Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Lidia Falcón

 

"Percanta que me amuraste"

En primer lugar tengo que expresar mi agradecimiento a Iris Zavala por haberme escogido para presentar su novela en tiempos tan poco feministas.

El análisis de Percanta que me amuraste es una de las tareas más complicadas con las que me enfrentado. Como le decía a Iris hace pocos días, abrumada por la responsabilidad que había echado sobre mí, Percanta no es solamente una novela inabarcable, es también un ensayo filosófico sobre la naturaleza –¿humana? ¿femenina?–, un manifiesto provocador y fundamentalmente un tratado sobre el amor.

Y aquí, en el volcán de ideas que ha desencadenado su lectura y que me ha tenido insomne desde que la empecé, y de la que he debido escoger unas y dejar en el archivo otras –para examinarlas más tarde, puesto que todas son imperativas y necesarias–, considero que dos son las cuestiones que plantea la obra de Iris y sobre las que yo voy a centrar mi análisis: ¿Es un tratado sobre el amor o únicamente el relato único de un caso singular? Y, ¿es realmente una novela feminista o sólo se confunde como tal porque se trata de la relación amorosa entre dos mujeres?

Pero me parece evidente que Iris en esta obra no quiere teorizar sobre el amor, para eso podría volver a utilizar el género ensayo que tan bien conoce. Iris utiliza el género novela porque, como todo novelista, desea transmitir sus pensamientos, su ideología, sus normas morales y éticas –sobre las que tanto ha trabajado– en la creación de los personajes y de sus situaciones, recreando la relación amorosa. Describiendo la conducta de sus personajes, retratándoles en los variados prismas de su compleja psicología, introduce al lector en un mundo donde la pasión, la atracción erótica, la perversión sexual atrapan a los personajes. (Y ahora conscientemente utilizo un término masculino porque la identidad de las protagonistas será objeto de un análisis diferenciado) Pero la novela no explica el pensamiento del autor con la exactitud y precisión que la tesis y el ensayo, en eso consiste su atractivo y su grandeza. En el ensayo el pensador pretende dar siempre la respuesta exacta, su respuesta, por descontado, a las cuestiones que plantea, procurando que ningún tema quede ambiguo, que ninguna pregunta quede sin respuesta. La novela no, la creación de personajes, de situaciones, presenta universos varios, conductas humanas irresponsables, dementes incluso, ofrece explicaciones confusas a cuestiones trascendentales, permitiendo, provocando más bien, las más variadas y hasta contradictorias interpretaciones del lector. Por eso podemos ver las discusiones de los críticos sobre una obra literaria que se prolongan durante siglos y que permiten aumentar la riqueza de la literatura y de la crítica.

De tal modo, Iris nos presenta en esta novela el retrato, el análisis, podríamos decir que el historial clínico, incluso, de una pasión amorosa. De una pasión amorosa vivida desigualmente por uno de los sujetos de la misma. Tan desigualmente que a la dependencia afectiva de uno, el otro responde primero con el capricho, el desvío después, la crueldad más tarde y la ruptura al final. La descripción de la obsesión amorosa de la protagonista, que se confiesa en primera persona, es tan minuciosa, tan detallada, repetitiva, que el lector –la lectora que soy yo y ahora sí en femenino– se siente atrapado en la red que ha tejido Iris de ilusiones, fantasías, decepciones, angustias, desesperaciones vividas por la narradora. La protagonista es también, además de amante, arqueóloga, pero de su trabajo conocemos sólo pinceladas de entusiasmo por las excavaciones de la más antigua antigüedad, de su labor intelectual podemos admirar la extensa y profunda cultura de que hace gala, y aquí no puedo menos de felicitar a Iris por el elegante lenguaje que utiliza, el excelente castellano que conoce y nos ofrece, tan elevado frente a la zafiedad con que los autores actuales destrozan el idioma, tan preocupada ella y su protagonista por el lenguaje con que se comunican, y se incomunican, las amantes –“Yo veía hacer del lenguaje un puro y simple instrumento, un modo de hacerse comprender por quienes nada comprenden, es eludir completamente lo que está en juego: la realidad de la palabra. Luego estaba tu discurso solipsista.” Y las infinitas citas de los más grandes a los más sencillos autores, de Sor Juana Inés de la Cruz a las letras de los tangos, de Shakespeare en inglés a los boleros, del lufardo al francés.

