Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

Segunda Parte

X

EL POSITIVISMO Y LA NUEVA MORAL HISPANOAMERICANA

 

EL URUGUAY Y EL PROBLEMA DE LA EMANCIPACIÓN MENTAL

El Uruguay y la Argentina comparten su proceso intelectual hasta la llamada guerra grande, en que se lucha contra Rosas. Su capital, Montevideo, sirve de refugio a los derrotados unitarios y a los miembros de la llamada Asociación de Mayo. Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría, Domingo F. Sarmiento y otros más de los próceres de la emancipación mental de la Argentina realizan en esta ciudad muchas de sus obras o se preparan para derrotar al tirano. Desde 1839 hasta 1851, el Uruguay estuvo en guerra con el gobierno argentino de Rosas, a consecuencia de la cual Montevideo sufrió un largo sitio. Dentro de sus defensas fueron surgiendo muchas de las obras que en pro de la emancipación mental realizó la generación de próceres ya citada.

Andrés Lamas (1820-1891) sufre la influencia de esta generación, especialmente la de Alberdi, a quien en un principio combatió por lo que se refiere a la interpretación de éste sobre Rosas. Alberdi había hecho el elogio de Rosas en 1837 con motivo de la ascensión al poder, viendo en ella el triunfo del pueblo, de las clases humildes. “¿No es grande —decía—, no es hermoso ver que esta plebe que, desde las edades de Grecia, desde los primeros siglos de Roma, conspira en el continente oriental por su emancipación, tenga ya un mundo joven gobernado por ella, y esperanzas bien fundadas de que el antiguo también pronto será suyo? Todo induce a creer que el siglo xix acabará plebeyo y nosotros, desde hoy, le saludamos por este título glorioso” (Ardao 1945). Andrés Lamas refuta inmediatamente al joven argentino. No está de acuerdo con él: antes que nada es partidario de la libertad; nada bueno podrá realizarse dentro del régimen autocrático. “Si el pensamiento está encadenado —dice—, si hay un hombre que, aprovechándose de nuestras continuas oscilaciones políticas, o por una serie de casualidades, se eleva hasta por el pensamiento mismo, ¿cómo podrá desarrollarse la inteligencia? [...] ¿Cómo podrá hacerse la conquista del genio americano?”. Alberdi no puede contestarle; la realidad de lo que significa Rosas se lo impide: “La posición en que me colocaba esta ocurrencia —dice Alberdi— era difícil; apoyar mis sofismas refutados contra sus frívolos ataques, habría sido conceder al despotismo de mi país más de lo necesario; explicar mis sofismas era imposible, sin incurrir en la persecución de Rosas”. A través de Miguel Cané, que se encuentra en Montevideo, explica a Lamas el sentido de lo expresado. Andrés Lamas es conquistado pronto por los jóvenes de Buenos Aires. No son grandes sus diferencias. Juntos, Andrés Lamas y Miguel Cané (1812-1863) publican en 1838 el periódico titulado El Iniciador (Ardao 1945).

En la introducción, escrita por Lamas, al citado periódico, la preocupación por la emancipación mental de Hispanoamérica se hace inmediatamente patente. “Dos cadenas —dice— nos ligaban a la España: una material, visible, ominosa: otra no menos ominosa, no menos pesada, pero invisible, incorpórea, que como aquellos gases incomprensibles que por su sutileza lo penetran todo, está en nuestra legislación, en nuestras letras, en nuestras costumbres, en nuestros hábitos, y todo lo ata, y a todo le imprime el sello de la esclavitud y desmiente nuestra emancipación absoluta”. Lamas habla aquí con voz semejante a la de Sarmiento, Alberdi, Echeverría, Lastarria, Bilbao, Rodríguez, Bello, Mora y todos esos grandes pensadores que lucharon en todos los campos, el educativo y el político, para libertar a la América española de una herencia que consideraban fatal para su desarrollo. La cadena material, sigue diciendo Lamas, “pudimos y supimos hacerla pedazos con el vigor de nuestros brazos y el hierro de nuestras lanzas”. La invisible e incorpórea “es preciso que desaparezca también si nuestra personalidad nacional ha de ser una realidad; aquélla fue la misión gloriosa de nuestros padres, ésta es la nuestra. Nos abruman aún pesos que la joven España no puede sufrir y que quiere arrojar con celo, con patriotismo, con el espíritu de progreso”. Y concluía: “Hay nada menos que conquistar la independencia inteligente de la nación: su independencia civil, literaria, artística, industrial” (Ardao 1945).

