Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

segunda parte

II

ORTODOXOS Y HETERODOXOS

 

EL POSITIVISMO EN LA VIDA INTELECTUAL CHILENA

El positivismo había sido reconocido por Lastarria en 1868; el paralelismo de éste con sus ideas le había sorprendido originando su adhesión al mismo. En adelante, el positivismo se mezclará en la vida intelectual de la República Chilena. Se aceptará total o parcialmente, o simplemente se le negará, pero en todo caso estará presente provocando comentarios y discusiones. En torno a estos comentarios y discusiones se irá formando una nueva generación que pondrá en práctica varios de los principios de esta filosofía. Un grupo se inclinará por la aceptación total de la filosofía comtiana. Éste es el grupo de los ortodoxos, representados por los hermanos Lagarrigue: Jorge (1854-1894), Juan Enrique (1852-1927) y Luis (1864-1956). Otro seguirá la línea del maestro Lastarria, aceptando del comtismo sólo aquellos aspectos que no lesionan el ideal liberal. Este grupo encarnará brillantemente en Valentín Letelier (1852-1919).

Una de las instituciones culturales, dentro de la cual el positivismo va a ser objeto de difusión a través de exposiciones y críticas, será la Academia de Bellas Letras fundada por Victorino Lastarria en 1873. Los fines de esta academia se expresaban claramente en la primera de sus bases: “La Academia de Bellas Letras —dice— tiene por objeto el cultivo del arte literario, como expresión de la verdad filosófica, adoptando como regla de composición y de crítica, en las obras científicas, su conformidad con los hechos demostrados de un modo positivo por la ciencia y, en las sociológicas y obras de bella literatura, su conformidad con las leyes del desarrollo de la naturaleza humana” (Lastarria 1885). En esta academia, Lastarria había logrado agrupar a viejos luchadores liberales que, por diversas causas, se habían ido separando y tomando diversos rumbos. Entre los firmantes de los estatutos se encontraban los nombres de Diego Barros Arana, Miguel Luis Amunátegui, Benjamín Vicuña Mackenna y otros. En el discurso inaugural, pronunciado por Lastarria el 26 de abril, decía: “Hemos venido aquí de distintos rumbos, olvidando las causas que nos mantenían dispersos, que nos empujaban lejos, muy lejos de la senda que, en mejores días, habíamos abierto todos juntos” (Lastarria 1885). La causa que había hecho olvidar viejas rencillas lo era el ultramontanismo triunfante en esta época en la política chilena y en la educación. El ideal de la emancipación mental de esta generación se encontraba en gran peligro. La reacción se hizo patente en la fundación de la Academia de Bellas Letras. Esta academia no era sino la continuación de la obra a que se había entregado la generación de Lastarria desde 1842. Era la continuación de la lucha por la independencia de espíritu que el pensador chileno hace patente cuando dice: “El estudio de las ciencias y de las letras en pueblos democráticos, como los americanos, no puede absolutamente tener otra base que la independencia del espíritu para investigar la verdad, independencia que constituye uno de los más preciados derechos del hombre, de esos derechos o libertades que forman la esencia y subsistencia de la democracia, porque, sin afirmarlos ni practicarlos, ella no puede existir en ningún pueblo” (Lastarria 1885).

Un año más tarde, el 12 de abril de 1874, al celebrar el primer aniversario de la academia, Lastarria recordaba las razones por las cuales ésta fue fundada. “Un movimiento extraño —dice en su libro— se operaba a principios de 1873, inclinando la atención de todos hacia la instrucción pública. Se la creía en peligro de ser dominada por intereses y aun por caprichos políticos, los cuales tendían a empeorar la situación, convirtiendo en desastrosa esclavitud la dependencia legal en que hoy vive”. Pero, agrega, este movimiento no parecía llevar a ninguna parte, no por incapacidad, sino por “falta de desprendimiento y hábitos de libertad individual, y, más que por eso, por la arraigada costumbre de abandonar a los poderes dominantes la dirección de la actividad social aun en aquellos negocios que, por su naturaleza, sólo pueden ser regidos por esta actividad”. Fue entonces cuando un grupo de hombres se preguntó “si no sería posible organizar siquiera un centro modesto en que las ciencias y las letras pudieran hallar la independencia que, en las altas regiones de la inteligencia, garantiza el libre desarrollo de sus principios y doctrinas y los pone a cubierto de los intereses de secta y de las veleidades políticas. Un gran número de hombres de letras vino al instante a probar que ello era posible, con su adhesión voluntaria y desinteresada a las bases de la nueva institución” (Lastarria 1885). Pero en 1881 el mismo Lastarria “echaría llave” a la academia, que se había ido disolviendo poco a poco. Sin embargo, bastaron esos ocho años para que la academia pusiese su sello a la vida cultural chilena.

En la Academia de Bellas Letras una multitud de jóvenes encontró respuesta y estímulo a muchas de sus inquietudes. Lastarria habla con orgullo del interés que la juventud de esta época mostró por las labores de la academia, acudiendo a ella y colaborando en su tarea cultural. Valentín Letelier y los hermanos Jorge y Juan Enrique Lagarrigue pertenecen a este grupo de jóvenes que reciben con entusiasmo las actividades de la academia y colaboran en ellas. El 13 de noviembre de 1875, un orador cubano de apellido Zambrana hace en la academia una serie de críticas a la filosofía positiva. El día 20 del mismo mes, Jorge Lagarrigue da una conferencia en la misma academia, en la que refuta brillantemente al orador cubano. El mismo Lastarria recuerda este evento cultural diciendo: “El ataque a la filosofía trajo a nuestra tribuna algunas de las objeciones con que la escuela experimental ha discutido ciertas conclusiones del gran filósofo francés [Comte], sin desconocer ni rechazar las bases y el criterio de la filosofía positiva; y trató además de derramar sombras sobre ésta con las maliciosas recriminaciones que le han dirigido los metafísicos y los teólogos, faltando así a una de las primeras condiciones de la tolerancia, que consiste en respetar y no violentar las opiniones ajenas, empleando contra ellas, cuando son erróneas, los medios de la persuasión solamente, los que jamás producirán efecto si se revisten de violencia o se adornan con la burla de que huye la verdad. Pero los sustentantes de la filosofía que guía nuestros estudios rechazaron y explicaron aquellos ataques, demostrando la ventaja del método científico o positivo que puede aplicarse al examen de todos los fenómenos materiales y morales, sin peligro de caer en los dos escollos necesarios de la metafísica, que son el materialismo y el idealismo” (Lastarria 1885). Unos meses antes, el 18 de julio, Jorge Lagarrigue había leído en la misma academia un artículo sobre la filosofía positiva. “Lastarria y muchos otros miembros de la academia —recuerda Lagarrigue— me dieron la mano al bajarme de la tribuna”. Eduardo de la Barra, secretario de la academia, “me dijo que cuando yo quisiera podía hacerme miembro de la academia; pero yo le respondí que estaba demasiado joven para eso” (Lagarrigue 1944). Este mismo año Valentín Letelier ofrece también una conferencia en la misma institución cultural. Es también en la Academia de Bellas Letras donde se origina la obra de Victorino Lastarria, Lecciones de política positiva, que son ofrecidas como un curso y publicadas en 1874.

Paralelamente con la academia se reunía un grupo de jóvenes encabezados por el citado Jorge Lagarrigue en un círculo llamado Sociedad de la Ilustración, fundada en 1872 por Arnoldo Montt, el cual muere dos años después, dejando la dirección a Lagarrigue. En esta sociedad, por influencia de Lagarrigue, se leen y comentan las obras de los positivistas, especialmente a Comte y Littré. El joven positivista chileno relata en una carta dirigida a un amigo, y conservada en su Diario, las relaciones entre la filosofía positiva y la Sociedad de la Ilustración. “En la primera mitad del año 72 —dice— perdía yo completamente la fe religiosa. La lectura de algunas obras, la ciencia, las continuas discusiones que sostenía con muchos creyentes y mis propias y largas meditaciones me convencieron de la falsedad de la revelación divina. Pero, en cambio de la fe, ¿qué me quedaba? Nada: sino un puro escepticismo. Mi espíritu buscaba algo más. Entonces fue cuando surgió el pensamiento de fundar una sociedad. Varios jóvenes que habían perdido la fe religiosa se proponían fundar esta sociedad, buscar un medio para llegar a la verdad, a que siempre aspira la inteligencia humana”. Sin embargo, pasan dos años y la sociedad progresa pero el escepticismo no termina. “No sabía —agrega— por qué causa trabajar, a dónde dirigir mis continuos esfuerzos. Por fin, a principios del año 74, se me presenta la doctrina positiva; la estudio y la medito, y ella ilumina mi espíritu, me alienta al trabajo y me da una plena confianza en el porvenir. Por ella me dedico ahora todo entero a trabajar en nuestra sociedad; ya tengo un fin en mi vida: contribuir en algo al progreso de nuestra patria y de la humanidad entera. Los medios para ello serán la difusión de los conocimientos positivos”. Ahora bien, agrega, una sociedad no será fuerte ni tendrá larga vida si carece de alguna doctrina, de algún grupo de principios reconocidos por todos los socios. “Es, pues, necesario, si queremos tener una larga vida, que lleguemos a sentar algunos principios fundamentales, sin cuya admisión no se pueda ser miembro de nuestra sociedad. Creo —concluye— que esos cimientos no pueden ser otros que los principios de la filosofía de la humanidad” (Lagarrigue 1944).

Y en un discurso pronunciado por Jorge Lagarrigue el 31 de marzo en la Sociedad de la Ilustración, decía: “El sentimiento de la humanidad se apodera cada vez con más fuerza de todos aquellos espíritus que se preocupan de la suerte y del destino de la civilización. Este mismo sentimiento es el que aquí nos reúne [...] todos tenemos una misma fe: la fe en el progreso de la humanidad. Todos nos hemos impuesto, como el más imperioso de los deberes, el contribuir a la grandiosa obra de la civilización. Y como hemos comprendido que las ciencias son los poderosos motores que llevan a los pueblos por la senda del progreso, nuestro primer deber es cultivarla con ardoroso empeño, para esparcir, en seguida, su bienhechora semilla entre nuestros queridos compatriotas. Ilustrar nuestro espíritu con la luz de la verdad y difundirla entre el pueblo, en seguida: he aquí nuestro doble y sagrado deber. Obreros del progreso, no debemos desmayar jamás en nuestros trabajos, penosos si se quiere, pero fecundos siempre en brillantes resultados. La Sociedad de la Ilustración nos presenta un vasto campo en que ejercitar nuestra actividad, y un altar en que tributar un culto bienhechor a nuestro verdadero dios, la humanidad” (Lagarrigue 1944). Estas palabras anticipaban lo que más tarde habría de ser el positivismo ortodoxo de Chile.

Pero también asistía a esta sociedad otro de los jóvenes de quien ya hemos hablado, Valentín Letelier (1852-1919). Aquí encontró también la doctrina que necesitaba para orientar su acción. Pero, al igual que el viejo maestro Lastarria, rechazará la teología comtiana, la religión de la humanidad, los fundamentos despóticos de la política positiva y todo lo que representase una negación del espíritu liberal del cual se sentirá heredero. Mientras Lagarrigue termina rechazando a Littré, que es opuesto al Comte religioso, Letelier no aceptará del comtismo sino lo que Littré consideraba como positivo. Con Valentín Letelier se haría patente el positivismo heterodoxo de Chile. La historia de la República Chilena pronto habrá de dar oportunidad para que se expresasen las dos tesis frente a un mismo problema nacional. La ortodoxia y la heterodoxia darán sus respectivos fallos, sus respectivos puntos de vista.

 

LOS ORTODOXOS CHILENOS

El 3 de enero de 1875, Jorge Lagarrigue escribía en su Diario: “He estado escribiendo la primera página de la traducción que pienso hacer de dos lecciones del Curso de filosofía positiva de Augusto Comte, precedidas de un prefacio de Emilio Littré [...] Hago este trabajo porque creo un deber de mi parte propagar esa filosofía que ha alumbrado mi espíritu y porque creo que el positivismo es el punto final hacia el cual marchan las sociedades en sus constantes progresos. Las ciencias, llegadas casi todas ellas a un estado realmente positivo, preparan el camino”. En esta forma el joven filósofo chileno orientaba sus futuras meditaciones y actos. Había perdido la fe en la religión católica; pero iba pronto a encontrar la fe en otra religión. El 1º de mayo de 1874 había escrito en el mismo Diario con gran júbilo: “Ayer ha sido uno de los días más grandes de mi vida. Recibí de Europa dos grandes obras: la Filosofía positiva de Augusto Comte y la Historia de las civilizaciones en Inglaterra por Tomás Buckle”.