Pero sobre todo a Iris le subyuga el amor. ¿Quién que haya amado no ha vivido esa aniquiladora sucesión de entusiasmo, felicidad, alegría, sorpresa, decepción, incredulidad, desesperación, rabia, escepticismo, intento de olvido... y vuelta a empezar, que constituye el enamoramiento profundo no correspondido, que se alimenta de indicios no comprobados, de imaginación acorde con sus deseos, de ceguera ante las evidencias del desamor, de sorpresa ante la prueba irrefutable, de indignación y depresión alternativas? ¿Quién que haya sido traicionado no se identifica, se emociona, se angustia con la experiencia de la enamorada de Alex? Y aquí no hay distinción de sexo, si le suponemos a los hombres capacidad para amar con la intensidad, la entrega, la ceguera de Alicia.

Pero, ¿Es este un retrato objetivo, frío, distante, de la “normal” pasión amorosa o estamos tratando un caso patológico, único en el infinito mosaico humano? Aquí son los lectores los jueces, y como tal voy a emitir mi juicio. Creo que Iris ha querido describir un amor único y al mismo tiempo “el amor único”. Caso singular y mito a la vez. ¿Mito y no modelo? ¿Iris pretende decirnos que todo amor es entrega, pasión, obnubilación, pérdida de identidad subsumida en la de la amada? ¿Es, además, deseable y necesaria esa forma de amar, sin la que no se vive de verdad, humanamente, el amor –y no se si solo humanamente, y aquí Carlos París tendría que decirnos si la cultura animal refleja sentimientos semejantes–, o como humanos racionales, debemos contraponer a la pulsión irrefrenable la racionalidad de un cerebro desarrollado y educado durante un millón de años? ¿Amamos del mismo modo que nuestros antepasados sapiens? ¿o que nuestras abuelas conformes con los matrimonios de conveniencia? ¿Es acertado que, rechazados con disgusto los contratos de intereses que unían de por vida a personas incompatibles, aceptemos como únicamente deseables la entrega incondicional a otra persona, impulsados por la imagen ideal o por la hermosura o por la habilidad amatoria del otro? Estas son las motivaciones de Alicia para entregarse a un amor incondicional que la destrozará cuando el desvío de su amada se convierta para ella en tortura sin compensaciones.

Y por fin tenemos que examinar si el sexo de las amantes interviene como decisiva o determinante de una conducta, o estamos viendo la descripción de los inevitables sufrimientos que ocasiona siempre el amor a secas. O mejor dicho, si desde el feminismo se presentó el amor entre mujeres como perfecto, dado que como decía la frase acuñada por el Movimiento, las heterosexuales duermen con su enemigo, ¿acaso el amor lesbiano proporciona siempre reciprocidad, fidelidad, igualdad, en los sentimientos de las dos implicadas y serenidad y equidad en el momento de la separación? Mi tono de incredulidad y escepticismo lo dice todo. Ni el ser mujer ni el ser lesbiana son garantías de cualidades mejores de las de los hombres: como he dicho siempre, tener ovarios no significa ser feminista. Y aquí Iris, que es y que se siente Antígona se sacrifica no como Antígona por los hermanos en cumplimiento de la ley tribal, sino por la amada, ¿es comparable?

La descripción de la crueldad con la que Alex trata a su rendida Alicia es absolutamente verosímil. Crueldad que comienza a manifestarse con el silencio. “¿El silencio de los corderos? No, el silencio de lo siniestro. Tu silencio.” “La dignidad humana, mi dignidad humana, ¿dónde estaba en ese silencio de muerte?” Las escenas de sado masoquismo que la protagonista soporta me recuerdan muchas páginas de mi novela “Postmodernos”, que recibió el escándalo del mundo lesbiano y que corresponden a la más estricta realidad.

El número 9 de la revista del Partido Feminista, PODER Y LIBERTAD, lo dedicamos al Amor, y en él publiqué un trabajo que titulé “Condenar a muerte el amor”. Allí rechazaba la mitificación del amor irracional, de la entrega absoluta, de la renuncia a la propia personalidad en aras de la pasión. Amar con la cabeza y no con el corazón, órgano bueno para bombear la sangre pero inadecuado para la reflexión y la toma de decisiones. Pero, acaso no todas, y deberían ser también todos, ¿no deseamos haber sentido alguna vez, por algún tiempo, la pasión enajenante que hace de la entrega amorosa y sexual la razón de existir? ¿Es acaso ésta la tesis de Iris, depositada en Percanta? La última palabra la tiene la autora.

Lidia Falcón
Barcelona 17 de mayo 2007.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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