Vencido Rosas y levantado el sitio de Montevideo en 1851, el Uruguay inicia su vida propiamente independiente. Pero con esta independencia se inicia también una etapa de anarquía: presidentes que dejan sin terminar sus períodos, influencias de caudillos militares que chocan entre sí, revoluciones o cuartelazos. En 1860 es electo Bernardo P. Berro, que se preocupa por el progreso de la nación uruguaya. Pero vuelven los levantamientos. El general Venancio Flores invade Uruguay desde la Argentina. En 1865 este general hace un nuevo intento, logrando entrar en Montevideo y ocupar la presidencia. Durante el gobierno del general Flores se forma la Triple Alianza entre el Uruguay, Brasil y la Argentina para hacer la guerra al Paraguay. Flores comanda las tropas que luchan contra los paraguayos. Se caracteriza por los esfuerzos hechos para mejorar al país en todos los aspectos posibles: el progreso se ofrece en los ferrocarriles que lo cruzan, en el impulso que se da a la educación primaria, en los nuevos códigos que se dictan. En 1868 nuevamente surge la revolución. Bernardo Berro se alza en armas. Flores muere asesinado y poco después Berro sufre la misma suerte. Nuevos presidentes y nuevas revoluciones. Apenas pequeños respiros que sirven para incrementar, al menos en un mínimo, el progreso del país. Nada parece dar fin a la anarquía. En 1873 es elegido presidente el doctor José Ellauri y a las cámaras llega una pléyade de universitarios. Los “girondinos del 73” les llaman. Parece que, al fin, ha llegado al gobierno la generación que ha de conducir a la nación en forma definitiva por los ansiados caminos del progreso que el mundo no hispanoamericano está siguiendo. Pero en 1875 el coronel Lorenzo Latorre toma el poder por las armas e impone a un presidente. Después de aplastar una contrarrevolución, Latorre se declara dictador. En adelante el cuartel será la única autoridad competente. A la dictadura de Latorre sigue la de Máximo Santos. Desde 1875 hasta 1887 el militarismo es la única fuente del orden. El Uruguay, al igual que el resto de los países hispanoamericanos, parece condenado a seguir cargando con la terrible herencia. No hay otra alternativa. Es menester elegir entre anarquía o dictadura. La emancipación mental del Uruguay sigue siendo un ideal a realizar.

 

EL CUARTEL CONTRA LA INTELIGENCIA

¿Por qué habían fracasado los universitarios? ¿Por qué habían sido vencidos por el cuartel los brillantes “girondinos del 73”? “Las famosas cámaras girondinas del tiempo de Ellauri —dice Alberto Zum Felde— han sido tal vez las más brillantes que el país ha tenido, por el lujo de saber universitario de sus debates y por la pomposa elocuencia de sus discursos. Puede decirse que ellas fueron el más alto palenque en que mostró sus virtudes y sus defectos esa segunda generación romántica, doctorada en la universidad, que se instituyó durante el sitio, y en la que el puro teoricismo fue la norma de su profesorado.* Polemistas de alto estilo, los intelectuales del gobierno inseguro y efímero de Ellauri habían hecho de los debates parlamentarios un magnífico torneo de erudición jurídica y de elocuencia retórica. Aquello era una academia, no un parlamento; un ateneo no es un órgano de gobierno. Pensaban y discutían aquellos hombres, de espaldas al país, barajando en lucida dialéctica los conceptos y las fórmulas aprendidos en las aulas o leídos en los tratadistas europeos, sin dignarse estudiar la propia realidad nacional, sin encarar los problemas sociales y económicos sobre el terreno de los factores concretos” (Zum Felde 1941).

Estos hombres querían aplicar al país normas y leyes para las cuales no estaba aún preparado el pueblo. El resultado fue el fracaso. La realidad volvía a imponerse en la forma más brutal: la de la dictadura cuartelaria.

En 1880 una nueva generación trataba de enfrentarse al cuartel. En el Ateneo del Uruguay se concentró este nuevo grupo que trató de recuperar a la nación uruguaya. Buscó los medios para realizar la emancipación de que hablara Andrés Lamas. Aspiró a orientar al país por los caminos del orden que tiene su origen en la propia libertad del individuo. Pero los primeros componentes de esta nueva cruzada llegaban con los mismos defectos de sus maestros, los “girondinos del 73”. “Hacia el 80 —dice Zum Felde— el Ateneo se encontró frente al cuartel; ambos representaban las dos fuerzas políticas y sociales en pugna. Pero los jóvenes del Ateneo, débil minoría docta frente al país inculto y bravío, se empeñaron en repetir y perpetuar los errores del viejo principismo de sus maestros, los ‘girondinos del 73’, a quienes, en gran parte, se debía el fracaso del gobierno universitario y el entronizamiento del militarismo cuartelero que fue su consecuencia”. Este grupo formará luego el partido constitucionalista que, también, habrá de caracterizarse por el brillo de sus discursos, la redacción de folletos de propaganda y una inútil y ardiente campaña. Éste no era el camino. Era menester tomar otros rumbos que condujesen a resultados más efectivos. Era necesario tomar caminos más positivos, más de acuerdo con la realidad uruguaya. Los que siguieron este nuevo camino lograrán los mejores frutos. “Aquellos de sus hombres [del Ateneo] que tuvieron influencia positiva en los hechos —dice Zum Felde— fueron los que se apartaron de sus principios verbalistas para obrar dentro de la realidad nacional, conciliando el derecho puro con los factores empíricos”.

¿Cómo vencer entonces al cuartel? O en otras palabras: los hispanoamericanos, ¿seguirían combatiendo cerradamente al cuartel, haciendo inútiles sus esfuerzos hacia el progreso? El único camino era el que ofrecía la propia realidad hispanoamericana. Había que ir a esta realidad, contar con ella, adaptar todas las reformas a lo que era ella. Si el único orden posible, por lo pronto, era el del cuartel, había que hacer del cuartel un instrumento al servicio de la regeneración de la nación. A los militares les importaba ante todo el poder. Mientras no se les pudiera disputar, no hacer tal; pero sí hacer que este poder, con el cual contaban, fuese orientado hacia el logro de la emancipación mental del pueblo. Una vez emancipado, el pueblo mismo se encargaría de sacudir sus cadenas. Lo primero era educar, preparar al pueblo para el buen uso de sus derechos. Tal es lo que pretende hacer José Pedro Varela.

