Rocío Virginia Gómez

 

Intertextualidad y anarquía:
Rafael Barrett y el Centenario
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Sumario:
Rafael Barrett nace en 1876 en Torrelavega, España. Con 27 años llega a Buenos Aires, en donde desarrolla una breve pero fecunda actividad periodística y entra en contacto con la cruda realidad latinoamericana. Sin embargo el destino lo lleva a Paraguay, país que lo enamora. Identificado con el anarquismo, Barrett encuentra su lugar de denuncia en la prensa. El peso de los acontecimientos ocurridos en los años próximos al Centenario de Mayo llevará a Barrett, decididamente internacionalista, a escribir numerosos artículos sobre la represión policial, la cuestión social, las leyes anti-inmigratorias y la fuerza del anarquismo en Buenos Aires. Sin duda serán los festejos patrios con su posterior represión los tópicos por excelencia de sus crónicas y de El terror argentino, un folleto de denuncia que escribe poco antes de morir. Su obra es una de las producciones literarias más significativas del repertorio anarquista de principios del siglo XX, y rescatarla nos permite alumbrar una época decisiva para nuestra historia, recuperando aquellas estrategias discursivas que buscaron consolidar una mirada crítica sobre las posiciones oficialmente instituidas.

Sepultado en el olvido, silenciado por la desmemoria oficial, Rafael Barrett resurge después de casi 100 años para recordarnos que son pocas las cosas que cambiaron y que nada cambia si no cambiamos primero nosotros. A la memoria tenemos que alimentarla con el reconocimiento, y reconocer la escritura barrettiana es reconocernos a nosotros mismos.

¿Qué perdimos no leyendo a Barrett? ¿Qué perdimos sentenciándolo al olvido? Indudablemente, perdimos una obra muy valiosa, pero por sobre todo perdimos una mirada original sobre esta parte del continente, una mirada crítica y revolucionaria, inclasificable y llena de humanidad.

Más de cien años han pasado de su nacimiento en tierras españoles, y otros tantos de su llegada a América. Sin embargo, su descubrimiento, de este o del otro lado del océano, recién está empezando. Es cierto que Rafael Barrett brilló en su época como la pluma deliciosa que apreciaban Rodó y Borges, los anarquistas de todas las latitudes y todos los lectores ávidos de saludable literatura, pero su presencia se volvió inmaterial con el correr de los años. En la memoria de quienes gozaron con su prosa quedaron sus palabras, palabras que hoy permanecen frescas detrás del polvo, tan llenas de vida como de razón y actualidad.

Figura notable de la literatura anarquista de aquella época, Barrett se ocupó de denunciar lo que muchos no querían escuchar. Autoproclamado “obrero de la pluma”, vivió en diálogo con el mundo que lo rodeaba. Y Buenos Aires era parte de ese mundo. Los numerosos escritos sobre la ciudad y su folleto El terror argentino, publicado en el año de los festejos del Centenario, dan cuenta de su conocimiento y su preocupación sobre lo que acontecía en nuestro país. Con una mirada ácida e irónica, denunció, describió e interpretó, desde Paraguay y Uruguay, la realidad argentina del 900.

Su obra es una de las producciones literarias más significativas (y más injustamente olvidadas) del repertorio anarquista de principios del siglo XX, una muestra de militancia libertaria y un ejemplo de periodismo en muchos aspectos adelantado a su tiempo. Rescatarla nos permite alumbrar una época decisiva para nuestra historia, recuperando aquellas estrategias discursivas que buscaron consolidar una mirada crítica sobre las posiciones oficialmente instituidas.

¿Quién es Rafael Barrett?

“¿Y yo qué soy? El caballero andante de los pobres...Ah! El apóstol bien abrigado, bien alimentado, en su cómoda vivienda; el rebelde que se permite el lujo de cantar las verdades a los jueces y que no consigue correr riesgo alguno; el feliz revolucionario que tiene amigos en la policía y mira desde la ventana al lamentable ejecutor del código, al esclavo con casco y machete y polainas...” (O. C., 1943, p. 190).

Este es Barrett. El que se combate a si mismo. El que cuestiona su propia condición privilegiada frente a la de quienes él considera sus hermanos. Barrett clava sus dardos en el centro de lo que considera injusto, que algunos sean privilegiados y que muchos sólo se limiten a sufrir.

Rafael Ángel Jorge Julián Barrett y Álvarez de Toledo nació el 7 de enero de 1876 en Torrelavega, España. Su padre era un súbdito británico de formación científica y literaria que se dedicaba a vigilar intereses ingleses en España. Su madre estaba emparentada con los Duques de Alba, un tronco de la alta aristocracia española. Desde muy pequeño, Rafael reside en París, donde consolida una firme formación educativa. Barrett domina el francés, el inglés, el latín y el español, toca el piano con gran habilidad, es un gran conocedor de pintura y de literatura pero sin duda hay un campo sobre el que ejerce un gran dominio: las matemáticas. Con 20 años inicia en Madrid la carrera de Ingeniería en la Escuela de Caminos. Barrett es un “niño bien” que sin embargo difiere del resto por ciertas peculiaridades ligadas a su carácter. Su vida en España estará signada por la polémica: entre duelos a muerte, acusaciones de inmoralidad y un suicidio ficticio que los periódicos madrileños anuncian en sus portadas. Amigo de Ramón del Valle-Inclán, padrino de honor de sus duelos, y de Ramiro de Maeztu, Barrett compartirá la misma atmósfera conflictiva de la juventud madrileña de finales de siglo, la llamada Juventud del 98. Sin embargo, la literatura barrettiana no germinará en esas tierras.

Tras el escándalo social que se produjo luego de uno de sus duelos, deja Madrid, marchándose a París donde trabajará como corresponsal y periodista. Esta profesión será la que le proporcionará el sustento económico ya en Argentina, donde arriba en 1903. Poco más de un año dura su estadía en Buenos Aires. Sin embargo, será un período sumamente fecundo para Barrett ya que se desarrollará como periodista, demostrando sus grandes dotes literarias, y también entrará en contacto con la cruda realidad de una ciudad sumamente conflictiva como lo era Buenos Aires a principios del siglo XX.

A fines de 1904 el periódico porteño El Tiempo lo envía como corresponsal a Paraguay para cubrir el levantamiento militar del general liberal Benigno Ferreyra contra el gobierno del partido Colorado. Sin dudarlo, Barrett se alista en las filas revolucionarias y se queda en Asunción. Paraguay lo deslumbra y lo enamora. En 1905 publica sus primeros artículos para la prensa paraguaya, y un año después se casa con Francisca López Maíz, con quien tiene un hijo, Alex. Poco a poco se va introduciendo en el ambiente intelectual paraguayo. Junto a su labor periodística, se desempeña como profesor particular de matemáticas. Cada vez más comprometido con el sufrimiento de los que menos tienen, identificado abiertamente con el anarquismo y vinculado a la Federación Obrera Regional Paraguaya, Barrett ofrece, en 1908, conferencias a los obreros y publica una importante serie de artículos periodísticos donde denuncia las explotaciones que sufren los trabajadores de los yerbatales. “Lo que son los yerbales” provoca la reacción del gobierno y de las clases altas paraguayas. Por ese entonces, ya había contraído tuberculosis.

