José María Castillo Navarro

 

"LA SED"

Sed.

Qué más quisiera que recordar, aquí y ahora, el instante en que aprendí y dije la palabra estremezo, la palabra melancolía, la palabra bienandanza, la palabra caracol, la palabra remolino, la palabra principio y fin de todas las palabras: ¡palabra! Pero sí sé y recuerdo en qué instante, en qué lugar y ante quiénes aprendí y dije la palabra agua, la palabra sed, la palabra abuso, principio y fin de todas las palabras que jamás debieron profanar la sacrosanta bóveda de la boca, donde toda palabrería se justifica, y cualquier faramalla se disculpa, a excepción de la palabra injusticia, que nunca debió alcanzar altura tan encumbrada, y caso de habitarla, ser desalojado de inmediato para ser llevado y puesto contra la enjabelgada tapia de los ajusticiamientos.

Sitio y circunstancias.

El sitio donde aprendí la palabra agua fue en el Alporchón; y las circunstancias, las que suelen darse y acompañar la pubertad, en la que toda rebeldía se legitima, y cualquier indiferencia, apatía o tibieza, parecen condenables.

Testigos.

Como testigos únicos, por lo irrepetible de la geografía, el c1ima, la herencia y los condicionamientos históricos y tradicionales, los sufridos, heroicos y bienamados hijos de nuestro pueblo.

Cien nucas. Cien cabezas. Cien hombres.

Los cien, anhelantes, impacientes, inquietos, pendientes de la subasta. De si pujarán como el que más, llegaran a sobrepasar su oferta o quedaran par debajo de su envite. Empujándose. Abriéndose de codos y de pecho y pateando, a falta de mejor víctima, el suelo. Murmujeando entre dientes la cantidad que han logrado reunir, antes de salir y tomar la senda, el atajo o el camino que habrá de llevarles, pasicorto o pasilargo, al degolladero. Mirando de hito en hito y sin quitar la cola del ojo del más próximo al más distante. Secas, apretadas las bocas, contrariado el gesto, y en las manos y rodillas, el temblor, la desazón, el hormigueante minuto de la espera.

Al fondo el estrado, la mesa, el crucifijo y el hombre.

El hombre, los pulgares en el chaleco, la calma en los andares, y en los ojos la tremenda y desilusionada cansera de quien se enfrenta con la rutina de lo diario.

Tras la mesa, nadie. Un libro de apuntes para la anotación de las hilas, un tintero, varios papeles sueltos y los reglamentos.

Pero aparece el Síndico, hace la señal de la cruz, reza el avemaría, y da comienzo la subasta.

Cien voces. Cien gritos. Cien números.

“¡Cien!”
"¡Ciento cincuenta!"
"¡Ciento setenta y cinco!"
"¡Doscientas!"

Las quijadas abiertas, tensas las venas, y en la cara el miedo, el temor, la terrible duda de continuar una puja que saben imposible para ellos. Junto a tal evidencia, la necesidad de hacerse con el agua capaz de salvarles la cosecha, y con la cosecha, todo el trabajo, todo el sacrificio, cualquier resto de esperanza.

Son yo seis meses que el cielo les niega el agua; pero como llovió a su debido tiempo, y a su debido tiempo sembraron y escardaron, a su debido tiempo han de romperse el alma y porfiar.

"¡Doscientas veinticinco!"
"¡… cincuenta!"
“¡Trescientas!”
"¡… veinticinco!"
“¡Cuatrocientas!”

Blancos los dientes, húmedos y brillosos. Igual en los de la primera fila que en los de en medio; lo mismo en los de la penúltima que en los de la primera.

Cien bocas. Cien lenguas. Cien necesidades desatadas c1amando, pidiendo, ofreciendo cuanto han logrado reunir tras malvender las últimas aves, el cerdo, los arreos y hasta los mismos enseres de labranza.