Varela, admirador ferviente de los Estados Unidos, fue a este país con el fin de conocer sus métodos educativos. Lo que más le interesó fue la educación primaria. Estudió sus métodos y a su regreso al Uruguay buscó la oportunidad de ponerlos en práctica. Pronto se dio cuenta de los errores cometidos por la generación que llegó al poder con Ellauri. El régimen militar de Latorre, que le sucedió, le indicó la falsedad del camino tomado. Era menester utilizar otros medios, si se quería democratizar y dar libertades al pueblo. Había que educarlo extendiendo la educación pública, formando escuelas populares sobre bases semejantes a las que había conocido en los Estados Unidos. El camino era más largo, pero sus finalidades serían firmemente alcanzadas. ¿Quién iba a encargarse de iniciar esta obra educativa? La misma dictadura militar. José Pedro Varela envía al dictador Latorre su libro titulado De la legislación escolar. Éste recibió con entusiasmo la obra. En ella Varela se enfrentaba a las tesis de los universitarios, por ser ajenas a la realidad. “Las instituciones escritas —dice— no se adaptan al estado de sociabilidad; mientras las poblaciones rurales no conciben otra cosa que el absolutismo del caudillo, las poblaciones urbanas, dirigidas por el gremio de doctores, marchan por sendas extraviadas, debido a que la enseñanza de la universidad inculca teorías ideales que sólo sirven para divorciar las clases del pueblo” (Zum Felde 1941).

De aquí surgió la Ley de educación común, que se dictó en 1877 por acuerdo del dictador Latorre. Los doctores se alzaron contra Varela, acusándole de haber traicionado a su clase, a la inteligencia uruguaya, sirviendo a la tiranía. Pero él contesta: “La tiranía no es un hecho de Latorre: es fruto espontáneo del estado social de mi patria. No se puede combatir con más seguridad la dictadura que transformando las condiciones intelectuales y morales del pueblo, ni pueden transformarse estas condiciones por otro medio que por la escuela”. Varela, con estas palabras, se muestra fiel a los grandes ideales de los próceres de la emancipación mental de Hispanoamérica. Lo importante no era combatir a una determinada dictadura; lo importante era acabar con la raíz de todas las dictaduras. “No exterminaré la dictadura de hoy —agregaba—, que tampoco exterminará el pueblo; pero sí concluiré con las dictaduras del porvenir”. Por este camino la inteligencia terminaría venciendo al cuartel.

 

POSITIVISTAS CONTRA ESPIRITUALISTAS

Con la reforma educativa de Varela se estableció también un nuevo sentido de la realidad. El sentido práctico, pragmático y empirista de las escuelas norteamericanas se introducía en la mente de los uruguayos. “La reforma valeriana —dice Zum Felde— constituye uno de los más importantes factores del movimiento racionalista, antirreligioso, que caracterizó la vida intelectual del país a partir del último cuarto del siglo xix, y el más poderoso antecedente de la campaña filosófica emprendida por los elementos del Ateneo”. Esta reforma fue duramente combatida por la Iglesia, ya que dentro de sus principios estaba el del laicismo en la educación. Así, por un lado se caracterizaba por un sentido racionalista práctico, opuesto al sentido puramente irrealista de los fundadores del Ateneo. Por el otro, se enfrentaba al dogmatismo religioso, al sostener la enseñanza libre de la influencia de la Iglesia. El racionalismo entró pronto al Ateneo y con él algunas de las teorías del positivismo científico. Pronto el Ateneo se dividió en dos grandes grupos: los que seguían al racionalismo, pero en su forma idealista, y los que aceptaban un racionalismo más de acuerdo con el positivismo científico. Los primeros se declararon espiritualistas, los segundos positivistas. En el Ateneo se abrió la gran polémica. Los espiritualistas acusaron al positivismo de amoral y por ende de perjudicial para la reivindicación moral de la nación. Los positivistas mostraron cómo su filosofía era la doctrina más apta para alcanzar esta reforma moral. Espiritualistas y positivistas se disputaron el derecho a ser los directores de la emancipación mental del Uruguay.

La polémica empezó cuando los ateneístas se enfrentaron a los católicos, atacando los fundamentos dogmáticos e históricos de la Iglesia. Los alcances morales del racionalismo fueron puestos a discusión en el mismo Ateneo. Ya que era menester eliminar la vieja moral teológica, impuesta por la Colonia, bueno era saber qué principios morales iban a sustituirla. Aquí surgieron las dos actitudes: la de los espiritualistas y la de los positivistas, disputándose el derecho a fundamentar filosóficamente la nueva moral.

Carlos María de Pena se refería a la contienda que se había desatado entre los representantes del dogmatismo teológico y los representantes del racionalismo científico, consecuencia de la cual era la polémica suscitada en el Ateneo. “Los ecos de esa gran contienda —decía— han llegado hasta este recinto, agitan poderosamente nuestro espíritu, nos provocan y nos obligan a nuevas investigaciones, y conmueven hasta sus cimientos el templo donde se asilan nuestras antiguas deidades” (Pena 1881). El Ateneo no podía permanecer extraño e indiferente a esta lucha. “La juventud sigue, en cuanto sus recursos actuales y los sinsabores de la hora presente se lo permiten, las interesantes peripecias de esa lucha, y recoge sus grandes enseñanzas”.

