Miguel Vicente Pedraz

 

2. Argumento y significado de la obra.

Considerado como una glorificación del hombre en el mundo, el Libro de los Estados es un cuento devoto de intención teológico-filosófica en el que, sin embargo, es posible apreciar una cierta aunque velada desconfianza respecto de la vida mística y ascética. Dentro de la más pura tradición medieval, según ha señalado Luciana de Stefano (13), Don Juan Manuel se refiere al hombre con notable optimismo así como a la creación en su totalidad (microcosmos y macrocosmos) de la que la narración es un canto, aunque el valor supremo de la misma resida en Dios.

La narración o, más propiamente, el conjunto de narraciones desarrolladas a lo largo de los dos libros de que consta la obra están construidas en forma dialogada en torno al proceso de educación-conversión de un infante pagano—Joás— que, siendo bueno por naturaleza y razón, había sido alejado del conocimiento inmediato de la muerte, así como de toda idea de trascendencia, por lo que carecía del barniz de la espiritualidad cristiana (14). La descripción de los estados del mundo —que sitúa a la obra en el ámbito de la literatura sociológica, toda vez que elabora un no poco detallado concepto de la estructura social y del poder político— aparece en la trama como una muestra didáctica de los secretos de la virtud cristiana conducentes, en última instancia, la salvación del alma.

Joás es el hijo único del rey pagano Morabán, el cual encarga a Turín que se ocupe de la educación —caballeresca— de su heredero evitándole todo contacto con el sufrimiento. El encuentro casual con un cortejo fúnebre y el descubrimiento del cuerpo inerte del cadáver obliga a Turín a explicar al joven aspectos relativos a la muerte, la realidad corporal del hombre y la existencia del alma. La insistencia de Joás en ampliar un conocimiento que Turín no le puede proporcionar, pues también él es pagano y no alcanza a conocer los entresijos de la vida sobrenatural, conducen a Morabán al nombramiento de un nuevo ayo, el filósofo y predicador cristiano Julio —supuesto preceptor del propio Don Juan Manuel—, quien debe explicar al infante todo lo relativo a la salvación del alma y, a la postre, situarle a él y a todo su reino en el mejor camino para alcanzarla: debe enseñarle los comportamientos que, por su alta dignidad, ha de mostrar y, asimismo, hablarle de los fundamentos de la ley —la fe— a la que se ha de someter. La explicación de las distintas leyes (religiones) y la demostración de que el cristianismo es la única ley verdadera y la única por la que se puede alcanzar la salvación del alma terminan en la conversión y el bautismo tanto del infante, como de su ayo Turín, del rey Morabán y de todo su reino. A partir de ahí —mediado el primer Libro— aparece el discurso sobre los estados y el fundamento organicista de la jerarquía social que, como hemos señalado, serviría para profundizar en la doctrina cristiana y, a la vez, para legitimar el orden social establecido. Dentro de la lógica interna de la narración, tiene lugar como fruto de un análisis comparativo que Julio hace respecto de la ley natural y la ley divina a la cual se debe acomodar el orden de la sociedad y, por supuesto, los poderes —laico y eclesiástico— que mantienen su gobierno. En este sentido, se puede decir que la descripción de los estados constituye, antes que nada, una definición de los deberes, tanto espirituales como seculares, de la nobleza donde la tesis básica, desarrollada en el seno de una concepción teocrática de la sociedad, es que el estado y el oficio no suponen un obstáculo para la salvación del alma: aunque el estado de los emperadores es el más virtuoso y, por lo tanto, el más próximo a la salvación —de entre los estados laicos—, no es preciso cambiar de estado para conseguir la última recompensa. Esta afirmación, que se repite constantemente a lo largo de toda la obra, queda matizada por un trasfondo ideológico ortodoxo mucho más determinante que la propia repetición de las palabras: la alcurnia y la riqueza permiten mejor la realización de las buenas obras, lo que constituye la más contundente sanción del poder y la más clara definición de la nobleza inserta en una visión inmovilista del mundo (15).

La base teórica sobre la que Don Juan Manuel parece asentar la exposición del papel social y político del hombre en el mundo es, según Macpherson y Tate (16), la doctrina tomista de la via media según la cual el orden natural podía ser suficiente para reconocer las reglas del comportamiento correcto —en razón— pero no así para descubrir el fin sobrenatural de la humanidad. Este, cuyo conocimiento está reservado a los sacerdotes, sería tributario del orden divino al cual, en última instancia, debe orientarse el poder laico. Aquí es donde parece fundamentarse la función pedagógica de Julio puesto que no había nada en el comportamiento del rey Morabán ni en el de su hijo que pudiera reprocharse: el papel del filósofo consistiría en sentar las bases de la armonía entre los poderes laico y eclesiástico, real y papal, cada uno con cometidos diferentes según la lógica de la concepción jerárquica y bifronte de la sociedad medieval. Es precisamente esta armonía funcional, en virtud del ordenamiento divino, lo que amparaba la concepción inmovilista del orden social; un orden en el que los más desfavorecidos debían encontrar su consolación en la insistentemente repetida igualdad humana en el nacer, crecer y morir así como en la también constante afirmación de la validez y necesidad de cada estado u oficio en el logro de la armonía civil: la igualdad de condiciones de cada estado en cuanto a la salvación del alma, siempre que cumplieran con las funciones que les fueran propias. Algo muy poco convincente si tenemos en cuenta que la declarada falta de entendimiento, propia de los estados menores, no dejaba de ser un peligroso escollo en el camino de salvación:

