Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Julia Manzano
 

"DORA, O LA MONODIA OBSESIVA"

Iris M. Zavala es puertorriqueña y el mar Caribe, ese mar azul, de luz cegadora y con sus olas en movimiento perpetuo, podríamos tomarlo como metáfora fundacional de su vida y su obra. Ese mar, omnipresente en todos sus escritos, está animado por iridiscencias cambiantes, que puede sugerirnos las trampas del lenguaje, y el oleaje en movimiento sería el espejo en el que se reflejan sus discursos que vienen y van, trayectorias, andanzas. Un último paralelismo de la metáfora del mar es que su infinitud insinúa la sobreabundancia de su producción literaria.

Podría parecer adecuado definirla como poeta, ensayista, novelista, además de teórica de la literatura, amén de feminista, bajtiniana, lacaniana, etc. Pero con todos estos apelativos no daríamos razón del quehacer de su escritura. ¿Por qué? Porque si usamos cada uno de estos géneros literarios y teorías que los sustentan por separado, como compartimentos estancos, no le estaríamos haciendo justicia. Sus escritos son híbridos, mestizos; de tal manera que no podemos encasillarla ni en un género, ni tampoco en una adscripción teórica concreta. Su riqueza está en la interfecundación de esta y la otra orilla del océano, de los géneros literarios, de las orientaciones teóricas diversas, convergentes-divergentes, que constituyen a Iris Zavala como sujeto femenino de su propio discurso.

Iniciaremos ahora un diálogo a dos voces, la de la escritora y la presentadora, en la que yo intentaré ir desbrozando caminos para proponer una serie de temas e interrogantes, a los que irá dando voz Iris Zavala, leyendo algunos fragmentos de su texto. Para finalizar, Maica González, psiquiatra con formación psicoanalítica, planteará cuestiones de género y de elección de objeto amoroso, que le han sido sugeridas en su lectura.

El libro del que hablaremos, Dora, toma el nombre de la joven vienesa, analizada por Freud, como primer caso de histeria. Pero el nombre y el personaje de la narración son sólo una excusa, ya que ella fabula sobre “una Dora moderna, a mi aire”, como reza la dedicatoria del libro que me regaló. Y, en efecto, la protagonista de la novela es una mujer ilustrada y de la más pura contemporaneidad, cuyos rasgos fundamentales son el deseo de saber y el anhelo de libertad; ambas aspiraciones constituirán lo que ella denomina su destino.

La escenografía de la narración se sitúa en Puerto Rico, en el viejo San Juan y es hija de una casa de familia acomodada, pero en la que sólo viven ella y su madre, a la cual compara con Hera, esposa de Zeus y guardiana del hogar, una madre:

“castradora, solitaria y poderosa, despectiva y doliente, tenía el espléndido egoísmo de las estrellas, la había lanzado a esa vorágine para que se mimetizara con la serpiente y tomando su forma ondulante, se arrastrara como un reptil. Quería que, como ella, integrar el sufrimiento en su vida, que hiciera del sufrir una costumbre, que se contemplase a sí misma través de la mirada del hombre”.

En cuanto al padre, está ausente y Dora está segura de que la mala relación con la madre es debida a que le está haciendo pagar a la hija el abandono que sufrió del marido y la afrenta por haber sido sustituida por otra mujer. La relación con el padre es distante, apenas lo ve, pero, cito:

“Sabe que ama a su padre por lo que no le da. Se pregunta si su padre la usa, la cosifica. Es decir, la hace objeto. Sigue muy vinculada con ese padre de quien no recibe simbólicamente el amor, y la relación odioenamoramiento le dificulta aceptar algo de un hombre, ser objeto de deseo para un hombre, y por tanto no favorece su acceso a una posición femenina”.

