pueril y demasiado peligroso” (89).

“¿Debía yo alistarme en alguno de los partidos contendientes?” (89), preguntaba el pensador chileno. “Preferí atravesar solo esa época difícil y sufrir en silencio las amenazas de los unos, los reproches de los otros, los insultos de todos” (89). Fracasado su proyecto para un nuevo partido progresista, perseguido, se encerró en los libros, en los estudios: había otro camino, aunque más lento, para realizar la reforma, el camino de la educación. “Viéndome expuesto a perderme para siempre por las persecuciones del gobierno, que entonces no perdonaba a sus adversarios —dice—, creí que era inútil mantener un combate desigual: preferí como más conveniente dedicarme al estudio y a la educación de la juventud, porque sólo en este campo me era lícito saciar mi ambición de ser útil a mi país: renegué de la política y me encerré en los colegios” (35).

 

ABSOLUTISMO DE LOS PARTIDOS EN HISPANOAMÉRICA

Francisco Bilbao, más lleno de pesimismo por lo que se refiere a la formación de un auténtico partido progresista, encuentra la raíz de esta imposibilidad en la propia mente hispanoamericana. El hispanoamericano, cualquiera que sea el partido que adopte, no podrá actuar en política sino en forma absolutista. Su mentalidad, educada en los módulos del catolicismo, no podrá adaptarse, sin una previa educación, a los módulos del republicanismo. “‘El civilizado’ —dice aludiendo a Sarmiento— pide la exterminación de los indios o de los gauchos” (“La América en peligro” 38). La dictadura se esconde detrás de cualquier principio; con las formas se quiere salvar lo insalvable. “Los pelucones, los conservadores, los rojos, los liberales, los demócratas, los unitarios, los federales, todos han acariciado la dictadura. Con la mejor intención, se dicen íntimamente los partidos: ‘la dictadura para hacer el bien’. Es decir: el despotismo para afianzar la libertad. ¡Terrible y lógica contradicción! El catolicismo da la corriente despótica. La república la corriente liberal. Y ambas corrientes se encuentran en la monstruosa consecuencia que se llama: ‘la dictadura para fundar la libertad’” (40).

En la mente, en la educación, en la formación recibida, está el mal. “El republicano es hombre de dos creencias, y transporta a la política el genio, el carácter, el temperamento, la lógica de la infalibilidad católica. Toda fuerza se cree poder, todo poder autoridad, toda autoridad infalible. Y toda infalibilidad se declara lógicamente ‘impecable’. Y toda infalibilidad se adora, se legitima. Ya no hay extravío posible” (40). De acuerdo con esta trágica lógica no es posible la oposición: “La oposición es atentado, el despotismo es sagrado, y la obediencia es un deber” (40). Y esto vale para todos los partidos, a pesar de sus principios o programas. “Los ‘civilizados’ dicen: ved a esos ‘bárbaros’” —refiriéndose al pueblo— y se preguntan “¿y queréis instituciones? No. Es necesaria la fuerza, el poder fuerte, la dictadura” (41). ¿Cómo, se preguntaban los civilizados, queréis dar libertad a esos bandidos? “Si ellos llegasen a gobernar, todo se perdería, la libertad sería imposible” (41). Y en esa forma “se les priva o escamotea la libertad en beneficio de la libertad” (41). Frente a esa actitud de los civilizados, “las masas desheredadas y atropelladas como animales, buscan caudillos. Es la dictadura de la venganza, y la garantía de su modo de ser. Los partidos ‘civilizados’ piden la dictadura para combatir, dominar y civilizar las masas. Es la dictadura de las clases privilegiadas” (41).

¡La dictadura, siempre la dictadura! Unos y otros la piden para defender sus intereses de grupo. “Los partidos ‘civilizados’ [...] piden la dictadura ‘provisoria’ para asegurar su victoria contra otro partido. Es la dictadura de la concurrencia y de la rivalidad” (41). No se concibe el orden sin las dictaduras. “Sube al poder el partido conservador. ¿Cómo ‘conservar’ sin dictadura? Sube el partido liberal. ¿Cómo ‘reformar’ sin dictadura? [...] Si es conservador el partido federal, entonces el unitario lo ataca a nombre de las reformas. Y uno y otro apelan a la dictadura para defenderse y sostenerse” (43-44).

Todo esto porque las reformas no arraigan en la razón. El racionalismo no dirige estos esfuerzos. Como ejemplo de lo que es una verdadera reforma, vuelven a surgir los Estados Unidos, “porque allí la reforma es el movimiento continuo de la vida apoyada en la soberanía de la razón de todo hombre” (44). El origen de esta diferencia está en la formación de las mentes. “En los pueblos no católicos y libres el hombre es soberano y respeta la soberanía de su semejante. No hay infalibles que suban al poder, y todos tienen fe en la ley que garantiza el derecho, y en el voto de todos, que no puede ir contra el derecho. Si hay error, no hay imposición, y se espera el progreso infalible del convencimiento. Tal es la política de un pueblo cuyo voto no puede ser forzado, ni burlado. La ley es religión y la religión del ‘libre examen’ produce la religión de la ley” (44). La lealtad juega aquí un principal papel, porque, “la lealtad en la política se hace tan necesaria y es tan útil como la honradez en el comercio” (44).

De acuerdo con esta política no hay vencedores ni vencidos, tan sólo se ve a un grupo de hombres que es elegido para bien administrar la ciudad. Administración que mañana puede tener el otro, si así conviene a los intereses de la misma. Ambos grupos no hacen sino ofrecer sus servicios a la sociedad y es ésta la que acepta los de uno o los de otro. Uno y otro grupo no pretenden sino servir lo mejor posible a la sociedad. “Pero en los pueblos católicos [...] —dice Bilbao— se teme con terror fantástico y real el triunfo del adversario político porque sabemos y creemos, o presentimos con razón, que es la derrota sin esperanza, el entronizamiento de algo de infalible y de impecable, que se impone con la inflexibilidad de la venganza [...] He aquí por qué hay tantas revoluciones y tanto servilismo” (44).

