Laura Febres
 

 

Pedro Henríquez Ureña
Crítico de América

4
Washington y Nueva York

“Creo que esta labor periodística, obligándote a decir las cien mil cosas que tienes pensadas sobre la vida, te salvará” (Epistolario Intimo II, 161)

Desde finales de noviembre de 1914 hasta marzo de 1915, Don Pedro vivió en Washington, luego en Nueva York hasta Agosto de 1916 y en esos dos años se dedicó con exclusividad a la labor periodística. Los asuntos de su crónica son siempre de la actualidad política, económica, religiosa y musical. Por eso sus artículos contienen frecuentemente la frase “el tópico de moda aquí…” Buscar un tema interesante y sensacional casi a diario lo incomoda y lo perturba: “Si no fuera por el género y las molestias psicológicas perpetuas de mi labor, me gustaría estar aquí. Pero no resisto la preocupación de la búsqueda del asunto, y acabare por irme al campo, quiero decir, a Santo Domingo” (Epistolario Intimo II, 128).

Sin embargo, esta labor periodística de Henríquez Ureña no está exenta de interés ya que él mismo la considera necesaria para todo autor que pretenda ganarse a un público lector. Uno de los consejos que le da a Alfonso Reyes en esta época está estrechamente relacionado con la necesidad de que el escritor escriba en los periódicos: “Creo en que el escritor on things in general debe comunicarse, más frecuentemente de lo que tú lo haces, con la plaza pública. No tal vez, por deseo de éxito, sino por deseo de actualidad, de vitalidad” (Epistolario Intimo II, 195).

La mayoría de los problemas planteados por Pedro Henríquez Ureña en estas fechas están relacionados directa o indirectamente con el impacto que la primera guerra mundial produjo en Norteamérica.

4.1 Problemas económicos planteados en sus crónicas

Es interesante el carácter central que adquiere el problema económico en estas crónicas ya que anteriormente no había sido tratado por nuestro autor con tanta insistencia. Pareciera que frente a la sociedad norteamericana tiene conciencia mas precisa de las bases económicas del sistema capitalista y llega a ver con claridad sus defectos.

Algunas de sus crónicas están destinadas a la definición del Trust. Grandes compañías de Estados Unidos que adquieren tanta fuerza en estos años que incluso el Gobierno Norteamericano se ve precisado a investigarlas porque estaban dañando sus propios intereses. Henríquez Ureña llama a estas compañías “Monstruos”, sin embargo no llega a estudiar la importación que hacen las sociedades hispanoamericanas de ese Trust. Cuando el gobierno norteamericano manda a investigarlas dice: “La investigación difícilmente destruye el monstruo, pero lo “humaniza” (Obras Completas III. 168).

El autor que expresa con más relevancia al “Homo oeconomicus” representante de la sociedad liberal es Bernard Shaw, quien en sus obras utiliza la economía como Miguel Angel había utilizado la anatomía: “El hombre, en las comedias de Bernard Shaw, es el Homo oeconomicus de los tratadistas clásicos; no es el ser de pasiones que nos da Shakespeare, ni el ser de ideales que nos da Ibsen” (Obras Completas III. 214).

Piensa Don Pedro que la primera guerra mundial acabará con el hombre económico y que de ella surgirá un hombre poco interesado en esta actividad:

“Un hombre nuevo”, como dice Eudken, y una nueva civilización, consagrados a los intereses espirituales teóricos y prácticos de la humanidad, habrán de surgir y elaborarse cuando la catástrofe haya causado todos los gravísimos males que de fijo causará, precursores del gran bien inestimable de que disfrutarán nuestros hijos”. (Obras Completas III, 222)

El considerar que la guerra tendrá consecuencias fecundas para el desarrollo de la Humanidad va a ser una actitud expresada por Don Pedro no solamente frente a la primera Guerra Mundial sino también ante la Revolución Mexicana. Esta actitud no es extraña a los hombres de su época que, frente al desastre inevitable de la guerra, tenían necesariamente que pensar que resultaría de él algo esperanzador.

Seis años después de que Don Pedro considerara que la primera guerra mundial traería consecuencias positivas para el hombre, José Ortega y Gasset escribe en su ensayo Biología y Pedagogía.

