Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

segunda parte

IX

POSITIVISMO Y SOCIALISMO

 

LA EDUCACIÓN COMO INSTRUMENTO DE ELEVACIÓN SOCIAL

Es interesante mostrar cómo un buen grupo de los positivistas argentinos, especialmente los que siguieron la influencia de la Escuela de Paraná, se orienta hacia el socialismo. Del mismo positivismo van a deducir los postulados para establecer la justicia social en la Argentina. Desde luego, no siguen al comunismo. Éste les parece una solución extrema que puede ser evitada. Un mal no necesario. Algunos, como José Ingenieros y Juan B. Justo, hacen la revisión del marxismo combinándolo con el positivismo de Spencer. Otros encuentran en Comte presupuestos de justicia social menos violentos que en los deducidos por la filosofía marxista.

Una de las soluciones al problema social que plantea la lucha de clases la encuentran en la elevación del nivel educativo del trabajador. Tal intentó hacer Pedro Scalabrini en la Escuela Normal Popular de Esquina, que es puesta a su cargo. De esta escuela nos dice Víctor Mercante: “¡Qué hermoso ideal democrático, un obrero ilustrado, con todas las idealidades de la vida, un obrero que sepa conservar la salud y evitar las enfermedades, que sepa hablar, leer y escribir correctamente, que sepa sentir y utilizar los hechos y las leyes de orden material, vital y humano, un obrero que, en fin, sepa cumplir los deberes de la vida” (Mercante 1917). En esta escuela se diploman en oficios como se diploman en profesiones: “mucamas, niñeras, lavanderas, agricultores, carpinteros, herreros, sastres, zapateros”. Ahora bien, “transformar la educación en profesión para los niños o niñas que terminan sus estudios en la Escuela Popular, con su diploma correspondiente, que tiene, según mi modo de pensar, un gran valor permanente, porque ennoblece la profesión como la del médico, del ingeniero, del abogado, del maestro, del dentista, comprueba su preparación general y especial y señala a sus alumnos un rumbo fijo, una destinación práctica, en armonía con sus inclinaciones y aptitudes conocidas y reconocidas de acuerdo con sus padres o tutores”. Lo importante es dignificar el trabajo más humilde, darle la categoría que le corresponde en la sociedad. “La Escuela Popular está muy cerca de este ideal. Desde luego se rinde homenaje al trabajo productor y moralizador; a sus ojos la lavandera de Esquina y el emperador de Alemania son igualmente responsables, si cumplen dignamente los deberes de su profesión” (Mercante 1917).

Manuel A. Bermudes, del grupo de positivistas de la Escuela de Paraná, en un artículo titulado “Educación y socialismo”, hacía la defensa de los derechos del obrero a la ilustración. “La ignorancia —decía— no puede ser fuente de felicidad” (Bermudes 1897), oponiéndose en esta forma a quienes aseguraban que la difusión de las primeras letras era una crueldad. “No es la instrucción la que causa males en la sociedad, sino la falsa dirección moral que se imprime al espíritu”. Todas las masas siguen a sus jefes, “pero un pueblo ilustrado tendrá buen sentido para elegir o inclinarse hacia el mejor candidato, y ésta es ya una ventaja apreciable”. Es falso que sea una irritante injusticia la difusión de las primeras letras. Todo lo contrario. “El que llega a comprender su situación, siendo pobre, no se alarmará porque haya ricos, ni renegará de su choza humilde ni de sus rústicos padres”. El reconocimiento de la existencia de otras realidades, además de la propia, no implica necesariamente la infelicidad. La educación, por el contrario, ayuda al individuo a conocer el lugar social que le corresponde y a que se haga responsable de él. Conociéndolo “tenderá a perfeccionarse y a elevarse” (Bermudes 1897).

