Benito Pérez Galdós

 

"Galdós, novelista de la historia"

Si se trataba de saber la verdad de España lo primero era mirar hacia su historia y por ahí comenzó Galdós. La Fontana de Oro (escrita a la par que La sombra pero publicada con anterioridad) cuyo acento está puesto en los acontecimientos del trienio liberal 1820-1823 permite al lector recrear la historia (history) en tiempo de un presente, que será ya permanente con el libro en manos de los lectores, pero que para el joven Galdós comenzaba en la atmósfera radicalizada que dio paso a los acontecimientos del Sexenio. Sólo desde la historia sería posible encontrar las claves de la acción que se emprendía, pero no la historia a palo seco en la cual un lector poco avezado verá sucesiones de hechos. Había que verla "desde dentro" para recrearla como enseñanza (story), novelada, como si un trozo de historia fuera la historia donde se ha decidido nuestro presente difícil, problemático.

Había que determinar cuál era el momento originario que legitima nuestra acción presente y que, no menos, nos la explica.

El todavía joven Galdós encontró todos los elementos necesarios para recrear las claves en el trienio que mantenía los ecos del doceañismo, es decir, que estaba aureolado por un pasado político y moral "irreprochable" y que termina siendo derrotado por las argucias y la fuerza bruta del absolutismo. Ya tenemos reelaborada la historia como parábola con las ventajas de la pasión que sólo el arte puede poner en nuestra mirada y una técnica realista que marcaba distancias con las viejas novelas históricas donde el exceso de fantasía distanciaba al lector del escenario de los hechos. Por el contrario, este debe sentirse partícipe de esa historia. Debe, además, tomar partido del lado de "los buenos" cuya causa, violentamente destruida, debemos retomar. Galdós mismo no duda en hacer explícito su propósito en el preámbulo que puso a la edición de 1870: "Los hechos históricos o novelescos contados en este libro se refieren a uno de los periodos de turbación política y social más graves e interesantes en la gran época de reorganización que principió en 1812 y no parece próxima a terminar todavía" (...) "...me ha parecido de alguna oportunidad en los días que atravesamos, por la relación que pudiera encontrarse entre muchos sucesos aquí referidos y algo de lo que aquí pasa; relación nacida, sin duda, de la semejanza que la crisis actual tiene con el memorable periodo de 1820-1823. Esta es la principal de las razones que me han inducido a publicarlo" (Preámbulo a La Fontana de Oro).

La novela histórica, pues, cumple una primera función al evitar el olvido; la segunda, al mostrar los hechos en forma de secuencia (que no siempre se corresponde con la ordenación cronológica que debe seguir el historiador) para permitirnos observar las relaciones profundas entre acontecimientos; y, la tercera, al mover a la acción.

No fue, pues, casual que poco después emprendiera Galdós la primera serie de los llamados Episodios Nacionales. Ya en 1872 estaba trabajando en Trafalgar, batalla en la que algunos fechan el nacimiento del siglo XIX, final del poder marítimo de España y reconocimiento de que no basta la superioridad moral para ganar una batalla si bien aquella nos puede servir para futuras empresas. Ya en 1875, con La batalla de los Arapiles, había escrito la primera serie que tuvo una gran acogida por parte del público y eso le impulsó a escribir la segunda que tenía acabada en 1879. La tercera, cuarta y quinta las escribe, tras una larga pausa, entre 1898 y 1912 en que concluye con el Episodio dedicado a Cánovas. Parece que el siguiente hubiera sido sobre Cuba pero este quedó ya tras sus ojos apagados. En total 46 novelas que nos transmiten una visión política y moral del siglo XIX que cubre un periodo completo entre la esperanza radical y la radicalidad a secas que, sin embargo, no cae en la desesperanza.

Muchos estudiosos se han ocupado de esta parte de la producción de Galdós, especialmente Hintenhauser (1963), Juan Ignacio Ferreras (1980), Ricardo Gullón (1966) y los historiadores Carlos Seco y José María Jover, además de innumerables estudios monográficos. Todos ellos analizan la complejidad de un género híbrido entre literatura e historia para tejer la memoria de un largo periodo de tiempo cuyas fracturas exteriores: batallas (ya decimos que comienza con una que fue emblemática con ecos lejanos de finales del XVI), guerras contra el invasor, guerras civiles, intrigas palaciegas y cuartelazos, intentos revolucionarios de reconstrucción, más guerras civiles y coloniales, contradicciones entre las ideas y los hechos a propósito del ideal republicano y sus consecuencias cantonales y Pavía y... la Restauración monárquica.

