Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

segunda parte

III

EN TORNO A UNA CIENCIA POLÍTICA

 

¿ES POSIBLE UNA CIENCIA DE LA POLÍTICA?

Valentín Letelier, fiel a la tradición liberal de Chile, se había venido preocupando hondamente por la posibilidad de una ciencia política adaptada a las circunstancias hispanoamericanas o, más concretamente, chilenas. A Letelier, como ayer a Lastarria, el positivismo se le presenta como un rico arsenal para construir esta ciencia, pero nada más como arsenal, no como la solución del problema. El positivismo era un buen punto de partida y la justificación de lo mucho que se había realizado en el campo de la teoría política, pero nada más. Hispanoamérica tenía sus propios problemas y por ende debería tener sus propias soluciones. Además, el positivismo partía de la experiencia de una determinada realidad, y ésta no podía ser para los americanos otra que la americana.

La ciencia política en Chile se titula la memoria que presenta Letelier el año de 1886. En ella se plantea el problema antes indicado sobre las posibilidades de una ciencia política en Chile. Comte, Mill y Bain son los filósofos positivistas de donde se toma el arsenal para abordar esta cuestión. Pero es Augusto Comte el que más poderosamente influye en esta obra. La política es para Letelier un fenómeno que debe ser explicado como tal. Ahora bien, todo fenómeno, una vez explicado, puede ser sometido a una determinada legalidad, a una determinada ciencia. Pero, se pregunta, ¿los fenómenos políticos pueden ser sometidos a una determinada ciencia? Sin embargo, demasiado hombre del siglo xix positivista, la pregunta que sobre la ciencia hace se refiere a un tipo de ciencia natural. Más concretamente, se pregunta, ¿los fenómenos políticos pueden ser sometidos a leyes naturales?

Un fenómeno, dice, puede ser explicado de tres maneras diversas: “Atribuyéndolo bien a una causa sobrenatural, esto es, a uno o muchos dioses; bien a entidades abstractas, al destino, al acaso, a la fatalidad; bien a una propiedad de la materia, a una ley de la naturaleza”. De aquí que las explicaciones vengan a ser de tres clases: sobrenaturales o teológicas, subjetivas o metafísicas, y objetivas, positivas o científicas. Cada uno de estos tipos de explicación da lugar a tres clases de filosofía: teología, metafísica y científica. Y, siguiendo aún más a Comte, establece que necesariamente un tipo de explicación excluye el de las otras. “Las explicaciones científicas tornan innecesarias y excluyen toda explicación teológica o metafísica; y las intervenciones sobrenaturales cesan conforme se descubren las causas naturales” (Letelier 1886).

Ahora bien, sigue preguntando, ¿pueden someterse a leyes naturales los fenómenos políticos? ¿Es dable explicar científicamente la política? Para Letelier, buen positivista, sólo existe un tipo de ciencia, la natural. De aquí que considere necesario someter a este tipo de ciencia los fenómenos políticos. ¿Es esto posible? Todos los fenómenos, sigue diciendo, se agrupan en seis grandes clases, cada una de las cuales es explicada por una ciencia respectiva. Existen los fenómenos matemáticos, que son explicados por la ciencia matemática; los astronómicos, por la astronomía; los físicos, por la física; los químicos, por la química; los biológicos, por la biología, y los sociológicos, por la sociología. Ahora bien, en cada una de estas ciencias la complejidad de las mismas va creciendo y, con ella, las dificultades de su explicación, de las cuales la última, la sociología, es la que mayores dificultades presenta y la menos constituida. Ahora bien, agrega, por lo que se refiere a la política, la sociología “no ha suministrado, hasta ahora [...] medio alguno de conocer la verdad y de rectificar el error, si no es el de esas dolorosas experiencias que los pueblos suelen hacer y que se resuelven a veces en estériles agitaciones y revoluciones desquiciadoras”. Aún no existe ciencia alguna que acabe con las discrepancias. Ciencia que ponga de acuerdo las diversas opiniones políticas. “La política no ha conseguido acabar con las discrepancias. Mientras las discusiones científicas acabarán siempre tarde o temprano por hacer el acuerdo entre polemistas, las discusiones políticas no consiguieron otra cosa que acalorar más los ánimos, dificultar más la concordia y perpetuar divisiones que parecían próximas a borrarse” (Letelier 1886). El problema es, como se ve, cómo poner de acuerdo a los individuos en un campo que tan de cerca les atañe. Hispanoamérica tiene ya una larga y sangrienta experiencia de esta realidad.

