Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

primera parte

VIII

APRENDIZAJE EN CABEZA AJENA

 

EL PROCESO CUBANO DE INDEPENDENCIA

Al margen, obligada por las circunstancias históricas, Cuba observaba al resto de la América hispana que a partir de su independencia se desangra y lucha por arrancarse tutela y herencia españolas. Cuba será la última de las colonias de España en América que alcance su independencia, en 1898. Mientras tanto, seguirá atenta a las experiencias de sus hermanas en Hispanoamérica tratando algunas veces de imitarlas o esperando otras pronta ayuda de ellas.

La actitud de expectativa cubana se ha de reflejar hondamente en la obra de sus antepasados. Desde la isla observan y aprenden. Obligados a esperar, empiezan en Cuba a tratar de realizar lo que en el resto de Hispanoamérica se había iniciado en segundo lugar: la emancipación mental. Se aspira a la independencia política pero preparada previamente por la mental. Se va superando y educando a los cubanos para la libertad. La educación precede a las armas, el maestro al guerrero. José Agustín Caballero (1765-1835), Félix Varela (1788-1853), José Antonio Saco (1797-1879), José de la Luz y Caballero (1800-1862) y Enrique José Varona (1849-1933) anhelan y luchan por las libertades de la isla, preparando a los cubanos mentalmente para su logro. José Martí viene a ser la síntesis de estos anhelos.

Los pensadores cubanos saben, o han aprendido, lo insuficiente que es la pura emancipación política. Ésta, si ha de ser realmente valiosa, no ha de verse sino en función de una emancipación más plena, la mental. Los cubanos se saben hijos de España, pero también se saben cubanos, esto es, hijos de una tierra y otras circunstancias distintas a las españolas. En un principio no intentan romper con España; lo único que exigen es que se les reconozca estas diferencias. El padre José Agustín Caballero presenta en 1810 ante las famosas Cortes de Cádiz un proyecto en nombre de Cuba en el cual decía: “Los que claman por reformas no aspiran a constituir el Estado en su total organización jurídica independiente, sino sólo a que España reconozca la personalidad de la colonia. Creen que habrá una convivencia más tranquila y próspera si la metrópoli descentraliza su status gubernamental” (Vitier 1938). En lo político, lo que pedía era un Consejo Provisional de la República que habría de colaborar con el gobernador general de la isla.

La personalidad de la colonia, la personalidad de Cuba, esto es lo que interesa a los cubanos sea reconocido. El padre Varela hacía, en 1822, solicitud semejante a la metrópoli. Pedía la independencia de la isla por lo que se refería a problemas que sólo a ella atañían y la más amplia colaboración en los problemas que se referían a la comunidad de los pueblos hispanos, tal como se hacía en el Imperio Británico. Esto tiene que ser así, decía, dada “la profunda diferencia de las posiciones de ultramar respecto a España en cuanto al clima, población, estado económico, relaciones, costumbres, ideas” (Vitier 1938). Cierto es que España daba ciertas leyes hechas especialmente para las colonias. Pero éstas, decía Varela, “desgraciadamente se humedecen, debilitan y aun se borran, atravesando el inmenso océano, y a ellas se sustituye la voluntad del hombre, tanto más terrible cuanto más se complace en los primeros ensayos de poder arbitrario, o de una antigua y consolidada impunidad” (Vitier 1938).

 

INDEPENDENCIA Y HERENCIA

José Antonio Saco quiere, como los demás pensadores cubanos, la independencia de Cuba. Pero sabe que esta independencia no ha de lograrse por el puro camino de la violencia. La obra de ésta será inútil si antes no se ha transformado la herencia que como colonia ha tocado a la isla. Saco es opuesto al régimen existente, se enfrenta a él, trata de reformarlo; pero también es opuesto a la revolución. Existía otro camino, la anexión a los Estados Unidos. Saco también la rechaza porque el pueblo no estaba tampoco preparado para ello. Dada su herencia, la anexión no podría significar otra cosa que un cambio de amo. Saco teme a la raza, a la herencia recibida de España. Un pueblo sometido, sin práctica alguna de las libertades, sería fácil presa de otro pueblo. A esto se sumaba la escasa población blanca de Cuba. “¡Ah! —decía en una carta—, si Cuba tuviese hoy dos o más millones de blancos, ¡con cuánto gusto no la vería yo que pasara a los brazos de nuestros vecinos! Entonces, por grande que fuese la inmigración de los norteamericanos, nosotros nos los absorberíamos a ellos y, creciendo y prosperando con asombro de los pueblos, Cuba sería siempre cubana” (Vitier 1938). Pero no es así; una raza esclavizada predominaba en Cuba, la cual no podría esperar otra cosa que ser esclavizada nuevamente por el pueblo al cual se anexara. Nunca sería Cuba un país con los mismos derechos de los Estados que forman la Unión en Norteamérica; tan sólo llegaría a ser una colonia de ésta. Teme, al igual que otro político cubano, que hijos esclavos de españoles libres no puedan ser más que esclavos.