Los cien exaltados, trágicamente empeñados en elevar la voz sobre el resto de las voces y llamar así la atención del Síndico para que el señor Síndico se digne sacar los pulgares del chaleco y asignarles la hila.

Pero el Síndico desinteresado, ajeno a los cien hombres que vociferan incansables. Paseando el estrado, o deteniéndose ante la barandilla que lo encumbra y separa de cuantos pordiosean su derecho.

El Síndico, además de contar con el dos por ciento del beneficio bruto, dispone de un carácter, de unas ideas y unos sentimientos más que singulares. Ningún equívoco en el tono ni en las actitudes. Ningún desfallecimiento. Ninguna duda ante la voz que ofrece:

"¡Cuatrocientos!"
"¡… cincuenta!"
“¡… setenta y cinco!”
“¡Quinientas!”

El Síndico escudriña lo inescrutable, y espera. El Síndico, como los amos, ignora lo que son la sed y el hambre, y también la desesperanza. El Síndico, por ignorar, ignora hasta la misma ignorancia de la que amén de distinguirle, se lucra y enorgullece.

“¡Quinientas…!”
"¡Quinientas pesetas a la una!"
"¡Quinientas pesetas a las dos!"

Y al cantar la tercera, extiende el brazo y señala.

Noventa y nueve ahogos. Noventa y nueve frustraciones, Noventa y nueve agonías. Noventa y nueve más una. Cien.

Cien ansias de revolverse y arremeter contra el que inició el alza para arrastrar a los noventa y nueve restantes a la locura de la puja. Cien odios. Cien maldiciones. Por haberse dejado arrastrar de nuevo a la porfía talmente como bestias, olvidando que se conocen, que se ven a diario y a diario se saludan en medio de ese campo que a todos se les mustia y muere por igual.

Porque ninguno ignora que lo inteligente y bueno sería llegar al Alporchón y, después de oír el precio en que se tasa la hila de agua, sonreír, tal y como sonríen los amos cuando ajustan y cobran los rentos. Sonreír y mirar al Síndico, y, sin decir palabra, ni hacer ascos con ganas de beber, darle la espalda y marcharse tal y como los amos hacen cuando les viene en gana. Pero en cuanto dice cien, se olvidan, y como una furia, como un viento desatado y loco, se afanan por coger la delantera, a la vez que alegres, orgullosos de aventajar y mejorar la oferta.

Unos llegando al límite de la cantidad ahorrada a costa de pasar hambre; otros rebasando su propia disponibilidad para así gozar, aunque sólo sean unos instantes, del sueño de la riega. Pero unos y otros sin dejar de pedir a Dios ser aventajados de inmediato, que el que es pobre y no logra salir de su miseria, a diferencia de los ricos, siempre desea compartir penas y alegrías por igual.

Por ello, tras el estupor, la recapacitación y el arrepentimiento momentáneo, vuelven a la puja. Y no igual, sino más enconados e inmisericordes; con mayor rabia, más enloquecido brío y perseverancia.

“¡Seiscientas!"
“¡Setecientas!"
“¡Setecientas cincuenta!"
“¡Setecientas setenta y cinco!"
"¡Ochocientas!"

Ninguno se atreve a respirar. Ni a respirar ni ahogarse. Ni tan siquiera a morir matando. Incapaces de sentir otra cosa que no sea la agonía de sus tierras, más suyas, cuanto más a punto de secarse, se aturden.

Ya no es el grito, el ademán o el gesto; sino el empujón; el tratar, por cualquier medio, de aventajar al de delante; el acercarse al estrado; el coger los hierros de la baranda; el de apretarlos y forcejear como si la pelea con el hierro hubiera de hacerlos más hombres y más cabales que todos y que ninguno; el levantar los brazos para abrir las manos de par en par y mostrar con los dedos la cantidad una y mil veces soñada y repudiada; el tratar de desplazar con pies y codos al de delante; el blasfemar, siquiera sea para ensuciar lo más limpio y reluciente.