A continuación mostraba cómo la nueva filosofía transformaba el concepto tradicional que se tenía de la moral. Pero sin que tal cosa significase un amoralismo. “Después de buscar la genealogía de cada ser y la genealogía del hombre —decía— los naturalistas han penetrado en los dominios del alma. Parece que el mundo moral ha sido transformado, y que el hombre, átomo perdido en esas eternidades, confundido con la mata de yerba y el pedrusco [...] ha sido derribado de su trono”. Sin embargo, agrega, “los naturalistas han tenido que reconocer que el cerebro de ese animal [...] tiene estremecimientos que atraviesan el tiempo y el espacio y van más allá de la inmensidad de los cielos, más allá de las oscuras profundidades del abismo”. La lucha por la existencia de este ente “no tiene otro objeto que el progreso moral, intelectual y físico; el bien del individuo y el perfeccionamiento de la especie”. Los naturalistas han reconocido que si bien el hombre está sometido a las leyes de la herencia, “tiene, como ningún otro ser, el poder de adaptación, la facultad de evitar, de prevenir, de aminorar, de sobreponerse al influjo de esa ley fatal; tiene la libertad”. En esta forma se niega la tesis de quienes ven en el positivismo una doctrina amoral. El positivismo no niega la facultad que hace posible la moralidad al aceptar la libertad. “He aquí —terminaba diciendo Pena— las grandes verdades que ofrecen la filosofía y las ciencias naturales al que penetra en sus dominios con espíritu levantado y con el corazón abierto a las inspiraciones de una fe nueva. He aquí, si no me engaño, la profesión de fe de la juventud del Ateneo. El mote de su escudo es la lucha por la verdad, el amor a la ciencia es su gran estímulo. Profesa un culto religioso a la libertad y odia al despotismo, tanto como le repugnan el fanatismo y las tinieblas. Ha levantado este templo porque los viejos templos eran estrechos y amenazaban derrumbarse [...] la juventud del Ateneo recoge las enseñanzas de la naturaleza, presta homenaje a sus más eminentes intérpretes, al propio tiempo que rinde un tributo de admiración y amor a esos principios morales que son como los genios tutelares de nuestra libertad y de nuestra dignidad cívica”.

Sobre las grandes polémicas que se suscitaron en torno a las nuevas doctrinas deja recuerdos José T. Piaggio en un discurso pronunciado en 1883. En 1875, decía, la cultura uruguaya recibe una de sus grandes sacudidas. Las mentes se agitan nuevamente. “Cuando se resolvió establecer cátedras de estudios preparatorios, los nuevos profesores eran escasísimos”. Es la época en que el espiritualismo se halla en su apogeo y las controversias sustanciales empiezan a vislumbrarse “en los silogismos más o menos perfectos que, a guisa de argumentación, hacían valer los noveles filósofos. Locke ingresó demasiado temprano. Krause no ejerció tanta influencia como Kant. Su sistema, algo extravagante en el dominio de la ciencia y de la política, no pudo acercarse a las doctrinas del solitario de Koenigsberg”. Las nuevas ideas agitan las mentes mediante una serie de conferencias. “Éramos muy jóvenes, tal vez demasiado jóvenes, pero ardía en nuestros pechos la llama del puro patriotismo, el concepto elevado de las ideas científicas, la religión de los recuerdos santos y las esperanzas halagüeñas”.

Las conferencias que se ofrecen en el Ateneo causan época en los anales de la universidad. “Las ideas se sucedían a cada cambio de orador. No se habían apagado los ecos de un partidario del positivismo, cuando de pronto el auditorio sentía resonar en el salón de la fiesta la voz semielocuente de un joven cartesiano. Unos reían de las doctrinas spencerianas, y de Darwin se decían tantas cosas [...] Otros se ocupaban de críticas doctrinas espiritualistas: Kant, Fichte, decían ellos, serán grandes y eminentes filósofos; pero si leyendo sus obras nebulosas [...] nos presentáis las nutridas páginas de aquellos investigadores, sociólogos o naturalistas, claro está que entre la luz y la sombra, lo real y la imaginación, nos quedamos con la luz y lo positivo” (Revista de la Sociedad Universitaria 1896). Idealismo contra positivismo. La elección habría que hacerla de una o de otra doctrina. Su finalidad ya la sabemos: regenerar la moral de la república.

 

EL POSITIVISMO COMO FILOSOFÍA AMORAL

Los idealistas o espiritualistas, como gustaban de llamarse, lanzarán una gran campaña contra la nueva filosofía. El positivismo, dirán, es una doctrina amoral y por lo mismo incapacitada para orientar la educación del pueblo en su regeneración. Segundo Viña decía: “El materialismo siempre ha sido lo que es hoy, a pesar de su transformación: la negación de Dios y por consiguiente de la moral” (Viña 1881). Pero quien habrá de lanzar al positivismo los más duros ataques será el doctor Prudencio Vázquez y Vega.