Poco tiempo después de su denuncia, se produce el golpe de estado del Coronel Albino Jara en Paraguay. En medio de la lucha armada, Rafael y José Guillermo Bertotto, su “compañero de armas”, salen a recoger heridos por las calles de Asunción. Barrett no podía callarse ante la crueldad y, haciendo oídos sordos a la censura oficial, funda junto a Bertotto el quincenario Germinal. Pero la tuberculosis le quita fuerzas y decide recluirse en San Bernardino, dejando la publicación en manos de su amigo. Germinal solo llega al undécimo número. Clausurado el periódico, continúa luchando como puede. Escribe volantes, es apresado, y luego deportado, primero a Brasil, después a Uruguay.

En Uruguay hará buenos amigos y comenzará un fecundo período de publicaciones en el periódico La Razón de Samuel Blixén. La intelectualidad uruguaya lo recibe con los brazos abiertos. Pero Barrett, después de algunos meses, y aquejado por la enfermedad, decide volver a su Paraguay. Al cabo de un año de espera en una estancia de Yabebyry le permiten radicarse en San Bernardino, cerca de Asunción. Desde allí colabora con el periódico El Nacional denunciando nuevamente las atrocidades a las que son sometidos los campesinos. En agosto de 1910 ve publicado en Uruguay su libro Moralidades Actuales, que compila una serie de artículos periodísticos, mientras sale también a la luz el folleto El terror argentino.

Pero Barrett está muy enfermo y decide trasladarse a Francia para ensayar una milagrosa cura con inyecciones de agua de mar. En su paso por Montevideo entrega a Orsini Bertani los originales de El dolor paraguayo, que serán publicados en 1911. Continúa escribiendo a bordo del vapor italiano para periódicos uruguayos, paraguayos y argentinos. Después de varios meses en Francia, Rafael Barrett muere el 17 de diciembre de 1910 en Arcachón a la edad de 34 años. Su muerte es conocida en América en enero de 1911[1].

Bajo otros cielos. Barrett y Buenos Aires

Se cree que Rafael Barrett arriba a tierras argentinas en 1903, aunque la fecha es imprecisa. Con escaso dinero y con parientes en Buenos Aires, abandona España. Poco se sabe de las causas que lo llevan a América. Lo cierto es que esta parte del mundo será crucial en su vida.

Su permanencia en Buenos Aires es corta, sin embargo escribirá muchísimo sobre la ciudad porteña, demostrando un profundo interés y conocimiento de su historia y su presente. Cabe mencionar que Buenos Aires era por aquel entonces, reina de las opulencias y epicentro de las luchas, y que Barrett se cruzó con esa Buenos Aires, una ciudad fuertemente polarizada y efervescente que su pluma no pudo dejar pasar.

En Buenos Aires encuentra una profesión: el periodismo. Profesión que ejercerá en tres medios gráficos: la revista Ideas dirigida por el escritor Manuel Gálvez y los periódicos El Correo Español de Justo López Gomara y El Tiempo de Carlos Vega Belgrano. También desarrolla una fecunda actividad matemática, fundando la Unión Matemática Argentina, y descubriendo una fórmula elogiada por el mismísimo Henri Poincaré[2]. Asiste asiduamente a actos de la inmigración republicana española y prosigue en su afán de batirse a duelo, provocando nuevamente un escándalo que los diarios porteños no tardan en publicar. Más allá de lo anecdótico, la ciudad marca sin dudas a Barrett. Basta leer su artículo “Buenos Aires”[3], publicado en El Correo Español, que provoca una fuerte discusión con su director, para darse cuenta de que era algo más que un simple visitante de ocasión en la gran metrópoli. Describe una ciudad que se sueña europea a fuerza de profundos contrastes y que se vanagloria de ser democrática aunque diste mucho de serlo, y deja entrever en sus líneas el dolor que esto le proporciona. No puede ni quiere callarse, y por eso es obligado a abandonar la publicación.

Sin embargo, y exceptuando el artículo anteriormente citado, sus ideas políticas son por esos tiempos incipientes. Sus colaboraciones en los periódicos transcurren entre precursoras críticas de arte y cultura en general. La mayor parte de sus crónicas políticas sobre Buenos Aires son escritas y publicadas estando ya en Paraguay.

El peso de los acontecimientos ocurridos en los años próximos al Centenario de Mayo llevará a Barrett, decididamente internacionalista, a escribir numerosos artículos sobre la represión policial, la cuestión social, las leyes antiinmigratorias, la actitud del gobierno para con los trabajadores y la fuerza del anarquismo en Buenos Aires. Internacional como las injusticias que denuncia, Barrett no conoce de fronteras porque siente en lo más hondo los dolores humanos, y porque para él la patria es la humanidad toda. Los abusos le molestan en los lugares en donde ocurran. Los poderosos lo irritan sin considerar nacionalidades.

Más allá de la distancia geográfica, Rafael Barrett mantuvo siempre un contacto estrecho con la ciudad, a través de amigos, lo que le permitió contar con información fluida y muchas veces más profunda que la que brindaba los grandes periódicos porteños. Cabe mencionar además que por aquel entonces, salvando el precario desarrollo de los sistemas de comunicación, los anarquistas, fieles a su internacionalismo, habían constituido una especie de región de enlace hispanoamericana en la cual la información fluía a través del telégrafo, las cartas, la prensa, los corresponsales, etc.

A partir de esos materiales y de un conocimiento bastante amplio de la situación política, económica y social de la Argentina, fruto de un vasto acervo cultural, Barrett denuncia, interpela, invita a la reflexión, incita, conmueve. La distancia, que para la labor periodística juega como un obstáculo, es paradójicamente en él una ventaja ya que le permite ver con mayor claridad mucho de los acontecimientos que revolucionan la Buenos Aires del 900.

Su vida, tan efímera como intensa, lo llevará a desarrollar lo más prolífico de su obra poco antes de morir. En sus últimos años, escribirá cuentos cortos para la revista porteña Caras y Caretas y publicará crónicas periodísticas en la prensa de Asunción y Montevideo. Sin embargo, su espíritu inquieto y rebelde no le dará tregua, y frente a la dura represión posterior a la celebración del Centenario con la consiguiente Ley de Defensa Social, Barrett grita su indignación a través de El terror argentino, folleto que publica en Julio de 1910 en Paraguay.

Marchando a Francia, comentará con alegría en cartas a su esposa la posibilidad de convertirse en periodista del diario La Nación[4].

Una mirada original sobre el Centenario

El grado de tensión entre los anarquistas y el Estado argentino estaba en su punto más álgido al llegar a 1910. Los sucesos de la llamada “Semana Roja”[5] y el posterior atentado anarquista que terminara con la vida del Coronel Ramón Falcón, habían llevado el conflicto al extremo. La fecha era decisiva.

La batalla política y social que sacudía a Buenos Aires por aquellos tiempos tiene un fuerte correlato en el campo discursivo. Los anarquistas utilizan su más preciado arsenal contra los símbolos que la oligarquía había montado para la gran celebración. El objetivo era destruirlos. El diario La Protesta alcanza una tirada histórica de 15000 ejemplares. Cientos de periódicos salen a la calle con una retórica en llamas.

