Repertorio de Ensayistas y Filósofos

 "Rafael Altamira"

José Luis Abellán

1. Vida y Obra

El curso biográfico de Rafael Altamira (Alicante, 1866-México, 1951) es una evolución hacia cotas cada vez más altas, tanto desde el punto de vista personal como académico, conducido por la persecución de ideales nobles y generosos que impregnaron su alma desde fechas muy tempranas. Estudió la carrera de derecho en la Universidad de Valencia (1882-1886), trasladándose posteriormente a Madrid, donde participó en las tareas culturales del Ateneo de Madrid, en colaboración con Joaquín Costa, que le influyó poderosamente; también trató asiduamente en esos años con Gumersindo de Azcárate, llegando éste a convertirse en el director de su tesis doctoral sobre la “Historia de la propiedad comunal” (1887). Se relacionó así mismo con Giner de los Ríos y otros miembros de la Institución Libre de Enseñanza, cuya influencia se tradujo en una constante preocupación por la educación y la pedagogía. Esta inquietud se reafirmó con su entrada en el Museo Pedagógico, donde será secretario por oposición hasta 1897. El fruto más importante de sus investigaciones durante esos años fue La enseñanza de la historia (1891), donde se reafirma el carácter científico de la historia desde el punto de vista epistemológico.

En 1897 gana la cátedra de Historia del Derecho Español en la Universidad de Oviedo, donde permanecerá hasta 1910; estos doce años en Asturias marcaron fuertemente su personalidad, al relacionarse con intelectuales regeneracionistas de fuerte influencia institucionista. En esos años escribe su Psicología del pueblo español (1902) y traduce los Discursos a la nación alemana, de Frichte, que influirán fuertemente en su pensamiento. Entre 1900 y 1910, publicará los cuatro tomos de Historia de España y de la civilización española, una obra monumental que servirá de inspiración a sus investigaciones posteriores. Quizá en esa obra está la clave de su figura intelectual; tuvo cuatro ediciones hasta 1928-1929.

En 1909 emprenderá un viaje a Hispanoamérica, que le llevará a Uruguay, Argentina, Cuba, México, Chile, Perú, Estados Unidos; este viaje durará hasta 1910, y dará cuenta pormenorizada del mismo en su libro Mi viaje a América (1911), que puede considerarse como un giro radical en la historia del americanismo, dotando a éste de un estatuto científico, del que hasta ese momento había carecido.

En 1911 se le nombró Director General de Enseñanza Primaria, con un programa muy exigente de renovación y cambio, tal y como explicará en su discurso “Problemas urgentes de la primera enseñanza en España” (1912), con el que ingresará en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. En 1813 deja dicha Dirección General y se le nombra profesor del Instituto Diplomático y Consular, y al año siguiente –1914– gana la cátedra de Historia de las Instituciones Políticas y Civiles de América en la Universidad de Madrid, que convertirá en una plataforma de expansión de su ideas. Su influencia internacional es cada vez mayor; viaja y da conferencias en Estados Unidos, de las cuales saldrá como fruto mas granado su libro La huella de España en América.

El estallido de la I Guerra Mundial en 1914 le conmociona profundamente, acentuando su tendencia pacifista, que deja claramente expuesta en La opinión española y la guerra actual (1915); desde ese momento –con independencia de su adhesión a la causa de los aliados– no deja de trabajar a favor de la paz. En 1920 es elegido miembro de la Comisión de Juristas que la Sociedad de Naciones puso en marcha para redactar un anteproyecto del Tribunal de Justicia Internacional, destacando por su adhesión, su tenacidad y su pericia jurídica, lo que hará que en 1933 se le proponga para Premio Nobel de la Paz. De hecho, entre 1921 y 1940 su actitud en ese ámbito se multiplica y acrecienta, sin dejar de ocuparse por la difusión de su obra, que centra desde 1929 en la preparación de una Obras completas, cuyo proyecto quedó interrumpido por la guerra y el exilio; incluso acabada la guerra civil en España permanecerá en La Haya, dispuesto a no involucrarse con su régimen totalitario, pero producida la invasión nazi en Francia, no tuvo más remedio que acogerse a la generosidad de México. Allí participará con cursos en el Colegio de México y actividades de los republicanos refugiados en el país, dedicando sobre todo atención a reflexiones personales y recopilación de materiales. Algunos títulos son muy significativos: Máximas y reflexiones (1945), Proceso histórico de la historiografía humana (1948), Los elementos de la civilización y del carácter español (1950). Muchos inéditos quedaron todavía en sus archivos, pero el reconocimiento internacional era unánime, lo que le convierte una vez más en candidato al Premio Nobel de la Paz; parece que en esta ocasión no hubo discrepancias y se alcanzó la unanimidad al respecto, pero la muerte se adelantó al deseo de los hombres. Por eso los que hemos venido después estamos obligados a mantener la memoria de un ser humano que dignifica a toda nuestra especie.

