Antonio de Gracia Mainé
  

 

"LA PERSUASIÓN EN EL DISCURSO DE EMILIO CASTELAR"

Consideraciones previas.

Recurrir a Castelar en el año dos mil para tratar de aproximarnos a la comprensión de los textos orales puede parecer un anacronismo. Castelar es un olvidado para la gran mayoría. No obstante, todavía se le recuerda a través de las expresiones de algunos abuelos cuando dicen “este niño habla como Castelar”. Mostrando así cierta admiración por la capacidad de comunicación oral del nieto más elocuente. Lo cual quiere decir que el nombre de Castelar caló en el pueblo por su dominio de la palabra. Esa palabra que utilizamos para tratar de entendernos y convencer, aunque sea firmando constantemente acuerdos bilaterales que nos vienen a dejar bastante claro que, finalmente, la comunicación comprensiva en un mero acuerdo entre partes. Quienes recuerdan todavía a Castelar, como lo evocan algunos abuelos, no saben que, quizás, la palabra, en la época dorada del orador gaditano, era capaz de transformar la realidad. Así Souto al referirse al brillante parlamentario que fue Castelar señala:

“El ritmo poderoso de sus discursos, la rica imaginería que los vestía suntuosamente, la reiteración que martilleaba una y otra vez el mismo argumento en el auditorio, no podían menos que recordar a sus modelos: los retóricos romanos, los oradores de la revolución francesa. Y con todo, esas largas batallas verbales que llenaban el tiempo y los bancos de las cortes, que el pueblo comentaba en los cafés y en la calle, constituían una especie de gran teatro.” (Souto 1980: X)

En este sentido se manifiesta asimismo Llorca:

“El que hablara Castelar en las Cortes se anunciaba en la prensa exactamente igual que si se tratara de la actuación de un famoso cantante de opera. Y él se cuidaba la voz con la misma protección que la usada por un tenor. Jamás fumaba, y tomaba una alimentación adecuada a mantener su garganta en perfecto estado de conservación.” (Llorca 1966: 139)

Posiblemente Castelar debía, en cierta medida, el poder de su palabra al carácter enciclopédico de sus saberes. En la actualidad asistimos a la especialización del hombre en determinados temas desechando, con frecuencia, el dominio de los conocimientos formativos más universales. Lo que conlleva a perder de vista el sentido global de los conocimientos humanos en favor del dominio de los saberes que impregnan las corrientes científicas y técnicas. Sería bueno aproximarse, hoy, a un punto intermedio en la cuestión que trata sobre la formación del ser humano. Habría que fortalecer los distintos saberes que ha desarrollado el hombre a lo largo de su devenir, y aquellos otros de los que necesariamente es indispensable servirse para avanzar en el tiempo. Creemos que se debería animar, al menos, a aquellos que pretenden todavía que la palabra dicha de forma que parezca nueva y conocida a la vez, sea la mejor de las razones que nos acerque a la comprensión interesada de lo que se oye. Sería extraordinario que pudiéramos escuchar hoy a hablantes como Castelar “sus periodos largos y ondulantes; frases que se detienen en un suspenso efectista para luego resolverse inesperadamente; interrogantes que se dejan para siempre inconclusas; oraciones esmaltadas de imágenes, símiles, comparaciones (...) referencias a los libros sagrados, a la mitología, a la historia, a la geología, a la flora, a la fauna, que debía no sólo deslumbrar al auditorio, sino aturdirlo, abrumarlo y apabullarlo.” (Souto, XIV).

Azorín nos habla de la sensibilidad de Castelar basándose en la correspondencia que el político gaditano mantiene con Calzado, banquero residente en París, que le prestó dinero a Castelar, en no pocas ocasiones, para que pudiera salir de diversos apuros económicos. Para Azorín esa sensibilidad proviene del interés que Castelar posee por todo lo que le rodea: los libros, la política, la vida en sociedad. Azorín cree que la sensibilidad de Castelar es la sensibilidad cercana al Romanticismo de Meléndez Valdés, incrementada, ensalzada por un don verbal espléndido que es capaz de llenar su forma de hablar de imágenes portentosas y de cierto sentimiento exagerado de la propia personalidad.

Azorín refiriéndose a la estética de Castelar afirma:

“Pero Castelar, por su musicalidad, ha hecho caminar un gran trecho a la prosa castellana. La prosa castellana es otra desde Castelar, y eso es lo que habría que estudiar detenidamente en la obra del gran orador. Habría que estudiar la amplitud - soberbia - de la prosa de Castelar, su flexibilidad, su movimiento y, sobre todo, el ritmo musical, la magnífica musicalidad de ese estilo único...” (Azorín 1944:132)

Para Azorín las palabras del orador gaditano que aparecen en Historia del año 1983: 

“...entre las ramas olientes, y los nidos poblados, y las mariposas multicolores, y los coros alegres y la exuberancia de vida, que rebosan los pechos ubérrimos de la próvida Naturaleza” (Azorín 1944:132), son el germen de ésas otras “ Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispannia fecunda”, de Rubén Darío.

La musicalidad, el ritmo poderoso, las imágenes, la reiteración de las ideas, las comparaciones, las referencias diversas, las preguntas a los receptores son elementos básicos para llegar a la mejor comprensión de lo que se oye, para convencer con la palabra.

Hernández Guerrero manifiesta, en la línea de otros estudiosos, que el objeto de la Retórica es la persuasión:

“Persuadir es invitar a la adhesión a una idea, a la aceptación de una teoría, a la identificación con una doctrina; es formular una propuesta para que el oyente asuma y asimile un mensaje, para que se identifique con unos valores. Persuadir es cambiar el pensamiento, es convertir las ideas, es orientar las actitudes, es estimular los comportamientos. Persuadir es influir en la vida de los oyentes.” (Hernández 1997:76)

Con certeza persuadir se logrará siempre de una manera más efectiva si buscamos emocionar a los oyentes, si tratamos de llegar a sus sentimientos e incluso a sus pasiones Y eso siempre es difícil de conseguir. Las palabras, con las ideas que transportan, que van a ser descodificadas oralmente, están cercadas por un laberinto engañoso, fabricado por la manera se ser y de sentir de los que al final quieren o tienen la necesidad de entendernos cuando les hablamos. El ruido psicológico que eso puede producir en los oyentes es atacado por Castelar para conseguir los propósitos de una buena comunicación.

Castelar, como los antiguos griegos, llama con sus palabras a la puerta del alma de quien lo quiere escuchar. Convierte a la palabra en un conjuro, trata de exorcizar a sus oyentes para conseguir sus propósitos. Leyendo muchos de los discursos de Castelar comprobamos la fuerza pragmática de la palabra para despertar las emociones que nos invaden como seres humanos. Ya Gorgias de Leontino (siglo V a. J. C.) cree que los discursos deben atraer, hechizar y apoderarse de la voluntad de los oyentes por medio del emotividad y del goce. Castelar se apresta a ello. Sabe que el poder mágico de la palabra arrastra como la poesía. Por eso Castelar va a servirse de técnicas psicagógicas, que evocan a las almas, además de apoyar sus argumentos en la claridad y en un carácter de orador muy por encima de los caracteres de la mayoría de sus oyentes. Además sabe que tiene cierto poder taumatúrgico, de persona capaz de hacer cosas maravillosas con las palabras, sustentado todo por su preparación y por la fama que poseía en su tiempo de dominador de los sentimientos y las emociones.

Para situar, aunque sea con brevedad, el discurso de Castelar que vamos a estudiar diremos que en junio de 1870 Isabel II abdica en favor de su hijo Alfonso; en noviembre del mismo año es elegido rey, por las Cortes españolas, Amadeo de Saboya; en diciembre es asesinado Prim. Política y socialmente la nación española estaba ciertamente revuelta. Las Cortes eran lugar de diatribas constantes sobre cuestiones que afectaban a las formas de gobierno, a las garantías individuales, a reyes extranjeros, a la esclavitud, que aún se mantenía en las colonias españolas que en 1870 eran consideradas como una prolongación de España. Para personas como Castelar la esclavitud era una razón social con la que había que terminar en un Estado de progreso. Se creía en el deber de persuadir a sus conciudadanos de la ignominia que representaba mantener tal estado de cosas.