Desde la otra vereda, la oligarquía se posiciona discursivamente a partir de la referencia obligada a la identidad nacional, una identidad nacional que debía ser recuperada a través de las tradiciones y de los símbolos. Las “ideas foráneas” destruían la nacionalidad, el nosotros, y por lo tanto, entorpecían el proyecto organizativo del país perseguido por la elite y por un número notable de intelectuales. Desde la oficialidad eran alimentados los discursos a una Argentina pujante, altiva, vanidosa.

Rafael Barrett se suma, desde Paraguay, al combate de voces con numerosas intervenciones políticas desde el papel. En una sociedad acostumbrada a los centros, Barrett descubre los márgenes de los grandes problemas. Su escritura parte de lo ínfimo, de lo soslayado por la opinión pública, para dar cuenta hasta que punto nos hallamos impregnados por la injusticia del ejercicio del poder. Las condecoraciones, los agasajos y los agasajados, son la materia que alimenta su crítica certera y aguda, a la batalla simbólica librada con motivo de la celebración del Centenario.

Los pomposos festejos organizados por el gobierno argentino buscaban ofrecer una imagen de confianza interna, producto del crecimiento económico del país, imagen que ocultaba las fisuras que se estaban produciendo tanto desde el interior de la propia elite debido al agotamiento de un sistema político fraudulento y restrictivo, como desde el exterior, con numerosas huelgas y manifestaciones anarquistas. La fiesta era el momento de demostrarle al mundo la imagen soñada de una Argentina opulenta y ordenada.

La ostentación que caracterizaba a la oligarquía alcanzó su punto más alto a raíz de los festejos. Símbolos de poder, las condecoraciones, “bisutería de que se han mostrado tan pródigos hoy los gobiernos extranjeros como los conquistadores, hace 400 años, de su pacotilla de cuentas de vidrio para seducir vanidades autóctonas” (O. C., p. 479), sobre las que Barrett elabora una de sus crónicas, son uno de los tantos signos de reconocimiento al cual apeló la oligarquía. Cruces, bandas, placas, que no significan tan sólo adornos sino que encierran un valor “positivo y calculable”: dotan a quienes las portan de inmunidad. “La cruz, más que emblema fatuo, es póliza de seguro contra los mil accidentes del trajín colectivo” (O. C., p.481), advierte Barrett jugando en los límites de la literatura y el periodismo. Consciente de las funciones de consagración y diferenciación de las condecoraciones, Barrett da cuenta también de la necesidad de que ese sistema simbólico sea compartido por todos, para que pueda ser efectivamente un elemento de distinción social. Es porque “los mayorales del tranvía y los empleados de ferrocarril se humanizan” (O. C., p.481) ante estos talismanes, que poseen su poder distintivo.

Los invitados especiales también se “ostentan”. Un Clemenceau, un Blasco Ibañez, un Anatole France distinguen a la flamante república con su presencia. En “Embajadas literarias” y en “Clemenceau” Barrett aborda, con justa ironía, la contradicción que desde la ignorancia se le plantea a la élite con semejantes agasajados. “¡Diablo!”, exclama Barrett con sorna, “Todo esto es peligroso en un país que acaba de declarar subversiva la constitución” (O. C., p.514).

Anatole France, novelista y premio Nobel francés, defensor de causas humanitarias, a quien Barrett rinde admiración denominándolo “emperador de pensamiento contemporáneo”, es uno de los invitados especiales para la ocasión. Aunque “ya se sabe que los discursos diplomáticos son anodinos y de una prudencia impotente” (O. C., p. 601), Barrett irónicamente se pregunta cómo le caerá a los “tímidos porteños” el discurso del autor de Crainquebille. Y no puede dejar de desnudar lo paradójico de festejar el Centenario “arrasando las escuelas Ferrer, presididas hoy por...Anatole France, el más agasajado de sus huéspedes” (O. C. 514).

Consciente de que la “argentinidad” estaba en pleno proceso de definición, y por lo tanto de exclusión, Barrett apunta su pluma certera al patriotismo. La crítica del movimiento anarquista local al concepto de patria se apoyaba en el grado de abstracción del mismo y en el interés por parte del Estado en su definición para legitimar, bajo bases ideológicas, la dominación. Numerosos son los discursos que en este sentido contribuyeron a elaborar el “ser argentino”, posibilitando la defensa de una patria, de una lengua y de una cultura frente a lo extranjero.

Barrett, audaz expropiador de discursos ajenos, genera a partir de la inclusión de otras voces, la polémica con su voz. “Diréis”, escribe haciendo uso del recurso a la concesión, tan común en la argumentación, “que la masa ignora pero siente. Sin embargo, ¿A qué se reduce un sentimiento que no se manifiesta en palabras y actos habituales? Conversad con un labrador, con un obrero; se ocupará de sus cosas, de su oficio; nada os hará suponer que piensa en la patria. [...] No hablan a cada momento de la patria los que la engendran, sino los que la explotan” (O. C., p. 523) La patria es para Barrett una abstracción, un concepto construido, edificado por quienes buscan otorgar un asidero ideológico a su dominación. “El patriotismo, exclama, es un molde muy chico para nuestro futuro porque al delimitar la naturaleza nos homogeneizamos. El patriotismo es la división. No venceremos desunidos” (O. C., p. 633).

Con la osadía intelectual que lo caracteriza, va siempre más allá, sugiriendo lo que el festejo debería ser para los argentinos:

“...la Argentina cometería un error si diera a su centenario un alcance exclusivamente patriótico, en lo que el patriotismo tiene de celoso, hostil a lo que no es él, aislador, subrayador de fronteras. Si la Argentina, exaltada por lo solemne de la hora, imagina que es la idea de la patria quien ha presidido su soberbia prosperidad, yerra en absoluto. Dejemos esas cándidas mitologías a los manuales de instrucción primaria. No es el culto a la patria lo que ha hecho grande a la Argentina, sino el trabajo, y el trabajo moderno lejos de subrayar fronteras, acabará por barrerlas y borrarlas, devolviendo al hombre su “patria celeste”, ¡El astro en que vive!” (O. C., p. 524).

La riqueza, exclama Barrett, objeto de devoción de las clases poseedoras, es esencialmente internacional como el trabajo que la engendra. “¿Qué le importa al ganadero de la pampa vestir con la lana de sus ovejas al argentino o al inglés? [...] ¿Creéis que los abonos con que el argentino fertilizan sus campos obran de una manera argentina?” (…) “Todo colabora con todo, y nos estamos acercando a una época de cooperación indivisible”, profetiza Barrett, siempre adelantado a su tiempo, “en que no habrá nación ni ciudadano que pueda reivindicar progreso alguno como propiedad suya” (O. C., p. 524).

El terror argentino

Un mes después de los sucesos ocurridos con motivo de los festejos del Centenario sale a la luz El terror argentino (O. C., p.128 a 140).Con formato de folleto y dividido en tres apartados (“La tierra. Los salarios”, “Psicología de clase” y “El terrorismo”), El terror argentino está escrito al calor de lo acontecido, pero con ánimo de reflexión. Barrett no sólo denuncia enérgicamente la actitud del gobierno sino que analiza las causas y las consecuencias de la profunda desigualdad económica, social y política que separa a la Argentina en dos.