Saco, a semejanza de todos los grandes pensadores hispanoamericanos de esta época, sabe de los defectos heredados de la autocrática metrópoli. Defectos debidos a una mala educación política y económica. Ésta es una de las razones por las cuales combate el sistema de diputados a Cortes. Este sistema no sólo es insuficiente por el desconocimiento que de la realidad americana tengan los diputados peninsulares, el número insignificante de los diputados de las Antillas y la distancia entre éstas y la metrópoli; además, “por doloroso que sea —decía—, fuerza es decir la verdad. Creo firmemente que entre los diputados ultramarinos, ora residan en la península, ora vengan de las Antillas, habrá algunos que jamás harán traición a los intereses del país que los honra con su confianza; pero flaca nuestra naturaleza, y más flaca todavía por la detestable educación política que hemos recibido en Cuba y Puerto Rico, creo también que habrá otros que, olvidándose de sus deberes, convertirán la diputación en escabel de sus personales pretensiones” (Saco 1974). Esta educación es la de la corrupción o seducción en política. “Bien podrá replicarse —agregaba— que lo mismo acontecería con las personas nombradas para la legislatura cubana o portorriqueña; pero enorme es la diferencia entre venir de diputado a España y serlo para la legislatura de aquellas islas [...] Un ministro tiene infinitamente más medios de seducción o de corrupción que un jefe superior de aquellas islas” (Saco 1974).

En el campo de la economía, es también un mal heredado de la metrópoli y de la organización social que ha dado a las Antillas el que imposibilita a los antillanos lograr el progreso industrial que caracteriza a los nuevos grandes pueblos. “Por un trastorno funesto de las ideas sociales —dice Saco—, generalmente se consideraron entre nosotros como ocupaciones degradantes las que son el apoyo más firme de los estados” (Saco 1974). Esto dio origen a que los jóvenes huyesen de ellas para alcanzar sólo las consideradas como honrosas. “Como viles se condenaron en Cuba los oficios de zapateros, sastres, carpinteros, herreros, albañiles, y todos los demás que son altamente apreciados en los pueblos más cultos de la tierra; y tan lamentable fue el extravío de la opinión que esta mancha fatal se extendió a casi todas nuestras profesiones”. Dichas profesiones, consideradas como degradantes, fueron abandonadas a la gente de color, a la raza esclava negra: “destinada tan sólo al trabajo mecánico, exclusivamente se le encomendaron todos los oficios, como propios de su condición, y el amo que se acostumbró desde el principio a tratar con desprecio al esclavo, muy pronto empezó a mirar del mismo modo sus ocupaciones. En tan deplorable situación, ya no era de esperar que ningún blanco cubano se dedicase a las artes, pues con el solo hecho de abrazarlas parece que renuncia a los fueros de su clase” (Saco 1974). Fue en esta forma como la carrera de las artes, la industria, se abandonó en manos de los negros, mientras los blancos se dedicaban a carreras literarias o a alguna de otro tipo consideradas como honoríficas. “Levantada esta barrera, cada una de las dos razas se vio obligada a girar en un círculo reducido, pues que ni los blancos podían romperla, porque una preocupación popular se lo vedaba, ni tampoco los negros y mulatos, porque las leyes y costumbres se lo prohibían” (Saco 1974).

Dadas estas condiciones resultaban inútiles los esfuerzos legislativos de la metrópoli para estimular la industrialización de sus colonias. El mal estaba ya en los hábitos y costumbres de éstas; las leyes nada podrían hacer en ese respecto, sólo una nueva educación. “Cuando la ley entra en lucha abierta con las ideas de honor o de infamia que se han formado los pueblos y no las combate con otras armas que las de su autoridad, aquéllas, por desgracia, siempre quedan triunfantes. La ley, en tales casos, debe proceder con cautela, debe caminar a su fin por sendas tortuosas y, valiéndose de medios indirectos, ir minando la opinión, hasta que llegue el día en que pueda descargar un golpe decisivo” (Saco 1974).

¿Cuál debe ser el camino a seguir? El de “la revolución de las ideas”, la educación. “Los padres de familia deben ser los principales encargados de ella, pues las lecciones que dan a sus hijos en la niñez son casi siempre la norma de la conducta de éstos. Cierto es que hay padres de familia que fomentan preocupaciones orgullosas en el corazón de sus hijos; pero también lo es que hay otros que les inspiran buenas ideas: y si no llegan a practicarlas es porque no encuentran una mano generosa que les dé el apoyo necesario” (Saco 1974). Cuando estos padres vean la utilidad de convertir un hijo holgazán en un hombre laborioso, entonces serán los más interesados en tal reforma. Así podrán, para su bien, convertirse en una masa impenetrable que los cubrirá de los tiros de la insolencia.

No se trata, agrega Saco, de hacer que los ricos se conviertan en artesanos; sino tan sólo de que no rebajen a éstos y los insulten con su necio orgullo. Lo que se quiere es que “no corrompan el corazón de sus hijos, infundiéndoles sentimientos bárbaros y antipatrióticos, sentimientos que algún día deberán serles muy funestos; porque el hombre rico nutrido desde la infancia con estas ideas orgullosas, si llega a caer en pobreza, como ocurre con frecuencia, está condenado a vivir en la desgracia, pues mira como infames muchas ocupaciones con que pudiera ganar el pan” (Saco 1974). Los males de esta falsa educación se hacen sentir en la metrópoli y en América. Saco pide a los cubanos aprendan en cabeza ajena. “Hoy, hoy mismo —dice—, ¡cuán tristes ejemplos no presentan a nuestros ojos las revoluciones de España y América!” (Saco 1974).

Los cubanos quieren su independencia, pero sin precipitaciones. Las Antillas no están aún aptas para alcanzar la independencia en su más pleno sentido. Antes tienen que reeducarse; la primera lucha ha de realizarse en el campo de la educación. A este campo enfocan todos sus esfuerzos. Mientras tanto, por lo que se refiere al campo de lo político sólo piden a la metrópoli un mayor respeto por sus problemas y circunstancias. Piden una organización política que, sin romper los lazos con la metrópoli y su colaboración con ella, permita atender en forma particular a los problemas propios de las Antillas. Saco se opone a la asimilación entre España y las Antillas, ya que ésta es incompatible con las leyes especiales de que se habla para las colonias. Lo que pide Saco es lo que llama la semejanza, a la manera como la entienden Inglaterra y sus colonias. “Enemigos de la asimilación —dice— entre las Antillas y España, partidario decidido soy de la semejanza, porque con ésta se remueven de un golpe todos los obstáculos de aquélla, y se consiguen todos los beneficios de la libertad en su más amplia latitud, pudiendo establecerse todas las diferencias que exigen las circunstancias especiales de las Antillas. No hay en el mundo colonias tan bien gobernadas como las inglesas y, sin embargo, ningún hombre entendido cometerá el absurdo de decir que están asimiladas a su metrópoli; pues en rigor entre ésta y aquéllas no hay más que una semejanza de instituciones” (Vitier 1938). No hay, por lo tanto, prisa en la formación de un estado independiente. Antes que nada se quiere evolucionar al pueblo, cambiar sus hábitos y costumbres. No se quería marchar por el camino que había seguido el resto de Hispanoamérica; no se quería el camino de la revolución, de la violencia. Las circunstancias no habían permitido a los cubanos seguir tal camino; pero estas mismas circunstancias les permiten aprender en las experiencias de otros pueblos hermanos. En una carta decía José Antonio Saco: “Éste, amigo mío, no es por cierto el camino de la popularidad, y, aunque ella es muy grata al corazón, hay casos, como usted sabe, en que para ser buen ciudadano es forzoso sacrificarla en aras de la patria” (Vitier 1938). La independencia lograda por el camino de la violencia se considera entonces como contraria y perjudicial a “los verdaderos intereses de Cuba”. Pero, “aunque no pueda ser hoy independiente, sí lo podrá ser dentro de veinte, treinta o cuarenta años” (Vitier 1938).

 

EDUCACIÓN PARA LA LIBERTAD

José de la Luz y Caballero se encargará de preparar a los cubanos para el logro de su independencia. La educación será el instrumento. Él tampoco es partidario de la violencia; quiere una Cuba que alcance su libertad por el camino del progreso. “No soñó nunca —dice uno de sus discípulos—, seguramente, en perturbar las conciencias, preparándolas para la acción inmediata y asoladora: ansió, por el contrario, iluminarlas en la verdad y serenarlas en la virtud, pero, al cabo, las perturbó, sin embargo” (Sanguily 1890: 16). Mediante su enseñanza “regó por todas partes gérmenes sublimes y fecundos de moralidad y de grandeza viril que habrían de desenvolverse en las almas y traer lógicamente un desacuerdo profundo entre la realidad y los principios y, luego, una aspiración a la armonía” (16).