 

2. La etapa asturiana

Aunque Altamira nació en Alicante, y mantuvo un invariable afecto hacia dicha ciudad, no puede obviarse su etapa asturiana, que dejó una huella imborrable en su espíritu. Es un caso parecido al de Clarín, que, a pesar de haber nacido en Zamora, siempre se sintió asturiano.

En Oviedo, Altamira va a encontrar una atmosfera de comprensión y simpatía extraordinarios, traducido en sintonías muy profundas con hombres como Aniceto Sela, Adolfo Álvarez-Buylla, Leopoldo Alas y Adolfo González Posada, además de otros que se identificaban con sus ideales institucionistas. Hemos constatado también en otras ocasiones la estrecha vinculación de Asturias con América, visible en la frecuente emigración asturiana hacia aquel continente. Es palpable en el imaginario colectivo que la figura del “indiano” se encarna por excelencia en el arquetipo asturiano, y es indudable también que la fuerte vocación americana de Altamira se fraguó en este contexto de admiración asturiana hacia las tierras de América, lo que en el caso de nuestro autor acabaría fructificando en su famoso viaje a América, que marcaría definitivamente su biografía. Notemos una vez más el posesivo del título: Mi viaje a América. Es indudable que Altamira no pudo olvidar a lo largo de su vida a las personas que trató durante aquellos años de preparación del viaje, y así viene a decirlo en los testimonios que nos dejó en uno de sus últimos libros: Tierra y hombres de Asturias (1949), donde resulta evidente que los doce años que vivió en el Principado le convirtieron en un asturiano de corazón.

 

3. Estudio

Es un hecho fácilmente constatable que en toda sociedad constituida con una mínima complejidad se produce la presencia de un guía espiritual que tiene por fin orientar desde el punto de vista moral o religioso al resto de la sociedad. El chamán, el lama, el gurú, el profeta, el sacerdote, son ejemplos patentes de dicha presencia.

Es evidente que los rasgos de dicha figura eran distintos según el tipo de sociedad en que se producía su presencia, pero es evidente que también cambiaba su evolución en el tiempo; de hecho, en Occidente esa evolución tuvo un carácter de secularización cada vez mayor. Así llegamos al Renacimiento, que, con la crisis de la sociedad medieval, va a producir en toda Europa la figura inédita del “humanista”, un ferviente estudioso y admirador de la cultura clásica grecolatina, empeñada en restaurar lo que entonces se llamó la “humana dignitatis”: Pico de la Mirándola, Marsilio Ficino, Lorenzo Valla como arquetipos. Esta figura se fue convirtiendo paulatinamente en la del profesor, el erudito, el catedrático…, hasta llegar a perfilar al que se llamó por antonomasia “intelectual”. Esta figura se consolidó cuando se produjo en Francia el llamado “affaire Dreyfus”. Como es sabido, se acusó al militar llamado Alfred Dreyfus de su antisemitismo desaforado, sin que hubiese suficientes pruebas para ello, con el sólo objeto de alimentar un patriotismo nacionalista que exaltase el “chauvinismo” francés. El novelista Elimio Zola se erigió en juez de aquella situación, escribiendo el famoso artículo “Yo acuso”, donde proclamaba la adhesión a la verdad por encima de todo. Surge así la figura de un nuevo tipo humano que es el intelectual como crítico social y conciencia moral de la sociedad. Esa actitud de compromiso radical llamó mucho la atención en España y la llamada “Generación del 98” se contagió y empapó a fondo de ella, provocando reacciones de rebeldía e iconoclastia frente a los poderes conservadores. Azorín, Baroja y Maeztu escribieron artículos con el pseudónimo de Los tres, que inspirados en una honda rebeldía contra la situación política del momento, influyeron mucho en la opinión pública. Unamuno, que escribía en el mismo tono, empezó a hacerse conocido y se convirtió en el personaje de referencia del momento. Era el “intelectual” por antonomasia.