En la gran mayoría de los artículos publicados por los periódicos anarquistas, “predominaba una tendencia a analizar la sociedad concreta y real desde vagas postulaciones generales, de un alto grado de abstracción a partir de las cuales parecía difícil elaborar interpretaciones y conclusiones medianamente certeras”[6] dice Suriano. Este hilo conductor en la manera de abordar la realidad no es el que Barrett prefiere para entretejer su particular visión de lo que por estas tierras sucedía. Abandonando el tono abstracto que caracterizaba al discurso anarquista busca, en El terror argentino, corporizar la denuncia social.

Barrett se propone develar didácticamente en este primer apartado del folleto las razones del profundo “abismo de odio” que separa a la Argentina en dos. La clave de tan profunda desigualdad la halla en el problema de la posesión de la tierra. Problema que se arrastra de lejos (“Los privilegios de la colonización han mantenido, bajo una forma distinta, el viejo monopolio de las mercedes reales”, O. C., p. 129) destruyendo toda posible estructuración igualitaria. “Hay todavía latifundios a las puertas del capital” afirma.

En países con una economía agrícola-ganadera como Argentina no resulta difícil comprender porque Barrett ve a la propiedad como el principal enemigo del pueblo. El banquero, el comerciante, el capitalista son “inofensivos” frente al propietario. En un país gobernado por terratenientes esta era la lectura que más se aproximaba a la realidad. Su crítica se dirige a la propiedad por la desigualdad que crea, el poder que confiere y el régimen de autoridad que encierra.

La imposibilidad de posesión de la tierra, primero por parte de los sectores más bajos del país y luego por parte del inmigrante, conllevó a un acaparamiento de las tierras en pocas manos. La “clave económica de todo el siglo XX”[7] radica en este acceso desigual. Los inmigrantes, en su mayoría imposibilitados de acceder a alguna parcela, “Son rechazados por una sociedad donde caben y se reclaman brazos sueltos, pero no familias; que alquila el plasma humano, pero no lo adquiere, lo fija ni se lo incorpora” (O. C., p. 130), escribe Barrett. El sistema de arriendos, que destruía la tierra y a quienes la trabajaban, sólo beneficiaba a su poseedor: el estanciero argentino. Este veía crecer desmesuradamente el valor de su propiedad. “En 20 años los latifundios se han valorizado 50 veces” (O. C., p. 130), enfatiza el escritor.

Mientras tanto, los trabajadores veían descender cada vez más su salario en un marco donde las condiciones de vida eran cada vez más deplorables. “Este violento contraste entre la prosperidad del hombre que posee y la del que trabaja en la Argentina, tuvo que abrir entre ellos un abismo de incomprensión y odio” (O. C., p. 130), concluye Barrett, para quien no se puede ser libre en un mundo donde unos pocos viven en la opulencia mientras la mayoría permanece en la miseria.

Es interesante preguntarse porque Barrett elige iniciar su juicio agudo sobre la realidad argentina con la descripción de la situación económica de Buenos Aires. En toda argumentación, el orden juega un rol muy importante al establecer jerarquizaciones y permitir la sucesión. El enunciador alimenta la intención abierta de llevar a su destinatario a sacar cierto tipo de conclusiones. En Barrett, el orden adoptado no es casual, ya que su elección tiene que ver con una suficiente intuición política para observar que era necesario tener en cuenta las condiciones existentes para abolir el “dolor”. Él es consciente de que la transformación radical de la sociedad existente tiene como primera condición un cambio radical en la situación económica.

“Pero no simplifiquemos tanto” (O. C., p. 131), advierte Barrett a sus lectores. Buenos Aires esconde múltiples focos de ejercicio del poder que no pueden ser reducidos a la oposición poseedores-no poseedores, burguesía-proletariado; ni tampoco a una esquemática derivación de una estructura económica injusta. Para el anarquismo, y por lo tanto para Barrett, la condena al sistema es sobre todas las cosas una condena moral:

“Los bienes son el bien. La propiedad es Dios. El banco es el templo. La sagrada escritura económica es el código, que manda al pobre seguir siendo pobre, y al rico seguir siendo rico. Jamás, en ninguna parte, aplicó secta alguna con semejante intransigencia un texto de teología” (O. C., p. 132)

La analogía que establece entre la religión y la propiedad le permite deslizar en su crítica factores éticos y culturales que van más allá de los económicos. En palabras de Suriano, los anarquistas privilegiaban en su análisis elementos educacionales, culturales y morales frente a las caracterizaciones específicamente socioeconómicas, y en este sentido, lograron un esquema del conflicto más flexible y genérico que el sustentado por el marxismo.

La centralización del poder, el culto a la propiedad, la posición complaciente de la iglesia, el conservadurismo de las clases medias, el silencio de la prensa, la corrupción del sistema político, la discriminación hacia el pobre, la utilización del inmigrante, la idiosincrasia del poseedor argentino y la ignorancia de los dirigentes, son los temas analizados en el segundo y más extenso apartado de su folleto.

“Psicología de clase” se inicia con una frontal interpelación a la modernidad y al progreso. La lectura barrettiana de la metrópoli capitalista, geografía central de lo moderno, de esa Buenos Aires maquillada de urbanidad, es una lectura que busca desnudar los signos y símbolos de una ciudad que crece ampliando las diferencias entre quienes poseen y quienes son objeto de posesión. El crecimiento urbano de Buenos Aires “... sólo a los ojos de los turistas y en boca de los empresarios, pasa por exponente del bienestar colectivo” (O. C., p. 132), señala Barrett. “No hay bienestar colectivo. Hay bienestar de una clase, cuyo dogma forzoso es la propiedad” (O. C., p. 132), sentencia.

La analogía que establece entre religión y propiedad le permite arremeter contra un sistema de explotación que se imprime en los sujetos, dirigiendo sus conciencias. El Estado y la Iglesia constituyen, para los anarquistas, los más claros exponentes del desprecio por la autonomía de los hombres, dependiendo mutuamente para justificar sus existencias, y en tanto sistemas de dominación deben ser atacados y destruidos.

A partir de la introducción de un género discursivo estandarizado, el del catolicismo, entreteje una particular visión en donde la propiedad se internaliza en los individuos, a modo de fe, al punto de transformarlos en los más feroces e ingenuos defensores y reproductores de la explotación. Las expresiones bíblicas son invertidas con ironía, y Barrett, siempre radical y provocativo, no duda en separar a su Jesús anarquista de la Iglesia-institución, a la que desprecia y ataca.

Es recurrente en él la apelación al cristianismo, consecuencia quizás de su admiración y cercanía intelectual y moral con León Tolstoi. Apelación que, sin embargo, no lo separa del ideario ácrata. “La suprema admiración de Barrett hacia la figura de Cristo, su rechazo a la Iglesia Católica y su concepto difuso e impersonal de Dios (el alma del mundo, la imagen intuida de la humanidad futura, el conjunto de misterios que deja la ciencia) permitirían calificar sus ideas religiosas como un auténtico ‘cristianismo ateo’”, aclara Francisco Corral Sánchez-Cabezudo[8], quien da cuenta también del contexto en el cual Barrett se sitúa, signado por otra idea bastante difundida en la polémica religiosa del final de siglo XIX: la contradicción entre el cristianismo primitivo y la Iglesia como institución.

