Manuel de la Revilla
 

 

Manuel de la Revilla
(el pensador y su obra)

2. José de la Revilla.

Infancia y juventud

José de la Revilla Gironza nace en Burgos a las siete de la tarde del 19 de marzo de 1796, y es bautizado tres días después en la parroquia de Santiago de dicha capital castellana.

Su hijo Manuel relata que José pertenecía a una nobilísima y bien acomodada familia[1]. Sin embargo, en ninguno de los documentos relativos a la familia de la Revilla-Gironza se menciona título o cargo alguno que tuvieran los antecesores de José; por lo que la veracidad de esa pertenencia a la nobleza española es un tanto dudosa. Aunque tal vez sea cierta y la razón de la falta de datos documentales que lo avalen esté en la primera tragedia familiar que le toca vivir a José: por causas que no se mencionan en documento alguno, sus padres fallecen cuando él no ha superado aún su infancia.

Aunque este acontecimiento está todavía envuelto en la oscuridad, lo cierto es que José no debía tener muchos parientes cercanos; o, al menos, que quisieran hacerse cargo de él. De manera que queda bajo el amparo de su tío Manuel de Tramarría. Suponemos que, en este caso, “tío” significa “tío político”, porque, como hemos visto, ninguno de los apellidos de sus abuelos era Tramarría. Sea como fuere, de este tío de José, Manuel señala que era padre de Francisco Tramarría, “director que fue en fecha no lejana del Instituto del Noviciado.”[2] En efecto, algún tiempo después de hacerse cargo de la tutela de José, la familia se traslada a Madrid.

Por si fuera poca desgracia la padecida por José en su infancia, otro acontecimiento vino a turbar en su adolescencia la relativa seguridad que había alcanzado en su nueva vida: desencadenada la llamada “Guerra de la Independencia”, su tío se declara a favor de José Bonaparte, y al ser expulsado de España el tildado de “rey intruso”, Manuel Tramarría tiene que exiliarse a Francia. José queda al cargo de su tía, y ambos, que habían gozado de una posición desahogada, sumidos en la pobreza.

Muy posiblemente, José recibe de su tío “afrancesado” la influencia de la Ilustración, que más adelante tendrá un mayor peso en su pensamiento de lo que han defendido algunos de sus críticos, quienes lo han interpretado –de forma un tanto apresurada– exclusivamente a la luz de su posterior militancia en el moderantismo.

A duras penas puede terminar José Filosofía en los Estudios de San Isidro. Y su proyecto de seguir una carrera queda así truncado antes de comenzar. No tiene más remedio que solicitar a Fernando VII un puesto en la Administración pública, que obtiene en la forma de una plaza de Escribiente en la Contaduría del Gran Priorato de San Juan (Mayorazgo Infantazgo)[3]. De esta forma, el 12 de octubre de 1815 inicia una fructífera carrera de treinta años –aunque no continuados– como funcionario público, que le llevará a alcanzar puestos de gran responsabilidad en la Administración. Aunque, por el momento, su posición continúa siendo de lo más modesta. Si bien mejora algo a partir del 1 de julio de 1818, en que es ascendido a Secretario primero de la Secretaría de Cámara del Gran Priorato de San Juan.

La segunda época constitucional, que se abre con el pronunciamiento de Riego, es de su agrado: de ideas liberales –sin duda, por influencia de su tío–, no se siente comprometido con el absolutismo, a pesar de su carrera en la Administración monárquica. Por este motivo, permanece en su puesto hasta el 30 de septiembre de 1822, en que cesa por reforma del Gran Priorato. Su mala situación económica no le permite “comprar” la redención del servicio militar, por lo que es reclutado como miliciano del ejército constitucionalista que defiende Cádiz del asedio de las tropas de la Santa Alianza. Como era de esperar, este compromiso con el liberalismo le supone ser apartado de la Administración durante años, de forma que, tras volver a instalarse en Madrid, tiene que salir adelante por medio de su trabajo intelectual.

Se abre un periodo peligroso para José de la Revilla, siempre expuesto a sufrir de cerca la persecución a la que están sometidos los liberales por parte de los absolutistas. Sin embargo, de alguna manera consigue sobrevivir, probablemente por no haber participado activamente en la vida política del trienio constitucional, aunque sus opiniones fueran de sobra conocidas. Se refugia en sus aficiones literarias, iniciadas en su primera juventud y plasmadas en varios ensayos, todos ellos inéditos. Ahora, las retoma con más motivo, si cabe, en sus colaboraciones en diversas publicaciones de la época, y aun las amplía con el ejercicio de la pintura, que –al decir de su hijo Manuel– había aprendido nada menos que bajo la dirección de José Madrazo. También según su hijo, su obra pictórica principal es Caín y su familia después de la maldición divina, que pasará a ser propiedad del Museo Nacional de Pintura y Escultura. Asimismo, escribe varios estudios y disertaciones sobre temas literarios, poesías, una traducción de Fedra, de Racine, la comedia La madrastra de su hija –que jamás llega a representarse– y un tratado de declamación, que deja inacabado[4]. Este último lo elabora Revilla siguiendo las máximas de la escuela creada y desarrollada por Isidoro Máiquez[5]. Incluso, su afición al teatro no se limita a la crítica, sino que llega a sentir deseos de convertirse en actor profesional, aunque nunca se decide a dar ese paso por creer que su baja estatura no es adecuada para aparecer sobre un escenario.

El estudio sobre Moratín

En esta época destaca la obra que le dará a conocer entre el público como un crítico artístico de cierta relevancia: se trata del Juicio crítico de D. Leandro Fernández de Moratín como autor cómico, y comparación de su mérito con el del célebre Molière. Memoria que merece el premio de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras el 6 de enero de 1833 y que es publicada en octubre de ese mismo año por deseo de dicha Academia, precedida de un discurso de su Director y concluida con una oda de su Vicesecretario.

Esta publicación no deja de tener su importancia para José de la Revilla por varios motivos, aparte el económico. Primero, porque la Academia se la remite a Fernando VII para obtener su aprobación sin necesidad de hacerla pasar por la censura del Consejo Real, con lo que puede decirse que se busca, en cierta medida, que Revilla obtenga el perdón real, aunque la rehabilitación tardará en llegar algunos años. En segundo lugar, supone una apuesta de José por mantener, a pesar de todo, su compromiso liberal y su vínculo emotivo-intelectual con su tío “afrancesado”: el estudio de la figura de Moratín (a su vez, personaje “afrancesado”) y el criterio ilustrado con el que aborda su trabajo así lo demuestran sin lugar a dudas. Tercero, es una rotunda manifestación de su interés por la literatura española en comparación con la europea –en especial, la francesa–, enfocada desde el punto de vista de la crítica artística: algo que heredará su hijo Manuel, aunque su finura y rigor críticos serán mucho mayores que los de su padre.

En efecto, en esta obra, José de la Revilla se manifiesta como un ilustrado liberal europeísta, pero que no desprecia automáticamente lo español como algo indefectiblemente oscurantista, escolástico, arcaico, medievalizante y privado de todo valor por efecto de la acción de la Inquisición. Así, nos dice cosas tales como que cuando la poesía dramática yacía en un total embrutecimiento en Europa, en España, por el contrario, había muy dignos representantes: la poética de Juan de la Encina, el ejemplar poético de Juan de la Cueva, la filosofía antigua poética de Pinciano, las tablas poéticas de Cháscales, y la ilustración de la poética de Aristóteles por Salas, enseñaron en su tiempo la doctrina más escogida de la poesía dramática.