El viejo maestro Lastarria no era ajeno a esta orientación. “Hace pocos meses —dice Lagarrigue— se publicó un libro titulado Lecciones de política positiva por el señor José Victorino Lastarria. Era la primera parte, en que trata la cuestión social como preliminar de la cuestión política, que ocupará la segunda parte. Pues bien, el señor Lastarria se vio obligado a suspender estas lecciones de política positiva que daba en la Academia de Bellas Letras, porque casi nadie iba a escucharlo; y su libro, hasta el momento en que escribo, no ha merecido todavía los honores de una crítica. Ha aparecido en nuestro horizonte intelectual sin que se haya producido el más ligero ruido, la más pequeña sensación. Una indiferencia glacial ha acompañado su aparición”. Contra esta indiferencia se alzará Jorge Lagarrigue. Indiferencia que considera contraria a la verdad. “Yo quiero servir a mi país —dice— combatiendo el error, esparciendo y defendiendo la verdad. Creo hacer esto, propagando las grandes doctrinas de la filosofía positiva”. El día que Lagarrigue refuta las apreciaciones del cubano Zambrana contra la filosofía positiva, el mayor honor y estímulo que recibe es la felicitación y visita de Lastarria. “El señor Lastarria —dice— me ha anunciado una visita para mañana, pues quiere felicitarme, personalmente [...] ¡Mañana voy a tener a mi lado, en mi casa, al primer pensador de mi patria, por quien tengo tanto respeto y admiración! Mi contento y mi emoción son indescriptibles. ¡Cuánto quisiera que el anciano Littré pudiera contemplar por un momento todo lo que está pasando en nuestro apartado país! ¡Cuánto placer y contento no experimentaría!”. En adelante el joven pensador se entregará con todo entusiasmo a leer y releer las obras de Comte, las de Littré y las de todos los grandes positivistas. “El domingo 30 de enero [1876] –escribe— recibí una recompensa superior a todos mis méritos. Recibí una carta de M. Littré, mi gran maestro”. Por fin, el 29 de marzo de 1876 Jorge Lagarrigue, una vez convencidos sus padres, sale para Europa, hacia París, cuna del positivismo. El 26 de mayo tiene la primera entrevista con Littré: “He visto, he hablado a uno de los maestros más notables del siglo xix, al que ha sido mi verdadero maestro, mi segundo padre”. También conoce a Pierre Laffite que, a diferencia de Littré, se adhiere a la religión de la humanidad de Comte. Por sugerencia de éste lee la Política positiva del filósofo francés. Lagarrigue se sentirá cada vez más atraído por este aspecto de la filosofía positiva. “Debo confesarlo —dice—: una gran lucha se ha establecido en mi espíritu; así que es de todo punto indispensable que estudie el Sistema de política positiva. Siempre he estado muy inclinado a la religión de la humanidad”. Poco a poco esta idea va venciendo diversos escrúpulos. “Aunque acepto la idea religiosa de Augusto Comte —dice—, estoy todavía lejos de aceptar el régimen religioso que él propone y menos aún su sistema político, que parece ir contra las tendencias modernas”. Los cursos de Laffite aumentarán la presión que habrá de orientar al joven positivista chileno. El 17 de marzo de 1877 escribe: “Cada día me voy inclinando más del lado de la religión positiva”.

Juan Enrique Lagarrigue, desde Chile, empieza a preguntarse la causa del silencio de su hermano respecto a Littré. “Enrique me pregunta si mi silencio respecto a M. Littré proviene de que me he hecho positivista”. En efecto, el 27 de julio de 1877 escribe: “Ahora que he comenzado a estudiar la religión positiva, me siento inclinado hacia ella, y mi antiguo maestro va perdiendo, para mí, algo de su importancia filosófica. M. Littré, como filósofo, me parece pequeño delante de la gigantesca figura de Augusto Comte [...] Todavía no la he abrazado (la religión de la humanidad), pero me parece que el curso de mis ideas me conduce hacia ella: ya no me asusta la palabra religión”. Y más tarde ha escrito a su hermano Enrique lo siguiente: “Cuando se sale del catolicismo y se entra en el período revolucionario o negativista, se tiene un profundo alejamiento por todo lo que lleva el nombre de religión, culto, sacerdocio [...] se comprenderá cómo he estado detenido en la última página del Curso de filosofía positiva”. Pero pronto entrará a la comparación entre la escuela de Littré y la de Laffite. “La primera, limitándose a la parte intelectual de la doctrina de Comte, es incapaz de producir una verdadera unión ni la menor organización entre sus adeptos. En la segunda, que tiene un sacerdocio, un jefe reconocido, Mr. Laffite, hay la más perfecta unión y concordia entre sus partidarios. Si la doctrina de Augusto Comte, como yo creo, va a desempeñar en el futuro el mismo rol social que han desempeñado las creencias religiosas en el pasado, sus progresos y su acción serán debidos principalmente a la escuela completa de Augusto Comte, y sus partidarios serán los verdaderos representantes del positivismo”. Lagarrigue se opone ya a la tesis de Littré, según la cual la Política positiva de Augusto Comte es ajena a su sistema, fuera de la unidad de su filosofía. Lagarrigue sostiene la unidad de la obra comtiana. En el Curso de filosofía positiva, dice, están ya los gérmenes de su religión de la humanidad. En cuanto al culto, lo considera una necesidad, a la que sólo el temor al ridículo puede poner trabas.

En París conoce también a varios positivistas hispanoamericanos y brasileños. Así nos relata en su Diario su encuentro con Gabino Barreda, que ha regresado a Europa después de realizar la reforma educativa en México. Desde luego se da cuenta de que el positivismo de Barreda es sólo intelectual. “Había estado a verlo [a Laffite] —dice Lagarrigue— un mexicano, Barreda, que conoció el positivismo por su compatriota Contreras, discípulo directo de Comte. Pero parece que su positivismo es sólo intelectual”.[1] Importante para el desarrollo de la obra de Lagarrigue en el positivismo será la amistad que traba con el brasileño Miguel Lemos. “Ayer conocí a Lemos, del Brasil. Ya acepta la religión de la humanidad; y sólo le quedan algunas dudas sobre ciertos puntos del positivismo”. Poco tiempo después conocerá a otro de los futuros apóstoles de la humanidad en Brasil, Teixeira Mendes. Juntos, el chileno y los brasileños, irán aceptando la parte religiosa de la filosofía de Comte hasta convertirse en los más puros ortodoxos de su doctrina. Teixeira Mendes primero y después Miguel Lemos, regresan al Brasil en 1881, donde inician su apostolado en pro de la religión de la humanidad. Lemos, con autorización de Laffite, establece en Río de Janeiro el Apostolado Positivista de Brasil y la primera iglesia. Jorge Lagarrigue, a su breve regreso a Chile, en 1883, funda también el Apostolado Positivista de Chile.