Se dice que el humilde tiende a ser necesariamente un delincuente; pero no hay tal. “Esa clase mal llamada superior, que pervierte sus instintos en orgías, que se eleva sin justicia y muchas veces contra ella, ésa es la clase peor, la más peligrosa; pero a la que el pueblo no conoce, porque no se le quiere dar el beneficio humano de instruirlo para conocerla. No, instrucción no puede negarse a nadie, porque ella es necesaria para la acción, para conocer a los demás y para elevarse, siquiera sea por ese medio, sobre el nivel de los animales”. Ya han pasado los tiempos en que la ignorancia era indispensable para afianzar la dominación, sigue diciendo Bermudes: “hoy no dominan los perversos, aprovechándose de la pobreza intelectual de las masas; hoy se gobernará con el alma levantada y tendrá más autoridad y será más seguido el hombre bueno que el pillo [...] y para eso es necesaria la educación, para que el pueblo sepa distinguir”. La educación no es la fuente de los odios de clases. “La instrucción no puede hacer nacer odios. La revolución social a que asistimos no es producto del odio de los pobres, sino de las injusticias de los ricos. Es verdad —agrega— que nuestras escuelas pierden el tiempo lastimosamente enseñando muchas cosas estériles, inútiles y hasta perjudiciales; pero de allí no puede deducirse la inutilidad de la instrucción, sino la necesidad de su reforma, de acuerdo con el ambiente y las exigencias del momento” (Bermudes 1897).

 

COMTISMO Y SOCIALISMO

J. Alfredo Ferreira, al terminar su “Síntesis de la política positiva de Comte”, mostraba también las relaciones del positivismo comtiano con el socialismo, encontrando en ellas una mejor solución al problema social que la ofrecida por el comunismo. “La utopía del comunismo —decía— ha sido útil, sin embargo, porque ha convencido a los proletarios de que la propiedad les importa más que el poder”. El comunismo, con todos sus extremos, ha logrado despertar la atención del trabajador haciéndole preocuparse por sus propios problemas. “Deben apreciarse los nobles sentimientos del comunismo, pero no sus vanas teorías utópicas [...] el positivismo resolverá mejor que el comunismo la cuestión social”. Los proletarios, al aceptar “la feliz expresión de socialismo, han aceptado el problema de los comunistas y rechazado su solución” (Ferreira 1899).

El positivismo ya toma en cuenta estos problemas sociales y les ofrece una solución conciliatoria. “La propiedad —sigue diciendo Ferreira— tiene origen y objeto social: es un principio comunista que el positivismo sistematiza. La propiedad no es una individualidad absoluta como derecho de usar y abusar”. En este aspecto, “la diferencia principal entre el positivismo y el comunismo se refiere a la separación normal de los poderes elementales. Platón juntaba a la comunidad de bienes la de mujeres e hijos. Nuestros proletarios aceptan sólo la primera. El comunismo desconoce las leyes naturales, pretendiendo comprimir toda individualidad, cuando los dos caracteres fundamentales del organismo colectivo son la separación y el concurso de las funciones” (Ferreira 1899).

Y en otro lugar, Leopoldo Herrera, del mismo grupo positivista, señalaba las semejanzas y diferencias que existían entre el comtismo y el socialismo. “El positivismo —decía— acepta completamente y hace suyo el principio del destino social de la riqueza; pero mientras el socialismo busca su solución en un régimen donde la ley establece una igualdad obligatoria, el positivismo busca la suya en la constitución de un régimen en que las desigualdades concurran libremente al objeto propuesto, bajo la dirección de una doctrina común que no puede ser hoy sino científica” (Herrera 1916).

Haciendo hincapié en las diferencias, decía: “El socialismo llama en su auxilio a la fuerza del Estado, el positivismo a la opinión. El socialismo aborda el problema de frente; el positivismo rodea el obstáculo. El socialismo trastorna nuestra organización social y espera el progreso de una revolución; el positivismo no trastorna nada, pero siguiendo la ley demostrada por toda la historia, de que el progreso es el desenvolvimiento del orden, quiere que se pida al orden los medios de realizar el progreso”. Simplemente se trata de métodos distintos; los fines son los mismos: la justicia social. La violencia revolucionaria no es el único medio para alcanzar esta justicia; el positivismo posee otros medios. Tal es lo que en conclusión nos dicen los positivistas argentinos que siguen a Comte. “El positivismo es ante todo —dice Leopoldo Herrera— una filosofía social” (Herrera 1916).