Entrando ya en materia, defiende la idea de que Moratín fue el único rival digno de la escena francesa, y que él se propone reivindicarlo para despertar la emulación de los españoles y, de esta manera, sacarlos de la apatía en que, en su época, los tiene sumidos un extraordinario concurso de circunstancias históricas. También pretende extender la gloria de la literatura española dando a conocer mejor a uno de sus principales autores. Como se ve, el afán pedagógico no desentona nada con los propósitos y actitudes de tantos liberales decimonónicos españoles, desde los constitucionalistas de Cádiz hasta los regeneracionistas o, incluso en cierta medida, los autores del 98. Lo mismo puede decirse –exceptuando quizá a los del 98– respecto a su idea de que el atraso de España respecto de Europa se debe más a factores históricos que a causas esenciales a la idiosincrasia nacional. Además, insistimos en que la reivindicación del “afrancesado” Moratín puede interpretarse legítimamente como una forma de rehabilitar a los “afrancesados” en general, y a su propio tío en particular.

Para Revilla, Moratín se propuso que el teatro dejara de estar reducido a servir de mero entretenimiento del pueblo durante dos horas, sin beneficio de la moral y las costumbres públicas: al contrario, creía era preciso que llenase el doble objeto de recrear e instruir. El teatro debía proponerse un objeto de enseñanza, desempeñado con los atractivos del placer: según el prólogo de Moratín a sus comedias, debía ser la “imitación en diálogo escrito en prosa o verso, de un suceso ocurrido en un lugar, y en pocas horas, entre personas particulares, por medio de la cual y de la oportuna expresión de afectos y caracteres, resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la Sociedad, y recomendadas por consiguiente la verdad y la virtud”[6]. En resumidas cuentas, la profunda penetración filosófica de Moratín le hizo ver el teatro no como un simple pasatiempo, sino una escuela de costumbres, de moral y de cultura pública y privada, que debía contribuir a perfeccionar la educación recibida en la infancia, a rectificar el juicio y a desterrar del alma todo sentimiento falso, fantástico y exagerado, pues éstos no están conformes con la verdad de las cosas.

En su opinión, se ve el tino filosófico de Moratín en las fábulas de las que se valió: en cada una de ellas presentó un vicio independiente de los intereses comunes de la sociedad, cuya censura necesariamente había de encontrar apoyo en la opinión general y particular de los espectadores. Así, en sus comedias hay continuas alusiones a los vicios existentes en la sociedad, e incluso censura –tácita o expresa– de todos los usos, hábitos y costumbres que más abiertamente se oponen a la razón, a la sana moral, y a los progresos de la civilización: como se ve, máximas o criterios típicamente ilustrados que sostienen y utilizan tanto Moratín como Revilla; algo aún más patente cuando José de la Revilla señala que Moratín asoció a su opinión la de los hombres ilustrados en su sátira contra los vicios del teatro español.

Por ejemplo, Moratín sostenía que la sociedad tiene un interés directo en arrojar de su seno a los individuos inútiles que son enemigos del trabajo y, por consiguiente, de la propia sociedad. Son auténticos miembros corrompidos que, careciendo de bienes de fortuna y de virtudes, se aprovechan de la credulidad de las familias para obtener los medios con los que atender, más incluso que a sus necesidades, a sus vicios y desórdenes. La crítica a la holgazana nobleza española –que suscribe José de la Revilla– es más que evidente.

Por otro lado, también criticó a otra “clase social”: los falsos devotos de profesión. La falsa devoción, la fingida austeridad de costumbres, el valerse de las armas del cielo para conquistar los bienes de la tierra, consiguen encubrir todos los vicios bajo un aparente velo de virtud. Quienes tienen estas prácticas engañan a los incautos y los convierten en ciegos instrumentos de su sórdido interés: una crítica a la mojigatería, a la práctica morbosa e hipócrita de la religión, tan abundante en España, que Revilla hace nuevamente suya.

Asimismo, Moratín impugnó y destruyó la máxima errónea de que los jóvenes, simplemente por ser tales y vivir dependientes de sus mayores, han de ser considerados como una especie abyecta de seres, que no pueden dirigir su propia voluntad sin la intervención de una voluntad extraña. Idea que sirve a Moratín –y a Revilla– para criticar prácticas sociales como el matrimonio por interés concertado por los padres de las jóvenes españolas, sin el consentimiento de éstas, y, en general, defender la libertad de los jóvenes para seguir libremente su propio camino en la vida.

Incluso, en algunos momentos José de la Revilla se muestra más progresista que el propio Moratín, como en el juicio que emite sobre algunos personajes del autor teatral. Por ejemplo, cree que Moratín convirtió a los amantes de El viejo y las niñas en víctimas de su propia virtud, después de haberlos pintado dignos de más suerte, simplemente por forzar el desenlace de la historia y hacer triunfar unos usos y costumbres sociales –que Revilla no duda en considerar auténticas pasiones colectivas– injustas y reprobables.

A pesar de todo, Revilla afirma que las comedias de Moratín todavía producen en los espectadores el más vivo interés; no debiéndose éste a situaciones terribles o declamaciones románticas, sino a la excitación de aquella malignidad natural que nos mueve a burlarnos de todas las debilidades, de las que nos juzgamos exentos. De forma que podríamos decir que José de la Revilla cree que las obras de Moratín se valen incluso de una especie de “astucia de la razón”, por la cual el autor teatral consigue utilizar los propios vicios humanos como herramienta a favor de la crítica de esos propios vicios y costumbres sociales contrarios a la senda marcada por la Ilustración y el pensamiento más progresista.

En cuanto al juicio que le merece Moratín en comparación con Molière, Revilla señala que el cómico español fue capaz de manejar la ridiculez con tanta finura que en sus diálogos no hay una sola palabra o frase que no contribuyan a hacer objeto de la pública irrisión a la persona que habla. Esto es así porque Moratín atendía particularmente a desenvolver la ridiculez en el diálogo. Molière, en cambio, recargaba sus personajes y exageraba lo ridículo de las situaciones, con lo que traspasó los límites de la verosimilitud. Y es que Molière atendía especialmente a desenvolver la ridiculez en los caracteres y en las situaciones.

No debió gustar demasiado a las autoridades monárquicas este alegato crítico de José de la Revilla contra los usos y costumbres de la sociedad tradicional española y a favor de los principios liberal-ilustrados, porque continuó marginado de la Administración pública durante varios años. No obstante, esta memoria le abre las puertas del reconocimiento intelectual, primero como individuo de número de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, que la había premiado. No muchos años después, en concreto, el 18 de febrero de 1836, entra en la Academia Española como individuo honorario, para ser nombrado el 9 de febrero de 1837 supernumerario. Ese mismo año 1837 y el siguiente, José se da a conocer al público madrileño por las lecciones sobre literatura española que imparte –desde la correspondiente cátedra– en el Ateneo Científico y Literario.

En 1838, José de la Revilla es readmitido en la Administración pública y nombrado Secretario Contador y Conservador de Máquinas del Conservatorio de Artes (Real Orden del 9 de febrero, toma de posesión el día 12), con lo que se inicia su continuada carrera en el ramo de la Administración vinculado a la Instrucción pública española. Sólo permanece en ese cargo hasta el 9 de marzo, pero el 8 de julio obtiene la plaza de Tercer Jefe de Sección de la Secretaría de la Dirección general de Estudios, de la que toma posesión tres días después. Ese mismo año 1839 logra, para su satisfacción, la distinción del nombramiento de individuo de número de la Academia Española, en la que pasa a ocupar la silla “Z”.

Mientras tanto, continúa su labor literaria entre 1838 y 1840, escribiendo en publicaciones periódicas como el Semanario Pintoresco diversos artículos sobre cuestiones propias de la historia de la literatura y la crítica teatral, muy especialmente referidas a las artes y las letras españolas: un bosquejo de la figura del actor teatral Isidoro Máiquez, una biografía de Moratín, otra de Cervantes, una crítica de la reedición de las obras de Quevedo, etc.

En 1840 es nombrado catedrático de Literatura española en el Conservatorio de Música y Declamación, y, el 23 de noviembre, es ascendido a la categoría de Oficial primero, de la clase de segundos, de la Secretaría de la Dirección general de Estudios. Continúa su carrera en esa Dirección general hasta que la reorganización de la Administración educativa la suprime, momento en que es nombrado Oficial noveno, de la clase de sextos, de la Secretaría del Ministerio de la Gobernación (Real Orden de 4 de junio de 1843, toma de posesión al día siguiente); Ministerio del que pasa a depender Instrucción pública.