Castelar en el periodo de tiempo que va del 17 de febrero de 1869 al 16 de diciembre de 1870 logra llevar la oratoria española a su cima. Se transformaba al hablar hasta convertirse - como dice Carmen Llorca- “ en el medio de captación más fascinante.” En el mismo sentido, el 21 de mayo de 1969, había publicado El Imparcial “ el señor Castelar se rodea de una aureola refulgente que deslumbra y arrebata, que conmueve y agita, que obliga a su auditorio a que se identifique por completo con sus sentimientos”. Sus intervenciones durante el tiempo mencionado, que coincide con el periodo de las Cortes Constituyentes, fueron sobre todo para defender las causas de los oprimidos entre los que se encontraban los esclavos de Cuba y Puerto Rico. Según Martínez Carreras (1986) la idea abolicionista aparece en 1811, en las Cortes de Cádiz, en una propuesta de Alcocer y Argüelles, pero la situación política española de entonces hace que no salga adelante. No hay manifestaciones importantes sobre la abolición de la esclavitud hasta el decenio que va de 1850 a 1860. En este periodo Castelar sostiene polémicas en la prensa sobre este asunto, pero no es hasta 1869 cuando el problema de la esclavitud llega a las Cortes de una forma virulenta. Los debates que se producen entre oradores que están a favor y en contra de la esclavitud son determinantes para el triunfo final de la idea abolicionista. En mayo de 1870 otro ilustre gaditano, Segismundo Moret, a la sazón ministro de Ultramar, presenta un proyecto de ley, todavía limitado, en favor de la abolición de la esclavitud. Da cierto escalofrío pensar que, en términos históricos, el baldón de la esclavitud en España no está muy lejano de nosotros. Es terrible lo que manifiesta Lucena en varias referencias a los códigos de negros: “Los códigos negros iniciaron una sistematización jurídica moderna sobre la esclavitud americana (que) se continuó (...) con los dos Reglamentos de esclavos para Puerto Rico y Cuba de 1826 y 1842.” (Lucena 1996:161)

Los códigos y los reglamentos aparecían para regular, en cierto modo, “la perversión de algunos de sus amos, que les obligaban a trabajar excesivamente, no les suministraban lo necesario para su sustento, y los maltrataban con castigos crueles.” No obstante el código de 1842, en su artículo 12, dice: “En tiempos ordinarios trabajarán los esclavos de nueve a diez horas diarias (...) durante la zafra o recolección serán diez y seis horas de trabajo.”

En cuanto a las penas y correcciones, podrá ser castigado el esclavo por sus amos, según el artículo 41 del citado código: “...con prisión, grillete, cadena, maza o cepo, donde se le pondrá por los pies, y nunca de cabeza, o con azotes que no podrán pasar del número de veinte y cinco”.

Como es evidente los códigos de negros españoles dejan mucho que desear en cuanto a su humanidad. Son tan inhumanos y miserables como los esclavistas que harán uso indebido de ellos.

Vamos a analizar los intentos de persuasión, contra este estado de cosas, que aparecen en el discurso sobre la abolición de la esclavitud pronunciado, en las Cortes, por Castelar, el 20 de junio de 1870.

Análisis del discurso.

Habida cuenta de los ciento treinta años pasados desde la elocución del discurso de Castelar debemos tener en cuenta además del lugar y el tiempo, la identificación de los oyentes con sus ideas, con sus escalas de valores. Asimismo es necesario tomar en consideración el contexto social que da importancia significativa a las relaciones existente entre los participantes en el evento comunicativo. También es esencial saber de la influencia que tiene el contexto psicológico en consonancia con la serie de suposiciones que el orador intuye acerca de sus oyentes, sus conocimientos previos sobre el tema tratado, su vinculación con los significados propuestos en las palabras que dispone en su discurso.

Ellis y Mc Clintock (1993:222) refieren que el mensaje “ es atendido, filtrado, descalificado o reforzado” por el grupo que lo escucha. Asimismo la credibilidad del mensaje tiene que ser tan clara como la credibilidad de quien lo presenta. Además la redundancia de la idea principal del texto oral, que se va a referir a la “maldad de la esclavitud y de los que la defienden”, aumenta la posibilidad de que el mensaje sea percibido y comprendido, aunque hay que procurar que las repeticiones no lo parezcan, ya que de ser así la redundancia podría tener un efecto contrario al que se persigue.