En este ambiente se formó Rafael Altamira, que era dos años más joven que Unamuno, y se propuso seguir sus huellas. Pero Altamira tenía un impulso educativo muy fuerte que provenía de la Institución Libre de Enseñanza. Su amistad con Giner de los Ríos, su trabajo en el Museo Pedagógico, su colaboración con Joaquín Costa en el Ateneo de Madrid, consolidaron dicho impulso educativo, que se vinculó inmediatamente al afán regeneracionista, y éste a su vez a esa imagen del intelectual que hemos descrito anteriormente.

El hecho es que estas figuras representativas de un poder independiente y autónomo frente al stablishment, siguieron una línea evolutiva muy semejante caracterizada por acceder a cotas de libertad cada vez mayores; de hecho, el teólogo vinculado a una Orden religiosa –dominicos, agustinos, franciscanos– debía mantenerse fiel a los intereses de la misma, igual que el “humanista”, protegido por un mecenas perteneciente a la nobleza, no podía contradecir los intereses de esa casta nobiliaria. El intelectual de fines del XIX y principios del XX ha superado esas cotas y adquirido un espacio de libertad muy superior, sólo limitado por las fluctuaciones de un mercado en el que la burguesía progresista tenía un protagonismo fundamental. Es precisamente en esta atmósfera en la debemos situar la figura de Altamira.

Estaba éste profundamente marcado tanto por su educación institucionista como por los condicionamientos históricos del momento. En lo que se refiere a la primera, se prolongó durante sus años de estudiante universitario, mediante la colaboración con Joaquín Costa, primero y con Gumersindo de Azcárate, después, que llegó a convertirse en director de su tesis doctoral sobre el “derecho comunal”. Por lo que se refiere a los condicionamientos históricos, nada influyó tanto en Altamira como la repercusión en su ánimo de la derrota de 1898, que le hizo meditar profundamente sobre las causas de la decadencia española; para él estaba claro que todo era una consecuencia de la falta de patriotismo, y desde este momento adquiere plena conciencia de que hay que restaurar éste a toda costa, lo que exige a su vez una meditación al respecto. Como con gran acierto ha señalado un reconocido estudioso de su obra:

“Altamira hace confluir algunas actitudes políticas, sociales regeneradoras y educativas en un solo término; patriotismo. Ese concepto guía su interés científico, su producción historiográfica y su actividad pública. El patriotismo es defensa de la idiosincrasia y amor a la patria y a lo que uno es de forma incondicional y crítica a la vez. Y no se trata de retórica, eso es muy fácil, sino de actitud y de constancia. El patriotismo como empresa común se va forjando lentamente, con contradicciones pero subyace y se consolida en el inconsciente colectivo como lo demuestra la actitud de todo un pueblo en la Guerra de la Independencia. La crítica a lo propio y el egoísmo eran sus peores enemigos. Esto se debe a nuestro acentuado individualismo si bien ésta no es siempre una característica negativa porque garantiza la libertad espiritual. La dejadez, la ignorancia y el menosprecio por lo nuestro son las señales inequívocas que muestran hasta que punto el valor del concepto patriotismo se ha devaluado entre nosotros. Ya se ha explicado que como consecuencia de estas reflexiones una tarea fundamental de Altamira consistió en la vinculación de España y de de su papel en la Historia” (Asín, p. 27).

Es muy sintomático al respecto, la actitud del gran polígrafo cuando gana la cátedra en la Universidad de Oviedo en 1897, y se le encarga el discurso de inauguración del año académico para el curso siguiente. Altamira siente la gran responsabilidad intelectual que esto supone para él; es consciente de su energía, de su buena preparación, de su juventud, y de la necesidad que le pesaba íntimamente de poner todo ello al servicio de la regeneración de la patria. Precisamente, ese va a ser el objeto de su discurso que titulará “El patriotismo y la Universidad”. Hagamos, pues, un breve resumen de éste.

