Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

primera parte

VI

NORTEAMÉRICA COMO MODELO

 

LAS DOS AMÉRICAS

A través de los capítulos anteriores se ha anticipado ya el sentimiento de los hispanoamericanos frente a Norteamérica. Es un sentimiento de gran admiración, derivado de la actitud negativa que el hispanoamericano tiene para con su propia situación histórica y cultural. Norteamérica es, para éstos, la encarnación del espíritu de la modernidad, la encarnación del espíritu liberal que quisieran realizar en Hispanoamérica. Espíritu que los norteamericanos tienen por naturaleza, por el simple hecho de pertenecer a la raza sajona. Las instituciones de éstos no son sino la natural consecuencia del espíritu sajón al desarrollarse en el Nuevo Mundo. Sin Inglaterra y los Estados Unidos, se asegura, no habría libertad en el mundo. Un país sin ingleses, decía Alberdi, es como un bosque sin pájaros. “Mi convicción es que sin la Inglaterra y los Estados Unidos, la libertad desaparecería en este siglo” (“Manual de enseñanza moral”).

En América se habían asentado dos principios opuestos, los mismos que en Europa habían luchado hasta vencer al que representaba el progreso: el principio democrático y el principio monárquico. Principios naturales a las razas que colonizaron la América: la sajona y la hispana. De aquí surgieron dos Américas: la América del progreso y la América del retroceso. “La libertad de pensar, como derecho ingénito, como el derecho de los derechos —dice Bilbao—, caracteriza el origen y desarrollo de la sociedad de los Estados Unidos. La libertad de pensar sometida, la investigación libre limitada a las cosas exteriores, a la política, administración, etc., fue la mutilada libertad proclamada por los revolucionarios en el sur” (“El evangelio americano” 60). La libertad política de los hispanoamericanos no fue acompañada de la libertad de conciencia; de aquí los desórdenes y las dictaduras. Pero tan diferentes actitudes corresponden, al decir del pensador chileno, a diferentes formaciones mentales: la de los norteamericanos correspondía a un sentimiento que se expresaba, inclusive, en su actitud religiosa. “Esto quiere decir que el Norte era protestante”, a diferencia del Sur, que era “católico” (61). El hombre del norte no recibe dogmas; todo lo contrario, su religión se basa en el libre examen. “El hombre del norte [...] es sacerdote, es concilio, es Iglesia, es el soberano en el dogma, y no hay pontificado que pueda someter a su razón” (61). De esta actitud frente a todo dogma resulta también su actitud frente a cualquier clase de despotismo. Quien no acepta el despotismo religioso tampoco aceptará el político. “De su soberanía conquistada en el dogma —dice Bilbao— nace su soberanía en la política” (61). Es esto lo que ha hecho falta en la América del Sur. Si hubiese tenido la independencia religiosa que tuvo la del norte, habría también tenido sus instituciones liberales y democráticas.

Gracias a esa misma independencia religiosa surge ese sentimiento de respeto para con el semejante que tanto falta en Hispanoamérica. El hombre del norte puede, por esta causa, reconocer en sus semejantes los derechos de los cuales él disfruta. De “ahí nace esa tolerancia, esa discusión vivificadora, esa libertad práctica” (61). De aquí también que los Estados Unidos, a diferencia de la América española, no hayan tenido “que hacer una revolución religiosa para fundar la libertad de pensamiento” (62). “La religión del ‘libre examen’ podía ser la base dogmática de la libertad política. El que es libre en la aceptación del dogma, tiene que ser libre en la formación de la ley. El despotismo es imposible” (63).

“Dos principios opuestos —decía Lastarria— habían, pues, tomado asiento en el vasto continente americano: el principio democrático, y con él el sistema liberal, formaba la base de la sociabilidad anglo-americana; el principio monárquico, y con él el sistema ruinoso de la fuerza, constituían la vida de las colonias españolas” (Lastarria 1909: 174-175). Dos Américas, y con ellas dos formas de gobierno, dos formas de sociabilidad y de libertad. “En el norte, el pueblo era soberano de hecho y de derecho, daba la ley y administraba todos sus intereses por medio de sus representantes. En la América española no existía el pueblo, la sociedad estaba anulada y no vivía más que para la gloria y provecho de su soberano, de un señor absoluto y natural” (175). Sólo un pueblo —continúa diciendo Lastarria— “había comprendido sus elevados fines y quería realizarlos: ese pueblo glorioso, ese pueblo que resumía en sí los derechos y privilegios de la humanidad entera, estaba en la América del Norte” (179).

