Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

Segunda Parte

XII

SPENCER CONTRA HEGEL

 

AUTONOMISMO CONTRA SEPARATISMO

El problema de la emancipación política de Cuba había de dar lugar a dos actitudes y con ellas a dos corrientes ideológicas: una de carácter tradicionalista y otra revolucionaria. La primera será partidaria de la autonomía frente a España, pero sin separación; la segunda será partidaria de un radical separatismo. El autonomismo aspiraba a fundar la nacionalidad cubana, pero por medios pacíficos, utilizando los cauces legales y el convencimiento de la metrópoli. Se aspiraba a una autonomía del tipo de la realizada por Inglaterra con sus colonias. En este sentido siguen las ideas de sus antecesores Agustín Caballero y Félix Varela. Los separatistas, en cambio, son partidarios de los métodos revolucionarios para alcanzar la plena independencia política de la isla.

Rafael Montoro (1852-1933) será el director del movimiento autonomista cubano. Movimiento que en un principio toma el nombre de Partido Liberal, para luego convertirse decididamente en autonomista. El tribuno cubano había pasado su juventud en España, donde recibe la influencia filosófica que ha de orientar su doctrina. Regresa a su patria cuando apenas empieza ésta a convalecer de la larga guerra que, durante diez años, desde 1869, han estado sosteniendo los patriotas cubanos para alcanzar su independencia bajo la jefatura de Carlos Manuel de Céspedes. La revolución ha sido vencida. Desde 1878 a 1892 la isla tiene una relativa autonomía que le ha sido concedida por España. Los revolucionarios, sin embargo, no descansan, continúan luchando, aunque casi sin esperanzas. En esta lucha se destaca la figura máxima de José Martí. Ésta es la Cuba que encuentra Montoro a su regreso. Inmediatamente se empeña en una campaña para alcanzar una auténtica autonomía de la isla. Para ello recurre a todos los medios legales y a una intensa prédica de más de tres lustros. Se opone a la separación violenta, porque espera llegar a alcanzar esta separación mediante una pacífica evolución.

En 1881, al exponer su doctrina, decía: “El Partido Liberal pide para Cuba leyes especiales en el sentido de la mayor descentralización dentro de la unidad nacional” (Montoro 1881). Para ello hay que actuar dentro de la ley, de acuerdo con un principio constitucional. En el artículo 89 de la Constitución de 1876 se dice: “Las provincias de ultramar serán gobernadas por leyes especiales”. De aquí la necesidad de que la forma del gobierno local de la isla sea forzosamente distinta de la aceptada por el régimen de las provincias peninsulares. “Porque así lo requieren las condiciones peculiares de Cuba, que en lo social, político y económico dan origen a necesidades distintas de las conocidas allende el océano”. Montoro aspira a una diputación insular, desde donde sea posible resolver los problemas administrativos y económicos que se presenten en asuntos puramente locales, colaborando con el gobernador general de la isla. “Habría —dice—, por lo tanto, que introducir una reforma radical en los presupuestos generales de Cuba; distinguir entre lo que es nacional y lo que es local [...] y llevar lo primero a los presupuestos generales de la nación, cuyo voto incumbe a las Cortes, reservando lo segundo, o sea los gastos e ingresos puramente locales por su naturaleza, objeto y fin, a los presupuestos de Cuba, que habrán de ser votados en ese concepto por la diputación insular”. Y, siguiendo ideas ya expuestas por Caballero y Varela, decía: “Abogamos [...] por la constitución de un gobierno responsable local, al modo del que tienen las grandes colonias inglesas del Canadá y Australia”.

Luchando en pro de estas ideas, vuelve a España para convencer a sus gobernantes. En la península inicia también una campaña con este fin. En una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid en 1894 expone su programa y las causas que lo justifican. “La injusticia y los atropellos —dice—, sólo la injusticia y la desigualdad hacen que decaigan en las colonias el respeto y el amor a la madre España, como ellos se acentúan y se arraigan cuando la metrópoli se muestra propicia a consagrar en las nuevas sociedades todas las condiciones necesarias para su desarrollo y prosperidad. Así se ha producido ese hermoso espectáculo de las colonias inglesas” (Montoro 1894). Su partido representa la actitud más sensata, ya que rehúye toda actitud violenta, causa de tantos desastres. “Dentro de la democracia —dice— hay diversidad de tendencias fundamentales. Hay el radicalismo revolucionario, que ha causado todos los grandes desastres que llora el mundo moderno, y hay la democracia liberal y progresiva, cuya doctrina tiene por base el reconocimiento y la garantía de la personalidad humana con todos sus derechos y todas sus necesidades y determinaciones. Esta democracia liberal es la que nuestro partido ha procurado siempre representar”.