El punto de partida es el pesimismo que había invadido la sociedad española tras la derrota de 1898, y para él el pesimismo es el antídoto contra cualquier remedio. Una sociedad agarrotada por el pesimismo es el caldo de cultivo de la abulia, de la pereza, de la falta de respuesta a los retos del presente, y por eso es urgente restaurar un patriotismo que inyectase energía a la sociedad. Ahora bien, esa respuesta tenía que provenir de las minorías intelectuales forjadas en la Universidad; de aquí el papel clave de esta institución. Desde este punto de vista, la Universidad tiene dos misiones clave: 1) restaurar el crédito de nuestra historia, con el fin de devolver al pueblo español la fe en sus cualidades nativas y en su actitud para la vida civilizada; 2) evitar que esto pueda llevarnos a una resurrección de formas pasadas, de un retroceso arqueológico, y estimular, por el contrario, la incorporación a los criterios de la civilización moderna, vivificando el genio nacional para adaptarlo al progreso de los tiempos.

Los españoles tenemos en este sentido el deber de reivindicar los valores que nos hicieran grandes en otra época, si bien adaptándolos a las necesidades del presente; subraya en este sentido “la importancia enorme –son sus palabras– que tiene la vindicación de nuestra historia intelectual y civilizadora para la resolución del problema presente. Pero no ha de interpretarse esta vindicación como base de un total renacimiento del pasado, sin el cual no habría salud para nosotros. Hay que caminar con mucha precaución en este terreno, y hacer a cada momento reservas y distinciones, sin las cuales podría creerse que se trata, sin más ni más, de una restauración arqueológica” (Altamira, “El patriotismo”, p. 260).

El discurso de Altamira, examinado pormenorizadamente, resulta el proyecto incipiente de una vida intelectual que dará contenido a su biografía personal, pero no sólo eso: muchas de sus sugerencias tendrán cuerpo en el futuro nacional a través de iniciativas tomadas por otras personas. Como, por ejemplo, en lo que se refiere a la necesidad de viajar fuera de España; en cierto momento llega a escribir lo siguiente:

“Nuestros alumnos y nuestros profesores deben ir al extranjero, para completar su educación, para recoger enseñanzas y ejemplos, ó para adiestrarse en especialidades científicas. No hay un solo español culto –sea cual fuere la filiación de sus ideas políticas ó filosóficas– que no confiese con más o menos franqueza la necesidad de estos viajes científicos. Algunos, que dudaban de ella, han ido disminuyendo sus reservas a medida que crecían su cultura y su comunicación literaria con el extranjero, por medio de libros y revistas” (Altamira, “El patriotismo”, p. 268).

Sólo unos años después se plasmaría en la realidad un proyecto semejante, que no tomará cuerpo institucional hasta 1907 con la fundación de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, pero la idea ya la tenía clara Altamira en 1888.

“El patriotismo y la Universidad” viene a constituir un seminario de ideas y propuestas con vistas a la reforma de la sociedad española que Altamira fue elaborando en sus primeros 32 años de vida y darán contenido a su figura de intelectual. Entre esas ideas debemos apuntar también el concepto de “extensión universitaria”; en cierto momento de su discurso, haciendo hincapié en la importancia de la educación para los niveles de la enseñanza primaria y secundaria, disminuyendo el número de analfabetos y poniendo las bases de una cultura popular ampliamente compartida, señala como esa labor debe consolidarse con la aportación universitaria. “La Universidad –dice– puede contribuir eficazmente al mismo fin, pero a condición de romper su aislamiento y de comunicarse directamente con las clases sociales que no concurren a sus cátedras”. El resultado de esta propuesta es clara: “La forma de realizar esta comunicación es lo que se llama hoy en toda Europa la ‘extensión universitaria’” (Altamira, “El patriotismo”, p. 265).

Hay todavía dos ideas más, en este prontuario que es el discurso universitario de Altamira, que deben resaltarse. La primera de ellas es el enunciado de una preocupación permanente a lo largo de toda su vida: la paz; en los individuos particulares como en esos entes colectivos que son las naciones, la búsqueda de la paz constituye la “misión moral” por excelencia del trabajo universitario. “La Universidad –dice– debe trabajar por la paz, debe, como representante de las más altas cualidades del espíritu, a la vez que afirmar el sentido racional de la lucha por el derecho, tratar de suprimir en las relaciones internacionales el sello de barbarie y de rapacidad maldita que aún tienen hoy, y que por igual alcanza a los pueblos superiores (como Inglaterra) y a los inferiores (como Turquía), a los viejos (como España) que a los nuevos (como los Estados Unidos de Norteamérica)” (Altamira, “El patriotismo”, p. 265). Este pacifismo se convertirá, con el paso del tiempo, en hilo conductor de la identidad intelectual de Rafael Altamira.