Decía el idealista uruguayo: “Paralelamente a la corriente positivista que se ha producido entre nosotros, se ha originado también una corriente egoísta y utilitaria que es necesario combatir” (Vázquez y Vega 1881). Y agregaba, los secuaces del positivismo huyen del campo del honor, “tienen por táctica de honor combatir en la oscuridad de los corredores, pelean en las cátedras con los jóvenes alumnos e impónense por el terror en las mesas examinadoras de nuestra universidad”. A eso no se le puede llamar táctica de honor, sino táctica positivista. Por esta razón “el espiritualismo está en las arenas del estadio; él combate a la luz de todas las inteligencias, acepta la lucha en todos los terrenos elevados [...] en las cátedras profesa, como altísima virtud científica, la más completa imparcialidad en la exposición de los sistemas, la discusión libre, la negación de todo exclusivismo y la más perfecta y noble tolerancia en los ardores del debate”.

Vázquez y Vega pasaba a continuación a hacer una crítica filosófica del positivismo. Lo absoluto, según Spencer —decía—, “es una realidad positiva. Basta, pues, esta circunstancia para tener el derecho a ser objeto de la ciencia”. Los pensadores más eminentes de todas las épocas convienen en hacer distinción profunda entre los fenómenos y las leyes morales. Las leyes físicas tienen por base la materia y se cumplen fatalmente; las leyes morales tienen por fundamento primordial la personalidad humana y se cumplen de una manera libre. Hecho el deslinde entre leyes físicas y leyes morales, Vázquez y Vega agregaba: “El mérito y el demérito, la responsabilidad y la sanción moral serían hechos incomprensibles; el remordimiento que mata y la satisfacción moral que dignifica y eleva, serían fenómenos inexplicables, imposibles, si un encadenamiento fatal fuera la ley suprema de las acciones humanas”. Si así es, “si la evolución positivista es una doctrina verdadera, el egoísmo más perfecto debe ser el ideal de la naturaleza humana. La hipótesis de la evolución no explica, según nuestra manera de ver las cosas, el fenómeno moral del desinterés”. Las acciones libres que tienen como fin el bien de los demás “no se explican fácilmente por la evolución orgánica. Así lo deben entender muchos de los partidarios del transformismo, que son egoístas por práctica, por convicción y por doctrina. Valor moral, punto de honor, dignidad personal, nobleza de carácter, delicadeza de espíritu, generosidad relevante, ver aquí prendas morales que no conseguiréis aclimatar en el campo helado del positivismo”.

Y en otra conferencia sobre los “Dominios de la psicología y la moral”, Prudencio Vázquez y Vega apuntalaba las anteriores ideas diciendo: “Querer colocar la moral en la misma categoría de las ciencias físicas, es pretender encuadrar las acciones humanas en un fatalismo insalvable, negar la libertad, la responsabilidad y la conciencia” (Vázquez y Vega 1882). Existe un ideal de virtud y de perfección moral que puede ser juzgado y comprendido, pero que no puede ser sometido “al imperio de una balanza o a la gradación geométrica”. A continuación Vázquez y Vega hacía ver la necesidad de una doctrina que elevase la moral de la época, remedio único contra los males que dominaban al Uruguay. “Vosotros —decía— debéis saber que la atmósfera que respiramos está saturada de mezquindades y egoísmos, de abyecciones sin nombre y de servilismos increíbles, y que ese medio ambiente es el que ha producido, en gran parte, las opiniones utilitarias, que entre nosotros miran con pedantería científica los conceptos rígidos y categóricos de la moral del deber”. Ahora, en esta época, en que “se busca muchas veces una doctrina filosófica para encubrir o justificar una conducta egoísta o de interés personal, el utilitarismo se presta admirablemente a tales fines”. La doctrina positivista, más que ayudar a la regeneración moral, se prestaba para justificar muchas inmoralidades.

Ángel Solla, espiritualista y sucesor de Prudencio Vázquez y Vega en sus cátedras universitarias, entra en polémica con Carlos M. de Pena en una conferencia titulada “El positivismo y la metafísica”. “Considero como rasgo declamatorio —decía— o como acto poco meditado el pretender aplicar los términos propios de una ciencia natural o médica a las ideas o hechos que caen bajo el dominio de otra ciencia que tiene, a su vez, los términos que han de expresarlos” (Solla 1884). ¿Qué es el positivismo? ¿Pueden determinarse, desde luego, con exactitud su naturaleza y sus fines?, pregunta. “Por más que parezca extraño a primera vista —contesta—, no hay posibilidad de hacer esa determinación. Reina en su campo la más espantosa confusión. Cada uno de sus adeptos tiene su doctrina propia, que difiere esencialmente de la de los otros; y todas ellas, opuestas y contradictorias entre sí, pretenden formar un cuerpo de doctrina uniforme y compacto”. Es muy probable, agregaba, que haya muchos positivistas que ni siquiera se hayan dado cuenta de que “en sus filas existen numerosas sectas que batallan guerra a muerte por obtener la preeminencia”. Ahí está Comte eliminando la metafísica y la psicología. A su vez, los discípulos abandonan y repudian la concepción social de un maestro, como Littré, que sólo acepta parte de la doctrina. Por su lado, Stuart Mill, distinto a los dos anteriores, no acepta se rebaje el rol de la psicología. Bain y Spencer forman otra secta separándose de la psicología racional para apoyarse en las conjeturas darwinianas. Ahora el propio Pena, agrega, al negar que el positivismo sea materialismo, está contra el positivismo, que afirma lo contrario. Una doctrina contradictoria, había de deducirse, “mal podría servir para regenerar la moral de un pueblo”.