...et otros menores estados pueden muy bien salvar las ánimas. Mas por el aparejamiento que an para non fazer todo lo mejor, et porque muchos déstos son menguados de entendimientos que con torpedat podrían caer en grandes yerros non lo entendiendo, por ende son sus estados peligrosos para el salvamiento de las almas. (L.E. I, XCVIII)

Esta falta de convicción queda, por otra parte, corroborada si tenemos en cuenta el criterio eminentemente aristocrático de Don Juan Manuel; un criterio según el cual, a la postre, cuanto mayores y más complejas son las obligaciones —las del Papa y el emperador y subsidiariamente las de la alta nobleza— mayor es también el premio espiritual. Se trata de un imaginario en el que Dios aparece como si hubiera dispuesto que los tenedores del poder en la tierra también hubieran de disfrutar de los privilegios en el cielo:

Et por ende, si pueden et deven estar en buena esperança de su salvaçión los pecadores, tengo que ésta misma, et aún muy mayor, la deven aver los enperadores. Ca bien creed que quanto Dios en mayor estado pone al omne en este mundo, tanto gelo da mayor en el otro, si en éste lo sirve commo deve. [Et] aún só çierto que quando los sanctos fueron de mayor entendimiento, tanto an mayor logar en el Paraiso; ca ellos lo ganaron por las sus buenas obras et entendiendo todo lo que fazían. (L.E. I, LVIII)

Se trata, al fin y al cabo, de la lógica social organicista que exhorta al reconocimiento del puesto social asignado y la aceptación de las obligaciones-funciones dentro del cuerpo místico como forma de alcanzar la plenitud en el más allá; una plenitud que recibía consideraciones también distintas para cada estrato de la sociedad.

La visión esencialmente teocrática de la realidad y la mirada al mundo bajo el prisma de la verdad cristiana que, como ha sido señalado, constituye una de las razones de ser del Libro de los Estados, no conducen a Don Juan Manuel, no obstante, al desprecio absoluto de este mundo. Es cierto que los placeres ligados a la vida natural merecen al Infante un juicio negativo en el sentido de que aparecen, según ha señalado Savoye de Ferreras (17), más bien como trabas que hay que aceptar con resignación y desconfianza en un proceso vital que no es sino el camino para la otra vida:

Ca los vienes deste mundo son commo la sonbra de algún cuerpo, et non es cosa firme nin çierta; et los del otro mundo son cuerpo verdadero, de que sale la sonbra, ca en el otro mundo los vienaventurados que lo meresçieren verán a Dios et estarán con Él. (L.E. I, LXXXIII)

Sin embargo, la meticulosidad con la que es descrito el comportamiento ordenado del infante y el emperador, así como el modo en que los placeres corporales deben ser satisfechos, constituyen un explícito reconocimiento de los mismos; algo que, desde nuestro punto de vista, expresa una actitud, a pesar de todo, intramundana, coincidente con el movimiento que empezaba a recorrer toda Europa y que ponía de relieve ciertos valores positivos en la apreciación del cuerpo (18):

Señor infante, vós sabedes que ningún omne non puede escusar en este mundo de tomar en él plazeres, que son de dos guisas: los unos, que an a tomar por fuerça naturalmente, et los otros por acaesçimiento... [Et] todas estas cosas, porque son naturales, non se puede escusar que naturalmente toman los omnes plazeres en ellas. (L.E. I, LXXXII)

Precisamente, respecto de la minuciosidad en la descripción de las reglas prácticas de conducta virtuosa, de los comportamientos ordenados que ha de manifestar infante y emperador —y todos los estados de la nobleza alta en general— tales como diversiones, hábitos higiénicos y alimenticios, prácticas de formación o, incluso, todo lo relacionado con el trato familiar y gobierno doméstico, todo ello estrechamente ligado a manifestaciones corporales, se puede decir que constituye un material imprescindible para la valoración de la visión del mundo manuelino. Aunque, en alguna medida, puedan parecer disgresiones temáticas respecto del asunto general de la obra, muchas de las prácticas y rituales expuestos ofrecen una vista parcial de las propias aspiraciones de Don Juan Manuel y de sus preocupaciones más íntimas según se desprende de la frecuencia con la que tales consideraciones se hallan interrumpidas por alusiones a las experiencias de sí mismo (19). Constituyen, entre otras cosas, elementos de juicio imprescindibles en la calificación (corporal) de la nobleza.

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© José Luis Gómez-Martínez
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