 

LA CIENCIA POLÍTICA Y LA HISTORIA

¿Cuál es la experiencia política de nuestros pueblos? Por lo que se refiere a Chile, Letelier hace ver cómo se ha querido enfocar a la realidad política desde tres puntos de vista: el liberal, el reaccionario y el conservador. “La escuela liberal —dice— cree que la sociedad es una masa esencialmente maleable y plástica, y que para satisfacer las necesidades políticas se la puede amoldar a utopías de pura imaginación, o siquiera a ideales prematuros aun cuando realizables”. Ésta es una escuela utópica, ajena a la realidad. “Por el contrario, la escuela reaccionaria, partiendo de la misma base, prescinde por completo del cambio de condiciones sociales operado por la revolución moderna y sueña con la íntegra restauración del extinto régimen teocrático”. Esta escuela también desconoce la realidad, al ignorar los cambios que ésta sufre. “A su turno, la escuela propiamente conservadora, que aprueba y aun aplaude el desarrollo histórico de la sociedad, del pensamiento y de las instituciones, se imagina que las instituciones, el pensamiento y la sociedad se van a detener para siempre en el punto donde a la sazón se encuentran y se oponen a todo cambio y entorpecen el ulterior desenvolvimiento de la política y las facultades humanas” (Letelier 1886). A su vez todas estas escuelas se entorpecen entre sí.

Cada una de estas escuelas es así ajena a la realidad. Ajena a la realidad que se da en el tiempo, la historia. Siempre tratan de saltar sobre el tiempo, negándolo o deteniéndolo. Pero, ¿es posible una ciencia de la política que tome en cuenta a la historia? ¿No será que toda ciencia, para serlo, tiene que negar lo histórico? “Si la ciencia política existiera —dice Letelier—, no hay duda de que personas tan doctas como las que encabezan nuestros partidos llegarían a ponerse de acuerdo en las discusiones, aun cuando no lo estuvieran en las elecciones”. Si esta ciencia existiese, “tendría por objeto el determinar aquellas leyes naturales en virtud de las cuales los fenómenos políticos se efectúan”. Pero ¿quién ignora que toda política es obra, no de causas generales y regulares, sino de una determinada voluntad, la de los gobernantes, razón por la cual no es posible descubrir, entre los sucesos de un determinado estado, principio alguno de causalidad o coexistencia?

Ciencia tal no parece posible, porque sería incompatible con la historia. “Lo real, lo verdadero, lo positivo, sería que los grandes personajes históricos, que según noticias fidedignas hicieron las cosas del pasado, no fueran los autores de ellas y que ellas se desarrollaran en virtud de unas causas generales que no conocemos y que obran independientemente de la voluntad humana”. Pero es esto lo que no es posible. La política es obra de voluntades y estas voluntades son las fuerzas de la historia. Una ciencia de la política tendría que prescindir de la historia. “El único principio general que se puede descubrir entre los sucesos políticos es que ellos, en todas partes, son obra de los que mandan, o mejor de los que mayor influencia social ejercen, así sean gobernantes, jefes de partido, simples repúblicas, etcétera”. Esto llevaría a concluir que es la historia la que se opone a la constitución de una ciencia política. ¿Es así? Letelier invierte entonces el problema: ¿no será que no se ha constituido una ciencia de los estudios históricos, la causa de la oposición de la historia a la ciencia política? ¿Si existiese una ciencia de la historia, no sería entonces posible una ciencia de la política? Es menester trasladar el problema. Parece que los estudios históricos son opuestos o, al menos, estorban la constitución de una ciencia política, dice Letelier, ya que siendo la política un fenómeno social, ésta no podrá constituirse en ciencia mientras la historia, que estudia el conjunto de todos los fenómenos sociales, no logre descubrir esa ley general de filiación que se supone debe existir entre ellos. Ahora bien, esto no ha sido posible porque hasta la fecha sólo existe una gran superficialidad en los estudios históricos. “La deficiencia con que en realidad se tratan las materias políticas y militares (a pesar del exclusivismo y minuciosidad con que las tratan los historiadores) es tal que los estadistas no podrían inferir de tales estudios una sola regla de gobierno, ni podrían descubrir con ellos la solución de un solo problema político”. Todo aparece aquí “como una sucesión sin relaciones, como una serie de efectos sin causas, como una exposición de fenómenos sin leyes, que se producen por virtud espontánea”. En la forma como se escriben generalmente las obras históricas, éstas se presentan como “simples e inconexas exposiciones de fenómenos particulares, cuando toda ciencia abstracta es, por el contrario, una exposición de leyes generales. Son, en una palabra, estudios de pura memoria cuando toda ciencia es ante todo estudio de entendimiento” (Letelier 1886).