Y, por último, como cuarto signo de identidad, debemos señalar su americanismo. Con mucho énfasis viene a decir:

“La Universidad no debe olvidar, al enaltecer la preferencia de la obra interior en los pueblos, que España no es una personalidad aislada en el mundo, último vástago de una familia agotada; sino que, por el contrario, tiene descendencia en numerosos pueblos, hijos de ella por la sangre y por la civilización, en quienes alienta el mismo espíritu fundamental de la gente española y que tienen de común con ella cualidades útiles que desarrollar, defectos que corregir e intereses que poner a cubierto de absorciones extrañas. Semejante solidaridad empieza a ser comprendida ahora, a la vez, en España y en las naciones hispano-americanas, por el elemento culto y director, que sabe sobreponerse al recuerdo, indiscreto e ilógico, de pasados errores” (Altamira, “El patriotismo”, p. 292).

Está anticipándose aquí Altamira a su futura aventura americana, que no podrá realizar hasta 1909, pero ya en 1898 lo tiene claro, y así lo dice con palabras muy explicitas:

“Las Repúblicas hispano-americanas son, y deben ser para nosotros algo más que Francia o Italia, y muchísimo más que Inglaterra o Rusia; y por tanto, nuestra relación con ellas ha de ser, en todos órdenes, de un género distinto, de una intimidad infinitamente más honda, fundada de una parte en aquel común espíritu y aquellos análogos intereses de que antes hablábamos, y de otra en la existencia de numerosísima población directamente peninsular que hay en muchas de las citadas naciones, y que tan vivo mantiene (como recientemente se ha visto) el sentimiento patriótico” (Altamira, “El patriotismo”, p. 294).

He aquí formulada, con plena conciencia, la figura del intelectual Rafael Altamira. Se ha solidarizado plenamente con la reacción patriótica del resto de los miembros de la generación del 98, sin dejar de asimilar los ideales de la generación anterior del 68, cuya influencia le venía directamente a través de Joaquín Costa. Por eso el regeneracionismo crítico se reconvierte en él en un regeneracionismo nacional, como demuestran las tareas en las que se involucra apasionadamente: lee, traduce y publica precisamente en esos años los Discursos a la nación alemana, de Fichte, que se convierte en un vademécum para él. En la misma línea acomete la redacción de la Psicología del pueblo español (1902), donde pone las bases de la citada regeneración en una obra educativa que guie los pasos de la nueva juventud, la que debe poner los cimientos de ese giro trascendental que necesita nuestro país con urgencia.

En esta línea hay dos tareas inmediatas que no se pueden demorar por más tiempo. La primera es la realización de una nueva Historia de España, orientada hacia un futuro prometedor. Ahí tiene su origen la publicación de su monumental Historia de España y de la civilización española (1900-1910), donde se dan orientaciones nuevas, tanto desde el punto de vista historiográfico como del pedagógico; es una obra de referencia fundamental para entender el mensaje de Altamira. Nos extenderemos en ella un poco más adelante. De momento, quería referirme brevemente a la segunda de esas tareas inmediatas a la que he referido al comienzo de este párrafo; se trata de la necesidad de elevar la primera enseñanza a la altura de una cuestión nacional de primera importancia. Tuvo la habilidad de hacer consciente al Gobierno de dicha necesidad y en 1911 se le nombró Director General en Enseñanza Primaria. Al año siguiente, en 1912, accedió como académico a la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, donde pronunció como discurso de ingreso el titulado “Problemas urgentes de la Primera Enseñanza en España”, que no tiene desperdicio. En él demuestra un profundo conocimiento de la situación en España y realiza propuestas de gran calado como el establecimiento de un escalafón general del magisterio, la creación de un cuerpo de inspectores y la construcción de bibliotecas pedagógicas para la formación de maestros.

Al final de este escrito que hemos llamado el prontuario de Altamira vuelve a insistir en la importancia que tienen las elites en la acción regeneradora. “La responsabilidad de los elementos intelectuales, con ser grande siempre –dice–, es mucho mayor y más grave en una nación atrasada y victima de la abulia, como la muestra. La regeneración, si ha de venir (y yo creo firmemente en ella), ha de ser obra de una minoría que impulse a la masa, la arrastre y la eduque. No nos dejemos ilusionar por la esperanza en lo que vagamente suele llamarse ‘pueblo’, ‘fondo social’, etc.” (Altamira, “El patriotismo”, p. 325).