La ortodoxia de los iberoamericanos iba a chocar pronto con el reconocido jefe de la Iglesia comtiana, Pierre Laffite. El heredero del filósofo francés, que los había iniciado en la religión de la humanidad, se les va a presentar como un sofista y oportunista infiel a la doctrina del maestro. El primer choque lo tienen en París en 1881. Este año el gobierno francés envía una expedición a Túnez para afianzar su imperio colonial. La Sociedad Positiva de Francia y la de Inglaterra piden que se haga una protesta en nombre de la humanidad. Recuerdan la oposición de Comte a toda política colonial y cómo en 1854 había pedido la restitución de Gibraltar a España. Lagarrigue cuenta en su Diario: “El miércoles [13 de junio de 1881] continuó la discusión sobre la cuestión de Túnez. M. Laporte y M. Dubuisson quieren enérgicamente que se proteste contra la violación de la moral y en nombre de la política. M. Laffite, por falta de energía y por contemporizar demasiado con los gobernantes, se opone a semejante manifestación”. Otro motivo lo dará un acto disciplinario de Miguel Lemos en Brasil. Éste expulsa del seno de la Iglesia brasileña a uno de sus miembros, Joaquín Ribeiro de Mendoça, que posee esclavos y se obstina en mantener cargos políticos de responsabilidad. Comte había establecido que los positivistas no podían tener siervos, ni tampoco puestos políticos de responsabilidad, mientras no se estableciese el régimen pacífico industrial, una sociocracia. Lemos inútilmente apela a la autoridad de Laffite para hacer entrar al orden al disidente brasileño, hasta que, actuando por propia cuenta, lo expulsa. Laffite le pide sea prudente y no tome tan al pie de la letra lo dicho por Comte y sí distinga lo que hay de inmutable en su doctrina y lo circunstancial. Lagarrigue se refiere también a este asunto cuando escribe: “El domingo en la noche [1º de marzo de 1882], después de salir de casa de Robinet, volví a conversar de este asunto a M. Laffite. Me alabó mucho a Lemos, pero se resiste a censurar directamente a O. Y como yo le hiciera ver que este positivista había desconocido su propia autoridad al desconocer la de Lemos, consagrado por él, me dijo que aquí mismo suscribían muchos que no reconocían casi absolutamente su autoridad. Y agregó que si los rechazaba tendría él mismo que retirarse de la dirección positivista”. Esta actitud del jefe de la Iglesia positivista pronto habría de cambiar abiertamente la de sus discípulos de la América. “Al oír esto —agrega Lagarrigue—, no tenía yo nada que contestar. No teniendo M. Laffite autoridad propia sacerdotal, menos podría apoyar la de otro. Esto no viene sino a confirmarnos que el positivismo carece de verdadero jefe universal, y que el segundo gran sacerdote de la humanidad no ha surgido todavía. Es triste constatarlo, pero es la verdad”. Y hubo algo más. En febrero de 1883, Lagarrigue escribía a Lemos que Laffite estaba dispuesto a aceptar un puesto que le había ofrecido el primer ministro de Francia, Gambetta: un curso de sociología en la Escuela Politécnica. Lemos contestó: “El día en que M. Laffite lleve su defección hasta el punto de llegar a ser un simple profesor oficial, ese día rompemos con él sin vacilación”. El 9 de septiembre de 1883 se realizó el cisma. Miguel Lemos rompe con Laffite. En febrero de 1884, Jorge Lagarrigue sigue sus pasos. Los centros positivistas europeos siguen fieles a Laffite. El grupo occidental, como se llama al de los americanos, se separa. La ortodoxia comtiana se traslada a la América.[2]

Desde 1884 hasta 1894, año de su muerte, Jorge Lagarrigue permanece en París haciendo propaganda positivista y defendiendo lo que considera la ortodoxia de su maestro Augusto Comte. Pero en Chile ha dejado un propagandista de la escuela, un apóstol, su hermano mayor, Juan Enrique. Ambos se han iniciado en la filosofía positiva, pero éste se mostrará más reacio a aceptar el aspecto religioso de la escuela. Desde París, Jorge Lagarrigue escribe cartas y cartas para atraer a su hermano al seno de la Iglesia comtiana.[3] “En el fondo creo como tú que no hay otro camino. Eso sí, que para que se organice de un modo formal la religión esa, tendrán que haber desaparecido antes todas las religiones reveladas”. Pero Juan Enrique no parece decidirse por este camino. “En su última carta —escribe Jorge—, Enrique no se manifiesta aún decidido a aceptar el positivismo religioso. ¡Cuánto cuesta hacer una conversión! Enrique siempre contrario al positivismo religioso, y yo siempre procurando convertirlo. Enrique cada vez en oposición con las ideas religiosas de Comte. Casi desespero convertirlo mientras yo esté en París”. “Tú persistes en rechazar las ideas positivas —le escribe—; nada puedo decirte a ese respecto, sino mi sentimiento al ver que desconoces la grandeza y la verdad de la nueva doctrina. Pero cuando tú me dices que tu manera de ver la solución del problema humano es vaga aún y agregas sin embargo: ‘Déjame ser un escritor que exponga sus ideas con cierta tranquilidad de espíritu’, no puedo menos de hablarte con toda franqueza y señalarte los graves deberes que incumben ahora al pensador. En este momento de grave anarquía mental y moral es falta imperdonable venir a exponer nuevas ideas cuando no se está suficientemente preparado para los difíciles estudios de la sociología y de la moral. Yo te lo digo, Enrique, tú no podrás nunca resolver un problema social ni debes pretender hacerlo. No que no tengas facultades mentales para eso, sino que no las has fortificado en el estudio de las ciencias positivas. No teniendo éstas, ¿cómo quieres descubrir leyes en sociología, en donde las ciencias positivas han desempeñado un rol tan importante?”.

Sin embargo, todo parece inútil. Jorge Lagarrigue casi desespera de poder convencer a su hermano, al menos mientras no tenga oportunidad de verlo personalmente. “Enrique —escribe Jorge— siempre refractario a nuestras ideas. No espero ya modificarlo sino cuando vuelva yo a la patria querida. El orgullo y la vanidad intelectuales están demasiado metidos de por medio para que pueda comprender la religión de la humanidad; tan cierto es que una cierta subordinación es la primera condición de todo progreso intelectual”. Y en otro lugar de su Diario dice: “A Enrique le escribí unas cuantas páginas sobre la división de los dos poderes, que él no quiere para nada admitir, y éste es el fundamento mismo del positivismo. ¡Cuánto poder tienen las preocupaciones y el orgullo revolucionarios!”. Pero, al fin, el 13 de diciembre de 1830, Juan Enrique llega de sorpresa a París a pasar unos meses con su hermano. Esto es suficiente. Jorge empieza a escribir en su Diario: “Enrique, que ha leído ya los dos primeros volúmenes de la Política positiva, va reconociendo la superioridad inmensa de Augusto Comte. Ya Littré cayó de su opinión. Enrique cada vez más positivista. Está leyendo la Síntesis subjetiva y estudiando matemática. Ayer escribimos a casa, Enrique le escribió a Luis Espejo. Le cuenta cómo todas sus prevenciones contra la religión de la humanidad han desaparecido y le declara que Comte es el más grande genio que ha producido la humanidad”. Juan Enrique Lagarrigue regresa a Chile el 1º de marzo de 1882. Se ha transformado en un apóstol de la humanidad. La ortodoxia positivista en Chile encarnará en su persona.