 

EL POSITIVISMO COMO FILOSOFÍA MORAL

Los positivistas uruguayos, bien armados con las nuevas doctrinas, replicarán a sus contrincantes todas sus objeciones, especialmente la referida al amoralismo o inmoralismo de la filosofía positivista. Arechaveleta, en una conferencia titulada “¿La teoría de la evolución es una hipótesis?”, empezaba deslindando la filosofía positiva de otras doctrinas, con las cuales se la quería confundir. Para evitar el error que cometen generalmente los que combaten la teoría evolucionista —decía— confundiéndola ora con el darwinismo, ora con el transformismo, queremos dar la definición de las tres doctrinas formuladas por el eminente zoólogo de Jena, Haeckel, las cuales constituyen la definición de la filosofía evolucionista o positivista por completo: primero, la teoría de la evolución; segundo, la teoría de la descendencia; tercero, la teoría de la selección. O sea, las teorías del monismo, del lamarckismo y del darwinismo. Sobre la creación, agregaba, se han dado dos tipos de explicación, de donde han surgido dos teorías; la teoría de las creaciones sobrenaturales y la teoría de la evolución. La primera se basa en una hipótesis irracional, la segunda en una científica. La teoría de la evolución ha sido sostenida científicamente por Spencer, Huxley, Haeckel y otros. A lo irracional oponemos lo científico y racional. Así, “mientras el señor Vázquez no nos presente hechos científicos, ni hombres de saber que puedan compararse con los que acabamos de enumerar, sostendremos que la teoría de la evolución es científica y que la opinión del señor Vázquez carece de base y ha sido lanzada sin reflexión desde la tribuna de este Ateneo; un producto, en fin, de ese sistema a priori de los metafísicos” (Arechavaleta 1881).

A continuación Arechaveleta explicaba, de acuerdo con su teoría, la filosofía idealista o espiritualista como un residuo de retraso mental que, por causas fisiológicas, quedaba aún en varios hombres. “El cerebro —decía— es el órgano del pensamiento; la corteza espiritual, la verdadera esfera de la actividad psicointelectual. Todo pensamiento produce un cambio en la materia gris. Ningún pensamiento puede nacer sin este cambio, ni dejar de nacer cuando se produce. Este cambio consiste en un movimiento que el estado actual de los conocimientos no nos permite precisar. Su dirección es determinada por las vías nerviosas: fibras y filamentos que reúnen las células en multiplicados plexus”. Ahora bien, si a estos datos fisiológicos añadimos que el hombre en constitución y saber es heredero de las adquisiciones del pasado; “que además de la naturaleza irracional e innata de su especie, posee la de sus antepasados inmediatos, y que el desenvolvimiento sigue el camino que la herencia le ha trazado, hacemos comprensible, hasta cierto punto, cómo las ideas espiritualistas, más o menos religiosas, idealistas o racionalistas, cuya elaboración empezó en una época que se pierde en la noche de los tiempos, han venido transmitiéndose de generación en generación y se hallan tan profundamente arraigadas en muchos cerebros. Estas células, que pedimos permiso para llamar animistas o espiritualistas, grandes y pequeñas, heredadas de nuestros antepasados inmediatos [...] son las que, vestidas de traje frailuno, asistieron como agentes activísimos a todos los actos monstruosos de la Inquisición y encendieron hogueras para quemar a los librepensadores; las que cometieron las masacres de San Bartolomé”. Esas mismas son las que “visten hoy el traje civil y enarbolan el estandarte de la tolerancia”. Pero “el fisiólogo naturalista reconoce su filiación y descubre su árbol genealógico”. Son estos mismos elementos los que han creado los sistemas filosóficos que por estériles están hoy desacreditados. Pues bien, concluye Arechaveleta, “es a la conquista de esos viejos elementos, inventores de sistemas estériles y que han pretendido llegar al conocimiento de las causas primeras, a donde va la ciencia con paso lento y seguro, no con el cruento fin de destruirlas, sino con el laudable de transformarlas, para que sepan ganar el pan de su alma con el sudor de su frente”.

Por su parte, Julio Jurkowski partía de la pregunta acerca de si realmente, como afirmaban los espiritualistas, el positivismo, impropiamente llamado materialismo, era una doctrina inmoral. “La humanidad, al progresar —dice—, tiende no sólo al bienestar material, sino también a la perfección moral, pues sin ésta no sería posible aquél” (Jurkowski 1881a). Los que atacan al bienestar material, considerándolo como fuente de inmoralidad, agrega, tienen un modo superficial de ver las cosas. Para estos moralistas superficiales vale más “propagar la sana moral que tener ferrocarriles o teléfonos”. Pero la realidad muestra todo lo contrario: “la miseria impide el desarrollo intelectual y moral de una sociedad; el progreso industrial, asegurando el bienestar, lo favorece. Las modificaciones porque la humanidad está pasando, resultan de la ley fundamental de la naturaleza orgánica, y estas modificaciones la conducirán necesariamente a la perfección. Ésta es nuestra firme creencia; ésa es la base de la doctrina materialista”.

“La escuela metafísica —decía en otra conferencia Julio Jurkowski— ha sido siempre más exclusivista y, ocupando casi siempre posiciones oficiales, ha dado ejemplos de una intolerancia que ha llegado a menudo a los más grandes excesos y persecuciones y ha contribuido mucho al atraso de la marcha de la civilización” (Jurkowski 1881b). En cambio, en el positivismo su lema es “todo por la ciencia y para la humanidad” y no “todo por la materia y para la materia”, como se lo interpreta mezquinamente. El hombre es un simple servidor e intérprete de la naturaleza; pero, “considerándose como medida del universo, guardaba una opinión demasiado alta de sí mismo para rebajarse hasta ser tal cosa”.