De este tenor son la mayor parte de las reflexiones, de una madurez insólita y una capacidad de análisis impropio de una jovencita de entre veinte y veintitrés años, que son los que cuenta la protagonista a lo largo de la narración. La voz narradora de la llamémosle, en principio, novela, está escrita en tercera persona (como hemos podido comprobar), pero en muchas ocasiones pasa a la primera. Si acudimos a la preceptiva literaria, se denomina estilo directo cuando la voz de los personajes está reproducida de forma literal y el sujeto siempre dice “yo”. Sin embargo, el estilo indirecto es cuando el narrador dice “él o ella”, en tercera persona, y trata de reproducir las ideas, sentimientos y palabras de los protagonistas; pero que en muchas ocasiones suele adolecer de la intensidad y falta de matices expresivos del personaje que dice “yo”. Creo que Zavala utiliza una mezcla libre de los dos estilos, ya que cuando aparecen las voces de los personajes, éstas son vívidas y no carecen, en absoluto, de capacidades expresivas, sino que se abisman, en especial la heroína de la historia, en profundidades psicológicas y contradicciones, que muestran en su lenguaje, las múltiples facetas de su ser.

El entramado de la narración está constituido por una serie de acontecimientos externos, que abarcan un tiempo dilatado, (aproximadamente tres años, como antes dijimos), que aparecen delineados en pocas páginas. Sin embargo, el mundo interior de Dora ocupa la casi totalidad del escrito. Esa revelación de la interioridad adopta la forma literaria del llamado fluir de la conciencia, una variante del monólogo interior, en el que aflora el inconsciente con la yuxtaposición, sin sometimiento a las leyes de la lógica, de recuerdos, imágenes, vivencias y pensamientos. Este fluir explica la serie de asociaciones que aparecen continuamente en la narración, de tal manera que un pensamiento fugaz sobre una situación concreta, dispara en la protagonista una serie de asociaciones secundarias, que se traducen en reflexiones, dudas e interrogaciones sobre sí misma y los otros; y todo ello sustentado en sus numerosas lecturas, fundamentalmente filósofos y poetas.

Veamos un ejemplo del fluir de conciencia, que en forma de monodia obsesiva, van poblando las páginas del relato; reiteración de preguntas, que entremezclan su deseo de saber con meditaciones estériles, que se enroscan sobre sí mismas y paralizan su acción:

“Estaba desbordada por el aburrimiento... el sol, el calor, la repetición constante de los mismo, la insistencia mimética de las horas, o la reiteración con variaciones de una misma palabra o una misma mirada. El sol, el sol y siempre el sol vibrante y calenturiento. Y la repetición de palabras –ay bendito, qué le vamos a hacer, mañana será otro día- que dibuja la figura sumisa, desvalida o degradada de los humildes: negros, mulatos y blancos, que delata la irónica repetición del acatamiento y una subjetividad colectiva saturada de ‘ay benditos’. Pensaba que la repetición y la inercia habitaban el ser isleño, y que en las aristas de nuestra habla habría que buscar el futuro, y evitar así que lo quemase el sol.”

Las obsesiones son un problema bastante común y cotidiano. ¿Quién no se ha sentido, en alguna ocasión, ‘atrapado’ por un pensamiento que le atormenta, con razón o sin ella? Esos pensamientos llegan a ser limitantes del actuar del sujeto y generadores de ansiedad. Dora, en el primer tramo de la novela, “padecía una ansiedad permanente”, y alimentada por sus lecturas, se pregunta: “¿Tendré angustia, como Kierkegaarg? La angustia no miente, había leído, dice la verdad. Temía la mentira, ante todo” Pero nuestra atormentada protagonista, que dice odiar la mentira; sin embargo, a pesar de sus múltiples dudas, se casa. Y a partir de ese momento, paradójicamente, comienza su liberación. Me pregunto por qué ha de pasar por “las horcas caudinas” del matrimonio, para conquistar su libertad.