Sudan; el humo de los cigarros, además de distanciarlos, los emborrona; y el polvo, que asciende trémulo e indolente desde el suelo, les entrapiza con la visión, el sentimiento.

“¡Ochocientas pesetas a la una!"
“¡…!”
"¡Ochocientas pesetas a las dos!"
"¡…!”
"¡Ochocientas pesetas a las tres!"
“¡…!”

Otro silencio. Otro ahogo. Otra muerte distinta a las demás muertes. Muerte en el esbronce del cuello, en la estagnación del cuerpo, en la estéril pesadumbre de cada día, que sólo atina con el desatino del respingo, el alzamiento glorioso de los hombros y aborregamiento.

“¡Siete billetes!”
“¿Siete?”
"¡Incluso ocho!"

Pero ninguno los necesarios para igualar y proseguir la puja. Nadie los justos.

Sin excepción, todos llevan meses sacrificándose. Al principio por la simiente. Después por el levantamiento y arreglo de las tierras, por el primer riego que dieron cuando la tierra aún estaba de tempero y con poco podría remediarse...

Pero lo poco, a veces, ata más que lo mucho y confiaban en el cielo, se animaban.

Y vendían.

Vendían o malvendían el grano, la leña, el aceite, el vino y las patatas que dejaron para el año, yo que lo esencial era salvar la cara, la caso y la familia. Aún quedaba paja en los almiares, hierba en los ribazos y frutos secos en la troje. Indefectiblemente, antes o después, se remataba con todo. Con todo, excepto con el hombre; pero entonces se desprendían de la bestia. Cualquier cosa menos abandonar la tierra. Todo menos renunciar a lo que estaba a punto de madurar. La esperanza es lo último que se pierde. Dios, solían repetir, aprieta pero no ahoga.

Y en vano esperaban que el dios de la lluvia llorara o lagrimease sobre ellos; en vano que la humedad bonancible de los vientos alentara desde la Peñarrubia hasta la Sierra de Almenara; en vano el providencial rocío mañanero.

Ni que decir tiene que eran días terribles en los que la esperanza misma abochornaba por lo cruel. Días en los que cualquier cosa, por terrible que pudiera presentirse, les parecía lógica. La paciencia, o por mejor decir, la "pacencia", se consumía no sin consumirles antes; decrecía el sentimiento de la hombría y el valor, al igual que el agua, era un elemento tan escurridizo como la solidaridad.

Súbito y amenazador surgía el nombre de los hijos; y con el nombre de los hijos, todos y cada uno de los nombres y las palabras con que la fiera humana, habitualmente, suele disfrazarse de persona, e indefectiblemente de personaje.

Al empezar, dije que nada me gustaría tanto como recordar, aquí y siempre, dónde, en qué instante y ante quiénes aprendí y dije la palabra melancolía, la palabra ababol, la palabra augurio, la palabra duende, la palabra principio y fin de todas las palabras: ¡palabra! Pero sí sé y recuerdo en qué momento y de quiénes aprendí la palabra sed, la palabra abuso, principio y fin de todas las palabras que jamás debieron profanar la sacrosanta bóveda de la boca, donde toda palabrería se justifica, y cualquier faramalla se disculpa, a excepción del palabro injusticia, que nunca debió alcanzar altura tan encumbrada y, caso de habitarla, ser desalojado de inmediato para llevarla y ponerla contra la enjabelgada tapia de los ajusticiamientos.

Contra la enjabelgada tapia de los ajusticiamientos, no. Pero si en la albura rectangular de muros y cuartillas decidí pintar y describir esa historia de sed. Sed de agua "que soy como el hidrópico doliente, que bebiendo, se aumenta su sed dura"[1]. Sed de Justicia, "sin la cual los reinos no son más que una partida de salteadores"[2], "y menos mal hacen los delincuentes, que un mal Juez"[3], dado que "la Justicia es la verdad en acción"[4]. "Si la Justicia es Dios"[5], "poseemos a Dios por la Justicia"[6], y "sólo se puede ser justo siendo humano"[7]. Sed de libertad, "por ser, Sancho, uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida"[8].