“Una vez transcurrido el período de turbulencia que todo cambio profundo trae consigo, el poder social pasará de manos del homo-economicus o utilitario a manos de otro tipo humano antieconómico, inutilitario, esto es, vitalmente lujoso para quien vivir no sea ganar, sino al contrario regalar… (GAOS, José. Sobre Ortega y Gasset y otros trabajos de historia de las ideas en España y la América Española 19)

Ya en la Habana Don Pedro había leído a Ortega y Gasset quien llegó a constituirse, como él mismo lo afirma, en uno de sus “modelos”.[1] También Ortega leía a Henríquez Ureña, lo podemos deducir por el epistolario de Alfonso Reyes: “Encuentro a Diez Canedo, a Ortega Gasset (con quien ya hablo largamente) ¿te dije que me pregunta por ti y desea leerte?” (Epistolario Intimo II, 95).

Estos pensadores creían que entre las consecuencias positivas de la guerra estaría una nueva actitud del hombre frente al factor económico. Sin embargo, el hecho de considerar que la guerra traería como consecuencia un cambio de patrones desde el punto de vista económico, no impide que Don Pedro la considere como algo que debe ser evitado: “Ante el naufragio de todo orden y de toda razón que trae consigo la guerra al extenderse sobre los pueblos que son centro espiritual del mundo, comprendemos el hondo grito que lanzó aquella reunión de sacerdotes en la Edad Media: ‘Paz’ ‘Paz’” (Obras Completas III, 118).

4.2 El problema social

Henríquez Ureña piensa que el problema social está estrechamente ligado al problema económico, lo que no significa que lo social esté determinado completamente por lo económico.

“Ninguna ilusión más frágil que la paz fundada en la prosperidad material. La economía política de Adam Smith a Karl Marx, exageró la importancia de su asunto: la vida social parecía gobernada por motivos económicos. El “materialismo histórico” demostraba que, en el fondo de todas las revoluciones se descubrían problemas de distribución de la riqueza. Y ¿quién duda? Todo problema social implica problema económico, pero no solamente económico”. (Obras Completas III, 117)[2]

La economía soluciona en parte el problema social pero no por completo. El ejemplo más concreto es que la prosperidad material no evita las guerras. El progreso social no se mueve en línea recta sino que siempre presenta involuciones; nunca es totalmente ascendente.

“Pero ni la humanidad ni un grupo, siquiera, de humanidad, estarán en esas condiciones ideales indefinidamente: esas condiciones nunca durarán más de dos o tres siglos, el caso extraño, y hasta ahora único de Grecia. Hay imposibilidad en la esencia de lo social: lo social es imperfecto en si, y mientras más extenso, más imperfecto”. (Epistolario Intimo II, 95)

Detrás de esta descripción de las cualidades de lo social, se encuentra la filosofía de Hegel, y más concretamente su dialéctica. La aceptación del método dialéctico como fuente reveladora de la realidad histórica aparece en él, tal vez, después de su estudio meditado de los alcances humanísticos fundamentales de la cultura alemana manifestado en su conferencia sobre “La cultura de las humanidades”. Observemos la siguiente cita tomada de las crónicas de “El Heraldo”: “Toda idea (nos lo enseñó la dialéctica hegeliana), una vez que llega a su total realización, envejece y suscita la antítesis. Vive la humanidad y aun cada hombre, sustituyendo ideales” (Obras Completas III 110-111).

Pero cuando descendemos a considerar lo social como producto de las diferentes dinámicas individuales nos encontramos con que los artículos periodísticos de Don Pedro recurren mucho a las reflexiones psicológicas de William James:

“El psicólogo moderno, que ha aprendido con auxilio de William James el valor de los estímulos espirituales, irá derechamente al oprimido y le dirá: Álzate en rebeldía, acaso tendrás que herir; pero ¿merece respeto el egoísmo inconsciente que bajo disfraz sentimental se nutre de sacrificios humanos?” (Obras Completas III, 111)

4.3 El problema político

Dentro de este punto distinguiremos dos tipos de artículos: aquellos que tratan de política norteamericana y los que tratan de las relaciones entre la América del Norte y la “América Latina”.[3] El primero podemos restringirlo estrictamente al área política. El segundo, aunque político, se encuentra muy mezclado con la economía. Al mismo tiempo nos muestra Don Pedro cómo el mecanismo político norteamericano interfiere en la política Latinoamericana.