Las etapas por las que discurre su problemática relación con Raúl, el futuro marido, son las que siguen: en los comienzos del cortejo amoroso hay curiosidad y sentimiento de halago por las muestras de lo que ella cree amor, y también porque en su desvalimiento busca un posible refugio. Después de la boda viene el chasco amoroso y la decepción de la noche de bodas, en la que califica el comportamiento del otro como abyecto. Entonces comienza el repliegue sobre sí misma y su monodia obsesiva se incrementa, y cae en el silencio y la indiferencia, mostrando un comportamiento altivo y castigador. Hasta que, por fin, decide pasar a la acción y separarse.

Veamos sus reflexiones al respecto. La situación es la siguiente: hay una reunión familiar en casa de Fernando, el hermano, amigo y confidente de Dora. En la reunión están presentes Dora, la madre de ambos y el marido, con el que lleva casada apenas un año. Ya tenía recelos acerca de su boda, que en el texto aparecen profusamente, como sabemos; ya que su opción por la seguridad que el ser amada le proporcionaba, significaba aceptar un roll asignado a la mujer por la tradición y ahuyentaba la posibilidad de ser libre y realizar su deseo más preciado: ser escritora:

“Sintió el timbre, y Fernando se levantó para abrir la puerta. Su madre no cesa de llorar, su boca amarga no la besa, sus pestañas no le acarician las mejillas cuando la abraza, y su rostro permanece eternamente pálido como una luna inmaculada. Raúl parecía franqueara los nueve purgatorios, la miraba con rencor, y Dora sintió subir de las profundidades de sí misma el presentimiento del gran descanso definitivo, parada de los mundos, liberación de los seres, día de bienaventuranza en que la vida y la muerte serían igualmente inútiles, momento en que todo se transforma en nada. Quiero y no quiero; sufro y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir, pensaba. (....) Deseo pasar de ser objeto a ser sujeto. No quiero ser una mujer desgarrada, he tomado conciencia de que sólo he vivido en función del papel asignado por la sociedad. Quiero tener en cuenta el hecho de la repetición de la barbarie; no quiero vivir en la barbarie del odio.”

La amplia cita que acabamos de escuchar nos pone en la pista de otra característica importante de los escritos de Zavala. Decíamos al principio que sus textos son híbridos y el caso que nos ocupa es una mezcla e interfecundación de novela y ensayo. Esta comunión de géneros se muestra en una productividad textual singular, que determina el estilo propio de la escritura de la autora, en el sentido de una transformación o desvío de los géneros, tomados sólo como punto de referencia.

Vamos a poner ahora como ejemplo del estilo singular de Zavala, su narración anterior, Percanta que me amuraste, en la que también se da el hibridismo citado. ¿Pertenece al género novela? No en sentido literal, ya que entretejidos en la narración encontramos reflexiones filosóficas, versos, o fragmentos de letras de tango y de bolero. ¿Cuál es el modus operandi ? Una narración de una serie de vivencias amorosas, que constituyen el argumento: una historia de amor entre mujeres, desde su inicio fulgurante, hasta su aniquilación final. Pero después de la experiencia viene la reflexión, la theoría, que permite tomar distancia post festum, para intentar analizar y comprender el marasmo amoroso experimentado. La voz narradora ejerce entonces de filósofa y arropada por sus maestros (Platón, Empédocles, Lacan, Bajtin, Unamuno, Freud, Nietzsche, Spinoza y otros) hace una reflexión avisada y plena de sospechas. También se interpolan versos de sus poetas predilectos (Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ramón Jiménez, Machado, Juan de la Cruz, Goethe, Rimbaud, etc.). Sin embargo, la poesía no le permite distanciarse, sino que le provoca un proceso de inmersión: los poemas alientan sus vivencias, se entremezclan con ellas.