¿Por qué, podríamos preguntarnos, la popularidad de este género en un país que apenas ha producido filósofos de la historia y donde ninguno se aproxima al genio de Hegel? Como señaló Menéndez Pelayo (1897), poniendo a Galdós en la órbita de Cervantes desde donde es imprescindible interpretarle, ¿equivale su interpretación y comentarios rectamente hechos "a una filosofía de nuestra historia y a una psicología de nuestro carácter en lo que tiene de más ideal y positivo?"

Mi opinión es afirmativa, pues, ambas, filosofía y novela, participan del mismo afán por descubrir los nexos racionales entre acontecimientos que se suceden uno tras otro para mostrar que la historia no está regida por la casualidad. Galdós aprendió esto, como vimos, en Fernando de Castro, historiador y filósofo de la escuela krausista. Mas, ¿por qué optó por la novela frente a la filosofía? Creo que la novela alcanza su máxima utilidad cuando lo que debe ser interpretado tiene un componente trágico que hace mucho más difícil ver la racionalidad pues ésta se desplaza a zonas más difusas y se encarna en personas menos relevantes, anónimas en definitiva. Cuando esto es así la dialéctica se vuelve un instrumento menos eficaz que la ironía que sin pretensiones de cierre, ni circular ni lineal, encuentra momentos, personajes o pequeñas bolsas de entusiasmo, de grandeza moral, en definitiva, que rescatar en el futuro.

Esta forma novelesca de mirar la historia no opta ni por la gran racionalidad ni por la gran tragedia, en caso de que fuera necesario. No es la gran epopeya ni la ópera altisonante, sencillamente opta por la visión amable que reconoce la pequeña tragedia no exenta de la comedia con que la vida, tanto individual como colectiva merece ser vista. Como diría María Zambrano cuya filosofía no se entiende sino como lectora de Galdós, no se trata de violentar nada con conceptos que categorizan sino de acompañar los hechos. Al final, la historia no se convierte en la Razón sino en una Madre o en una Diosa que nos acompaña en nuestra vida cotidiana dándonos los buenos consejos que ella guarda en su memoria con objeto de que el futuro sea mejor pero ni siquiera con total seguridad de que esto llegue. La diferencia entre la Filosofía y la Novela, a propósito de su aproximación a la historia, reside en que se trata de dos formas de confianza: más soberbia la primera, más astuta la segunda. Si cada historia exige una distinta, la nuestra responde mejor a la segunda.

Así pues, ambas, Filosofía y Novela de la Historia, se hallan próximas por su objeto material pero alejadas por el formal como diría un buen escolástico. En la perspectiva del novelista no es tan claro que la verdad estética deba conducir o completarse en la filosófica porque no hay tal cierre de la pirámide pero sí elimina la dosis de incertidumbre que sobre la historia puedan tener sus agentes. Su lección es, sencillamente, que la historia puede reconducirse, o sea, que el hombre puede intervenir en la marcha de los acontecimientos.

Así pues, aunque los métodos para su elaboración sean parecidos a los de un científico: observación, documentación, comprobación de mapas, costumbres, testimonios personales, etc., su base no deja de ser racionalista. El resultado es fruto de ambos: no se renuncia a los hechos históricos pero se rechaza cualquier interpretación mecanicista de la historia que suponga la eliminación de la conciencia subjetiva.

No se trata, pues, simplemente, como muy bien afirma Jover, de una didáctica de la historia pues, aunque es un "género historiográfico formalmente heterodoxo", tiene "enorme valor heurístico por la intención de veracidad con que ha sido construido a partir de unas fuentes escritas, unas fuentes orales, de una observación aguda e incansable sobre aspectos de la realidad histórica que no solía recoger a la sazón la historiografía ‘científica’ o profesional". Pero es que la novela añade otro plano que podemos formular en forma de pregunta: ¿por qué si soy capaz de crear la historia novelada no puedo crear la historia real? Pienso que Galdós estaba convencido de una respuesta afirmativa, por eso, y como dice Ferreras, "intenta una visión global, totalizadora de la historia patria, intenta aleccionar, aconsejar, señalar direcciones incluso" (1980, p.403 ). Ahora bien, hay que saber ver "por dentro" como Fajardo, el personaje de La revolución de Julio, quien, cuando se adhiere a la revolución, afirma: "¿Cómo no admirarles, si en medio de su ruda ignorancia, advierto en ellos una elevación moral que en mí propio y en los de mi clase no veo, no puedo ver, por más que la busco?"

No es nada casual que Galdós iniciara esta "reflexión" sobre la historia más inmediata a comienzos de los setenta, coincidiendo con los iniciales debates acerca de "la mentalidad positiva", como muy bien la ha definido Diego Núñez (1975), y cuyos síntomas ya se comenzaban a notar. Son los primeros pasos de abandono del krausismo (que en su fase inicial Galdós no acabó de aceptar) hacia lo que se ha dado en llamar krauso-positivismo o krausismo positivo (discusión filosófica sobre estas cuestiones al margen). Por ejemplo creo que Pepita Jiménez, la novela de Valera escrita a continuación de sus ensayos sobre el armonicismo, 1873, es un paso realizado con sutileza en este sentido; poco después hablará Tubino (1875) en el Ateneo sobre la crisis del pensamiento nacional y a continuación el debate del curso 1875-76 (Gumersindo de Azcárate, 1876) sobre las consecuencias del positivismo para nuestra civilización. Urbano González Serrano en La Sociología científica decía ya en 1883 que era necesario "apresurarnos a recoger en síntesis, más o menos comprensivas, las verdades parciales que en las distintas direcciones del pensamiento se señalan, sin asustarnos ante nombres o calificativos, ni preocuparnos de clasificaciones nominalistas, que nada dicen de la virtualidad interna del pensamiento".

Sin todo este contexto sería imposible explicarse por qué Galdós se fijó en la historia. Y por qué lo haría enseguida con el presente. Joan Oleza lo estudió con mucho detalle en el V Congreso Galdosiano.

Hay en Trafalgar, su primer Episodio, la clara intención de obtener una victoria moral donde se había producido una derrota militar sin ocultar ésta. Ello es posible, y hasta necesario, si se cumplen ciertas condiciones de autenticidad que Galdós respeta. Primero, el reconocimiento de la superioridad militar de la flota de Nelson por la modernidad de sus buques y la calidad estratégica que le lleva a Galdós a mostrar el croquis de la disposición de los diversos cuerpos de combate como superior a la flota francoespañola. De poco sirven el valor y las baladronadas para asentar la honra nacional cuando no se tiene la flota suficiente para salir a alta mar.

Segundo, porque lejos de caer en un patrioterismo banal, de los inducidos por la política más conservadora en diversas épocas de la historia, apuesta por una idea de Europa donde las guerras sean innecesarias. Para ello es preciso desechar las viejas ideas donde "era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después", por lo que el patriotismo no era "más que pertenecer a aquella casta de matadores de moros."

Galdós nos presenta la alternativa a través de la reflexión que el protagonista se hace antes de entrar en combate: "me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos a la cual pertenece todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara."

El tercer paso sería considerar que si la propia nación es una fraternidad, las otras también habrían de serlo y, por tanto, que "en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de existir, como en España, muchas gentes honradas, un rey paternal, y las madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos, los cuales, esperando con ansia su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria." Por ello no duda en llorar la muerte de Nelson al igual que los ingleses reconocen el valor de Churruca pues como pone en su boca: "varones ilustres como este no debían estar expuestos a los azares de un combate, y sí conservados para los progresos de la ciencia de la navegación." Y, todavía más, porque realmente lo que piensa es que estos hombres no sólo contribuirían al desarrollo tecnológico sino, sobre todo, al de la convivencia y de la organización social.

El final de la batalla es descrito por Galdós como el encuentro de los soldados, es decir, de la gente que, por encima de las ideas, se protege, solidariamente, para sobrevivir, en una lección de tolerancia asentada sobre la segunda idea de nacionalidad, frente a la añeja, para conformar un sentimiento de Humanidad (políticamente hablando, posiblemente Europa) formada por naciones configuradas, a su vez, por las gentes que en ellas viven y a las que ligan sus destinos. Frente al españolismo rancio, Galdós fue un europeísta como queda expresado en este primer Episodio y en los resúmenes de sus viajes por distintos países de los que no duda en admirar lo mejor que tienen: de Inglaterra su organización política; de Francia el movimiento de las letras y las artes; de Holanda su sentido práctico; de Italia su habilidad para conjugar el espiritualismo con la forma hasta hacer de ello una civilización.

Así pues, hay en Galdós una idea clara ya en sus inicios: que los países se construyen sobre la base de la eficiencia (representada aquí por Nelson) y el sentimiento moral (que encarna Churruca). Sobre el primero se asienta la organización la política y económica; sobre el segundo, la convivencia, es decir, el orden social. Ambos deben darse unidos y no basta que se presenten como sueños o ideales, es preciso que conformen el Estado (la sociedad). Pero tras recorrer la historia de España y llegado a los acontecimientos que le fueron presentes, ha de reconocer que esa "utopía" sigue sin realizarse. La gran esperanza fue la Septembrina pero fue también la decepción.

Cuando hacia 1908 inicia la última de las series que corresponden con los episodios de su vida sigue pensando que la novela es el género más capaz de religar el tiempo, de "recuperar ese principio que informa la realidad histórica" así como de sostener la relación entre el adentro español y el afuera europeo. Pero tras comprobar cómo han ido las cosas, y para eso recorre toda la historia española del XIX, sólo le queda invocar a la Historia en "persona" para que corrija sus "propios" acontecimientos. Un artificio literario para relacionar "dialécticamente" las ideas con los hechos y mostrar su distancia para ver si "de tales enseñanzas podía resultar que acelerasen el paso las generaciones destinadas a llevarnos a la plenitud de los tiempos", palabras con las que concluye La Primera República.

¿Y cuáles son esas enseñanzas? La respuesta es doble en palabras de la propia Historia al protagonista Tito Liviano: "Considera lo que pesan sobre tu país el Catolicismo y eso que llamáis el Papado, las viejas rutinas monárquicas y los enormes intereses inseparables de estas abrumadoras máquinas sociales". Pero -concluye- "Tú, que no puedes traspasar los límites fisiológicos de la existencia humana, no verás realizado el ideal federalista en toda su pureza; yo que soy vieja y eterna espero ver algún día..."

Si el niño Araceli-Galdós había soñado una Europa como federación de naciones, el viejo Liviano-Galdós no renuncia a esa idea ni para la propia España pero se ve obligado a dilatarla en el tiempo. Ha comprobado que no bastan las ideas del teórico Pi y Margall, pues aun siendo necesarias, se precisa la acción y la astucia: "quitando de en medio a puntapiés a toda esa caterva de ambiciosos egoístas, tendrán despejado el terreno para fundar desahogadamente el régimen nuevo."

¿Está pidiendo Galdós una segunda revolución sin las debilidades de la primera? ¿Está denunciando la debilidad del liberalismo y de la clase media por su fracaso en la transformación moderna del Estado? Pues así parecen decirlo estas palabras del protagonista de De Sagunto a Cartago: "El grave mal de nuestra patria es que aquí la paz y la guerra son igualmente deslavazadas y sosainas. Nos peleamos por un ideal, y vencedores y vencidos nos curamos las heridas del amor propio con emplasto de arreglitos y anodinas recetas para concertar nuevas amistades y seguir viviendo en octaviana mansedumbre."

El final de esta reflexión es Cánovas y el juicio a la Restauración con su política, la existencia de los supra e infrahispanos, el parlamento formado por el montón grande y el chico, la monarquía, los problemas religiosos entre liberalismo y carlismo no cerrados en el artículo 11 de la Constitución de 1876... El Episodio termina con una tremenda reflexión, tantas veces citada, de la Historia-Galdós sobre el porvenir de España.

José Luis Mora García
Universidad Autónoma de Madrid
 

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© José Luis Gómez-Martínez
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