Inicia Castelar el discurso formulando una proposición general, simple y categórica: “La esclavitud antigua tenía una fuente, al fin heroica, que era la guerra. La esclavitud moderna tiene una fuente cenagosa, que se llama trata”. Y de forma brusca inicia las preguntas para todos los que están en el hemiciclo y aquellos otros que acuden como espectadores deseosos de ser fascinados. En la primera interrogación que aparece en el discurso “ ¿Creéis que hay en el mundo algo más horrible, algo más espantoso, más abominable que el negrero?” Estamos ante una modalidad de pregunta a la que sólo alcanzan dos respuestas posibles: sí o no. Los oyentes, mayoritariamente, se verían abocados a responderse: no. Ese no supone confirmar el acuerdo con lo que se oye. En esta pregunta Castelar trata de poner barreras a la oportunidad de la respuesta sí con una batería de ideas encadenadas que van desde la aversión profunda a la consternación, para terminar en lo condenable. Además, para el que no esté ganado para su causa, Castelar hace llegar que el negrero es peor que el tiburón que pasa por debajo del barco: “ataúd flotante de gentes vivas”. El negrero, a latigazos, une el dolor del alma con la inmundicias de los cuerpos y con el dolor de los corazones. ¿Qué receptor va a aceptar este estado de cosas sin repugnancia?

En la segunda interrogación “¿Y aún temeréis que nuestras leyes perturben las digestiones de los negreros, cuando estos crímenes no han perturbado sus conciencias?” Castelar les está planteando a los diputados de las Cortes, con cierto humor negro, la estupidez que significaría tener miedo de perturbar, de molestar a quien vive del crimen, a quien del crimen hace negocio. Que aboca al oyente a responderse que no tiene miedo, ya que tenerlo sería una majadería. Estamos ante una forma de persuasión, puesto que nadie desea ser considerado un majadero. Castelar, como buen orador, sabría que dentro de cada uno de los que escuchan hay un orador en potencia, puesto que escuchar y hablar son tan inseparables como el anverso y el reverso de una moneda. Sus oyentes estarían valorando sus preguntas como si las hubieran hecho ellos mismos. Resaltadas por el entusiasmo y la convicción de quien se las hace llegar. Continúa Castelar:

“¿Puede haber sociedad donde se publican y se leen, en periódicos de Cuba, anuncios como el que sigue?: Se venden dos yeguas de tiro, dos yeguas del Canadá; dos negras, hija y madre; las yeguas juntas o separadas; las negras, la hija y la madre, separadas o juntas”.

Ante lo dicho el transcriptor se limita a acotar (Sensación). Es la sensación que abre camino a la persuasión.

El sentido de las preguntas cambia cuando interpela a los que están en el hemiciclo con cuestiones como: “¿No tenéis todos el sentimiento de humanidad?” - “¿Y en que consiste este gran sentimiento que distingue a los pueblos modernos de los pueblos antiguos?”

Si en las primeras preguntas Castelar se plantea la iniquidad del ser humano, con estas últimas hace aflorar el sentimiento de humanidad que debían albergar sus oyentes. Con la contraposición intenta lograr la intensificación de sus propósitos de persuasión.

-Sí, tenemos sentimiento de humanidad. -Se contestarían sus oyentes-. ¿Quién es capaz de negar eso a sí mismo? Pero la cuestión referida a qué consiste el sentimiento de humanidad, es una interrogación que hay que explicar de forma precisa. Es un momento clave para captar la atención y para persuadir. Estamos en el tiempo en el que la intervención de Castelar alcanza un carácter prioritario. Lo que defiende tiene la suficiente importancia, en el momento de su intervención, como para que los oyentes estén muy atentos en el proceso comunicativo. Castelar sabe que sus oyentes van a interpretar el mensaje desbordando el marco formal en que se sustenta el mismo. Al final aquello que se comprende está entre lo afirmado y lo presupuestado, o entre lo literal y lo sobreentendido. Es lo que Gallardo (1996: 31-33) desarrolla como Ley de sentido amplio. Es interesante, en la pregunta, la mención a pueblos modernos y pueblos antiguos. Alusión que llega hasta nuestros días como arma arrojadiza entre conservadores y progresistas. Y es que casi todos nos queremos considerar modernos, y desechamos el término antiguo como algo peyorativo. Un pueblo moderno no puede aceptar la esclavitud.

A continuación, Castelar, inicia el camino de las oposiciones que tienden a persuadir, a llevar a los oyentes a identificarse con los valores de humanidad en su acepción de sensibilidad, así como de compasión de las desgracias de nuestros semejantes. Es ponerse en el lugar del otro:

“los que tenemos hogar [frente a] de aquellos que no lo tienen [...]
los que tenemos familia [frente a] de los que carecen de familia [...]
los que tenemos libertad [frente a] de los que gimen en las cadenas de la esclavitud”.