La “conquista de Méjico”

Ese mismo año, aparece su segunda obra importante: la reedición de la Historia de la conquista de Méjico, población y progresos de la América septentrional, conocida por el nombre de Nueva España, que había escrito Antonio de Solís y Rivadeneira a finales del siglo xvii. Ahora, Revilla le pone un breve prólogo, incluye la “Vida de Don Antonio de Solís” escrita por el ilustrado Gregorio Mayans y Siscar, la adereza con extensísimas notas críticas y la completa con un interesante “Resumen histórico de la conquista de la Nueva España, desde la rendición de Méjico hasta el fallecimiento de Hernán Cortés”, salido de su propia pluma. De este libro, José de la Revilla hará una nueva reedición en 1858, que presenta muy leves y poco significativos matices respecto a la anterior.

La primera idea que Revilla defiende en su prólogo es que algunos de los escritores que consignaron los hechos de la conquista suplieron la falta de estudio para escribir acertadamente la historia con el celo de perpetuar en la posteridad la gloriosa memoria de sus audaces compatriotas. Para ello, contaron con la oportunidad de encontrarse frecuentemente en comunicación con los propios guerreros, testigos y actores de la conquista: un medio tradicional de historiar que Revilla no cree el más seguro para hallar la verdad desnuda de afectos personales y del fervor de la fantasía, pero que –según opina– no deja de servir para aseverar que, en el fondo, los hechos contados son ciertos.

En cuanto a Solís, en su obra sacrifica a veces la verdad en obsequio de la poesía, despojando a la historia del atributo de ser verídica debido a su excesiva simpatía por Cortés, de quien hace un auténtico panegírico, pues siempre lo ensalza por encima de todo y lo preserva de cualquier posible crítica. Es decir, a juicio de Revilla, Solís fue más un poeta que un historiador: he aquí una clara apuesta de José de la Revilla por la ciencia histórica positiva, que recoge hechos empíricos, en lugar de la literatura o la poética histórica, que trascienden la mera consignación de la verdad desnuda y que, según él, no son totalmente legítimas, pues encierran una dosis más o menos alta de falsedad.

Sin embargo, una vez más, este afán racionalista ilustrado de Revilla no se convierte en un ciego europeísmo antiespañol sino que, en cambio, critica la actitud de los extranjeros que atenúan la gloria de las hazañas ejecutadas por un puñado de españoles. Por eso Revilla se propone no ceder ni a los vituperios de los extranjeros ni a los aplausos que halagan el amor nacional: se decanta por la sensatez y la severa imparcialidad que marcan su criterio ilustrado “universalista”, cosmopolita y contrario a todo nacionalismo castizo o foráneo.

Por si no había quedado suficientemente clara esta actitud ilustrada, Revilla afirma que “la condición de obligarse los escritores a dar razón circunstanciada de los usos, leyes, costumbres, religión, comercio, ciencias, artes y literatura de los pueblos, no se introdujo en Europa hasta que Voltaire dio el ejemplo de ese modo de escribir la historia, bajo un estilo fácil, breve, elegante en su siglo de Luis XIV. Y rigurosamente hablando puede decirse que hasta entonces no era la crítica el arma de más pujanza en manos de los historiadores, ni la sensatez y cordura el fundamento de sus juicios: examínense las historias escritas en Europa hasta principiar el último tercio del siglo xvii, y no se pondrá en duda esta aserción”[7].

Ahora bien, Revilla introduce una consideración historicista y relativista que no se compagina –al menos, no inmediatamente– con ese racionalismo ilustrado: si hasta el siglo xviii no se impuso el modelo ilustrado de historiar, no es lícito exigir a Solís y a los historiadores del xvii –como hacen muchos autores del xviii– que siguieran dicho modelo, pues no podían siquiera conocerlo, porque no aparecería hasta el siguiente siglo. Así, Revilla defiende por un lado el universalismo cosmopolita y critica a quienes no han historiado según las leyes científicas positivas del racionalismo ilustrado, e incluso les acusa de ser “poetas” en lugar de historiadores. Pero, por otro lado, considera ilegítimo exigir de los autores anteriores al xviii que cumplieran dichas leyes, puesto que éstas no se habían formulado todavía. ¿Acaso existe una tensión entre la formación ilustrado-racionalista de Revilla, su mentalidad historicista y su aprecio por la literatura, en especial la española? ¿O quizá cree que hasta el siglo xviii no se ha culminado el desarrollo de la cultura y la ciencia universales, por lo que es preciso juzgar con benevolencia a los autores de siglos anteriores, que no habían podido gozar de ese estado de plenitud civilizatoria? Bien podría ser esto último, aunque no debería descartarse la influencia de la cultura española en José de la Revilla, en cuanto que, históricamente, aquélla ha defendido preferentemente un modelo de racionalidad no racionalista, ni universalista, ni subjetivista, ni “científico”, ni abstracto, sino abierto al sentimiento, atento a las particularidades nacionales, centrado en el individuo, “literario” y preocupado por lo concreto.

No extrañará, por tanto, que Revilla llene la edición de notas a pie de página, en las que trata de adoptar la postura de un historiador ilustrado que critica las afirmaciones injustificadas, o incluso inventadas, tanto de Solís y sus panegiristas como de los historiadores –extranjeros, principalmente– que tratan de menguar el valor de las hazañas de Cortés y de buscar siempre motivos torcidos en sus acciones.

Por ejemplo, intenta inferir (a partir de las descripciones de los conquistadores) el número de habitantes que podían tener las ciudades mejicanas en tiempos de Cortés; o trata de demostrar que la sociedad de los mejicanos no era salvaje, sino que estaba asentada sobre una civilización organizada y racionalizada en torno a valores morales colectivos no tan distintos de los europeos modernos: se castigaban las cohabitaciones ilegítimas, existían instituciones similares a los monasterios o conventos en los que vivían una especie de monjas que guardaban castidad y eran castigadas con pena de muerte si la quebrantaban, etc. También afirma la existencia de un gobierno organizado en torno a leyes tradicionales, aunque no escritas, porque no conocían la escritura. En cuanto a la religión, no era un simple culto de adoración como en los pueblos salvajes, sino un sistema completo de dogmas y preceptos: se trataba de un sistema moral y religioso que merece la pena estudiar antes de juzgarlo. Por otro lado, critica que los caciques y príncipes mejicanos regalaran a los conquistadores a sus hijas y parientes, y que éstos las aceptaran, porque “semejante especie de obsequios fueron harto comunes en aquella guerra; y harto repugnantes por cierto a la humanidad y la razón” (“Prólogo” 234, nota). Igualmente, se manifiesta contrario a la violencia y a los castigos extremados, así que condena con igual severidad los excesos de los españoles y las atrocidades cometidas por los indios.

Al mismo tiempo, defiende la conquista española de los ataques de que ha sido objeto por parte de algunos autores extranjeros, empleando para ello una curiosa –e irreprochable lógicamente– argumentación: “si partimos del principio de que ninguna potencia tiene derecho para invadir y sojuzgar a otra, mientras esta no quebrante las leyes del derecho común, indudablemente habremos de condenar como injusta la invasión de los españoles en América; de los portugueses en la del mediodía; de los ingleses en la septentrional y en la India; de los franceses en la Jamaica, etc.; así como también habríamos de condenar por la misma regla ese principio de legitimidad con que rigen sus Estados los príncipes europeos, cuyo derecho no fue otro en su principio que el derecho de la espada” (“Prólogo” 451, nota). O sea, que este derecho, justo o injusto, ha sido aplicado en la práctica por mucho que se lo haya criticada en teoría, y ha acabado siendo legitimado por ser el más temido y acatado. De él nace –como consecuencia inevitable– el derecho del vencedor a imponer a los vencidos las leyes que a aquél le dicta el instinto de su propia conservación: esta es una doctrina de hecho aceptada por todos, de manera que no puede serle admitida a unos pueblos y reprobada a otros. Lo que sostiene José de la Revilla es, desde el punto de vista lógico, plenamente legítimo. Esto es, que no se puede aplicar la doble moral de considerar que lo mismo que en un pueblo es virtud en otro es vicio. Ahora bien, ¿no es posible dar la vuelta al argumento de Revilla y concluir que, efectivamente, las conquistas que llevaron a cabo todas las potencias europeas son reprobables y que el principio de legitimidad con el que regían sus Estados los príncipes europeos es rechazable? Por supuesto, Revilla no da aquí muestras de su pensamiento último a propósito de estas cuestiones, sino que se limita a exigir coherencia lógica en el juicio de las conquistas emprendidas por todas las potencias europeas.