¿Qué es lo que necesitamos entonces?, pregunta Letelier. Una filosofía de la historia. Sólo ésta hará posible una ciencia de la política. Ya Comte y Spencer han insistido en múltiples ocasiones en que se debe a la falta de preparación científica la inconexión y superficialidad de las obras históricas. Es menester entonces una filosofía de la historia para levantar sobre ella una teoría política. Múltiples son ya los esfuerzos que se han hecho para constituir esta filosofía. En lo primero que se ha pensado es en “descubrir entre los acontecimientos algún principio de general causalidad, que por ser propio para explicar todos los posibles, torne innecesario narrar todos los acontecimientos”. Ya que toda “ciencia, para descubrir una ley ignorada o para estudiar una descubierta, no necesita examinar todos los fenómenos atingentes [...] De la misma manera, se podrían descubrir y en seguida estudiar leyes sociales, en caso de que existan, sin necesidad de conocer todos los sucesos de la historia”. Ahora bien, cabe preguntarse: “¿Existe realmente en la sociedad algún principio para explicar todos los acontecimientos políticos?”. Lo que hasta la fecha se ha hecho es insuficiente. No bastan la filosofía de la historia de la Biblia, Bossuet, Vico, Montesquieu y Buckle. “La constitución de la ciencia política es imposible en el actual estado de la filosofía de la historia” (Letelier 1886).

 

¿QUÉ TEORÍA POLÍTICA ELEGIR?

Sin embargo, pese a las dificultades para formular una teoría política, lo cierto es que la historia ofrece varias. Pero, ¿cuál elegir? Entre los grandes peligros que puede presentar una ciencia política está el de su elección. ¿Cuál de todas las existentes es la verdadera? ¿La de Platón, Aristóteles, Mill, Rousseau, Comte, Spencer? Por lo que se refiere a Chile, dice Letelier, “la única obra realmente seria que entre nosotros se ha compuesto sobre política, cual es la Política positiva del señor Lastarria, ofrece en conclusión un proyecto constitucional que muy pocos juzgarán realizable y conveniente en las presentes condiciones sociales” (Letelier 1886).

¿Qué teoría elegir? “¿La juventud sería educada para la reacción o para la revolución, para la Iglesia o para el Estado, para uno o para otro de los partidos contendientes?”. Pero esto sería inútil; después de todo, los partidos gobiernan sin ciencia política. Así, “más que difundir doctrinas peligrosas, que no siempre surten los efectos sociales que se esperan, nos conviene a nosotros mantenernos en expectativa y aguardar a que otros pueblos los ensayen para imitar en seguida a la segura sus aplicaciones felices”. En este sentido Letelier considera benéfico el atraso cultural de Hispanoamérica. Esto evita experiencias que pueden resultarle negativas. Observando las experiencias hechas por Europa, podrá evitar sus errores y adoptar sus aciertos.

Por lo que se refiere a Chile, dice, la única teoría que puede tener algún valor está reducida a lo realizado por Lastarria. Sin embargo, en el ambiente actual se hace notar una serie de nuevas influencias, especialmente en las lecturas que se hacen. Y estas lecturas no son otra cosa que el índice de lo que el hombre de la época quiere o cuadra con su pensamiento. “No se rodea —dice—, en efecto, el hombre estudioso de otros libros sino, por lo general, de aquellos cuyas doctrinas cuadran a sus propios pensamientos, en forma que, sin oírle hablar ni leer cosa suya, uno puede inferir de sus lecturas ordinarias cuáles son sus principios fundamentales”. Guiándose por esta indicación general se puede estudiar “en Spencer, Stuart Mill, Comte, Littré y demás grandes pensadores cuyas obras tienen cabida en numerosas bibliotecas particulares de ciencia social, cuál es entre nosotros el estado de la ciencia política” (Letelier 1886). Y este estado demuestra que la doctrina más aceptada es actualmente la positiva.