El pesimismo de Bilbao se deja sentir amargamente diciendo: “Hemos nacido bajo dictaduras, nos educamos viéndolas y nos entierran las dictaduras” (44). Parece como si nada pudiera hacer el hispanoamericano para escapar a ellas. Pese a todos sus esfuerzos siempre vuelve a caer en ellas. Cada fórmula política no es sino un justificante para una nueva dictadura. El catolicismo —dice— niega los principios e instituciones liberales, “con la palabra ‘infalible’ de concilios y de Papas; pero el ‘progreso’ de la época ha consistido en servirse de las mismas armas, en apoderarse de las posiciones, en aceptar el lenguaje y terminología de la libertad, y en hacer servir el sufragio, la prensa, la educación y la escuela en descrédito del sufragio [...] y en educar siervos de la Iglesia y no ciudadanos del Estado” (45). Lo más que se hace es sustituir una Iglesia por otra, un fanatismo por otro fanatismo, un despotismo por otro. Lo que falta es la escuela de la religión de la ley. “¡La escuela y el espíritu y el texto y lo que allí se enseña es todo el dominio del enemigo de la libertad, autorizado todo esto por los que se llaman ‘civilizados’!” (45). Sólo hay un camino, sólo existe un remedio para tan gran mal: la emancipación mental. Ha llegado la hora de emanciparnos intelectualmente. Los Estados Unidos lo han logrado ya “porque son libres de espíritu”.

 

LA EDUCACIÓN COMO SOLUCIÓN

La única solución, ya se ha visto anteriormente, sólo puede ofrecerla la educación. El mal, la causa del fracaso liberal en Hispanoamérica, está en la falta de visión o falta de tiempo de los libertadores que, preocupados más por el éxito inmediato de la política, dejaron en segundo lugar el problema educativo. “Si la educación del pueblo hubiera empezado entonces —dice Echeverría—, si se hubiera enseñado desde aquella época en las escuelas lo que es la libertad, la igualdad y la fraternidad, las generaciones educadas en esas doctrinas, que han llegado después a la virilidad, ¿no habrían influido poderosamente en el triunfo del orden y de las leyes, paralizado la acción de los anarquistas y de los tiranos?” (“Manual de enseñanza moral” 235). “Los que dicen que han trabajado y trabajan por la patria, los que se afligen y desesperan, no viendo término a sus males, ¿cómo es que no han pensado en echar mano del único recurso que podría remediarlos, la educación de la niñez encaminada a la democracia?” (236). Los libertadores no hicieron otra cosa que ofrecer la libertad, pero no los medios para disfrutarla. “La libertad sola —dice Echeverría—, divide, no aproxima [...] Es menester educar para la libertad, educar para la fraternidad, la convivencia [...] el orden y la unión nacen de la fraternidad” (258).

En cuanto a Lastarria, recordando a Simón Rodríguez, maestro del libertador Bolívar, hablaba de la educación como base de la regeneración política de Hispanoamérica. “Creíamos —dice— que la enseñanza política era la base de la regeneración, porque sin ella, ni era posible conocer y amar los derechos individuales y sociales que constituyen la libertad, ni mucho menos era dable tener ideas precisas sobre la organización política, sobre sus formas y sus prácticas, para poder distinguir las que sean contrarias de las fuerzas que son favorables a la república democrática” (Lastarria 1885). Y Bilbao consideraba necesario continuar la revolución de independencia revolucionando a las mentes por medio de la educación. “Querer continuar los resultados de la revolución es querer hacer otra revolución, es decir —explicaba—, la revolución de la unidad de creencias pasadas que no han sido desechadas de la inteligencia popular. La educación que es el modo de revolucionar y completar las revoluciones, recibe en esta época todo el desarrollo posible” (“Sociabilidad chilena”). La educación invade las creencias españolas y las vence emancipando a los hispanoamericanos. La educación realiza la auténtica independencia, dando a conocer la verdadera libertad. “Renovar las creencias de la plebe, sustituirles la educación filosófica, es darles conciencias individuales, es afirmar la revolución”. Ahora bien, “afirmar la revolución es entronizar la libertad” (“Sociabilidad chilena”).

Al pueblo no se le puede pedir que sepa qué hacer con aquello que nunca ha disfrutado en su vida. El “guaso” chileno, dice Bilbao, “no sabe sino lo que sus padres le enseñaron y esto es para él el punto final de su trabajo intelectual. Lo demás lo rechaza [...] De aquí se ve salir el espíritu tradicional de los hombres de a caballo que pasan su vida vagando o dando vueltas alrededor de un círculo. Las creencias de nuestros guasos son católicas y españolas [...] Luego la reacción anti-revolucionaria, anti-liberal, debe salir de allí” (107). De aquí que sea menester acercarse al pueblo y educarlo. Ésta será la verdadera revolución. Los teóricos puros nada pueden hacer por el pueblo y mucho menos por su libertad. La verdad hay que enseñarla al pueblo. El camino no es fácil, pero “la verdad va muy adelantada en su carrera del estado en que nos hallamos [...] Tengamos dudas, suframos, llevemos el peso de las épocas transitorias, pero no retrogrademos para descansar bajo el monumento que se desploma [...] No separemos de nosotros al pueblo más de lo separado que se encuentra. Eduquémoslo en la teoría de la individualidad, del derecho de igualdad y del honor” (123).

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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