 

EL APÓSTOL DE LA HUMANIDAD

Juan Enrique Lagarrigue se entrega así a la difícil tarea de convertir a los hombres a la religión de la humanidad. No sólo se entrega a la prédica entre sus compatriotas. Como buen apóstol de la humanidad, su labor no reconoce fronteras. Sus cartas inundan la América y Europa. Van dirigidas a toda persona que por su labor o por su poder ha servido o puede servir a la causa de la felicidad humana. Se entabla un diálogo epistolar entre Lagarrigue y el escritor español Juan Valera. Inútilmente trata el primero de convertir al segundo. La condesa Pardo Bazán recibe iguales epístolas con el mismo fin. Teodoro Roosevelt, el kaiser Guillermo II, Clemenceau, los reyes de Inglaterra y primeros ministros, Ghandi, Léon Tolstoi y otras muchas grandes figuras, reciben sus invitaciones, consejos o protestas. Sus intervenciones en pro de la paz son múltiples; no hay atentado internacional que no reciba la protesta de este apóstol, ni reuniones pro paz que no reciban sus sugerencias. En 1893 escribe a Guillermo II: “Permitidme que os ruegue respetuosamente, en nombre de la humanidad, que devolváis a la Francia la Alsacia y la Lorena. Este acto será decisivo para cimentar la paz universal”. Y al presidente MacKinley de los Estados Unidos, después de la guerra con España por el asunto de Cuba y Filipinas, le escribe: “Desgraciadamente, los Estados Unidos se han dejado llevar hasta perjudicar al género humano. Este deplorable extravío no dejará de haber influido en los tristes asuntos de África del Sur y de la China. Cuanto más puros son los antecedentes de una nación, más consecuencias tienen sus malos ejemplos. Después de la guerra con España, ha quedado ensombrecida la digna tradición colonial del venerable Penn, confirmada en la independencia de los Estados Unidos por el inmortal triunvirato de Washington, Jefferson y Franklin”. Pero no sólo protesta en el exterior; también lo hace en su patria contra el despojo que se ha hecho al Perú de las provincias de Tacna y Arica después de la guerra entre éste y Chile en 1883 y a favor de que se le dé a Bolivia una salida al mar, que la ha perdido en la misma guerra. “Si Chile quiere seguir la senda del progreso efectivo —escribe Lagarrigue—, que encierra felicidad y gloria, es indispensable que devuelva Tacna y Arica al Perú, y que lo haga en forma espontánea [...] Sepan persuadirse, mis conciudadanos, de que la verdadera grandeza nacional sólo puede alcanzarse en compañía de la virtud más alta. Si Chile se decide a entregar lo que moralmente no le pertenece, se sentirá purificado hasta lo íntimo de su ser, y con una energía incontrastable para elevarse a sus más gloriosos destinos” (Lagarrigue 1909).

Múltiples serán los folletos y circulares que, firmados por Juan Enrique Lagarrigue, se repartirán entre todas aquellas personas que en alguna forma pueden ser atraídas por esta religión adoptada por los ortodoxos de Chile. En ellos se muestra la forma como este hispanoamericano se acerca a muchos de los problemas que su circunstancia le va deparando. A diferencia de los positivistas mexicanos, el chileno se acerca a problemas sociales de su época, como el del socialismo, y lo juzga con simpatía y comprensión. Siempre sabrá encontrar en Comte la justificación de sus juicios. Respecto de un proyecto de ley contra las huelgas presentado por el gobierno de Chile, Lagarrigue escribe condenándolo. En ese proyecto se establece como pena contra las huelgas el presidio o la multa que va de los 100 a los 1 000 pesos. “Tal proyecto —dice Lagarrigue— no parece emanado del gobierno de una república. Se desconoce en él categóricamente la libertad incontestable que tienen los proletarios de constituirse en huelga a fin de obtener un aumento de salarios [...] Esto es inaudito y convierte de golpe a los proletarios en siervos” (Lagarrigue 1892). Y agrega: “Cuando se establezca el régimen normal [...] el sacerdocio de la humanidad será el mediador natural en los conflictos entre el proletariado y el patriciado. Mientras tanto, las huelgas son las únicas defensas con que cuentan los proletarios y de ninguna manera deben arrebatárseles” (Lagarrigue 1892). Y en otro lugar se refiere concretamente al socialismo como uno de los fines del positivismo, aunque contrario a la comunidad de bienes. Dice: “Entre las muchas dificultades que viene a remediar el positivismo se halla la del socialismo. El origen de éste, en la aspiración del proletariado a mejorar su triste condición, no puede ser más legítimo” (Lagarrigue 1884). Pero, agrega, lo que es erróneo es la solución, la de la comunidad de bienes. “El positivismo desecha todo examen sobre la adquisición primera de los capitales, que sólo conduciría a perturbar el orden social, y se concreta a exigir su buen empleo”. No importa el origen; lo que importa ya es el empleo que se dé a estos bienes. El positivismo “conserva la separación entre los empresarios y los obreros; pero mira a los primeros como simples administradores del capital humano, moralmente responsables de su gerencia” (Lagarrigue 1884).