4.3.1 La política norteamericana

En cuanto a los rasgos que tratan de política norteamericana tenemos el serio cuestionamiento que hace Don Pedro a la democracia de ese país. Para Don Pedro el sistema democrático norteamericano basado en “los tres poderes” (Obras Completas III, 106) Legislativo, Ejecutivo y Judicial, no permite una verdadera representación popular en el Congreso:

“En conjunto, el mecanismo de los Congresos, desde su formación hasta sus votaciones, ha ido acomodándose a influencias peculiares de las fuerzas económicas del país. Las fórmulas de la Constitución y de las Leyes adjetivas no dan suficientes recursos para modificarlo, para hacerle producir la verdadera representación del pueblo”. (Obras Completas III, 184)

Las fuerzas económicas dominan la elección de los congresantes, las discusiones entre los Legisladores se hacen estériles, y persiste un antagonismo, al parecer irreductible, entre el poder Legislativo y el Ejecutivo. Por eso nos dice nuestro autor:

“Cómo –exclamarán los devotos del régimen representativo en nuestras tierras. ¿Ha llegado a tamaño descrédito el sistema? Esas quejas ¿no serán provocadas por la corrupción, por las violaciones de los métodos legales y honrados?
No: los métodos no sufren violaciones esenciales: todo marcha, poco más o menos, como hace cincuenta años. Es que hay dificultades invencibles en el sistema”. (Obras Completas III, 183)

La democracia tiene que ser adaptada y reformulada para que llegue a ser un sistema verdaderamente eficiente y cumpla con su requisito esencial que es la Representación popular. Este cuestionamiento a la democracia aparece también, curiosamente, en Ortega y Gasset quien observa la incapacidad de la democracia para cumplir las aspiraciones humanas.

Tanto Don Pedro como Ortega y Gasset plantean que la democracia tenía que perfeccionarse porque si no corría el riesgo de terminar siendo un sistema ineficaz. La crítica política de Don Pedro en esta época giró en torno a dos figuras fundamentales: el ex presidente de los Estados Unidos William H. Taft y el nuevo presidente Woodrow Wilson.

El primero es tratado con bastante sarcasmo en uno de los artículos de El Heraldo “En torno a la doctrina. Taft contra Wilson”, donde nos cuenta Pedro Henríquez Ureña como el ex presidente republicano se atreve a juzgar la política del presidente Woodrow Wilson (demócrata) en México, sin acordarse de todos los atropellos cometidos por su administración en América Latina.

“Período gubernamental de Willian Howard Taft: (1909–1913)
1909. Ruptura de relaciones con Nicaragua y primera intervención armada de Estados Unidos en esta República. El presidente José Santos Zelaya se había opuesto a la concesión de una ruta de canal que los Estados Unidos proyectaban como posible complemento al de Panamá. Zelaya renunció a la Presidencia pocos días después de rotas las relaciones, pero ni aún así pudo conjurar la intervención. El embajador de los Estados Unidos en Costa Rica, William L. Merry, propicia una guerra contra Nicaragua por parte de Guatemala, El Salvador y Costa Rica”. (Obras Completas III, 58)

Pero a medida que el prestigio de W. Wilson desciende en Norteamérica el prestigio de Taft se acrecienta. Fenómeno que es descrito con mucha objetividad para sus lectores en “Las lecciones del fracaso” (Obras Completas III, 159). La actitud de Don Pedro hacia W. Wilson (ya viene siendo analizada por nosotros desde la segunda etapa mexicana) es de gran admiración intelectual. Él lo considera como una de las grandes figuras de la cultura norteamericana:

“… en Inglaterra tuvieron para él [Taft] honores y tributos que acaso no habrían ofrecido a las verdaderas cumbres del pensamiento norteamericano: a William James, vivo entonces, o a Howells, o, para citar ejemplos pertinentes a Woodrow Wilson. (Obras Completas III, 160)

Por eso en este momento tiende a disculpar sus errores políticos: “No atribuyamos al gobierno de Wilson las durezas del último párrafo, y dejemos su responsabilidad al Washington Post, que, no obstante su sensatez, es sobrado excitable cuando se trata de política internacional” ( 55). Sin embargo cuando la popularidad de W. Wilson empieza a bajar, no duda de informar este cambio a sus lectores en “El crepúsculo de Wilson”.

4.3.2. Estados Unidos y América Latina

Don Pedro consideraba que las relaciones entre Estados Unidos y América Latina debían basarse en la consideración de nuestra mutua igualdad:

“Se llegaría a comprender lo que ahora comienza a adivinarse sobre toda la América Latina: que no somos inferiores, sino distintos y que nuestras inferioridades reales son explicables y corregibles y que nuestra personalidad internacional tiene derecho a afirmarse como original y distintiva”. (Obras Completas III, 43)

En el momento histórico en que Don Pedro escribe esta crónica el intercambio comercial con Latinoamérica es una necesidad para Norteamérica debido a la situación de bloqueo en que se halla Europa por la primera guerra mundial:

“… el tópico de moda aquí es la necesidad de establecer relaciones activas entre los Estados Unidos y las repúblicas hispanoamericanas. La guerra europea, trastornando la vida comercial del mundo, mostró a los deslumbrados ojos yankee el mercado de la América del Sur, antes casi desconocido para él”. (Obras Completas III, 49)

Sin embargo existe verdadero “recelo” y poco “intercambio espiritual” (Obras Completas III, 202), entre las dos Américas debido a la actitud interventora de Norteamérica en los destinos hispanoamericanos. Señala Don Pedro, en una apretada síntesis, los atropellos de que han sido víctimas muchos países por parte de la potencia del norte. Circunstancia que no permite que existan relaciones cordiales entre Norteamérica e Hispanoamérica. Vemos a nuestro autor señalando la injerencia directa de Estados Unidos en nuestro continente:

“Los Estados Unidos no se muestran todavía capaces de romper el hielo, político y comercial, que los separa de nosotros. Echamos una ojeada en torno. Perplejidad ante la situación mexicana, en la cual no ha producido buenos frutos la influencia “yankee”, a pesar de las buenas intenciones. Escándalo en torno a la injerencia en asuntos de Santo Domingo. Actos opresores para obligar a Haití a caer bajo la tutela financiera de los Estados Unidos. Puerto Rico aspirando a mayores derechos, y aunque el gobernador Yanger lo publica y aplaude, su voz se pierde sin eco. Finalmente, oposición contra el acto de justicia iniciado a favor de Colombia”. (Obras Completas III, 134).

Concluye Henríquez Ureña que los norteamericanos (y cualquier otra potencia) deben abstenerse de manejar los destinos de América Latina así tengan buenas intenciones como, según él, sucedió en el caso mexicano de Veracruz en 1914:

“En los períodos ‘convulsivos’, más o menos largos, de nuestros pueblos, la paz es un problema infinitamente más complejo que la guerra. Todo estorba para la una, todo excita para la otra. Y toda influencia extranjera tiende a convertirse en elemento de perturbación, no de tranquilidad”. (Obras Completas III, 928)

Expone, en el caso concreto norteamericano, cuáles son los obstáculos para una posible comprensión entre América del Norte y América del Sur. La primera barrera radica en la falta de comprensión que tiene el pueblo norteamericano de los problemas de América Latina; hecho que se agrava porque no existe una actitud receptiva que permita escuchar y comprender las verdaderas circunstancias de estos países. El segundo obstáculo estaría en que Norteamérica no ha mandado a sus mejores hombres como representantes a América Latina, sino que los individuos que van a estas tierras representando al pueblo norteamericano carecen de probidad. Oigámoslo describiendo a esos funcionarios norteamericanos: “En cambio, sus representantes y agentes, cuando conocen, si no la esencia, el mecanismo de nuestra política, suelen acomodarse a nuestros peores hábitos; y asociarse a nuestros hombres menos escrupulosos” (Obras Completas III, 92).

A pesar de todos estos obstáculos Don Pedro cree, en este momento que un entendimiento comercial y espiritual, basado en el supuesto fundamental de igualdad entre las dos Américas, puede ser positivo para ambas. De allí el gran número de artículos dedicados a difundir los alcances espirituales de la vida norteamericana. Henríquez Ureña estaba de acuerdo con Wilson cuando éste “Declara que no puede haber intercambio comercial beneficioso donde no hay también intercambio espiritual…” (Obras Completas III, 202)

No existe en estos artículos periodísticos una condena total al pueblo norteamericano, sino una necesidad de denunciar sus defectos con la absoluta certeza, por su parte, de que éstos serán remediados en el futuro. Para probar la admiración que Don Pedro sentía por el pueblo norteamericano, tenemos que recurrir a su epistolario; vemos una carta escrita el 10 de julio de 1916:

“Te he dicho que he cambiado mucho en mi modo de considerar a los yanquis. Sigo creyéndoles, en conjunto superiores a nosotros; son más morales, más bondadosos, a pesar de sus inmoralidades políticas – son más inteligentes como masa”. (Epistolario Intimo II, 270)

Esta admiración no es rara en los españoles e hispanoamericanos de su época, que se sienten obligados a contemplar impotentes los avances económicos y militares de Inglaterra, Alemania y posteriormente de Estados Unidos. Ortega, a quién hemos citado varias veces en este capítulo exclama con respecto al poderío germánico:

“Los pueblos mediterráneos llevamos las de perder; somos más viejos estamos ya un poco cansados de educar salvajes, hemos consumido las reservas de ingenuidad que requieren toda acción tenaz y osada, nos faltan economía y obediencia, virtudes inferiores que momentáneamente suplantan la verdadera superioridad…” (GAOS, José. Sobre Ortega y Gasset y otros trabajos de historia de las ideas en España y la América Española. 17)

Siendo los hispanoamericanos descendientes directos de la Romania, como Don Pedro explicará más tarde, ¿no habremos heredado las cualidades y los defectos señalados por Ortega y Gasset?

4.4. El problema artístico

La mayoría de los artículos sobre las artes no están escritos para El Heraldo de Cuba sino para Las Novedades de New York, El Fígaro de La Habana y otras publicaciones. Las crónicas de El Heraldo destacan por su contenido social y político, el resto de su producción por su carácter estético.

Es interesante señalar que Don Pedro tiene en este período una visión integral de todas las manifestaciones artísticas. Su gran erudición y conocimiento estético le permitían relacionar la literatura, la música, la danza y la arquitectura. Leamos de su propia pluma la confirmación de este sincretismo artístico.

“Creo posible, sin confusión, traducir en un arte imágenes de otro: llevar a la música las armonías sutiles que cantan los relieves de Lucha (sic) della Robbia, o decir en palabras el sentido ideal de la Obertura trágica de Brahms. Existen, y son insustituibles –pese a los retóricos - la pintura literaria, la música de programa: ¿por qué no la danza que aspire a interpretar la música pura? Interpretar no es mezclar, no es confundir”. (Obras Completas III, 269)

Realizó con estas artes algo parecido a lo que hace en 1925 el Bauhaus con las artes plásticas. Fundir la arquitectura, la escultura y la pintura para lograr una mejor concepción del espacio arquitectónico.

Pero además de tratar de integrar las artes entre sí, posteriormente unirá esta fusión estética con su conocimiento histórico y así conseguirá una amalgama como la que produce en Las Corrientes literarias de la América Hispánica. De forma separada en este período ha recorrido la metodología histórica y concebido la unión de las artes, pero todavía no ha fundido ambas cosas para que se iluminen mutuamente. En el futuro la literatura, las artes plásticas y la música ayudarán a iluminar la historia de una época y ésta le dará verdadera significación a los acontecimientos artísticos.

En relación con el aspecto específicamente literario, podemos decir que los estudios críticos de poesía dominan sobre los estudios de los otros géneros literarios. Dentro de ellos cabe destacar las críticas dedicadas a Salomón de la Selva “No es español: es de la patria de Rubén Darío. Escribe en Castellano, pero escribe mucho mejor en inglés” (Obras Completas III, 279).

El poeta de la Selva y Pedro Henríquez Ureña tuvieron una estrecha amistad durante esta época. Es curioso también hacer notar que Rubén Darío visitó a Estados Unidos en esta etapa de la producción de Henríquez Ureña y éste no lo quiso conocer porque había una verdadera diferencia entre el temperamento ético de Don Pedro y la bohemia modernista de Darío: “Salomón de la Selva era del grupito cercano a Darío y cuenta mil cosas cómicas y trágicas. Yo no quise conocer a Darío (acá interno) y no le conocí al fin; había demasiado alcohol y demasiado Bengoecheísmo en torno” (Obras Completas III, 394).