Esta “religión de la propiedad” que se basa en “el milagro burgués de los panes y de los peces [...] se arraiga tanto más en los poseedores cuanto menos religiosos son” (O. C., p. 132), sentencia Barrett en clara alusión al discurso anticlerical de la oligarquía argentina: “Al lado de la virgen de Luján y de San Expédito, el viejo Cristo enamorado de los pobres resulta un poco anarquista. Hubo que arreglarlo para el uso platense, habilitándole con un pequeño capital. No se concibe un Cristo que no sea, ya que no estanciero, siquiera propietario y conservador. Las casas católicas de este Jesús elegante no se asemejan al establo de Belén ni a los conventillos del Sur. Están copiosamente subvencionadas” (O. C., p. 133). Para corroborar la veracidad de su afirmación, Barrett invita al lector a hojear el detalle (que transcribe a continuación) de las partidas destinadas a las diferentes parroquias que aparecen en el presupuesto nacional.

Desmenuzando los valores que la propiedad engendra en los hombres, intenta dilucidar el “ser” argentino, describiendo con una asombrosa minuciosidad lo que él llama “las taras hereditarias”, los valores morales del grupo poseedor. Buscando ilustrar los matices locales tan poco tenidos en cuenta en la crítica libertaria local, Barrett lleva a cabo una comparación entre el latino y el anglosajón. Ateo, supersticioso o fanático; irregular, burlón, escéptico y entusiasta; ingenioso y embustero; agresivo, inquisidor y tramposo; el poseedor argentino ha aprendido bien de la madre patria”, sentencia: “Así como en España los únicos reglamentos que se cumplen son los relativos a las corridas de toros, en la Argentina las únicas leyes que se cumplen -¡y con qué felina precisión!- son las relativas al confinamiento de los desheredados” (O. C., p. 133).

La diversidad de los temas escogidos por Barrett nos habla de una apuesta incluyente por parte del escritor, de un ataque desde todos los frentes a un sistema que subyuga al hombre tanto en su trabajo como en los ámbitos más privados de la existencia. El problema para él es esencialmente moral, es el respeto de la dignidad humana.

La religión de la propiedad que “adora la cruz crucificando al prójimo [...] y adora la propiedad expropiando los tuétanos del prójimo” (O. C., p. 135) ha llevado a las formas más extremas la descalificación y la marginación. Discriminación abierta cuyo blanco es, para Barrett, la pobreza: “Los inmigrantes son ‘gringos’, ‘gallegos’, acreedores a motes viles y la mofa sempiterna; mientras un capricho de la casualidad no los saque de pobres, estos desgraciados que proporcionan bloques de oro a cambio de un pedazo de pan, no son sino ‘hijos de la gran puta’” (O. C., p. 135). Aquí la pluma barrettiana recurre nuevamente a la historia. “En 1890, los ‘muchachos’ de los cantones se solazaban en fusilar metecos distraídos [...] Llamaban a tan chistosa operación ‘cagar indios’” (O. C., p. 134). Hoy esa “dorada juventud” dedicada a la cacería del prójimo es la autodenominada “indiada” de la calle Florida, denuncia el escritor, probablemente la raíz de la famosa Liga Patriótica de los años ‘20.

Hay en “Psicología de clase” una constante actualización de ciertos hechos que le sirve para operar oblicuamente sobre los problemas argentinos. La información detallada que escoge, asumiendo por momentos su inclusión la forma de crónica, lo lleva a arremeter una vez más contra el sistema político argentino. Sus “apuntes de actualidad” lo remontan a las elecciones de 1909. Sus fuentes son el telégrafo y los periódicos porteños. La Unión Nacional sostiene la candidatura de Saénz Peña, la Unión Cívica la de Udaondo. “Cívica, Nacional..., a cualquier cosa llaman las patronas chocolate!” (O. C., p. 134) exclama con burlona ironía. Con la inclusión de datos sobre el número de votantes entremezclados con hechos periodísticos ocurridos en los comicios, Barrett expone la notoriedad de la abstención electoral así como la habitualidad de las prácticas políticas fraudulentas. Y en su ataque a los hacedores de este régimen político represivo, corrupto y restrictivo, no deja de insistir sobre la complicidad de quienes asisten indiferentes o pasivos al espectáculo.

¿Y qué rol juegan los juristas, los intelectuales y la prensa frente a esta situación? se pregunta: “Los doctores pululan. Los más solemnes plumean sobre acertijos jurídicos o históricos, y van a La Haya a proponer teorías de alto derecho internacional, sin preocuparse de la inhabilitabilidad política de su país. Los literatos oscilan de una glacial erudición a un preciosismo importado” (O. C., p. 134).

Para la prensa, Barrett escoge el lugar más destacado en su crítica:

“La prensa, cuyo mérito se evalúa por lo que pesa el papel de cada número, es un largo índice informativo y comercial, despojado de toda significación elevada, de toda valentía, de toda graciosa sutileza. Es una prensa castrada y gorda como aquellos a quienes sirve; una prensa que se viste del talento extranjero, y que trata las hondas cuestiones nacionales con la hipocresía o el mutismo de las conciencias compradas. Ante la Ley Social del 28 de junio, que da el supremo puntapié a la Constitución Argentina y a las libertades conquistadas en cuatro siglos, entre ellas la de pensamiento y la de imprenta, ¿Qué ha hecho la famosa prensa bonaerense?” (O. C., p. 134).

Insistente en su polémica con los discursos circulantes en Buenos Aires, Barrett renueva su ataque al sistema de dominación. La ignorancia de quienes detentan el poder es el blanco de su arremetida, ignorancia que para el escritor es en un primer término “sentimental” (“Su género de vida les incapacita para representarse las congojas y las rebeldías del proletariado”, O. C., p. 136) y en un segundo término, producto del desconocimiento de los hechos históricos y contemporáneos (ignorancia “menos excusable”, añade) permite que se vote una ley social “sin que un diputado ni un senador haya aducido un argumento de índole social, un dato, una cifra sobre la distribución de la propiedad, sobre los salarios o sobre la renta” (O. C., p. 136). Barrett da cuenta aquí de la visión negadora del Estado argentino que percibía la cuestión social, no como un conflicto inherente a las relaciones de tipo capitalista introducidas por la nueva realidad económica, sino como un problema importado y cuya solución dependía exclusivamente del perfeccionamiento del aparato represivo.

Pero lo que más lo irrita, fiel a su creencia en el progreso como fruto de la indisciplina constante del pensamiento, es el convencimiento de los poderosos, alimentado por la ignorancia, “de que la humanidad ha alcanzado su meta; de que el orden actual es inmejorable, de que no hay nada que añadir a la historia, de que no queda espacio en qué avanzar” (O. C., p. 136).  Incansable inquietador de espíritus, Barrett promueve en las últimas líneas de “Psicología de clase” la celebración del mundo en movimiento. Y con palabras cargadas de poesía y esperanza, anuncia el cambio como fruto del sacudimiento del edificio social de entonces: “En el fondo del valle florido los falsos poderosos comen y se divierten. Allá arriba, en las ásperas gargantas batidas por la nieve y fecundadas por el cielo, se forma poco a poco el fatal alud de justicia” (O. C., p. 137).