Ahora bien, la ciencia política positiva niega que la influencia de la voluntad en la política sea tan decisiva como lo dicen las historias comunes. Por el contrario, sostiene “que todos los sucesos, la formación y el desarrollo de los Estados, los cambios de instituciones, las revoluciones, etcétera, se efectúan por obra de causas generales más bien que por voluntad de los gobernantes”. Pero, y aquí Letelier hace una pregunta que es básica para salvar su liberalismo, si todos los sucesos políticos se efectúan a impulso de fuerzas sociales, ¿qué es del libre albedrío? El problema se plantea al presente, bajo el imperio de las ciencias; en los mismos términos en que se planteó bajo el imperio de las antiguas filosofías. La inmutabilidad que distinguía a las causas absolutas de las antiguas filosofías es también propia de las leyes naturales. “En tal sentido, donde quiera que exista una sociedad ha de pretender desarrollarse en conformidad a una norma determinada, a menos que fuerzas extrañas obstruyan o alteren su desarrollo” (Letelier 1886).

Aquí el sentido liberal de Letelier le hace oponerse a un posible determinismo. La voluntad, la libertad humana, debe poder influir en ese mundo de la historia y de la política. Se aspira a encontrar un orden legal, pero no a un orden que sea contrario al sentido de la libertad y, con él, de la responsabilidad. “Con todo —dice Letelier—, las leyes sociales, si existen, han de ser por naturaleza tan modificables que, sin dejar ellas de cumplirse, ha de poder la voluntad de cada cual concurrir o no activamente a su cumplimiento: retardarlo con los conservadores, apresurarlo con los liberales, perturbarlo con los reaccionarios y los revolucionarios”. La jerarquía en el orden de la realidad y las ciencias señalada por Comte, no es, para Letelier, otra cosa que una jerarquía en el orden de la libertad. Se va de lo determinado a lo indeterminado. Del orden a la libertad. La complejidad que se nota en la escala de las diversas ciencias no es otra cosa que la explicitación de un mundo de libertad que se hace plenamente patente en lo humano. “La libertad humana —dice Letelier—, que carece de libre albedrío en cuanto a los órdenes de fenómenos inmodificables, cuales son las matemáticas y la astronomía, empieza a tenerlo desde que se adelantó por aquellos órdenes cuyos fenómenos son susceptibles de modificaciones”. En unos campos el hombre puede hacer más patente su voluntad y libertad que en otros. Ante ciertas realidades su voluntad se estrella, mientras en otras se realiza. No se puede hacer, dice Letelier, que uno y uno sean tres, que la tierra no gire alrededor del sol; pero sí puede desviarse el rayo en el orden físico; en el químico descomponer las sustancias; en el biológico prolongar la vida o dar la muerte. “De análoga manera, se puede en el orden social, que es el más complejo y el más elevado de todos, modificar la forma, el modo y el tiempo de los sucesos”. He aquí la razón por la cual los fenómenos políticos son supuestos como “obra exclusiva de la voluntad. La acción humana está sometida a leyes superiores y no es libre sino en cuanto las puede modificar” (Letelier 1886).