Se dice que "hay libros que albergan en sus páginas una carga tan inmensa de emoción y dramatismo, al enfrentarse de una manera tan directa e inmediata con los verdaderos problemas de la realidad humana y social que, sean cuales fueren las manipulaciones y arreglos de que hayan sido objeto, conservan siempre, por debajo de sus atenuaciones y reticencias, el aliento y la fuerza trágica en que se inspiraron, aunque pierdan a veces, circunstancialmente, en determinado pasaje o episodio, un necesario toque de pasión o humanidad”.

Sin embargo, en ese sentido, la experiencia ha demostrado que las novelas conservan de manera más fiel e inalterable sus auténticos valores, y que mantienen incólume su intención y sentido, son aquellas que, con la máxima simplicidad de elementos reales y humanos, estructuras en torno a una acción trágica y matizada y compleja, logran crear un mundo compacto y cerrado dentro del cual, el clima de pasión o de angustia que gravita colectivamente sobre todos sus personajes, mantiene el mismo grado de tensión.

Con la lengua fuera, se planteó en torno a la trágica figura de su protagonista y a los increíbles extremos de egoísmo, inhumanidad y envilecimiento, y también de sacrificio y renunciación, a que puede inducir a un hombre desesperado o débil el sentimiento atávico de sumisión y amor a la tierra que lleva en el alma y en la sangre heredadas.

Sin embargo, no es rigurosamente cierto, como afirmó alguien, que el principal protagonista de Con la lengua fuera no sea otro sino el agua. El agua por la que los hombres sufren, se despedazan moralmente y se embrutecen. El agua, fuente de vida y de muerte, que a la larga obliga a esos mismos hombres a encontrarse a sí mismos y a retornar los garfios de su propio destino.

EI verdadero protagonista no es el agua, sino el hombre. El hombre explotado por la avaricia y la codicia de los otros hombres, esclavizado por la aridez y la sequía de una tierra en la que el sudor de su frente y el afán de cada día no son suficientes para ganar el pan y cuyas sedientas entrañas sólo puede regar con su sangre o con sus 1ágrimas, cuando no con ambos a la vez.

En tales circunstancias y en semejante escenario, con unos personajes eternamente condenados a la miseria y al hambre sobre la tierra reseca y yerma que les vio nacer, fatalmente destinados a pordiosear o a robar el agua que no les pertenece, es licito creer, o comprender la trágica figura de su protagonista, el hombre que ha sacrificado involuntariamente la vida de su único hijo; que ha consentido conscientemente la deshonra de su mujer; y que ha traicionado a sus compañeros con el exclusivo objeto de comprar la hila de agua que pueda salvar su cosecha.

Porque lo que en Con la lengua fuera se debate es, en efecto, por una parte, el problema de la rebelión contra una injusticia que convierte a los habitantes de una comarca entera en sedientos, y por otra parte, el de la solidaridad humana que, una vez cobrada conciencia de sí mismos y la ominosa explotación que son objeto, les ha de permitir liberarse de su eterna conformidad y sumisión. Rebelión ante el fenómeno de locura colectiva que ha sido para ellos el afán de pujar en la subasta del agua, a la que año tras año y generación tras generación se han dejado arrastrar sin saber cómo, impulsados por la necesidad, la desesperación y la impotencia; porfiando en su empeño unos contra otros, no en provecho propio, sino estúpida y ciegamente en beneficio de los de siempre.

Solidaridad humana que, a costa de los mayores sacrificios y de la pérdida de todas sus esperanzas de salvar la menguada cosecha, están dispuestos o mantener a toda costa, cumpliendo el compromiso que han contraído de no hacer ofertas ni pujar en la subasta del agua, para poder adquirirla después entre todos, sin trampa ni engaño, por su justo valor.