El último apartado del folleto es una defensa encendida del ideario ácrata y un enérgico “yo acuso” dirigido a quienes, en palabras de Barrett, inauguraron el terror.

“El terrorismo” se inicia con la descripción de las causas por las cuales el anarquismo emergió en Argentina. Causas que Barrett fue desmenuzando a través de los dos apartados anteriores, y que reitera para introducirse en un diálogo con quienes consideran al anarquismo producto de importación. “¿Pero por qué no estallan bombas ni en Inglaterra ni en Suiza, repletas de terroristas?” (O. C., p. 137), interroga a un lector ficticio que él imagina para luego responderle: “No. Las bombas estallan donde hace falta y hay motivo para ello: Rusia, España, Argentina. El credo revolucionario de los pobres no viaja ya en los bolsillos de los profetas. [...] El terrorismo es obra vuestra, y sea dicho en honor de la Argentina: su anarquismo es argentino, y único fermento de verdadera evolución hacia el bien” (O. C., p. 137). Es recurrente en Barrett la apelación a este recurso que Oswald Ducrot compara con el discurso universitario. El escritor le hace formular una serie de preguntas a un lector que el mismo construye, y que se transforma en enunciador de la pregunta, convirtiendo al autor de la misma en destinatario. Recurso que da cuenta de la pluralidad de voces que conviven no sólo dentro de los textos sino también de los enunciados barrettianos. Porque, como señala Bajtin “nuestro mismo pensamiento (filosófico, científico, artístico) se origina y se forma en el proceso de interacción y lucha con pensamientos ajenos, lo cual no puede dejar de reflejarse en la forma de la expresión verbal del nuestro”[9].

Las palabras significan en el límite que se tocan con las palabras de otros, y en la lucha por lograr el predominio de sus visiones, las voces se enfrentan en un campo de batalla, al que Barrett suma la indisciplina constante de su pensamiento. Reenviando, de manera explícita, a la oligarquía la acusación de violencia que ha servido de pretexto a la propaganda oficial contra el anarquismo, acusa:

“Vosotros inaugurasteis el terror con la Ley de Residencia. Vosotros lo instalásteis con la matanza del 1° de Mayo de 1909. Los crímenes de los terroristas son un tenue reflejo de vuestros crímenes. Las gotas de sangre y de lágrimas que os salpican a la explosión de una bomba, ¿Qué son junto a los ríos de lágrimas y de sangre que derramáis vosotros implacablemente, fríamente, año tras año, desde que empuñáis el sable, el cheque y el hisopo? Por el asesinato de Falcón, obra de un niño que en vuestras garras está, y por reclamar los trabajadores durante el centenario la derogación de la ley de residencia, habéis encarcelado, deportado, confinado, torturado millares de inocentes, y seguís haciéndolo, seguís hundiendo familias y familias en la miseria y en la desesperación. ¡Deuda tremenda! Hay otros tribunales que los vuestros. Dellepiani caerá como cayó Falcón. Figueroa Alcorta caerá como tantos jefes de estado han caído, víctimas de la dinámica social. El que a hierro mata, a hierro muere” (O. C., p. 138).

La encendida advertencia que lleva a cabo en los últimos párrafos refleja su postura frente a un tema que recorre toda la historia del anarquismo. Si bien los atentados anarquistas en Argentina fueron escasos y de poca relevancia[10], el asesinato de Falcón a manos del libertario ruso Simón Radowitsky, reavivo el debate en torno al derecho de matar al tirano. Barrett se hace eco del mismo, expresando su posición, que lo ubica dentro del común denominador del movimiento libertario local, que no idealizaba el papel de la violencia dentro la revolución, pero si justificaba las acciones violentas de abajo, como producto de la opresión de arriba[11].

En los últimos párrafos de El terror argentino, Barrett “otorga la palabra” a los juristas, economistas y patriotas en una especie de diálogo cristalizado en que enunciadores diferentes del locutor responden/afirman algo y un segundo enunciador, asimilable al escritor, contradice y corrige. Lleva a cabo una refutación de enunciados afirmativos que se atribuyen a enunciadores ficticios. La utilización del recurso a la concesión le permite anticipar respuestas posibles de estos otros: (ellos) “os dirán...” es un discurso ajeno y ficticio que se pone de relieve a través de las comillas. Estas reacciones-respuesta de quienes se hallan en la vereda opuesta pero, sin embargo, concuerdan en su ataque a la ley recientemente sancionada, le permiten legitimar su posición. Los juristas “os dirán” que es contraria a la Constitución; los economistas “os dirán” que producirá un retroceso económico; los patriotas “os dirán” que manchará el honor argentino. “Y yo os diré”, exclama, que la paz no depende de las leyes, ni de la riqueza material, ni de la estimación ajena: “Yo no soy jurista, ni economista, ni patriota; yo que no soy mas que un hombre que conoce el dolor, os repetiré las palabras de vuestro hermano Emerson”[12]. El recurso a la cita de autoridad le permite al escritor convocar en su texto la voz de grandes pensadores para legitimar su punto de vista. Con la radicalidad que lo caracteriza, Barrett hace un llamamiento a quienes originaron el terror. Este es un llamamiento a redimirse. La llave de la salvación, el altruismo, tendencia radical de la naturaleza humana:

“¿Para qué buscar sanciones aparenciales y lejanas? La sanción es interior y fulminante. En el minuto mismo en que os resignasteis a votar y cumplir la ley social, el alma argentina, dentro de su cáscara de oro, se entristeció, se empequeñeció y se arrugó como un fruto seco. Pero la vida es elástica. La realidad es buena. Vosotros sois o seréis buenos, puesto que existís. Dominad los instintos del miedo y de la codicia. Levantad los corazones y las frentes, y vuestras manos manchadas se purificarán” (O. C., p. 140).

Con ecos cristianos, celebra una vez más su fe en la condición humana. El hombre en tanto tal esta condenado a ser libre por imposición de las propias leyes naturales, está forzado a conquistar su libertad. El voluntarismo que Bakunin opone al fatalismo deviene altruismo en Barrett:

“La idea de que la posible clave para una ética práctica (que nos permitiría una cierta "reconciliación con la muerte") se halla en la entrega y la contribución individual al mejoramiento de la especie, afirma el valor ético fundamental que Barrett postula, el altruismo, y a la vez sitúa la evolución de la especie en el eje de sustentación de los principios éticos”[13].

Desafiar al olvido

La memoria de una sociedad se teje de ausencias y de presencias. El anarquismo, tan afuera de los discursos sociales aceptados, participó a principios del siglo pasado en la generación del discurso público en nuestro país, instalando ciertos temas en el debate y actualizando determinadas zonas oficialmente invisibles.

El rescate de la producción cultural, política y social de quienes sostuvieron el ideal anarquista en la Argentina, trae aparejado una reconstrucción tanto de las discusiones y los intercambios ideológicos que el movimiento mantuvo con otros actores sociales, así como de la multiplicidad de miradas que convivían en su seno. Lo diverso de las publicaciones denota la heterogeneidad de intereses que tuvieron sus militantes y remarca esa impronta universalista y plural de un imaginario que resaltó en los sujetos, más allá de cualquier diferencia, su pertenencia al género humano.