¿Cuál fue la base de esta educación? La base lo fue la libertad de pensamiento en oposición a todo dogmatismo ideológico. Si se logra que los cubanos aprendan a pensar libremente también se logrará que aprendan a ser libres en el camino de lo político. De la independencia de pensamiento habría de derivarse la independencia política. Luz y Caballero enseñó a los cubanos a rechazar todo dogmatismo ideológico. Si se logra que los cubanos aprendan a pensar libremente también se logrará que aprendan a ser libres en el camino de lo político. De la independencia de pensamiento habría de derivarse la independencia política. Luz y Caballero enseñó a los cubanos a rechazar todo dogmatismo, y con esto les enseñó a desear la libertad política de su patria. Educaba hombres para la libertad, que habrían de reclamar plenamente en un futuro muy próximo. Uno de sus biógrafos y amigos dice de él: “Se ha sostenido con estupor de cuantos conocimos íntimamente al señor Luz, que éste educaba a sus alumnos en el odio a España, y que a él se debe la revolución actual de la isla de Cuba. Pero no hay tal —agrega—; el lema del maestro era: ‘Ni guerra ni conspiración de ningún género’. Él quería el progreso, y progreso en el más alto grado posible; pero quería que se consiguiese como se consigue en Inglaterra, sin sacudidas, sin violencias, sin trastorno, sin efusión de sangre?” (Rodríguez 1874).

Un español, don Marcelino Menéndez y Pelayo, se refiere a él como un enemigo de España, como un separatista y agitador. Dice de él: “Don José de la Luz y Caballero, hábil director de colegios, gran propagandista del filosofismo y separatismo entre la juventud de la grande Antilla, que le venera como a un Confucio”. Y a continuación: “Educó a los pechos de su doctrina una generación entera contra España, creó en el Colegio del Salvador un plantel de futuros laborantes y de campeones de la manigua” (Menéndez y Pelayo 1911). En efecto, de sus aulas habrían de salir los directores de la revolución cubana de independencia; pero sin que él les hubiese hablado nunca de guerra o violencia. Ésta tuvo que llegar cuando los cubanos, anhelosos de sus libertades, se dieron cuenta de que no había otro camino, cuando vieron que era imposible una revolución semejante a la de las colonias inglesas. Frente a España, pese a todas las experiencias aprendidas en las repúblicas hispanoamericanas que alcanzaron con anterioridad su independencia, no cabía otro camino que el que éstas habían tomado en su oportunidad.

Luz y Caballero quiso, antes que nada, independizar a los cubanos de los malos hábitos que le había impuesto la metrópoli. Por esto proponía “abrir nuevas carreras a la juventud de nuestra patria condenada a consagrarse exclusivamente al foro, a la medicina, o a la holganza; difundir los conocimientos químicos para perfeccionar la elaboración de nuestros frutos y aprovechar nuestras ventajas naturales; facilitar la adquisición de luces para toda empresa que descanse en las nociones de las ciencias físicas y matemáticas y contribuir al adelanto de las artes liberales y mecánicas” (Luz y Caballero 1838). La educación de la juventud cubana debía ser enfocada hacia la realidad propia de Cuba. “¿Cómo puedo yo saber lo que es deber —decía el maestro cubano— si ignoro lo que piden los casos y las cosas? ¿No es esta exigencia de las circunstancias en lo que se cifra el orden y concierto del mundo moral? ¡Qué! ¿Por ventura la humana naturaleza no tiene leyes como toda naturaleza? Luego la ley del deber, lejos de oponerse al principio de la mayor utilidad, encuentra en éste su más firme apoyo. La una es el precepto, el otro es la teoría” (Sanguily 1890: 59).

Primero la realidad, después las ideas. Antes del deber moral estaba la realidad, dentro de la cual había de ser válido este deber. Esta misma idea la sostenía también Luz y Caballero en otro lugar al sostener que el estudio de la física debía preceder al estudio de la lógica. “Empezar por la Física —decía— o en general por las Ciencias Naturales es empezar por el principio: el hombre naturalmente se siente arrebatado a la contemplación de los objetos externos por el sinnúmero de sensaciones con que ellas asaltan sus sentidos: así forzosamente ha de ser naturalista antes que ideólogo; primero ha de comenzar por lo de fuera que por lo de dentro: mejor dicho, no puede conocer su interior sino precisamente en virtud del conocimiento exterior” (Luz y Caballero 1878-1883). Partir de la naturaleza a la ideología es partir del mundo conocido al desconocido, de la realidad que nos es dada a la realidad que tenemos que alcanzar. Ésta es la razón, dice el maestro cubano, por la cual el método de las ciencias naturales ha sido llevado a las ciencias morales. “Han tratado —los ideólogos y psicólogos— aquéllas en ciencias de observación y, si es posible, de experiencia”. La lógica debería también tener esta base, la realidad. “¿Quién podrá negar la importancia de la lógica —decía— o mejor dicho de los estudios filosóficos? Pero no una lógica de puras reglas tomadas a crédito o sobre las palabras de un maestro, sino una lógica que se funde en el espíritu de observación. Primero es observar que deducir; primero es recibir impresiones que reflejarlas; primero es andar que explicar la marcha” (Luz y Caballero 1878-1883).