En consecuencia, la tragedia que en Con la lengua fuera se plantea, y que es como un símbolo de la ciega inconsciencia y del feroz individualismo de la raza, es la traición del protagonista, marcado por la fatídica maldición de la tierra. El rabioso egoísmo de un hombre desesperado y ciego, que no es capaz de resistir la tentación que se le ofrece de comprar a bajo precio el agua que los demás han jurado despreciar, y que él, con su falta de solidaridad, hace inútil la unión y el sacrificio de sus compañeros y hermanos.

La figura humana de este ser desdichado y miserable, especie de alucinado y obseso cuyo trágico mutismo, hecho de sufrimiento y de dolor, es el fruto de la desesperación, la impotencia y la pobreza, constituye una encarnación del culto atávico e inhumano que el campesino puede llegar a profesar a la tierra estéril y baldía, que ha regado con su esfuerzo y su sudor, a la que ha sacrificado a su mujer y a su hijo, y en la que el agua que Dios creó para todos se ha trocado en semilla de rencor y de odio, su figura solitaria y trágica, sobre la que recaen las maldiciones de sus hermanos, le muestran como un legitimo descendientes de la sangre de Caín y del linaje de Judas.

Con la más profunda compresión y piedad, se ha intentado una justificación, ya que no una defensa de la tragedia humana de este personaje patético: despreciable como padre, como marido y como hombre no vacila en vender a su propia mujer para comprar el agua con el precio de su deshonra. Y que la ve marchar impávido tras el siniestro cortejo del pueblo entero, al que ha traicionado con tal de conservar la tierra, que es, en el fondo, lo único que le importa.

En el trágico vacío de su vida, en la que nada importa que no sea la tierra, y el agua que pueda hacerla fructificar, todo se basa en poder llegar lo mejor posible. De ahí que toda su filosofía se resuma en una actitud paciente y estoica, cobarde y acomodaticia, en la que alienta una voluntad indomable, y una trágica resignación, pero que implica un total abandono de la alta condición del hombre.

Se dice Gines: nosotros, yo y ellos, no debemos aspirar más que a esto: a obedecer, a seguir la raya. Y la raya es esta: no pensar, no sentir, no aspirar a otra cosa que a sostener la necesidad.

Sin embargo, y sea cual fuere en torno a este punto el sinuoso pensamiento del autor de Con la lengua fuera, es evidente que la lección que pudiera desprenderse de su trágico retablo de odio y de dolor, rematado por el impresionante éxodo de todo el pueblo, que no se resigna ya más a la esclavitud del agua y de la tierra, procede tanto de la dignidad y hombría de los que la abandonan para ser libres en la miseria, como en la vileza y abyección del que se queda sólo para ser su esclavo. Y ello no porque la actitud del protagonista pueda ser aceptada o defendida bajo ningún concepto y mucho menos porque sean admisibles sus ideas anárquicas e individualistas carentes del menor sentimiento de solidaridad humana, sino porque el culto fanático de la tierra, que pesa sobre el como una maldición fatídica, y que constituye a propio tiempo su servidumbre y su grandeza, adquiere una dimensión más alta y se convierte en símbolo de una tragedia social y colectiva: es decir, de una mentalidad y de un estado de espíritu, que no atañen a un melodrama individual, sino al cotidiano vivir de todo un pueblo.

Confieso que cuando oí decir al protagonista de Con la lengua fuera que él y los demás hombres como él, cautivos de: sed de agua; sed de justicia; sed de amor; sed de luz; sed de libertad; y sed de ... no debían aspirar más que a obedecer, a seguir la raya, que era no pensar, no oír, no hablar, no sentir, no aspirar a otra cosa que a sostener la necesidad diaria, me urgí ir al diccionario para mirar qué literal significado o acepciones tiene la palabra sed.

Y vi que Sed, viene del latín sistis.