La introducción del krausismo en España

Revilla continúa compaginando estas aficiones literarias –que considera pedagógicas, porque ofrecen al público un mejor conocimiento de la historia y los autores españoles– con su carrera de funcionario. Así, el 28 de agosto de 1844 es ascendido nuevamente, pasando a ocupar ahora el puesto de Oficial cuarto, de la clase de segundos, de la Secretaría del Ministerio de la Gobernación.

Su actividad profesional no deja de tener repercusiones importantes en el desenvolvimiento de la filosofía española, no tanto porque él contribuya directamente a ello, sino por su influencia “política” en la orientación que los liberales moderados dan a la cultura española. En efecto, José de la Revilla se convierte en protector de Julián Sanz del Río, y es él quien lo apoya para que vaya pensionado a Europa. Se puede decir que gracias a su acción político-administrativa, Sanz del Río puede entrar en contacto, primero, con el krausismo belga y, luego, con el krausismo alemán. ¿Es sólo una apuesta puramente personal de Revilla, deslumbrado por la simple capacidad intelectual de Sanz del Río, o existen, además, otros motivos e intereses adicionales que la favorecen? Ciertamente, los moderados –lo mismo que otros liberales anteriores y posteriores a ellos– sienten la necesidad de disponer de una base intelectual que sustente el liberalismo español. Pero, ¿dónde encontrarla?

La filosofía francesa –que algunos de ellos estiman en privado– es sospechosa de promover actitudes políticas y sociales peligrosas para la estabilidad del régimen liberal que están intentando implantar en España. Porque, el pensamiento ilustrado francés, ¿no había atizado los afanes revolucionarios en el país vecino? Y sus secuelas, filosóficas y científicas, son vistas como propagadoras de falso saber, superficialidad, inmoralidad, egoísmo y odio a la religión. En cuanto a la filosofía anglosajona –que habían profesado los liberales españoles desde la época de los doceañistas–, tiene un carácter tan marcadamente empirista que resulta, por razones similares, igualmente sospechosa: también parece conducir a la negación de todas las verdades tradicionalmente aceptadas, además de potenciar la peligrosa idea de que cualquier individuo medianamente ilustrado está capacitado para analizar la realidad social en la que se encuentra inmerso. Esto es así aunque los moderados sigan admirando genéricamente el régimen británico como el prototipo del liberalismo europeo. Se trata, por tanto, de encontrar una filosofía más idealista que empirista, que se enfrasque en las meditaciones y construcciones metafísicas más que en el estudio de la realidad social, política, económica, etc. empíricas, que no ataque a la religión organizada, a la que hay que preservar como un valor social –aunque bastantes liberales no sean realmente creyentes, o incluso, en su fuero interno ateos– y, sobre todo, una filosofía capaz de armonizar las más que evidentes tensiones socio-políticas presentes en la España de su tiempo. Pues los liberales moderados españoles detestan tanto al viejo absolutismo tradicional como temen que las reivindicaciones del pueblo acaben plasmándose en una revolución.

De esta forma, el volteriano Revilla, a pesar de haberse formado con su tío “afrancesado”, encarga a Sanz del Río viajar por Europa en busca de esa filosofía que el moderantismo precisa. Parece ser que Revilla dispone previamente de alguna referencia sobre el desarrollo filosófico y cultural en Alemania, e incluso ha oído algo sobre una escuela idealista –el krausismo– que puede servir a esos fines, pues incorpora gran cantidad de ensoñaciones metafísicas, tiene un carácter fuertemente armonicista y demuestra que es posible el conocimiento “científico” de Dios[8].

Reflexiones sobre el teatro español

Persona de confianza en el Ministerio, José de la Revilla interviene al año siguiente, junto con el Ministro Pedro José Pidal –marqués de Molíns–, el futuro Director general de Instrucción pública Antonio Gil de Zárate[9] y el Oficial Pedro Juan Guillén, en la creación de un plan de estudios que reforma los estudios universitarios de lo que hoy se denominan “humanidades”. Más adelante nos detendremos en este “plan de 1845”.

También hay que señalar que el 14 de diciembre de ese mismo año Revilla se casa con María del Carmen Moreno Redondo y publica su tercera obra importante: Vida artística de Isidoro Máiquez, primer actor de los teatros de Madrid[10]. Según la crítica, este texto es una reproducción casi literal del bosquejo aparecido en 1838 en el Semanario Pintoresco. Aunque en la “Advertencia” que encabeza este texto, Revilla señala que la obra debió ser editada al principio del tratado de declamación que estaba escribiendo en 1830, pero que no llegó a terminar. Añade que, “consideraciones sociales y respetos debidos a personas que aún viven, y cuyo nombre no me creo con derecho para ofender...”[11] le obligan a ofrecer un cuadro incompleto de la figura de Isidoro Máiquez: un claro ejemplo de la “censura preventiva” de Revilla. Sin embargo, lo más sorprendente es que esta “Advertencia” brilla por su ausencia en la edición preparada por su hijo en 1874: ¿“censura preventiva”, esta vez de Manuel de la Revilla?

Una vez más, como había hecho con Moratín, José de la Revilla se plantea la recuperación de una figura que juzga extraordinaria para extender la gloria de las artes españolas o, como él mismo dice, el “honor nacional”. Además, hay que señalar cómo Máiquez fue en algunas ocasiones víctima de la censura, lo que permite a Revilla volver a incidir en su ideario liberal, contrario al absolutismo y a la sociedad tradicional española.

El punto de vista ilustrado de Revilla sigue presente en este texto que –no hay que olvidarlo– había empezado a escribir tres años antes (1830) que el de Moratín (1833), completándolo sólo cinco años más tarde (1838). En él, nos dice cosas tales como que “preciso ha sido el trascurso de los siglos, el progreso de la civilización, el mayor decoro en las costumbres, y en particular el espíritu analizador y filosófico de los tiempos modernos, para descubrir y apreciar en su justo valor el mérito de un arte, cuyos poderosos resortes, así como los de la poesía, consisten en la sensibilidad y la imaginación. Preciso ha sido que se haya visto el teatro europeo ilustrado con crecido número de actores eminentes (...) para que sea considerado como arte, y arte difícil, el de la declamación (...) He aquí el triunfo de la razón en lucha perpetua con el error y con envejecidas preocupaciones”[12].

Respecto al valor pedagógico del teatro –que ya defendiera en su Memoria sobre Moratín– afirma que “el arte de la representación teatral considerado ya como imitativo y bello, ha conseguido presentar a los ojos de todos los pueblos civilizados un espectáculo útil y agradable que forma una parte esencial de sus costumbres, de sus necesidades y de sus goces; y cuya perfección, fundada sobre las bases comunes a las demás artes, que son la propiedad, conveniencia y buen gusto, reclama por sí misma la consideración de las leyes y las luces de los sabios” (Vida artística 22). Reivindicación del teatro paralela a la que habían hecho –y harán después de él– tantos intelectuales españoles enfrentados al Antiguo Régimen y a la sociedad tradicional, quienes ven en las artes escénicas el medio de expresión del pueblo, excluido de los órganos políticos nacionales, monopolizados por sectores muy minoritarios de la sociedad. Por no volver a insistir en el valor del teatro como medio de educar al pueblo que, mayoritariamente, no puede siquiera soñar con recibir una enseñanza académica elemental. El teatro, como la literatura, es así el medio de expresión del pensamiento no oficial y la principal herramienta política y pedagógica de la mayoría social española –la parte dominada–, frente al pensamiento oficial de la minoría dominante.

