Benito Pérez Galdós

 

"Las novelas contemporáneas"

Hay, sin duda, una continuidad de propósitos entre todas las novelas de Galdós, tanto de los Episodios como de Novelas Contemporáneas. Si nunca renuncia a la Historia tampoco lo hace al presente, de tal forma que ambos terminan por fundirse progresivamente a lo largo de su producción en la década de los noventa hasta construir ese tiempo que pretende ser de plenitud, como antes veíamos, y que supondría un presente permanente.

Este proceso de universalización se aprecia también en el enfoque temático, más local o nacional en toda la primera época, para abrirse a una reflexión sobre la condición humana en clave española pero no nacionalista, posteriormente. Ya veíamos esta evolución a propósito de sus textos ensayísticos sobre la novela que ahora podemos comprobar en sus creaciones. Y esto es así porque el proyecto se mantiene estable a través de las distintas etapas, muy bien señaladas por Casalduero, que no suponen rupturas sino eslabones de un círculo que tiende a cerrarse a medida que el final se acerca. Aun cuando los temas varíen y las preocupaciones también, aunque en realidad lo que cambie más sea el tono de las prioridades y la sensibilidad que va desde la juventud a la vejez, cualquier lector atento observará el mantenimiento del mismo esquema y de los mismos supuestos de su concepción del hombre y de la sociedad.

Formado en el ambiente krausista, como decíamos, la novela de Galdós pertenece a esa forma del realismo del XIX que se presenta como "deseo, voluntad (y posibilidad) de conciencia total del mundo bajo un aspecto especial de totalidad y de sustantividad" (Clarín, citado por Lissorgues [1988]). Hace ya más de treinta años que Denah Lida (Anales Galdosianos, 1967) habló sobre el "krausismo" de Galdós y Jong-Rossell lo ha hecho después (1985). En ambos estudios se resalta la coincidencia de objetivos en cuanto al papel del arte y la orientación reformista de sus ideas que parten de una similar concepción del mundo y de lo que es una nación que podemos resumir en estas palabras de Span: "la nación es una modalidad espiritual, una determinada manera de sentir y pensar, de recibir y plasmar". Es decir, que no hay plenitud sin mediaciones y que "cada individuo, cada pueblo, cada generación es un órgano imprescindible para la conquista de la verdad" (Azam, 1989).

Seguramente, ha sido María Zambrano (1960) quien ha sacado las últimas consecuencias de esta propuesta de conocimiento "de la verdad última de la persona humana" que encierra la novela como forma de conocimiento, como esfuerzo por eliminar el divorcio entre las palabras y las cosas, es decir, entre los deseos, sueños e ideales y la realidad externa.

Esta es básicamente la pretensión de Cervantes echando a caminar a D. Quijote: saber si es posible el equilibrio entre lo subjetivo y lo objetivo, o sea, entre la conciencia y la lógica del mundo. De esto se ha ocupado toda la filosofía moderna y la novela se le anticipó para señalar en qué términos era posible la conciliación: tan sólo en el ámbito de la moral. Por ello el problema religioso se convertirá en una cuestión central como lo fue en el XVI y XVII y así llega a mediados del XIX cuando Galdós inicia su andadura como novelista.

Galdós comprendió muy bien en qué consistía esta radical aportación cervantina y no dejó de utilizar el mismo esquema con personajes y problemas de la España del XIX en un proceso que comprende tres periodos que son variantes de la misma concepción epistemológica del realismo español, como lo ha denominado María Zambrano. Estos tres momentos corresponden a los años inmediatamente posteriores al Sexenio, inicio de la Restauración, de fuerte ideologización donde a la circunstancia española se añadían los efectos del Vaticano I (1869-70); el segundo es el periodo de los años ochenta en que sus intereses se ven influidos por la naturalista novela francesa de Zola y que culmina con su gran novela Fortunata y Jacinta; y, el tercero, comienza con Angel Guerra y es un largo periodo que concluye en 1915 con La razón de la sinrazón donde Galdós apuesta por la reconstrucción de una moral nacional de base universal.

Galdós comenzó por el combate que se inicia con un "Viaje por el corazón de España", como titula el capítulo II de Doña Perfecta hasta llegar a Orbajosa que puede entenderse como un despreciativo de "urbe augusta" o, lo que es igual, "urbe ajosa" que de las dos maneras ha sido interpretado el lugar donde se desarrolla buena parte de esta novela protagonizada por esta mujer, encarnación del anatema como nos dice el autor. Drama sobre las dos Españas que permite a Galdós zaherir a los neocatólicos quienes ven en los nuevos liberales "la blasfemia, el sacrilegio, el ateísmo, la demagogia...", incapaces de incorporar los nuevos saberes y la libertad de conciencia a los que consideran "lodazal de filosofismo e incredulidad" mientras la España que representa Pepe Rey intenta una reconciliación imposible. La modernidad rechazada y la España tradicional vencedora frente a lo que podían significar la filosofía y la ciencia modernas es la moraleja que Galdós no termina de trasladar al campo político dejándola en el ámbito de la moral psicosocial.

¿Y si planteamos el conflicto en el debate por la libertad de cultos? Ni siquiera la concepción religiosa frente a la visión secular, tan sólo una cuestión de creencias entre un judío y una católica. El resultado fue Gloria, la novela que desató las iras de D. José María Pereda y nos mostró a un Galdós metido a defensor de la libertad de cultos en un cruce epistolar de gran interés.

La familia de León Roch cerró el ciclo dejando las cosas en un punto que molestó mucho a Giner pues con la ironía novelesca de carácter cervantino que tan bien manejaba nuestro autor, a León Roch "el sabio de nuevo cuño, uno de esos productos de la Universidad, de Ateneo y de la Escuela de Minas" (...) de "mucha ciencia alemana que el demonio que la entienda, mucha teoría oscura y palabrejas ridículas" sólo se le ocurre intentar formar una familia con María Egipciaca, mujer hermosa perteneciente a una rancia familia católica, confiando en sus dotes "pedagógico-amorosas" para atraerla hacia una vida laica. Sus métodos no sólo fracasan estrepitosamente por más que haya "formado el plan con la frialdad razonadora del hombre práctico" sino que, además, se ve sometido a un proceso de degradación que pasa por tener que ayudar económicamente a su familia política (la única familia que existe en la novela), perteneciente a la vieja nobleza decadente, refugiada en los viejos valores estamentales y es, incluso, superado por el Padre Paoletti, mejor conocedor del alma femenina real frente a la mujer idealizada que él se había construido.

Trasladado esto del ámbito personal al social (que en Galdós son interdependientes) quiere sencillamente decir que la filosofía traída de Alemania como intento de racionalizar el viejo catolicismo español estaba llamada al fracaso como tal alternativa.

Más le habría valido a León haberse casado con su amiga de la infancia, Pepa Fúcar (castellanización alemana de Fugger, derivación del fuccare latino, que significa teñir, pues pañeros y tintoreros habían sido y ahora familia de banqueros) quienes no se escandalizaban porque se dedicara a las ciencias naturales, sospechosas de materialismo para la España católica, y quienes deberían haber sido la base del desarrollo económico e industrial.

Sus propósitos, vendría a decir Galdós, habían sido correctos; su moral, intachable: "el de dar al propio pensamiento la misión de informar la vida, haciéndose dueño absoluto de ésta y sometiéndola a la tiranía de la idea"; pero que no contó con la historia y la lógica social que es terca como la realidad misma, difícil de someterse a las ideas concebidas por la propia mente sin apoyo previo en la realidad. El final es la parálisis: incapacitado para transformar el mundo o rectificar, ni siquiera sus convicciones le permiten quitarse de en medio.

Se trata de una parábola de reflexión sobre la historia y sobre el papel de la filosofía racionalista que Galdós había visto madurar en sus primeros años madrileños. Tras la Revolución del 68 y en los inicios de la Restauración, Galdós certificaba su fracaso como alternativa a la religión en su intento por convertirse en la nueva moral social. Si había rechazado la España neocatólica, no deja de mostrar la debilidad ideológica del liberalismo. Un nuevo análisis basado en las ciencias positivas que primaban la lógica de los acontecimientos estaba a punto de imponerse.

Por más que se negara la influencia de Zola, el autor francés y su novela experimental estaban aquí. Como nos ha recordado Lissorgues (1996, p. 69) "el hecho es que, a partir de 1880, Zola como novelista o como doctrinario es uno de los autores más citados por la crítica española y, sabemos, gracias a las oportunas investigaciones de Setti Alaoui, que sus obras dan lugar a gran actividad editorial, prueba que el autor de L`Assommoir tiene asegurado público en la península." Galdós, siempre atento a los cambios estéticos, toma buena nota y en 1881 publica La desheredada, dentro de la ortodoxia naturalista. El puente había sido Marianela, preciosa novela que puede ser considerada como el credo estético de Galdós primado por la atención a la realidad, como esta quiera entenderse –lógica histórica, lógica de los hechos, etc.- pero siempre opuesta a los intentos correctores elaborados por la razón especulativa, la mística vacía o, peor aún, el ritualismo formalista.

La desheredada (1881) abrió la "segunda manera de novelar", como el mismo Galdós la denominó en carta a Giner. Se trataba ahora no de simbolizar el bien y el mal en tipos idealizados sino de mostrar cómo las circunstancias limitan y condicionan el comportamiento de los individuos. El estudio, pues, "de las estructuras de la sociedad y de las mentalidades que les son propias en un momento histórico concreto explican las razones últimas de las conductas de los protagonistas", como muy bien expone Caudet (1992, p. 18) a propósito de estas novelas. Sin perder la clave social, la ficción novelesca describe cuál será el final si no se remedian los males "congénitos" que, como a Isidora, terminan por llevarla desde sus sueños por los lujos y las comodidades a la prostitución. Sin esfuerzo, sin formación del carácter, sin educación, la naturaleza y la presión social tienen el campo abonado para someter a los débiles.

Así pues, Galdós descubre que la razón moral si no se vuelve empírica apenas será otra cosa que razón ingenua. Máximo Manso, protagonista de El amigo Manso (1882) personifica las consecuencias de no realizar este paso. Los debates sobre el positivismo, la influencia de Zola y la llamada "cuestión palpitante", llevaban a Galdós a una revisión, ya manifestada en León Roch, de sus posiciones iniciales. Máximo Manso no puede por menos de reconocer que su discípulo, Manolito Peña, es un orador de más oficio y que conoce a Irene mucho mejor que él. Es, ante todo, más joven. "Parece que en él ha querido la Naturaleza hacer el hombre tipo de la época presente. Está cortado y moldeado para su siglo, y encaja en este como encaja en una máquina su pieza principal", no puede por menos de reconocer.

Pero el Galdós formado con Giner, Castro y Camus no renuncia a su base inicial. Por eso el protagonista de la novela, amoroso cultivador de la filosofía, esforzado traductor de Hegel y aun de Spencer e idealizador del alma femenina, nos deja su lección: "La conciencia es creadora, atemperante y reparadora. Si se la compara a un árbol, debe decirse que da flores preciosísimas, cuya fragancia trasciende a todo lo exterior. Sus frutos no son la desabrida poma del egoísmo, sino un rico manjar que se reparte a todo el que tiene hambre. Estas flores y frutos suplen en la sociedad la falta de un principio de organización. Porque la sociedad actual sufre el mal del individualismo. No hay síntesis. La total ruina vendrá pronto si no existiese el principio reconstructivo y vigilante de la conciencia..."

Su muerte, tras reconocer que Irene "era como todas y que los tiempos, la raza, el ambiente, no se desmentían en ella", es conciencia de la historia, de la marcha de los acontecimientos regida por la lógica de las cosas. El las mira desde "arriba" explicándolas y rastreando su sentido moral que mantiene su autonomía.

Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas (1886-1887) culmina esta segunda fase. Seguramente con La Regenta las dos mejores novelas de nuestro siglo XIX. Galdós pone aquí todo su potencial creador para mostrar en el doble plano social y personal las fuerzas que forman la confrontación entre la historia y la Razón histórica o, entre la conciencia y la pasión. Si la Razón Histórica defiende un progreso creciente hacia la armonía y la integración (¿estaría pensando en el Ideal de la humanidad para la vida? Sanz del Río, 1860), la historia nos muestra el conflicto y la desintegración de las clases sociales. Mientras la conciencia se orienta a la síntesis y al orden psicológico y social, la pasión rompe los diques, provoca desórdenes pero es fuente de generosidad. La esposa, casada por lo civil y lo eclesiástico, a quien la Naturaleza regatea la fecundidad, observa atónita cómo los hijos le son dados a quien la Sociedad no reconoce como esposa.

Vemos cómo dos mujeres y dos clases sociales confrontan sus estilos de vida con la España del Sexenio como fondo y observamos una inmensa variedad de tipos, una sociedad abigarrada con sus señoritos fatuos y sus personajes singulares sacados del natural y formando los escenarios de la historia principal: el conflicto entre la Conciencia de un lado, la Historia y la Sociedad, de otro. Es la versión del realismo-naturalismo en clave española.

El punto de partida quizá sea el capítulo de la III Parte titulado "Un curso de filosofía práctica", o lo que es igual, que "al mundo hay que tratarlo con muchísimo respeto" (...) "que el amor es la reclamación de la especie" y que "todo lo demás es música, fatuidad y palabrería de los que han querido hacer una sociedad en sus gabinetes, fuera de las bases inmortales de la Naturaleza" pero que cuando esto se confronta con "la idea..., la pícara idea", es decir, con el deseo de alcanzar la bondad y ser un ángel, entonces se produce la confusión. Así le sucede a Fortunata quien al final del capítulo "Naturalismo espiritual" se imagina a la "mala" Mauricia la dura transmutada con la caritativa doña Guillermina en un ser único: "¡Cosa más rara! ¡El mal extremado refundiéndose y así reviviendo en el bien más puro!... Pero, ¿no podría ser que Mauricia, arrepentida y bien confesada y absuelta, se hubiera trocado al morir, en criatura sana y pura, tan pura como la misma santa fundadora... o más, o más? ¡Qué confusión, Dios mío! Y que no haya nadie que le explique a una estas cosas..."

La novela termina con la entrega por parte de Fortunata del hijo habido con Juanito Santa Cruz a su legítima mujer, Jacinta, poco antes de morir. Es el triunfo social de la burguesía y la presentación en sociedad de los valores populares que dejan su credencial histórica para mejor ocasión tras su derrota política al final de la Primera República. La ficción se convierte así en una alegoría de la historia en la cual D. Quijote ha sido derrotado una vez más en el terreno de los hechos al tiempo que el vigor de su sentido moral queda como una reserva permanente.

En mi opinión, el Galdós maduro utilizó buena parte del material recopilado para esta novela para reinterpretarlo desde las claves que la nueva estética iba abriendo hacia finales de esta década y las siguientes. En este sentido Angel Guerra, Nazarín-Halma, Misericordia, Casandra y El caballero encantado son sucesivas reelaboraciones del mito quijotesco sobre la confrontación entre conciencia, historia y naturaleza como marco teórico proyectado sobre la España finisecular para encontrar una vía de solución al conflicto que había quedado abierto al final de su gran novela: entre la derrota política y la grandeza moral de lo que Fortunata representaba.

¿Era posible recuperar los valores que habían provocado la Gloriosa pero sin los errores que habían provocado su fracaso? Tal era la percepción del Galdós de los noventa capaz de revisar lo más profundo de los valores de nuestra historia tal como los había mostrado en el artículo ya mencionado de 1885 pero pasados a lo largo de toda esa década por el filtro de una metodología "positivista" (naturalista) que dejaba ver su necesidad de adecuación a los nuevos tiempos. En definitiva, Galdós apuesta por la construcción en clave estética de una moral social o civil que no renuncie a la tradición pero que la libere de la España tradicionalista neocatólica. Se trata de un propuesta de conciencia nacional que parte de elementos propios y conduce a un punto nuevo de llegada que podemos llamar de modernización, si así se quiere, o de construcción de una conciencia nacional nueva. Su conocimiento de la realidad histórica, política, social y cotidiana, donde el papel desempeñado por la religión y la iglesia habían sido y seguían siendo decisivos, le serán de gran utilidad para esta empresa. Muchos aspectos se anticipan aquí a los regeneracionistas y al propio Unamuno.

Mi punto de vista es que Galdós termina convergiendo con el ideal gineriano, tras un proceso de veinte años de progresiva secularización, por así decirlo. En esta larga reflexión donde los ideales inicialmente concebidos y aprendidos de sus lecturas juveniles se van puliendo mediante sucesivas confrontaciones con la realidad, la ironía se convierte en la herramienta imprescindible. Aparece así el mejor Galdós cervantino que pasa su peculiar "conversión" de Nazarín a Halma, transposición en clave clerical del protagonista inmortal, llevando a D. Nazario desde su peripecia tan generosa como grotesca a ser un buen cura que recupera su traje talar y recomienda a la condesa Halma que deje sus "experimentos místicos" y se case con Urrea. Creo que Buñuel en su Viridiana ha sabido ver aspectos de la propuesta galdosiana que ha interpretado de manera más disolvente pero que en nuestro autor conducen al objetivo antes señalado de construir una moral superadora de fanatismos.

Pero la constatación es la misma: que la gente quiere satisfacer sus necesidades. "El fin del hombre –dice el alcalde a Nazarín- es vivir. No se vive sin comer. No se come sin trabajar. Y en este siglo ilustrado, ¿a qué tiene que mirar el hombre? A la industria, a la agricultura, a la administración, al comercio. He aquí el problema." Y la tía Chanfaina lo dice con más gracia: "¿Para qué sirve un santo? Para nada de Dios. Porque en otros tiempos paice que hacían milagros, y con el milagro daban de comer" (...) "pero en estos tiempos de tanta sabiduría, con eso del teleforo o teléforo, y los ferroscarriles y tanto infundio de cosas, que van y vienen por el mundo, ¿para qué sirve un santo más que para divertir a los chiquillos de las calles?"

Ni la Ciencia, ni la Administración, ni siquiera la Iglesia que se cree depositaria de la beneficencia permiten la institución altruista de Halma. Ellas tienen sus propios mecanismos legales, respuesta fiel a la racionalidad científica y administrativa para que D. Quijote venga a intentar soluciones basadas únicamente en sus buenas intenciones. Es imposible. Mas, ¿cómo rescatar los valores quijotescos (espiritualidad, generosidad sin límites) liberados del autoritarismo y hasta del fanatismo excluyente en que habían caído dentro del catolicismo tradicional?

Galdós escribe así en 1897 una magnífica novela, Misericordia, donde su protagonista ya no es un clérigo ni siquiera pretende ejercer una beneficencia competidora de la eclesiástica. Benina es la encarnación de la generosidad sin más. Por su espíritu abierto desde un punto de vista social (su generosidad la emplea en mantener a su ama doña Paca, una burguesa venida a menos) y religioso (ayuda al moro Almudena sin importarle mucho a qué religión pertenece) ella, mujer perteneciente al inframundo social, representa los valores del pueblo español que deben modernizarse con el sentido de la eficacia. Juliana, la nuera que aparece al final de la novela será esta administradora eficiente que encuentra en Benina el sentido moral necesario. Se reconcilian así la Sociedad y la Conciencia en el marco de la historia.

Como hemos señalado, María Zambrano elaboró a partir de esta novela, de manera muy significativa, no sólo una reflexión sobre el significado del "realismo español" sino, más aún, sobre la propia condición humana.

Este proceso reflexivo termina hacia 1909 con El caballero encantado, novela muy estudiada, donde la secularización es evidente. Debe ser situada como cierre y culminación de su larga meditación acerca de la crisis finisecular y la forma de superar sus males. En esta novela puede verse cómo la religión no es objeto de reflexión, ni como tal, un componente de la sociedad, sino más bien, la perspectiva, la mirada desde donde se observa la realidad, "la brutal sinceridad de mi pesimismo" como dice su protagonista. En definitiva, tras los artículos de estos años, ya mencionados, y el alegato contra el Dios de los Ricos y el Dios de los Pobres de Casandra, a Galdós le queda la sinceridad inteligente. La función del novelista será mostrar cómo es posible liberarla del pesimismo que mantiene a la voluntad inerme y convertirla en fuerza renovadora si es fermentada por un optimismo realista. Esta lectura del Quijote al revés, o este contraencantamiento que sufre el protagonista por el cual trata en verdad de encantarle, es decir, de ilusionarle con una realidad que desconoce, muestra cómo superar la Castilla-Purgatorio por una tierra próspera y base de la nueva España. El encantamiento consistirá en hacer ver al protagonista, hombre urbano, de clase media y con buena formación intelectual, cómo es la auténtica realidad, esa en que dominan los caciques (mandarines les llama Galdós) y la injusta distribución de la tierra que se convierte en foco potencial de conflictos por el egoísmo de los terratenientes quienes, viviendo en la ciudad, son ciegos para ver las condiciones de los campesinos. Tras la superación de la modorra gracias a este viaje por tierras de Soria de la mano de la Historia, Tarsis estará en condiciones de ser un buen gobernante.

Es la propuesta galdosiana. El hombre nuevo. Bien lejos del intelectualismo distante, de la pasión desordenada, de las propuestas burocráticas, de la política profesionalizada y huera y de la acción social revolucionaria. Sólo el amor generoso es fecundo: "Siento la presencia invisible de nuestra Madre (la Historia) que nos manda repoblar sus estados", concluye el protagonista. De nuevo la educación como instrumento, como ya lo ha estado a lo largo de su producción: "Lo que España necesita y lo que debe pedir a la escuela –le dice Pascuala-Cintia a Gil-Tarsis- no es que sepan leer y escribir; lo que necesita son hombres y el formarlos requiere educar el cuerpo tanto como el espíritu, y tanto más que el entendimiento, la voluntad." El hijo que nace de la unión amorosa de esta maestra con el protagonista personifica esta nueva España. El propio Galdós apostilla que este esplendor y frescura de nuestro optimismo podrá tener, como dicen algunos filósofos regañones, su poquito de ridiculez, pero que es, "el único ritmo, pulsación o compás que nos queda para seguir viviendo."

La religión, problema y solución, causa de nuestros enfrentamientos pero nervio de nuestra historia, debía quedar reducida a moral social, compartida, sin exclusiones; moral laica, es decir, sostenida por las conciencias, sin pretensiones de constituir una iglesia nacional alternativa, tan inviable como inútil para resolver el problema de la integración. Sin caer, tampoco, en formas falsas de misticismo caritativo de carácter individual cuya operatividad social terminaba por ser contraproducente.

José Luis Mora García
Universidad Autónoma de Madrid
 

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