Y que Sed, o por Sed se entiende: Gana, deseo y necesidad de beber. Necesidad de agua o de humedad que tienen las tierras cuando escasea la lluvia.

Apetito, ansia de una cosa.

Apagar o matar la sed.

Aplacarla bebiendo.

Hacer sed.

Tomar incentivos que la causen.

Y... , ¡nada más!

Deprimido, o, por medio decir, sorprendido y desolado, me pregunto todavía hoy si las palabras, las historias y peripecias de hombre y mujeres habrán de interpretarse tal y como se cuentan. Sin embargo soy de los aún creen que en todo ser, en cualquier historia, existen multitud de seres con infinitas vivencias y múltiples interpretaciones a condición de encontrarse con “un elegido” que se atreva a sobreponer su propia intención de lector a loa inalcanzable y perdida intención del autor que les describió; todo lector puede convertirse en un superhombre que comprende la única verdad: que el autor no sabía de qué estaba hablando porque el lenguaje hablaba en su lugar".

"'Para salvar el texto -cualquier texto, sea hablado o escrito-, para transformar la ilusión de que el significado es infinito, el lector ha de sospechar que todas las líneas esconden un secreto, que las palabras no dicen, sino que anuncian lo no dicho que enmascaran. La victoria del lector consistirá en hacer decir al texto todo, salvo aquello en que pensaba el autor: porque apenas se descubre que hay un significado privilegiado se estará seguro de que no es el verdadero"[9].

Con la lengua fuera fue escrita durante los años 1954-1955, y publicada en mayo de 1957, quedando aparcada los catorce meses que mediaron en lo que entonces dio en llamarse “trámites de censura previa”.

Después de sucesivas y arduas revisiones, se consiguió su publicación “siempre que el libro llevara un pró1ogo y el pró1ogo aclarase una serie de pormenorizaciones".

Prólogo:

Con la lengua fuera es una novela ton enraizada a la misma tierra, que paradójicamente escapa a toda localización. Nadie pretenda ver en esta obra circunstancia alguna de tiempo específico y, mucho menos, de lugar. Su principal protagonista no es otro sino el agua. El agua cruel por la que los hombres sufren, se despedazan moralmente y se embrutecen. El agua, Fuente de vida y de muerte, que a la larga obliga a estos mismos hombres a encontrarse a si mismos y a retorcer los garfios de su propio destino.

Novela que nos habla de un caciquismo obrante y repulsivo que un día existió y que hoy desgraciadamente existe en otras latitudes. Es cierto que en un tiempo los campesinos tuvieron que mendigar el agua y que caciques desaprensivos la subastaron y la robaron a los labriegos, como el autor lo ha expuesto en Con la lengua fuera, pero no es menos cierto que esta agua de pecado fue lavada, como tantas otras cosas, por la sangre generosa de nuestra cruzada y por la de los protagonistas de la presente obra.

Con la lengua fuera es una novela de hombres para hombres, en su total y única dimensión. Sus protagonistas, marcados a fuego por un destino de mendigos y ladrones de agua -única posibilidad- y la violencia propios de su trágica condición. Nadie puede ver ni buscar en sus palabras ni en sus hechos piedras de escándalo, por la única y simplísima razón de que tal escándalo no existe.

Con la lengua fuera ha sido escrita hoy, y sobre ella pesa una evidente e incuestionable tradición de realismo novelístico español de muchas centurias, que un siglo, que precisamente fue de oro, aquilató su peso especifico y sublime valía en la fragua de un naturalismo antigazmoño que llegó a sublimarse en el fuego único e imperecedero de nuestro literatura ascética. Sin las obras cumbres de nuestro mejor tradición novelística, Con la lengua fuera no hubiese existido jamás, y su intención, al menos, estriba en ser fiel reflejo...

I. C.        

Cuando el autor de Con la lengua fuera tuvo que responder a censores franquistas respecto de quién era el signatario del prólogo, el autor respondió que un primo-hermano suyo: Ignacio Castillo. Sólo que la autoría del prólogo se debe a Carlos Rojas, y las iniciales corresponden a: Imposición Censura.