Quien oiga esto necesariamente comprenderá el sufrimiento de quien ha perdido hogar, familia y libertad: los elementos sagrados de la convivencia entre los seres humanos. Castelar juega con la antítesis de conceptos más simple, más llana, para acabar con la imagen extraordinaria que nos hace ver las consecuencias terribles de la esclavitud: la pena, el dolor y las cadenas.

Inmediatamente Castelar introduce en el discurso un tema candente en su época: la religión. Ahora relacionándola con la esclavitud. Estamos en la parte del discurso en la que Castelar va a emplear la paradoja para persuadir. El uso de la paradoja tiene gran predicamento en el mundo judicial. Castelar aprovecha la figura de pensamiento para tratar de lograr los mejores resultados en la defensa de una causa, ya que mostrar como lógico lo contrario de lo que se espera despereza el alma y la predispone a la comprensión de lo que no es lógico que suceda. Azaustre y Casas consideran “ la paradoja como una figura retórica peculiar, que manifiesta, de un modo vago, un contenido sorprendente por ser contrario a lo esperado” (1997: 120). En este sentido Castelar recurre, pero no de un modo vago, a la oposición de ideas para lograr sus propósitos de persuasión. Es un maestro en el uso de la antítesis, como mantiene Pulido en su prólogo de Obras Escogidas de D. Emilio Castelar, haciéndose eco de las palabras del diputado Zulueta, en el ciclo de conferencias castelarinas pronunciadas en el Ateneo de Madrid, en mayo de 1922:

“usa, quizás abusa, de la antítesis, tanto en las grandes concepciones como en los menudos giros ornamentales, sin caer, sin embargo, en simples juegos de palabras, en contrastes triviales, ni simétricas contraposiciones; y siempre la antítesis es sabia, natural, no prevista: la de los afectos, de las imágenes o de las circunstancias (...) el parangón, el símil, la oposición, lo contrario, lo opuesto, la antonimia, surgen a cada paso, estableciendo la diferenciación propia para definir cada una de sus ideas por las contraria.” (LXX)

Y así la voz de Castelar truena:

“(...) llevamos diecinueve siglos de predicar la libertad, la igualdad, la fraternidad evangélica (...) y sólo existen (esclavos) en los pueblos católicos; sólo existen en el Brasil y en España.”

“ los primeros mártires ( cristianos) fueron esclavos (y) la cruz patíbulo del esclavo (...) La cruz, la cúspide de la sociedad moderna.”

Castelar, habiendo reconocido, previamente, “ yo no participo, no puedo, la conciencia nos impone las ideas; yo no participo de toda la fe, de todas las creencias, de todas las ideas que tienen los sacerdotes de esta Cámara”, toma el sitio de los sacerdotes presentes, también diputados, y les lanza: “si yo fuera sacerdote, si yo tuviera la alta honra de pertenecer a esa clase elevada, teniendo vuestra fe, me diría(...)” Y llevando a los extremos de la exaltación lo paradójico, quiere dar una lección práctica de cristianismo a todos los presentes y de manera muy especial a los sacerdotes, a los que Castelar ha tildado, previamente, de representantes de la intolerancia religiosa, y a los que arrebata el máximo símbolo del cristiano y lo enarbola rozando el sacrilegio: “Yo levanto la hostia” El orador es, en esos momentos, el pontífice de la palabra. Muestra a aquel público una serie de hechos sostenidos en fascinantes contradicciones:

“El criador se redujo a nosotros.”
“Él que condensó las aguas, tuvo sed.”
“Él, que creó la luz, sintió las tinieblas sobre sus ojos.”
“Su redención fue por este gusano, por este vil gusano de la tierra que se llama hombre.”

Y a pesar de lo pasado por Cristo, todavía, refiriéndose a los esclavos, “ hay hombres si familia, sin conciencia, sin dignidad, instrumentos más que seres responsables, cosas más que personas.” Los oyentes de Castelar, sorprendidos, revisarían en su interior sus valores y creencias. Cuando nos comportamos de forma inconsecuente, con nuestros valores, y creencias entramos en un estado de insatisfacción moral. Hay que elegir. Hay que decidir qué es lo prioritario. Logrado el compromiso aparece la predisposición a dejarse convencer por las ideas expuestas, a asumir lo que se nos transmite. Y eso, Castelar, lo sabía.