He aquí dibujado ese perfil arquetípico del intelectual moderno que Altamira representó como nadie y que explica la enorme fecundidad de su obra; en él convergen los ideales de la generación del 68 (regeneracionismo), de la del 98 (nacionalismo casticista) y de la del 14 (cientifismo racionalista canalizado por la vía universitaria), pero su pleno desarrollo exigía un tiempo que él desgraciadamente no tuvo; se trataba de un trabajo para varias generaciones que dejó esbozado con minuciosidad en su interpretación de la historia de España. En ese esbozo había un hilo conductor con dos ejes: una nueva orientación de nuestra historia, por un lado; y la vinculación a las raíces hispanoamericanas, por otro.

En lo que se refiere a la nueva orientación de la historia española, Altamira presta singular atención a los antiguos autores socialistas y colectivistas siguiendo la pauta que recibió de Joaquín Costa con un Colectivismo agrario en España (1898), y de esta forma rectificar los daños que el exceso de individualismo ha realizado en nuestro país. Por lo que toca al segundo eje –la vinculación con los países hispanoamericanos–, constituye el denominador común de toda su actividad historiográfica, lo que le llevó a elaborar toda una teoría propia del hispanoamericanismo, tal y como expone en una contribución que realizó el año 1926 (Altamira, Cómo concibo).

En esta directriz no cabe duda que Altamira siguió una línea recibida por sus estudios de Historia del Derecho que al fin y al cabo era el tema de su cátedra y que él cultivó siguiendo los criterios recibidos por Gumersindo de Azcárate como director de la tesis doctoral sobre derecho comunal y que luego prolongó en sus estudios sobre derecho indiano. No puede haber duda que a Altamira le debió impresionar fuertemente el que las posesiones españolas no tuvieran el carácter colonial que tuvieron los dominios anglosajones del Reino Unido; frente a la estructura de explotación económica que tuvieron estos, el derecho indiano recibió la estructura jurídica de los “virreinatos” sometidos a unas Leyes de Indias, donde el respeto al derecho era el pilar de las relaciones entre la Península y el Continente. Por eso pudo escribir el famoso historiador argentino Ricardo Levene que “Las Indias no fueron colonias”; naturalmente –ya lo dijeron las Cortes de Cádiz en 1812–, se trataba de “provincias de Ultramar”.

Aunque ese vocabulario no era ya el propio de la época en que Altamira escribe, es evidente que la actitud era muy parecida. Defiende por encima de todo el patrimonio común de las repúblicas hermanas desde una concepción del hispanoamericanismo muy próximo el concepto de “hispanidad” ya empleado en esas fechas por Unamuno, si bien desde una perspectiva muy distinta. Mientras la “hispanidad” enfatiza los rasgos peculiares y distintivos de una identidad propia, el “hispanoamericanismo” de Altamira resalta lo que para él constituye una “modalidad” especifica de la humanidad en general. En su conferencia Cómo concibo yo la finalidad del hispanoamericanismo (1926) presta atención sobre todo –según sus palabras– “a la aportación útil con que han contribuido, contribuyen y podrán seguir contribuyendo a la acción universal de civilización humana, los pueblos que nacidos en tierra ibérica, en la Península Ibérica, han engendrado en otro Continente una multitud de pueblos hermanos que sienten como nosotros la nota original de nuestra raza y, a ejemplo de nosotros mismos (de tan rico interior en nuestra propia vida peninsular) producen constantemente nuevas modalidades que cada día harán más fecunda la gama hispana” (Altamira, Cómo concibo p. 14). Y así es como Altamira participa de esa modalidad con la profunda convicción de que a través de ella “llegaremos a incorporarnos, cada vez más íntima y eficazmente, al movimiento universal por el que, en cada nación, una minoría selecta y animosa se esfuerza por hacer de día en día más fácil, más fraternal, más perfecta y humana la ascensión dolorosa con que la humanidad va remontando el áspero camino que conduce, desde la antigua barbarie, al ideal de perfección en que todos soñamos alguna vez y que nos alienta en los momentos difíciles de nuestra vida” (Altamira, Cómo concibo p. 14).