Se dice que Con la lengua fuera es la novela de la sed de agua. ¿Y por qué no la novela de la sed de Justicia... ? ¿O la novela de la sed de libertad...?

Se dice, afirma Umberto Eco, ser indiscutible que el pensamiento de los seres humanos funciona a partir de juicios de identidad y de semejanza. Y que es evidente que en la vida cotidiana sabemos normalmente distinguir entre semejanzas pertinentes e importantes, y semejanzas casuales e ilusorias. Puede ocurrir que veamos a lo lejos a alguien cuyas facciones nos recuerden a fulano, que conocemos, y que lo tomemos por fulanito, para luego darnos cuenta de que se trataba de un zutano desconocido; después de lo cual, normalmente, abandonamos la idea de la identidad y dejamos de dar crédito a tal parecido, que registraremos la casual. Y actuamos así porque cada uno de nosotros tiene interiorizado un principio indiscutible, ya ilustrado por varios semió1ogos y filósofos del lenguaje: “desde un determinado punto de vista toda cosa tiene relaciones de analogía, contigüidad y semejanza con cualquier otra cosa".

Por ventura, acaso, y desde un determinado punto de vista, ¿no tiene relaciones de analogía, contigüidad y semejanza la sed de agua, con la sed de justicia, y la sed de justicia y la sed de agua, con la sed de libertad...?

“Sabemos que el lenguaje no sirve pura aferrarse a un significado único y preexistente (como intención del autor, es decir, el deber de un discurso es mostrar que aquello de lo cual se puede hablar no es más que la coincidencia de los opuestos; y que todo texto que pretenda afirmar algo unívoco es un universo abortado, o bien el resultado del fracaso de un mal demiurgo, que, cada vez que intenta decir “esto es así", desencadena una ininterrumpida cadena de infinitos reenvíos, en el curso de la cual “esto" ha dejado de ser lo que era al principio".

Con la lengua fuera, antes de la lectura del demiurgo de turno, era la novela de la sed de agua. Pero bastó que el censor franquista creyera ser un elegido y sobrepusiera su propia intención de lector a la inalcanzable y perdida intención del autor para que, sin él saberlo, confundiese la sed de agua con la sed de justicia, y la sed de justicia y la sed de agua, con la sed de libertad.

Fue, pues, la intención del censor la que le llevó a imponer prólogo a Con la lengua fuera; y fue precisamente el prólogo el que llevó al autor a sospechar que todas las líneas esconden un secreto, que las palabras no dicen, sino que anuncian lo no dicho que enmascaran. La victoria del autor-lector, pues, consistió en hacer decir al texto todo, salvo aquello en que pensaba el autor, ya que Con la lengua fuera, es la novela de la sed de agua. Pero también, y por encima de la sed de agua y la sed de justicia, la sed de libertad. Porque si en tiempos del general, y caso de haber sacado a subasta pública la libertad, ¿quién no hubiera empeñado el alma...?


Notas

[1] Luis de Camoens, soneto LXIX, traducido en versos castellanos por Lamberto Gil.

[2] San Agustin, La Ciudad de Dios .

[3] Quevedo, Política de Dios y Gobierno de Cristo, parte I, cap. IX.

[4] J. Joubert, Pensamientos, XV, XVI.

[5] Carlos Dollfus, De la nature humaine (Paris 1808).

[6] P. J. Proudhon, Filosofía del progreso, IX.

[7] Reflexiones, XXVIII. Marques de Vauvenargues.

[8] Cervantes. EI Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, parte II, cap. LVIII, en labios de Don Quijote.

[9] Del texto de la conferencia pronunciado por Umberto Eco en la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid el 19 de diciembre de 1990.

[Fuente: José María Castillo Navarro. "La sed". Cuaderno Espín 4 (1993): 83-94.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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