Tales ideas tenían que reflejarse en los discípulos de Luz y Caballero en un sentido positivo para la realidad cubana y negativo contra toda ideología o poder político ajeno a ella. Quien pedía a los jóvenes que sacudiesen todo yugo o autoridad ideológica estaba también pidiendo que se sacudiesen de toda clase de yugos o autoridades ajenas a su realidad, incluso los políticos. “Es necesario —decía— tener ya la razón sumamente fortificada para poder sacudir el yugo de la autoridad en cualquier forma que se presente. ¿Y qué forma más terrible para el endeble entendimiento de los discípulos que las palabras del maestro? A los maestros se debe respeto; pero no fe [...] Mi ánimo ha sido a un tiempo demoler la autoridad, y poner coto a la presunción” (Luz y Caballero 1878-1883). Demoler la autoridad, sacudir el yugo de la autoridad en cualquier forma que se presente: he aquí la fórmula de Luz y Caballero en su educación para la libertad de los cubanos. De la independencia mental se habría de pasar fácilmente a la independencia política.

La realidad cubana habría de ser la piedra de toque de cualquier filosofía o ideología que se quisiese arraigar en Cuba. Ésta era una realidad con derechos y destino propios; cualquier filosofía o ideología que contradijese o estorbase en alguna forma estos derechos y este destino debería ser desechada. Primero la realidad, luego las ideologías. Luz y Caballero sería fiel a esta máxima. No enseñaría a los jóvenes cubanos nada que fuese contrario a lo que su realidad necesitaba. Durante su estancia en Alemania conoce la filosofía idealista de Schelling, Fichte, Kant y Hegel; pero, a pesar de conocerlos, nunca habla de ellos a sus jóvenes discípulos. “Nadie mejor que yo —decía el maestro— podía a mansalva haber recogido mies abundante de Alemania, y aún haberme dado importancia con introducir en el país el idealismo de esa nación a quien idolatro; pero he considerado en conciencia [...] que podía más bien dañar que beneficiar a nuestro suelo” (Piñeyro 1903: 188). Sobre cualquier vanidad o diletantismo estaba la realidad cubana. Luz y Caballero no podía aceptar ninguna filosofía que en alguna forma justificase una autoridad ajena a la realidad de su patria, ningún conformismo con formas ajenas a ella. No podía pensar con Hegel: “Si la realidad no se adapta a las ideas, peor para la realidad”; todo lo contrario, peor para las ideas si éstas no se adaptaban a la realidad.

 

BATALLA POR LA INDEPENDENCIA MENTAL

El año de 1839 se empezó a sentir en Cuba la influencia del filósofo ecléctico Victor Cousin. Dicha influencia iba generalizándose cada vez más al ganar muchos adeptos entre los jóvenes cubanos. Luz y Caballero valoró inmediatamente los alcances y consecuencias que tal filosofía podría tener en la formación de las nuevas generaciones cubanas. Pronto se dio cuenta de las consecuencias negativas de dicha filosofía por lo que se refiere a ese ideal que le era tan grato: la independencia mental y con ella una no muy lejana independencia política de la patria. Dicha filosofía presentaba a la historia como el gobierno visible de Dios; de donde resultaba que todo estaba donde debería estar, que todo estaba bien puesto. Una realidad histórica era así porque así debería ser y no de otra manera. Cuba, gobernada despóticamente por los capitanes generales, viviendo de la esclavitud y de la trata de negros; con una población blanca gobernada con sable y una población negra con el látigo, era el mejor de los regímenes, una expresión del gobierno divino, y, por ende, bueno. Todos los hechos históricos, lo mismo los buenos que los malos, podían ser justificados. Por lo que se refiere a Cuba lo justificable era puramente lo negativo, los males por ello sufridos. Luz y Caballero reacciona diciendo: “Las consecuencias prácticas que semejante sistema filosófico había de producir tendrían que ser necesariamente perniciosas para el progreso político del mundo, y muy especialmente de la isla de Cuba, donde por la existencia de la esclavitud y sus instituciones políticas tan excesivamente ultraconservadoras y reaccionarias, la acción enervante del eclecticismo, como sistema, había de ser sentido con más fuerza” (Luz y Caballero 1948).