Rafael Barrett nunca fue considerado (ni se consideró él mismo) un anarquista de partido, fue lo que Suriano bien describe como un libertario heterodoxo[14], con una amplitud ideológica que le permitía admirar a Jesús tanto como a Bakunin, a France y a Tolstoi; así como publicar en periódicos “burgueses”. Indócil e inclasificable, crítico acérrimo de la inmovilidad que conduce a la inercia, Barrett fue cambio, creación y destrucción.

El lugar de enunciación lo encontró en la redacción de sus crónicas periodísticas y desde allí interpeló al mundo con una pluma libre y deliciosa.

La materia verbal con la cual labró su luminosa escritura es inmensamente rica, porque en ella hablan múltiples voces. Su extraordinario poder de absorción de otros discursos sociales no hace sino revalidar la sentencia bajtiniana de que es el sujeto social el que en definitiva escribe el texto. Lo denso y lo prolífico de su obra dan cuenta de un escritor que necesitaba imperiosamente decir, comunicar. Su entrega evidencia un compromiso profundo con la realidad que le tocó transitar.

Buenos Aires formaba parte de esa realidad y los tópicos que escogió abordar en sus crónicas porteñas giraban alrededor de lo que por ese entonces acontecía. La obra barrettiana desnudó una sociedad fuertemente injusta, donde se habían difundido relaciones de producción capitalista y donde el Estado nacional, definida su dominación territorial, ensayaba su dominio interno a partir de la simbología patriótica. Un período conflictivo en donde un nuevo actor social, la clase obrera, entraba en escena de la mano de fuertes movimientos de protesta encauzados por anarquistas y socialistas. La política represiva ensayada por el Estado para solucionar la “cuestión social”; la marginación política y económica de gran parte de la población, en su mayoría inmigrante; el enorme crecimiento del movimiento ácrata, señalado como el principal enemigo externo y la perpetuación de la oligarquía en el poder, bosquejaron un panorama del cual Barrett no pudo ni quiso desentenderse. Fueron los acontecimientos del momento los que dieron pie a sus escritos, pero son los temas de todos los tiempos los que en ellos se discuten: el poder, la libertad, la igualdad.

Reconociéndose explícitamente como la fuente evaluativa de la información, se arrogó la autoridad de tomar la palabra ajena, y generar, a partir de su inclusión, la polémica. Así fue entretejiendo su discurso con múltiples voces que se filtran en el entramado textual a través de diferentes máscaras. La inclusión le permitió establecer la batalla, con esos enunciados Barrett polemizó, combatió, pero también de esos enunciados se impregnó, se hizo eco.

Expropiando discursos, Barrett devuelve a través de una práctica política específica, su propia versión de los hechos. No se resigna a lo impuesto, lo re-signa en cada uno de sus actos. La escritura fue su manera de transformar el mundo, las crónicas, su arsenal.

Capaz de jugar inteligentemente con los géneros y con las palabras, ejerció un periodismo moderno cuyos rasgos fueron la economía del espacio, una estructura basada en cortes rápidos, con frases de gran impacto y una sintaxis simple pero no por eso descuidada. Su vasto conocimiento así como su profuso interés nutrieron su escritura dotándola de variedad tanto en el contenido como en la forma. Sus textos breves que nacieron del trabajo periodístico, lo excedieron, poseyendo una densidad literaria. Los indicios del discurso periodístico presentes en su formato así como en el uso de documentos reales o testimonios de diversas fuentes, se desdibujan en una escritura deliciosa, plagada de figuras retóricas así como de recursos literarios.

Barrett se inscribe en el texto, asumiendo explícitamente su posición. El compromiso con lo real histórico es proclamado a través de un texto vivo que apela frecuentemente al público lector, interrogándolo. Busca estimularlo, inquietarlo. Para eso genera una suerte de complicidad que pasa por los lugares comunes de condena, por un discurso colectivo que se establece a partir de la identificación con el enunciatario, gracias a la utilización del “somos”. La fuerte presencia de sobreententendidos da cuenta de la necesidad de un saber contextual, de una astucia del lector frente a un texto que abre numerosas ventanas desencadenadoras de sentidos posibles y que comparte su espacio con otras redes textuales.

Un texto vivo y libre que desnuda la vigencia de las injusticias sin resignar, por ello, su defensa encendida de la anarquía. Una voz que desecha lo adquirido y desafía el porvenir colectivizando la palabra, invitando a otras voces a decirse. Nadie definiría mejor su propuesta que él mismo:

“No deseo llevar la convicción, sino despertar la duda. Me complace que vuestro intelecto siga funcionando después del mío, aunque sea contra el mío. Mi proyecto es provocar en el interior de vuestros conceptos y de vuestra moral un pequeño temblor de tierra; conseguir desnivelar un cimiento, agrietar un muro. Me encantará que no salgáis de esta sala satisfechos y tranquilos, sino inquietos y quizá algo irritados” (O. C., p. 381).

Hoy, bajo otros cielos tan lejanos pero no tan diferentes, Rafael Barrett resurge. En una época signada por la crisis de las certezas, su escritura, atravesada por el pulso de la vida, es tan fresca y actual como en aquella que la vio nacer. Reconocerla es ayudar a construir la memoria de aquellas voces silenciadas, es recuperar esas estrategias discursivas que buscaron consolidar una mirada crítica sobre las posiciones oficialmente instituidas y es generar lo nuevo como relectura de nuestra historia y nuestra memoria:

“La Historia, como la propiedad, es un robo. Devolvámonos la obra de Rafael Barrett, para disfrute e instrucción de una humanidad más alta en otro mundo posible. Porque este pequeño acto de justicia quizás prepare y anuncie otros más grandes”[15].

 

Bibliografía de Obras Citadas

  • ABAD DE SANTILLÁN, Diego, El movimiento anarquista en la Argentina (Desde sus comienzos hasta 1910), Buenos Aires, Editorial Argonauta, 1930.

  • ALBA RICO, Santiago, “Rafael Barrett, la sombra en llamas”, prólogo a “Rafael Barret. A partir de ahora el combate será libre”, Madrid, Ladínamo Libros, 2003, en: www.ladinamo.org y www.rebelion.org.

  • BAJTIN, Mijail, Estética de la creación verbal, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1992.

  • BARRETT, Rafael, Obras completas, Buenos Aires, Américalee, 1946.

  • CORRAL SANCHEZ-CABEZUDO, Francisco, “Rafael Barrett. El hombre y su obra”, en: ww.cervantesvirtual.com.

  • DUCROT, Oswald, El decir y lo dicho, Buenos Aires, Editorial Hachette.

  • FERNÁNDEZ, Miguel Angel, “Germinal. Cuestiones preliminares”, en: www.cervantesvirtual.com y www.ensayistas.org/filosofos/paraguay/barrett.

  • FERNÁNDEZ VAZQUEZ, José María, “El periodista Rafael Barrett y el dolor paraguayo”, en: www.cervantesvirtual.com y www.ensayistas.org/filosofos/paraguay/barrett.

  • MAFUD, Julio, Vida obrera en la Argentina, Buenos Aires, Proyección, 1976.