La reconstrucción de la vida de Máiquez le permite expresar su propio pensamiento y, en particular, su obsesión por hacer compatible lo universal con lo particular –quizá de ahí le venga al ilustrado liberal su pasión por la literatura española–: “Máiquez sabía muy bien que todas las naciones del mundo se distinguen notablemente por el idioma, carácter, usos y costumbres que les son peculiares: que los signos exteriores de la expresión, si bien tienen un centro común, no así aquellos matices delicados, aquellos rasgos parciales, aquel todo en fin que ofrece un carácter particular de expresión correlativo a estos mismos usos y costumbres de los pueblos; relación exacta que no puede faltar jamás, so pena de alterar la verdad de la naturaleza” (Vida artística 47).

De las peripecias vitales de Máiquez, Revilla destaca aquellas que lo presentan como un personaje de ideas progresistas y un liberal explícito. Incluso, cuando ofrece una crítica negativa, realmente está denunciando alguna acción del autor teatral contraria al liberalismo. Así, nos relata que Máiquez viajó a Francia en los años siguientes a la Revolución, que fue desterrado de Madrid por Godoy en 1805, pero rehabilitado en 1806. En 1808 se declaró contra la dominación francesa, y huyó primero a Granada y después a Málaga. Sin embargo, en 1809 volvió a Madrid, donde fue denunciado como enemigo del régimen josefino. Detenido y enviado a Bayona, se le permitió regresar a Madrid nada más llegar a la prisión. En 1814, fue acusado de adicto al liberalismo y encarcelado, aunque se le liberó algún tiempo después. Revilla sólo le reprocha haber presentado en 1818 al rey un nuevo reglamento de teatros que anulaba la absoluta independencia de las compañías cómicas de Madrid en su administración interior y manejo de intereses: al final, Máiquez fue víctima de su propio reglamento, al obstinarse en no representar una comedia nueva escrita por un amigo del juez protector del teatro, lo que le valió la jubilación y el destierro en 1819.

También recalca Revilla –con un tono típicamente liberal– el valor del autor teatral en algo que estima igualmente en Moratín: “cuando Máiquez se dedicó a la escena, era verdaderamente lastimoso el estado de nuestros teatros, así en todo cuanto tenía relación con el servicio y propiedad de aquella, como en la colocación, decoro y policía de los espectadores (...) Este atraso, al parecer inexplicable si se atiende al extraordinario vuelo que había tomado nuestra poesía dramática desde mediados del siglo xvi, demuestra de una manera evidente lo mucho que perjudicaba a los progresos del arte escénico la persecución continua a que se veían expuestos cuantos le profesaban, por parte de las autoridades eclesiásticas y civiles, y en su consecuencia por la opinión general, que alejaba de aquel ejercicio a cuantos estimaban en algo su buen nombre y fama (...) Aun cuando la rigidez de semejante opinión se había relajado notablemente al finalizar el siglo último, no en tanto grado como era menester para que el escenario se viese ocupado por personas de educación y criterio, capaces de levantar la escena de la humilde situación en que se encontraba. Había mejorado algo, es verdad; pero aún necesitaba del impulso poderoso de un hombre de entendimiento penetrante y voluntad firme, que acometiese tan atrevida empresa. Máiquez era el hombre que se necesitaba: él la intentó y la llevó a cabo, introduciendo en el teatro reformas indispensables” (Vida artística 122-124).

Juicio a la Instrucción pública en España

En 1846 nace su único hijo Manuel. Y, al ocurrir una nueva remodelación en los ministerios, Revilla pasa a ocupar el 11 de marzo de 1847 el puesto de Oficial primero, de la clase de terceros, del Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras públicas, para ser ascendido el 21 de octubre a Oficial segundo. Al año siguiente (1848), recibe un nuevo reconocimiento al ser nombrado Comendador de la Orden de Carlos III.

No obtiene el siguiente ascenso hasta 1850: el que lo convierte en Oficial segundo, de la clase de primeros. Al año siguiente llega al culmen de su carrera administrativa: el 12 de diciembre de 1851 es nombrado Jefe de Sección del Ministerio de Gracia y Justicia, donde había sido adscrita la Dirección general de Instrucción pública tras otra de las interminables remodelaciones que constantemente sufre la administración educativa en la España del xix.

Víctima de las convulsiones políticas que, como reacción, acabarán por desencadenar la revolución de 1854, José de la Revilla cae en desgracia. Pero –por gozar de la estimación de muchas personas influyentes– no es cesado, sino que el 12 de mayo se crea para él, con la intención de contentarlo, una plaza de Inspector de los establecimientos de enseñanza del reino: plaza inoperante en la práctica, puesto que no tiene asignado presupuesto alguno. Además, es nombrado al tiempo Vocal del Real Consejo de Instrucción pública.

Desde esta posición, más utópica que real, Revilla se propone ofrecer a la opinión pública sus juicios acerca del estado de la educación universitaria en España en la “rama de humanidades”. El resultado es la cuarta –y más conocida– de sus obras importantes: Breve reseña del estado presente de la Instrucción pública en España, con relación especial a los estudios de Filosofía. Texto de gran importancia para entender la situación de la educación pública en España, aunque sea menos extenso que la obra que publicará al año siguiente Gil de Zárate: De la ilustración pública en España. Esta obra está dividida en siete partes.

En la primera, Revilla reconstruye la génesis del plan de estudios de 1845. Señala que su aplicación en las Facultades de Teología, Jurisprudencia y Medicina no presentó muchas dificultades, al contrario que en la de Filosofía. Además, incide sobre el hecho de que la educación pública y la política educativa han estado sometidas en España a continuas reformas y reorganizaciones, ninguna de las cuales ha logrado implantarse definitivamente. ¿Por qué es esto así? La respuesta es rotunda: “En las naciones que carecen de sistema fijo, porque no tienen conciencia cierta de sus necesidades, ni de cuáles medios son más adecuados para satisfacerlas; que carecen igualmente de ideas propias, porque, a falta del interés común y compacto que les da origen y consistencia, se hallan en la precisión de tomarlas prestadas de otros pueblos; que por esta razón se alimentan de teorías y viven a merced de sensaciones del momento, regulando por estas sus actos de gobierno; el frecuente cambio en el personal del Gabinete trae forzosamente consigo la continua variación de opiniones y sistemas que destruyen los anteriormente adoptados, sin previo y desapasionado examen de las razones y fundamentos que se tuvieron en cuenta al trazar la obra primitiva: esto es precisamente lo que aconteció entonces. De semejante causa, y de los ataques apasionados que constantemente se dirigen a toda obra nueva, por creerse cada cual juez competente en la materia, como sucede con la desgraciada Facultad de Filosofía, procedió indudablemente el que se juzgase necesario y aun perentorio reformar el apenas conocido plan de estudios, y que se inclinase a ello el ánimo del Ministro que a la sazón lo era del ramo”[13]. Por si no hubiera quedado suficientemente claro, José de la Revilla añade en una nota a pie de página: “En España estamos experimentando cuarenta y seis años ha, las tristes consecuencias de esa vacilación e inestabilidad de ideas, efecto necesario de la falta de un centro común de intereses que pueda producirlas fijas y estables. Búscase a ciegas la pública felicidad, y cada cual juzga hallarla concretada por el prisma de una teoría gratuita, que no tiene cimiento seguro ni en el interés individual, ni en el común y positivo de todas las clases del Estado. Quien, temiendo los excesos tan comunes en las revoluciones, cree evitar aquellos y estas arrojándose en brazos del poder absoluto; como si el abuso de semejante poder no fuese el origen de las convulsiones políticas. Quien, suponiendo hallar un áncora segura para la nave del Estado en el poder teocrático, se entrega sin reserva en sus brazos; como si los intereses de semejante poder fuesen unos mismos con los de la sociedad. Este cree que un coto puesto al poder monárquico bastará para sanar los males de que la patria adolece; como si en todos los sistemas no hubiese carcomas que corroen lentamente la república. Aquel insiste en que una libertad absoluta, y hasta los desafueros y la anarquía de las repúblicas democráticas, son la única esperanza de salvación que puede quedar a nuestra patria. Grandemente se equivocan todos. Sin duda es necesaria una libertad racional (no la licencia, porque esta lo mata todo), que sirva de cimiento a la prosperidad de un Estado; pero esto solo no basta: es menester además crear ciertos intereses generales, que liguen, que estrechen a los ciudadanos entre sí; no intereses metafísicos, que por sí propios se desvanecen, sino intereses reales y positivos, en que funden su bienestar, a que por necesidad estén adheridos, y que lleguen a formar sus costumbres y sus hábitos de moralidad. Menos parte tienen en Inglaterra la ley y el gobierno para mantener la libertad, que las costumbres y los intereses; porque en los del Estado hallan los suyos propios todos los ciudadanos, y no se alteran jamás las bases en que aquellos estriban, ya impere el partido Whig, ya se sobreponga el partido Tory. Cuando en España se lleguen a crear intereses nacionales, esto es, cuando tengamos extenso comercio marítimo, bonancible y creciente la industria y el tráfico, más extensa y próspera la agricultura; en suma, cuando seamos una nación respetable, y nuestra espada pese en la balanza de los destinos de Europa, entonces tendremos ideas propias y fijas; entonces no tocaremos en sistemas absurdos; entonces no iremos a buscar estos y aquellas en libros franceses” (Breve reseña 7-8, nota a pie de página).