En la América del Sur, en la América Latina, sus hombres tenían que enfrentarse al pasado para ser libres. Tenían que buscar sus modelos fuera de su propio espíritu cultural. En esta América —dice Lastarria— “un mundo entero abjuraba [de] su pasado, despedazaba sus leyes, condenaba su sociabilidad: desde México al Cabo de Hornos resonaba un eco solo, proclamando la soberanía de los pueblos, la soberanía del derecho, la soberanía de la razón” (318). Esta América tenía que realizar su propio esfuerzo, lo que la América del Norte había obtenido por herencia. La lucha en este lado era aún más difícil ya que el nuevo espíritu era ajeno a la realidad social, política y mental dentro de la cual tenía que alcanzar su realización. La América del Sur tuvo que revolverse contra sí misma, contra lo que era, para así poder llegar a ser lo que quería ser. En esta lucha interna las fuerzas del pasado tenían mayores ventajas. Apoyándose, por un lado, en las fuerzas negativas de Europa, “y por el otro en el clero que convierte la religión en instrumento político, la aristocracia disponía de sus poderosas influencias y de las riquezas para aprovechar en su favor la revolución, para despojar a la democracia de todas las ventajas conquistadas, y pasar de esta manera sobre el espíritu nuevo y sofocarlo” (318).

Alberdi, hablando de la omnipotencia del Estado, mostraba también la diferencia entre las dos Américas. En “las sociedades de origen grecorromano en ambos mundos” —decía— “sus individuos, más bien que libres, son los siervos de la patria” (Alberdi 1886: 159). La libertad de la patria no es, de ninguna manera, la libertad de sus individuos. “La Patria es libre, en cuanto no depende del extranjero; pero el individuo carece de libertad en cuanto depende del Estado de un modo omnímodo y absoluto. La Patria es libre en cuanto absorbe y monopoliza las libertades de todos sus individuos, pero sus individuos no lo son, porque el gobierno les tiene todas sus libertades” (159). En cambio, en la América del Norte “los derechos del hombre equilibraron allí en su valor a los derechos de la Patria, y si el Estado fue libre del extranjero, los individuos no lo fueron menos del Estado” (159).

Don Simón Rodríguez (1771-1854), maestro del Libertador Bolívar, hacía también notar las diferencias entre las dos Américas. Decía: “El suelo de los Estados Unidos está sembrado de ideas liberales —cultivado en todos sus puntos por manos hábiles—, protegido por un ambiente de libertad que respiran todos sus habitantes; abandonado el suelo a su propia acción, es incapaz de adulterar sus producciones. El presidente es un fruto del terruño; cada individuo cuando habla sin afectación dice yo; en la América del Sud al más estudiado se le va la lengua y dice mi amo; en los Estados Unidos los empleos son casi concejiles —se toman como una carga— y los que los solicitan buscan un medio de hacer brillar su patriotismo y... los conocimientos con que lo sostienen. Entre los hijos de los españoles se busca el empleo por el título o por la renta, como lo venían haciendo sus padres: allá quieren servir; acá quieren representar” (Cova 1947: 101). Por el poder o por la simple representación, por ínfima que ésta sea, los hispanoamericanos lo sacrifican todo, inclusive sus libertades. “En los Estados Unidos (y esto les viene de los ingleses) —dice Simón Rodríguez—, el presidente, el ministro y todos los magistrados se llaman por sus nombres... Entre nosotros se renuncia al nombre por el título; y así como los capuchinos toman la ciudad en que nacieron por apellido, así los empleados olvidan sus familias: ‘el señor ministro, el señor tesorero, el señor portero...” (101-102).

 

EL PROGRESO COMO LIBERTAD Y ESFUERZO INDIVIDUAL

“Esperarlo todo del Estado”, he aquí uno de los mayores males heredados de España. Éste ha sido la fuente de todas las esclavitudes. El hombre que no sabe alcanzar su bienestar sirviéndose de sus propias fuerzas, tampoco sabrá alcanzar su libertad. También en esto son los hispanoamericanos distintos de los norteamericanos. “Si más de un joven —decía Alberdi— en vez de disputarse el honor de recibir un salario como empleado o agente o sirviente asalariado del Estado, prefiriese el de quedar señor de sí mismo en el gobierno de su granja o propiedad rural, la Patria quedaría desde entonces colocada en el camino de su grandeza, de su libertad y de su progreso verdadero” (Alberdi 1886: 177-178). Los pueblos han progresado cuando sus individuos son verdaderamente libres. “A la libertad del individuo, que es la libertad por excelencia —sigue diciendo Alberdi—, debieron los pueblos del Norte la opulencia que los distingue” (160). La verdadera grandeza es el resultado de un egoísmo constructivo. Los hombres que quieren un auténtico bienestar no se enredan en las palabras, no son esclavos de ideas que no comprenden, ni de falsas representaciones. De aquí que pueblos como los Estados Unidos sean más bien producto del egoísmo que del patriotismo. En ellos la patria no es sino el símbolo del propio bienestar personal. Haciendo su propia grandeza, este pueblo ha contribuido a labrar la de su propio país.