Llegada la última parte del discurso Castelar dirige una llamada de atención patética a los protagonistas principales de sus palabras. Palabras consistentes que han reforzado las disquisiciones anteriores, inspiradas por el terrible motivo de la esclavitud. Castelar introduce la invocación y la imprecación para dar un nuevo giro a sus palabras, de modo que intensifiquen la emoción e impresionen al máximo los ánimos. Y, para lograrlo, no se dirige a los oyentes que están presentes sino a los protagonistas principales, ausentes de la Cámara: los esclavos y los negreros.

“Levantaos esclavos, porque tenéis patria, porque habéis hallado vuestra redención, porque allende los cielos hay algo más que el abismo, hay Dios, y vosotros huid, negreros, huid de la cólera celeste (...) herís la libertad, herís la igualdad, borráis las promesas evangélicas selladas con la sangre divina del Calvario”.

En este momento Castelar abre un paréntesis, inserta en su alocución el parecer de uno de los representantes en las Cortes, el señor Plaja, que no acepta el abolicionismo y que ha espetado, en una sesión pasada, a los partidarios del grupo político de Castelar: “¡Bien se conoce que los señores de enfrente no tienen esclavos!” Introducir este sarcasmo, teñido de crueldad encubierta y maliciosa hostilidad, intensifica, proyecta, necesariamente, la indignación, latente en todo el discurso. La indignación que, como manifiesta Lausberg, “es como un trallazo sobre el público para que se indisponga con la causa de la parte contraria” (1975: 365). Y es así como Castelar, indignado, vuelve a colocarse en el lugar del débil, tratando de arrastrar a sus oyentes al mismo camino:

“No tenemos [esclavos], no; los hemos sido nosotros, nosotros hemos sido esclavos [...] pertenecemos a la clase servil, pertenecemos a la clase plebeya [...] hemos sido parias [...] nos han ofrecido en sacrificio [...] hemos derramado nuestra sangre en el circo; hemos sido azotados sobre el terruño; una parte de nuestra alma, de nuestro ser, padece en el Nuevo Mundo con los negros, [...] y queremos redimirlos nosotros, los redimidos por la revolución”.

En estos últimos momentos de su discurso Castelar abruma con sus palabras. Crea un campo de significaciones acerca del padecimiento de nuestros antepasados que acongojaría el aliento de los allí presentes. Muchos diputados y espectadores sentirían sobre sí a los espectros de sus ascendientes, resucitados en los negros todavía esclavos, que en una imagen espléndida se transforman en “sombra de nuestros dolores”. Castelar ha resaltado en esta parte del discurso las enumeraciones asindéticas para dar un carácter abrupto a la oración, y de esa manera lograr intensificar la expresividad que se ayuda de la repetición y de la conexión entre las ideas.

Es sabido que un discurso debe acabar con una conclusión, con un resumen, con una idea global o una petición final, que es el caso del discurso pronunciado por Castelar. Aguadero sostiene que esa petición final “debe ser muy clara y concreta(...) Es la culminación de la comunicación y seguramente la razón de ser de la misma” (1997: 135). El final del discurso llega con extensos periodos limitados por exclamaciones. Castelar quiere lograr con ellos intensificar al máximo las emociones y los sentimientos de sus oyentes. Las curvas de entonación arrasan a la frase enunciativa y busca, desesperadamente, a través del halago sumar voluntades a sus deseos.

“¡Hijos de este siglo, este siglo os reclama que lo hagáis más grande que el siglo XV, el primero de la Historia moderna con sus descubrimientos, y más grande que el siglo XVIII, el último de la Historia moderna, con sus revoluciones! ¡Levantaos, legisladores españoles, y haced del siglo XIX, vosotros que podéis poner su cúspide, el siglo de la redención definitiva y total de todos los esclavos!” (Grandes aplausos).