Era falso que el positivismo no alentase a la humanidad. También el positivismo tenía sus ideas y trataba de realizarlas utilizando los mejores y más seguros medios. Martín C. Martínez decía: “La teoría positivista no suprime nada de su grandeza a la humanidad, simplemente hace buena justicia revelando la importancia esencial, en la creación, de esos fenómenos pequeños que sólo hieren la imaginación del sabio y que, en definitiva, explican las condensaciones de los mundos, su gravitación, la elaboración de las especies” (Martínez 1884). El positivismo atiende a lo pequeño, dice Martínez, porque de allí surgen los grandes hechos. No sólo se atiende a las primeras causas o los primeros principios, sino a esa causa esencial que es anónima por pequeña, pero que, en su conjunto, forma la fuerza que hace posible el hecho. El pueblo es esa fuerza anónima, sin la cual la humanidad no podría alcanzar su progreso. Es a esa fuerza a la que trata de hacer justicia el positivismo. En la sociedad toma en cuenta “la influencia de las manos del pueblo, condenadas por la historia a un eterno olvido. Yo no sé —agrega— que esa exaltación de la virtud modesta que sublima al hombre superior, disminuyendo su inmenso orgullo, y a la individualidad perdida en la multitud, mostrándole que es un agente de valor apreciable en el progreso social, pueda retardar a ningún corazón bien templado en la tarea, borrando de su espíritu la visión del ideal. El evolucionismo se ha limitado a levantar a los pequeños, a ensalzar las virtudes modestas, a demostrar la influencia de las causas generales. Quizás aminorando la talla de los héroes; pero ha levantado la de los pueblos democratizando la historia a la par que la naturaleza”.

El positivismo se presenta así como la doctrina que los pueblos necesitan, ya que dignifica la tarea de éstos por anónima que sea. El positivismo se presenta como filosofía democrática. Los directores de la sociedad, agrega Martínez, que pretenden ser los causantes del progreso, son sólo expresión de su evolución. “La ascensión al ideal resulta más difícil, porque debe ser la obra de la acción colectiva; pero si esa dificultad puede quitar bríos a los que estiman en poco el bien cuando no es aparatoso, alienta a los servidores desinteresados del progreso, porque saben que toda ventaja obtenida, aunque pequeña y diminuta, es adquisición perdurable y porque todo bien [...] por pequeño que sea, vale la pena de ser hecho, sin lo cual el porvenir mismo de la humanidad nos sería indiferente”.

El descenso de la moral de la época, replica por su lado Rosalío Rodríguez, nada tiene que ver con la doctrina positivista, ni con ninguna otra. “A buen seguro que no es dentro de las escuelas filosóficas que se ha de encontrar esa causa maldita. Que el positivismo no borra de la conciencia las ideas del bien y de la justicia, que no arranca del corazón humano el sentimiento del deber, creo que me sería fácil demostrarlo con sólo exponer las doctrinas de los grandes maestros” (Rodríguez 1884). De aquí que sea equivocado afirmar que el positivismo mutila la moral humana y la razón. “La mutilan todos aquellos que están acudiendo constantemente a un principio superior para la explicación de fenómenos de la vida; la mutilan [...] aquellos que [...] fracturándose una pierna, padeciendo una infección pulmonar u otra dolencia cualquiera, imploran el favor de la divinidad para que los cure”.

“El positivismo admite la idea del bien, el sentimiento del deber y la práctica de la virtud”; de aquí que sean “afirmaciones calumniosas aquellas por las cuales se dice que, como doctrina filosófica, arranca del corazón humano los sentimientos más dignificantes de nuestra personalidad”. El positivismo, por el contrario, “llega a las mismas conclusiones que las doctrinas espiritualistas; como ellas admite que el hombre debe hacer el bien y evitar el mal; que el bien es lo que nos lleva al cumplimiento de nuestro fin”. En lo único que se distinguen es en que “el positivismo no quiere reconocer en el bien y en la justicia principios simples y absolutos que hayan debido imponerse siempre de la misma manera a la vida humana, sino que, siguiendo un procedimiento de análisis, descompone todas esas pretendidas ideas simples para encontrar su verdadero fundamento, llegando por fin a comprender que el bien, como el deber y la justicia, no tienen otra razón de ser que la naturaleza humana con sus necesidades y sus fines”.

Respecto a la moral no hay diferencias sustanciales entre el positivismo y el espiritualismo; sólo en lo que se refiere al origen de la misma. “Los metafísicos se paran en el principio de la jornada, se encuentran con la idea del bien ya enteramente hecha y, considerándola como un principio simple e irreductible, no quieren ni siquiera tentar el hacer su análisis”. Nuestros opositores, “los metafísicos de todas las escuelas, han hecho una confusión lamentable entre la doctrina positivista y ese utilitarismo egoísta y mezquino que, disfrazado con un nombre usurpado, empieza a reinar con pretensiones de erigirse en escuela filosófica”. No, el positivismo nada tiene que ver con esa actitud. En realidad se puede decir que existen dos positivismos lamentablemente confundidos: “un falso positivismo, que por añadidura podemos llamar indecoroso, frente al positivismo de los grandes maestros. Para el positivista —concluye diciendo Rodríguez—, lo mismo que para el espiritualista, el bien es nuestro norte”.