Valentín Letelier salva así a la libertad de un absoluto determinismo. Pero tampoco es partidario de una libertad absoluta, que no sería otra cosa que la plena anarquía. Muy en serio se ha preguntado por la existencia de una ciencia de la política. En el campo de lo humano se encuentra también con una serie de realidades determinantes. En este campo el hombre alcanza su mayor libertad, pero esta libertad no es absoluta; la acción humana tropieza también aquí con ciertos límites. “La política —dice— es determinada en cada caso por antecedentes históricos y por circunstancias sociales que el estadista puede quizás ignorar, pero que no obstante obran de una manera decisiva e incontrastable”. Sin embargo, a veces parece que los sucesos políticos son producto del capricho de tal o cual personaje político. “Mas empecemos por notar que en todas las ocasiones los hombres que parecen árbitros de las sociedades son aquellos que se ponen al servicio de alguna necesidad social o, por lo menos, de alguna aspiración general, convirtiéndose en simples órganos de ella”. Ni determinismo absoluto, ni anarquía, parece ser la tesis de Letelier. “Nacido, educado y formado en el reino de la sociedad, el hombre recibe de ella los sentimientos, el carácter, las ideas y los hábitos que ha de seguir toda su vida”. Esto determinará su futura conducta, pero no hasta el grado de hacer imposible su libertad. Salvada la libertad, Letelier puede ya hablar de la posibilidad de una ciencia política. Una ciencia que se apoye en el campo que hace que la libertad del individuo, su acción, su voluntad, no sea una pura anarquía. Si es así, dice, “si según se infiere de los casos estudiados, las fuerzas sociales obran siempre a pesar o con el concurso de la voluntad humana [...] nuestro deber de estadistas y de seres racionales es estudiarlas para facilitar su desarrollo y evitar estériles perturbaciones” (Letelier 1886).

 

CIENCIA POLÍTICA PARA ESTADISTAS

De la inducción sobre la sociedad, dice Letelier, ha surgido una nueva ciencia: la sociología. El pensador chileno sigue aquí nuevamente a Comte. La sociología se divide en estática y en dinámica. Ahora bien, agrega, “si los sucesos no son obra de la voluntad, sino de la sociedad, es claro que aquellos que perturban el desarrollo del orden social no se pueden evitar por medio de leyes represivas, sino por medio de leyes preventivas” (Letelier 1886). Nuevamente aparece aquí el liberal que, apoyándose en el positivismo, es opuesto a toda acción despótica ejercida sobre el individuo. El Estado tiene como misión la de prever, y prever es anticiparse a los hechos, evitar que éstos se realicen si son contrarios a la sociedad. La ingénita tendencia de la política empírica a reprimir los efectos visibles, antes que remover o neutralizar las causas determinantes, emana cabalmente de lo poco conocidas que son esas relaciones de causalidad y de lo poco difundidos que están los estudios de la dinámica social. El conocimiento de la dinámica social podrá permitir al gobernante anticiparse a los hechos y orientarlos. De ordinario, en virtud de estas relaciones de antecedente y consecuente, aparece en la sociedad el indicio del mal antes que el mal mismo, y el gobernante que las conozca podrá prevenir o templar sus efectos.

La ignorancia de los gobernantes sobre esta dinámica social les lleva a confundir diversos hechos y a tratar de aplicarles soluciones equívocas. Por ejemplo, dice Letelier, no es lo mismo un tumulto religioso de fanáticos que un tumulto obrero pidiendo aumento de salarios, y no se puede reprimir el uno como se reprime el otro. “Al primer tumulto no se puede atribuir sino una intolerancia”. El segundo no; éste no es sino un “síntoma inequívoco de reivindicaciones nuevas entabladas por clases sociales hasta ahora mansas, sumisas y abyectas”. Las maneras de evitar lo uno y lo otro tienen que ser distintas. “En nuestros tiempos, con una ceguedad menos justificable —que la de Grecia y Roma a mantener la esclavitud—, en cuanto se conocen mejor las leyes de la causalidad social, muchos querrían explicar las huelgas que en los países industriales se suceden día a día, diciendo que son sucesos caprichosos, causados por el simple espíritu de rebelión que repentinamente se ha apoderado de las masas” (Letelier 1886).