España aún tenía tiempo de enmendar errores; pero cuanto más tardase en enmendarlos, más hondas tendrían que ser sus reformas. Cuba podía aún seguir fiel en sus ligas con la nación española; pero no por mucho tiempo. Cuanto más se tardase, más difícilmente iba a lograrse mantener tal fidelidad. En 1892 había dicho también a los españoles: “Ayer todavía, con reformas modestas y graduales, pudo calmarse la agitación de los espíritus. Hoy estas reformas tienen ya que ser más hondas. Mañana, sí, mi voz desapasionada lo advierte a todos, mañana tendrán que ser aún más trascendentales, y acaso lleguen tarde. Estemos o no en la vida pública, un grande y formidable clamor las pedirá a nombre del pueblo” (Montoro 1892). Sin embargo, como se sabe, su voz no es escuchada. El Partido Unión Constitucional, formado por la clase española que defendía sus derechos al patronato, y todos los adictos a la metrópoli, se opusieron al Partido Autonomista. Sólo ante el peligro ya inmediato que habría de provocar la revolución de 1895, la metrópoli concede una relativa autonomía a la isla. El Partido Liberal Autonomista empieza con este acto a realizar su programa; pero ya es demasiado tarde. El pueblo exige otra cosa, y ésta es la plena emancipación política de la isla.

 

HEGEL Y EL AUTONOMISMO CUBANO

Rafael Montoro, como ya se dijo, se había formado en España y en ella había recibido las influencias filosóficas que guiaron sus ideas políticas. Muy joven aún encuentra en la metrópoli a su compatriota José del Perojo, que funda en 1875 la Revista Contemporánea. Perojo ha estado en Alemania, donde ha seguido los cursos de Kuno Fischer. Conoce bien a Kant y al idealismo alemán. La filosofía alemana se ha puesto de moda en España. Don Francisco Giner de los Ríos, junto con Salmerón y Sanz del Río, encabeza el movimiento krausista español. Otros, como el propio Montoro, se afilian al hegelianismo. De la doctrina de Hegel habrá de extraer el tribuno cubano las tesis de su doctrina. De él derivará sus principios de autoridad y orden y, con ellos, el de la renuncia a la revolución.

La historia, de acuerdo con la doctrina, sigue una marcha frente a la cual son inútiles todos los esfuerzos violentos por desviarla de su camino. “Las leyes históricas —dice Montoro— reinan con poder incontrastable sobre los hechos políticos que, cuando se consideran superficialmente, parecen tan movedizos y variables. Ni en la naturaleza, ni en la historia —agrega— son posibles esas apariciones fantasmagóricas, esas transformaciones milagrosas con que sueñan algunos” (Bustamante y Montoro 1933). Todas las grandes reformas que presenta la historia no son fruto de una transformación milagrosa, sino el fruto de calladas, continuas y dolorosas pruebas para alcanzarlas. “Volved la mirada a cualquiera de las grandes reformas de nuestro siglo —dice— y veréis cómo a todas precedió un dolorosísimo período de prueba y de conquista”. De estos dolores, de estas pruebas y conquistas, habla “ese monumento de genio y de saber”, que es como llama a la Fenomenología del espíritu de Hegel. Montoro sabe de los grandes errores cometidos por España, de sus nefastas consecuencias en la colonia, pero, fiel al filósofo alemán, cree en la superación de los mismos, en su negación dialéctica. El viraje histórico vendrá, tarde o temprano habrá de venir; es esta ley ineludible de la historia. Sólo hay que saber esperar y preparar su llegada. Nada podrá la impaciencia para apresurarlo: la dialéctica marcha por sí sola, y lo que ha de ser será. Si la realidad es asfixiante la energía se pondrá tensa y, con ella, la voluntad de superarla. La rebeldía es necesaria; pero siempre con un límite: las leyes. Esto es, el Estado. No se debe romper con el Estado, que es el órgano de la historia universal. Sólo él puede realizar la superación, la aufheben hegeliana.