 

TRIUNFO DEL POSITIVISMO

Las nuevas ideas terminarían imponiéndose. Y con ellas una nueva moral. Una moral práctica, asentada aparentemente en la realidad. El hombre no esperaba ya nada de lo trascendente. En adelante tenía que contar consigo mismo. Ángel Floro Costa, llamándose a sí mismo “un viejo darwinista”, hacía ver la nueva situación en la cual quedaba la nueva generación formada en el positivismo. “Yo mismo considero que el gran profeta Darwin —decía— nos ha hecho el flaco servicio que Cortés a sus tripulantes, de quemarnos las naves; me siento con ímpetus de estrangularle” (Costa 1879). ¡Cómo no ha de ser comprendido el justo encono de los metafísicos! “¡Era tan bello aquel cielo antiguo poblado de criaturas romancescas, de faunas enteras de querubes y de silfos, cuya mansión etérea hoy busca en vano ese indiscreto profanador del sacro velo de las nebulosas, que se llama telescopio! ¡Era tan bello soñar con la inmortalidad, con la supremacía absoluta del espíritu sobre la materia!”. Ya no se puede soñar más, es menester actuar, y actuar seriamente en un mundo en el cual el hombre es el propio responsable de lo que haga, por haberlo hecho, y de lo que no haga, por haberlo dejado de hacer. Costa agrega: “Yo dejé de ser frívolo cuando empecé a instruirme; yo dejé de reírme de los demás cuando empecé a cultivar algo las ciencias positivas [...] Comprendí entonces el descarrío de nuestras novedades, comprendí entonces el secreto de nuestra feroz intolerancia, y me di cuenta del triunfo apetitoso y perdurable de nuestra barbarie”. ¡Abajo todas las fórmulas absolutas! ¡Abajo todas las teorías a priori!, tal es el lema que la ciencia trae escrito en sus pendones. Su bandera es la idea de lo relativo, “bandera democrática y liberal por excelencia, humanizadora, conciliadora; en contraposición a lo absoluto, bandera orgullosa, aristocrática, opresiva, que ha flameado hasta hoy sobre las fortalezas del dogma y en el castillo de popa de la metafísica espiritualista”. Así, al fin, se había encontrado la doctrina filosófica que sustituye a la vieja doctrina colonial. La filosofía de la democracia y el liberalismo que sustituye a la filosofía aristocrática y opresiva. La emancipación mental encontraba sobre qué apoyarse.

Sin embargo, el hombre abandonado a sus propias fuerzas corría el peligro de desviarse de los rectos caminos que los próceres de la emancipación mental habían soñado. Había el peligro de que se apegase a lo material y se convirtiese en un egoísta, tal como lo habían visto los espiritualistas. Los mismos positivistas uruguayos se plantean este problema. El temor de que su ideal fracase no les es ajeno. Me preguntaba —dice E. Fernández— si el positivismo, “como sistema filosófico, pervertía las conciencias, socavaba los corazones y precipitaba a los pueblos al abismo, arrancando de los altares del culto los principios del bien, de la justicia y de la dignidad del hombre” (Fernández 1896). Se ha llegado hasta afirmar “que los males del presente, que la ola de corrupciones y de bizantinismos que amenaza envolver a la república, se deben a la impetuosidad de las corrientes positivistas”.

Pero no, agregaba, “el hombre verdaderamente honrado no es honrado únicamente por miedo al castigo, o por temor a la sanción de la sociedad, o la ley, o la divinidad, o a practicar la virtud con prescindencia absoluta de móviles mezquinos”. Por el contrario, “la escuela evolucionista proclama [...] que la humanidad tiende en su marcha colectiva a practicar la virtud por la virtud misma. Las acciones que en un principio se ejecutaban por el interés, con móviles calculados, se han transformado hoy, merced al hábito y a las costumbres, en acciones perfectamente desinteresadas y altruistas”. Se acusa al positivismo de aliado de los gobiernos personales y arbitrarios: ninguna escuela filosófica admite a los adoradores del oro. Los males que se señalan no son males de la doctrina filosófica, sino de los hombres. “En el gran naufragio a que se refieren los adversarios caen [...] positivistas, racionalistas, católicos, místicos y, en fin, creyentes de todas las escuelas filosóficas”. Por lo que se refiere a “los que se encubren con el rodaje de las máximas positivistas para ocultar un carácter servil y cortesano [...] no son positivistas, son seres degradados”.

En 1890 el positivismo triunfaba definitivamente en el Uruguay. Spencer se convertía en una especie de filósofo oficial. La Universidad de Montevideo aceptaba su filosofía, desplazando a Cousin y Janet. La nueva generación se impone en la vida cultural, política y administrativa del Uruguay. La situación política ha cambiado desde 1886, año en que el pueblo vuelve a elegir presidente. Éste lo es el general Máximo Tajes, que empieza a devolver al país su orientación civilista. Los civiles vuelven a dirigir la vida pública. El cuartel es, al fin, vencido. No falta alguna revolución y alguna dictadura, como la de Juan Lindolfo Cuestas; pero ya esta dictadura se justifica con los nuevos principios, dentro de los cuales se destaca el del progreso. En 1903 llega a la presidencia una de las más grandes figuras políticas del Uruguay, José Batlle y Ordóñez, que da al país uno de los más grandes impulsos hacia el anhelado liberalismo y la democracia.

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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