José D. Bianchi, en un artículo sobre el mismo problema, decía: “El proyecto socialista se armoniza con la política positiva, aunque el objetivo de su propaganda es directamente social. La doctrina de Comte arranca, en su concepción y aplicación, del gobierno, para responder a todas las necesidades sociales; la teoría socialista, igualmente científica y filosófica, arranca del polo opuesto, de sus víctimas, y se levanta hasta la abstracción del régimen gubernativo. Son dos doctrinas que tienden al mismo fin: reorganización social. Una trata especialmente el factor político; la otra estudia el factor económico”. Ahora bien, agregaba, “el problema social consiste en mejorar esa gran masa sin alterar la economía general. El espíritu científico puede realizar la obra. La política positiva y el socialismo tienden a ello”. Sin embargo, es indudable que, “si no se asegura e independiza la vida material del individuo, su entidad política será lo que es hoy: instrumento utilizable por cualquiera que tenga en sus manos el factor económico”. La filosofía de Comte y el socialismo se complementan. Ambos atacan el mismo problema por diversos puntos. “La doctrina de Comte no podrá ser consecuente con los hechos sin que el socialismo le ofrezca los elementos aptos para la magna obra” (Bianchi 1898).

Y en otro trabajo, titulado “Cuestión social”, se refería ya al darwinismo y a su tesis de la lucha por la vida, en la cual predomina el más fuerte. Para Bianchi el más fuerte es el que sabe unirse en la colectividad. Los individuos más poderosos nunca serán más fuertes que las comunidades bien organizadas. “No hay existencia independiente —afirma—: aparte del encadenamiento orgánico que clasifica Darwin, existe otro plazo y es el de las mutuas ayudas en las luchas de la vida”. De aquí surge la idea de la justicia, base de toda la vida social. En este sentido, “la cruzada socialista no es la campaña de un partido que pugna por detentar el poder en un vaivén de la vida política de las naciones; su intención es profunda y quiere reconstruir el organismo colectivo, invocando la redención del cuerpo y del espíritu que aún no se realiza” (Bianchi 1899).

 

EL POSITIVISMO INGLÉS Y EL SOCIALISMO ARGENTINO

No sólo la burguesía argentina, al igual que las burguesías que han surgido en otros países hispanoamericanos, ha encontrado en las doctrinas de Spencer y Darwin la mejor justificación teórica de sus intereses, hasta el grado de convertirlas en filosofía oficial; también los socialistas argentinos encontrarán en las mismas la justificación de los propios. Así como la burguesía encontraba en Spencer la justificación de su individualismo y en Darwin la de su predominio sobre los que juzgaba menos aptos, el socialismo argentino encontrará en los mismos la justificación de las luchas de la clase proletaria. Tal será la interpretación que del positivismo inglés harán José Ingenieros y Juan B. Justo.

Dentro de esta interpretación se encuentran algunos trabajos de Carlos Octavio Bunge (1874-1918). En el titulado “La evolución del derecho y la política”, decía: “Hallo en la biología la explicación del proceso igualitario del derecho, que lo es también, naturalmente, de la política, de la moral y de la religión; el igualitarismo utópico es contrario al principio biológico de la especificidad humana”. A continuación exponía la dialéctica conforme a la cual se desarrolla la humanidad: 1) La geografía determina la formación de las razas, o sea la especificidad del género humano. 2) La especificidad humana origina la guerra y la conquista. 3) La conquista produce las clases sociales. 4) Las clases sociales constituyen el Estado. En esta forma “la antigua diferencia étnica se transforma en diferenciación jurídico-política”. Está de acuerdo con el interés de las clases dominadoras mantener esta nueva diferenciación. Para realizar tal cosa pugnan por darle eficacia y fundamentos. “Los fundamentos se cimientan en los sistemas religioso-morales; la eficacia estriba en las normas jurídicas, que se fijan luego en leyes”. El derecho es siempre desigualdad. “La especificidad es tanto mayor cuanto más se sube en la escala animal. El hombre representa el producto más alto de la escala animal. Luego la especificidad es en él mayor que en cualquier género o especie” (Bunge 1918a).