Luz y Caballero no titubea; al mal hay que atacarlo en su raíz, y públicamente da batalla al eclecticismo de Cousin. No se trata de hacer exhibición alguna, no se trata de simples aclarados para hacer gala de erudición. “Mal podría yo haber emprendido —dice— [...] tarea de simples aclarados; están las obras de este célebre psicologista plagadas de errores y contradicciones [...] Otro ha sido el motivo de haber dado esta forma a la impugnación: un sentimiento de patriotismo es el que ha presidido la empresa” (Luz y Caballero 1948). Se lucha por patriotismo en defensa de la realidad cubana y sus derechos. Es la lucha ideológica necesaria y previa a la lucha armada que pronto habrá de llegar. Luz y Caballero lucha contra un absolutismo ideológico como más tarde sus discípulos habrán de luchar contra un absolutismo político. Lucha por la libertad mental con el mismo patriotismo que más tarde se habrá de luchar por la libertad política de Cuba. Ni orgullo ni menosprecio guían al maestro cubano, sino el afán de verdad, de la verdad que a Cuba debe importar. “Ni expresión de orgullo respecto de mis pobres fuerzas, ni [...] menosprecio respecto de Mr. Cousin. Aquí no hay más que la ingenua manifestación de un alma candorosa que no sabe ni quiere disfrazar la verdad, aun cuando sea para su daño” (Luz y Caballero 1948). Hacer la impugnación es desde luego lo más fácil, pero no se trata simplemente de impugnar, sino de algo más importante, de demostrar a los deslumbrados por la doctrina, a los que no han visto las fallas y perjuicios de la misma, los males que puede ocasionar. “Todo sentimiento —dice— cede en mí a la necesidad de nuestro suelo” (Luz y Caballero 1948).

Luz y Caballero quiere enseñar a la juventud de su tiempo a luchar y desbaratar los sofismas que puedan desorientarla. “Vista la ineficacia de señalar reglas generales para descubrir el sofisma, se ha querido enseñar prácticamente a la juventud el modo de conocerlos y de desbaratarlos por sí misma; de forma que, amaestrada en el procedimiento con la muestra que aquí se les da, perdiendo el miedo a ciertas refutaciones, les aplique semejante escrutinio, y se convenza por sí sola de cuán fácil es descubrir y pulverizar el paralogismo, por más encapotado o seductor que se le presente” (Luz y Caballero 1948). Si la juventud cubana ha de tener una filosofía propia, una filosofía de su realidad, tendrá que empezar por enfrentarse con aquellas filosofías que, siendo ajenas a dicha realidad, pretenden dominarla. “Es mi ánimo —dice Luz y Caballero— que la juventud vaya sacudiendo de veras el yugo de la autoridad literaria, pues sin este paso previo no hay esperanzas de establecer y aclimatar una escuela verdaderamente filosófica en nuestro suelo idolatrado”. Esto es, una escuela filosófica que parta de la realidad cubana. “Tengan, por fin, todos entendido —agrega— que es más bien una pena que un placer en mí el escribir la impugnación de Mr. Cousin, cediendo en ello a una necesidad imperiosa que aqueja a la juventud de mi patria” (Luz y Caballero 1948).

Luz y Caballero no ve en la polémica un simple problema académico que debe ser dilucidado; detrás hay algo más; va en ello un problema político que necesariamente afectará a la idea de nación que se va formando en la isla. Luz y Caballero tiene conciencia plena de las raíces ideológicas del eclecticismo de Cousin: filosofía acomodaticia grata al gobierno de la restauración en Francia. El eclecticismo de Cousin —dice— no es sino “negocio de política con capa de filosofía, ¡nada más!” a una filosofía acomodaticia que fácilmente justificaría una realidad negativa que la destruye y defienda tales ideales. “Ya tiene la juventud —dice— su Curso completo de sofistería; pero tampoco le faltará, aunque no tan acabado, el suficiente de esgrima nacional, para descubrir y desbaratar las redes con que pretenden envolverla los que en son de amistad resultan ser los mayores enemigos de sus almas”. Por esta razón, “muy de intento, y con una idea esencialmente patriótica, he adoptado formas severas [...] y es la de desacreditar de todos puntos esas perniciosas doctrinas para con nuestra apreciable juventud” (Luz y Caballero 1948).