Los ricos no son así dueños de sus bienes; simplemente guardianes de bienes que pertenecen a la humanidad. Ésta deberá pedir cuentas del uso que de ellos se haga. No hay división de clases; simplemente división de oficios. El dinero, que en México es visto como signo de superioridad, inclusive moral,[4] es visto por Lagarrigue como un instrumento que puede ser puesto al servicio de la cordialidad entre los hombres. El principio de esta cordialidad es el altruismo. “La funesta anarquía que ahora lo ha invadido todo —dice— y que amenaza con disolver los hogares y patrias y convertir al mundo en un campo horrible de sangrienta discordia, se irá disipando al soplo sagrado de la doctrina altruista, y nuestra doctrina altruista y nuestra existencia revestirá en la tierra las más bellas condiciones de virtud, de armonía y felicidad. Unidos blancos, amarillos y negros, proletarios y patricios, colaborarán religiosamente en la grande obra del progreso humano, y nuestro planeta se convertirá, cada vez más, en santa mansión de paz gloriosa” (Lagarrigue 1908). Siguiendo a Comte sostiene un conservadurismo que representa la asimilación del pasado, sin ruptura. El pasado debe ser la base de todo progreso futuro. “Hoy se dice que hay que hacerlo todo de nuevo, sin que nada quede en pie de lo que han dejado nuestros predecesores”. Ahora bien, agrega, “bajo el punto de vista sociológico, semejante propósito equivale a querer edificar sin cimiento. En efecto, tanto en el organismo social como en el organismo individual no existe verdadero perfeccionamiento sin evolución, y un porvenir que no radique en el pasado, por desarrollo progresivo, es una vana ilusión, capaz sólo de inutilizar esfuerzos y de producir desórdenes que aparten de la senda filosófica del bienestar universal”. Lagarrigue imagina un nuevo tipo de caballero al que llama del porvenir, el cual ha de estar encargado de hacer justicia entre los humildes, desplegando la bondad en favor de los que sufren. Reconoce la imperfección del presente orden social, imperfección que requiere la intervención de hombres generosos que, con nuevas armas, armas modernas como la riqueza, realicen las reformas necesarias. “Éstos —dice— serán los caballeros del régimen normal que, a diferencia de los de la Edad Media, que tenían que recurrir a la espada, sólo apelarán a la riqueza para proteger a los débiles, puesto que la guerra habrá de ser definitivamente reemplazada por la paz” (Lagarrigue 1908).

 

LA HETERODOXIA CHILENA

En el famoso discurso de inauguración de la Academia de Bellas Letras, Victorino Lastarria realizaba en la divisa de Augusto Comte, orden y progreso, una alteración: “Que nuestra asociación —decía— tiene el propósito de satisfacer una necesidad social, es incuestionable. Demasiado bien lo prueba la circunstancia de haber aceptado todos nosotros, sin trepidación y con franqueza, la primera base de nuestra institución, que, al darle por objeto el cultivo del arte literario, adopta como regla de composición y de crítica, en las obras científicas, su conformidad con los hechos demostrados de un modo positivo por la ciencia, y en las sociológicas y obras de bella literatura, su conformidad con las leyes de la naturaleza humana, que son libertad y progreso” (Lastarria 1885). Pocos años antes, en México, otro positivista, Gabino Barreda, había realizado una operación semejante sustituyendo amor, orden y progreso por libertad, orden y progreso.[5] El segundo justificaba en esta forma sus relaciones con el Partido Liberal Mexicano, que se encontraba en el poder después de la derrota de los conservadores; en cuanto al primero, Lastarria, justificaba en esta forma el ideal por él siempre perseguido, su liberalismo. En esta alteración a la divisa positivista de Comte se encerraba su discrepancia con el positivismo. Comte establece el progreso, pero dentro del orden; Lastarria el progreso, pero dentro de la libertad. Comte es un nuevo conservador, Lastarria un liberal cien por cien. El positivismo liberal del maestro chileno habrá de ser heredado por Valentín Letelier.

En la Academia de Bellas Letras y en la Sociedad de la Ilustración aprende Letelier su positivismo. Él pertenece también a ese grupo de jóvenes de que nos hablaba Jorge Lagarrigue en su Diario. En éste se recuerda varias veces al amigo Valentín Letelier y su interés por saber de la filosofía positiva. En 1875 escribía Lagarrigue: “[...] el lunes de la semana pasada, recibí de Copiapó una carta de Valentín Letelier, que ha sido nombrado profesor de literatura y filosofía del Liceo de aquella ciudad. Se muestra anheloso por estudiar la filosofía positiva”. En Francia, Lagarrigue se cartea con Letelier tratando de atraerlo hacia la religión de la humanidad. Recibí carta de Letelier, cuenta Lagarrigue; “es contestación a la que yo le dirigí. Me expresa que tendrá placer en mantener correspondencia conmigo. Por el contenido de la carta parece un espíritu muy bien dispuesto para abrazar más tarde el positivismo religioso. Confiesa que es menester leer las últimas obras de Comte antes de condenarlas. Está muy empeñado en construir la moral positiva; ignora que Comte echó las bases”.

Sin embargo, el liberalismo de Letelier se arraiga fuertemente. La religión de la humanidad no logra convencerle. Inútilmente trata Jorge Lagarrigue de catequizarlo; todos sus esfuerzos se estrellan. Si a su hermano Juan Enrique logra, como se ha visto, convencerlo para que abrace la religión positivista el día que éste va de visita a París, con Letelier se estrellarán nuevamente sus esfuerzos al encontrarse con él en la capital francesa en 1882. Cuenta Lagarrigue: “Ayer en la noche estuvimos [...] a visitar a Letelier [...] Le llevé la Filosofía positiva por Robinet y el culto positivista en el Brasil y la patria brasilera. Estuvimos desde las ocho hasta las once discutiendo sobre el positivismo. La hidra revolucionaria, el orgullo y la vanidad, dándole la infalibilidad personal, impiden la conversión de Letelier”.

No, verdaderamente Letelier estaba perdido para el apostolado de la humanidad. Su heterodoxia era irremediable. Mientras los Lagarrigue habían logrado escapar al destructor racionalismo de Littré, que desconocía lo mejor de la obra del maestro del positivismo, Letelier queda preso en él. “Ahora es cuando uno ve el profundo mal que ha causado Littré —dice Lagarrigue—. No ha hecho sino dar armas al negativismo, a la revolución contra el gran constructor Augusto Comte”. Y agrega lleno de decepción: “Todo se habrá hecho para que se convierta Letelier. Si no se convierte será porque no pertenece a las naturalezas verdaderamente elevadas, en las que la veneración concluye, al fin, por triunfar del orgullo y la vanidad personales”.