Hasta aquí sigue las conclusiones del positivismo inglés. Pero del mismo va a deducir conclusiones favorables al movimiento de los oprimidos. “Si las razas dominadoras —dice— pudiesen mantener estacionaria su superioridad, la organización social, una vez formada, sería invariable. Las castas o clases quedarían separadas in aeternum; los continuadores continuarán indefinidamente su supremacía política y económica sobre los conquistados. Pero así como la biología nos enseñó que la especificidad es tanto mayor cuanto más complicado sea el organismo, demuéstranos también que todos los organismos, incluso los más complicados, son susceptibles de degeneración”. Los aristócratas, los que detentan el poder, degeneran convirtiéndose en parásitos. En cambio las clases dominadas suelen robustecerse templadas con la actividad y el trabajo continuo. “Varias generaciones de labradores, en circunstancias más o menos favorables, suelen dar un resultado inverso al de las simultáneas generaciones de aristócratas; mientras éstos se deprimen, aquéllos se robustecen” (Bunge 1918a).

Mientras la especificidad mantenga superiores a las castas que mandan, su dominación es justa; se impone por la fatalidad de las leyes biológicas e históricas. No sucede lo mismo “cuando los dominados alcanzan una energía vital mayor que la de sus decadentes conquistadores; entonces la dominación resulta, aunque no todavía injusta, por lo menos irritante. ¡Los inferiores dominan a los superiores! Y éstos, por su instinto animal utilitario, se rebelan; inician una lucha de clases”. El ideal de la lucha de clases será la igualdad. A una “aristocracia oprobiosa” se opondrá una “heroica tendencia igualitaria”. En igual forma que “las clases dominadoras inventaron antes el derecho a la desigualdad, las dominadas inventan ahora un derecho a la igualdad. Debido a la degeneración de la tendencia inigualitaria, la tendencia opuesta triunfa” (Bunge 1918a). Tal es el resorte de la historia.

Aquí cabe señalar otra interesante distinción respecto a la forma como el mismo positivismo inglés fue interpretado por los positivistas mexicanos. Siguiendo a Spencer, decían: “La sociedad, como todo organismo vivo, está sujeta a las leyes necesarias de la evolución”, las cuales, “en su parte esencial, consisten en un doble movimiento de integración y de diferenciación, en una marcha de lo homogéneo a lo heterogéneo, de lo incoherente a lo coherente, de lo indefinido a lo definido. Es decir, que en todo cuerpo, que en todo organismo, a medida que se unifica o se integra más, sus partes más se diferencian, más se especializan, y en este doble movimiento consiste el perfeccionamiento del organismo, lo que en las sociedades se llama progreso”. De aquí deducían el derecho de la burguesía mexicana a mantener el orden social más estricto. Lo primero era homogeneizar a la nación, integrarla, darle unidad, después vendría la heterogeneización, la diferenciación. Antes que las libertades, el orden. La libertad sería el natural resultado de un buen orden impuesto. Mientras el pueblo no supiese lo que era el orden no podría aspirar a la libertad. La burguesía mexicana se encargará de establecer este orden. Se nombraba a sí misma tutor del pueblo mexicano. Para su bien establecía una de las más férreas dictaduras. En esta interpretación no se hace sino justificar una vieja actitud con nuevas teorías. Los conquistadores españoles habían ya discutido en el pasado varias teorías que justificaban su predominio sobre los pueblos conquistados. El indio, ayer como ahora, seguía siendo una criatura incapacitada para disfrutar de la libertad. El indio seguía siendo moral e intelectualmente inferior y por lo mismo necesitado de tutores. El conquistador español ayer y la burguesía mexicana en esta época encuentran la justificación de su predominio social en esta supuesta inferioridad del indígena, que forma el grueso de la población mexicana.

