Benito Pérez Galdós

 

"Galdós, articulista"

En verdad Galdós comenzó como un articulista lúcido y atento a esos niveles intermedios de la realidad que suelen pasar desapercibidos para la mayoría. Fue, pues, un artista de formación empírica que evolucionó hacia la novela como una exigencia de su propia reflexión. La literatura de periódico le fue básica pero en un momento dado le resultó insuficiente por carecer de la capacidad de simbolización de la novela que, pienso, tuvo claro al escribir Marianela.

Se trata del periodo comprendido entre 1865-68 en que colabora asiduamente en La Nación y La Revista del Movimiento Intelectual de Europa. Shoemaker ha recogido ciento treinta colaboraciones en el primero y Leo Hoar ha podido datar cuarenta en el segundo periódico del que fue redactor aunque sus artículos habían pasado desapercibidos hasta esta publicación. Habría que sumar lo escrito en El Debate, periódico del que fue director y en otras publicaciones menores como Las Cortes y La Ilustración de Madrid. Aún así volvió nuevamente a colaborar en La Prensa de Buenos Aires, de una manera muy regular al principio y más esporádica después, hasta la última "carta" o "crónica" publicada en noviembre de 1901. Nos quedarían aún innumerables participaciones en periódicos tales como El progreso agrícola y pecuario por insólito que parezca; resúmenes de intervenciones públicas, manifiestos políticos o cartas de apoyo a determinadas causas publicadas generalmente en El Liberal o en la prensa santanderina como los recogidos por Benito Madariaga o Carmen Bravo; y dos artículos muy importantes: La España de hoy (1901), escrito al calor del estreno de Electra publicado inicialmente en Heraldo de Madrid y reproducido por varios otros de provincias como ha documentado Benito Madariaga (Laureano Bonet también lo ha recogido tomándolo de La Publicidad de Barcelona) y Soñemos, alma, soñemos (1903), colaboración de Galdós en Alma Española, la revista de los noventayochistas.

La información que puede recogerse en estos miles de páginas (sólo Ghiraldo hizo un compendio de once pequeños volúmenes aunque no le guiara el rigor) sobre la España prerrevolucionaria y sobre la llamada "crisis del fin de siglo" es enorme y las claves para comprender su obra de creación, fundamentales. Innumerables referencias sobre cómo veía Galdós a personajes de la época, ya hemos citado a algunos de los profesores que admiraba, pero, además, sobre políticos como Ruiz Zorrilla, Pi y Margall, Cánovas o Sagasta por citar algunos; intelectuales, escritores, músicos: Martínez Espinosa, Fernández y González, Vicente Lafuente, Valera, Pereda y... Joaquín Costa a quien elogia en la última de las crónicas mencionadas. Por supuesto, desfilan ante sus ojos la vida política, la educación y la llamada "cuestión social" cuyos juicios nos permiten conocer el pensamiento político y social de Galdós como un sesentayochista convencido que cambia en el sentido estudiado por Jover en su Realidad y Mito de la Primera República (1991): radicalismo de ideas y conservadurismo social durante los ochenta y buena parte de los noventa hasta desembocar en su participación como miembro de la coalición republicano-socialista.

De toda esta producción resaltaría por su valor, al lado de los dos artículos ya mencionados anteriormente, el publicado el 5 de mayo de 1885, un año clave pues en él datan algunos críticos el nacimiento del modernismo, y cuando estaba a punto de iniciar su gran obra Fortunata y Jacinta. Estos tres artículos junto con el largo prólogo al libro de Salaverría, Vieja España (1907) refrendan en su creciente madurez el "plan" galdosiano: la construcción de la conciencia nacional o, dicho en un lenguaje más moderno, la formación de una moral social en el sentido ilustrado del término. En este sentido, Galdós se muestra concordante con los fines de la filosofía krausista, por más que discutiera buena parte de sus presupuestos y hasta su oportunidad, pero no la necesidad de este objetivo que compartía con Giner a quien siempre admiró. En mi opinión, la obras del último Galdós suponen una convergencia en esta meta con el pensador rondeño, a la cual llega tras una larga elaboración cuyo proceso estudiaré en el epígrafe sobre la novela.

En definitiva, por si no estaba ya claro en sus textos sobre la función de la novela moderna, estos artículos nos meten por los ojos que el tema y la preocupación de Galdós era España, es decir, las bases sobre las que asentar su progreso. Ello exigía la revisión de la tradición, el análisis del presente y una propuesta de futuro: eficiencia y moralidad como sentimiento humano universal.