La genialidad de Rafael Altamira fue conseguir una fructífera convergencia entre tan diversas directrices, y aunque el eje de su vida profesional fue la historia, ésta nunca estuvo separada del derecho. Por eso cuando en 1914 consigue en la Universidad de Madrid la cátedra de Historia de las Instituciones Políticas y Civiles de América, encontrará la plataforma adecuada para culminar el ideal de toda su vida: la lucha por la paz. Como intelectual ilustrado, formado en el ámbito cultural del institucionismo, Altamira siempre cultivo el amor por la libertad, por la justicia y la igualdad, que le llevaron al rechazo de la violencia en todas las actividades humanas, y eso dio fundamento a sus aspiraciones pacifistas, que le llevaron a las puertas del Premio Nobel de la Paz en 1933.

Quisiera precisamente por ello terminar deteniéndome en este aspecto sustancial de su obra. Altamira, que había obtenido la cátedra de Madrid, justamente en 1914, el mismo año que se inicia la llamada Gran Guerra, va a quedar marcado por el acontecimiento. Propugna la creación de una Sociedad de Naciones reguladora de las relaciones entre los pueblos, pero, viendo muy pronto la insuficiencia de ésta, pasa a trabajar en las bases de un Tribunal de Justicia Internacional, que acabará siendo el famoso Tribunal Internacional de La Haya. Altamira recibió el nombramiento de juez de dicho tribunal en 1921, entre los nueve que entonces eran titulares del mismo. Su trabajo a partir de entonces a favor de la paz constituye el centro de su actividad, convirtiendo en leit motiv su famosa frase: “La única lucha legítima es la que hemos emprendido para acabar con las causas de la guerra”.

El itinerario biográfico e intelectual de Altamira alcanza así su cota más alta, lo que conducirá a que se le proponga en 1951, y por segunda vez, como Premio Nobel de la Paz. La imprudente muerte impedirá que se le conceda tan merecido galardón, pero moralmente estaba ya más que concedido y refrendado. El ascenso, desde aquel joven alicantino de apenas veinte años lleno de inquietudes literarias, hasta este hombre maduro de ochenta y cinco, que ha conquistado una estatura moral inmarcesible, ha supuesto toda una vida de ejemplaridad inigualable. Es esto precisamente lo que nos ha llevado a presentarle como arquetipo del intelectual moderno.

Esta ejemplaridad moral no estaba reñida, sino –más bien presidida– por su rigor científico, por su ecuanimidad y ponderación en el examen de todos los temas que se le presentaban. En 1945 le contesta un periodista mexicano sobre la situación de España: “…Todavía es pronto para escribir científicamente la historia de la guerra de 1936 a 1939. Conocemos tan sólo una pequeña parte de la doble documentación que es preciso tener en cuenta para alcanzar la verdad, imposible si tan solo se maneja la de uno de los bandos combatientes … Yo soy sustancialmente, más que un republicano, un liberal incompatible con un régimen totalitario, cualquiera que sea su dirección política … La situación que ahora prevalece en España, no la conozco lo suficiente. Por lo tanto, ni como historiador, ni como juez, puedo formular juicio”.

Siempre la ecuanimidad y el rigor por encima de todo, pero no nos engañemos. Altamira pudo regresar a España después de la guerra civil, pues recibió una invitación formal para ello, pero no cayó en la tentación. Altamira murió como exiliado; su pacifismo a ultranza le impedía aceptar un régimen de fuerza, conseguido con el empleo inmisericorde de las armas contra hermanos. Genio y figura hasta el final, y con la cabeza bien alta. Este fue Rafael Altamira, el arquetipo del intelectual que hemos querido reflejar aquí.

 

Obras citadas

Rafael Altamira, Rafael. “El patriotismo y la Universidad” BILE, nº 402, septiembre de 1898.

Altamira, Rafael. Cómo concibo yo la finalidad del hispanoamericanismo, Centro de Intercambio Intelectual Germano-Español, Madrid, 1927.

Asin, Rafael. “Introducción” a Psicología del pueblo español, de Rafael Altamira, Biblioteca Nueva, Madrid, 1997 (edición de Juan Pablo Fusi).

José Luis Abellán
junio de 2011

 

© José Luis Gómez-Martínez
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