En la Argentina esta interpretación tendría que cambiar. No existiendo el indígena, no existe tampoco la justificación del predominio de una raza superior sobre otra inferior. Tanto el explotador como el explotado tienen el mismo origen racial. La inmigración está formada por hombres de raza semejante a la que se encuentra en la Argentina. La burguesía argentina pertenece a la misma raza que la clase trabajadora. Son grupos sociales en los que sólo cabe una diferencia social, pero no étnica. La única diferencia puede venir de la aptitud de los unos frente a los otros. En la lucha por la vida se imponen los más aptos. La aptitud del trabajador argentino no se encuentra reducida previamente, como la del mexicano, por una supuesta inferioridad étnica. En su lucha, el trabajador argentino se sabe con las mismas posibilidades de triunfo que la burguesía. Es más, como individuo sabe que también puede alcanzar el mismo nivel económico y de confort que el más encumbrado de los burgueses. Su mundo de posibilidades es aún más abierto que el del trabajador europeo. Sin esta idea no se explicaría la inmigración. Cada inmigrante espera encontrar en la América las posibilidades de éxito personal que ya no se encuentra en Europa. Su lucha, más que una lucha de clases, es para obtener mayores posibilidades de triunfo individual. No aspira a acabar con la burguesía; simplemente aspira a alcanzar las mismas ventajas que ella, a situarse en el mismo plano de igualdad económica y social. De aquí que esté más cerca de Spencer que de Marx. Prefiere la solución socialista a la comunista. Quiere entenderse con la burguesía, no destruirla.

En el ensayo titulado “El problema del porvenir del derecho”, Carlos Octavio Bunge decía: “El socialismo implica, no sólo una tendencia económica y política, sino también una impulsión moral y efectiva, una manera suprarrevolucionaria del principio cristiano. Pero el socialismo absoluto carece de verdaderas bases científicas. Ni el ambiente está preparado para aceptar el socialismo absoluto, ni se conoce todavía una concepción con suficiente prestigio y simpatía como lo fue en su tiempo la doctrina del contrato social. La fórmula más factible del socialismo es hoy la relativa y moderada, que estriba en la protección del Estado a las clases pobres” (Bunge 1918b). El triunfo del socialismo, si se llegase a “conseguir en forma de comunismo, será tan pasajero y engañoso como el de la democracia moderna”. El hombre progresa y marcha porque se perfecciona en relación con sus congéneres. “Por tanto, perfeccionarse es hacerse superior, en inteligencia y caracteres, a otros hombres y a otros pueblos. Ahí hallaríamos la fórmula biológica del progreso: progresar es especificarse. A ella corresponde una fórmula biológica del progreso: progresar es aristocratizarse. Es decir, perfeccionarse respecto de otros hombres y pueblos para cimentar en una superioridad real el principio de mando, de poder y de desigualdad, que constituye la intransmutable substancia de todo derecho práctico y eficiente” (Bunge 1918b). El comunismo es imposible porque es contrario a esta diferenciación biológica. Spencer tiene aquí razón sobre Marx. Se prefiere una dialéctica en la que el protagonista es el trabajador como individuo, a una dialéctica en la que la clase es la que tiene tal papel.

José Ingenieros también deduce de Spencer la dialéctica que ha de conducir a la clase trabajadora hacia una sociedad más justa y al mayor bienestar de sus individuos. La división de clases entre los que poseen los medios de producción y los que no los poseen, dice Ingenieros, ha dado lugar a una organización económica especial. “Esta organización económica, consecuencia inevitable del actual sistema de producción capitalista, hace que la esclavitud y la servidumbre revistan una nueva forma destinada a ser la última” (Ingenieros 1898). El capitalismo encierra al mismo tiempo, en vías de desarrollo, los gérmenes de un nuevo sistema de producción, que señalará el paso a otro período de la historia económica de la humanidad: el sistema de producción social. Poseídos en común todos los medios de producción y transformados todos los individuos en productores, intelectuales o manuales, “desaparecerá la división de la sociedad en clases con intereses antagonistas y las instituciones de clase, cuya existencia responde a condiciones económicas presentes, que entonces habrán desaparecido y serán sustituidas por otras instituciones más en armonía con las condiciones histórico-sociales que regirán en el porvenir y que tendrán por base una concepción científica de la vida y de la sociedad mediante el doble conocimiento de la esencia y las modalidades de los factores cósmicos y económicos a que siempre estarán subordinadas las conveniencias, el desenvolvimiento progresivo y las relaciones mutuas del individuo y de la especie”.