Tales situaciones podrán ser evitadas si los gobernantes, atendiendo a la dinámica social, anticipan las soluciones antes de que se conviertan en violentas. La incapacidad de prevenirlas conduce necesariamente a la violencia cuando aparecen. “El gobernante que se inspira en la ciencia sabe —dice Letelier—, en efecto, que la política positiva es aquella que prefiere prevenir los males sociales a reprimirlos”. Ya que los fenómenos sociales, a semejanza de los fenómenos naturales sujetos a la ley de causalidad, “pueden preverse y anunciarse con tanta mayor exactitud cuanto mejor se conozcan las causas generales que, según la teoría, los ocasionan. Quien conozca siquiera los rudimentos de la sociología puede prever a ciencia cierta el rumbo general del espíritu de las sociedades en los futuros siglos”. Una política apoyada en esta ciencia podría sugerir medios para acabar con las huelgas continuas, con la amenaza permanente del comunismo, con las crisis periódicas de los pueblos y con el estado crónico de la miseria. Por lo que se refiere a Chile, sigue diciendo, “ahí está, por ejemplo, el proletariado agrícola, sumiso, abyecto, sin nociones morales, sin aspiraciones y sin esperanza de mejoramiento, fuente perenne de criminales. ¿Qué debemos hacer para levantarlo sin peligro de que en él, como en el proletariado europeo, se despierte el espíritu revolucionario?”. Atender a las causas que lo mantienen así para evitar que se desvíe por la violencia. No más utopías; es menester ir a la realidad estudiando sus causas. “La causa principal de nuestra corrupción política, verdadero borrón de nuestras costumbres, es, a no dudarlo, que nuestras instituciones, dictadas, como han sido, a impulsos de un sano, pero prematuro, idealismo, han conferido de derecho a la masa popular una ingerencia política para cuyo ejercicio no estaba ni está preparada”. Antes de preparar a las masas para el ejercicio de sus derechos se le otorgan éstos. En vez de que se atienda a la realidad social y política del país, se imitan formas de política y gobierno de países cuya realidad social es distinta. Falta un criterio basado en la ciencia política, lo cual conduce a múltiples errores. En este error, dice, “incurrieron hasta 1833 los organizadores de la República de Chile, todos los cuales, tanto los de tendencias liberales como los de tendencias conservadoras, forjaban proyectos constitucionales en atención, menos a nuestras necesidades sociales, que lo que Grecia y Roma, Francia y los Estados Unidos habían hecho” (Letelier 1886).

El idealismo político es el que mayores males causa a las naciones, ya que hace ciegos a sus gobernantes para la realidad. Se deja que la fantasía tome el papel que corresponde a la experiencia. Un grave error ha sido “creer que tal o cual principio preconcebido, la libertad, la soberanía popular, la religión, la autoridad, la justicia, etcétera, bastaba a solucionar todos los problemas políticos y satisfacer todas las necesidades sociales”. Comte, sigue diciendo Letelier, ha observado con mucho juicio, que le faltó al componer su Política positiva, que la impotencia de las repúblicas contemporáneas para fundar instituciones estables, proviene en gran parte de que las forjan prescindiendo enteramente del estado social que pretenden arreglar. Movidos “por ideales absolutos, los doctrinarios prescinden de las condiciones sociales en que han de obrar, miran la sociedad como una masa esencialmente plástica, amoldable a voluntad, y bregan por plantear órdenes arbitrarios de cosas, aumentando a la vez las perturbaciones y la confusión del mismo Estado revolucionario que tratan de organizar” (Letelier 1886).

Por lo que se refiere a Chile, sigue diciendo Letelier, “lo que más valora a la constitución de 1833[1] es su franca tendencia a reaccionar contra la política idealista y de imitación [...] y satisfacer la necesidad primordial de aquella época, cual era la de reconstruir el orden, alterado por los vivos estímulos y por el gran desarrollo que había sido menester y afianzar la obra de nuestra independencia”. Si se atiende a la ciencia, en ella se aprende “que en todo caso se han de dictar las instituciones para los pueblos”, y también ella condena “las perturbadoras tendencias metafísicas de encuadrar a los pueblos, vengan o no vengan, en las instituciones” (Letelier 1886).

Las diversas escuelas políticas, sin nociones de ciencia, falsean la realidad y la desorientan. Varias son estas escuelas, dice Letelier. Existe una “según la cual el fin de la política sería exclusivamente mantener el orden vigente y, guiada por este criterio y sin noción alguna de desarrollo social, se ha opuesto en las naciones contemporáneas al establecimiento de cada una de las libertades públicas y ha estorbado ingratamente el desarrollo que mediante ellas han adquirido la sociedad y el espíritu humano”. Otra es la que, “sin noción clara del orden, querría resolver todos los problemas políticos con el criterio absoluto de la libertad”. Esta segunda es la escuela liberal. “Cuando sabemos que nada es más difícil que imbuir en los hombres y en las sociedades los sentimientos morales del orden y disciplina, la escuela liberal sigue impertérrita preconizando como solución única de todos los problemas políticos un dogma de índole esencialmente dispersiva, cual es la libertad absoluta” (Letelier 1886).