Esto no impidió que, poco después de su muerte en 1916, le dedicara un artículo que decía: “Al morir Rubén Darío, pierde la lengua castellana su mayor poeta de hoy, en valer absoluto y en significación histórica” (Obras Completas III, 245). Las divergencias de temperamento van acompañadas también por el vuelco dado por Don Pedro en México, de 1907 a 1910, frente a la estética de Prosas Profanas de Darío. En un artículo de esta época, comentando la poesía de Enrique González Martínez escribe:

“Terribles tempestades azotan a nuestra América; pero Némesis vigila, pronta a castigar todo desmayo, toda vacilación. Tampoco pretendemos olvidar, entre frívolos juegos, entre devaneos ingeniosos, el deber de edificar, de construir, que el momento impone. Nuestro credo no puede ser el hedonismo; el símbolo de nuestras preferencias ideales el faisán de oro o el cisne de seda. ¿Qué significan las Prosas Profanas de Rubén Darío, cuyos senderos comienzan en el jardín florido de las Fiestas galantes y acaban en la sala escultórica de Los trofeos? Diversión momentánea, juvenil divagación en que reposó el espíritu fuerte antes de entonar los Cantos de vida y esperanza”. (Obras Completas III, 261)

Las diferencias de criterio que los distanciaban no empañaron la visión crítica que tenía Don Pedro de la poesía de Darío.

El teatro no se queda muy atrás con respecto a la poesía en los estudios críticos de Don Pedro. Dentro de este género las predilecciones están del lado de Bernard Shaw, actitud que tiene su origen en Ensayos Críticos. Sin embargo comparando el ensayo sobre Bernard Shaw de su estudio “Tres Escritores Ingleses” (1904), recopilado en Ensayos Críticos, con sus crónicas “Bernard Shaw” y “Pigmalión contra Galatea”, ambas de 1915, vemos que el acento de los puntos tratados en su análisis varía. En su ensayo el acento está sobre la descripción psicológica de los personajes, mientras que en los posteriores artículos de sus crónicas, donde menciona al dramaturgo, el énfasis está en su doctrina social (Obras Completas III, 183, 213).

Frente al teatro y la poesía, la narrativa juega escaso papel en sus crónicas, hecho que puede ser explicado por el estrecho margen de tiempo que tenía que dedicar Henríquez Ureña a sus artículos, y la lectura de una novela generalmente exige un lapso mayor.

En cuanto a la plástica, dedicados dos de los artículos a la pintura norteamericana y dos a la arquitectura mexicana; uno de ellos “Homenaje a un pueblo en desgracia” es muy interesante porque prolonga los límites de la cultura mexicana hasta California.

En la danza señala como figura central a “Isadora Duncan” (Obras Completas III, 268) y, es en la música donde nuevamente retoma el tema popular que empezó a preocuparlo en México a finales de 1913. Este arte popular le permite llegar a la esencia de lo nacional y por eso Don Pedro lo va a estudiar cada día con mayor énfasis. En un ensayo explica:

“La armonización del canto popular ha dicho Pedrell - forma un ramo de la literatura musical folklórica… Gracias a esa literatura se han descubierto ignorados mediterráneos de tonalidades, modalidades, influencias de razas, toda una étnica de la armonía, que ha explicado el advenimiento de nacionalidades a fin de que sonasen en la vida del arte todas las cuerdas de la lira humana…..
Este movimiento para extraer de la voz del pueblo la esencia pura en que debe fundarse la nueva música española es, como se ve, parte del movimiento, universal hoy, de nacionalismo artístico”. ( Obra Crítica 207)

No solamente poseen estas crónicas reflexiones sobre la integración de las artes y sobre el arte popular, sino también reflexiones sobre el propio trabajo crítico y artístico; la más característica de ellas viene formulada en su artículo: “El triunfo de lo Efímero” donde cuestiona la gloria y la fama. Honores que resultan vedados a aquellos que escriben con seudónimo. Estas reflexiones incluyen su experiencia como cronista, ya que no firmaba algunos de sus trabajos, y otros los escribía con seudónimo. Veamos su opinión:

“El escritor anónimo, libre de respetos académicos, de temores a la opinión de su contemporáneos o de la posteridad, acepta voluntariamente a menudo, el sacrificio de su nombre; prefiere a las responsabilidades de la inmortalidad, los “honores de la mortalidad”, - como dice la admirable Alice Meynell…” (Obras Completas III, 148)

4.5. Intento de definición de Hispanoamérica

En varios de sus artículos Don Pedro trata de establecer las diferencias entre Norteamérica e Hispanoamérica señalando las variables que las caracterizan. Tomaremos en cuenta primero el factor económico, del cual ya hemos hablado anteriormente, destacando el valor que adquiere en estos artículos periodísticos. Don Pedro afirma que existe una gran diferencia entre los métodos económicos de Estados Unidos e Hispanoamérica: “Y el contraste entre los métodos comerciales de las dos Américas ha impedido el inmediato acercamiento económico que se esperaba” (Obras Completas III, 49).