Por otro lado, relata cómo la disolución del Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras públicas –en una de esas continuas reorganizaciones de la política educativa– hirió de muerte el plan de 1845 y los dos que le siguieron, en 1847 y 1850, porque los defensores de la ciencia y la prudente libertad del pensamiento perdieron su lucha contra quienes encuentran en ambas obstáculos invencibles a sus ideas de dominación universal. Estos tradicionalistas han borrado de sus diccionarios privados las palabras “civilización” y “filosofía”, sólo reconocen como bueno aquello a que estaban acostumbrados y ven un peligro para la sociedad en cada paso que esta da por el camino de la cultura ilustrada. El resultado fue el reglamento-plan de 21 de mayo de 1852.

La conclusión que nos ofrece Revilla tras este breve repaso de la historia más reciente de los planes de estudios universitarios en España es que la cuestión de la enseñanza pública es muy elevada e importante, por lo que es preciso dotarla de todo el esclarecimiento que puedan darle la discusión imparcial, los consejos de la experiencia, las necesidades de la época y la luz de la filosofía, así como oír a los jueces competentes e imparciales que, sin duda, existen: en su opinión, ese, y no otro, es el único medio seguro de investigar la verdad.

En la segunda parte de la obra aborda, con un tono plenamente liberal, la situación de atraso de la educación universitaria en España respecto a Europa. Efectivamente, hasta el plan de 1845, los estudios de filosofía eran desdeñados y hasta mirados con recelo en todas las universidades españolas y se veían reducidos a seguir la marcha enojosa y estéril que les señalaba ese déspota que había subyugado a todas las escuelas de España: el escolasticismo. Mientras tanto, las ciencias físico-matemáticas y naturales eran consideradas de escasa o nula importancia al lado de las demás, por lo que se veían entregadas a una incompleta y rutinaria enseñanza que carecía absolutamente de cuantos medios materiales son de imprescindible necesidad para hacer su estudio con fruto. Los esfuerzos aislados de algunos establecimientos eran insuficientes para divulgar estos conocimientos entre los jóvenes y convencerles de que las ciencias dan movimiento a las artes fabriles e industriales y que éstas son un nuevo manantial de riqueza y prosperidad para las familias y los pueblos: por eso se ha llegado a creer en España que el único medio de asegurar su futura suerte son las carreras facultativas o los empleos del Estado.

Por otro lado, el exceso de liberalidad en prodigar los estudios propios de las carreras facultativas y la mezquindad en facilitar las que sirven de fundamento a las artes y a la industria provocaron que se multiplicaran prodigiosamente las clases consumidoras, mientras que las clases productivas menguaban y caían en la miseria y el abatimiento: la industria está todavía en mantillas en España, sentencia Revilla. Las escuelas no dan origen a la industria, sino que ésta produce las escuelas que luego han de perfeccionarla: el nacimiento del hombre, el ejercicio de sus facultades, sus inclinaciones, sus gustos y afectos preceden a su educación; ésta viene después a dirigir ese conjunto de cualidades naturales. Además, la segregación, en 1851, en el ramo de Instrucción pública de las escuelas especiales e industriales que hoy forman parte del Ministerio de Fomento es un error gravísimo, porque destruye la unidad y concierto entre las diferentes partes de un sistema, individualizando y aislando los conocimientos así como los intereses. Es decir, que destruye o altera la ciencia al tratar de amoldarla a un objeto a veces ideal y no crea un cuerpo sólido de doctrinas científicas, aplicables a distintos fines de aquellos a los que cada escuela ha sido destinada. Por fin, perjudica los intereses públicos al acrecentar los gastos de enseñanza y administración económica. Este es el diagnóstico, típicamente ilustrado y liberal, que nos ofrece Revilla.

Respecto a la tercera parte, hay que señalar cómo, en su impugnación de la creación de la Facultad de Administración, decretada por el reglamento de 1852, José de la Revilla se apoya en lo que llama “... el voto práctico de la Gran Bretaña, en donde los gobernantes admiten o desechan, según conviene, las teorías absolutas, y obran en virtud del cálculo de las circunstancias variables, para deducir el mayor interés que de ellas puede resultar el Estado. Nunca se someten aquellos a ningún sistema fijo, inflexible, que aleje toda variación accidental en el sistema administrativo-rentístico. [aparte] Entre nosotros es costumbre todo lo contrario: nuestro sistema de hacienda ha sido constantemente el lecho de Procusto: a él habían de amoldarse por fuerza las condiciones variables de la sociedad y sus necesidades crecientes, y nunca aquél a éstas” (Breve reseña 22-23).

En la cuarta parte del texto, denuncia el más grave mal producido por el reglamento de 1852, que contribuirá a aumentar el estado de penuria y atraso de España respecto a las demás naciones de Europa: la supresión de los estudios preparatorios. En su opinión, quienes desean entrar en las profundas doctrinas y las vastas indagaciones de la ciencia del derecho, de la ciencia de Dios y de la que se dirige a conocer los secretos de la organización física humana y las causas de sus padecimientos necesitan adquirir estudios más extensos que los de segunda enseñanza. Al buen jurisconsulto no deben serle desconocidos ni los padres de la literatura nacional y extranjera –menos aún los de la latina, madre de ellas– ni la historia, leyes y costumbres de todos los pueblos de la Tierra, ni la historia moral y filosófica del género humano, origen de todo derecho y reguladora y modificadora de todas las legislaciones. Tampoco deben ser extraños al consumado teólogo los conocimientos arriba expresados; y ni el uno ni el otro pueden prescindir del estudio de las lenguas vivas, que en su tiempo sirven de vehículo a toda clase de conocimientos generales. Y si esta instrucción previa es de tanta importancia y trascendencia para estas facultades, también lo es la falta de estudios preparatorios científicos a los que sigan las carreras de Medicina, Cirugía y Farmacia.