Si el tema era España, su potencial, al tiempo que su problema, residía en el papel jugado por el sentimiento religioso de doble cara: por un lado "fuerza poderosa, nervio de nuestra historia, esa energía fundamental de nuestra raza en los tiempos felices" sin la cual es imposible explicar las grandes gestas y la creación artística: "Durante siglos ni una idea sola ha sido independiente de aquella idea madre, ni fuerza alguna ha obrado separada de aquella fuerza elemental" (Galdós, 1885). De otro, sin embargo, y en esto muestra que había seguido la segunda polémica sobre la ciencia española, se pregunta Galdós: ¿acaso la religión no ha impedido el progreso científico de la nación? Llega, incluso, a formulársela en los mismos términos en que lo habían hecho Revilla y Perojo: "¿Dónde está nuestro Galileo, nuestro Leibniz, nuestro Kepler, nuestro Copérnico, nuestro Newton?" Y no nos ahorra la respuesta: "He aquí una serie de santos que faltan ¡ay!, en nuestro cielo tan bien poblado de ilustres figuras en el orden de la poesía y el arte."

Pero, además, Galdós comprueba que su presente se mueve entre el descreimiento y el ritualismo, pues la religión "determina la vida más bien en lo externo que en lo moral; es ley antes que sentimiento, fórmula antes que idea y constituye un código canónico antes que una nómina moral" y que "la clase que sintetiza el sentimiento religioso o los restos de él, tiene todavía mucho poder entre nosotros."

Si fue energía creadora, si ha dejado de serlo y si, en su opinión, la filosofía, incluida la krausista (que "se desacreditó pronto, no sé si por la exageraciones de sus sectarios o por la falta de solidez en sus ideas") no ha podido ocupar su lugar, ¿cómo recuperar ese elemento "unificador y de generalización", de universalización tal como habían pretendido "Krause, Hegel, Fichte y demás germánicos, o Comte o el experimentalismo darwinista o el propio Spencer" sin lograrlo? ¿Cómo aprovechar el potencial del sentimiento religioso y eliminar sus problemas? La respuesta a la pregunta que en este artículo se formula está en sus novelas como luego analizaremos.

Seguramente Galdós había confiado en que la propia historia hubiera dado la solución: 1868 habría sido la fecha clave frente a los resultados de la primera guerra carlista que había dejado la secuela de la España Isabelina. Pero lejos de suceder esto, la Restauración Canovista y los pactos posteriores ya encarnados en el artículo 11 de la Constitución de 1876 y los acontecimientos posteriores le llevan a una fuerte desesperanza. En 1901, cuando escribe La España de hoy no atisba ninguna salida y su posición se radicaliza.

Primero, en su crítica contra el régimen canovista: "el mecanismo que nos rige es un aparato de formas admirables, pero que no funciona; todas sus ruedas y palancas, todos sus engranajes y transmisiones, son figurados, como las lindas máquinas pintadas que sirven para el estudio. Forman nuestro régimen político las más seductoras abstracciones." Segundo, en el análisis de la debilidad del liberalismo "motivada en un excesivo temor a la autoridad romana" que estamos pagando "con el mal en aterrador aumento, la muchedumbre eclesiástica cada día más dominadora y absorbente, el carlismo amenazando con nuevas tentativas." Y tercero, con el rechazo frontal al "carácter social del clericalismo que con formas modernizadas nos invade ahora, y que nos ahogará si no ponemos toda nuestra energía en la empresa de contenerlo, ya que no de destruirlo."

Lo que está en juego , dirá Galdós, es "el dominio social y el régimen de los pueblos pero "ningún principio religioso de los que son base de nuestras creencias" que se dirime en "guerras de conciencias", es decir, a través de la influencia educativa que ejercen los jesuitas, los luises, contra quienes, en este artículo arremete mientras defiende con ardor al clero secular trocando la tradicional frase de "no toquéis a la Marina" por "no toquéis al clero secular" como imperativo que debe trasmitirse a los gobernantes. Así pues, este artículo clave para entender los propósitos de la obra galdosiana, principalmente en la orientación que va adoptando en esta fase de su vida, tiene que ver mucho con la lucha contra lo que denomina "anemia social", es decir, aquellos elementos que conforman una sociedad humana y que podemos definir como moral social.