Dieciocho años más tarde, en 1900, el otro positivista ortodoxo, Juan Enrique Lagarrigue, acusa a Letelier recibo de su obra La evolución en la historia. En la carta decía: “Su obra, cuyos dos volúmenes ha tenido usted la atención de enviarnos, representa mucha labor y está cargada de erudición, pero siento que no la verifique el profundo espíritu orgánico del positivismo. Le sucede a usted, me parece, lo que a varios pensadores contemporáneos que, por no haber seguido a Augusto Comte en su obra capital, el Sistema de política positiva, donde ha instituido la religión de la humanidad, andan fuera del rumbo de la verdadera reorganización mental y moral”. Para la ortodoxia positivista eran inútiles todos los esfuerzos por buscar las bases de la reorganización moral y social; éstas estaban ya encontradas. Augusto Comte las exponía claramente en su magna obra. Querer descubrir estas bases era como querer descubrir el Mediterráneo. Lo único que se lograba eran inútiles tanteos y con ellos peligrosas desviaciones que a la postre eran pagadas a un alto precio, el del retraso del progreso de la humanidad. Por esta razón Lagarrigue terminaba su carta diciendo: “Hago votos porque usted llegue a desprenderse de los obstáculos que le impiden ver en el positivismo la doctrina moral”.

 

DOS ACTITUDES

El año de 1891 había de ser prueba para la historia. Entraban en violenta pugna el poder ejecutivo y las cámaras. El presidente de la república, José Manuel Balmaceda, disolvía al congreso, y éste desconocía la legitimidad del presidente. El presidente, proclamaban las cámaras, ha renunciado “a la autoridad legítima de que estaba investido, para asumir el poder personal y arbitrario, que no tiene otro origen que su voluntad ni otros límites que aquellos que los acontecimientos puedan darle”. Con esta lucha hacía crisis una vieja pugna, dos idearios se enfrentaban mortalmente: el ideario del cual fue expresión el dictador Diego Portales y el ideario liberal del que fue expresión José Victorino Lastarria. Y detrás de este ideario, dos clases: la conservadora y monárquica y la liberal y burguesa. El ideal de Lastarria y su generación había madurado, surgía una generación que en nada necesitaba ya del viejo orden colonial. El poder ejecutivo había ido perdiendo poco a poco la fuerza de que lo había dotado la constitución hecha por Diego Portales. En su lugar se había ido fortaleciendo el “parlamento”, concebido por Lastarria como la máxima expresión del liberalismo. En 1891 la pugna se traduciría en lucha armada. Chile que, a diferencia de otros países hispanoamericanos, había podido evitar las revoluciones por un espacio de sesenta años, se entregó a la revolución. El congreso desconocía al gobierno y hacía armas contra él. El gobierno, por su lado, declaraba al congreso en rebeldía. El ejército, más criollo y tradicionalista, se puso al lado del presidente. La marina, de formación europea, especialmente sajona, se puso al lado del congreso. Ocho meses duró la contienda, al cabo de los cuales el presidente Balmaceda se vio obligado a renunciar, para suicidarse pocos días después. El espíritu liberal triunfaba definitivamente sobre los últimos vestigios del espíritu colonial. Al cabo de varios años, el ideal de Lastarria vencía al de Portales. La pugna quedaba cerrada. La etapa de la burguesía chilena se iniciaba llena de pujanza.

En esta lucha Juan Enrique Lagarrigue y Valentín Letelier tomarían diversas actitudes, las consecuentes con las respectivas ideas por ellos sustentadas. El primero, fiel al conservadurismo comtiano, se inclinaría hacia el presidente Balmaceda. El segundo, fiel a su liberalismo, lo combatiría. La ortodoxia y la heterodoxia positivistas darían a conocer sus respectivos puntos de vista sobre un mismo problema nacional.

Juan Enrique Lagarrigue, fiel a la letra de Comte, podía estar al lado del parlamentarismo, del cual se había mostrado opositor el filósofo francés. Comte había aplaudido el golpe de Estado de Napoleón III y era partidario de todos los gobiernos fuertes que fuesen capaces de establecer el orden que conduce al progreso. En 1888, Jorge Lagarrigue había escrito en Francia al general Jorge Ernesto Boulanger, héroe de la guerra franco-prusiana, y a quien se acusaba de aspirar a la dictadura, una carta y un folleto titulado La dictadure républicaine, en donde le invitaba a realizar el ideal de Comte, considerándole el único hombre capaz de realizarlo en Francia. Le decía: “Augusto Comte es el primer republicano que ha puesto en plena evidencia el absurdo y la inmoralidad del régimen parlamentario. Y es también el primero que ha visto a la luz de la ciencia social, la mejor forma de gobierno apropiada a la situación de la Francia actual” (Lagarrigue 1888). Sus enseñanzas se resumen en la necesidad de “concentrar todo el poder político en las manos de un solo hombre de Estado directamente responsable ante el país [...] en conexión con una plena libertad espiritual”. Yo creo, agregaba, que por lo que habéis hecho hasta aquí, “vos seréis este hombre tan necesario para la salvación de Francia y de la humanidad, el Constantino de nuestra época” (Lagarrigue 1888).

Por otro lado, Juan Enrique Lagarrigue enviaba al presidente Balmaceda lo que llamaba Propuesta de solución para la actual crisis política (Lagarrigue 1890a). En esta propuesta escribía Lagarrigue: “Para la crisis actual no hay en nuestro sentir más que una solución digna y que asegure el glorioso porvenir de Chile, y es que el gobierno, encarnación hoy del orden, prevalezca sobre el congreso, viva encarnación del desorden. A pesar de sus antecedentes parlamentarios, el actual jefe del Estado ha tendido espontáneamente hacia la dictadura en virtud de la situación directiva y responsable en que se encuentra, y como persona que tiene verdadera conciencia pública. Esta evolución en su criterio político, lejos de abatirlo, le hace honor, y comprueba en él ese axioma sociológico capital: el hombre se agita y la humanidad lo conduce, el cual sólo falla con los pertinaces rebeldes del progreso social”. Y agregaba: “Por más que se declare ignorantemente contra la dictadura republicana, ella constituye el mejor de los gobiernos, como el régimen parlamentario el peor de todos”. Sin embargo, la dictadura republicana no debe ser confundida con la tiranía. “Más tiránico puede ser un congreso que un dictador”.

A continuación pasaba a hacer historia y decía: “La prosperidad de Chile le viene, en mucha parte, de haber tenido un régimen más dictatorial que parlamentario. En el fondo es el gobierno quien ha hecho aquí todas las leyes”. La cámara, al oponerse a Balmaceda, ha invocado, para conmoverlo, la abdicación del libertador O’Higgins. ¡Recuerdo contraproducente! ¿Qué vino después de la abdicación?, pregunta Lagarrigue. “El país se hundió en el caos hasta que lo sacó de él el ilustre Portales”. Si el insigne O’Higgins no hubiese abdicado “estaríamos ahora más cerca de la sociocracia”. De aquí que sea menester que el jefe de la nación se decida a dar un golpe de Estado. “El golpe de Estado sólo sería censurable cuando viniera a contrariar el progreso social, pero de ningún modo cuando viniera como ahora a servirlo, sin reprimir otra cosa que las tendencias radicalmente desorganizadoras del congreso” (Lagarrigue 1890a).