Señala, también, Henríquez Ureña las diferencias que existen en las estructuras sociales de las dos Américas, este punto está tratado en “Sajonas y Latinas” que versa sobre el voto femenino. La sociedad sajona inglesa y norteamericana ha girado en torno al individuo, ha sido por tradición ancestral individualista. En cambio, la sociedad hispanoamericana tiene como célula fundamental la familia heredada de Roma: “Nosotros, los pueblos de lenguas latinas, conservamos con modificaciones mayores o menores, la tradición de la familia romana” (Obras Completas III, 141).

Nuestro autor - escondido detrás del seudónimo de Mr. Garduño, que tanto utiliza en esas crónicas – nos formula frente a esta realidad su propia opinión en una conversación imaginaria con una dama norteamericana. La dama exclama ante el poder de la familia romana: “¡Es terrible!” Y él contesta: “Quizá no tanto. Porque los germanos, o de tradiciones griegas, o del cristianismo, o de todas partes, hemos aprendido a extender y ampliar el respeto al individuo. Este, concertándose con la tradición de Roma debe producir la familia “unificada” en que todas las voluntades concurren”.[4]

Este rasgo diferenciador de la estructura social hispanoamericana se proyecta en el comportamiento femenino de estos países donde las mujeres “no gustan de la acción”, y en el ejercicio cultural femenino, dice que las mujeres hispanoamericanas son herederas de la tradición del Renacimiento: “Las mujeres de entonces poseían igual cultura que los hombres; pero iban a ella desinteresadamente; no aspiraban a ser “profesionales” (Obras Completas III, 141).

Sin embargo Mr. Garduño piensa que la realidad femenina va a cambiar y que pronto la mujer se convertirá en un ser activo en todos los campos; pero esto no implica que ella cambiará la faz de la tierra.

En cuanto a los límites artísticos de Hispanoamérica Don Pedro nos demuestra, en dos artículos (“Homenaje a un pueblo en desgracia” 163. “La arquitectura mexicana” 231) que poseen partes idénticas, cómo el arte de que California se enorgullece tanto no es sino una expresión del Renacimiento y el Barroco de Nueva España, es decir de México. Por lo tanto estas manifestaciones artísticas no pertenecen a Norteamérica sino a México y como consecuencia directa a Hispanoamérica.


Notas


[1] Epistolario Intimo. II. 145. Sin embargo exclama en 1926: “La verdad es que Ortega ya se excedió en hacer afirmaciones infundadas y en predicar la indiferencia a los problemas humanos”.

[2] Epistolario Intimo. II. 95. Esta definición de lo social fue formulada en Cuba un mes antes de salir para los Estados Unidos a escribir sus crónicas, sin embargo aclara este concepto fundamental de sus escritos para El Heraldo.

[3] P. 43. Es bastante curioso el hecho de que en las crónicas de Henríquez Ureña utilice para referirse a Hispanoamérica (nombre que utilizará más tarde) el más amplio de América Latina. Henríquez Ureña desechó el nombre América Latina porque tal vez aludía para él al nombre “raza latina” que le parecía una generalización por demás inexacta.

[4] Este poder de la familia en que Pedro tanto creía es trabajado en una novela que relata ficcionalmente la dinámica de la vida familiar de los Henríquez Ureña. Titulada En nombre de Salomé y escrita por Julia Álvarez que figura en la bibliografía.

 

Laura Febres
Universidad Metropolitana
Caracas, Venezuela

© Laura Febres. Pedro Henríquez Ureña, crítico de América. Edición digital autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico. Se trata de una versión modificada del libro del mismo título publicado en Caracas: Ediciones la Casa de Bello, 1989 y de la obra Transformación y firmeza. Estudio sobre Pedro Henríquez Ureña, presentada en 1984 en la OEA con motivo del centenario del nacimiento de Henríquez Ureña. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez. Actualizado: febrero de 2003.

 

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