“Del pueblo libre de la colonia”, decía, habrá de surgir “el pueblo libre de la república, tan naturalmente como de la semilla brota el grano o como asciende el hombre a la edad madura, desde la inexperiencia a los entusiasmos de una vigorosa juventud”. La colonia es pensada, siguiendo a Hegel en su Fenomenología, como la etapa histórica del siervo, privada aún de la libertad del Estado, aunque ya consciente de su libertad. Lo que los autonomistas temen es que trate de alcanzar la libertad de Estado antes de tiempo. Montoro teme que Cuba quiera ser libre, sin que antes su sociedad “se halle en la situación de plenitud y energía, de población y de riqueza, de organización y de cultura que evite su caída en el caudal de otra vida más fuerte”. Pensando con seguridad en los Estados Unidos, teme que Cuba se independice de España para caer, falta del vigor, que sólo se puede obtener históricamente a la manera hegeliana, bajo la dependencia de otra nación. Cuba seguiría en su condición de siervo. “En ella nuestra historia quedaría disuelta en la historia densa y honda de un pueblo dominante, en que volveríamos a vivir una libertad ajena, a pesar de que nuestra independencia señale con una dramática ironía hacia una plenitud política que de nada sirve sin una plenitud vital”.

Montoro considera, siguiendo también a Hegel, que América en general y Cuba en particular están autodescubriéndose, preparándose para tomar su puesto en la cultura universal. Esto es, haciendo historia. Es más, parece que América está asumiendo rápidamente su papel en la historia, mientras Europa va perdiendo éste. Allí está la llamada americanización de la civilización europea. Los Estados Unidos están dando un nuevo sentido a la historia universal al invadir en forma al parecer irremediable la cultura europea. Respecto de Cuba, dice Montoro: “Sabemos que sólo son duraderas las obras que no se improvisan, las que se preparan cuerdamente con la reflexión y la constancia”. En este sentido considera que Cuba no está aún madura para tomar su puesto en la historia; antes “debe vigorizarse profundamente, ejercitarse con la dura disciplina y el largo aprendizaje”. Este aprendizaje debería hacerse en la vida política cubana. Era menester empezar por un duro entrenamiento cívico.

De acuerdo con este entrenamiento, mediante el cual había de prepararse a Cuba para la asunción de su historia colonial, decía, refiriéndose a la necesidad de que hubiese inclusive un partido conservador: “Yo os declaro ingenuamente que vería con satisfacción un verdadero partido conservador entre nosotros. Lo combatiría porque yo amo la libertad, pero no vacilaría en considerar su existencia como un hecho fausto para el país. La misión de los partidos conservadores no puede ser, en efecto, más necesaria ni tampoco más elevada [...] Ellos son los depositarios de la tradición [...] ellos representan ese espíritu de permanencia que crea la solidaridad de todas las generaciones en el sentimiento de la patria [...] esos partidos, en suma, tienen la alta misión de unir el hoy al ayer, el presente al pasado, para que las transiciones nunca sean violentas, ni inseguras”.

 

SPENCER Y EL SEPARATISMO

Frente a la tesis hegeliana de Rafael Montoro se alza la de Enrique José Varona, apoyado en el positivismo de Spencer. Montoro era un idealista. Varona un realista. El primero es optimista, el segundo pesimista. Varona no cree en las soluciones del Partido Autonomista. ¡Hay que ser realista! Nada podrá Cuba por los caminos legales. Nada concederá España a la isla que no le sea arrancado por la fuerza. Allí estaba la larga historia colonial de Cuba: puras decepciones y golpes para los patriotas. Las de los autonomistas no eran las primeras voces que pedían comprensión para la isla de parte de la metrópoli. Todo había sido inútil. No se podía continuar en una actitud idealista, era menester ser plenamente realistas; y la realidad mostraba que el único camino para poner fin a todos los males era la independencia plena de Cuba. Los utopistas autonomistas, nota Varona, con el propósito de mantener la paz a todo costo, cohíben la iniciativa popular e imponen una solución arbitraria. Éstos luchan por la asimilación moral del pueblo cubano al pueblo español; lo cual, además de ser un empeño insano, supone la anulación de la personalidad del pueblo cubano, como agregado social con caracteres propios.

