Benito Pérez Galdós

 

"Galdós y la novela moderna en España"

Sabemos que muchos intelectuales españoles han padecido de adanismo y eso les ha impedido reconocer lo que ya estaba hecho antes de que ellos hubieran venido a la existencia. Bien porque "somos un país castigado por la historia" como ha dicho Jover (El País, 30, mayo, 1998) recientemente y las experiencias traumáticas vividas grupalmente nos han cegado e impedido ver hacia atrás o bien por alguna pereza bien pertrechada de coartadas o por ambas causas, lo cierto es que hemos despachado con grandes simplificaciones el juicio sobre muchos de nuestros antepasados. Sobre Galdós cayó el baldón de su floja o nula formación intelectual y teórica con lo cual ya sólo podía aspirar a ser un autor popular, buen vendedor de libros, quizá el único de su generación que vivió de lo que escribía (hecha excepción de los problemas económicos de sus últimos años por razones ya conocidas) pero nunca un "teórico de la literatura" o un ensayista a la altura de Juan Valera o Leopoldo Alas ni siquiera de la Condesa de Pardo Bazán. Por no ser ni apenas habría sido universitario (mal estudiante de Derecho que terminó siendo borrado de las listas por inasistencia a clase) y tan sólo habría escrito de oídas de lo dicho en el Ateneo y otras tertulias.

Mucho ha costado superar este tópico que contribuyeron a extender los escritores finiseculares, algunos de la generación del 14 y otros que empezaron a hacerse célebres en los comienzos de la transición política hacia la democracia entre la mitad de los sesenta y los setenta. Pérez Galdós era molesto para todos ellos porque él había iniciado lo que cada uno creía entonces descubrir: la renovación de la literatura en general, incluyendo la escrita en periódicos, para contribuir eficazmente a la construcción de una imagen de la historia de España que sirviera para enriquecer la conciencia histórica de los españoles y la razón moral frente a la simplemente especulativa o instrumental; y, particularmente, de la novela como un poderoso instrumento de interpretación de las condiciones de vida del hombre-español contemporáneo. El último de estos pasos consistiría en hacer al teatro partícipe de estas misiones. En definitiva, cuando Trapiello afirma que "mientras no se normalice la figura de Galdós en la literatura moderna, mientras no se le reconozca su papel primordial en la renovación y modernización de la novela, no se habrá conseguido nada, y la verdadera valoración de esta edad de oro no tendrá crédito alguno" nos quiere decir que Pérez Galdós ocupa una posición clave en la cultura de nuestro siglo XIX dentro de los que han sido llamados "los reformadores de la España contemporánea" (1997, p. 27).

"Soy de los que opinan que en la historia de los hombres la de su infancia y adolescencia importa mucho, sobre todo cuando se trata de artistas..." nos dejó dicho "Clarín" precisamente hablando de Benito Pérez Galdós. Pero, ¡si apenas acabamos de tener una biografía del novelista canario! Tras Berkowitz y Pérez Vidal, Ortiz Armengol (1996) nos ofrece muchos datos interesantes para saber que Pérez Galdós estuvo por razones familiares y educativas, ya en su isla grancanaria, y por razones sociales, desde su pronta estancia en Madrid, muy bien situado para que en él se encontraran la tradición española (la conservadora y la liberal) y las culturas europeas del momento, la inglesa y la francesa de los escritores realistas y el idealismo alemán, especialmente en su versión krausista, recién importado.

Hoy adquieren más relevancia para entender su pronta conciencia de la realidad española el papel de su madre, hija de un secretario de la Inquisición; de su padre, militar de la Guerra de la Independencia y de su tío Domingo, sacerdote. Y después, su paso por el colegio de San Agustín con su cultivo de técnicas de pedagogía activa y el gusto por la cultura clásica. Al tiempo, sus prontas colaboraciones en publicaciones canarias, El Omnibus principalmente, hasta el atrevimiento de escribir una tragedia en verso con dieciocho años. Quizá no conviniera olvidar su afición por el dibujo y la pintura, otro poderoso instrumento de conocimiento como nos recordaba recientemente Chueca Goitia (Cuadernos Hispanoamericanos, mayo 1998).