De aquí surgen dos conceptos de libertad entendidos en forma muy distinta en una y en otra América. “Los americanos del norte —dice Alberdi— no cantan la libertad pero la practican en silencio. La libertad para ellos no es una deidad; es una herramienta ordinaria, coma la barreta o el martillo” (179). La libertad no es una palabra, sino un hecho. Aman la libertad quienes aman, antes que nada, su propio bienestar; y aman éste los que han sabido hacerlo con sus propias manos. Los grandes libertadores hispanoamericanos, sigue diciendo, como San Martín, Bolívar, Sucre y otros, entendieron la libertad a la manera española, reduciéndola a la libertad política frente a España, en vez de ser libertad de los individuos que formaban la sociedad hispanoamericana. “Washington y sus contemporáneos no estuvieron en ese caso, sino en el caso opuesto. Ellos conocían mejor la libertad individual que la independencia de su país” (180).

Así, la propia grandeza engendrará, necesariamente, la grandeza de la patria. Esta interesa en forma muy especial a las naciones de origen latino, dice Alberdi. Los “destinos futuros deberán su salvación al individualismo; o no los verán jamás salvados si esperan que alguien los salve por patriotismo” (160). Nuestro mal es España; su concepto de la libertad y de la patria. “La corona de España no fundó sus colonias de América para hacer la riqueza y poder de sus colonias, sino para hacer su negocio y poder propio de la corona misma” (163). “La sociedad sud-americana estaría salvada y asegurada en su porvenir de libertad y de progreso desde que fuese el egoísmo inteligente y no el patriotismo egoísta el llamado a construir y a edificar el edificio de las repúblicas de Sud-América” (176).

Del autogobierno, de esta capacidad para alcanzar el propio bienestar, labrándolo con las propias manos, ha surgido todo el progreso y poderío norteamericanos. “La civilización yanqui —dice Sarmiento— fue la obra del arado y de la cartilla; la sudamericana la destruyeron la cruz y la espada. Allí se aprendió a trabajar y a leer, aquí a holgar y a rezar” (Sarmiento 1915). Mientras la revolución norteamericana se hace en defensa de estos derechos, estampados en la Constitución, la hispanoamericana no busca otra cosa que no sea imponer un despotismo que sustituya al español, el despotismo criollo. “Allá un selecto núcleo de raza blanca lucha en defensa de su derecho; acá la raza mestiza se agita en un levantamiento desordenado, sin concepto firme de sus aspiraciones. El feudalismo español se continúa en el caudillismo americano” (Sarmiento 1915). Los colonizadores de Norteamérica organizan la vida económica del país preparando en esta forma su independencia política y económica. En cambio los colonizadores de Hispanoamérica la explotan en provecho de la metrópoli. “Allá la raza conquistadora introdujo la virtud del trabajo; aquí se limitó a vegetar en la burocracia y el parasitismo” (Sarmiento 1915).

Francisco Bilbao, encandilado por el pueblo cuyo modelo tendían a seguir los hispanoamericanos para poder ser libres definitivamente, decía: “Esos puritanos, o sus hijos, han presentado al mundo la más bella de las constituciones, dirigiendo los destinos del más grande, del más rico, del más sabio y del más libre de los pueblos. Es hoy en la historia esa nación lo que fue la Grecia, el luminar del mundo, la palabra de los tiempos; la revelación más positiva de la divinidad, en la filosofía, en el arte, en la política. Esa nación ha dado esta palabra: self government, como los griegos la autonomía; y lo que es mejor, practican lo que dicen, realizan lo que piensan y crean lo necesario para el perfeccionamiento moral y material de la especie humana” (“El evangelio americano” 61). De aquí ha resultado toda su grandeza. “No hay nación que lea más, que imprima más, que tenga mayor número de escuelas y de diarios. Hoy es la primera nación en la agricultura, en la industria, en la navegación. Es la primera nación en la guerra. Ha revolucionado la guerra marítima” (62). Bilbao la considera la primera en todas las artes, en la filosofía, la literatura, la historia, la política, el derecho. “Es la nación —dice— que hace más descubrimientos, que inventa más máquinas, que transforma con más rapidez la naturaleza a su servicio. Es la nación poseída del ‘demos’, del demonio del perfeccionamiento en todo ramo. Es la nación creadora, y lo es porque es la nación soberana, porque la soberanía es omnipotente en el individuo, en la asociación, en el pueblo” (62). Y todo esto se debe a su capacidad para la libertad individual. “Su vida libre, individual y política, y todas sus maravillas dependen, pues, de la soberanía individual y de la razón de esa soberanía: la libertad del pensamiento. ¡Qué contraste con la América del Sur —exclama—, con lo que era la América española!” (62).

 

SAJONIZACIÓN DE HISPANOAMÉRICA

Para Sarmiento, como ya se ha visto, el origen de las incapacidades de Hispanoamérica se encuentra en la raza. El fracaso de la colonización en esta América lo encuentra en la inferioridad de la raza española. Era vano que los pueblos hispanoamericanos trataran de copiar constituciones de Francia o de los Estados Unidos: siempre terminarían comportándose como descendientes de una raza incapacitada para la democracia. En el norte, dice, una raza europea pura ha engendrado una sociedad europeizada; en el sur, una raza euroafricana se mezcla a la indígena para formar un conglomerado en el cual todas las taras se suman. La superioridad de Norteamérica la deriva Sarmiento de su capacidad para permanecer sin contaminaciones raciales, de su capacidad para no mezclarse con raza inferior alguna. Los grupos sajones, dice, se aposentaron en Norteamérica de acuerdo con sus ideas religiosas o de acuerdo con ciertas cualidades que les distinguían. Massachusetts fue fundada por puritanos; Pennsylvania por el cuáquero Penn; Virginia por nobles, de donde se deriva la aceptación de la esclavitud por este estado. De los puritanos ha surgido ese rechazo a toda mezcla racial con los indígenas. Los puritanos —sigue diciendo— que acuden directamente a la Biblia, aprenden en Moisés a no mezclarse con los naturales, a diferencia de los españoles que se mezclan inmediatamente con los indígenas.

“El norteamericano es, pues —dice el pensador argentino—, el anglosajón exento de toda mezcla con razas inferiores en energía” (Sarmiento 1915: 310). El norteamericano ha podido, por esto, conservar “sus tradiciones políticas, sin que se degraden con la adopción de las ineptitudes de raza para el gobierno” (310). Cuando los peregrinos iniciaron su marcha hacia el Occidente, hacia América, “la vieja Inglaterra era la única nación libre” (310). Pero en América se estableció una Inglaterra más libre aún que aquélla. “La nueva Inglaterra es más libre todavía que la tierra que dejó con sus reyes y tradiciones seculares” (310). Esta Inglaterra fue digna de la gran herencia recibida, ya que supo acrecentarla. Fue la heredera de la Inglaterra que daba mayores libertades a sus individuos en la misma época en que España establecía la Inquisición. En “la época, más o menos —dice Sarmiento—, [en] que se suprimían en España los derechos de la defensa y garantías contra procedimientos arbitrarios, se obtenían en la Inglaterra del rey Carlos II, católico como los católicos reyes de España, el escrito de Habeas Corpus, por el cual nadie puede ser retenido en prisión, sin orden de juez competente” (219).

Es la nueva Inglaterra, Norteamérica, la que debe servir de modelo a Hispanoamérica si en verdad quiere estar a la altura de los tiempos, a la altura del progreso. Ningún pueblo puede ya enseñarnos nada, salvo Norteamérica, dice Sarmiento. “No esperemos nada de Europa, que nada tiene que ver con nuestras razas. Algo puede venirnos de los Estados Unidos, de donde nos vinieron nuestras instituciones” (408). ¿Qué es lo que podemos aprender de Norteamérica? Su capacidad para ser una raza pura. “Los anglosajones —dice Sarmiento— no admitieron a las razas indígenas ni como socios, ni como siervos en su constitución social” (449). Ésta fue la base de su éxito, a diferencia de la colonización española, la cual se hizo como “un monopolio de su propia raza, que aún no salía de la Edad Media al trasladarse a América y absorbió en su sangre una raza prehistórica servil” (449).