Al socialismo se llega por evolución natural y biológica. La máxima solidaridad social es el fruto de esta evolución. Solidaridad que tiene su origen en la misma voluntad del individuo. Dentro de esta solidaridad el individuo alcanza su máximo desarrollo. “El advenimiento de la organización socialista de la sociedad —dice Ingenieros— es inevitable y es la condición esencial para asegurar en el porvenir el libre desenvolvimiento de todas las aptitudes individuales, dentro de una verdadera y benéfica solidaridad colectiva”. Por esta vía, “que conduce a una máxima solidaridad social, realizando la más admirable combinación del individualismo y el altruismo bien entendidos, la humanidad se aproximará a la solución de sus grandes problemas sociales presentes [...] hacia la fórmula suprema de bienestar: obtener para cada individuo un máximo de satisfacción de sus necesidades materiales, intelectuales y morales”. Tal es lo que se deduce de la doctrina de Spencer, de su teoría de la evolución aplicada al campo de lo social. “Porque esta verdad —dice José Ingenieros—, que no pudo escapar a Spencer en su concepción evolucionista [...] es también una tendencia fundamental de la vida y del desenvolvimiento social y económico de la sociedad humana”. El positivismo del filósofo inglés conduce a un tipo de solidaridad social muy distinto al que la burguesía derivaba de la misma doctrina: “al altruismo como justicia social y no como caridad y limosna”.

 

POSITIVISMO Y MARXISMO

“El maestro Juan B. Justo —dice Alejandro Korn— logra infundir una nueva enseñanza, saliendo del carácter netamente burgués que había tomado el positivismo argentino para vincularlo a las aspiraciones del proletariado y proporcionar así un nuevo contenido” (Korn 1934). Para realizar esta reforma el maestro socialista combina la filosofía positivista de Spencer con la filosofía de Marx; aunque poniendo el acento en el primero. Los ideales, las aspiraciones de su doctrina y acción, coinciden con las del marxismo, pero se separa de él por lo que se refiere a las bases en las cuales apoya su pensamiento.

En su libro Teoría y práctica de la historia hace un análisis de las sociedades para hacer destacar en él las causas de la desigualdad social y la forma como ésta se va superando. Su interpretación es biologista. La biología se le presenta como la base de la historia del hombre. El proceso histórico surge de las diversas fuerzas vivas que se debaten y luchan en determinadas condiciones biológicas, apoyado el hombre en una técnica cada vez más poderosa. Justo cree que en esta lucha por la vida, la técnica y la cooperación darán al hombre una mayor superioridad. Pero hasta ahora, dice, esto no ha sido posible porque la técnica se encuentra en manos de una serie de instituciones “que limitan artificialmente el desarrollo y la vida de los grandes grupos de individuos” (Justo 1938).

“En las sociedades modernas —dice— la técnica y la cooperación estriban en la propiedad privada de los elementos naturales de vida y de los medios de producción creados por el hombre, y ese dominio exclusivo de cierta clase de personas sobre el medio físico biológico y los útiles y materiales de trabajo trastorna las condiciones de la lucha por la vida” (Justo 1937). Despojada una parte de la sociedad, el proletariado, de los principales elementos de trabajo, la lucha por la existencia es en ella muy desventajosa, no alcanzando, en lo general, sino una vida corta y un desarrollo individual incompleto. El acaparamiento de los medios de producción, que diría Marx, no sólo produce la desigualdad social. Justo ve en este acaparamiento un ataque a la misma naturaleza y al desarrollo y progreso de la especie humana. Una parte de ella es sacrificada, al dejársela en condiciones desventajosas para enfrentarse en la lucha por la vida. La selección sexual es también impedida y trastornada. En la naturaleza, dice, el macho seduce a la hembra desplegando, como los pájaros, su más hermoso plumaje o su mejor canto. En la lucha por el amor triunfan los que pueden seducir a la hembra con ésta su belleza masculina. “Los que triunfan en la lucha por el amor trasmiten a su prole los caracteres que le han hecho vencedores, y así se desarrolla el tipo de belleza de la especie”. Naturalmente se realiza la selección, propagándose los mejores. En las sociedades humanas no sucede ya esto. Aquí ya influye poderosamente un medio artificial, el dinero. En este caso no triunfan ya los mejores físicamente, sino los que pueden contar con esos medios. “Cualquiera que sea el origen del que llena la bolsa, éste es actualmente en los países comerciales el carácter sexual secundario más apreciado, con la particularidad de que lo mismo adorna a uno que a otro sexo, pues, así como el degenerado rico y disoluto suele malograr para la especie lindas doncellas, la rica fea es más solicitada que la hermosa sin dote o sin futura herencia”. La especie humana se va así malogrando.