Pero la proposición es rechazada. Ya sabemos de las incongruencias de la política. Ahora bien, como manifiesta Llorca: “Éste era Castelar. Le saludaban de todos los lados de la cámara, le aplaudían desde el gobierno hasta la oposición, pero a la hora de votar todos se mostraban irreductibles y seguían las consignas de su partido particular.” (1966: 142)

Podría parecer, en este momento, que la persuasión ha fallado por el resultado obtenido en la votación. Pero no es así. Los convencimientos del momento, que por cuestiones políticas no se pueden substanciar efectivamente, son los antecedentes del discurso que pronuncia el 21 de diciembre de 1872. Castelar vuelve a hablar en las Cortes con una alocución semejante, en sus términos, a la que hemos tratado de acercarnos. De sus palabras afloran premoniciones de lo que en el futuro va a ocurrir:

“Como tenemos el genio del porvenir, os anunciamos ahora y os decimos que la negativa de las reformas, que el mantenimiento de la esclavitud, que el imperio de vuestros capitanes generales y de vuestros burócratas, perderán a Cuba y a Puerto Rico, y que solamente la conservarán nuestras reformas y nuestros principios.” (Llorca, 142)

El eco del éxito de esta intervención de Castelar se extendió por los Estados Unidos y por muchos países de Europa. Meses más tarde - sin debate porque el debate tuvo lugar en la citada sesión de 21 de diciembre de 1872 - se votó a favor de la abolición gracias, en gran medida, a la capacidad de persuasión, y también hay que decirlo, a la persistencia y a las capacidades rebosantes de emoción que don Emilio Castelar ponía en el empeño de hacer de su palabra una buena razón en favor de los más débiles de la sociedad española de aquellos años.

Conclusión.

Después de haber “oído” en nuestra mente “La abolición de la esclavitud”, sentiremos emociones diversas. Sabremos, de forma muy particular, si el texto de Castelar nos ha conmovido, nos ha deleitado, si hemos aprendido de él algo que no sabíamos o nos hemos sorprendido con lo que no sabíamos, o llegamos a la conclusión de que hay formas desconocidas, para nuestra mente, de presentar los argumentos, los contenidos que al final asumimos o no.

Con toda certeza no ha sido necesario, por el paso de esos ciento treinta años, convencernos nosotros, en el año dos mil, de la perversión y la inhumanidad de la esclavitud. Pero, al menos, nos hubiera gustado estar en el lugar reservado al público, en las Cortes, aquel 20 de junio de 1870, para confirmar con nuestra presencia y conformidad el extraordinario beneficio que para la defensa de la abolición de la esclavitud tuvieron las palabras del político gaditano. Palabras que, junto a las de otros excelentes españoles, terminaron por abrir las puertas de la persuasión, de la fuerza de la razón, a la idea de que era necesario acabar social y políticamente con la lacra depravada que representaba la trata de los esclavos, los negreros y sus infames valedores.

Antonio de Gracia Mainé
Universidad de Cádiz

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • AGUADERO, F. El arte de comunicar. Madrid: Ciencia 3. 1997.

  • AZAUSTRE, A. Y J. CASAS. Manual de Retórica Española. Barcelona: Ariel, 1997.

  • AZORÍN. De Granada a Castelar. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1944.

  • CASTELAR, E. Obras escogidas de D. Emilio Castelar. Autobiografía y algunos discursos inéditos. (Prólogo de Ángel Pulido).Madrid: Librería Ángel San Martín.

  • CASTELAR, E. Discursos. Recuerdos de Italia. Ensayos.( Selección e introducción de Arturo Souto). México: Porrúa, 1980.

  • ELLIS, R. - MC CLINTOCK, A. Teoría y práctica de la comunicación humana. Barcelona: Piados, 1993.

  • HERNÁNDEZ GUERRERO, J. A. “La Retórica de las emociones”, en Retórica, Política e Ideología. Desde la Antigüedad hasta nuestros días. Salamanca, Universidad de Salamanca, 1997, pp. 75 - 86.

  • GALLARDO, B. Análisis conversacional y pramática del receptor. Valencia: Episteme, 1996.

  • LAUSBERG, H. Manual de Retórica Literaria. Madrid: Gredos, 1975.

  • LUCENA, M. Los códigos negros de la América Española. Madrid: Ediciones Unesco - Universidad de Alcalá, 1996.

  • LLORCA, C. Emilio Castelar.( Precursor de la Democracia Cristiana). Madrid: Biblioteca Nueva, 1966.

  • MARTÍNEZ CARRERAS, J. “España y la abolición de la esclavitud durante el siglo XIX”, en Solano, F. (Coordinador): Estudios sobre la abolición de la esclavitud. Madrid: C.S. I.C., 1986.

  • SOUTO, ARTURO, Editor. Castelar. Discursos. Recuerdos de Italia. Ensayos. (Selección e introducción de Arturo Souto). México: Porrúa, 1980.

 

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I Seminario Emilio Castelar y su época: Ideología, Tetórica y Poética (Diciembre 2000). Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
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