Ya en Madrid, con diecinueve años (1962) durante la década krausista, conoce muy pronto a Francisco Giner, a Fernando de Castro, al tinerfeño Francisco Benítez de Lugo, sus paisanos Valeriano Fernández Ferraz y León y Castillo, hombre próximo a Castelar y Salmerón, y Alfredo Adolfo Camus de quien Galdós siguió su curso de Literatura Latina y, casi con seguridad, el impartido por esos años, en el Ateneo, sobre el Renacimiento español. La hispanista Josette Blanquat (1970-71), quien ha investigado detenidamente este periodo de su vida, nos ofrece información del máximo interés. Por ejemplo, que Galdós estudiaba la antigüedad clásica a través de manuales del XVIII, una doble conexión ésta que ha pasado habitualmente desapercibida a pesar de su ensayo sobre el teatro de Ramón de la Cruz y su conocimiento del siglo de las luces del que es más deudor de lo que habitualmente se ha considerado.

Su formación intelectual se completa con lecturas de los más afamados escritores y filósofos ingleses, franceses, algún italiano como Manzoni y los títulos más importantes del alemán Goethe. Todo un compendio de cultura europea que ya en 1866 le lleva a traducir el Pickwik de Dickens y a viajar a París al año siguiente tras la huella de Balzac.

El resto consistió en observar la agitada vida madrileña de los años finales del reinado de Isabel II y en escuchar mucho en las tertulias y en las redacciones de los periódicos donde podía contrastar sus lecturas con la vida cotidiana. Así pues, las complejas relaciones entre historia y presente pero, no menos, la necesidad de articularlas, se conformaron pronto en la mente del joven escritor. De cómo esto se realizara, dependían el futuro de la sociedad española, su progreso y la moral social sobre la que asentar la convivencia. Que fuera la novela el género elegido para esta labor lo tuvo claro antes de terminar la década de los sesenta, cuando publica La Fontana de Oro, Observaciones sobre la novela contemporánea en España y La mujer del filósofo, primera novela, primer texto sobre la función social del arte y su primera aproximación sobre el papel de la filosofía.

Podemos decir, pues, que se trata de una mezcla con diversos ingredientes donde no falta un contacto muy vivo con filósofos (krausistas principalmente) y de una formación bastante sólida en nuestra literatura y la del realismo inglés y francés junto con la adquisición de la habilidad técnica del periodista para la observación.

Con ello conformó tres elementos básicos de su utillaje que se mantuvieron presentes a lo largo de su vida: una alta estima de la conciencia histórica; la valoración de nuestros siglos XVI y XVII alejada de la interpretación más tradicional; y el sentido de la realidad, entendiendo por tal la presencia permanente de la naturaleza y la sociedad. Así, aunque Galdós lo afirmara muchos años después, podemos señalar que, desde el principio, "el estilo empieza en el plan". Los tres son ya claros en el Galdós de los sesenta:

1. El aprecio por la historia queda explícito en el artículo que dedicó a Fernando de Castro (1868) y a su Compendio de historia universal cuando afirma: "Les presenta los hechos, no en su vulgar hacinamiento de incidentes sin relación, ni ley, ni generalidad, sino en series racionales, en grupos ordenados cuyo eslabonamiento portentoso despierta la especulación del joven, le induce a meditar en las causas, le revela, al fin, el escondido principio de la historia que radica en la condición inmutable de las facultades del hombre, actor libre de aquel vasto teatro" (Galdós, 1866).

2. El sentido puesto en los núcleos de nuestra tradición debieron quedar conformados desde su contacto con el profesor Camus. Blanquat ha dedicado muchas páginas a analizar todos estos aspectos entre los que destacan el aprecio por Erasmo cuyo Elogio de la locura se conserva en su biblioteca con anotaciones y subrayados sobre el repudio a la violencia y "todo lo que encarnan las comodidades de la vida tal como se deduce de los comentarios de Erasmo al evangelio según San Lucas". Sobre sus gustos estéticos tal como Galdós los recordaba en el artículo que le dedicó (1866): "enemigo declarado del realismo grosero"; "apasionado de Shakespeare, de Cervantes, de Moliere, de Calderón; "adora a Luis Vives, al Tostado, a Erasmo"; "en pintura prefiere a Velázquez, a Rafael y a Murillo", podríamos decir que fueron en buena parte compartidos. Más aún, en estos gustos, especialmente Cervantes, reside en buena medida el valor de la obra galdosiana pues, con seguridad, fue quien mejor de esta generación entendió lo que significaba la novela. Así pues, de Camus aprendió no sólo dónde residían nuestros problemas y potencialidades sino además el instrumento adecuado para diseccionar los primeros y mostrar las segundas.