En el libro que comentamos hay diferencias con respecto al modus operandi de Percanta, descrito con anterioridad. No se intercalan textos filosóficos ni poemas, sino que sus múltiples lecturas precipitan o dan como resultado una serie de reflexiones, dudas e interrogaciones sobre sí misma y los otros, que constituyen los monólogos interiores de la protagonista. Lo sustancial acontece en la mente de Dora, que es el deseo, formulado a lo largo de las páginas, de la fusión de vida y escritura. Y para que esta aspiración pueda llevarse a término, se necesita libertad en ambas; por ello no puede permanecer ligada a ese marido posesivo que la asfixia, si lo que intenta es:

“una renovación fundamental del arte de narrar, que es también una nueva y poética visión del mundo y el ser humano, y sobre todo, de hacer preguntas, sin pretender llegar a respuestas o soluciones.”

Dora es una joven incómoda e inquisitiva, como la histérica Dora vienesa. Las preguntas fundamentales de nuestra Dora son del siguiente calado: ¿Quién soy? ¿Qué es ser mujer? Y ¿lo femenino qué es? ¿Una vagina o algo más misterioso? ¿Lo femenino y ser mujer es lo mismo? Estas preguntas se las hace en primer lugar a Vangie, su amiga de infancia, a la que usa como confidente y espejo en el que rebotan sus dudas. Después se las hace a Raúl, antes y durante el breve matrimonio, pero él no entiende nada. Y por último se las hace a Gaby, la mujer de bellos ojos de esmeralda, por la que siente una atracción, que casi no se atreve a reconocer, pero con la que fantasea que podrá obtener, al fin, algunos atisbos de respuesta.

Vamos a prestar ahora nuestra atención a las páginas finales, que a modo de Apéndice, creo que proporcionan otras claves importantes. Este apéndice lleva por título APRENDIZ DE LA LETRA . Es una ficción, dentro de la ficción del relato; ya que aparecen como unos escritos inéditos de Dora, que se encuentran años después de la publicación de la primera novela escrita por la heroína, ya realizada como escritora. Son pequeños ensayos sobre una serie de escritores y filósofos emblemáticos de distintas épocas históricas, de los que hace interpretaciones desde la contemporaneidad. Así por ejemplo, Sócrates es el “Gran histérico”, por su compulsivo preguntar y preguntar a sus conciudadanos, que lo temían y lo denominaban como “el tábano de Atenas”. Dante muestra en los círculos del Infierno la eternidad del dolor. Sor Juana Inés de la Cruz, es en la interpretación de Iris-Dora, el sujeto deseante por antonomasia. Los otros textos están dedicados a Kierkegaard, Hegel, Walter Benjamín y la Celestina. El dedicado a “Spinoza y el deseo” vamos a tomarlo como ejemplo, citamos un fragmento:

“Nuestro filósofo sefardita, buen conocedor de la filosofía árabe y hebrea, elabora en su ética un recorrido por el deseo y las pasiones. El deseo, marcado, unido a cierta función del lenguaje, y que se comprende profundamente en la creación poética. Metonimia del ser en el sujeto, lo llama Lacan. La filosofía de Spinoza plantea un proceso de liberación individual y colectiva que permite entender cómo pasar de la servidumbre a la libertad y de la impotencia al poder”.

Estos autores y sus reflexiones son los altavoces interiores de la tradición, que han cristalizado en la mente de Iris Zavala para crear el personaje de Dora. La poderosa metáfora de los altavoces se la debo a mi amiga y poeta barcelonina Margarita Ballester. Creo que podemos entenderla como una evocación del sedimento de la memoria, que permite entender la interpretación de un texto como una interlocución con aquellas voces sabias y emblemáticas para cada autora, autor o intérprete. Ese diálogo interior, ininterrumpido y fructífero en la habitación cerrada de la mente de la autora puertorriqueña, asentada en Barcelona, sale al exterior y toma la forma de este espléndido relato.

 

Julia Manzano
Doctora en filosofía
Barcelona, mayo de 2010.

[Fuente: Viví Libros 2010]

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

PROYECTO ENSAYO HISPÁNICO
Home / Inicio   |    Repertorio    |    Antología    |    Crítica    |    Cursos