Resumiendo la polémica de Luz y Caballero contra el eclecticismo de Cousin, representado en Cuba por Manuel González del Valle y José Zacarías González del Valle, se puede decir que es la defensa del realismo, en el sentido que ya se indicó, contra el idealismo que trata de sobreponerse a dicha realidad. Los partidarios de Cousin acusan a Luz y Caballero de materialista; de aquí que en uno de los pasajes de la polémica diga: “Yo estoy esperando que me demuestren que de la proposición de Locke ‘todos nuestros conocimientos son derivados de la experiencia’, de este inocentísimo principio, se deduce forzosamente el materialismo”. Pero, aunque así fuese, si ésa es la realidad, la verdadera realidad, es menester que la realidad se imponga. “Diré más —agrega—, si de ahí se deriva indefectiblemente el materialismo, todos los hombres tienen que ser forzosamente materialistas, porque ésa es una verdad tan demostrada, que se hace necesario rendirse a la evidencia”. No importa que las consecuencias resulten poco gratas a ciertos proyectos; lo importante es siempre la verdad. “Se puede decir, pero eso es una verdad perjudicial, se puede abusar con ella”. Con esto no se hace otra cosa que perjudicar a la moral y la religión, agrega Luz y Caballero, ya que se infunde cobardemente el pavor ante una realidad con la cual hay que contar. “Si uno de los dos principios tenido por verdad resulta no ser sino verdad aparente, que caiga ante la verdad verdadera [...]”. La piedra de toque tendrá que ser siempre la realidad; no hay otra solución para el maestro cubano.

La religión misma no puede escapar a esta realidad; sus límites los impone ella. Independientemente de lo que sea en realidad Dios, su idea está limitada por la realidad dentro de la cual se encuentra el hombre. “La idea de Dios —dice— la saca el hombre del mundo; de forma que si el hombre no sintiera lo limitado, no podría elevarse a lo ilimitado; por eso no hay rigurosamente absoluto para la concepción humana. El hombre lee a Dios en el mismo mundo, aunque Dios sea diferente del mundo; porque en el mundo ve el plan, el orden, el concierto [...] luego por medio de la observación llega a Dios”. De aquí que los hombres tengan diferentes ideas sobre Dios, según sus puntos de partida en la realidad. “Ejemplo: el politeísmo y el monoteísmo, la idolatría en sus variedades, y la verdadera religión: conforme son nuestros conocimientos de la naturaleza, así es nuestra idea de Dios, sujeta siempre a la naturaleza” (Luz y Caballero 1948).

La realidad siempre está en primer plano; pero el eclecticismo de Cousin viene a trastornar este orden tratando de sobreponer a ella las ideas, que en el fondo no son sino palabrería hueca y sin sentido. Con el eclecticismo de Cousin, dice Luz y Caballero, resucitan “las tendencias perjudiciales del escolasticismo [...] vuelven las palabras a ocupar el solio de las ciencias, reservado únicamente para las cosas”. En vez de progresar se retrocede; la juventud cubana vuelve a caer en los achaques de los cuales otros maestros ya la habían libertado. “Celebran algunos hombres de pro esa enredadera y esa hojarasca, y ved aquí cómo con el consejo y el ejemplo se acredita esa táctica para la juventud y volvemos a los achaques, de los que con tanto trabajo y fatiga nos habíamos curado” (Luz y Caballero 1948).