  • MUÑOZ, Vladimiro, El pensamiento vivo de Barrett, Buenos Aires, Editorial Rescate, 1977.

  • ODDONE, Jacinto, Gremialismo proletario argentino, Buenos Aires, Ediciones Líbera, 1975.

  • SURIANO, Juan, Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires. 1890-1910, Buenos Aires, Cuadernos Argentinos Manantial, 2001.


Notas

ë Artículo extractado de la Tesina de Grado para la obtención del título de Licenciado en Comunicación Social otorgado por la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina,  titulada: “Intertextualidad y Anarquía. La Argentina del Centenario a través de la pluma libre de Rafael Barrett”. Publicado en La Trama de la Comunicación Vol. 10, Anuario del Departamento de Ciencias de la Comunicación. Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Rosario. Rosario. Argentina. UNR Editora, 2005. ISSN 1668-5628. El presente estudio es una versión revisada para su publicación Proyecto Ensayo Hispánico.

[1] Para la biografía de Rafael Barrett véase: MUÑOZ, V., El pensamiento vivo de Rafael Barrett, Editorial Rescate, Bs. As. 1977; del mismo autor Barrett en Montevideo, Montevideo, s/e. 1982 y Barrett. Separata de la Revista de la Biblioteca Nacional de Montevideo, Dic. 1976. También: CORRAL SANCHEZ-CABEZUDO, F., “Rafael Barrett. El hombre y su obra”, FERNANDEZ VAZQUEZ, J. M., “El periodista y el dolor paraguayo” y FERNANDEZ, M. A., “Germinal. Cuestiones preliminares”, todos ellos en www.cervantesvirtual.com o en www.ensayistas.org./filosofos/paraguay/barrett .

[2] El 6 de Octubre de 1903 Rafael Barrett escribe al matemático Henri Poincaré (1854-1912) debido al descubrimiento de una fórmula matemática para determinar el número de los números primos inferior a un límite dado. Poincaré, físico francés y unos de los principales matemáticos del siglo XIX, le responde “felicitándolo” por su fórmula de “alta matemática”. Veáse: MUÑOZ, V., El pensamiento vivo de Barrett, Editorial Rescate, Bs. As. 1977. También: ALBA RICO, S. “Rafael Barrett, La sombra en llamas”, prólogo a Rafael Barrett, A partir de ahora el combate será libre, Ladinamo Libros, Madrid. 2003 en www.rebelion.org o www.ladinamo.org.

[3] “Chiquillos extenuados, descalzos, medio desnudos, con el hambre y la ciencia de la vida retratadas en sus rostros graves, corren sin aliento, cargados de prensas, corren, débiles bestias espoleadas, a distribuir por la ciudad del egoísmo la palabra hipócrita de la democracia y del progreso, alimentada con anuncios de rematadores”. BARRETT, Rafael. “Buenos Aires” en O. C., 1943, p. 22.

[4] MUÑOZ, Vladimiro. El pensamiento vivo de Rafael Barrett, Editorial Rescate, Bs. As. 1977. p. 75.

[5] El primero de mayo de 1909, los anarquistas realizan una gran huelga por cumplirse un aniversario más del asesinato de los trabajadores de Chicago, huelga que fue duramente reprimida arrojando el saldo de 8 trabajadores muertos y un centenar de heridos. El movimiento libertario respondió a esta actitud con una huelga general que se llevó a cabo durante la semana siguiente a la represión. El conflicto movilizó a más de 200.000 trabajadores que exigían la renuncia de Ramón Falcón, jefe del operativo. Sin embargo, Falcón no es removido por el gobierno. El 14 de noviembre de ese año, Simón Radowitzky, un joven anarquista ruso, atenta contra el jefe de policía provocándole la muerte. Detenido de inmediato, Radowitzky es trasladado al penal de Ushuaia, donde permanecerá hasta 1929, año en que será indultado por el presidente radical Hipólito Yrigoyen. Véase ODDONE, J. Gremialismo proletario argentino, Bs. As, Ediciones Líbera,.1975 ; ABAD DE SANTILLÁN, D., El movimiento anarquista en la Argentina. Desde sus comienzos hasta el año 1910, Editorial Argonauta, Bs. As., 1930.

[6] SURIANO, Juan, Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires. 1890-1910, Manantial, Bs. As., 2001, p. 83.

[7] MAFUD, Julio, La vida obrera en la Argentina, Editorial Proyección, Buenos Aires, 1976, p. 19.

[8] CORRAL SANCHEZ-CABEZUDO, Francisco, “Rafael Barrett: El hombre y su obra” en www.cervantesvirtual.com.

[9] BAJTIN, Mijail. Estética de la creación verbal, Siglo XX Editor, Bs. As., p. 282.

[10] En 1905, Salvador Planas atenta sin éxito contra el entonces Presidente Manuel Quintana. Tres años después Francisco Solano Rejis intenta asesinar a Figueroa Alcorta. En 1909, Simón Radowitzky mata a Ramón Falcón.

[11] En uno de sus artículos titulado “Terror”, Barrett expone claramente los sentimientos encontrados que el tema de la violencia generó al interior del movimiento libertario: “Yo quiero creer que somos mejores, que seremos mejores, que avanzamos, y no se avanza sin sangrar, sin desgarrarnos. Yo se que a veces el esfuerzo se vuelve convulsivo, y hay que herir y que hendir pronto, buscar el futuro y arrancarlo de las entrañas de la madre muerta. ¿Y si fuera mentira? ¿Si al llevar el ideal en los labios, lleváramos en las manos la venganza? ¿Si en lugar de ser cirujano fuéramos asesino?”, en: Op. cit., p. 447).

[12] BARRETT, R., “El terror argentino” en Op. Cit., p. 138. Emerson, Ralph Waldo (1803-1882). Poeta, ensayista y filósofo estadounidense. Primer autor angloamericano que influyó en el pensamiento europeo. Estudio teología y fue ordenado pastor en 1829. Gran amigo de Thomas Carlyle, en 1832 inició una gira por Europa. Su libro Naturaleza (1836) esta considerado su obra más importante y original, en la que brinda la esencia de su poética del transcendentalismo, síntesis entre la religiosidad puritana y el idealismo romántico. Atacó a la religión oficial, defendiendo la experiencia religiosa intuitiva e independiente. Participó activamente por la causa abolicionista, pronunciando numerosas conferencias en contra de la esclavitud. En 1837 pronunció el famoso discurso del Humanista americano. Referencias biográficas extraídas de la Enciclopedia Microsoft Encarta 2004.

[13] CORRAL SANCHEZ-CABEZUDO, F., Op. Cit. en www.cervantesvirtual.com.

[14] SURIANO, J., en “Anarquistas Cultura y política libertaria en Buenos Aires. 1890-1910” en op. cit. p. 76.

[15] Alba Rico Santiago, “Rafael Barrett, la sombra en llamas”, prólogo a Rafael Barrett. A partir de ahora el combate será libre, Madrid, Ladinamo Libros, 2003 en www.ladinamo.org y www.rebelion.org .

 

Rocío Virginia Gómez
Universidad Nacional de Rosario. Argentina
Actualizado, agosto 2008

 

© José Luis Gómez-Martínez
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