Sin embargo, pese a esta interpretación biológica de lo humano, Justo no la reduce a ello. En realidad, lo humano, lo propiamente humano, surge con la historia, y ésta aparece a su vez cuando el hombre pasa de ser un ente puramente biológico a un individuo que se sirve de la técnica para adquirir ventajas en la lucha por la vida. El punto de partida de la historia se encuentra en la técnica, en la capacidad del hombre para transformar su medio. “Desde que el hombre es bastante inteligente para considerarse un animal, tiene que ver en la biología la base de su historia. Las actividades inconscientes son el prólogo de toda actividad voluntaria y consciente. Las leyes de la vida son las leyes más generales de la historia”. Pero al surgir la técnica, la historia se separa. “El trabajo humano es lo que subordina la historia a la biología y al mismo tiempo la separa de ésta”.

Acepta, por lo que se refiere al marxismo, su interpretación práctica de la desigualdad de clases y de la lucha de éstas, pero se opone a toda clase de abstraccionismos. No quiere que lo consideren un filósofo, sino un hombre de acción. Marx, antes que nada, ha sido un filósofo y se ha perdido en abstracciones en detrimento de la práctica. Para Justo la teoría de la plusvalía marxista es sólo una alegoría. Se opone al método dialéctico. A la negación de la negación de Hegel, opone Justo lo que llama “la afirmación por la afirmación”. Marx y Engels han dado demasiada importancia a la dialéctica hegeliana, considerando que gracias a ella ha sido posible el socialismo científico. Justo no cree tal cosa. “Que Marx y Engels —dice—, ufanos de su grandiosa concepción la hayan atribuido a la dialéctica, no sería una ilusión sin ejemplo”. Ya en el pasado Pitágoras atribuía a los dioses la formulación de algunos de sus teoremas. Hegel lo mismo puede dar la base para un socialismo científico como para toda clase de reaccionarismos. Justo no quiere que la lucha del proletariado dependa de tal tipo de abstracciones o filosofías. Quiere que se apoye en la ciencia, una ciencia práctica, de experimentación, una ciencia positiva, podría decirse. “La experiencia —dice— es la fuente del conocimiento, la crítica inexorable de la ilusión”.

Respecto a las ciencias, niega a éstas su carácter absolutista. “Las ciencias —dice— no son sino verdades relativas”. Éstas se relacionan con el hombre. “Nada se saca en limpio manipulando esas dos abstracciones, el hombre y la naturaleza. No hay leyes físicas y leyes intelectuales; todas las leyes son físicas e intelectuales, naturales y humanas. No están escritas en el mundo sino para ser descifradas por nuestra clave y sólo existen en el sentido y al alcance de esta clave. De ahí su relatividad”. Justo ha basado su interpretación en esta experiencia. En su profesión de médico ha visto al hombre como lo que es, como lo que es, como un ente biológico empeñado en la lucha por la vida. Lucha en la cual ha faltado solidaridad en detrimento de grupos humanos.

Partiendo de esta tesis se opone también a la dictadura del proletariado, la considera un mito que va perdiendo importancia en la mente del pueblo. “La idea de una repentina transformación social que establezca de golpe un orden perfecto, va perdiendo terreno en la mente del pueblo, a medida que se ocupa éste con más inteligencia de los problemas de cada día” (Justo 1938). Ningún Estado, ninguna ley, puede cambiar de golpe las relaciones entre los hombres estableciendo otras capaces de realizar la propiedad colectiva. El problema principal es de capacitación, de educación. De lo que se trata es de hacer “pasar a manos del pueblo entero esa función de dirección que hoy monopoliza la clase privilegiada propietaria” (Justo 1932). Se trata, no de establecer una dictadura, sino de alcanzar, por diversos medios, el control de la técnica, que ahora se encuentra en unas pocas manos. Alcanzando este control, la desigualdad se irá eliminando, ya que todos los individuos tendrán las mismas oportunidades y se desarrollarán de acuerdo con sus posibilidades naturales. Antes que la revolución está la educación, de manera que se formen hábitos de cooperación social y la técnica pueda así estar al servicio de toda la sociedad.

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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