Lo perverso de la situación es evidente: “... si por una parte no hay bastante estímulo de interés privado para que los jóvenes se dediquen al cultivo de las ciencias, y si por otra no le hay tampoco para entregarse a un penoso estudio con la esperanza de brillar en el magisterio, consecuencia será forzosa y legítima la decadencia y postración de los conocimientos científicos en nuestra patria, mientras no se descubra algún objeto de interés que pueda llamar hacia ellos las miradas de los hombres estudiosos (...) Y en este caso, ¿qué responderemos a las amargas imputaciones que pueda dirigirnos el espíritu civilizador del siglo presente? ¿De qué modo disculparnos y ocultar nuestra vergüenza cuando no haya en España quien corresponda a las indagaciones científicas que cada año, cada día, cada hora, se están verificando en países extranjeros?” (Breve reseña 30).

La comparación entre España y Europa no puede ser menos desfavorable a la primera: “En efecto: desde que las naciones de Europa se han convencido, por una penosa y larga experiencia, de que el poder y grandeza de los Estados no se funda en su organización puramente militar, ni en el espíritu de conquista, que muere sofocado por sus propios triunfos, la agricultura, el tráfico, las artes industriales y fabriles han ocupado la atención de los grandes estadistas, llegando a ser hoy el punto de partida de todos los sistemas de gobierno” (Breve reseña 31-32).

Se trata, en resumen, del juicio característico de un liberal decimonónico español sobre las consecuencias que ha tenido para España la perpetuación de los principios, valores e ideales tradicionales, medievales, escolásticos, teocráticos, reaccionarios y militaristas, en medio de una Europa alentada por la modernidad, el pensamiento científico, la religiosidad ilustrada, el liberalismo y el industrialismo.

En la quinta parte de la obra, Revilla critica también las consecuencias que ha tenido en el sistema general de la enseñanza el Concordato con la Santa Sede, del 17 de octubre de 1851: el poder temporal se abstiene de velar porque en los seminarios no se viertan doctrinas contrarias a la integridad e independencia del poder temporal, pero a los diocesanos se les faculta para velar por la pureza de la fe, las costumbres y educación religiosas de la juventud en las escuelas públicas. La desigualdad de las posiciones, por la cual la Iglesia recibe un claro tratamiento de privilegio, indigna al liberal español. Esto es así no porque Revilla tenga un rechazo furibundo por el fenómeno religioso en sí, sino por el desequilibrio que se establece entre el poder temporal y el eclesiástico. Es más, como la mayoría de los ilustrados y liberales españoles, se declara a favor de la perfecta armonía entre el poder espiritual y el temporal, porque la paz y el bienestar de las naciones resultan del exacto equilibrio de ambas autoridades supremas encargadas, respectivamente, de los intereses espirituales de los pueblos y de sus intereses morales y materiales. Pero si no están bien deslindadas las facultades de cada poder; si invaden cada uno la esfera propia y privativa del otro, etc., el equilibrio se rompe y ambos poderes se desvirtúan: este es el origen de las escandalosas luchas entre el sacerdocio y el imperio.

Es más, en su opinión, la religión puede servir de valladar contra las absurdas doctrinas ultramontanas, depresivas de la autoridad y libertad racionales de los reyes y de los pueblos. Pero, en medio del siglo xix, España ha dado a Europa un bochornoso testimonio de su impericia al llevar a cabo un pensamiento tan sorprendente que ni siquiera había sido concebido en los tiempos más remotos de la superstición y la ignorancia: sustraer de las universidades el estudio de la Teología. Pues él se decanta en favor de la existencia –como ocurre en Europa– de facultades de Teología civiles, esto es, no dependientes de la Iglesia, sino de los poderes seculares. Lo contrario, que todas las Facultades de Teología estén controladas por la Iglesia, va en contra de la “patria” y el “patriotismo”: “la patria y el patriotismo son sentimientos que residen en el fondo del alma, y que se expresan solamente por actos positivos de moralidad religiosa, civil y política, opuestos siempre a menoscabar en lo más mínimo el principio de la autoridad legal, así en lo político como en lo religioso, la riqueza y esplendor del Estado y el bienestar individual de los ciudadanos. No de otra manera llegan a ser grandes y poderosas las naciones” (Breve reseña 40), sentencia Revilla.

En la sexta parte, José de la Revilla incide en uno de los elementos que forman parte de esa mentalidad tradicional aplicada a los estudios universitarios: el estudio de la latinidad es útil y conveniente, pero se ha abusado de él sin prever las consecuencias para el futuro. La tiranía de la escolástica hasta finales del xvii ha pesado constantemente sobre la instrucción de la juventud: de las instituciones educativas salían todos los alumnos con unas mismas enseñanzas basadas en el estudio de la lengua latina, a la vez que desconocían la enseñanza verdaderamente científica. La educación no está ya sujeta a la pedagogía de aquella lengua, por lo que no es una necesidad imprescindible comenzar los estudios filosóficos por el latín.

También son interesantes sus reflexiones acerca de qué tipo de educación hay que dar al estamento popular en España, porque en ellas se han apoyado algunos críticos para ofrecer una visión reduccionista de José de la Revilla, que lo ha presentado como un simple miembro del moderantismo cuyo pensamiento puede ser juzgado única y exclusivamente a partir de su presunta defensa obsesiva de los intereses particulares del liberalismo español más conservador, o de los intereses de clase de la burguesía española. Que en Revilla está presente el miedo a una revolución popular es algo que hemos mostrado ya anteriormente. Pero eso no implica que su pensamiento no sea más rico y complejo de lo que esa visión reduccionista sostiene. Al lado de ese temor propio de un moderado, hemos encontrado –por ejemplo– la influencia del pensamiento ilustrado, incluso el volteriano, sobre él. Tampoco hay que olvidar su continua lucha contra el absolutismo, ni su defensa de los principios del liberalismo.

De hecho, Revilla no se opone a la instrucción de las clases laboriosas del pueblo, porque cree preciso sacarlas del estado de ignorancia en el que se encuentran. Pero opina que no necesitan instrucción filosófica, literaria o científica, ya que –caso contrario– las clases consumidoras tendrían preponderancia sobre las productivas, éstas acabarían por desaparecer y llegaría a ser imposible todo género de gobierno, así como la existencia de la familia y de la sociedad. La instrucción que necesitan los miembros del pueblo, además de la primaria y de la moral religiosa, es la que se funda en el conocimiento elemental y de aplicación práctica de los procedimientos científicos a las respectivas artes u oficios a que cada cual se dedique. Las escuelas prácticas de agricultura y economía rural y de otras mil artes y procedimientos industriales son las fuentes de la verdadera instrucción de las clases jornaleras: “esta, ni da margen a desenvolver espíritus turbulentos, ni tampoco a despertar ambiciones peligrosas” (Breve reseña 60).

Las connotaciones políticas de este punto de vista son –repetimos– obvias e innegables. Pero no es para rasgarse las vestiduras que Revilla sostenga esta idea compartida por tantos liberales de su tiempo, no sólo españoles, sino europeos en general, y aun de las generaciones siguientes; aunque algunos de éstos –quizá menos sinceros que Revilla– aseguraran fundarla en “hechos” presuntamente avalados por la investigación científica neurofisiológica. Y ni que decir tiene que los juicios de una gran mayoría de los liberales decimonónicos –conservadores o progresistas– acerca de otros temas como la educación de la mujer no han sido menos rechazables que los de José de la Revilla sobre la educación popular.

En la séptima y última parte del texto, Revilla resume su pensamiento en materia de política educativa en España. Así, afirma que “mi opinión ha sido y será siempre que la Instrucción pública jamás tendrá la importancia que por sí misma merece, y la que tiene como fundamento político de todo sistema de gobierno, mientras no se cree un ministerio especial de este ramo” (Breve reseña 64). En lo que se adelanta casi medio siglo, pues el Ministerio de Instrucción pública no es creado hasta principios del xx, en que un grupo de liberales más decidido que los moderados va a tener el coraje de rescatar a la educación pública española de la situación en la que se encuentra: ser tenida en la misma consideración que la cría de ganado en los ministerios de los que sucesivamente dependa, como ocurre en el de Fomento.