Letelier sigue, como se ve, fiel a la ideología política de Lastarria y su generación. Éste, como se recordará, se opone a las dos formas de partidos políticos, con los cuales se ha encontrado: pelucones y pipiolos, conservadores y liberales. Aspira a formar un tercer partido, o quizás a algo más, a una tercera clase. Esa clase de la cual ya es uno de sus más dignos representantes Letelier. Una especie de burguesía sui generis. El mismo tipo de burguesía que se ha ido formando en toda la América hispana. Letelier, como ayer su maestro Lastarria, señala un tercer camino en la política, el cual ya no es ni el orden por el orden, ni la libertad utópica. Una libertad ordenada, libertad responsable. Libertad apoyada en la realidad, en la experiencia, en la ciencia. Su liberalismo es un liberalismo al que se podría calificar de científico, sin llegar a ser, por supuesto, lo que en México esto mismo significó. Letelier es opuesto a un liberalismo irresponsable, ajeno a la realidad. El liberalismo, en su sentido absoluto, sólo fue útil para desquiciar el antiguo orden colonial; pero, realizada esta misión, su continuación resulta contraria al progreso. Los seguidores de este liberalismo son los que estimulan las fuerzas que sirvieron para desquiciar las antiguas instituciones, pero que no sirven para elevar otras. Este liberalismo, “en nombre de la libertad docente, se opone, a la organización de un servicio público de instrucción, prefiriendo estimular la difusión de sistemas contradictorios, de sectas y escuelas antagónicas, y conspirando así a mantener divididos la sociedad y el espíritu nacional, en lugar de propender a reconstruir, por medio de la enseñanza nacional, la unidad de nuestros conocimientos”. Esta escuela, en vez de analizar las causas que pudieron haber motivado determinados sucesos sociales y políticos, se conforma con aplicar a la solución de éstos medidas de emergencia. Para los afiliados a esta escuela, dice Letelier, “la causa de las huelgas, del comunismo, del nihilismo, etcétera, sería la de que en tal ocasión no llegó a tiempo la policía”.[2] Ésta es una escuela que sólo sabe cruzarse de brazos ante los problemas sociales. Es incapaz de resolverlos. Deja a la sociedad un libre juego tan extremado que conduce a la anarquía.

Pero esto no quiere decir, como ya se ha visto, que Letelier sea de alguna manera partidario del despotismo. Lo que quiere es un liberalismo responsable, un liberalismo cuyos límites los señale la responsabilidad de los individuos que componen la sociedad. En una nota marginal dice inmediatamente: “Rogamos a nuestros lectores no tomarnos por amparadores del despotismo cuando preconizamos como doctrina de actualidad social el autoritarismo de Estado. La arbitrariedad de los mandones, así sean autócratas, reyes o presidentes, es siempre antisocial, por lo tanto siempre ilegítima. Pero el autoritarismo nacional del Estado es un gobierno esencialmente responsable y puede ser, como lo es en las actuales circunstancias, de todo punto irreemplazable para dirigir el desenvolvimiento político” (Letelier 1886). El orden, pero orden responsable: también la libertad, pero la libertad responsable.

Sólo la ciencia política puede dotar a un gobierno de responsabilidad. Esta ciencia no se determina por intereses de grupo o de particulares, sino por los intereses de la sociedad. “La ciencia del gobierno, si existe, no puede ser conservadora, o liberal, o radical en el sentido vulgar de la palabra. Por más varias que sean las aplicaciones, toda ciencia es una en todas partes del mundo; y por tanto a la ciencia política no pueden convenir denominaciones que corresponden a partidos locales, cuya misión es perseguir fines ocasionales”. Esta ciencia dotará a la sociedad de un verdadero instrumento de paz y orden, sin que tal cosa implique restricciones de la libertad individual. “Así como no hay una aritmética liberal y otra radical y otra conservadora —dice Letelier—, sino que la sola y misma ciencia de los números sirve a todos los partidos, así también no hay ni puede haber más que una sola ciencia política, cuyos principios generales sirvan a todos de norma y guía” (Letelier 1886).

NOTAS

[1] Don Diego Portales es el autor de esta constitución.

[2] Compárese esta actitud con la de los positivistas mexicanos. Véase mi libro Apogeo y decadencia del positivismo en México.

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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