Y en otro folleto hecho circular sobre el mismo problema, Juan Enrique Lagarrigue decía: “Escribo movido sólo del interés de que mi patria se encamine hacia la sociocracia, librándose de todo espíritu metafísico y revolucionario” (Lagarrigue 1890b). Todo el problema se reduce a lo siguiente en el actual conflicto: “o triunfa el régimen parlamentario, o triunfa el régimen presidencial”. Ahora bien, “¿qué es lo que más conviene al porvenir de Chile? Evidentemente es de toda evidencia que debe triunfar el régimen presidencial. Desaconsejado está el régimen parlamentario, desde hace muchos años, por el fundador del positivismo, Augusto Comte. Es necesario que triunfe el régimen presidencial so pena de que se descamine lastimosamente nuestra patria en vez de avanzar. Para todo chileno de corazón recto y espíritu claro que no esté paralogizado, ha de ser indudable que el congreso es hoy el extraviado y no el gobierno. Del lado del gobierno debe estar la opinión pública” (Lagarrigue 1890b).

Por el otro lado, Valentín Letelier se ha opuesto a la dictadura, y la justificación de su oposición la encontrará en el positivismo, pero ya no en el comtiano, sino en el de Spencer. Perseguido, dice, encarcelado y desterrado por defender el derecho, “no sostuve con mis actos bajo las amenazas de la tiranía sino las mismas doctrinas que bajo el régimen de la libertad había sostenido en estas aulas con mi palabra” (Letelier 1891). La universidad, a la cual habla Letelier, tiene para éste una estrecha relación con el gobierno; en ella, dice, “el catedrático aparece empeñado a la vez en formar hombres de profesión, conocedores del derecho, y en educar hombres de Estado conocedores de la ciencia” (Letelier 1891). Letelier se presenta como un digno heredero de los ideales de Lastarria y su generación. La educación es para él la base de la reforma a la cual aspiran. Desde este punto de vista no podía haber estado al lado de un gobierno que olvidaba los fines libertarios del Estado, independientemente del orden que era menester guardar.

Letelier considera que ha sido la guerra del Pacífico (1879), la guerra sostenida contra el Perú y Bolivia, el origen de la tiranía de Balmaceda. Aparentemente, dice, pudimos gloriarnos de que en aquella guerra nuestro orden constitucional no se alteró. “Pero aunque jurídicamente no hubo cambio alguno en el orden legal, de hecho se operó por la fuerza de las cosas una gran concentración de poderes en manos del ejecutivo”. Poderes que la sociedad le fue cediendo. “Los gobiernos más fuertes son aquellos que cuentan con la adhesión mayor de parte de los elementos sociales, porque no hay atribución, por exorbitante que sea, con que la sociedad no les invista de hecho cuando las necesidades de su organismo así lo requieren”. La guerra planteaba estas necesidades. “Por eso, el estado de guerra que en igualdad de otras condiciones, vincula el triunfo a la cohesión social, a la disciplina, a la obediencia, a la unidad de miras, propende espontáneamente, aun contra el deseo de los gobernados, aun contra la voluntad de los gobernantes, a desarrollar la fuerza política de los gobiernos”. Y a continuación, apoyándose en Spencer, dice: “Principio de la ciencia política es éste, que queda plenamente patentizado con sólo observar que, en las sociedades más atrasadas, donde el estado bélico es permanente, los gobiernos son autocráticos, y que los gobiernos más liberales son hijos de las sociedades industriales, donde la guerra aparece de tarde en tarde a guisa de fenómeno accidental”. Así, mientras el comtismo considera necesaria la dictadura para establecer la sociocracia, en Spencer la dictadura o tiranía no es sino una forma retrasada de la sociedad, la que pertenece a la etapa guerrera de la misma; etapa que cede ante la industrial.

De acuerdo con Spencer, Letelier continúa sacando las consecuencias de su oposición y critica al golpe de Estado de Balmaceda. “Fatalmente —dice— el ejército vencedor del Perú estaba destinado, en su gran mayoría, a servir en manos de cualquier audaz como instrumento de opresión o tiranía”. Toda dictadura, agrega, necesariamente conduce hacia la ilegitimidad. “Cuando un gobierno se sale simplemente de la ley, se convierte en dictadura, y una dictadura, aun cuando no sea una institución legal, puede ser una institución legítima [...]; pero si, a su vez, se sale del derecho, se convierte en tiranía, y toda tiranía es por lo mismo ilegítima”. La corrupción de los sistemas de gobierno es también la que da origen a la dependencia de los ciudadanos de sus gobernantes. “Ahora bien —concluye—, el remedio no está en la ley”. El problema no se resuelve restringiendo el voto. Esto sería ejecutar un despojo. Y éste siempre es peligroso. “Aun cuando de ordinario la mayoría del pueblo mire con indiferencia el ejercicio de sus derechos, no consiente dócilmente que se le arrebaten los que una vez le han sido otorgados”. Letelier se opone así a todo intento que signifique restricción del sufragio como remedio para evitar cualquier posible dictadura o intento semejante al de Balmaceda. La solución se la da también el positivismo spenceriano: “El remedio consiste, a mi juicio —dice—, por un lado, en estimular el desarrollo industrial, para poner a cada elector en situación de relativa independencia y, por el otro, en propagar más y más la instrucción primaria y, sobre todo, la instrucción cívica, para ilustrar el criterio de aquellos que un día han de ser llamados a ejercitar el derecho de sufragio”. El pensador chileno, apoyándose ahora en nuevas filosofías, pide como remedio para los males de un pueblo hispanoamericano lo mismo que había pedido la generación que le antecedió, la de Lastarria y Bilbao, la de Sarmiento y Alberdi, la de José María Luis Mora, la de José de la Luz y Caballero: educación y enriquecimiento por la industria.

Notas

[1] Véase mi libro Positivismo en México.

[2] Sobre el problema citado se hace explicación en Miguel Lemos, O Apostolado Positivista no Brazil, Circular anual de la Iglesia Positivista del Brasil, Río de Janeiro. Véase también libros citados en la nota 1 del capítulo V de la Introducción; Jorge Lagarrigue, Le faux et le vrai positivisme, París, 1892.

[3] Estas diversas cartas han sido publicadas por el Apostolado de la Religión de la Humanidad en Santiago de Chile, reunidas en Intervenciones religiosas en favor de la paz.

[4] Véase mi libro Apogeo y decadencia del positivismo en México.

[5] Véase mi libro Positivismo en México.

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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