Por razones patrióticas había entrado Luz y Caballero en la polémica. Bien veía el maestro cubano el peligro que corría la obra de sus antecesores, Caballero, Varela, Saco, si el cubano apartaba sus ojos de la realidad. En el mundo puro de las ideas nada tenía que hacer Cuba; mundo ajeno a la realidad en el que no hay pasado ni futuro. Cuba detendría su marcha, dejaría de tener futuro alguno y, con él, la libertad tan anhelada. “Quedarse en los primeros efectos, sin subir a las causas —decía—, o comparar con otros efectos posteriores, anteriores o acompañantes, es quedarse de su proprio motu estancados, es ir contra la ley invariable de su humana progresión, es protestar contra el adelanto mismo, es renegar de lo pasado y cerrar las puertas del futuro”. Es menester conocer la realidad para enfrentarse a ella y transformarla; si Cuba ha de ser transformada tendrán los cubanos que conocerla como realidad. Luz y Caballero, sin decirlo directamente, puesto que ya lo ha hecho al exponer sus razones patrióticas, expresa la anterior idea con las siguientes palabras: “A la naturaleza es menester rodearla para vencerla: si nos empeñamos directamente, queriendo adivinar en vez de observar, se nos escapa completamente”. Luz y Caballero es también consciente del papel práctico del filósofo tanto en el campo natural como en el social: “Vencer las dificultades que ofrece la naturaleza y la sociedad —dice—, ésta es la primera ocupación del filósofo”. El filósofo debe ayudar al hombre a vencer sus dificultades y para ello debe enfrentarse a la realidad por difícil que ésta sea. No debe rehuirla en ninguna forma; debe, por el contrario, conocerla y atacarla, cuando sea necesario, con todos los medios a su alcance. “No teman esos timoratos filósofos —dice el maestro cubano— que la fisiología comparada, ni la frenología, ni ninguna forma verdadera que tomen los conocimientos pueda destruir los fundamentos de la humana responsabilidad, cimentada en hechos tan ineluctables como nuestra propia existencia, cimentada, digo, en la misma sensibilidad y razón común a toda raza”. Inútil sería una moral que no contase con esta realidad. “¿Qué eficacia —pregunta— pueden tener nuestros consejos [...] si nos contentamos con recomendar lo que engrandece al hombre, sin indicarle los medios de conseguirlo? Pues eso hacen los moralistas”. He aquí, agrega, un poderoso motivo para destruir las doctrinas psicológicas que les sirven de punto de partida. Como ellos destrozan al hombre, en vez de completarle, tratan de eliminar el estudio de sus funciones corporales, o “se resisten a que se estudie la moral en sus relaciones con lo físico” (Luz y Caballero 1948).

No, definitivamente no se puede estar con la escuela de Cousin. No se puede estar con la doctrina de un “hombre tan esencialmente conciliador y acomodaticio como el jefe de la escuela ecléctica. Diferimos de todo punto de esta escuela [...]; ellos, encerrándose en la conciencia, no sólo desconocen la humanidad, sino que se ponen en el imposible consiguiente de no poder curar sus achaques, ni fomentar sus virtudes [...] nosotros, por el contrario, tratamos de salir afuera de nosotros mismos, de confrontarnos con el mundo y con nuestros semejantes con el intermedio de los sentidos”. Se trata de dos puntos de vista irreconciliables: “La base de Mr. Cousin en la ciencia es admitirlo todo y combinarlo todo”. Bien sabe Luz y Caballero lo que esta base podría significar para el cubano; por esto su propia divisa es “explicarlo todo, no admitir nada sin cuenta y razón” (Luz y Caballero 1948). Nada de conciliaciones, nada de situaciones acomodaticias.

Por patriotismo, por el bien de la patria, Luz y Caballero se ha enfrentado a la metafísica de Cousin. Es una batalla por la emancipación mental de la juventud que pronto habrá de dar la batalla por la emancipación política de la isla. Sin esta batalla la juventud hubiera corrido el peligro de convertirse en conciliadora y acomodaticia con una realidad que podía ser modificada si es atacada una vez que se la conoce. Luz y Caballero resume las razones de su polémica diciendo: “Pero vengamos a otro punto más ventajoso para la juventud, cuyo provecho es el único móvil de nuestra pluma. Quiero hablar de la táctica de los metafísicos, después de soltar sus adefesios para estorbar que los impugnen fácilmente; y es de suponer que siendo las materias de que tratan oscuras por su propia naturaleza, ni es posible darles mayor claridad, ni podrán estar nunca sino al alcance de unas pocas inteligencias privilegiadas. Así es que, la pobre juventud, parte de ella por modestia y respeto a los grandes hombres que de tal manera se explicaron, se conforma y resigna, atribuyendo la culpa a su falta de capacidad; y parte por pura vanidad y porque no les tengan en el número de los ineptos, se apresuran a entrar entre los escogidos. Otro daño incalculable que causan las ideas metafísicas a la juventud es inspirarles un desprecio reconcentrado contra toda investigación en el orden físico. Corrompen a un tiempo el entendimiento y el gusto de la juventud, alimentándolo con un pábulo estéril e improductivo, cuando hay tanto grano que escoger en el dilatado campo de las ciencias” (Luz y Caballero 1948).

Sobre la realidad, sobre la experiencia directa de esta realidad, debería apoyarse toda educación. Tanto Luz y Caballero como Varela, Saco y Caballero adivinaron, previeron las consecuencias de tal educación. Dueños de su realidad, los cubanos la reclamarían para sí; conscientes de ella, se rebelarían contra las injusticias experimentadas. Atendiéndola, aprenderían a dirigirla, a orientarla, a transformarla con todos los medios a su alcance, incluyendo las armas cuando ya no quedase otro camino. Cuba, con más tiempo a su disposición, empezaba su emancipación de manera distinta a la forma como la habían iniciado otros países de Hispanoamérica.

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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