3. Finalmente, el aprecio por la realidad y el disgusto por la literatura fantasiosa o escapista. Pronto (1865) dirá que "aquí no se escriben libros de filosofía, ni de ciencias, ni de crítica" pero sí muchas novelas, "¡Cuánta novela, gran Dios, cuánta novela!". Sin embargo, al año siguiente ya utiliza el término en un sentido muy diferente: "¡La novela! Dénnos novelas históricas y sociales; novelas intencionadas, profundas" (...) "Realidad, realidad: escríbannos la verdad de las miserias sociales" (...) "Realidad, realidad, queremos ver al mundo tal cual es; la sociedad tal cual es, inmunda, corrompida, escéptica, cenagosa, fangosa, etc. Poco importa que las concordancias gramaticales sean un tanto vizcaínas, y los giros un poquito transpirenaicos. ¡Realidad, realidad!" Acababa de sentar las bases de su programa estético alejado del romanticismo decadente y escapista.

Se situaba así Galdós en la vía abierta por los liberales de principios de siglo: Quintana y Blanco White; de Larra quien ya había expuesto la idea de la literatura como expresión y compromiso del progreso de un pueblo y de su renovación; de Valera, autor de De la naturaleza y carácter de la novela (1860); y de Giner y sus Consideraciones sobre el desarrollo de la literatura moderna (1862). El debate se reanudará después, desde los ochenta (M. De la Revilla, Urbano González Serrano, Pardo Bazán, Valera, de nuevo Galdós) hasta los textos clásicos de Ortega y Baroja entre nosotros, además de los ya clásicos Lukacs y Bajtin. En definitiva, pues, que los estudios sobre la novela han sido centrales para explicar las condiciones del hombre contemporáneo. Ha sido precisamente Bajtin quien ha afirmado muy bien que "cuando la novela se convierte en género dominante, la teoría del conocimiento se convierte en la principal disciplina filosófica". Se trata de dos procesos casi simultáneos desde un punto de vista histórico, a los que debe añadirse la inclusión del debate moral complicado en el anterior y ambos como problema.

Laureano Bonet ha estudiado con mucho rigor el papel de Galdós como estudioso del papel de la literatura. Dos textos sobresalen: el ya mencionado Observaciones sobre la novela contemporánea en España(1870), exponente de un realismo estético al servicio de la clase media que consideraba emergente tras la "Septembrina" y el que redactará con motivo de su ingreso en la Academia en 1897: La sociedad presente como materia novelable (1897). En el primero, sus ideas principales eran las siguientes: "el gran defecto de la mayor parte de nuestros novelistas es el haber utilizado elementos extraños" "; "la sociedad actual, representada en la clase media, aparte de los elementos artísticos que necesariamente ofrece siempre lo inmutable del corazón humano y los ordinarios sucesos de la vida, tiene también en el momento actual, y según la especial manera de ser con que la conocemos, grandes condiciones de originalidad"; "nada de abstracciones, nada de teorías; aquí sólo se trata de referir y de expresar, no de desarrollar tesis morales más o menos raras, y empingorotadas. Si nos corregimos bien; si no el arte ha cumplido su misión". Es en este marco donde se refiere ya a la importancia del problema religioso como factor de cohesión/descohesión social tal como lo había estudiado con Camus a propósito de nuestro siglo XVI, lo habría vivido en su propia familia y observado en la sociedad madrileña. Será este un tema central de su novelística pero quizá no en el sentido que ha solido decirse.

El segundo muestra ya el camino recorrido y la distancia con la fe realista del sesentayocho cuando afirma: "...perdemos los tipos pero el hombre se nos revela mejor, y el arte se avalora sólo con dar a los seres imaginarios vida más humana que social. Y nadie desconoce que trabajando, con materiales puramente humanos, el esfuerzo del ingenio para expresar la vida ha de ser más grande, y su labor más honda y difícil..." Esta nueva revisión estética, donde sin renunciar al realismo se apuesta por un mayor simbolismo, está en la base de una novela como Misericordia que tanto entusiasmó a María Zambrano (1960) por ver en ella ese "realismo español" de raíz cervantina. Los prólogos escritos para El sabor de la tierruca de Pereda (1882) y la tercera edición de La Regenta de "Clarín" (1900); los que puso a algunas obras suyas como El abuelo, Casandra y la traducción de Misericordia; y algunos interesantes ensayos como Un tribunal literario y el estudio sobre el teatro de D. Ramón de la Cruz, completan una parte de su producción, bastante poco reconocida, que, sin embargo, es importante para situar coherentemente su obra de creación.

José Luis Mora García
Universidad Autónoma de Madrid
 

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© José Luis Gómez-Martínez
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