Mas no cae nunca en la desesperanza. Buen lector de historias generales tan conformadoras de la conciencia nacional, Galdós, como ha dicho Jover, demostró que su sensibilidad histórica y sus reflejos ético-sociales estaban a punto y apostó, más aún que los más jóvenes por la garantía moral de superar el Desastre en el artículo con que colaboró en la nueva revista Alma Española (1903). Es una especie de decálogo laico que no renuncia a la utopía y que podemos resumir de la siguiente manera: respeto a la tradición sin caer en el espíritu mortuorio pues lo importante es "crecer con todo el vigor y salud que podamos; rechazo de la pobreza que debe ser superada colectivamente mediante el trabajo y la ley del "tuyo y mío"; superación del pesimismo "que la España caduca nos predica para prepararnos a un deshonroso morir"; no hay tal bajón como parece sugerir a muchos la catástrofe del 98, pues "los últimos cincuenta del siglo anterior marcan un progreso de incalculable significación, progreso puramente espiritual, escondido en la vaguedad de las costumbres"; superación de un proteccionismo que sostenía la vieja estructura que favorecía al rico ("los manjares trufados") y al pobre a través de la beneficencia (la sopa y los garbanzos) en clara alusión al mantenimiento de una organización económica anquilosada, más propia del viejo régimen; la apuesta por lo que hoy llamaríamos el protagonismo de la sociedad: cada día se espera más del esfuerzo de las colectividades, de la perseverancia y agudeza del individuo; la renovación de las ciencias, la industria y el arte que deben modernizarse así como los valores que deben acompañar a ese progreso: la libre conciencia, el respeto por la disciplina, el orden mismo; el medio para lograr los principios aquí propugnados ha de ser la educación: "procuremos grandes y chicos, instruirnos y civilizarnos, persiguiendo las tinieblas que el que más y el que menos lleva dentro de su caletre"; todos estos principios se compendian en el último: "cada cual en su puesto, cada cual en su obligación , con el propósito de cumplirla estrictamente, será la redención única y posible, poniendo sobre todo el anhelo, la convicción firme de un vivir honrado y dichoso, en perfecta concordancia con el bienestar y la honradez de los demás". Casandra (1905), El caballero encantado (1909), buena parte de su teatro y la última serie de Episodios son la expresión estética de ese "programa" donde el arte busca una reconciliación con la historia, una vez leída esta en la clave moral de un hombre que protagonizó el 68 y se alimentó y creció con (aunque fuera frente a) los krausistas e institucionistas.

La distancia entre su obra y la de un Pío Baroja reside precisamente aquí. Galdós es uno de los últimos hijos de la confiada razón ilustrada, en su versión positivista que no renuncia del todo al racionalismo, mientras que el vasco es hijo de la "otra" filosofía, la del fracaso de esa razón. Por eso Galdós coincide con un hombre de su generación como Costa en las soluciones a los problemas, o sea, la construcción del futuro desde la tradición asumida y superada, es decir, desde la re-generación o sea lo ya vivido (generado) pero en un plano donde no se repitan los errores. Este plano sólo puede ser ya simbólico (no histórico pues está pasado) pero se debe proyectar sobra la historia no realizada. Es el momento del arte (literatura sobre todo), del conocimiento (ciencia) y de la moral. En resumen, es el momento de la educación. Ortega lo dirá algunos años después en su conferencia bilbaína. Costa se lo dice ya a Galdós en una carta del 19 de junio de 1901, tras rechazar la solución política de los sucesivos gobiernos restauracionistas: "¡Qué pena! Sobre la misma base deberían haberse agrupado o agruparse las clases intelectuales, de que son cabeza usted, Cajal, etc., y cuatro o cinco más" (...) "la malla no se romperá como no se pongan a ello ustedes mismos, los que lo ven y denuncian y tienen detrás millares de corazones y brazos que les oyen... y que les aguardan" (cit. por Benito Madariaga, 1994, p. 95).

Así pues, tanto en su programa estético como en los artículos que acompañan su obra de creación está claro que ésta responde a un propósito que le obligaba a mirar simultáneamente hacia la historia para recuperar lo vivo y hacia el presente para desentrañar el progreso escondido en las costumbres. Estos eran propósitos muy parecidos a los que tuvieron krausistas e institucionistas pero Galdós tuvo la ventaja de poder darse cuenta que la novela era el mejor "instrumento" para desarrollarlo. La filosofía siempre ha tenido más problemas al analizar aquellos ámbitos de realidad donde precisamente había que buscar en España el progreso: las costumbres, las gentes, la vida cotidiana.

José Luis Mora García
Universidad Autónoma de Madrid
 

índice

siguiente

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.
 

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces