Benito Pérez Galdós

 

"Una valoración final"

Durante muchos años, tras su muerte, la obra de Galdós quedó sometida a una situación esquizofrénica: entre el reconocimiento popular y el poco aprecio público de la mayoría de intelectuales; anticlerical y antirreligioso para unos, conservador y melifluo para los otros. Cuando se iniciaba la transición hacia la democracia tras el franquismo, Galdós había fallecido cincuenta años antes y las posiciones se mantenían respecto de lo que había representado desde un punto de vista ideológico y estético. Como hombre de la burguesía liberal del 68 y del reformismo institucionista (aunque nunca lo fuera oficialmente), quedaba fuera de los intereses dominantes pues era mucho o poco según se tratara de los grupos más conservadores o los más progresistas. Y como representante del realismo del XIX le seguía sucediendo lo que Clarín había comentado un siglo atrás: antes de leerle se le enviaba a la fosa común de lo superado. Como manifiesta Umbral en su último libro sobre Valle Inclán algo parece mantenerse de estas posiciones aunque las investigaciones realizadas durante estos últimos treinta años no hacen tan fácil mantener algunas opiniones sobre Galdós que parecen, más bien, ajustes de cuentas con la historia propia de quien las hace.

Es verdad, como ha dicho Gurméndez, que la mayoría de las reformas que ese grupo representó, se llevó a cabo solamente en la educación y que nos hallaríamos, por consiguiente, ante una posición reformista de talante conciliador, diferenciada de los más radicales y enfrentada a la España conservadora tanto como a la revolucionaria.

Ahora bien, algunos aspectos de este programa han resistido el paso del tiempo mejor que otros pues Galdós se dio cuenta muy pronto de las insuficiencias del krausismo y optó por una vía que, primero, desmitifica gran parte de la historia de España, factor importante de cambio; segundo, ejerce, a través de la novela y el teatro una influencia práctica en la conciencia colectiva; y, tercero, ofrece un futuro esperanzado si las razones del pesimismo se superan. Se mantiene, pues, en un plano histórico sin caer en ningún tipo de esencialismo.

Historia y progreso son los componentes de la que Lissorgues denomina "la ya lejana y, sin embargo, tan cercana aventura del gran realismo del siglo pasado" consistente en el deseo de recrear la realidad humana y buscarle algún sentido. Ha cambiado la realidad y el modo de aproximarse a ella pero no lo sustancial del deseo que se ha ido plasmando en diversos campos de la cultura, tanto del pensamiento como del arte, a lo largo del siglo XX. Todo el debate sobre la novela, producido desde los primeros años de nuestro siglo, cuyas últimas claves lo eran sobre el sentido de la cultura europea, difícilmente pueden entenderse sin la novela del XIX, lo mismo que, entre nosotros, parte de la actividad de hombres del 27, la cinematografía de Buñuel o la obra filosófica de María Zambrano.

Seguramente Galdós fue, de su generación, quien mejor comprendió algo que había descubierto Cervantes y nos ha recordado después Pessoa: "Dejemos nuestro arte escrito para guía de la experiencia de los venideros y encauzamiento plausible de sus emociones. El arte y no la historia es el maestro de la vida." Pero esto, claro está, una vez que hemos conocido y revisado la historia. Y esto es así porque está en la raíz misma de la razón del arte: no basta la vida, hay que vivirla y esto exige determinar no sólo la verdad sino, además, buscar algún sentido.

En la medida en que la realidad contemporánea es imperfecta y cambiante exige un género dinámico. Esa es la gran fuerza de la novela, capaz de novelizar un poco todos los géneros, de hacerse plástica, carecer de canon y hasta de caer en descuidos para entender una realidad descuidada pues lo útil de la empresa es la búsqueda de compromisos que siempre se toman en la ambigua necesidad de optar ante situaciones cotidianas nunca completamente definidas según principios extrínsecos. Es decir, que no podemos salirnos de ninguna parte ni, menos aún, de la historia pero sí podemos hacer lo contrario, o sea, meternos más adentro, proyectar los sueños, los deseos sobre los hechos y desentrañarlos.

La filosofía es una forma de realizar esta misión; la otra es ofrecida por la novela, el arte en general. Pues Galdós jugó con la ventaja de ser un gran lector de Cervantes y no menos de la novela europea de su tiempo pero, también, del contacto con los filósofos krausistas que se encontró a su llegada a Madrid y poseía la sensibilidad para conocer qué "lenguaje" le ofrecía más posibilidades en la consecución de este objetivo compartido. Galdós optó por la novela porque, y ahí reside su vigencia, entendió que ésta era un mejor laboratorio experimental donde no prescindir de ningún elemento de la realidad. Ni siquiera de la ciencia ni de la filosofía cuya presencia es permanente en sus páginas. Les sucede únicamente como a los marineros ingleses y españoles que tras la batalla de Trafalgar, con el ánimo de salvar sus vidas, reman juntos hacia la costa, claro que un poco antes de alcanzarla, unos se desvían hacia Gibraltar y otros hacia Cádiz.

Podemos decirlo de otra manera: la realidad necesita ser analizada de manera empírica o formal pero sin el escorzo de la ironía será imposible llegar a la verdad última de las situaciones, las sociedades y los individuos. Recorrer este proceso y comprenderlo como una necesidad es lo esencial del novelista. Galdós realizó pronto ese camino y por eso es reconocido, antes que cualquier otra cosa, como novelista, es decir, la persona que mira la realidad de una manera determinada y no simplemente el que escribe alguna novela.

El interés que para historiadores, filósofos o científicos, para gentes de toda condición ha despertado reside, ni más ni menos, en que cuando leemos sus páginas comprendemos la imprescindible verdad que la novela aporta a la vida para seguir viviéndola. A eso debía referirse Andrés Trapiello cuando aludía al puesto de Galdós cuya figura se proyecta hacia atrás, como intérprete casi imprescindible, y hacia delante como eslabón entre la España localista y provinciana y la que anida un deseo lúcido de universalidad.

José Luis Mora García
Universidad Autónoma de Madrid
 

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© José Luis Gómez-Martínez
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