En segundo lugar, sostiene que “no es menos importante el restablecimiento de la Dirección general de Instrucción pública (...) Su separación de la Secretaría del Ministerio es absolutamente indispensable (...) La organización del Consejo de Instrucción pública es punto de suma importancia. Sus atribuciones deben ser consultivas, sin privarle por eso del derecho de representar en los casos que por acuerdo unánime de la corporación, lo juzgue necesario al bien del servicio” (Breve reseña 65).

Por fin, concluye –sintetizando su ideario reformista moderado– que “tanto para formar este proyecto de ley como para redactar un plan de estudios encuadrado en ella, es de todo punto indispensable encomendar tan importante tarea a personas, ni prevenidas o fanatizadas por los sistemas antiguos, ni tampoco por modernas utopías; personas en fin que, versadas en ciencias y letras, reúnan además gran práctica en los negocios del ramo, larga experiencia en toda clase de sistemas y métodos de enseñanza, y en la organización y disciplina de los establecimientos de pública instrucción. Es indispensable también que estas personas mediten con sumo detenimiento sobre cada uno de los puntos del proyecto de ley, abocando a sí cuantos antecedentes puedan contribuir a ilustrarlos. En suma, este no puede ser un trabajo hecho a priori y precipitadamente, sin consulta ni consejo, sino con toda la madurez y circunspección que tan delicada materia exige. De lo contrario sería preciso acudir muy pronto a una nueva ley, reproduciéndose de esta manera la deplorable historia de los cuatro planes de estudios que han nacido y muerto en el corto periodo que media desde 1845 a 1852 inclusive” (Breve reseña 69).

El 3 de junio de 1855, al poco tiempo de triunfar la revolución, Revilla es cesado en todos sus cargos porque se le considera –no obstante haber caído en desgracia– demasiado comprometido con el moderantismo. Esto le permite centrarse en sus trabajos literarios, de manera que empieza a preparar los materiales para escribir una historia de la literatura extranjera, que nunca llegará a terminar. Al concluir el bienio progresista y regresar al poder los moderados, se le ofrece el reingreso en la Administración; pero los desengaños que ha sufrido y el deterioro de su salud lo impulsan a aceptar únicamente el retorno –más formal que efectivo– a la plaza de Vocal del Real Consejo de Instrucción pública.

A partir de entonces, José de la Revilla se consagra a darle a su hijo la educación más esmerada y a disfrutar de su vida familiar, hasta que a las siete de la tarde del 25 de diciembre de 1859 fallece en su domicilio de la calle del Pez, en Madrid, víctima de un derrame seroso. Al día siguiente, es enterrado en el cementerio de la Sacramental de San Ginés y San Luis.

 

Notas

[1] Lo afirma en sus “Apuntes biográficos de D. José de la Revilla”, que preceden a la reedición de 1874 del libro escrito por su padre en 1845 Vida artística de Isidoro Máiquez, primer actor de los teatros de Madrid.

[2] Revilla Moreno, Manuel de la: “Apuntes biográficos de D. José de la Revilla”, en Revilla Gironza, José de la: Vida artística de Isidoro Máiquez, primer actor de los teatros de Madrid. Madrid, Medina y Navarro, 1874, pág. vi.

[3] La hoja de servicios como funcionario de José de la Revilla puede reconstruirse a partir de la ya mencionada documentación perteneciente al Archivo Histórico Nacional de Madrid, “Fondos Contemporáneos” (del Ministerio de Hacienda), Legajo 5122, Expediente 44 (de la Junta de Montes Píos, en la que se recoge la solicitud de pensión de viudedad de María del Carmen Moreno Redondo) y Legajo 2997, Expediente 878 (de Clases pasivas de José de la Revilla).

[4] Revilla Moreno, Manuel de la: “Apuntes biográficos de D. José de la Revilla”, en Revilla Gironza, José de la: Vida artística de Isidoro Máiquez, primer actor de los teatros de Madrid. Madrid, Medina y Navarro, 1874, pág. x.

[5] Así lo afirma el propio José de la Revilla en la “Advertencia” con la que encabeza su Vida artística de Isidoro Máiquez, primer actor de los teatros de Madrid. Madrid, Imprenta de Miguel de Burgos, 1845, pág. 2.

[6] Cita del “Prólogo” de las Comedias de Moratín, en Revilla Gironza, José de la: Juicio crítico de D. Leandro Fernández de Moratín como autor cómico, y comparación de su mérito con el del célebre Molière. Sevilla, Hidalgo y Compañía, 1833, pág. 36.

[7] Revilla Gironza, José de la: “Prólogo” a Solís y Rivadeneira, Antonio de: Historia de la conquista de Méjico, población y progresos de la América septentrional, conocida por el nombre de Nueva España. Madrid, Denné Hidalgo, 1858, pág. 12. Citamos esta edición por ser la más moderna, puesto que los textos que reproducimos son idénticos en ambas.

[8] Resulta clarificadora la carta que Sanz del Río remite a José de la Revilla el 30 de mayo de 1844 desde Heidelberg, en la que coincide con él en afirmar que la cultura y las instituciones educativas alemanas han alcanzando un grado de desarrollo sin parangón en Europa, y por qué causas de diversa índole el modelo educativo alemán no puede ser implantado sin más en España. Sin embargo, asegura que ha encontrado en Krause la filosofía que Revilla le había encargado hallar para llevarla a España. Se puede consultar esta interesantísima carta en Revilla Moreno, Manuel de la (Ed.): Cartas inéditas de D. Julián Sanz del Río. Madrid, Medina y Navarro, 1874, págs. 9-29. El libro no pone año de edición, pero sin duda ésta es la fecha, porque el 17 del diciembre de 1874 aparece anunciado a la venta en el semanario La Crítica, del que es redactor Manuel de la Revilla.

[9] José de la Revilla guarda una relación muy cercana con Gil de Zárate, pues ambos pertenecen a la misma generación, han compartido algunos acontecimientos en sus respectivas biografías personales, disfrutan de una ideología común y de una concepción de la educación muy similar y practican las mismas aficiones. En efecto, Antonio Gil de Zárate (1793-1861) es hijo del cantante Bernardo Gil y la actriz Antonia Zárate y, tras haber sido educado en Francia, regresa a España y entra a trabajar en 1820 como funcionario en el Ministerio de la Gobernación. Al igual que su compañero Revilla, sirve como miliciano en el ejército constitucionalista. Asimismo, se convierte en autor dramático, aunque –al contrario que Revilla– sí logra el éxito profesional. Sus tragedias neoclásicas Rodrigo, rey de los godos (1827) y Blanca de Borbón (1829) son prohibidas por la censura fernandina; no así ninguna de las de Revilla, porque este último practica la “censura preventiva” de sus propios escritos cuando lo cree conveniente. A pesar de esto, Gil de Zárate es rehabilitado antes que Revilla, pues en 1835 entra a trabajar como Oficial en el Ministerio de la Gobernación. Posteriormente, será Director de Instrucción pública, Subsecretario de Gobernación y Consejero de Estado. También llega a ser Académico de la Lengua y de San Fernando.

[10] De este libro, existe otra edición en 1874, preparada por su hijo Manuel. Aunque también se guarda en la Biblioteca Nacional de Madrid un ejemplar sin fecha de edición, publicado asimismo por Medina y Navarro.

[11] Revilla Gironza, José de la: Vida artística de Isidoro Máiquez, primer actor de los teatros de Madrid. Madrid, Miguel de Burgos, 1845, pág. 2.

[12] Revilla Gironza, José de la: Vida artística de Isidoro Máiquez, primer actor de los teatros de Madrid. Madrid, Medina y Navarro, 1874, págs. 20-21.

[13] Revilla Gironza, José de la: Breve reseña del estado presente de la Instrucción pública en España, con relación especial a los estudios de Filosofía. Madrid, Eusebio Aguado, 1854, págs. 7-9.

 

© Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid. Fernando Hermida, José Luis Mora, Diego Núñez, Pedro Ribas. Manuel de la Revilla, obras completas. Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, 2006. Edición digital del estudio introductorio autorizada para el Proyecto Ensayo. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez con la colaboración de Béatrice de Thibault.

 

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