Varona va más lejos que los autonomistas: la independencia de Cuba, si ha de tener alguna, tendrá que ser total. Es un partidario de la revolución, y para sostener esta tesis se va a servir de la teoría de la evolución de Herbert Spencer. La misma teoría que en otros países hispanoamericanos había servido para negar las revoluciones, como hicieran los positivistas mexicanos, en Varona va a justificar la Revolución Cubana de independencia. Al hablar de la evolución decía: “Así como perecen millones de millones de gérmenes por cada planta o animal que nace”, en igual forma, “infinitas ideas e imágenes pasan por la mente humana sin dejar huella, por una que logra arraigarse, asociarse y contribuir a la acción” (Varona, “La moral en la evolución”). Así es como evolucionan la naturaleza y el hombre. Todas esas pequeñas causas van realizando la modificación, “pero con tan extraordinaria lentitud que la adaptación de los individuos que van viniendo se realiza de un modo insensible”.

Sin embargo, esto no implica que a veces se den saltos, que a veces la evolución se presente en forma de revolución. “A veces —dice— parece romperse esta marcha regular y surgir causas accidentales dotadas de particular energía para removerlo y variarlo todo. De súbito parecen estallar trastornos y revoluciones políticas y religiosas y cambiar la faz de una sociedad”. Pues bien, esto también está de acuerdo con la evolución, es una de sus formas de expresión. “Todas esas pequeñas causas señaladas —agrega—, aunque obran a la aventura y sobre un corto número de individuos a la vez, van acumulando energía”, hasta que el equilibrio llega a romperse. Entonces es cuando “ciertas ideas aparecen falsas, ciertas instituciones absurdas. Como el medio ha ido modificándose imperceptiblemente, la adaptación ha quedado en defecto por uno o muchos puntos, y el malestar es consiguiente. Las ideas de reforma comienzan a abrirse paso, y cuando han llegado a apoderarse de las inteligencias de una minoría apasionada y activa, porque toda revolución es obra de una minoría, no tardan en tomar cuerpo y realizarse por medios pacíficos o violentos”. Entonces se “ve a la vieja sociedad despojarse de su antigua forma y tomar otra más flamante: se ha verificado una revolución”. La revolución queda así justificada como una solución para resolver los problemas cubanos.

Sin embargo, como buen realista, Varona sabe que nunca una revolución es suficiente para transformar a la sociedad. Después de realizada ésta, es menester iniciar una segunda tarea: la adaptación de la sociedad a las nuevas formas. La revolución no modifica plenamente a la sociedad, sólo trae al primer plano un conjunto de ideas conforme a las cuales habrá de ser modificada. Estas ideas, mediante la revolución, son puestas “en condiciones de influir más directamente y más constantemente sobre la masa de los asociados. La generalidad de éstos no se ha modificado en nada”. Es entonces cuando da comienzo una sorda pugna entre lo nuevo y lo antiguo. Allí estaba, nuevamente, el resto de Hispanoamérica embarcada en esa lucha. El triunfo, en esta lucha, de una o de otra fuerza, sigue diciendo Varona, es aparente, “porque a veces se cree que ha triunfado lo antiguo con el nombre de reacción, y en realidad lo que ha triunfado es un compromiso de ideas y prácticas y en que con la forma antigua van mezclados no pocos elementos de lo nuevo; y otras se cree que las revoluciones lo han sumergido todo, cuando no han hecho sino vaciar en nuevos moldes muchas ideas y sentimientos de lo viejo”. Lo que en realidad se ha logrado es avanzar algunos pasos y algo tan importante “como facilitar las nuevas adaptaciones que ya eran necesarias”. La revolución no es así una radical ruptura con el pasado, sino una forma de facilitar la adaptación de éste al futuro. Esto es la evolución, así se obtiene el auténtico progreso. “¿Cómo no recordar —dice Varona— las revoluciones de la América Latina, que parecen derrocarlo todo y, pasadas las primeras y grandes conmociones, poco a poco van dejando al descubierto el mismo antiguo régimen con nombres nuevos?”. El ritmo natural de la evolución no queda roto; simplemente la revolución es una de sus formas de expresión. Cuba, puede deducirse de estas ideas, como lo habrán deducido los patriotas cubanos, debe lanzarse a la lucha revolucionaria. El equilibrio ha quedado roto, la adaptación es ya defectuosa, el malestar es ya insoportable. Hecha la revolución, el país volverá al equilibrio que le corresponda dentro de la evolución. La naturaleza misma de las cosas proclama esta necesidad. No es menester seguir aguardando. La revolución es una forma natural de la evolución de la sociedad cubana.

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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