Con gran pesimismo respecto de la raza hispanoamericana, Sarmiento dice: “Reconozcamos el árbol por sus frutos; son malos, amargos a veces, escasos siempre. La América del Sur se queda atrás y perderá su misión providencial de sucursal de la civilización moderna. No detengamos a los Estados Unidos en su marcha; que es lo que en definitiva proponen algunos. Alcancemos a los Estados Unidos. Seamos la América, como el mar es el océano. Seamos Estados Unidos” (456). Este ser Estados Unidos significa arrasar todo lo que Sarmiento considera ser la causa de todos los males de Hispanoamérica. Era menester desarraigar todo lo hispánico para ser semejante a los Estados Unidos. ¿Cómo realizar esto? Un camino ya lo conocemos: la educación; pero éste no es suficiente. El otro lo es la inmigración. Es menester recibir hombres de otros pueblos, precisamente de aquellos que sean capaces de remediar el mal causado por los hispanos al mezclarse con razas inferiores. Emigrantes europeos. ¡He ahí una de las soluciones! Son estos emigrantes los que han hecho la grandeza de Norteamérica.

“La dignidad y la posición futura de la raza española en el Atlántico —dice Sarmiento— exige que se presente ante las naciones en un cuerpo de nación que un día rivalice en poder y en progreso con la raza sajona del Norte” (Sarmiento s.f.: 126-127). “La emigración del exceso de población de unas naciones viejas a las nuevas, hace el efecto del vapor aplicado a la industria: centuplicar las fuerzas y producir en un día el trabajo de un siglo. Así se han engrandecido y poblado los Estados Unidos, así hemos de engrandecernos nosotros; y para nosotros el concurso de los europeos es más necesario que para los norteamericanos” (158-159). Ahora bien, ¿qué clase de inmigración prefieren Sarmiento, Alberdi y los hombres que anhelan la renovación de Hispanoamérica? La sajona. Es de ella de la que hablan cuando, con Alberdi, dicen: “Para atraer a esos pueblos en medio de los nuestros es menester dejarles traer su culto, y no obligarles a dejar sus altares en las puertas de la república” (“Acción civilizadora de Europa”). De aquí la necesidad de establecer, antes que otra cosa, la libertad de cultos, la libertad en materia religiosa. Y en otro lugar dice: “¿Queremos que los hábitos de orden y de industria prevalezcan en nuestra América? Llenémosla de gente que posea hondamente esos hábitos. Ellos son pegajosos: al lado del industrial europeo pronto se forma el industrial americano. Los Estados Unidos son grandes porque no aborrecen al europeo, todo lo contrario, le atraen, no generosa sino diestramente, y le asimilan a su población” (ibid.). Pero en todo caso será menester equilibrar a los hispanoamericanos con nueva sangre europea. Sarmiento en alguna ocasión piensa en Francia. “La inmigración del Río de la Plata —dice— será por eso latina. Francia representa al mundo civilizado [...] y Francia debe pensar que el Río de la Plata será para las razas latinas lo que los Estados Unidos para las anglosajonas” (Sarmiento s.f.).

De cualquier manera lo urgente es la inmigración; una inmigración sana, una inmigración europea. Ésta la necesitamos más aún que los Estados Unidos, dice Sarmiento. “Descendientes éstos [los Estados Unidos] de la industriosa, navegante y manufacturera Inglaterra, tienen en sus tradiciones nacionales, en su educación y en sus propensiones de raza, elementos de desenvolvimiento, riqueza y civilización que les bastarían sin auxilio extraño” (159). En cambio, “nosotros necesitamos mezclarnos a la población de países más adelantados que el nuestro, para que nos comuniquen sus artes, sus industrias, su actividad y su aptitud al trabajo” (159).

Muchos temen a Europa; temen que ésta vuelva a recuperar sus colonias en América. Pero este peligro no existirá si se hace a la América hispana fuerte, tan fuerte como lo son los Estados Unidos. Ahora bien, dice Sarmiento, “el medio [...] de suplir al tiempo y a la distancia para poblar, enriquecer nuestro país y hacerlo fuerte contra la Europa, es hacer segura la situación de los extranjeros, atraerlos a nuestro suelo, allanarles el camino de establecerse y hacerles amar el país, para que atraigan a su vez a otros con la noticia de su bienestar y de las ventajas de su posición” (160). “Cuantos más europeos acudan a un país, más se irá pareciendo ese país a la Europa, hasta que llegue un día en que le sea superior en riqueza, en población y en industria, cosa que ya sucede hoy en los Estados Unidos” (178). El modelo es siempre, como se ve, los Estados Unidos. De Europa no se quiere sino a los emigrantes que hagan en Sudamérica lo mismo que hicieron en el norte. “¡Llamaos los Estados Unidos de la América del Sud —dice Sarmiento—, y el sentimiento de la dignidad humana y una noble emulación conspirarán en no hacer un baldón del nombre a que se asocian ideas grandes!” (204).

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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