Ramiro de Maeztu
 
 
"En Madrid"
  
Yo me encontré con Barrett en el que fue el momento crucial de su vida. Seguro estoy de que si ha llegado a ser una figura en la historia de América lo debe a aquella hora. Las gentes de mi tiempo recordarán que hacia 1900 cayó por Madrid un joven de porte y belleza inolvidables. Era un muchacho más bien demasiado alto, con ojos claros, grandes y rasgados; cara oval, rosada y suave, como una mujer, salvo el bigote; amplia frente, pelo castaño claro, con un mechón caído a un lado. Un poquito más ancho de pecho, y habría podido servir de modelo para un Apolo del romanticismo.

Debió haberse traído de la provincia algunos miles de duros, porque vivió una temporada la vida del joven aristócrata, más dado a la ostentación y a la buena compañía que al mundo del placer. Se le veía en el Real y en la Filarmónica, pero no en el Fornos ni en el Japonés. Vestía con refinamiento, y las mujeres le admiraban a distancia. Presumo que de haber caído en París o en Londres se habría casado con una millonaria, que lo habría comprado en matrimonio, como se adquiere un palacete de verano; pero las ricas españolas no suelen adquirir marido sin consejo de gente que no habría sentido simpatía hacia las aficiones artísticas de nuestro "dandy".

El hecho es que Barrett se gastó su dinero, cosa que me parece un error grave, por lo que la buena sociedad empezó a darle de lado, cosa que me parece natural, dadas las exigencias de los tiempos. Lo que ya no estuvo bien es que en vez de decírsele a Rafael Barrett que no había lugar en la "high life" para los chicos pobres, sino cuando son dóciles y humildes, se le inventara la calumnia de que era dado a vicios contra-natura. Barrett se revolvió contra la acusación. Hizo que las personalidades más eminentes del protomedicato le examinasen las vergüenzas, así como las del amigo que compartía el oprobio de la acusación, y con el certificado de "naturalidad" en el bolsillo se lanzó a la imposible tarea de buscar a los originadores de la calumnia. En esta busca acaeció la escena famosa, en que Rafael Barrett, látigo en mano, acometió un día de moda en el teatro, con razón o sin ella, a uno de los aristócratas de nombre más encopetado. Ya digo que no sé si tenía razón para el ataque, pero tampoco la tenía el "Tribunal de honor" que días más tarde le descalificó. La descalificación me produjo tan deplorable efecto que envié a El País una carta en que me borraba de la lista de los caballeros de honor.

Fue entonces cuando le conocí. No vi en él más que a la víctima de una injusticia. Que fuera hombre capaz de sentir las injusticias que los demás sufrieran no pude adivinarlo, aunque debió ser la razón de la fuerte simpatía que me inspiró el que entonces no pudo parecerme sino un señorito despedido de su clase social. Es indudable que la injusticia que se le hizo le abrió el pecho para sentir la injusticia social.

El caso es que, al desembarcar a los pocos meses en América, y ésta es ya historia que Armando Donoso sabe mejor que yo, Rafael Barrett era otro hombre.

Ramiro de Maeztu

(Publicado como apéndice en Rafael Barrett. Lo que son los yerbales paraguayos. Montevideo: Claudio García, 1926. Recogido en Obras completas de Rafael Barrett. Asunción: RP-ICI. 1988-90. Vol. IV, p. 331.  Publicado originalmente en el diario El Sol (Madrid) 8 de diciembre de 1925. Edición digital para Proyecto Ensayo Hispánico de Francisco Corral Sánchez-Cabezudo, Instituto Cervantes.])

 
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces